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Plaza Pública

En defensa de la objetividad

Fernando Moraleda Publicada 10/03/2015 a las 10:55 Actualizada 11/03/2015 a las 02:10    
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Este artículo fue enviado en un primer momento al diario 'El País', que declinó su publicación
 

Desde que comencé mi trabajo como secretario de Estado de Comunicación me he preguntado siempre por la controvertida y complicada relación entre política y prensa, o más particularmente entre gobierno y medios de comunicación.

Estoy convencido de que, aunque el poder político tiene la legitimidad democrática del pueblo, jamás debe contraponerse esta con la libertad de expresión, pues es esta última la que proporciona la garantía de una mayor calidad democrática y la consecución de sociedades más avanzadas en cohesión social.

Pero no me trae a estas páginas este apasionante debate, que comenzó con las libertades y con ellas la de prensa, y del que existen multitud de testimonios más autorizados que el mío. De modo que en este delicado pero apasionante asunto, estoy y estaré más dispuesto a aprender que a enseñar.

No. No es esto lo que me ha animado a escribir estas líneas sino la preocupación que me aborda cuando veo algunas deformidades que se han asentado en nuestro país por actitudes periodísticas que no han sabido autoexigirse el mismo nivel de exigencia que requieren.

Déjenme, antes de ir a ello, contextualizar mis reflexiones con mis primeros días en Moncloa y de la unánime opinión que se me transmitía entonces: la responsabilidad en comunicación era la que más quemaba a un político. ¡Ojo!, unanimidad inédita entre políticos y periodistas. Y es verdad; pero sólo a medias.

La mitad de verdad tiene que ver con la gestión de la información durante las 24 horas del día de los siete días de la semana, con poco tiempo para pensar y teniendo la demanda permanente de responder en cada momento a cada cuestión.

Sólo con el rozamiento que provoca esta acelerada actividad es suficiente para terminar afectando a tu energía disponible. Digamos que esta sería la “verdad física” de la gestión de una Secretaría de Estado de Comunicación. Es transversal a partidos y momentos históricos. Recuérdenlo cuando escuchen con ocasión de una crisis de gobierno, que este siempre la achaca invariablemente a un problema de comunicación. Nada despierta más unanimidad, salvo la del secretario de Estado.

La otra verdad, la política, tiene que ver con las convicciones y el ideario político que intentas desarrollar, y ambos no pueden valorarse desde una perspectiva personal sino colectiva. Y la gestión del Presidente Zapatero en materia de medios de comunicación públicos fue modélica en nuestro país.

Una TVE desgubernamentalizada llevó sus informativos al liderazgo de audiencia de todas las televisiones. La supresión de la publicidad institucional, que venía siendo utilizada en el pasado como aparato de agitación y propaganda progubernamental, dio a los ciudadanos la libertad de pensar sin ensuciar su raciocinio. Pioneras fueron también las conferencias de prensa “río” donde el Presidente contestaba a todas las preguntas que se le formulaban, o el programa “Tengo una pregunta para usted” que Zapatero inauguró contestando a las preguntas de los ciudadanos.

La profesión periodística, tan poco dada a halagar acciones de gobierno, hoy es, salvo la caverna, unánime en el reconocimiento de aquella labor.

Y esta realidad, que pertenece a Zapatero y sus equipos, es la que en estos momentos estamos perdiendo a chorros. Aseveración que vuelve a demostrar que los derechos ciudadanos, en este caso a una información veraz e independiente, no son inmutables y que su permanencia exige renovados compromisos políticos.

La primera legislatura, denominada por varios autores como la legislatura de los derechos civiles, ha sido literalmente sepultada por la información publicada desde que nuestro país se adentró en la crisis económica mundial.

La lógica preocupación social por los efectos de la crisis económica y sus devastadoras consecuencias sociales dominaban toda la información periodística. Pero para entonces ya se había fabricado un chivo expiatorio. Zapatero era el responsable de todo y a ello contribuyó una de las campañas más incisivas y descalificadoras en democracia contra un Presidente del Gobierno junto al equivocado silencio propio que veía a Zapatero como un lastre electoral.

Hoy, ya pasados tres años de aquellas elecciones que dieron la mayoría absoluta al PP, me resulta digna de análisis psicológico la permanencia de esta lógica en algunos medios y en el propio PP.

El reciente debate Del Estado de la Nación ha demostrado quién ha demolido la herencia recibida y quién puede recuperarla. La controversia sobre el rescate bancario a España puso en evidencia quién necesita mentir para mantener su posición contra Zapatero y quién, con simples fotocopias de periódicos, desenmascara al verdadero responsable de las visitas de la troika a España. Más debería hacerse en este sentido, pues el patrimonio de los dos Presidentes socialistas, González y Zapatero, no les pertenece solo a ellos sino al conjunto de socialistas españoles.

Pero me resulta más penosa la permanente descalificación editorial del que todavía es un periódico de referencia para muchos militantes socialistas, como es El País. Y lo expreso con el anhelo de que esta situación se modifique y de que no me enfrento a un imposible.

Reconozco que hablar de un medio de comunicación es una tarea delicada, pero he decidido hacerlo en el mismo periódico pues no hubiera sido elegante hacerlo en la competencia, aunque sí más fácil. Me refiero al reciente conflicto con el Gobierno ocasionado por la visita del presidente Zapatero y Miguel Angel Moratinos a Cuba.

Las declaraciones del Ministro de Exteriores, señor Margallo, me parecen totalmente fuera de lugar. Doy por comprobados los hechos que demuestran que el Gobierno estaba cumplidamente informado de esa visita y que la ausencia de notificación de la agenda se debe más al Gobierno cubano, como bien saben todas las cancillerías europeas con relaciones con ese gobierno, que a un presunto intento de ocultar información. Además, el buen hacer de la diplomacia hubiera recomendado una llamada privada del Ministro y no las declaraciones escandalosas si se tenían esas dudas. Por ello, aunque es razonable que no se hurgue más en el asunto, veo más problemas de celotipia que políticos en la citada declaración del Sr. Margallo.

¡Ay! Cuántos problemas políticos tiene todavía España derivados de la vanidad, los celos y la envidia nacionales.

Lo que me resulta completamente inadmisible es la afirmación editorial de El País al calificar como ”vacuas y pueriles” las palabras del presidente Zapatero cuando afirma: “siempre he tratado de sumar y de actuar por el interés de España”. ¿Es que acaso no recordamos cuando se vio obligado a defender a Aznar en la Cumbre Iberoamericana de 2007 mientras Chávez arremetía contra él? ¿Puede alguien encontrar más diferencias políticas e incluso vitales entre Aznar y Zapatero como para achacar a este último que es vacuo y pueril su interés por defender a España?.

¿Es que alguien recuerda que Zapatero haya hecho en alguna ocasión algo remotamente parecido a una crítica en el exterior al Gobierno de España? ¡No las ha hecho ni dentro de nuestro país! ... Ni siquiera en defensa propia frente a un Gobierno que ha construído el 80% de su relato político sobre la descalificación sin réplica de la 'herencia recibida'.

Pero me produce aún más bochorno leer en un suelto bajo el epígrafe Análisis Lobistas en La Habana, donde por el uso del plural (lobistas) se le achaca al presidente Zapatero un interés económico personal en su visita a La Habana. El que se haga además dentro de una sección de análisis es completamente desalentador.

Si a continuación se le exige un discreto segundo plano del que no debe salir, ¿por qué esta exigencia es individual y no colectiva como debería ser para todos los ex presidentes? No creo en la teoría de los jarrones chinos, pues su experiencia es demasiado valiosa como para dilapidarla por razones de coyuntura. Este país desecha mucho valor añadido político con demasiada frecuencia.

Insisto, por encima de la libre apreciación que tengamos sobre las actuaciones públicas de nuestros representantes políticos, y más de un expresidente, opinar sobre ellas nos debe exigir tanto como exigimos nosotros de las mismas. Si no lo hacemos así se impondrá una especie de tertulianización continua de la política sin que prevalezcan análisis sosegados y rigurosos. Y todavía peor, se pondrá en tela de juicio la imparcialidad debida de todos los medios de comunicación.
________________

Fernando Moraleda fue secretario de Estado de Comunicación entre septiembre de 2005 y abril de 2008


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