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El encuentro con Hitler

El mito de la habilidad de Franco. Hendaya, 75 años después

Julián Casanova (Historiador) Publicada 23/10/2015 a las 06:00 Actualizada 22/10/2015 a las 22:37    
Fotografía difundida en España por la Agencia Efe de la entrevista de Francisco Franco con Adolf Hitler.  EFE

Fotografía difundida en España por la Agencia Efe de la entrevista de Francisco Franco con Adolf Hitler. EFE

Unos meses después del final de la guerra civil española, el ataque del ejército alemán a Polonia, en septiembre de 1939, daba inicio a otra guerra en Europa, la segunda del siglo XX, que se convertiría en confrontación mundial tras el bombardeo japonés a la base naval norteamericana de Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941. Fue una guerra global, seis años de destrucción y muerte, que Franco y su dictadura pudieron evitar, aunque hubo miles de españoles que participaron también en la batalla, contra el fascismo o contra el comunismo, un segundo acto de la tragedia que justamente acababan de dejar atrás en su país. Y precisamente en esos años de posguerra española y de guerra mundial, Franco construyó su paz, salvó su Patria y presidió la construcción de su nueva España.

Mientras Franco consolidaba su dictadura tras el triunfo en la guerra civil, durante lo que los españoles llamamos posguerra, la Segunda Guerra Mundial ponía patas arriba el mapa de Europa que había salido de la de 1914-1918. Entre 1939 y 1941, siete dictaduras derechistas de Europa del este cayeron bajo el dominio directo de Alemania o Italia: Polonia, Albania, Yugoslavia, Grecia, Lituania, Letonia y Estonia. En el mismo período, siete democracias fueron desmanteladas: Checoslovaquia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia.

Los vientos que soplaban por entonces en Europa eran fascistas, procedentes sobre todo de la Alemania nazi, y eso generó notables tensiones políticas entre los militares y los dirigentes falangistas. La intervención alemana e italiana había sido decisiva para el triunfo de las tropas de Franco frente a la República y en los meses que transcurrieron entre el final de la guerra civil y el inicio de la Segunda Guerra Mundial la política exterior franquista se había alineado con las potencias fascistas, adhiriéndose en abril al Pacto Anti-Comintern, el acuerdo establecido entre Alemania, Italia y Japón para luchar contra el comunismo. Sin embargo, cuando el ejército nazi invadió Polonia y Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania, Franco promulgó un decreto en el que ordenaba “la más estricta neutralidad a los súbditos españoles”. Era una política de aparente equidistancia, en un momento en el que ni siquiera Italia había entrado en la guerra, que iba a resultar muy difícil de mantener en aquella Europa tan turbulenta.

Neutralidad y beligerancia

La prueba de fuego para esa neutralidad llegó un año después, en la primavera de 1940, con la súbita y victoriosa invasión de Holanda, Bélgica y Francia por el ejército nazi. Benito Mussolini consideró que ése era el momento oportuno para que Italia entrara en la guerra, para recoger así los frutos de la victoria, y Franco, convencido también del ineludible triunfo fascista, preparó el camino para poder intervenir como beligerante en el reparto del botín imperial a costa de las potencias democráticas. La intención era, en palabras de Ramón Serrano Suñer, quien compartió con Franco esa estrategia diplomática, “entrar en la guerra en el momento de la victoria alemana, a la hora de los últimos tiros”. A la espera de poder dar ese crucial paso, el gobierno de Franco abandonó la “estricta neutralidad” y se declaró, el 13 de junio de 1940, beligerante, imitando lo que había hecho Mussolini justo hasta ese momento, una fórmula por la que se reconocía explícitamente la simpatía por el bando del Eje.

El problema era la desastrosa situación económica y militar de España, apenas un año después de finalizada la guerra civil, y las ambiciosas peticiones que Franco reclamaba como premio. El Ejército no estaba “en modo alguno” preparado para entrar en la guerra mundial, según informaba el general Alfredo Kindelán en marzo de 1940 y como recordaba poco después el almirante Wilhelm Canaris, jefe del servicio secreto militar alemán. España tenía “una situación interna muy mala”, con escasez de alimentos y materias primas, y sería más una carga que una ayuda: “Tendríamos un aliado que nos costaría muy caro”. Y a cambio, además, Franco pidió a Hitler Gibraltar, el Marruecos francés, el Oranesado (región noroccidental de Argelia) y el suministro de alimentos, petróleo y armas.

Las peticiones le llegaron a Hitler a través de una carta que el general Juan Vigón le entregó en mano en junio y una visita de Ramón Serrano Suñer, ministro de Gobernación, en septiembre. Los alemanes, como dejó bien claro su ministro de Asuntos Exteriores, Jochim Won Ribbentrop, no valoraban positivamente la beligerancia española, porque la consideraban una carga económica y militar, y plantearon además la exigencia de establecer bases militares en las islas Canarias. Así las cosas, las dos delegaciones diplomáticas acordaron tratar los puntos fundamentales de la negociación en un encuentro entre el Führer y el Caudillo. El histórico encuentro se celebró en Hendaya el miércoles 23 de octubre de 1940.

Para preparar las medidas de seguridad de esa reunión, Heinrich Himmler, el arquitecto de las SS y jefe del entramado policial nazi, visitó Madrid tres días antes. Allí fue recibido con todos los honores y parafernalia fascista por Serrano Suñer, a quien Franco acababa de nombrar ministro de Asuntos Exteriores en sustitución de Juan Beigbeder. Mussolini le dijo a Hitler que ese cambio en la diplomacia franquista garantizaba “que las tendencias hostiles al Eje están eliminadas o al menos neutralizadas”, pero insistía en su “convicción de que la no beligerancia española es más ventajosa para nosotros que su intervención”.

La entrevista se celebró en el Erika, el tren especial del Führer, y estuvieron presentes Von Ribbentrop y Serrano Suñer, junto con los dos intérpretes. Como ha señalado Paul Preston, “pese al mito de la bravura de Franco frente a las amenazas de Hitler”, éste no fue a Hendaya a “exigir la entrada inmediata de España en la guerra”. Hitler no aceptó las exigencias de Franco y España no entró en la guerra, porque no podía, dada su desastrosa situación económica y militar, y porque su intervención tenía costes demasiado altos para que Hitler, y Mussolini, con quien Franco se entrevistó en Bordighera en febrero de 1941, pudieran aceptarla. Hitler y Mussolini siempre consideraron a Franco como el dictador de un país débil que apenas contaba en las relaciones internacionales. Otra cosa es lo que dijo la propaganda franquista, hasta convertirlo en un mito que todavía se repite hoy: que Franco, con habilidad y prudencia, burló y resistió las amenazas del líder nazi, consiguiendo que España no participara en la Segunda Guerra Mundial. Una aventura, por otro lado, que, dado como transcurrió la historia, hubiera resultado fatal para el franquismo.

La División Azul como válvula de escape

El fervor de Franco y del sector más fascista de su dictadura por la causa nazi y contra el comunismo se manifestó, pese a la no beligerancia oficial española, en la creación de la División Azul. Cuando en junio de 1941 comenzó la Operación Barbarroja y las tropas alemanas invadieron la Unión Soviética Ramón Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores, propuso a su cuñado, el general Francisco Franco, formar una unidad de voluntarios para luchar junto a los alemanes “contra el enemigo común”: los bolcheviques, los masones y los judíos. Se la llamó División Azul, un nombre propuesto por el falangista José Luis Arrese, pero en realidad fue la 250 División de la Wehrmacht, formada por españoles que juraron lealtad al Führer. Hasta la disolución de sus últimos restos en marzo de 1944, pasaron por ella cerca de 47.000 combatientes en el frente ruso norte y en el asedio a Leningrado. Cobraban los haberes de un soldado alemán, además de un subsidio que recibían sus familias, y se les prometió trabajo a su regreso, aunque 5.000 de ellos murieron en combate en aquel frente oriental.

Un tercio de los 18.000 que salieron en el primer reemplazo, en julio de 1941, eran estudiantes universitarios, del SEU, falangistas que querían “pagar dos deudas de sangre”, vengarse de los comunistas que lucharon en la guerra civil española y devolver a los alemanes su generosa y decisiva contribución a la victoria de Franco. Hubo desde el principio muchos militares en busca de aventura, gloria y ascensos. Soldados que acudían para expiar el pecado de haber combatido en el lado equivocado durante la guerra entre españoles. Y se incorporaron después nuevos voluntarios, obreros, jornaleros y campesinos sin recursos, motivados por una buena paga, en tiempos de hambre, represión y miseria, y por ese subsidio que añadían sus familias.

Por la División Azul pasó gente ilustre muy bien situada ya entonces en el armazón político de los vencedores, como los falangistas Dionisio Ridruejo y Agustín Aznar o el catedrático de Derecho Fernando Castiella, posteriormente ministro de Asuntos Exteriores entre 1957 y 1969, además de la flor y la nata del fascismo, del militarismo y de la ultraderecha de aquel período, encabezados por su jefe, el general falangista Agustín Muñoz Grandes.

Los tiempos de Serrano Suñer

Los aires fascistas soplaron también en esos años en la política interior de la Dictadura, que vivió su período máximo de fascistización, iniciado ya en la guerra civil con la intervención alemana e italiana. Fue también el momento de mayor poder y gloria para Ramón Serrano Suñer, ministro de Gobernación desde enero de 1938, un cargo que no abandonó hasta mayo de 1941, jefe de la Junta Política de la entonces influyente Falange y ministro de Asuntos Exteriores desde el 16 de octubre de 1940. Serrano Suñer tuvo también un papel destacado en la persecución de los republicanos españoles refugiados entonces en Francia y pactó con Himmler una estrecha colaboración entre la Gestapo y la policía franquista.

La invasión de Francia por parte de las tropas alemanas, iniciada el 10 de mayo de 1940, había permitido la captura de miles de republicanos españoles refugiados en territorio francés desde la conquista de Cataluña por las tropas de Franco y el final de la guerra civil. Muchos acabaron en campos de concentración nazis, especialmente en Mauthausen, y varios miles más lucharon su segunda guerra contra el fascismo enrolados en diferentes batallones franceses. Serrano Suñer utilizó las buenas relaciones con Himmler y los líderes de la Gestapo para conseguir la identificación y captura de insignes autoridades de la España republicana, como Lluís Companys, Julián Zugazagoitia o Joan Peiró, entregados a la policía franquista por el régimen de Vichy sin tratados de extradición ni procedimientos legales, bajo la impunidad que proporcionaba el dominio nazi de Europa y los mecanismos extraordinarios de terror sancionados por las leyes de la dictadura franquista.

Cuando la suerte de la Segunda Guerra Mundial comenzó a cambiar claramente a favor de las potencias aliadas, la propaganda de la dictadura comenzó a presentar a Franco como un estadista neutral e imparcial que había sabido librar a España del desastre de la Segunda Guerra Mundial. Había que desprenderse de las apariencias fascistas y resaltar la base católica, la identificación esencial entre el catolicismo y la tradición española. El régimen que había salido de la guerra civil nada tenía que ver con el fascismo, declaró Franco en una entrevista a United Press el 7 de noviembre de 1944, porque el fascismo no incluía al catolicismo como principio básico. Lo que había en España era una “democracia orgánica” y católica.

Tras la caída de los fascismos en Europa, la defensa del catolicismo como un componente básico de la historia de España sirvió a la dictadura de pantalla en ese período crucial para su supervivencia. El nacionalcatolicismo acabó imponiéndose en un país convertido en reino sin rey en 1947, aunque tenía Caudillo, y en el que el partido único dejó de tener aliados en Europa a partir de 1945.

Y el franquismo aguantó, administrando las rentas de esa inversión duradera que fue la represión, con leyes que mantuvieron los órganos jurisdiccionales especiales durante toda la dictadura, con un ejército que, unido en torno a Franco, no presentaba fisuras, con la máscara que la Iglesia le proporcionó el Caudillo como refugio de su tiranía y crueldad y con el apoyo de amplios sectores sociales, desde los terratenientes e industriales a los propietarios rurales más pobres. Después llegarían los grandes desafíos generados por los cambios socioeconómicos y la racionalización del Estado y de la Administración, pero el aparato del poder político de la dictadura se mantuvo intacto, garantizados el orden y la unidad. Y con una enseñanza de la historia montada en torno al mito del Caudillo salvador, frente al comunismo, pero también frente a Hitler y la Alemania nazi.



Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y Visiting Professor en la Central European University de Budapest.


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