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‘La desfachatez intelectual’

  • infoLibre publica el prólogo del libro La desfachatez intelectual (Catarata), de Ignacio Sánchez-Cuenca, que saldrá a la venta el próximo 1 de marzo

infoLibre Publicada 28/02/2016 a las 06:00 Actualizada 27/02/2016 a las 21:19    
infoLibre publica un adelanto del libro La desfachatez intelectual (Catarata), de nuestro colaborador Ignacio Sánchez-Cuenca, que saldrá a la venta el próximo 1 de marzo. A continuación, se reproduce la Introducción del ensayo.
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Le recomiendo al lector que coja aire, pues necesitará aguantar la respiración en estas primeras páginas de inmersión profunda en la desfachatez intelectual.

Durante la crisis humanitaria de los refugiados de la guerra de Siria, la opinión pública occidental se estremeció ante la foto de un niño ahogado en una playa de Turquía. Jon Juaristi publicó entonces una columna en ABC de la que reproduzco este fragmento:


¿Qué saben los fugitivos sirios? Saben que llegar al corazón de la Europa rica requiere llegar antes al corazón de los europeos, y por eso traen niños. Niños que arrojan al otro lado de fronteras teóricamente infranqueables o que tumban en las vías del tren. Saben que, allá en su tierra de origen, estos efectos patéticos (codificados en una espontánea retórica de la desesperación) no valen con los asesinos baasistas o yihadistas, a los que niño más, niño menos, importa muy poco, pero a los europeos les despiertan sentimientos de culpa que deben eliminar cuanto antes porque están convencidos de que la culpa es tóxica y produce cáncer.

El texto tiene un evidente ánimo provocador. Habla con condescendencia sobre las reacciones de indignación, compasión y rechazo que produce la suerte de los miles de refugiados sirios que quieren entrar en Europa. Juaristi no se deja arrastrar por la “retórica de la desesperación” e ironiza sobre la culpa que sienten los europeos biempensantes. A diferencia de la masa, él es consciente de que los sirios están hurgando en la mala conciencia europea: explotan a sus hijos, los traen en las peores condiciones para que una Europa llorosa y blanda acepte acogerlos. Juaristi piensa que los niños sirios son algo así como escudos humanos (¡los tumban en las vías del tren!), utilizados por sus padres para abrir las puertas de la fortaleza occidental. No vienen porque sus padres no quieran separarse de ellos. No, vienen para tocar la fibra sensible del burgués europeo. Es curioso, pero ¿no decía ETA lo mismo cuando moría un hijo de un guardia civil en un atentado con coche bomba? Los apologetas del asesinato terrorista empleaban un argumento bastante parecido al de Juaristi: según ellos, los guardias civiles manipulaban a sus hijos, los colocaban como “escudos humanos”, por lo que no había que caer en la trampa del sentimentalismo; un examen frío de la situación arrojaba la conclusión de que la responsabilidad última de la muerte de los niños correspondía a sus padres por colocarlos allí.

Fernando Savater intervino en un programa televisivo sobre la tauromaquia y tuvo la ocurrencia de defender las corridas de toros en estos términos:

Si a algunos de los seis millones de parados que hay en este momento en el país se les ofreciese llevar la vida que lleva un toro bravo, es decir, vivir en uno de los paisajes más hermosos del mundo durante prácticamente toda su existencia, tratado con mimo y con todo tipo de comodidades, perteneciendo a una especie de la que solo una ínfima minoría va a ir a la plaza y, luego, como pago de eso, solamente pasar los últimos quince minutos de la vida malos, que son probablemente muchos menos de los que probablemente pasaremos nosotros en nuestra vida, habría gente, a montones, que por tener esa oportunidad aceptaría la vida del toro bravo.


Resulta difícil imaginar qué imagen del parado pueda tener Savater. Parece pensar que se trata de un ser desesperado, incapaz de defender su dignidad, que con tal de llevar una buena vida está dispuesto a ser la víctima de una sesión letal de tortura, realizada además en público, a la vista de sus conciudadanos, en medio de un jolgorio. Un argumento como este produciría incomodidad incluso en una discusión de bar. Supongo que hay muchas razones para defender la “fiesta nacional”, pero, de todas ellas, esta es acaso la más mostrenca.

Félix de Azúa lleva mucho tiempo opinando sobre la vida pública en España. Siempre tiene opiniones rotundas, tajantes, y utiliza un tono visceral, alejado del análisis, para dar rienda suelta a sus demonios. En varios artículos de opinión se ha referido al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero como “el peor dirigente que ha soportado España desde Fernando VII”. Es natural que las valoraciones sobre Zapatero sean muy dispares y vayan del entusiasmo al aborrecimiento, pero afirmar que Zapatero ha sido peor que Francisco Franco y Miguel Primo de Rivera, por limitarnos al siglo XX, suena más bien estrafalario. Fue esta coletilla de “el peor dirigente desde Fernando VII” una fórmula que en los círculos más reaccionarios de Madrid se propagaba entre enormes risotadas durante la etapa de gobierno socialista entre 2004 y 2011. Que Azúa, hombre de una sensibilidad estética exquisita, haya hecho suyo el lugar común de la derecha más cerril y lo propague a través de las siempre solemnes tribunas del diario El País, dice mucho sobre la impunidad con la que opinan algunos de nuestros intelectuales. No menos chocante resulta que el propio Azúa, en entrevistas y otros formatos, se haya declarado un “exiliado” porque decidió abandonar Barcelona e irse a vivir a Madrid. Hay que tener un ego bien puesto para presentar una decisión así como un “exilio”, sobre todo en un país como el nuestro que ha tenido en el pasado experiencias desgarradoras de exilio auténtico. Se trata de una banalización que los nacionalistas españoles celebran con regocijo, pero supongo que dejará pasmada a la gente que conserve algo de sentido común.

El rey Juan Carlos I anunció su abdicación el 2 de junio de 2014. A los pocos días, el diario El País publicaba un especial en el que la plana mayor de sus escritores, periodistas e intelectuales lanzaba ditirambos acartonados, en el más fiel estilo del antiguo NO-DO, a la figura del monarca. Juan Luis Cebrián le puso nota (“sobresaliente cum laude”); Felipe González añadió que el rey “nos da por primera vez en 300 años un periodo de estabilidad democrática y de convivencia en libertad”; y Francisco Basterra remató la faena recordando que “las últimas cuatro décadas han sido sin duda los mejores 40 años de nuestras vidas”. Y desde luego lo han sido, pero no precisamente por obra de Juan Carlos I: ni el progreso económico, ni el Estado de derecho ni el orden democrático fueron una graciosa concesión de su majestad. Por supuesto, ni una referencia a los negocios turbios, a la fortuna acumulada durante su reinado o a sus amistades peligrosas. Al pasar por alto cualquier atisbo de crítica, parecía suponerse que la figura del rey no soportaba un juicio global de su trayectoria y servicio. Lo lógico habría sido ofrecer un análisis algo más ecuánime, en el que se destacara su papel crucial en la transición a la democracia sin por ello silenciar sus tejemanejes económicos. La acumulación de artículos hueros fue una demostración de la decadencia de aquello que en su día José Luis López Aranguren llamó, no sin cierta exageración, “el intelectual colectivo” del postfranquismo. Javier Cercas, aficionado a las frases redondas y lapidarias, llevó tan lejos el elogio que terminó cayendo en exageraciones sin cuento. El título de su artículo, “Sin el Rey no habría democracia”, era ya un exceso, aunque no puedo asegurar si había salido de su pluma o era resultado de la intervención del periódico. El texto, de hecho, matizaba algo semejante tesis, pero, en su afán por ensalzar a Juan Carlos, se llegaba a afirmar que el 23 de febrero de 1981 fue “el día en que empieza de veras la democracia y terminan el franquismo y la Guerra Civil”. Quizá sea un tropo literario, pero a mí me suena más bien a frase absurda: la Guerra Civil había acabado en 1939 y el franquismo en 1977, se ponga Cercas como se ponga. Para cerrar su artículo, el autor dejaba en el aire el ominoso peligro de una nueva guerra civil, truco retórico que se emplea para alertar sobre los riesgos de un enfrentamiento fratricida causado por las demandas de los nacionalismos periféricos: “Ignorar que los casi cuarenta años de reinado de Juan Carlos I han sido los mejores de nuestra historia moderna, los de mayor libertad y prosperidad, es simplemente ignorar nuestra historia moderna. Y esa ignorancia de nuestro presente puede devolvernos lo peor de nuestro pasado”. Aparte de que, como he dicho antes, la libertad y prosperidad de España no son “obra” de Juan Carlos I, es importante subrayar que, por mucho que los españoles ignoren el presente, nadie nos va a devolver a pasado alguno. Ni va a volver la dictadura ni hay riesgo alguno de que en España pueda haber una nueva guerra civil. Unos mínimos conocimientos de política comparada confirman la vacuidad de este tipo de afirmaciones. Sencillamente, los países desarrollados con niveles de renta per cápita como el de España jamás sufren guerras civiles; este tipo de conflictos surge únicamente en países con bajo desarrollo económico y Estados débiles incapaces de imponer el orden.

La lista de ilustraciones y ejemplos podría continuar un buen rato. Estos son solo algunos extraídos al tuntún. A lo largo de este libro el lector encontrará múltiples citas que van en la misma línea que las reproducidas hasta el momento. Se caracterizan todas ellas por una mezcla de frivolidad en los contenidos y prepotencia en la forma estilística. Empleando un tono sobrado, pleno de contundencia, se realiza una afirmación retumbante, en la que no hay rastro de duda o matiz. Y ese estilo henchido de certidumbre, que se corresponde tan perfectamente con lo que el sociólogo Diego Gambetta ha llamado “machismo discursivo” (véase el capítulo 1), sirve para disfrazar ocurrencias y argumentos poco informados y mal construidos.

Son muchos los ejemplos de intelectuales que han interpretado el reconocimiento público que reciben por su obra literaria o ensayística como una forma de impunidad. Llegados a cierto punto de “consagración”, saben que digan lo que digan, por muy arbitrario o absurdo que resulte, nadie les va a mover la silla. Es como si la acumulación de malas ideas y opiniones infundadas no tuviera apenas impacto sobre su reputación, de modo que ningún periódico se atreverá a prescindir de sus servicios, ni las editoriales rechazarán sus manuscritos ni les dejarán de invitar a conferencias, cursos de verano y demás actos culturales y académicos.

Esta suerte de impunidad está muy generalizada en las letras españolas, pero me atrevería a afirmar que resulta especialmente acusada entre aquellos que adquirieron visibilidad y protagonismo durante los primeros años de la democracia y siguen escribiendo hoy como lo hacían entonces, sin pausa ni interrupción, con más de cuatro décadas de experiencia a sus espaldas. Ellos apenas han cambiado (han cambiado mucho ideológicamente, desde luego, pero no en la manera en la que intervienen en el debate público) y, sin embargo, el país ha pasado por una transformación muy profunda. El nivel de preparación de las nuevas generaciones (entre las que no me cuento, por cierto) es muy superior al de las anteriores. Así, lo que pudo ser un análisis novedoso y ocurrente en los primeros ochenta, hoy puede haberse convertido en algo muy anticuado. La generación de la Transición, que vivió unas circunstancias completamente extraordinarias, fue en gran medida autodidacta, por lo que presenta ciertas limitaciones formativas (las propias de una licenciatura en Derecho o en Filosofía y Letras en la universidad española de la época) que se han ido haciendo más evidentes con el paso del tiempo.

Pensemos en el análisis político: es obvio que ha evolucionado muchísimo. Así como en los años ochenta y aún en la década siguiente el debate sobre la política se realizaba en términos muy superficiales y literarios, con grandes dosis de subjetivismo, hoy contamos con numerosos expertos deseosos de participar en dicho debate aportando argumentos que tienen más base que la pura ocurrencia. Los escritores consolidados, no obstante, continúan opinando sobre política sin haber hecho un mínimo esfuerzo por aprender y estudiar lo que se sabe, con mayor o menor fundamento, sobre ciertos temas acerca de los cuales no tienen reparo a la hora de ofrecer tesis rotundas.

La aparición en las nuevas generaciones de gente con mayor preparación intelectual para hablar sobre temas políticos (corrupción, nacionalismo, terrorismo, relaciones internacionales, integración europea, administración pública, financiación autonómica, partidos políticos, etc.) ha sido clave para poner en evidencia el estilo del viejo intelectual que cree que puede opinar sobre cualquier asunto sin haber hecho unas lecturas mínimas al respecto.

El problema se agrava porque estos intelectuales consagrados, muchos de ellos consumidos por la vanidad de los personajes que han creado, aceptan muy mal la crítica. Cualquier desacuerdo, por muy razonado que esté, lo entienden como un ataque personal, como un intento de desprestigiarlos, fruto de la envidia y el rencor. En consecuencia, cuando se dignan a contestar, lo suelen hacer en términos personales, atacando a quien ose rechistarles. Desde sus tribunas, prefieren evitar el debate y el intercambio de argumentos, lo que no es incompatible con lanzar dardos cargados de mala uva contra los que no opinan como ellos. Su objetivo es ofrecer opiniones, no someterlas a un examen crítico en una conversación colectiva. Son opiniones con sello personal, con marca propia, que están asociadas a un autor único e irrepetible. El debate, pues, queda reducido a desautorizar a quien piensa distinto, sin entrar en demasiados detalles acerca de las razones para defender una postura determinada. Con excesiva frecuencia, la desautorización se lleva a cabo de forma oblicua, no mencionando el nombre de quien sostiene una idea diferente; así sucede sobre todo cuando se considera que dicho nombre está por debajo en el escalafón, por lo que hacerse eco del mismo supondría favorecer un inmerecido ascenso en la jerarquía de las letras.

La calidad del debate público se resiente como consecuencia de estos modos. En general, tengo la impresión de que las voces principales en dicho debate se han ido quedando caducas y obsoletas. La llegada de la crisis en 2008 sirvió para hacer más visible la decadencia de las “grandes firmas”. Sus temas favoritos suelen girar siempre en torno al nacionalismo y el ser de España, verdaderas obsesiones patrias: España como problema, el futuro de la nación española, un proyecto para España, España ante sus desafíos territoriales, España ante Europa, los fantasmas del pasado de España, el reto de España ante un mundo global y así sucesivamente. Por eso, cuando la crisis comienza a hacer estragos y aumentan la desigualdad y la injusticia social, apenas tienen nada que decir. No conectan con los problemas cotidianos de la crisis: los desahucios, la emigración de los jóvenes, la pobreza energética, los recortes sociales, la congelación de las ayudas a la dependencia, el paro de larga duración, las ayudas a los bancos, las políticas de austeridad…, nada de esto despierta su interés. Necesitan el plan Ibarretxe o el procés de Artur Mas para inspirarse y dar lo mejor de sí mismos. Ahí se encuentran en su salsa. Como, por lo demás, son sensibles a las modas y tendencias, cuando oyen campanas de que, por ejemplo, la desigualdad es un tema de creciente importancia más allá de nuestras fronteras, empiezan a hacer referencia al fenómeno, pero con retraso y solo tras el éxito de Piketty, a pesar de que en España numerosos expertos llevaban tiempo, bastante antes de la publicación de El capital en el siglo XX, insistiendo sobre el aumento de la desigualdad. De la misma manera, “las grandes firmas” rara vez escriben sobre lo que sucede fuera de España, ni acuden a lo ocurrido en otros países para poner la realidad española en perspectiva. El resultado suele ser un análisis muy provinciano de lo que sucede en nuestro país. Esta especie de aislacionismo o autarquía intelectual constituye uno de los rasgos más definitorios de nuestro debate público. Si se quiere expresar de otro modo, podría afirmarse que el “casticismo” sigue muy presente entre los escritores e intelectuales con mayor presencia mediática e influencia social. 

Javier Varela, en su análisis histórico de los intelectuales, ya mostró que la obsesión con el problema nacional viene de lejos. Y también señaló que la principal limitación intelectual de los escritores y ensayistas de la generación del 98 en adelante fue su aproximación estética y moral al tema de España. En el fondo, cuando hablaban sobre los problemas de la patria, hablaban sobre sí mismos: “Ocupados en la tarea de la creación literaria, obsesionados en la invención de su personalidad, el intelectual español llevó hacia la política los valores estéticos; tendió a confundir su privadísima moral –heroica, sublime– con la moral pública”. Resulta fascinante que un siglo después sigamos en las mismas. Las intervenciones políticas de Antonio Muñoz Molina, muy celebradas por el establishment cultural del país, se basan en muchos casos en la contraposición entre unos valores morales encarnados por él mismo y la traición a dichos valores por parte de una clase política ignorante y sin visión que condena a España a mantenerse en un atraso secular. La política pasa a ser el reflejo de las deficiencias morales de nuestra clase dirigente. La misma posición parece advertirse en la denuncia furiosa que hace Azúa de las élites españolas e idéntica solución moral y privada propone para hacer frente a la barbarie que nos rodea:

Un individualismo radical es la única salida que concibo para las tribulaciones que se avecinan. Eso es, para mí, la política en su sentido más honesto: lo que cada cual lleva a cabo desde su responsabilidad, con imaginación e iniciativa, para impedir los atropellos del poder.

No puedo imaginar una confesión más descarnada que esta sobre la confusión entre política y moral individual. Revela una cierta bancarrota intelectual, una impotencia acusada para entender las soluciones políticas a las “tribulaciones que se avecinan”. Ante la dificultad de abordar políticamente los problemas del presente, el intelectual prefiere cultivar su personalidad y constituirse en referente o ejemplo para los demás.

Varela va más allá y sitúa en esta aproximación moralizante a la realidad política el origen de los cambios ideológicos que los intelectuales vienen recorriendo en sus biografías personales desde el 98 hasta el presente. De la misma manera que Ortega y Gasset fue a lo largo de su vida liberal, conservador, socialista, demócrata, etc., algunos de los más egregios intelectuales de nuestro tiempo han pasado por el marxismo-leninismo, la socialdemocracia y el liberalismo, para acabar recalando en posiciones que solo cabe calificar de reaccionarias. Por supuesto, todo el mundo tiene derecho a evolucionar ideológicamente y no puede sino celebrarse que, quienes defendieran dogmáticamente el marxismo-leninismo en su juventud, hayan acabado después defendiendo el liberalismo (por más que lo hagan con el mismo dogmatismo que entonces). Pero dicho esto, no es fácil despejar la impresión de que hay un elemento de frivolidad intelectual en esos virajes tan pronunciados.

No me parece injusto afirmar que los intelectuales de mayor visibilidad social y mediática no han estado a la altura de las circunstancias durante la crisis. En todo caso, se han podido sumar a las proclamas regeneracionistas de tantos economistas y juristas, proclamas que constituirán el centro de atención del capítulo final de este libro. El discurso de literatos y ensayistas sigue anclado en la perenne querella nacional y cuando sale de esos parámetros se mueve entre vaguedades y lugares comunes que delatan una ignorancia preocupante sobre el funcionamiento de la economía y la política. No quiero decir con ello que el debate deba ser monopolizado por expertos. Todo el mundo tiene derecho a intervenir en la esfera pública, faltaría más. Pero se deben exigir unos mínimos, de manera que las intervenciones ante el público tengan más nivel que la conversación propia del casino decimonónico. Es enriquecedor que un intelectual generalista se empape de conocimientos y haga una contribución fundamentada, que probablemente será más valiosa que la del experto con anteojeras y una perspectiva muy estrecha; lo que está de más es que el intelectual hable de oídas y derrape. No defiendo, pues, una tesis gremial, consistente en reservar la tribuna y la columna al especialista; lo que defiendo es que las reglas que se emplean para juzgar si un argumento está bien construido y tiene a la realidad de su parte se apliquen a todos por igual, incluyendo a los escritores más consagrados.

No vale disculpar el análisis especialmente obtuso de algún intelectual consolidado apelando a su obra “seria”, a sus libros de filosofía o a sus novelas. Alguien puede ser un grandísimo escritor de novelas y versos y, sin embargo, descolgarse en la prensa o en una tertulia con los argumentos más peregrinos sobre algún otro asunto. La conclusión a la que habrá que llegar en tal caso no puede ser que dicho escritor sea un fraude, sino, más bien, que se trata de un gran escritor y un pésimo opinador. A pesar de que nuestros intelectuales encuentren inconcebible que puedan fallar en algo, intentaré mostrar a lo largo de estas páginas que sus opiniones sobre asuntos públicos suelen caracterizarse por la superficialidad y la vaguedad. En este sentido, mi propósito es bien distinto al del polémico libro de Gregorio Morán, El cura y los mandari­nes: Morán hace juicios sumarios, cargados de adjetivos, muchos de ellos hirientes y ofensivos, sobre la producción intelectual de escritores, pensadores y ensayistas, entrando en el fondo de sus trabajos. Es una opción legítima, por supuesto, que requiere grandes facultades, pues Morán opina con igual suficiencia sobre marxismo, lógica matemática y estilos literarios; en cualquier caso, no es la opción que yo he tomado. Así, el lector podrá ver que someto las ideas de Antonio Muñoz Molina sobre la crisis española a una crítica dura, pero no entro a valorar sus novelas, que probablemente merezcan los elogios más entusiastas; lo mismo puedo decir sobre las ideas políticas de César Molinas o de Luis Garicano, que a mi juicio carecen del suficiente rigor, lo cual no impide que sean excelentes profesionales de la economía. Mi intención no es, por tanto, destruir la reputación de nadie en los campos en los que destacan, sino tan solo llamar la atención sobre la pobreza de su argumentación cuando intervienen en la esfera pública a propósito de temas que no conocen en profundidad y sobre los cuales, en la mayoría de los casos, no tienen nada especialmente interesante que aportar.

También es este libro diferente del recientemente escrito por Víctor Lapuente, El retorno de los chamanes, que intenta construir una teoría general y se lanza a defender tesis enormes sobre la influencia determinante del debate público y la retórica política en las trayectorias económicas, sociales y políticas de los países. Mi ánimo es mucho más modesto: en los términos del propio Lapuente, este es un libro solamente exploratorio, cuyo objetivo consiste en señalar los excesos lamentables que se producen en nuestra esfera pública como consecuencia de la falta de filtros en la publicación de opiniones y de la impunidad reinante en el mundo de las letras (no pasa factura escribir de oídas o decir tonterías como las que he citado al principio de estas páginas).

Cuando me puse a escribir estas páginas, noté de inmediato lo solitario de este ejercicio. Casi nadie señala con nombres y apellidos a los responsables de propalar en la esfera pública malos argumentos y emplear un estilo de intervención más estético que analítico. Al contrario, lo que domina es una actitud generalizadamente hipócrita, consistente en hablar bien en público de las ideas de cierto autor y luego ponerle a caer de un burro en privado. Así, mucha gente comenta en tono de confidencia lo mucho que le desagradan los excesos de Félix de Azúa o lo repetitivos que se han vuelto los artículos políticos de Fernando Savater. Sin embargo, casi nadie “se toma la molestia” de hacerlo en público. Unos porque desde una posición un tanto olímpica consideran que no vale la pena, que es una distracción con respecto a quehaceres más urgentes y trascendentes; otros, sencillamente, porque no quieren buscarse problemas. El mundo de las letras es bastante pequeño y los efectos de cuestionar a ciertas figuras pueden terminar siendo fuente de complicaciones. Imaginemos que alguien critica a Fernando Savater, quizá el más público de nuestros intelectuales públicos: no cabe descartar que en El País se sientan ofendidos y consideren un “empecinado” al autor de la crítica, que, a su vez, encontrará dificultades para publicar en Claves de la Razón Prác­tica, revista del grupo PRISA dirigida por Fernando Savater, pero también para que le concedan el Premio Anagrama de Ensayo, en cuyo jurado ha estado Savater muchísimos años, o el Premio Espasa de Ensayo, en el que también estuvo un tiempo, y así hasta el aburrimiento. Lo mismo cabe decir de muchos otros figurones con múltiples y largos tentáculos en los medios de comunicación y editoriales de este país.

El caso es que, por un motivo u otro, la crítica con nombre y apellidos tiende a ser infrecuente en el mundo de las letras. De este modo, va consolidándose la impunidad a la que antes me refería. Los escritores más influyentes pueden decir casi todo lo que les venga en gana sin anticipar por ello crítica alguna. De hecho, la crítica se vuelve tan rara que quien la practica en alguna ocasión puede parecer un demente o un iluminado.

También influye en la ausencia de una crítica abierta la red de complicidades que va tejiéndose a base de encuentros en los múltiples actos culturales que jalonan la vida pública española, ya sea en forma de conferencias, mesas redondas, cursos universitarios, o bien en forma de proyectos editoriales, manifiestos o lo que se tercie. No son tantos quienes participan en la esfera pública, así que la probabilidad de que coincidan es elevada. En el momento en que se traban relaciones personales y expectativas futuras de lo que podríamos llamar “apoyo mutuo”, la opción de la crítica pierde mucho de su atractivo.

A lo largo de los años, he ido publicando algunos artículos de prensa sobre escritores, intelectuales y política. Primero lo hice en el diario El País, medio en el que colaboré entre 1998 y 2013 y que siempre me trató con gran generosidad. Durante los años de la crisis me fui desencantando de El País, que ha llegado a convertirse en un periódico que me resulta totalmente ajeno en sus planteamientos, prioridades y firmas. Lo mismo les ha sucedido a numerosos viejos lectores del periódico y, de otra manera, a muchos jóvenes que ya no se molestan ni en conocerlo. Por ello, acepté en 2013 la invitación de dos grandes periodistas, Jesús Maraña y Manuel Rico, para colaborar regularmente en infoLibre y esporádicamente en tintaLibre (a mi juicio, una de las revistas más interesantes que se publican en España). En 2015 me sumé además a otro proyecto de gran calidad, la revista digital Ctxt, dirigida por otro excelente periodista y escritor, Miguel Mora. En estos medios he ido escribiendo nuevos artículos sobre el tema de los intelectuales y la política, a mayor ritmo que en el pasado. Como es lógico, el tema tiende a generar polémica y también, por qué no reconocerlo, cierto “morbo”, ya que hay un número no despreciable de lectores que echan de menos un debate franco, sin sobrentendidos, sin esas alusiones veladas que solo los afectados entienden. Pensé, pues, que había llegado el momento de utilizar esos materiales como punto de partida para preparar un libro breve, que es este que ahora tiene el lector en sus manos.

El formato libro me permite presentar las ideas con más calma y despejar algunos malentendidos y contestar a algunas críticas que aquellos artículos despertaron. Según he indicado anteriormente, mi propósito no es, como algunos creyeron en su momento, “que se quiten los escritores y los filósofos que aquí llegamos los científicos sociales (economistas, politólogos, sociólogos)”. Mi posición no es en absoluto esa. Creo, efectivamente, que en España los escritores intervienen demasiado en los asuntos públicos, mucho más, por ejemplo, que en los países anglosajones, y que esa sobreabundancia de literatos es en última instancia reveladora sobre cómo se concibe el debate público en España, lleno de apelaciones ideológicas muy genéricas, de exhibicionismo moral, de afirmación del subjetivismo más ramplón y con poco gusto por el detalle y el rigor analítico. Yo no me quejaría tanto sobre la omnipresencia de los literatos si el nivel de sus intervenciones fuera más elevado. Pero, por desgracia, hay innumerables ejemplos de cómo opinan sin haberse informado suficientemente. No se molestan en averiguar lo que se sabe sobre ciertos temas ni lo que se opina fuera de nuestras fronteras.

En el capítulo primero del libro abordo esta cuestión, tratando de argumentar que los escritores empiezan a patinar en el momento en el que se meten en disquisiciones sobre las relaciones causales entre fenómenos sociales, políticos y económicos, como cuando hablan de los factores que han producido la crisis, cuando opinan acerca de los efectos de distintas políticas antiterroristas o cuando entran a valorar las consecuencias de las diversas leyes educativas que se han aprobado en democracia. Ante este tipo de cuestiones, se dejan llevar por prejuicios y lugares comunes que circulan por la esfera pública. En cambio, cuando utilizan la escritura para la denuncia, la defensa de ciertos valores, la disección de un político o el análisis de la retórica ideológica suelen brillar por encima de los demás. En este sentido, el discurso sobre los males de la patria es especialmente resbaladizo para el escritor, toda vez que la explicación y remedio de dichos males remite ineludiblemente a sus causas. En este primer capítulo ofrezco abundantes ejemplos de cómo muchos literatos yerran tanto en el tono como en fondo.

Por supuesto, soy consciente de que al hablar de “los escritores” estoy cometiendo un abuso, generalizando más de la cuenta, y que no todos los literatos comparten el estilo que tanto critico en estas páginas. Podría haber introducido en cada frase una matización en forma de “la mayoría de los escritores…”, “los escritores suelen…”, “son muchos los escritores que…”, pero el texto se habría vuelto quizá demasiado pesado. He preferido abandonar en ocasiones los matices, para dar así mayor fluidez a la exposición, y lanzar esta advertencia al comienzo del libro, en esta introducción.

Los otros dos capítulos están escritos en un registro algo diferente. Los protagonistas ya no son solo los escritores, pues me ocupo también de los intelectuales en general, incluyendo entre los mismos a ensayistas, pensadores, periodistas y académicos que intervienen en el debate público. A su vez, los ejemplos no son simplemente barbaridades, excesos o disparates, sino tesis o enfoques que entran en el terreno de la legítima discrepancia y sobre los que, por tanto, cabría en principio mantener un intercambio fructífero. En la práctica, dicho intercambio no tiene lugar y nos encontramos más bien con argumentos endebles, consignas que se repiten de un autor a otro, supuestos no contrastados y respeto acrítico a las opiniones de los figurones.

Los temas que he elegido en este segundo capítulo son el terrorismo y el nacionalismo. Más allá del interés sustantivo que estos asuntos pueden despertar, el análisis de los debates sobre los mismos resulta crucial para entender un fenómeno muy extendido, pero que rara vez reconocen sus protagonistas: la descarada derechización de tantos y tantos intelectuales que en su juventud defendieron consignas revolucionarias y anticapitalistas y hoy han recalado en un conservadurismo escéptico y refunfuñador. Sin entrar a realizar juicios de valor sobre dicha evolución, sí parece legítimo plantear algunas dudas sobre el tipo de coherencia intelectual que demuestra que quien en los setenta era todavía revolucionario, o partidario de la violencia, en los ochenta se hizo socialdemócrata, en los noventa, liberal, y más recientemente, conservador. Teniendo en cuenta que dichos cambios se producen siempre de acuerdo con el espíritu de los tiempos, a favor de la corriente dominante y en manada, cabe preguntarse por la seriedad y consistencia de los posicionamientos políticos de nuestras figuras públicas. El momento más delicado en este circuito ideológico se da no en el tránsito de las ideas revolucionarias a las socialdemócratas, sino en el de las socialdemócratas a las liberales o conservadoras. Es entonces cuando se consuma un cambio fundamental de valores. La legión de intelectuales que en España han dado ese paso lo han hecho, en la mayoría de los casos, motivados por los problemas que el terrorismo y el nacionalismo suscitan. El nacionalismo, especialmente, se ha convertido en una verdadera obsesión para muchos de ellos. Preguntado por el problema más grave al que se enfrentan los españoles, Fernando Savater lo tiene claro: “Sin lugar a dudas, y desde hace tiempo, el nacionalismo catalán”. Quizá lo sea, quién sabe, pero no está de más recordar que España tiene la segunda tasa de paro más alta de Europa, que se ha convertido en uno de los países más desiguales del continente, que mucha gente ha quedado en la estacada durante la crisis, que hay tramas de corrupción que están erosionando la legitimidad democrática y de las instituciones, etc. Nada de todo esto, sin embargo, supera en gravedad al nacionalismo catalán, según la reputada opinión de Savater y de tantos otros que opinan como él, a juzgar por el entusiasmo y la excitación que traslucen cuando se ocupan de Cataluña.

Se ha producido un evidente recalentamiento con el asunto nacionalista. Son muchos los intelectuales que han llegado a la conclusión de que la izquierda está ciega, que con- temporiza con el nacionalismo (e incluso con el terrorismo), por lo que hay que desprenderse de anteojeras ideológicas y abordar el problema sin prejuicios, abiertamente, como una cuestión moral en la que el bien se enfrenta al mal. La moralización de la política ha llevado a la adopción de actitudes intransigentes y doctrinarias y a la acusación de indignidad hacia todos aquellos que no compartan sus puntos de vista. Debo reconocer, en forma de autocrítica, que durante algún tiempo me dejé llevar por el vendaval antinacionalista y moralizante, así que un lector con paciencia podrá encontrar algunos artículos míos del pasado que incurren en el tipo de errores que señalo en el capítulo. En mi descarga, diré también que fue un periodo no demasiado largo; visto ahora, me doy cuenta de que no tenía aún las lecturas ni los viajes suficientes para advertir las falacias que circulan con mayor frecuencia. En este sentido, a pesar de que algunos de nuestros más destacados intelectuales sigan insistiendo en que el nacionalismo se “cura” viajando o leyendo, intentaré mostrar que muchos de los argumentos que forman parte del repertorio oficial de “antinacionalismo” visceral proceden de una falta de claridad conceptual y de una ausencia de lecturas básicas sobre la relación entre democracia y nación: son ellos quienes deberían desprenderse del casticismo en sus diatribas obtusamente antinacionalistas.

El examen de los debates en torno al terrorismo y el nacionalismo permite confirmar algunas de las tesis a las que antes me he referido. Así como muchos escritores e intelectuales han desempeñado un papel ejemplar en la denuncia y deslegitimación del terrorismo etarra, luego, cuando han intentado ir más allá, elaborando teorías sobre las causas del terrorismo o estableciendo qué tipo de política antiterrorista es más eficaz, han actuado de forma harto cuestionable. Mientras la denuncia es una cuestión de valores, las teorías y las políticas requieren otro tipo de registro argumental. En España se han confundido y mezclado ambas cosas, de manera que tenemos a un número elevado de personas pontificando sobre el origen del nacionalismo y del terrorismo, sobre cómo tratar políticamente con movimientos nacionalistas y sobre cómo llevar a cabo la política antiterrorista.

El capítulo final trata sobre la crisis económica. En la primera parte del mismo, someto a escrutinio un libro que ha obtenido todos los parabienes posibles, Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina. El autor defiende tesis que, despojadas de su buen estilo literario, no pueden ser tomadas seriamente, como que la razón por la que a España la crisis le pilló con el pie cambiado fue porque estábamos demasiado absortos en los debates sobre la memoria histórica o que el origen último de nuestra crisis económica reside en la pujanza del nacionalismo en la política española. Sería ciertamente un descubrimiento si España fuera una excepción mundial en cuanto al origen de la crisis: mientras que hay un consenso académico muy consolidado de que el problema se produce por la acumulación de diversos excesos financieros que dan lugar a una sobreabundancia de crédito y a la consiguiente formación de burbujas como la inmobiliaria, Muñoz Molina afirma que en la base de la crisis española está la fragmentación de la soberanía causada por el nacionalismo. Por muy bien que escriba el autor referido, algo muy profundo falla en nuestra esfera pública cuando se lanzan elogios sin fin a un libro que defiende una tesis tan extravagante.

Muñoz Molina, como tantos otros intelectuales, no puede acabar su libro sin aportar su particular lista de reformas para regenerar España. En la segunda parte del capítulo analizo con cierto detalle el reformismo regeneracionista que ha florecido durante la crisis. Se caracteriza por partir de diagnósticos más bien superficiales y concluir con listas de “hay que”: “hay que” reformar la justicia, “hay que” reformar la financiación de los partidos, “hay que” reformar nuestro sistema educativo, etc. Se nota claramente un cierto voluntarismo legislativo o regulativo, pues la reflexión sobre cómo vencer las posibles resistencias sociales o cómo compensar a los perdedores o a los más perjudicados por estas reformas está más bien ausente. El supuesto de partida establece que con una adecuada estructura de incentivos puede modificarse el statu quo en la dirección que uno desee. Desde este punto de vista, sería muy sencillo transformar el país, bastaría con diseñar bien los incentivos: si no se hace así, es porque los políticos son torpes o defienden intereses creados. En realidad, una amplia experiencia comparada sobre el grado de éxito de las reformas económicas e institucionales nos dice que las cosas son bastante más complicadas: muchas veces no basta con proporcionar incentivos, pues pueden surgir resistencias sociales de muy diverso tipo, resistencias que tienen que ver con características como los niveles de confianza interpersonal, el nivel educativo de la población, el grado de desigualdad o la existencia de formas jerárquicas de organización social. Estas características pueden provocar fuertes inercias históricas que no siempre cabe superar mediante un uso inteligente del BOE.

Me centro en dos figuras de indiscutible éxito mediático, César Molinas y Luis Garicano, dos economistas que cuando escriben sobre la regeneración política de España dejan de lado los niveles de exigencia y rigor intelectual que practican en su disciplina y acaban realizando un análisis de la política más próximo al de un tertuliano que al de un académico preocupado por su país. Quizá el episodio más divertido sea el éxito que ha tenido el dichoso y vacuo concepto de las “elites extractivas”, que utilizo como ejemplo máximo del reformismo gaseoso que nos invade. No es que yo me oponga a las reformas: también a mí me gusta soñar con que tengamos un mercado de trabajo eficiente como el de los países anglosajones, un Estado de bienestar como el de los países escandinavos, un federalismo más cooperativo como el alemán y así sucesivamente. La tarea, sin embargo, es hercúlea y parece reservada a gentes no menos visionarias que aquel doctor Frankenstein que con trozos de cadáveres consiguió dar la vida a su desgraciada criatura.

En nuestro país hay mucha gente con preparación suficiente y ganas de renovar y mejorar el nivel de nuestro debate público sobre la política. Sin embargo, las editoriales, los grandes grupos de comunicación y, por qué no decirlo, gran parte del público siguen prefiriendo al intelectual clásico que además de una escritura eficaz y elegante, con fuerte voluntad de estilo, ofrece juicios apodícticos y temerarios sobre temas complejos. El debate, en lugar de convertirse en un intercambio iluminador de argumentos y datos, se queda en un pase de modelos, en una feria de vanidades, en la que cada uno considera que la prioridad consiste en reafirmar su personalidad rodeándose de un conjunto de opiniones característico, que marque un estilo propio. Los excesos, las burradas, las extravagancias no solo no debilitan al intelectual, sino que incluso contribuyen a marcar aún más su idiosincrasia en el mundo de las letras.


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