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Criminalizar la ficción

Publicada 17/02/2016 a las 06:00 Actualizada 17/02/2016 a las 10:19    
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Jordi Évole decía hace unos días en un informativo de La Sexta que tenía la impresión de que en los años 1980 había en España más libertad de expresión que en la actualidad. Puedo confirmarlo testimonialmente: yo ya era mayor de edad en aquella época y, sí, había más libertad, humor y tolerancia que ahora. Como subrayaron Manuela Carmena y Maruja Torres en sus conversaciones del pasado verano, hoy sería imposible que un Tierno Galván ejerciera la alcaldía de Madrid con el desparpajo libertario con que él lo hacía. ¿Podría decir hoy cosas como ésta: “¡Rockeros: el que no esté colocado, que se coloque… y al loro!” En absoluto; lo lincharían política y mediáticamente.

Me ha apenado ver a Carmena tan acobardada por el asunto de los titiriteros. De ella hubiera esperado que, desde el primer instante, atajara con contundencia lo que hay de aterrador en el encarcelamiento de esos muchachos. Porque el fallo de programación –la obra no era para niños- es un pecado venial que puede resolverse con un coscorrón al responsable del mismo. Lo que resulta gravísimo es que en España se haya sentado el precedente de que te puedan meter entre rejas por un elemento narrativo en una obra de ficción.

O sea, cualquier policía, fiscal o juez puede extraer de una novela, una obra de teatro, un cuadro, una película o una serie televisiva esta o aquella frase, imagen o escena, y detener sin contemplaciones al autor de la obra por apología de tal o cual delito. Por ejemplo, si yo incluyo en una novela a un yihadista imaginario que, en conversación con mi protagonista, intenta justificar las razones de su delirio, es posible que un Torquemada me lleve a Soto del Real por apología de ISIS o Al Qaeda.

A fuerza de ir criminalizando comportamientos so pretexto de luchar contra el narcotráfico o el terrorismo, o en aras de lo “políticamente correcto”, se ha llegado a la apoteosis del liberticidio: criminalizar lo que explícitamente es ficción. Si unos titiriteros sacan una marioneta que lleva una pancarta a favor de ETA con el objetivo de endosársela como prueba falsa a otra marioneta, los titiriteros son cómplices de ETA. Resulta espeluznante, así no hay arte (bueno, mediano o malo) posible.

La culpa también la tenemos nosotros, los que nos consideramos nietos del Siglo de las Luces. Hemos ido consintiendo recortes incesantes de libertades y derechos desde los años 1980. La derecha más reaccionaria, la que asociamos a los Reagan, Thatcher, Aznar y compañía decidió entonces “desacomplejarse” y desencadenar una gran contraofensiva ideológica para imponer universalmente como “naturales” sus principios y valores. Dueña de colegios, universidades, fundaciones y medios de comunicación, esa derecha empaquetó en frases simplonas sus criterios de orden, disciplina y primacía del beneficio privado, y las repitió hasta la saciedad.

Consiguió su objetivo. La derecha ha ganado por goleada la “guerra cultural” contra lo que ella misma identificó con el Mayo del 68. En parte porque, en busca de “respetabilidad”, buena parte de la izquierda asumió como propia la agenda conservadora. A partir del momento en que se sintió avergonzada por hablar de libertad, igualdad y fraternidad, esa izquierda estaba derrotada ideológicamente.

El fenómeno no es, por supuesto, exclusivamente español. En Francia –cuna junto a Inglaterra y Estados Unidos de las ideas progresistas-, el primer ministro, un supuesto socialista llamado Manuel Valls, dice ahora que intentar explicar científicamente las causas del yihadismo equivale a justificarlo. Es decir, que un periodista, un historiador o un sociólogo pueden ser vistos como cómplices de la matanza de París si osan decir que la lucha contra el yihadismo sería mucho más eficaz si se desecaran los pantanos de pobreza, desigualdad y autoritarismo donde nace y se cultiva.

Todavía no han encarcelado a nadie en Francia por intentar aportar la luz de la razón a la lucha contra la sinrazón, pero Valls ya ha comenzado a satanizar ese comportamiento. En España, de tradición más inquisitorial, vamos por delante: ya han sido llevados a prisión dos muchachos por el delito de intentar contar una historia de ficción con marionetas. ¿Qué es lo siguiente? ¿Inventar una máquina que penetre en nuestros pensamientos y se los chive a la Audiencia Nacional?

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