¿Quién necesita democracia teniendo un Mundial de fútbol (y muchos señores)? Virginia P. Alonso
Del fútbol sólo me interesan las relaciones políticas que construye, sus motivaciones y la traducción de estas a la afición, o sea, a la sociedad. Por eso, entre el magma de noticias que nos sacude en los últimos tiempos –y que constituye en sí mismo una doctrina del shock perfectamente articulada–, se me quedó en la trastienda mental la entrega de un llamativo premio a Donald Trump el 5 de diciembre, en Washington.
La FIFA se sacó de la manga un “premio de la paz” y se lo entregó al presidente estadounidense coincidiendo con el sorteo del Mundial de 2026. El máximo representante del organismo futbolístico, Gianni Infantino, sonreía y, a falta de Nobel, Trump recibía triunfal el reconocimiento. Ni jurado, ni bases públicas, ni necesidad de explicaciones. ¿Para qué, si el mensaje era el gesto mismo? El fútbol más poderoso del planeta, a los pies del poder político que le garantiza el negocio; y, a cambio de millones, legitimidad envuelta en un lazo.
Ese premio no nace por una súbita vocación pacifista de la FIFA. Nace porque el fútbol, hace mucho tiempo, entendió que su verdadera fuerza está en lo que el juego produce: nación, identidad, pertenencia, obediencia. Y por eso el poder autoritario ha ido históricamente tras esa fuerza como quien busca una llave maestra.
A lo largo del último siglo, la extrema derecha —con uniforme o con traje— ha usado el deporte como acelerador identitario, económico y emocional. El fútbol-empresa, por su parte, ha aprendido que los gobiernos autoritarios son mucho más útiles que las democracias con todos sus periodistas, jueces, fiscales y ciudadanía.
El fascismo italiano convirtió el Mundial de 1934 en escaparate del régimen. El Estado controló federación, relato y puesta en escena porque Mussolini sabía bien lo que hacía: un torneo era mucho más que una simple competición deportiva, era una ceremonia de obediencia colectiva con trascendencia internacional. La victoria fue exhibida como prueba de fuerza nacional. Posiblemente fue la primera gran demostración del fútbol como política de masas.
El fútbol-empresa ha aprendido que los gobiernos autoritarios son mucho más útiles que las democracias con todos sus periodistas, jueces, fiscales y ciudadanía
Años después, la junta militar argentina organizaría el Mundial de 1978 mientras seguían operativos los centros clandestinos de detención. Una sencilla manera de proyectar modernidad al exterior y fabricar unidad interna entre desapariciones y terror.
En España, el franquismo aprendió pronto a usar también el balón como escaparate internacional: el fútbol ofrecía una España ordenada, ganadora, moderna; el Real Madrid funcionó durante años como símbolo internacional de una normalidad que puertas adentro no existía. El uso político del club y de la selección como propaganda de Estado está ampliamente documentado (ver aquí y aquí).
En esa primera época, la relación era transparente: dictadura que necesita legitimidad, fútbol como relato nacional.
Luego llegó la mercantilización y el descubrimiento de que el fútbol no sólo legitimaba Estados: también podía fabricar líderes. Silvio Berlusconi compró el AC Milan en 1986, lo transformó en máquina de títulos y el club se convirtió en un trampolín político. Forza Italia no era un nombre cualquiera, era el grito de la grada transformado en partido. El berlusconismo entendió que un equipo ganador es una formidable catapulta de liderazgo.
En España, el mecanismo Berlusconi tuvo su espejo en Jesús Gil: la presidencia del Atlético de Madrid (1987), como plataforma para ganar la alcaldía de Marbella (1991) y fabricar un populismo municipal de plató, basado en espectáculo permanente, mano dura, xenofobia, machismo y clientelismo urbanístico. El GIL gobernó más de una década entre corrupción y abuso de poder hasta la intervención judicial del municipio. Distinta escala, mismo patrón: el fútbol y la tele como fábrica de liderazgo autoritario, con la hinchada convertida en “pueblo” electoral.
Ruiz-Mateos, en una lógica similar, aunque no idéntica, compró el Rayo Vallecano en 1991, en plena resaca de Rumasa y de su guerra judicial con el Estado, y el club le sirvió para recuperar foco público y un capital emocional popular que la política no le daba tan rápido. No buscaba tanto conquistar instituciones como Berlusconi o Gil, sino blindarse y reconstruir un personaje con un escaparate semanal y una identidad de barrio; su presidencia fue breve, pero abrió una larga etapa familiar que muestra cómo el fútbol funcionó entonces como refugio reputacional para empresarios en caída.
En la Europa del Este postcomunista, la fórmula se replicó con una estética parecida: oligarcas y dirigentes nacional-populistas compraron clubes para construir clientelas, prestigio y poder territorial.
Eran los prolegómenos de una alianza futbolística a escala planetaria con el autoritarismo. Ahora ya no se trata de usar un torneo para hacer propaganda interna o para catapultarse a la política, sino de comprar reputación global. Así nacen los grandes mundiales de la era Infantino.
Rusia 2018 fue el ensayo general: el Mundial como vitrina de normalidad para un régimen que ya caminaba hacia el autoritarismo agresivo. Qatar 2022 fue la culminación: un Estado sin libertades democráticas utilizó el torneo para blanquearse pese a denuncias por explotación laboral masiva de migrantes y represión de derechos básicos. Arabia Saudí 2034 completa el tríptico: candidatura sin rival real, proceso diseñado para que gane el reino y un Mundial convertido en herramienta de lavado internacional de un régimen con un historial de represión feroz.
La FIFA hace ya tiempo que no actúa como federación deportiva; opera como conglomerado empresarial dependiente de Estados capaces de financiar infraestructuras, garantizar seguridad y silenciar conflictos. Las autocracias compran el producto porque les vende exactamente lo que necesitan: prestigio y pertenencia mundial.
Mientras tanto, la ultraderecha contemporánea europea usa el fútbol como taller nacional de corto y largo alcance. Hungría no lo esconde: Viktor Orbán ha convertido el deporte en proyecto político, ha volcado dinero público en academias y estadios, y ha hecho de la Puskás Akadémia un símbolo nacionalista de su propio régimen iliberal.
Las autocracias compran el producto porque les vende exactamente lo que necesitan: prestigio y pertenencia mundial
Y en las gradas de muchos países, grupos ultras normalizan imaginarios xenófobos que acaban contaminando el ecosistema entero.
En este contexto, el premio a Trump es puro continuismo. La FIFA premia a un aliado: Trump es el anfitrión del Mundial 2026, el hombre que garantiza las condiciones de seguridad y negocio del gran escaparate de la Federación. Pero el homenajeado añade un rasgo que lo hace especialmente útil para este hábitat futbolístico: solo se mueve si hay dinero. Su política exterior no se basa en la diplomacia, sino en la rentabilidad. El mejor ejemplo y más reciente son las negociaciones del plan de paz para Rusia-Ucrania.
Infantino blanquea a Trump, y Trump blanquea, a través de ese premio, el método de convertir guerras en operaciones comerciales. Entre medias, a quién le importa prostituir el término y el concepto de “paz”.
Por tanto, no es que los ultras hayan entrado en el fútbol; es que el fútbol les ha abierto la puerta de par en par porque le resulta rentable. La novedad no es el flirteo. La novedad es la desvergüenza.
Cuando el fútbol deja de ser un espacio exclusivamente masculino, el sistema entero se viene abajo
Pero este sistema no se sostiene sólo por afinidades políticas o económicas. Hay otro elemento en toda esta maquinaria que está muy lejos de ser una novedad, pero sin el cual sería difícil que funcionara tan perfectamente engrasada: el monopolio masculino del poder. Casi todos los nombres propios de esta historia (y los que no caben por cuestión de espacio) –Infantino, Trump, Tebas, Florentino, Rubiales, los jeques, los viejos presidentes-caudillo– pertenecen a una cohorte de “hombres fuertes” que se reconocen entre sí, se protegen entre ellos y entienden el fútbol como un coto privado de poder.
No es solo una cuestión de quién ocupa los cargos –que también–, sino de qué cultura han construido para mantener sus privilegios: jerárquica, opaca, de lealtades de clan. Una cultura que se basa exactamente en los mismos principios que cualquier plutocracia… y que el propio patriarcado.
Por eso, cuando el fútbol deja de ser un espacio exclusivamente masculino, el sistema entero se viene abajo. El caso Rubiales es la evidencia más palpable. Porque la presencia de mujeres introduce marcos –consentimiento, derechos, cuidados, rendición de cuentas, horizontalidad– que esta alianza necesita neutralizar para que sus maniobras y prebendas se mantengan intactas. A ver si se va a colar un rayito de democratización en el búnker...
Si el fútbol es hoy una autopista cultural para el poder fuerte y los autoritarismos, es también porque ha sido durante demasiado tiempo un coto masculino sin contrapesos. Y cualquier disputa democrática real sobre este negocio y sus ramificaciones empieza por ahí: por discutir quién manda, cómo manda y con qué legitimidad.
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