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Egipto

Egipto: regreso al futuro

Javier Martín Publicada 04/07/2013 a las 11:24 Actualizada 04/07/2013 a las 14:22    
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Manifestaciones en la Plaza Tahrir contra Morsi.  KHALED ELFIQI

Manifestaciones en la Plaza Tahrir contra Morsi. KHALED ELFIQI

El pasado 12 de agosto, el entonces recién elegido presidente egipcio, Mohamad Morsi, sorprendió a propios y extraños con un movimiento inesperado que parecía acrecentar su poder y borrar las huellas del pasado que aún pesaban sobre la incipiente revolución en Egipto. En un escueto pero contundente comunicado, anunciaba el cese del entonces jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF, en sus siglas en inglés), el mariscal Hussein Tantawi, y del jefe del mando conjunto del Ejército, general Sami Anan. Ambos habían sido elementos esenciales en el golpe de Estado encubierto que, azuzado por el clamor y la indignación popular, había acabado un año antes con la dictadura de Hosni Mubarak, y los tutores de una transición que ya en aquellos días avanzaba con enorme dificultad, lastrada por la creciente división del país y los anhelos indisimulados de poder de los Hermanos Musulmanes. Aún así, ambos carecían de apoyo entre la población, que los observaba como dos rémoras del ayer más preocupadas por asegurar los privilegios de la casta militar que por espolear un genuino tránsito a la democracia. Eterno ministro de Defensa –fue nombrado por Mubarak en la década de los ochenta-, la presencia de Tantawi generaba incertidumbre entre las fuerzas progresistas y oprobio entre los islamistas, que recordaban el brutal papel que desempeñó el Ejército en la represión de la ola de terrorismo islamista que sacudió Egipto en los pasados noventa. “La decisión ha sido soberana, adoptada por el presidente para insuflar sangre nueva en el Ejército y desarrollar así un Estado nuevo, más moderno. No ataca a personas en particular ni busca comprometer a institución alguna”, explicó poco después un portavoz de la Hermandad en un comunicado.

La nota oficial incluía otras dos bombas de profundidad que ahondaban la sensación de que el recién estrenado mandatario había jugado fuerte para deshacerse de la sombra de una institución que durante los meses previos se había resistido a retirarse a sus cuarteles y ceder el poder. La primera, la anulación de la orden constitucional, impuesta por los militares semanas antes de la elección de Morsi, que limitaba los poderes de la presidencia y permitía al SCAF intervenir en política en caso de “emergencia nacional”. La segunda, el nombramiento del general Abdel Fatah al-Sisi como ministro de Defensa y jefe de las Fuerzas Armadas, y de su colega, general Siki Sobhi, como jefe del mando conjunto. Al-Sisi, un hombre sin experiencia en combate, era entonces el general más joven del Ejército egipcio y se le consideraba afín a la Hermandad. Su esposa vestía el hiyab de las musulmanas devotas y el oficial se había embarrado meses antes en una polémica al elogiar la labor de las fuerzas de seguridad en las protestas de la plaza de Tahrir y defender las controvertidas pruebas de virginidad a las mujeres, lo que daba prueba de su celo religioso. A pesar de que las protestas se sucedían en las calles, el viento parecía soplar a favor de los Hermanos Musulmanes. Habían ganado las elecciones presidenciales en un proceso democrático no exento de irregularidades y la principal amenaza, los militares, que ya una vez, en la “malhadada” década de los cincuenta, les habían “traicionado”, aparentemente estaban bajo control.

Diez meses después, el propio Al-Sisi ha depuesto a Morsi y llevado la revuelta egipcia al kilómetro cero. Un retorno a los días del alzamiento contra el presidente Mubarak que desde una perspectiva optimista puede entenderse como un regreso al futuro. Una segunda oportunidad para un proceso de transición fallido, víctima del apresuramiento, la improvisación y el ansia de poder de los Hermanos Musulmanes, que, divididos y desorientados, no han sabido ocultar ambiciones y se han lanzado a una descarada apropiación del poder que ha puesto en guardia al Ejército y le ha obligado a volver a intervenir. Salvando las distancias, el derrumbe de Morsi recuerda el destino que sufrió Necmettin Erbakan, el primer ministro islamista de Turquía (1996-1997). Hijo de un juez de la época otomana, fue despojado de su puesto por orden de los militares después de que estos lo acusaran de socavar la Constitución secular y de conspirar para minar el papel del Ejército, garante del Estado laico. Años después, fue sustituido por el también islamista Recep Tayeb Erdogan, autor de una artera política de equilibrios que ha multiplicado la influencia de Turquía en el panorama internacional al tiempo que discretamente ha islamizado su sociedad.

El nuevo inicio se perfila esperanzador. Asido a su carácter castrense, Al-Sisi y el Ejército han dado un paso al frente, han atajado el problema por la vía rápida y retornado de nuevo a sus cuarteles. El ejército egipcio no ha regresado porque en realidad nunca se fue, pese a los esfuerzos de Morsi por anular su presencia. En su memoria sigue marcados a fuego el golpe de Estado de 1952, que le condujo a un poder que ejerce desde entonces. En aquel tiempo, también buscó el apoyo de la emergente cofradía y hubo de recular cuando esta trató de monopolizar el poder. El resultado es conocido: Gamal Abdel Nasser impuso una dictadura militar y prohibió la actividad de los Hermanos Musulmanes, que en espacio de medio siglo se convirtió en la principal y mejor estructurada fuerza opositora, pese a su ilegalización.

En esta ocasión, sin embargo, los militares han buscado refugio en el Poder Judicial, la institución mejor valorada por los egipcios. Al-Sisi ha entregado el mando a Adly Mansour, un juez de 68 años bregado en la lucha por la independencia de la judicatura desde los años de Mubarak. Considerado un hombre reflexivo y conciliador, fue elegido presidente del Tribunal Constitucional Supremo de Egipto el pasado 30 de junio y ratificado por el propio Morsi en pleno inicio de las protestas en su contra. Su currículum le avala. Nacido en 1945, fue designado para formar parte de la citada corte en 1992, hecho que hace de él uno de los jueces más veteranos del país. Desde este tribunal, combatió a Mubarak en defensa de la independencia de la judicatura. En el año 2000, la referida corte determinó que los jueces debían supervisar la pantomima electoral del entonces presidente, en un giro que a larga permitió el acceso cinco años después de los Hermanos Musulmanes al Parlamento (lograron un 20 por ciento de los escaños presentándose como independientes). Sin embargo, en 2007 Mubarak consiguió que se borrara el artículo sobre la supervisión electoral de la Carta Magna. El presidente trabajó desde entonces con denuedo para acabar con la rebeldía de una institución que obstaculizaba sus deseos de instaurar una dictadura hereditaria. Durante sus últimos años, sorteó la ley y la resistencia de los jueces colocando a jueces fieles en la cabeza del citado tribunal.

La historia no ha sido muy diferente en el año en el que Morsi ha estado en la presidencia. A lo largo de los últimos doce meses, las presiones para enmendar la Constitución y ajustarla a los deseos de la Hermandad han sido duras y constantes. Y siempre han llegado acompañadas de críticas y ataques contra los miembros del tribunal, incluido el propio Mansour. En diciembre, pasado, el coche de su predecesor, Maher al-Beheiry, fue rodeado por partidarios de los Hermanos Musulmanes que temían que la corte disolviese la Asamblea Constituyente.

Mansour se ha convertido en esa alternativa de consenso para reconducir la transición que no se hallaba en el espectro político egipcio, demasiado polarizado aún. Su misión será formar un gobierno de tecnócratas que sostenga la deteriorada economía y evite que ésta se hunda de forma definitiva, además de preparar la nueva cita electoral. La tarea se aventura ardua. Con la Constitución suspendida, y el odio avanzando entre las diferentes facciones, cuesta atisbar una figura que genere confianza en el futuro. La presencia del premio Nobel y líder opositor Mohamad al-Baradai junto a Al-Sisi y los líderes religiosos durante la intervención el miércoles en televisión del jefe del Ejército confirma que es una de las principales apuestas. Al-Baradai cuenta con el respaldo de Estados Unidos, país con el que Al-Sisi y el Ejército mantienen excelentes relaciones, y de gran parte de la comunidad internacional, que recuerda su gestión al frente de la Organización Internacional de la Energía Atómica. Sin embargo, su figura todavía proyecta sombras sobre la oposición progresista, pese a que gran parte de ella lo eligió como su líder días atrás. En estos meses, deberá avanzar con tiento, en especial entre los movimientos de jóvenes, si quiere garantizarse la candidatura en solitario –única esperanza de victoria de la oposición- en unas eventuales elecciones. La clave estará en si es capaz de aglutinar en torno a sí al movimiento opositor Tamrod, que en los últimos días fue capaz de reunir millones de firmas para exigir la dimisión del presidente.

En el campo islamista, el escenario es más pesimista. El fracaso de Morsi ha minado la ascendencia dentro de la Hermandad de aquellos que apostaban por asumir el gobierno y avanzar al poder y revitalizado la tesis de quienes querían permanecer en un segundo plano, agudizando así las tradicionales diferencias internas. Su zamba gestión y su política dubitativa ha logrado, asimismo, granjearse enemigos en todos los frentes. Entre los laicos, por sus patosos intentos por islamizar la sociedad; y entre los islamistas porque esa islamización le parecía insuficiente. En las calles, la cofradía ha perdido igualmente crédito en favor de los movimientos más extremistas. Morsi asumió el poder con un programa que prometía resurrección económica, seguridad y progreso; un año después, la economía boquea en la recesión, el paro ha aumentado, los precios se han disparado y la inseguridad –tanto financiera, como jurídica o callejera- no cesa. La decepción está encontrado consuelo entre los movimientos salafistas como el partido Al-Noor, que ya demostró su músculo en las últimas elecciones y que parece en disposición de seguir creciendo. No obstante, sería imprudente enterrar definitivamente a los Hermanos Musulmanes. Aunque el grafiti con láser anunciara en la plaza de Tahrir Game Over, es necesario recordar que es aún el movimiento mejor estructurado en Egipto y que en los últimos cincuenta años ha logrado superar pruebas tan duras como la ilegalización y la cárcel.

El gobierno de Morsi ha enterrado, asimismo, la confianza que había depositado en él el ejército. Su decisión de nombrar gobernadores civiles en provincias tradicionalmente controladas por militares en la reserva colmó un vaso de una paciencia que se derramó este viernes. Las prioridades del Ejército no han cambiado. Su objetivo es aún defender sus magros intereses económicos y conservar su título de único garante del poder en el país, que mantiene desde la revolución de 1952. Para ello, necesita estabilidad. Ya sea a través de un gobierno democrático o una dictadura. Quizá no haya una tercera oportunidad.
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Javier Martín
es periodista y escritor, antiguo corresponsal en Egipto y autor del libro Los Hermanos Musulmanes (Catarata 2011)



1 Comentarios
  • 1 Nadia C. 04/07/13 21:20

    El hecho de nombrar gobernadores civiles en las provincias no fue la causa de la indignación popular! la causa real fue el nombrar gobernadores incompetentes, sin experiencia ninguna y nada populares en esas provincias y que fueron escogidos solamente por pertenecer a la hermandad. El ejército solía nombrar generales ya jubilados. No hay más que ver el que fue nombrado gobernador de Luxor y el rechace popular con el cual fue recibido su solo nombre en Luxor.

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