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Muros sin Fronteras

Refugiados a la carta para una Europa sin valores


Publicada 10/03/2016 a las 06:00 Actualizada 09/03/2016 a las 19:47    


No debería sorprendernos la utilización de los Derechos Humanos como mercancía en una negociación en la que priman los intereses económicos. Es algo que sucede desde hace años. Lo llamativo, en este caso, es que nadie intente camuflarlo. La crisis que llamamos de 2008, pese a que aún no ha terminado, comenzó en 2007 como bancaria debido a las hipotecas subprime; después, se hizo global. Se trata de un cataclismo ético que se ha llevado por delante puestos de trabajo, derechos sociales y sindicales, ahorros y pensiones, países y valores. ¿Dónde está la Europa de los soñadores, de los Adenauer, Monnet, Schuman, Spaak y De Gasperi?

Lo acordado esta semana en Bruselas con el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan se resume en tres puntos: aceleración del proceso de entrada de Turquía en la UE, eliminación de la exigencia de visado para los turcos que viajen a la UE y pago de más de 3.000 millones de euros. A cambio, Erdogan se compromete a dificultar el flujo de los refugiados hacia Europa y a acoger a todos los que serán expulsados en las próximas semanas y meses. El miedo y la desgracia hallarán nuevas vías para alcanzar Eldorado.



Europa cierra la fortaleza para los futuros demandantes de asilo y compromete la estancia en su territorio de los que han conseguido entrar, más de un millón este año. En los planes de expulsión están incluidos los refugiados sirios, que podrían acabar de nuevo en la zona de guerra de la que escaparon. La UE se compromete a importar (usemos un lenguaje comercial, que es de lo que se trata) desde Turquía un número de refugiados equivalente al de los expulsados, se supone que tras realizar allá todas las comprobaciones de que son merecedores de ese asilo. “Equivalente” es un término muy ambiguo y más en manos de líderes poco valientes.

Viñeta

Ganan Marine Le Pen, Vickor Orban y Pergida; gana la Europa xenófoba. Los jefes de Gobierno y Estado de los 28 países miembros de la UE se han plegado al runrún racista e islamófobo que recorre las calles y los medios de comunicación, y más desde los nunca bien aclarados sucesos de Colonia en Nochevieja. Sin duda, Donald Trump estará orgullo se nosotros. También David Cameron, que consigue otro comodín de oro para su arriesgada apuesta del Brexit.



Hay un tufo antidemocrático, y por qué no decirlo, fascistoide, en muchas de las cosas que se dicen y hacen, en las justificaciones para expulsar refugiados como si fueran ellos los que violan la ley cuando la ley la violamos nosotros al impedir el refugio a los perseguidos por la guerra. Todo es un juego político cortoplacista en el que también han sido expulsados los derechos. El discurso se ha movido tanto que un presunto socialista como el primer ministro de Francia, Manuel Valls, habla como Sarkozy y este como Le Pen.

En esta foto que tuiteó Valerie Hopkins está la lista de los ahogados en el Mediterráneo; son 17.306, pero esta es otra guerra





El sueño de una Europa política murió con la crisis de 2008 y sus brutales ajustes. Tenemos el euro sin los instrumentos necesarios para defenderse y tenemos el himno; ya solo nos faltan el pasaporte y los líderes, el coraje.

La tortura continuada a la Grecia de Syriza, que tuvo la osadía de desafiar a los mandamases, a los mercados, al IBEX-como-se-llame-en-la-UE, debió servirnos de alerta de que esa Europa de valores, principios y utopías estaba gravemente enferma. Ganaron los mercados, ganaron los que siempre ganan y con ellos ganan también los estafadores, los que manipulan el libor, los motores diesel o lo que haga falta para engordar los bonus a final de año.

Toda esta basura ideológica, el todo vale, ha llegado a las víctimas de una guerra en la que no somos inocentes. ¿Quién habla hoy de las armas de destrucción masiva en Irak? ¿Qué tribunal condenó a Paul Bremer, procónsul americano en Bagdad, por disolver el Ejército de Sadam Husein en mayo de 2003 creando así, causa-efecto, una insurgencia de la que nació lo que hoy llamamos Daesh? Al menos lo debería juzgar un tribunal de la estupidez supina.

¿Quién habla hoy de la financiación en la primavera de 2011 del Ejército Libre de Siria para que derrocara al dictador Basar el Asad y a los que ni siquiera se les armó lo suficiente para garantizar su victoria generando un empate militar que causó decenas de miles de muertos? ¿Quién habla de las ventas de armas europeas a Arabia Saudí que después acaban en Siria en manos de grupos como el Daesh o en Yemen, donde mueren civiles sin derecho a titular? ¿Quién habla de Libia?

Cuando se colocan las preguntas incómodas sobre las mesa, los responsables del desastre, por acción u omisión, hablan de terrorismo islámico, como aquí otros hablan de ETA cuando se les pregunta por el saqueo organizado del dinero de todos. Es cierto que París nos conmovió a todos: #JeSuisParis como antes fuimos #JeSuisCharlie. Hay atentados de primera y de segunda. Nadie dijo: #JeSuisBeirut, #JeSuisEstambul.



Tenemos un dolor selectivo según los muertos, los nuestros y los de los otros, que es parte de la misma corrupción que evapora valores y euros. Lo que fallan son los principios, los cimientos. Nadie dice, por ejemplo, que la mayoría de las víctimas del terrorismo islámico son musulmanes. Tampoco hablamos de los drones y las llamadas víctimas colaterales. Lo ocurrido en Bruselas esta semana es el colofón de una gigantesca renuncia: la de defender la democracia desde sus entrañas, sin renuncias, protegerla de pistoleros del Daesh y de especuladores sin alma de Wall Street, la City, Madrid, Fráncfort o donde el dinero se crea con derecho a decidir cuántos viven, cuántos mueren.




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