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Plaza Pública

Lo que no se puede hacer

Publicada 18/11/2016 a las 09:27 Actualizada 18/11/2016 a las 09:29    
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A menudo, los escándalos funcionan como el código penal de la ideología. Delimitan los límites de lo punible en el debate de las ideas. Son el artefacto comunicativo mediante el cual se sitúan las fronteras entre lo que se puede y lo que no se puede hacer en el espacio público.

Todos los días docenas de estrellas mediáticas, voces autorizadas, políticos, actores de los grupos de presión y voceros de la sociedad civil tratan de convertir un hecho, una práctica o un comportamiento en escándalo. Persiguen ese milagro mediante el cual la actuación contradictoria, superpuesta y desordenada de todos ellos visibiliza a gritos los viejos o los nuevos límites de la ideología dominante.

Tras las elecciones del 20D Podemos logró 71 escaños en el Congreso de los Diputados. Ninguna fuerza política en nuestra democracia ha conseguido algo siquiera comparable. Pero la naturaleza democrática de este hecho funcionó como muro de contención para los penalistas del espacio discursivo. Un resultado electoral no puede ser un escándalo en sí mismo, no puede precipitar la emergencia de todo el dispositivo ideológico de sanciones. Era necesario esperar. La rabia de los beneficiarios del régimen del 78 se atrincheró, supo guardar la ausencia de la ocasión propicia para imponer su sanción ideológica, su pena de escándalo. Y la ocasión llegó. El 13 de enero de 2016 se abrieron las puertas de San Jerónimo y los 71 diputados de Podemos, de En Comú Podem y de En Marea entramos en el hemiciclo y nos sentamos en nuestros asientos. En las caras de nuestros homólogos sólo se leía asco y horror. Una periodista de raza expresó en directo su temor a que tuviésemos piojos. Idéntica inquietud a la manifestada por la vicepresidenta de la Mesa, Celia Villalobos. Las diputadas y diputados del PP correteaban inquietos por los pasillos del hemiciclo, dando una indicación aquí, otra allá. Los del PSOE y Ciudadanos, con el rictus serísimo, no encontraban cómo sentarse y cuando les manteníamos la mirada buscaban madriguera en el teléfono o en las alfombras. Asco y horror. A eso olía el hemiciclo del Congreso la mañana en la que entramos.

Un presidente de grupo parlamentario con coleta, una diputada negra, un guanche de dos metros con corona de rastas, bufandas de colores, ecologistas en bici, charangas, camisetas y una madre con un bebé. Estos eran los juncos con los que trenzar el escándalo. Ese artefacto con el que poder expresar, por fin, la rabia contenida por tanta pérdida de legitimidad y, sobre todo, de poder material y concreto que esta crisis, junto con otros sólidos, desvaneció en el aire. Y entre unos y otros, entre comentaristas carcas, diputadas socialistas, voces autorizadas y feministas pata negra, entre piojos, camisetas, pañales y trenzas, eligieron a la madre con el bebé. Eligieron siguiendo la tradición milenaria de proyectar la rabia reaccionaria sobre las mujeres heterodoxas y sus cuerpos. Me tocó a mí.

Había llevado a mi bebé a todas las reuniones previas con los representantes de los principales grupos parlamentarios. Los portavoces del PP y del PSOE se habían deshecho en carantoñas. Había llevado a mi bebé a todos los encuentros con periodistas, a todas las conferencias, a todos los coloquios, a todos los programas de televisión. Los plumillas que nos siguen hicieron un bote y le regalaron una camisa al niño. De nuevo, gracias. Había llevado a mi bebé a todas partes porque si hubiera tenido que elegir no habría ido a ninguna. Quise criar a mis hijos y aún si no hubiese querido, no habría podido contratar a una persona que los cuidase. Nunca he tenido niñera. No soy rica ni he heredado más fortuna que el buen humor de mi padre. Había llevado a mi bebé a todas partes y en todas fuimos bienvenidos. Hasta que le llevé al hemiciclo el día en que se constituyeron las Cortes y estalló un escándalo que sólo puede comprenderse como proyección psicoanalítica de la rabia de las viejas élites que, viéndose desposeídas de la referencialidad ideológica monopolizada durante décadas, se lanzaron a morder como víboras los tobillos de los que no llevaban zapatos.

Ayer dos niñas asistieron en el mismo hemiciclo a la apertura oficial de la legislatura y no pasó nada. Afortunadamente. Ninguno de los artífices del escándalo del bebé acusaron a sus padres de instrumentalizar a sus hijas o utilizarlas. No pasó nada y yo me alegro sinceramente. Todas las personas deberíamos ser libres de llevar a nuestros hijos o a nuestros padres o a cualquier familiar que dependa de nosotros donde consideremos oportuno. Faltaría más. Bastante tenemos con las inmensas carencias de apoyo institucional a las familias o el incumplimiento sistemático de la ley de dependencia.

Pero, por si alguien andaba despistado, ayer también supimos, fehacientemente, que el escándalo de Bescansa y su bebé nada tenían que ver con el bebé. Supimos que el desmoronamiento de este régimen reproduce muchas pautas similares a las de la caída de otros regímenes, incluida la de la proyección preferente de la rabia de las élites en descomposición sobre las mujeres y sobre las madres que estamos orgullosas de serlo.

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Carolina Bescansa, cofundadora de Podemos y secretaria general del grupo parlamentario de Unidos Podemos ECP y EM en el Congreso de los Diputados
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