La pared azul
La pared azul
A Tirso Priscilo
Hay quien asegura que ayer era blanca, pero también está el que jura por sus antepasados que siempre fue así: azul. Otros incluso dudan de su propia existencia: «Esa pared jamás estuvo allí». ¡Estuvo!, pero era más, más alta… O más baja… En cualquier caso, la pintura parece fresca. Puede ser porque llovió de madrugada, opina uno que pasa. Cosas de brujería, concluyen los autóctonos antes de llamar a los expertos que llegan desde la otra punta del país para arrojar algo de luz sobre el asunto. Ese color no es técnicamente azul, dictaminan, sino azul turquesa, Pantone 3125C, para ser exactos. Las protestas no se hacen esperar: ¿quiénes son aquellos forasteros para rebautizar el color azul de su pared, esa que ayer fue blanca, o no? Pero eso ya no importa. Ante posibles altercados, las autoridades locales acordonan la zona. Es el gesto que enciende a la población. Las cargas policiales se cobran decenas de muertos que saltan a la prensa nacional primero, a la internacional, después. De la noche a la mañana aparecen por todo el mundo nuevas paredes pintadas de azul en señal de solidaridad, generando nuevos debates con forasteros opinando de más. Más altercados, más muertos… Para detener la barbarie, a alguien se le ocurre pintar de rojo la original, esa que fue azul y pudo haber sido blanca. La tercera ola de violencia es imparable. Ningún país rehúye el conflicto.
Fe
El rabino, incapaz de recordar las complejas plegarias tradicionales, ideó un lugar sagrado en el bosque donde encender un fuego y poder hablar con Dios, quien atendía sus peticiones porque, más que las palabras exactas, valoraba la intención y la sinceridad. El siguiente rabino, discípulo del primero, acudía allí, y Dios, del mismo modo, escuchaba sus plegarías: aunque desconociera el arte del fuego, aún recordaba el lugar y algunas de las palabras utilizadas por su maestro. No así el tercer rabino, aprendiz del segundo, que las había olvidado por completo y desconocía el fuego, pero todavía sabía llegar hasta allí y solo por eso conseguía materializar sus deseos. El último rabino, descendiente de todos ellos, ni siquiera se adentra en el bosque: ignora el fuego, las oraciones y, por supuesto, el lugar. Sin embargo, aún recuerda esta historia, y con ello le basta.
Sustantiva
Princesa, secuestro, héroe, reto, plan, camino, bosque, cueva, descenso, mazmorra, dragón, lucha, herida, ejecución, victoria, regreso, celebración, compromiso, boda, reinado, niños, monotonía, pelea, divorcio, arrepentimiento, envejecimiento, tumba, recuerdo, leyenda.
El hombre blanco
El explorador inglés Henry Walter Bates recala en aquel trozo del Amazonas en 1850, dispuesto a documentar el supuesto carácter sedentario de la tribu de los Awá. No duda a la hora de meterse en los agujeros más oscuros y subirse a los árboles más altos para observarlos con la mayor discreción posible. Sin embargo, cada mañana, presencia cómo sofocan los fuegos que han lucido toda la noche y desmontan con brío las chozas del campamento para desplazarse apenas unos kilómetros, nunca en la misma dirección y siempre sin dejar de mirar atrás.
Pasado continuo
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Jornada tras jornada, sigue sus huellas en un gran recorrido circular a través de la tupida selva hasta que vuelven a acampar en el primer asentamiento, justo donde los encontró. Emocionado ante semejante patrón de comportamiento, toma notas en su cuaderno y lanza la hipótesis de que los Awá son un extraño caso de «sedentarismo nómada circular», regido quizá por alguna constelación de estrellas de igual forma que los guía en su itinerario, ya que hay un indígena, siempre el mismo, que se pasa todas las noches vigilando el cielo.
Si está en lo cierto, una vez completado el primer ciclo, el segundo asentamiento debería coincidir con el anterior. No es así: esta vez el desplazamiento es diametralmente opuesto; ni siquiera coincide en distancia recorrida. Después de otra noche en vela enfrascado en complicados cálculos que normalicen unos desplazamientos a todas luces erráticos, se topa con el vigilante de las estrellas, quien ahora lo observa asustado a escasos pasos de distancia. Tras los primeros intercambios de gestos, en los que ambos muestran disposición al diálogo, el explorador consigue hacerse entender para preguntarle de qué huyen cada mañana. El indígena, ojiplático, se le queda mirando.
*Ginés S. Cutillas es profesor en la Escuela de Escritores y narrador. Además de novelas, ensayos y libros de relatos, cuenta con una larga trayectoria en el mundo del microrrelato. Su primer libro en el género Un koala en el armario (Cuadernos del Vigía, 2010; Pre-Textos, 2021) fue finalista del Premio Setenil. Le siguieron Vosotros, los muertos (2016) y el primer ensayo en español de cómo escribir un microrrelato Lo breve si bueno, etc. Decálogo práctico del microrrelato (2016). Como antólogo, ha coordinado Los pescadores de perlas (2019). Difunde el género en espacios radiofónicos nacionales y sus microrrelatos han aparecido en antologías de referencia, como Velas al viento (Cuadernos del Vigía, 2010), Mar de pirañas (Menoscuarto, 2012) o en la Antología del microrrelato español (1906-2011) (Cátedra, 2012). Acaba de resultar ganador del Premio Miguel de Unamuno de Ensayo.