La última de Almodóvar

Javier Herrera

Tengo la misma edad que el cineasta manchego (no sé si me llevará un par de años) y desde que salió a la palestra he seguido fielmente toda su trayectoria; y aunque, generacionalmente, yo era más de los "modernos" (ya se sabe: de los Trueba, Ladoire y Resines, los de Ópera prima) no he dejado de valorar su singular importancia, clave a mi entender, en el seno de nuestra cultura contemporánea, hasta el punto de que le he dedicado casi una decena de ensayos críticos de corte académico que se han publicado en revistas y libros en diversos países e idiomas. Quiero con ello decir que no me mueve ni la más mínima fobia ni el más mínimo forofismo; simplemente creo que es un fenómeno excepcional de nuestro país que ha contribuido a que se tenga de nosotros una imagen rompedora y moderna, y que por eso mismo merece el esfuerzo de ser estudiado y analizado de igual manera que lo he hecho con Picasso y con Buñuel, los otros dos grandes faros de nuestra cultura.

Dentro del interés general que me suscita su obra (no tanto su personaje), que insisto es históricamente muy relevante e indiscutible, hay sin embargo una veta de su creación que he seguido más de cerca y sobre la que más he profundizado: es lo que los teóricos del cine llaman "metacine", es decir, para entendernos, cuando el cine habla sobre el cine, familia genérica en la que, por supuesto, también se incluyen las películas que hablan sobre las propias películas, un procedimiento que parece vanguardista o cuando menos moderno pero que hunde sus raíces en cuanto a nuestra cultura respecta, por lo menos (para no irme muy lejos ni en tiempo ni en espacio) en nuestro barroco, en nuestro Siglo de Oro, tanto en pintura como en teatro.

Con esto quiero decir que Almodóvar, por encima de todo, y en particular cuando alude al cine, en cualquiera de sus facetas, dentro de sus películas, se está inscribiendo dentro de una tradición que no es nada nueva, es decir, que es clásica y al mismo tiempo barroca, y además tan española como Cervantes, Velázquez, Quevedo o Calderón; discutible, pues, en mi opinión, esa etiqueta de posmoderno que se le ha colocado según los vientos de la moda…

Lo que sucede –y esta última película (Amarga navidad se llama) sigue dentro de esa línea, una línea creativa, que creo pudo empezar con La ley del deseo– es que tiene en cuenta por encima de cualquier otra consideración el propio deslumbramiento del creador con su oficio, un encantamiento especial que sufre dolorosamente en una suerte de espejo en el que poder reconocerse y "conocerse" a sí mismo, como ser humano en busca de un lugar en el mundo, un ser humano que está encandilado por el cine y no quiere dejar de estar encandilado nunca, hasta que se muera, y estoy seguro de que así será: morirá como Chavela Vargas recitando su Llorona (se dice en la película) una vez que ya no podía cantar por haber perdido la voz…

Sé que quisiéramos un Almodóvar más legible, más linealmente legible, más domesticado, pero es que entonces ya no sería Almodóvar

Lo demás es puro pisto manchego (nada quijotesco por cierto, pues Almodóvar es más sanchopanzista y no solamente por el aspecto), cotilleo de comadres encajando bolillos o haciendo primorosos ganchillos en el poyo de una puerta, pero también es guiño a otros colegas, a otras películas (Senso, de Visconti, aquí), a otros pintores, a un sinfín de ingredientes, incluso a sí mismo —lo que ya es rizar el rizo del barroquismo más abstruso y conceptista; algo así como lo que hace Velázquez en Las Meninas, que se autorretrata retratando a otros, mirándose en un espejo que no sabemos si en él se refleja la escena que vemos en la pintura del Prado o si es la que está pintando o la imagen que tiene en la cabeza pero que aún no ha plasmado… Sí, ahí, y no es exageración, es donde está Almodóvar: en ese juego velazqueño que adrede quiere confundirnos para que entremos en sus espejos y trascendamos con él una realidad que cada día que pasa se le va escapando de las manos, una realidad llamada "tiempo", el tiempo que pasa imposible de detener, ya casi inasible, contra el que no se puede luchar, ese tiempo que significa enfermedad, dolor y muerte pero también es vida y que en manos de los grandes creadores se convierte en la máxima metáfora para ilusionarnos y que no pensemos en él; un tiempo que donde mejor se expresa es en el cine, puro humo, puras sombras, líneas en una pantalla a través de las cuales la realidad se nos “revela” y “rebela”, y que aquí en esta película llega a imponerse a la ficción: por mucho que el director parta de realidades para perfilar sus personajes, esa realidad cada vez se deja menos manipular… porque sencillamente cada vez le queda menos "tiempo"... Por eso Almodóvar quiere siempre regresar al origen, “volver” a la infancia, al patio del terruño repleto de macetas multicolores, al primer viaje a Madrid… pero eso es ya un imposible: la realidad se ha impuesto al arte, y la vida real es un soplo que se esfuma...

Sé que quisiéramos un Almodóvar más legible, más linealmente legible, más domesticado, pero es que entonces ya no sería Almodóvar; en él todo es paella, jamás arroz blanco, destrucción de moldes y convenciones (catártico el striptease masculino), pegotes de collage que no se sabe si vienen a cuento (esa nana-lamento de Amaia-Chavela "a capella" con un contrabajo al fondo que pone los pelos de punta y conmueve como la voz de Estrella Morente en la imagen de Penélope Cruz en Volver), homenajes como el de muchos de sus intérpretes y amigos haciendo de invitados a una fiesta con un ficticio Barenboim que me recuerda a ese cuadro-manifiesto icónico de la movida que pintó en su día Guillermo Pérez Villalta… Sin embargo, a pesar de esos toques típicamente suyos, se le va notando cada vez más contenido y, aunque a veces pierda grandes oportunidades de ser coherente con su mentalidad y compromiso (por ejemplo, llevar a su principal personaje femenino por unas fuertes migrañas a un hospital privado y subirla a planta para observación, ¿por qué no en un hospital público?) y caiga en incongruencias, hay que tener en cuenta que la incongruencia también forma parte del mismo menú barroco, convertido ya en un clásico que, nos guste o no, es así: único, como él, como todos nosotros, con todas nuestras contradicciones, miserias, sufrimientos, dolores y glorias; y es que en eso tan sencillo pero aparentemente tan complicado reside el genio: que siendo igual a todos, nos hace ver "a su modo" que también él y nosotros somos diferentes, y tanto en el orden (clásico) como en el caos (barroco)…

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Javier Herrera es socio de infoLibre.

Javier Herrera

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