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Nacido en los 50

Dime con quién andas

Publicada 01/03/2016 a las 06:00 Actualizada 29/02/2016 a las 21:47    
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Yo debo ser de los pocos, visto lo visto, que todavía defienden la palabra.

Frente a la impostura de la estafa perpetrada en la traición a los puntos básicos con los que ha machacado en la campaña el candidato elegido para formar Gobierno, prevalece el derecho a pactar con quien estime pertinente.

Después de una legislatura entera echando en cara al PP el incumplimiento del programa, aparece un nuevo actor que anula el suyo incluso antes de tomar posesión. Estamos ante un caso de eyaculatio precox política que parece no importar a los analistas que antes se rasgaban las vestiduras en lo que llamaban traición al votante.

Esto del voto, en la sociedad liberal de libre mercado, se ha convertido en una suerte de azar. Uno entrega la papeleta y es el destino el que decide en qué casilla termina. Ya no hay lugar a la ideología, nos dicen. Ya sólo la coyuntura, la gobernabilidad, la estabilidad, y otros parámetros de los cuales no estamos cualificados para opinar por nuestra falta de educación política, deciden qué queremos en realidad, convirtiéndonos en agentes pasivos, ciudadanos de segunda tutelados por próceres que “sacrifican sus principios para que vivamos mejor”, como si fuéramos idiotas y no nos diéramos cuenta de los intereses que esconden las decisiones de estos líderes, e ignoráramos a quién sirven. No hay más que ver el silencio estremecedor que mantienen los grandes señores de la patria, los profetas del IBEX 35, los representantes de la CEOE, para saber quién está encantado con el pacto de la gobernabilidad.

Callan ahora los que no paraban de opinar en los desayunos de los grandes hoteles, los que desde las organizaciones empresariales se lanzaban a los atriles para avisar del apocalipsis que suponía un giro en la ruta trazada desde el capital con esas reformas estructurales profundas, que les hacen multiplicar sus dividendos sembrando la pobreza en nuestras sociedades, sometiendo a la penuria a los trabajadores y desmantelando la educación y sanidad públicas en beneficio de las grandes corporaciones.

Callan, no aplauden para no delatar a los actores del pacto “reformista y de progreso”. Lo bendicen con su silencio, el que calla otorga, ya que de refranes va el artículo, los que no quieren ni reformas ni progreso. A lo mejor, resulta que son bobos y se la están metiendo Rivera y Sánchez. A lo mejor, eso de reunirse en secreto mientras tienen a los representantes de cuatro formaciones de izquierdas sentados como niños con zapatos nuevos no fue una humillación, ni un desprecio a los votantes de dichas formaciones, sino una maniobra de distracción para ilusionar a la patronal y salir con un Gobierno “reformista y de progreso” por sorpresa. A lo mejor, estaba equivocado Sánchez, y Rivera es un quintacolumnista que lleva años disfrazado de político de derechas, aliándose incluso con la extrema derecha en ocasiones para disimular, y en realidad es un agente izquierdista que va a dar un golpe de mano y, de verdad, está por el cambio, la reforma y el progreso.

La otra posibilidad es que los bobos seamos los demás.

No le faltaba razón a Rajoy cuando refiriéndose a este pacto afirmaba: “Aquí le están tomando el pelo a alguien”. ¡Qué nervios! ¿A quién será?

Aprietan los dientes en silencio aquellos que desde instituciones pensadas para otra cosa, asociaciones de empresarios y banqueros, saltaron al ruedo de la política al ver amenazado su proyecto político. Ya no opinan, no quieren obviar que les encanta la idea de ver su sueño convertido en realidad a pesar de que la mayoría de los españoles votaron por el cambio. Por el cambio de lo que hay. No de cara. No de siglas.

Los dueños de las cosas ven cómo las urnas tampoco hacen girar el rumbo del plan que trazaron gracias a la colaboración de actores políticos que venden una cosa y la contraria sin que les traicione, como a Rajoy, un guiño delator. No, estos chicos nuevos no se cortan, no se sonrojan ni se despeinan.

Si la meta es un pacto a cualquier precio, enhorabuena. Fue ese, y no otro, el camino que comenzó la degradación de nuestro sistema democrático hace ya muchos años, cuando después de las elecciones de 1993 el PSOE consiguió una mayoría relativa que necesitaba apoyos parlamentarios, y ante la sorpresa de la mayoría de los votantes de su partido, y de los demás grupos de izquierda, optó por aliarse con CIU, con Jordi Pujol, mago de la gobernabilidad. Comenzó una nueva era que se puede definir como: “El voto es mío y hago con él lo que me da la gana. Haberlo pensado mejor. Si no votas no te quejes; si votas, tampoco”.

González preparó el terreno hábilmente tranquilizando a los votantes con declaraciones ambiguas, haciendo creer a unos y a otros que estaba con ellos. Fue la época de: “He entendido el mensaje, los españoles quieren el cambio del cambio”.

Los ingenuos españoles de izquierdas que les votaban, entre otras cosas para que no gobernara Aznar, lo que ellos mismos en campaña llamaban el voto útil pidiendo un acto de fe, entendían que sería hacia la izquierda, pues no cabía otra dirección en un partido que se llamaba socialista y obrero, y había obtenido un respaldo mayoritario a pesar de lastrar casos de corrupción, una situación económica complicada y el GAL.

Pues no, contra todo pronóstico y para sorpresa de los ingenuos votantes, se aliaron con la derecha nacionalista catalana, cuyo líder, Jordi Pujol, sacó una buena tajada del pacto. Consiguió, además de concesiones en eso que denominan asimetría territorial, que tanto demonizan los españolistas cuando les conviene, el archivo del caso Banca Catalana que le tenía trincado, y bien trincado, por fechorías muy lucrativas. Los fiscales Jiménez Villarejo y Mena vieron cómo su trabajo de años, un sumario en el que estaba negro sobre blanco todo lo que descubrimos ahora de la corrupción en Cataluña con gran sorpresa y un cinismo inconmensurable, se iba por las cañerías. Entonces también salió al balcón de Sant Jordi el honorable alegando que aquello era un ataque a Cataluña. Dicho todo esto desde el respeto a la independencia judicial y la división de poderes que caracterizan todo Estado de Derecho, pero se lo archivaron.

Al poco tiempo se promulgó una reforma laboral que, así, por resumir, ampliaba las causas objetivas del despido donde se preveían, en algunos casos, una indemnización de 20 días por año; se autorizaba a las empresas a despedir sin autorización al 10% de la plantilla; se legalizan las empresas de trabajo temporal; se ampliaron las posibilidades del despido colectivo y se popularizaron los contratos en prácticas.

En las siguientes elecciones ganó el Partido Popular.

Es cierto que ayudó el sistema electoral. El número de españoles que votaron a partidos de izquierda era bastante superior que los votantes de derecha.

Lo paradójico del caso es que el PSOE se hunde cuando se escora a la derecha. El espacio que tenía en exclusiva de voto de centro izquierda, y de una izquierda que respondía a la campaña por el voto útil, menguaba. Tras haber afirmado que había entendido el mensaje, este pacto con la derecha le supuso una pérdida de más de once puntos en las siguientes elecciones, celebradas en 1996, mientras IU creció en casi diecisiete.

No sé qué mensaje entienden, pero la realidad parece marcar que pierden más cuanto más se derechizan. Véase Reino Unido.

Ahora, con el peor resultado de su historia (claro, que ha surgido una fuerza nueva por la izquierda que amplía el espectro político), de nuevo se unen a la derecha en un pacto que llaman “reformista y de progreso”. No lo es.

Este lunes, saliendo al paso de las diferentes interpretaciones interesadas que hacen cada uno de los firmantes del pacto de investidura, el representante de Ciudadanos afirma que no moverán ni una coma de lo que se ha firmado. No habrá, dice, derogación de la Reforma Laboral. Sánchez dice que sí.

Paso a citar al señor González cuando en circunstancias muy parecidas optó por la derecha. ¿Se equivocó? Bueno, relativamente, a él no le fue tan mal: “No nos han perdonado, señorías, que ganáramos esas elecciones, como no han perdonado a quienes, contribuyendo a la acción del gobierno, han asumido y proclamado el compromiso de apoyar la gobernación del país”.

Se refería a CiU, a Jordi Pujol. Entonces ya se sabía lo del 3%. Resultó ser mucho más. Eran uña y carne, una piña contra el enemigo común: IU.

Maestros de la gobernación.

Ahora florecen los brotes de aquellos tiempos de gobernación, estabilidad y falta de control del latrocinio. Los tiempos en los que desde los balcones de la alternancia se afirmaba: “No miraré el retrovisor”. Se hacía borrón y cuenta nueva de la gestión anterior.

No eran partidarios de judicializar la política, sus razones tendrían, pero olvidaban un detalle: la pasta era nuestra.

Debería pensarse el señor Sánchez, además de a sus militantes, de los que sólo le han mostrado su apoyo el cuarenta por ciento, a quién representa.

Comienza su andadura como otros la terminaron. Demuestra una precocidad inaudita.

Vuelven a ofrecer un pacto a Podemos con un documento nuevo. Por lo visto es igual que el anterior. Si cuela, cuela. Tienen alma de trileros. Los medios de comunicación bendecirán este insultante gesto que les define, e insistirán en la intransigencia de los otros.

Si sale todo mal, su mamá siempre podrá decir: “Las malas compañías”.


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