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Y sin embargo se mueve

Añoro mi coche eléctrico

Publicada 14/11/2015 a las 06:00 Actualizada 14/11/2015 a las 13:43    
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El año pasado usé durante un mes un coche eléctrico. Cada día salía de casa con un auto que se deslizaba por el asfalto como una nave espacial. No generaba humo ni ruido. Y no era un juguete, era un cochazo. Con él podía alcanzar la velocidad máxima permitida sin ningún problema. Vehículos como este, eléctricos, son una espléndida oportunidad para sacudirnos de encima la contaminación que ahoga ciudades como Madrid.

La UE prohíbe superar los 200 microgramos de dióxido de nitrógeno por metro cúbico de aire durante más de 18 horas a lo largo del año. En Madrid estos límites se superan desde hace años. Tanto es así, que la Agencia Europea de Medio Ambiente eleva el número anual de muertes prematuras por contaminación del aire en España a 27.000.

Este jueves el nuevo consistorio madrileño decidió por fin hacer algo frente al pasotismo del Gobierno anterior, que aunque diseñó un protocolo de actuación no lo puso en marcha. La alcaldesa Carmena restringió la velocidad de circulación en la M30 a 70 kilómetros por hora.

La medida salió rana. Generó unos atascos como pocos he vivido. No suelo coger el coche a primera hora de la mañana, pero ese día lo necesitaba. Me sumí en una especie de tremebunda migración de ñus en la sabana africana. Las colas en las salidas de la circunvalación eran interminables. Llegué una hora y pico después de lo previsto a mi destino. La medida tampoco disminuyó la contaminación. No obstante, la misma Agencia Europea de Medio Ambiente reconoce que esta medida en las simulaciones informáticas funciona, pero que en la vida real depende de demasiados factores impredecibles para que sea siempre efectiva. El viernes el Ayuntamiento añadió una nueva restricción: prohibió aparcar en el centro de Madrid a excepción de residentes. Con esta nueva medida la contaminación sí ha caído hasta el límite permitido.

Y así andamos los españoles, esquivando nuestros propios residuos energéticos para no ahogarnos. Otros, como Noruega, prefieren evitar generarlos. En 2014, uno de cada diez coches vendidos en el país nórdico fue eléctrico. En España las ventas son muy pequeñas a pesar del plan de ayudas. En el primera mitad de 2015 no se vendieron ni un millar. No está claro si es una consecuencia o un motivo de las birriosas ventas de los eléctricos en España, pero hay poquísimos puntos de recarga repartidos por el territorio, unos 750. Si viajas en coche eléctrico corres el riesgo de quedarte tirado.

Cuando cargaba mi añorado coche eléctrico no estaba segura de si la electricidad procedía de una fuente limpia, pero no tenía dudas de que esa energía era menos contaminante que la gasolina. En Madrid precisamente hay algún punto de carga que usa la energía procedente del frenado de los trenes que circulan por la red suburbana. Alimentar de energía al coche con un enchufe en vez de con una manguera de gasolina es una sensación rara y satisfactoria.

Otro de los inconvenientes que contribuyen a frenar la instauración del eléctrico es el precio. Son caros. El desembolso inicial escuece mucho al bolsillo del ciudadano medio, como yo. Con el tiempo esa inversión se recupera con creces ya que los gastos de mantenimiento son menores que los de un coche tradicional y el gasto en energía es mucho menor: cada 100 km se gasta 1,5€ en electricidad frente a los 8€ de gasoil.

No me cabe la menor duda de en algún momento se abaratarán y sucederá el boom. Los eléctricos son los coches que en un futuro cercano convertirán las ciudades en oasis de aire limpio y atmósfera silenciosa.



Qué es el dióxido de nitrógeno
 

El dióxido de nitrógeno es un gas más denso que el aire color marrón rojizo de olor acre. Se toma como referencia para medir los niveles de contaminación entre las muchas sustancias que emiten los vehículos a motor, como el dióxido y monóxido de carbono, los óxidos de azufre o partículas en suspensión. A su vez, el dióxido de nitrógeno interviene en diversas reacciones químicas que producen otras moléculas dañinas como el ozono troposférico, ácido nítrico o peroxiacetil-nitrato (PAN). Es decir, el dióxido de nitrógeno es un contaminante en sí mismo y un precursor de otros cuantos. La exposición continuada a espacios abiertos que contienen niveles de dióxido de nitrógeno como los registrados en Europa afecta a las vías respiratorias y puede agravar enfermedades cardiovasculares. Los síntomas de los niños con bronquitis o asma se agravan. En general, en infantes se ha observado un menor desarrollo de la capacidad pulmonar.
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