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Nacido en los 50

Que no hable ni Dios

Publicada 06/12/2016 a las 06:00 Actualizada 06/12/2016 a las 11:08    
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Bueno, Dios sí. De las subvenciones que recibe la Palabra Revelada nunca hablan los que tanto gritan.

La polémica creada por el rescate de unas palabras que pronunció Fernando Trueba con motivo del estreno de su película La Reina de España significan el triunfo moral de la extrema derecha de este país. Un triunfo que viene avalado con la toma de sus consignas, de sus proclamas, por parte de la llamada “centro derecha”, que asume sus postulados suavizando las formas, con lo que se permiten decir las barbaridades a las que nos tienen acostumbrados desde “el respeto y la tolerancia”, ocupando un espacio que correspondería por sus reivindicaciones y su esencia a fuerzas extraparlamentarias. Lo mismo ha ocurrido en Francia con Fillon, el nuevo candidato a las elecciones presidenciales de 2017. Se ha celebrado mucho su victoria cuando sus planes en poco o nada difieren de los del Frente Nacional, salvo que estos los plantean con una retórica visceral cuya puesta en escena implica una militancia que sonroja a los republicanos franceses que ven en Fillon el justo término de lo que sería el signo de los tiempos.

Vengo de un mundo donde no existía, excepto para los fascistas, el “orgullo de ser español”. Era simple y llanamente una soberana estupidez. Algo totalmente ridículo, como la celebración cada 12 de octubre de “El Día de la Raza”. Nosotros, precisamente nosotros, los españoles, que llevamos cien sangres encima, si es que de pedigrí hablamos, incluidas las que más joden al español “de verdad”, la judía y la mora. Entonces, algunos, no adictos al régimen, ya proclamaban que sólo existía una raza: la raza humana. La raza española no vendía fuera del mercado de los patriotas que sostenían que los extranjeros del norte, esos decadentes demócratas, nos tenían envidia porque estaba demostrado que, sexualmente, éramos más potentes. Se reivindicaba como marca el latin lover.

Tampoco se paseaban los ciudadanos con la gloriosa enseña nacional por la calle con tanta alegría como ahora, salvo grupos de uniforme que pegaban a los que no les siguieran el juego o balbucearan al cantar los himnos que les reclamaran. Eso pasó hace tiempo, pero como todas las desgracias tuvo, curiosamente, un lado positivo: creó una ingente cantidad de ciudadanos, yo entre ellos, que repudiaban el nacionalismo español. Bueno, repudiaban y se acojonaban con él porque aquellos portadores de valores eternos que actuaban en manada pegaban palizas con total impunidad, al abrigo y protección de la Policía Nacional, que sólo aparecía si la cosa se ponía fea y el personal acorralaba a los matones para, paradójicamente, cascar a los agredidos y proteger a los fascistas. Esto no me lo han contado, lo ha visto mi menda varias veces. Durante una época todos los domingos en el Rastro de Madrid.

La consecuencia buena, como decía, fue que la usurpación de los símbolos “nacionales” por parte de la dictadura trajo consigo un antinacionalismo a celebrar. Yo, al menos, estoy muy orgulloso de ser un hijo de aquello.

Nunca me ha gustado cuando viajo a otros países ver a los jóvenes portando la bandera como un elemento ornamental fashion. Me parece un triste signo de alienación. Ocurría, especialmente, en los Países Nórdicos, sobre todo en Suecia, y en los EEUU. A mí, esta exhibición de la bandera, que cada vez se extiende más, siempre me ha parecido que lleva implícita el gen de la xenofobia. Tengo que reconocer que la única bandera que he lucido ha sido la Unión Jack por una cuestión estética: me gustan los mods.

Ahora que nos habían vendido que la bandera constitucionalista era de todos y que había que perder el pudor a pasearse con ella, esta polémica surgida en torno a aquellas palabras de Fernando Trueba, que no es tal sino una reivindicación del “espíritu nacional” digno de otros tiempos, demuestra por su sinrazón y sus formas que el “sentimiento nacional” y “el orgullo español” son chungos. Se le ha dicho de todo en los medios de comunicación afines al Gobierno, y en las redes sociales se le ha insultado de manera desproporcionada y deseado la muerte de diferentes maneras, la más curiosa ahogándose en el Mediterráneo, como los refugiados. Estos españoles “de verdad” le consideran una basura del calibre de los que vienen huyendo de la guerra con sus hijos y mueren por la indiferencia de los países ricos.

Si lo que pretenden es que Trueba recupere el sacrosanto orgullo de ser español, así no creo que lo consigan.

En fin, las opiniones menos viscerales se limitan a esgrimir los argumentos que ya sacó la derecha rancia española cuando el “No a la guerra” en torno a las subvenciones, así como llamando al boicot a la película y, para que luego digan que ese espíritu no lleva implícito el gen de la contradicción, por no decir de la estupidez: un ataque al cine español en su conjunto, con lo que demuestran poco amor por lo patrio.

Por supuesto, para rematar la faena, se despachan con consignas también características de los fachas de todo el mundo: se le invita a marcharse de España. Antes te mandaban a Moscú, ahora, como ya no hay telón de Acero, a las aguas del Mediterráneo.

Con tanto ruido se pierde la perspectiva de lo que ha ocurrido. Fernando Trueba es un artista y como tal tiene todo el derecho del mundo a pensar como le dé la gana, y a decir lo que quiera sin que pase nada. No es un cargo público que representa a todos los españoles, a los que le votan y a los que no, y está obligado a una normas, a mantener unas formas que, por cierto, estos señores del PP se saltan constantemente actuando desde sus cargos como hooligans de partido.

También los ciudadanos tienen derecho a expresar su rechazo ante sus declaraciones, pero creo que es desproporcionado que ante la manifestación de alguien que afirma no “sentirse español”, no tener “sentimiento nacional”, no tener “identidad cultural” y estar en contra de la creación de nuevas fronteras, que es lo que dice, entre otras cosas, en su discurso, tantos se hayan dado por aludidos y de una forma tan violenta y visceral que no hace sino ratificar que esto es sólo un síntoma de que algo grave está pasando. Es evidente que estos señores tan susceptibles no escuchan la radio por las mañanas, ni determinadas tertulias políticas donde en algunas emisoras y cadenas dicen a diario cosas gravísimas de personas con responsabilidades de gobierno, que van a afectar a sus vidas, a las de sus hijos, y que parecen no molestarles o, al menos, no se manifiestan con la vehemencia que lo hacen ante las declaraciones de un cineasta, hace un año, con motivo de la entrega de un premio.

Con respecto al dinero, tema que me atañe, porque a mí me llaman por la calle “millonario”, como si fuera un insulto, personas de apariencia pija, reclaman esos ofendidos patriotas que devuelva lo que ha ganado de los españoles que han pasado por taquilla. Creo que ignoran lo complicado que sería tal cuestión desde el punto de vista administrativo. ¿Debería devolver también lo que ha ganado con sus películas en Tailandia por no sentirse tailandés?

Indignado por esta jauría que no es más que un síntoma del retroceso en un derecho tan fundamental como es el de expresión, el domingo por la noche me fui a ver la película y no sólo entendí parte del origen de la campaña sino que no estoy de acuerdo con esa mayoría de críticas que la ponen a caldo. La película está muy bien. Me gustó mucho y reconozco que es difícil de compaginar lo que cuenta con el espíritu de sus detractores. Es una comedia que encierra un alegato a favor de la libertad, una condena de la dictadura y, sobre todo, una llamada contra la sumisión. ¿Hay una causa más noble?

Recomiendo que vayan a verla, queridos amigos. Entenderán el mundo del que venimos y también aquel al que nos quieren llevar. Y sobre todo la gran injusticia que se ha cometido con la película y su director.

Recuerdo que un profesor de la Universidad del País Vasco comentaba que lo peor de estar amenazado por ETA era que te quedabas solo. Debe ser el instinto de supervivencia el que llevaba a los otros a apartarse de él, o tal vez que no los relacionaran con el amenazado para no correr la misma suerte.

Desde luego es muy difícil que alguien que pretenda sacar adelante un proyecto pueda dar la cara en estas circunstancias por un compañero y eso, precisamente, es lo que se pretende: ¡Qué nadie hable!

Como digo, este estúpido circo que se ha montado en torno a Fernando Trueba no es otra cosa que la victoria moral de la extrema derecha en estos tiempos que corren.

Lo que ha pasado da más sentido todavía a esa película y demuestra que el daño que hicieron aquellos tiempos esta lejos de subsanarse.

Yo estoy con los de la película. Mi único orgullo es que nunca estuve en esa España de los vociferantes abanderados. Ni entonces ni ahora me echaron el lazo.


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