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Desguaces humanos

Gonzalo de Miguel Renedo
Publicada el 13/06/2020 a las 06:00

Un desguace es un lugar en que se desguazan vehículos y frecuentemente se ponen a la venta sus piezas útiles. Las residencias de la tercera edad, en muchos aspectos, son desguaces. Desguaces humanos. Lugares en los que se abandona a los ancianos y cuya mayor utilidad radica en el negocio que su depósito genera a las empresas que rigen esos centros. Pero vayamos por piezas.

España es un país excepcional. Buen tiempo, bonito paisaje, buena comida, buena gente. Lo tenemos todo. Sí. Y también más de cien mil compatriotas enterrados en las cunetas, con hasta no hace mucho un mausoleo grandioso para su verdugo sostenido con dinero público. Y también tenemos decenas de miles de bebés robados sin localizar. Y hasta una Iglesia todopoderosa libre de impuestos, que inmatricula a su nombre todo lo humana y divinamente posible. Y una terrible derecha político-mediático-social que no termina de creerse la democracia. Y periódicos antediluvianos que hacen de la falsedad su abc de estilo. Y ahora, aún en pañales, parece que tenemos en cartera un exterminio por razón de edad que veremos en dónde acaba. Dicen también que somos un país de camareros. Y no me extraña. Debe ser porque gran parte de la población de este país necesita acodarse en la barra de un bar para olvidar tanta demencia.

Las residencias de ancianos son un mal necesario. No tendría que ser así pero lo son. A nadie recomendaría una residencia; ni la más limpia y aseada merece una recomendación. Los viejos van allí como los ríos van a dar a la mar, que decía el de las coplas a su padre. Van allí a acabar, a mal acabar. Hoy las residencias se han convertido en meros aparcamientos de ancianos y ancianas. Abandonamos a nuestros padres y abuelos en estos centros, del mismo modo que llevamos los coches inservibles al desguace. Nuestros mayores ingresan, o mejor, los ingresamos en geriátricos porque nos vemos incapaces de asistirles en condiciones. O con eso nos consolamos. Pensamos que personal cualificado, con instalaciones, medios y personal apropiados contribuirán a mejorar su bienestar. Pero ni las residencias resultan tales paraísos ni los cuidados ajenos podrán sustituir nunca la cercanía íntima de los seres queridos. Seamos sinceros, metemos a nuestros mayores en residencias, no por su necesidad, sino por nuestra comodidad y egoísmo. Así es, por duro que resulte reconocerlo. Las residencias, por desgracia, deben existir, pero con férreos controles que garanticen la profesionalidad y vocación de los cuidadores, así como la calidad y la atención de los servicios prestados. No ocurre tal cosa.
 

La pandemia del covid-19 ha terminado de consumar este ostracismo letal, que ha evolucionado hacia una eliminación programada a manos de la cruel administración. Ha ocurrido, que sepamos, en Madrid. Las investigaciones realizadas por infoLibre han probado que en la comunidad que gobierna Isabel Díaz Ayuso, en coalición con Ciudadanos y con el visto bueno de la extrema derecha, se dio la orden de que los ancianos y ancianas de las residencias madrileñas, aquejadas por el covid-19, de que no fueran derivados a los hospitales públicos. Vamos, que el Gobierno regional de Díaz Ayuso decretó su muerte forzada sin asistencia alguna, dado que, además, se decidió no medicalizar las residencias. Si el perro del hortelano ni comía ni dejaba comer, el consejero de Sanidad de Ayuso, su fiel escudero, ni curaba ni dejaba curar. Vamos, que no había escapatoria para los pobres ancianos y ancianas, no al menos en su residencia. ¿Quién es capaz de hacer algo así y además negar la veracidad de unos documentos publicados que prueban este, llamémosle genocidio del siglo XXI? ¿Quién? Yo se lo digo. Los mismos cuyo partido político rechazaba hace unos meses la aprobación de una ley que facilitaba el buen morir, una ley que no hace daño a nadie y que solo busca liberar de dolores insoportables a quien los padece. Enemigos de la eutanasia necesaria, amigos de la omisión sanitaria. Parece como si a estos dirigentes no les preocupara la muerte ajena cuando entran en juego razones de rentabilidad económica, pero se ponen muy dignos cuando alguien implora una solución a su dolor irresistible por razones piadosas. No les preocupa anticipar la muerte de personas mayores con buena salud, pero se desviven por impedírsela a quienes voluntariamente deciden acelerar su final.
 
Hay una escena en El Pianista -qué pena no ilustrarla aquí como hace Ramón Lobo en sus artículos-, en la que unos nazis instan entre culatazos y gritos a una familia judía a seguirles. Y eso hacen. Todos menos uno, que no puede andar por su propio pie. Un anciano en silla de ruedas permanece quieto sin cumplir la orden. Cuando todos han salido, los verdugos agarran al anciano y lo arrojan al abismo por el balcón. A su manera, los nazis hacían una primera preselección en su labor de exterminio. Lamento decirlo, pero lo ordenado por el Gobierno Ayuso recuerda bastante, mutatis mutandis, a la barbarie de la noche de los cristales rotos. Más aséptico, menos sangriento, sin tantos gritos, pero para quienes van en silla de ruedas acaba igual. Me parece tan grave lo ocurrido que ni siquiera con su dimisión Isabel Díaz Ayuso logrará acotar toda su responsabilidad
 

Gonzalo de Miguel Renedo es socio de infoLibre
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4 Comentarios
  • Cesar MV Cesar MV 13/06/20 17:20

    Te envidio no haber escrito un artículo tan claro de lo q se entiende ahora como el mercado o el neoliberalismo y en una democracia demasiado cercenada por una derecha q se siente dueña de un país q no es suyo... Suscribo todo lo q expones con meridiana claridad.

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  • Ambon Ambon 13/06/20 11:39

    Gracias Gonzalo, comparto tu rabia y tu ira.

    Por aportar ideas a ese "mal necesario" diría que al igual que los colegios tiene su AMPA (Asociación de Madres y Padres de Alumnos) las residencias de ancianos deberían tener una asociación de usuarios en la que estén representados los propios ancianos que estén en uso de sus facultades mentales y/o los familiares directos de todos y esta asociación tendría que tener voz y voto en la dirección de los centros. Por supuesto el Estado tiene que proporcionar plazas suficientes para cuantos usuarios las necesiten y aunque lo apunte en último lugar debería ser el primero, el Estado debería facilitar la conciliación y las ayudas económicas necesarias a las familias para que los ancianos, llegado el momento, puedan elegir libremente irse a la residencia o con sus hijos, si es que estos les aceptan.

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  • JuanRíos JuanRíos 13/06/20 11:04

    Al pan pan y al vino vino, las molestias del cuidado de nuestros progenitores se cambian por una suma de dinero y ya está. También es cierto que hay gente que va todas las tardes a estar un rato con su padre o su madre y que no podemos obligar a nuestra pareja a cuidar a un anciano al que no conoce.
    Siempre ha existido quien pasa mala vejez y quien la pasa mejor pero la diferencia hoy está en la capacidad de generar negocio y beneficio sin el mínimo escrúpulo y con la aquiescencia de esa parte del estado en el que siguen incrustadas las familias garrapatas al amor del presupuesto.
    La solución... difícil.

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    • Ciro2 Ciro2 13/06/20 11:35

      Ciertamente es difícil la solución. Y la realidad es que nada anima a pensar que ni siquiera se busque. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en el mismo rebrote.

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