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Verso Libre

El miedo y la conciencia

Publicada 19/03/2017 a las 06:00 Actualizada 18/03/2017 a las 19:27    
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Gestionar el miedo es uno de los retos de cualquier ambición de poder. Por eso la cara del mundo siempre suele dar miedo y por eso la pregunta sobre el miedo suele ser una pregunta sobre el poder. Dime con qué miedo andas y te diré quién eres. O dime qué miedo necesitas y te diré para qué quieres emplear el poder.

La vida en libertad genera el sentido de la responsabilidad. La vida humillada por cualquier energía totalitaria es puro miedo. Quizás ahora vivimos una situación mestiza, una experiencia de vertiginosas transformaciones que, entre la responsabilidad y el miedo, nos invitan a la conciencia. No soportamos la humillación del totalitarismo, pero estamos sufriendo una pérdida paulatina de soberanía política y de libertad. La memoria del siglo XX evoca situaciones en las que se tuvo poca conciencia de lo que estaba ocurriendo, derivas que acabaron en el horror de la descomposición de la libertad, un campo de concentración, una guerra o una bomba atómica. Mucha gente que creía tener raíces, habitar en su país, disfrutar de una rutina, acabó desamparada en la aceleración del vacío. La literatura de la década del primer tercio del siglo XX habla de los síntomas y de la inconciencia.

Ahora vivimos una situación que quizá no es parecida, pero que quizá responde a la misma lógica. Por eso habría que extremar la conciencia democrática. Extremar la conciencia significa preguntarnos por la responsabilidad y el miedo que hay en cada ambición del poder.

Conviene aclararnos. El poder establecido que hay en Europa nos invita a tener miedo contra el populismo. La amenaza de la extrema derecha sirve para celebrar el éxito de los representantes más sonrientes del neoliberalismo. Confieso que yo también le tengo miedo al poder establecido y que no estoy dispuesto a descalificar como populista la ambición de un poder que intente cambiar la dinámica injusta de esta sociedad. Así que no celebro la victoria del neoliberalismo en Holanda, ni la pretendida sensatez de Angela Merkel ante la prepotencia maleducada de Donald Trump.

No renuncio a una ambición de poder que sirva para ocupar las instituciones con una lógica distinta. Ese me parece el mejor sentido de la responsabilidad que puede ejercerse hoy. No quiero llamar crecimiento económico a una ganancia de 10, en la que la mayoría pierde 5 y la élite gana 15. Los números abstractos dan ganancia, pero la vida cotidiana se hace más precaria, más injusta, más cruel.

Hubo un momento en el que la realidad parecía decirnos que íbamos a perder soberanía política sobre el mundo económico, pero iban a conservarse los derechos democráticos formales. La prisa del mundo está advirtiéndonos sobre el inevitable deterioro de los derechos democráticos formales que conlleva la pérdida de soberanía política sobre la economía.

España es un país que tiene un pasado dictatorial muy cercano. Eso es malo, porque la falta de raíces democráticas alienta el impudor de un poder capaz de actuar con prepotencia en busca de privilegios desmedidos. Pero la cercanía de la lucha contra la dictadura, si se superan los sistemáticos planes del olvido, debería ser útil a la hora de recordar que las libertades democráticas son inseparables de la dignidad laboral y que la justicia social sólo puede consolidarse en la transparencia democrática.

No quiero llamar populismo a cualquier deseo de transformar la realidad de un sistema injusto. Tampoco quiero confundir la emancipación con un proyecto que ponga en duda las libertades democráticas en nombre de una pretendida justicia social. No comprender eso es no haber aprendido nada de las lecciones más costosas del siglo XX.

El máximo peligro para la democracia española es que siga gobernando las instituciones un Partido Popular que empobrece a la mayoría de la población, que acentúa la brecha social y la desigualdad de género y que desmantela los servicios públicos y devuelve los amparos cívicos a la vieja costumbre de la caridad. Es esa dinámica de avaricia de las élites la que rompe el pacto democrático.

El mayor acto de responsabilidad será configurar una alternativa que inhabilite con su propia transparencia el miedo que quieren levantar las élites como muralla ante cualquier transformación. Necesitamos la firmeza social de una democracia consciente.


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