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La CUP y La Cosa

Publicada 04/01/2016 a las 06:00 Actualizada 03/01/2016 a las 21:15    
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Que una formación política haga un viaje de 360 grados para mantenerse en sus proclamados principios es una rareza de tal calibre que explica la sorpresa generada por la decisión dominical de la Candidatura d'Unitat Popular (CUP): vetar a Artur Mas y abocar a Cataluña a nuevas elecciones en marzo. Es decir: lo mismo que dirigentes de la CUP habían comprometido antes y después de los comicios del pasado 27-S: “con Mas, no”. Tan increíble sonaba matemáticamente un empate a 1.515 votos en la Asamblea Nacional celebrada por la coalición anticapitalista e independentista hace una semana como sorprendente suena el hecho de que este domingo los 67 miembros de su Consejo Político y su Grupo de Acción Parlamentaria se hayan puesto de acuerdo para negar a Mas su continuidad. Lo cual supone una paralización (provisional) del denominado “proceso soberanista” y una segunda vuelta en las urnas catalanas que condiciona a su vez los movimientos de fichas en el puzzle político español resultante del 20-D.

Lo único garantizado en este momento es la incertidumbre, y sólo cabe hacer algunas consideraciones sobre lo ocurrido y sus posibles consecuencias:

1.- La CUP, pese a ser una formación asamblearia, antisistema, con al menos cuatro ‘almas’ diferenciadas, ha sido coherente. “Si Convergència encuentra a alguien que no sea recortador y corrupto, que lo proponga”, dijeron sus principales referentes doce horas después de las elecciones del 27-S. Junts pel Sí se presentó a las urnas con Artur Mas como número cuatro, en una estrategia preventiva muy discutible, puesto que lo “escondía” a la vez que proclamaba que Mas sería de nuevo president de la Generalitat si ganaba. Lo cual venía a ser como decir: “Sabemos que Mas no es presentable, pero es ‘nuestro’ impresentable”. Entre esas ‘almas’ de la CUP parece haberse impuesto la que encabeza Anna Gabriel, la mayoritaria en Barcelona o Sabadell, Endavant, radicalmente contraria a sostener a Mas.

2.- Tres meses de negociaciones han demostrado varias cosas: Artur Mas y Junts pel Sí estaban dispuestos a ejecutar una política que no era la suya con tal de que Mas siguiera en el poder. El 'preacuerdo' anunciado antes de Navidad contenía medidas que estaban en las antípodas de la política de duros recortes sociales practicada por Mas, muchísimo más cercana a la del PP que a la planteada por los anticapitalistas de la CUP, partidarios de salir incluso de la zona euro ante la imposición de la austeridad a costa de disparar la desigualdad.

3.- Antes del 27-S, la CUP también asumió que la hoja de ruta independentista exigía una mayoría amplia de votos que no se produjo. Pese a que el apoyo al soberanismo no llegó al 48%, se dieron pasos hacia la declaración unilateral de independencia que contradecían aquella máxima lanzada para alimentar el carácter plebiscitario del 27-S. Los resultados en Cataluña de las elecciones generales del 20-D confirmaron además un aviso de la ciudadanía: debilitaron las posiciones de Convergència (bajo la marca Democracia i Llibertat), fortalecieron a ERC y dieron alas a los defensores del “derecho a decidir” pero no todos de la independencia, representados por En Comú Podem.

4.- ¿Hacían falta tres meses de incertidumbre, contactos, negociaciones… para llegar al punto final de que Artur Mas no puede encabezar un gobierno catalán apoyado por quienes lo consideran desde siempre heredero (si no cómplice o encubridor) del ecosistema podrido que durante más de dos décadas ha girado en torno al mito de los Pujol? Si ahora Junts pel Sí sacrificara a Mas por otro candidato, el insulto al electorado parecería aún más vergonzante.

5.- Estos tres meses han desgastado políticamente más a lo que fue Convergència que a su socio ERC, y la repetición de elecciones (las cuartas en cinco años) puede fortalecer tanto a los republicanos independentistas como a los anticapitalistas de la CUP. El llamado “proceso” entra en un paréntesis, pero no quiere decir que se finiquite. De hecho, sus impulsores pretenden sin duda superar en primavera la debilidad que le supuso el resultado del 27-S, cuyo planteamiento plebiscitario fracasó se mire con las gafas que se mire.

6.- Ante la posibilidad confirmada este domingo, en la cúpula de Junts pel Sí se manejaba ya fecha probable de elecciones anticipadas: el 6 de marzo. Las dudas a despejar en ese mismo círculo son: ¿Procede repetir la coalición Junts pel Sí? ¿Volverá a presentarse Artur Mas o está ya liquidado políticamente?

7.- La otra pregunta del millón (fuera de Cataluña): ¿cómo afecta la decisión de la CUP a la situación política en España? Una de las razones por las que significados portavoces del poder político y económico creían que la CUP finalmente apoyaría a Mas era el complejo puzzle salido de las urnas el 20-D. Consideraban que nada podía venir mejor a los independentistas que formar un gobierno catalán dispuesto a “desconectar” de España en el momento en que España tiene un gobierno en funciones y por delante unos pactos casi imposibles que provocarían elecciones generales anticipadas antes del verano. Ese escenario de debilidad alimentaba o forzaba la presión para un pacto de gran coalición PP-PSOE o PP-PSOE-C’s, forjado (aun a costa del suicidio socialista) sobre el riesgo para la “unidad de España”. La CUP no ha empujado en esa línea, ya sea por coherencia o porque considera que a medio plazo la decisión fortalece su apuesta de ruptura frente al Estado. No hay que ser adivino para intuir que la decisión de la CUP favorece más (en principio) a quienes establecen como prioridad el referéndum en Catalunya que a quienes apuestan por una reforma constitucional federalista. En cualquier caso, resulta como mínimo chocante políticamente que en Cataluña sean los recortes o la corrupción los asuntos que impiden formar gobierno a los independentistas y que a escala estatal sea el referéndum de autodeterminación en Cataluña lo que bloquea (hasta el momento) la posibilidad de pactos entre PSOE y Podemos.

8.- Lo ocurrido desde septiembre a enero en Cataluña sí debe tener una lectura ineludible en términos democráticos: los personalismos no pueden bloquear los procesos surgidos de las urnas. La CUP habrá intentado aprovechar la coyuntura con mayor o menor acierto, pero el primer responsable del “atasco” es Junts pel Sí y su cerrazón en el mantenimiento de Artur Mas como cartel. Cabría aplicar el cuento al PP y a Mariano Rajoy, que perdió 3,6 millones de votos y 63 escaños el 20-D, y que tiene en su "mochila política" el caso Bárcenas, la Gürtel o los sobresueldos. Incluso a Pedro Sánchez, líder de un PSOE que redujo su apoyo en 1,5 millones de papeletas y 20 escaños. En las democracias con las que tanto nos gusta compararnos, lo normal es escuchar anuncios de dimisión en la misma noche electoral, y no mensajes de absurdo triunfalismo. Es lo que hizo el líder laborista Ed Miliband el pasado mayo en Gran bretaña, pese a obtener el 30% de los votos.

Hace un año escaso, el actual número uno de la CUP, Antonio Baños, publicaba un libro titulado La rebelión catalana. En él cita la frase escrita en la pizarra típica de un bar de Barcelona: “Prohibido hablar de La Cosa. Y La Cosa es lo que Baños define como “versión civil y popular de el proceso”. La formación de Baños ha decidido abocar a Cataluña a nuevas elecciones. Lo cual supone no hablar sólo de La Cosa independentista sino también de un programa político completo. Y eso es de agradecer, aunque no hicieran ninguna falta tres meses para llegar a tal conclusión. Como le explicó Mariano Rajoy a David Cameron en su habitual spanglish: It's very difficult todo esto”.

EL AUTOR Correo Electrónico


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