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El cuento de todos

La noticia

  • El periodista Jesús Maraña vio el sobre mientras se quitaba la chaqueta. Leyó cuatro veces la carta, pasó de la incredulidad a la inquietud y de la curiosidad a la excitación
  • Eduardo Mendicutti termina el relato colectivo construido por Luis García Montero, Benjamín Prado y Javier Valenzuela

Luis García Montero / Benjamín Prado / Javier Valenzuela / Eduardo Mendicutti Publicada 16/12/2016 a las 06:00 Actualizada 15/12/2016 a las 19:15    
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El escritor Eduardo Mendicutti.

El escritor Eduardo Mendicutti.

(Inicia Luis García Montero)

El periodista Jesús Maraña dejó el coche en el garaje de San Bernardo. El sol había decidido dar una sorpresa a finales de noviembre y caía sobre Madrid con una amabilidad extraña. No está mal, pensó Jesús, una canción de primavera en medio del otoño largo. Se agradecen las ayudas que devuelven una vitalidad íntima cuando el cansancio se empeña en deshojar hasta las últimas ilusiones. Las ventanas, los semáforos, los coches, los escaparates, las cafeterías y los zapatos de los caminantes se atreven a brillar de otra manera.

Han sido meses duros en los que el trabajo se apoderó del reloj hasta los últimos rincones. De todos los relojes, es mejor afirmar: el reloj de pulsera, el reloj de la redacción, el reloj de los libros, de la casa, del dormitorio. Del periódico a la televisión, de la llamada de teléfono a la comida con el personaje de turno –a ver si dice algo y es capaz de iluminar las zonas oscuras del vértigo—, la situación política no había dejado un momento de respiro.

Las crisis del PSOE, los juicios por corrupción, la investidura de Rajoy, la puesta en marcha del nuevo Gobierno, partidos que se hacen y se deshacen, cada día llegaba el capítulo folletinesco de una realidad que iba con la lengua fuera y a la que resultaba difícil seguir. Opinar con seriedad cuesta demasiado trabajo. Yo no sé si España tiene arreglo, pero a ti te va a costar la vida, le había lanzado en tono de broma su mujer, mientras comentaban un encontronazo televisivo con Eduardo Inda.

La verdad es que hay trabajos en los que no se puede utilizar la rutina como estrategia de defensa. Por mucho que uno conozca las reglas del juego, aunque llueva sobre mojado y las cartas estén sobre la mesa, es difícil mantener la serenidad cuando se vive lo que se vive, se sabe lo que se sabe y se oye lo que se oye. Alguna vez el periodista Jesús Maraña ha caído en la tentación de plantearse sus participaciones en el circo semanal de los despropósitos tertulianos. Pero pasado el fuego, después de una butaca, una copa de pacharán y la relectura nocturna de un libro de Albert Camus, comprende que no se puede abandonar ninguna trinchera y que la dignidad de un país depende del estado de su prensa. Ni la renuncia, ni las torres de marfil son una salida.

Tampoco el encabronamiento. Por eso conviene descansar, recuperar la serenidad o por lo menos conseguir esa calma agitada del voluntario de la objetividad que permite no entrar en banderías, no buscar el aplauso fácil, no vengarse, no mentir. Aunque la gente busque señores que estén en posesión de la verdad o fieras a las que insultar por sus argumentos disparatados, la ética de este oficio descansa en la modesta pretensión de no mentir. Y para eso hay que parar de vez en cuando. Sí, hacía falta levantar el pie del acelerador. Y ya, sin excusas, sin trampas. Tal vez unas pequeñas vacaciones, la posibilidad de aprovechar el puente, unos días de viaje con la familia y alejado del ordenador. Las niñas lo iban a agradecer.

—Y yo el primero, porque si no voy a empezar a creer en fantasmas— pensó Jesús, alterado todavía por la dichosa llamada de teléfono.

El sol imprevisto de la mañana pareció darle la razón. Salió del garaje a la vida. Camino del periódico, el breve paseo por la calle Fuencarral se convirtió en un adelanto de la felicidad. El rumor de los coches tenía incluso un aletear de pájaro entre las ruedas y las novelas brillaban en el escaparate de la Casa del Libro con la alegría del aire luminoso. A ver qué novelas me compro para el puente, se preguntó Jesús Maraña. Lo importante, desde luego, es no caer en la tentación de llevarse un título de actualidad, ni escándalos, dioses, jueces, reyes o tribunos. Tal vez Valle-InclánBarojaTrigo… Subió las escaleras y entró en la redacción. También la luz de la calle caía sobre los ordenadores de infoLibre. Los teclados celebraban la alegría igual que los árboles y los cuerpos. Saludó, hola, qué buen día hace, luego resolvemos, ¿qué tal ayer el estreno de la película?, ¿hablaste por fin con Pedro Sánchez?, ¿y con Errejón?, levantó la mano para felicitar a Clara, muy bien Los diablos azules de hoy, y se dirigió al despacho. Vio el sobre mientras se quitaba la chaqueta.

Leyó cuatro veces la carta, una, dos, tres, cuatro, pasó de la incredulidad a la inquietud y de la curiosidad a la excitación. Antes de leer la carta por quinta vez, llamó por teléfono a Manolo Rico:

—Oye, Manolo, voy a tu despacho. No te lo vas a creer.

(Sigue Benjamín Prado)

—Mira, Jesús, a estas alturas de nuestras vidas, yo me lo creo ya todo y no confío en nadie —dijo el director—. Lo primero, porque la realidad no es de fiar; lo segundo, porque ya sabes cuál es el primer mandamiento de nuestra profesión: si tu madre te dice que te quiere, no lo descartes, pero verifícalo.

—No, pero es que esto no tiene nada que ver con ninguna de las dos cosas, ni con la realidad, ni con el periodismo.

—Has tenido un sueño…

—Tampoco.

—Eres millonario: te tocó la lotería.

—Sigo siendo igual de pobre, así que olvídate de pedirme un préstamo. No, lo que ha pasado es algo sin gran importancia, pero aun así muy sorprendente, una de esas coincidencias que te dejan estupefacto.

—Vaya, si hay que explicarlo con un adjetivo de cinco sílabas, es que debe haber sido algo grande.

—Júzgalo tú mismo. Cuando pasé por casa, hice lo que hago siempre, ya me conoces: ir mirando la hora obsesivamente en todos los relojes, los de pared, el de mesa, los despertadores de la alcoba, el del horno y el de la nevera, el del móvil, el del ordenador… Ya me conoces, siempre obsesionado con que el tiempo no se me eche encima.

—La gente puntual es quisquillosa.

—Cuando fui a salir, me di cuenta de que todos marchaban bien, menos el mío, que estaba parado. “Se le habrá gastado la pila”, me dije. Así que lo dejé en la mesa de despacho, para llevarlo mañana a la joyería de la esquina, y me puse otro que tenía en un cajón, una antigualla de la época en que estaba en la Universidad.

—Ha llovido mucho de eso.

—Y tanto… Pero no nos vayamos por las ramas. El caso es que ese reloj, como todos los objetos, tiene su pasado; y por extensión, parte del mío. Me lo regalaron por mi cumpleaños unos compañeros de la facultad. Jóvenes comprometidos de los de aquella época, idealistas, politizados, seguros de que iban a poder luchar por cambiar este mundo injusto, gobernado por usureros… Cierro los ojos y los oigo hablar en las asambleas, escucho nuestras conversaciones interminables, en cualquier bar y hasta la madrugada, sobre filosofía, sobre el marxismo, los sindicatos, el veneno del capital, la revolución…

—Vamos, unos rojos de manual.

—Pero no por mucho tiempo, porque después pasó lo que ocurre con una gran parte de las personas, es decir, que con la edad se matizan las posturas y se liman las convicciones. Alguno, de hecho, entró en un partido, ocupó cargos de responsabilidad y pronto empecé a leer y oír declaraciones suyas que, por resumir, le habrían puesto como una furia a él mismo dos décadas antes.

—De manera que volver a ponerte aquel reloj te ha hecho pensar en todo eso —dijo Manolo, mirando el suyo de reojo, con un primer apunte de impaciencia.

—En una ráfaga, que es como ese tipo de visiones te pasan por la cabeza. Pero lo extraordinario ocurrió después. En el instante en que pisaba la calle, ¡me llamó por teléfono justo uno de esos antiguos compañeros!

—Vaya, sí que es una casualidad —concedió el director, con la esperanza de que el relato acabara allí.

—Si te digo quién es, te llevarás una sorpresa. Si te cuento lo que me ha dicho, no saldrás de tu asombro.

Jesús le dijo a Manuel de quién se trataba y el otro sacudió la mano en el aire y dejó escapar un silbido. Se trataba de un pez gordo, sin duda.

—¿Y qué es eso tan sorprendente que te ha dicho?

—Pues ha sido un discurso que iba absolutamente en dirección contraria a todos los que le hemos visto dar en los medios de comunicación a lo largo de estos años. Dice que lo que está ocurriendo es inaceptable, que el neoliberalismo está arrasando el Estado del bienestar por el que tanto luchamos, que hay que hacer algo para escapar del totalitarismo del dinero, conectar con los jóvenes que ahora parece que se vuelven a interesar por lo que sucede a su alrededor…

—Pues sí que es una sorpresa. ¿Seguro que se trataba de él? Porque hasta hace dos días ha sostenido justo lo contrario.

—Te lo puedo asegurar. Quedamos en llamarnos, en tomar un café… Pero luego he caído en algo, al ir a grabar su número en mi teléfono. El suyo, desde el que me ha llamado, es el mismo que tenía en los años ochenta, yo lo sabía de memoria como antes nos sabíamos todos los de la familia, nuestra pareja, los amigos. Ése era el de la casa de sus padres, donde yo he acabado muchas noches, con otros camaradas.

—Será que conserva esa casa, entonces.

—Pero, es que hay algo más. El número no tenía prefijo, no llevaba delante el 91, el prefijo de Madrid, como en aquellos tiempos en que se marcaba sólo la cifra de cada abonado si estabas en la misma provincia.

—¿Estás intentando decirme que te ha llamado desde el pasado? —preguntó Manolo, dejando de mirar con disimulo su ordenador y cambiando la simple educación por verdadero interés.

“No se me ocurre otra explicación”, oyó que le decía. Se preguntó si, al fin, se había vuelto loco. Pero Jesús, con todo el otoño metido de golpe en su mirada, le dio el sobre que llevaba en la mano.

—Lee, a ver qué te parece.

(Continúa Javier Valenzuela)

Aunque el papel no había amarilleado, la carta estaba fechada el 12 de marzo de 1986.

—El día del referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN —dijo Rico. Maraña asintió con un ligero cabeceo—. Interesante, muy interesante.

—Sí. Y lo que resulta aún más misterioso es que el sobre, el sello y la fecha del franqueo sean actuales —añadió Maraña.
Rico comenzó a leerla.

—Parece haber sido mecanografiada en una máquina de las anteriores a la existencia de los ordenadores —dijo al cabo de unos instantes—. Hay letras impresas con más fuerza que otras y algunas, por ejemplo la ñ, no están bien alineadas. Quizá fuera escrita con una Hispano-Olivetti Lexicon 80. —Maraña le miró admirativamente.

Rico llegó al final de la lectura. La carta estaba firmada con bolígrafo azul por el antiguo amigo de Universidad de Maraña, el pez gordo que hoy predicaba que el mejor modo de salir de la crisis era hacer de España “un país competitivo en el mercado global”. A estas alturas todo el mundo sabía lo que eso quería decir: salarios bajos y condiciones laborales precarias, recortes en sanidad, educación y pensiones, beneficios colosales para los bancos y las grandes empresas, licencia a los antidisturbios para que aporrearan sin piedad a los revoltosos. Pero lo curioso era que ese prominente político —si es que, en efecto, él había escrito aquella carta— profetizaba en 1986 su evolución ideológica y moral. Y con amargura.

La carta arrancaba así: “Querido Jesús, he participado muy activamente en la campaña a favor de la permanencia de nuestro país en la OTAN, pero quiero que sepas que eso no me hace feliz. Siento que es mi primer paso hacia la senectud. Recuerdo que en una de nuestras conversaciones en la Facultad te cité a no recuerdo muy bien qué filósofo que decía que envejecer es traicionar los juegos de la infancia. Y te añadí que el mismo verbo podía aplicarse a traicionar los ideales de nuestra juventud”.

—¿Qué te parece? —preguntó Maraña. La perplejidad no se le había despintado del rostro.

Rico tardó en contestar. Sus compañeros en infoLibre solían decir que tenía una cabeza alemana por su apego a los hechos verificables, su razonamiento lógico y una cierta rigidez. Se quitó las gafas, se frotó los ojos y dijo:

—Es como si tu amigo hubiera empleado un medio de comunicación viejo, una línea telefónica de la década de 1980, para hablarte hace un rato desde el presente. Y al mismo tiempo, ha usado el actual servicio de Correos para hablarte desde el pasado. A través de una carta escrita el día del referéndum sobre la OTAN.

—Sí –dijo Maraña—. Pero sus dos mensajes son concordantes. En primer lugar, a mi amigo ha terminado por asquearle su papel de esbirro de los dueños del circo español. Y en segundo, ya imaginaba hace 30 años, cuando comenzaba su carrera de renuncias, que eso podía ocurrirle.

—Pero no podemos utilizarlo, Jesús. No podemos publicar que el hombre que estos días pontifica en la televisión que la izquierda debe sacrificarse una vez más en aras de la razón de Estado, es un tipo atormentado por su felonía.

—No podemos; la llamada y esta carta son estrictamente personales. —Maraña suspiró— Esto del periodismo es jodido: todo lo que cuentes debe ser verdad, pero no puedes contar todo lo que sabes que es verdadero. Y mientras nosotros intentamos practicar el oficio con arreglo a las buenas viejas reglas, muchos de nuestros colegas sueltan cualquier cosa que les venga bien a ellos o a sus amos.

—Ya, pero nosotros no vamos a cambiar ahora. Tuvimos la oportunidad de hacerlo en la época en que lo hizo tu amigo y no lo hicimos. Sería de gilipollas levantar la bandera de la rendición ahora que peinamos canas.

Maraña rió.

—¿Sabes lo que me ha dicho mi mujer en el desayuno? Que lo más probable es que España no tenga arreglo, pero que yo me estoy dejando la vida en el intento.

—Eso es que te quiere, Jesús. Quiere que le dures.

—Sí, ella tiene razón: tendría que cuidarme. Bueno, ¿qué podemos hacer?

—Lo habitual: llamar por el conducto oficial al político, hablar con él y explorar la posibilidad de que quiera confesarse on the record contigo, conmigo o con alguno de nuestros redactores. Si lo aceptara, tendríamos noticia, una gran noticia. De momento solo tenemos una pista.

—De acuerdo; pongámonos en marcha.

Maraña se dirigía a la puerta que comunicaba el despacho de Rico con la redacción, cuando añadió con tinte reflexivo:

— Tengo ganas de leer las memorias de John Le Carré. He visto en una reseña que Le Carré dice que, en nuestros días, dado el control casi absoluto de los medios de comunicación que tienen los poderosos, la ficción es el mejor modo para contar la verdad. De mayor, quiero ser novelista.

Rico miró hacia Maraña con una sonrisa.

—Tendrías que ser muy bueno para explicar con alguna verosimilitud lo de esa llamada telefónica desde un número de los años ochenta.

—¡Uf! Habría que ser Borges para explicarlo.

(Cierra el relato Eduardo Mendicutti)

En la sala de redacción, Manolo Rico buscó con la mirada a Clara Morales, pero su mesa estaba vacía. No debía de andar lejos: su cazadora, dejada caer en el respaldo de la silla, y un bloc de notas abierto junto al ordenador indicaban que ya había estado trabajando aquella mañana y lo más probable era que apareciese en cualquier momento. Clara era la redactora jefe de cultura y, por tanto, experta en ficciones, incluidas las más enrevesadas.  Rico se acercó a la mesa y estaba a punto de escribir en la libreta un recado perentorio —“Ven a verme al despacho en cuanto vuelvas, es urgente”, o algo así— cuando vio que Clara se acercaba por el pasillo. Le hizo una seña para que se dirigiese directamente al despacho.

—Siéntate —le dijo, y él hizo lo propio en una de las sillas que rodeaban la pequeña mesa redonda de reuniones.  Clara no manifestó la menor sorpresa o inquietud, estaba acostumbrada a los imprevistos, aunque también era cierto que, en la vida cultural del país, imprevistos, los justos y nunca realmente jugosos. Manolo Rico la puso al tanto de la situación con una precisión germánica amablemente sobredorada por el estupendo sol mañanero que entraba por la ventana del despacho.

—Maraña ha recibido, cuando salía de casa, una llamada del pasado. En su móvil ha quedado grabado el número de un teléfono fijo, pero sin el prefijo de la provincia. O sea, la llamada parece haber sido hecha desde un teléfono y a través de una línea de los años ochenta del siglo XX, en concreto el día y el año del referéndum de la OTAN. Jesús identificó enseguida el número y, sin demasiada dificultad, la voz de quien llamaba, que además no tuvo el menor problema en decir su nombre. Luego, ha encontrado en su mesa un sobre con un matasellos de correos absolutamente actual y, dentro del sobre, una carta, en un folio nada envejecido, fechada también el 12 de marzo de 1986 y firmada por la misma persona que había llamado por teléfono. Ahora te diré de quién se trata y quizás te cueste creerlo.  

Clara no parecía especialmente impresionada y solo dijo:

—Ya hay pocas cosas que me cueste creer. 

El nombre que pronunció Rico era tan habitual en los periódicos, y tan pintureros, cínicos y fogosos sus jugueteos retóricos con la ideología de izquierdas, que el detalle de haber llamado al director de un periódico desde el pasado no se le antojó a Clara demasiado estrambótico. En cambio, cuando Rico la puso al tanto del contenido de la conversación telefónica y de la carta y de aquella especie de melancolía penitente por lo que el individuo en cuestión reconocía haber sido —el más rojo de todos—, y por lo que  era hoy, un progresista de boquilla dispuesto siempre a justificar y exaltar lo injustificable en un partido de izquierda, o de centro izquierda, o de centro centro, o de lo que fuese, Clara no pudo evitar un parpadeo que se parecía mucho al asombro.

—Contacta con él —le dijo Rico sin más rodeos— Y convéncele de que se reúna con quien quiera de nosotros, y donde quiera y cuando quiera.

—Siempre que no sea en el pasado, supongo.

—Bueno —dijo Rico—, en este oficio nunca hay que suponer nada. 

Clara intentó cumplir con el encargo con prontitud y eficacia, las ficciones enrevesadas le parecían casi siempre banales pero, a veces, eran entretenidas. Encontró sin dificultad el número actual de aquel político que se había actualizado ideológicamente con tanto desparpajo y ahora parecía visitar su pasado con tan versátil lucidez, y la respuesta que recibió fue: “El número marcado está apagado o fuera de cobertura”.

Marcó enseguida el número que había quedado grabado en el móvil de Maraña y que le pasó Rico, y lo hizo tal cual, sin el prefijo 91 correspondiente a Madrid. Una grabación sorprendentemente cantarina recitó: “El número marcado no existe”. Entonces, volvió a marcarlo, pero ya con el prefijo. Contestó una mujer sin duda joven y desenvuelta.

—¿Sí? 

Clara dijo el nombre y el apellido del político en cuestión.

—Lo siento, se ha equivocado —dijo la señora. Pero inmediatamente titubeó— Bueno…

—¿Sí?

—¿Se refiere usted al político…?

—Sí. Tengo este número suyo desde hace algún tiempo.

—Mucho tiempo me temo, cariño. La familia de ese hombre fue la dueña de este piso hasta que mi padre lo compró a mediados de los noventa. Por lo que se ve, conservamos el número telefónico, no me pregunte por qué. Mi padre murió hace dos años y ahora vivo yo aquí con mi madre.

—Soy Clara Morales, llamo de un periódico. Quizás su madre recuerde algo que me ayude a encontrar a este señor.

—Mi madre ya no recuerda nada, cariño —dijo la señora, y Clara sintió como si de pronto el día se nublara. 

A lo largo del día volvió a llamar insistentemente al número que en la agenda de cualquier periodista figuraba como el oficial de aquel versátil, gozoso, apesadumbrado y escurridizo político de un partido de izquierdas, o de centro izquierda, o de centro centro, o de a saber qué. El terminal siempre estaba apagado o fuera de cobertura. Clara siempre dejaba en el contestador el mismo mensaje: decía su nombre, el nombre del medio y el motivo de la llamada, y rogaba que se pusieran en contacto con ella, aunque seguiría insistiendo. Nadie devolvió nunca la llamada.

A las nueve de la noche, un mensajero atolondrado y mordido por las prisas dejó en la secretaría del periódico un sobre dirigido a Clara Morales. Dentro había un folio amarillento por el tiempo, pero la fecha que encabezaba el mensaje era la de la investidura de Rajoy el 29 de octubre de 2016. El mensaje no lo firmaba nadie, pero el texto, escrito con pluma estilográfica, decía: “En este partido, a casi todos los que tenemos más de 40 años ya no nos reconoce ni la madre que nos parió. Eso sí, la excepción más clamorosa es la lideresa: ella siempre ha sido igual”.

Cuando Maraña leyó la nota que acababa de pasarle Rico, sólo dijo:

—Pues vaya noticia.      

*Luis García Montero es poeta y profesor de Literatura. Su último libro es Un lector llamado Federico García Lorca (Taurus, 2016).

*Benjamín Prado es escritor. Su último libro, Más que palabras (Hiperión, 2015).

*Javier Valenzuela es periodista y escritor. Su último libro es Tangerina (Martínez Roca, 2015).

*Eduardo Mendicutti es escritor. Su último libro, Furias divinas (Tusquets, 2016). 

 
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