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El ataque contra ‘Charlie Hebdo’, con algo de distancia histórica

El ataque terrorista contra la redacción de Charlie Hebdo, así como la toma de rehenes posterior, ha generado, aparte de la lógica conmoción, un doble debate. El primero gira en torno a la libertad de expresión, planteándose si debe protegerse o no el derecho a la ofensa de las creencias religiosas de los musulmanes. El segundo es más abstracto y está peor definido, pero es de mucho mayor alcance, pues afecta a la relación entre religión y política, así como a la integración de la población musulmana en la sociedad europea. Me voy a ceñir a este segundo debate.

En los círculos más conservadores y chovinistas ha habido una reacción un tanto apocalíptica y “agónica” ante los ataques terroristas de la semana pasada. Se ha dicho que el islamismo está en guerra con Francia y Europa, que peligran los valores fundamentales de la civilización occidental y que, en general, Europa ha sido blanda y complaciente con la intolerancia de los fundamentalistas islámicos. Buena parte de la culpa se endosa al “multiculturalismo” y al “relativismo”. Desde este punto de vista, no haber hecho una defensa firme y sin complejos de los valores liberales nos habría llevado a la situación presente, en la que musulmanes fanáticos y sanguinarios se atreven a atacar el núcleo duro de nuestras libertades. Un buen ejemplo de esta forma de abordar el asunto es este artículo de Gabriel Albiac en Abc.

Este tipo de planteamientos pasa por alto que los ataques de la semana pasada fueron ataques terroristas internos, “domésticos”. Sus autores son franceses, tan franceses como Hollande, la Marsellesa y el acordeón. Los terroristas nacieron en Francia, se educaron en Francia y eran, hasta el momento de su muerte, franceses a todos los efectos.

La pregunta que debe ser respondida es por qué unos franceses se radicalizaron hasta el punto de empuñar las armas y asesinar a los miembros de la redacción de Charlie Hebdo, a los rehenes que capturaron y a los policías que trataron de impedir su huida.

Para encontrar una respuesta, conviene mirar hacia el pasado, en busca de precedentes. A lo largo de la historia, Europa ha sufrido en más de un momento la radicalización y posterior violencia terrorista de colectivos con orientaciones ideológicas muy distintas. En el caso de Francia, este país ha experimentado el terrorismo anarquista de finales del XIX, el terrorismo de la OAS a propósito del conflicto argelino, el terrorismo nacionalista corso, el terrorismo de izquierdas de Acción Directa y, ahora, el terrorismo yihadista.

Durante el periodo 1970-2000, Europa sufrió una oleada de terrorismo ideológico que causó la muerte, según mis cálculos, de 734 ciudadanos (a partes casi iguales, 362 debidos a la extrema izquierda y 372 a la extrema derecha). No incluyo en esta siniestra contabilidad el terrorismo nacionalista de ETA, el IRA y otros grupos con reivindicaciones territoriales.

Especialmente brutales y traumáticos fueron los ataques de la extrema derecha, indiscriminados la mayoría de ellos, que trataban de provocar el mayor pánico posible con el propósito de que la sociedad viera con buenos ojos una involución autoritaria.

Todo empezó con la bomba de piazza Fontana en Milán a finales de 1969, que acabó con la vida de 17 ciudadanos. El peor ataque, el más sangriento sucedido en Europa hasta los trenes de Atocha en 2004, fue la bomba que explotó en la estación de tren de Bolonia en 1980, con un saldo de 85 víctimas mortales. En Bélgica, un misterioso grupo conocido como los asesinos de Brabant se apostaban en las proximidades de supermercados y ametrallaban a los clientes que salían de los mismos, matando a 28 personas entre 1983 y 1985. En 1980, en la famosa fiesta de la cerveza de Munich, una bomba de la extrema derecha causó la muerte de 12 ciudadanos.

Por su parte, el terrorismo de izquierdas fue como una epidemia que se extendió por buena parte de Europa. En Italia actuaron muchísimos grupos, el más conocido las Brigadas Rojas; en Alemania, la Facción del Ejército Rojo; en Grecia, la Organización Revolucionaria 17 de Noviembre; en España, el GRAPO; en Portugal, las Fuerzas Populares 25 de abril; en Francia, Acción Directa. En este caso, el propósito de los terroristas consistía en generar polarización política y social, radicalizar el conflicto, agudizar las contradicciones y, sobre todo, establecer un ejemplo que sirviera de guía de acción a la clase trabajadora. A través de la violencia terrorista los trabajadores aprenderían que el sistema no era invulnerable y verían una salida a su opresión, todo lo cual culminaría en un levantamiento revolucionario. Se cometieron muchas atrocidades siguiendo este planteamiento, que no es tan diferente en su concepción de aquel que se materializa en los actuales atentados islamistas.

Por cierto, también se mató a periodistas. Las Brigadas Rojas asesinaron en 1977 a Carlo Casalegno, por considerar que había informado tendenciosamente sobre las muertes de Andreas Baader, Gudrun Enslin y Jan Carl Raspe (miembros de la Facción del Ejército Rojo, o banda Baader-Meinhof) en la prisión de alta seguridad de Stanheim. Tres años después, la Brigata XXVII Marzo acabó con la vida del periodista de Corriere della Sera Walter Tobagi.

Aquellos ataques, pese a la alarma que provocaron, no se vivieron como una amenaza existencial al orden liberal europeo. Y, sobre todo, se interpretaron como un problema de orden interno, de seguridad, no como una guerra contra un enemigo externo, ubicuo pero invisible.

El ataque contra Charlie Hebdo es parte de esta tradición. Se trata del segundo ataque yihadista doméstico de la historia de Francia. Su precedente fue el asesinato de siete personas por parte de Mohammed Merah, un francés musulmán de 23 años que en 2012 atacó en la localidad de Mountaban a miembros del Ejército por su participación en la guerra de Afganistán y a tres niños y un adulto en una escuela judía en Toulouse, justificándose en este segundo caso por la represión de Israel hacia los palestinos.

Estos ataques yihadistas son fruto de una radicalización ideológico-religiosa, cuyos orígenes no intentaré describir aquí. Se han inspirado en las guerras de algunos países occidentales contra países musulmanes como Afganistán e Irak, de la misma manera que la Facción del Ejército Rojo apelaba a la intervención de Estados Unidos en Vietnam. Los franceses yihadistas intentan ahora, mediante la lucha armada clandestina, crear “contradicciones” en la sociedad francesa, radicalizar a la comunidad musulmana y encender la mecha que haga estallar revueltas futuras. El planteamiento no es tan distinto de aquel de los revolucionarios de la década de los setenta.

Los terroristas revolucionarios actuaban sintiéndose parte de un movimiento internacional, que englobaba desde la Cuba de Castro hasta Ho Chi Minh en Vietnam, pasando por los tupamaros uruguayos y otros muchos grupos armados. Algunos de los terroristas europeos recibieron formación, entrenamiento y apoyo logístico de grupos palestinos e incluso llegaron a organizar atentados conjuntamente, por ejemplo con el Frente Popular para la Liberación de Palestina.

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Es bien sabido, asimismo, que miembros de la Facción del Ejército Rojo alemán se refugiaron en Yemen en los setenta y ochenta. Yemen es también el país en el que estuvieron en algún momento los hermanos Kouachi, los autores del ataque contra Charlie Hebdo: los yihadistas europeos, como sus predecesores, también están integrados en un movimiento más amplio, en este caso liderado por Al Qaeda. En lugar de ir a Palestina, viajan a los escenarios de la yihad, ya sea Siria u otros lugares.

Por supuesto, hay diferencias importantes entre el terrorismo revolucionario de izquierdas de los 70 y el terrorismo yihadista europeo de la actualidad (distinto modo de financiación, distintas formas organizativas, uso de internet, mayor letalidad, etcétera), pero hay también similitudes, según he intentado apuntar anteriormente. Por eso, creo que la solución tiene que ser parecida: la violencia clandestina que se origina en el interior de los países se combate siempre mediante un conocimiento detallado de las redes de reclutamiento, el estudio y prevención de los procesos de radicalización, la infiltración y el seguimiento de los vínculos internacionales.

No estamos en presencia, me parece, de un conflicto civilizatorio. Los conflictos internacionales (en Afganistán, Irak, Pakistán, etcétera) y las guerras civiles de algunos países árabes son sin duda un caldo de cultivo peligroso, pero en última instancia Europa se enfrenta a un problema interno, que tiene que ver con las dificultades de integración de grupos étnicos. El terrorismo interno o doméstico siempre ha fracasado en los países desarrollados. Lo mismo sucederá con el yihadista. Creo que plantear así el asunto es más provechoso que recurrir a las grandes palabras sobre la amenaza del islam a Occidente, o sobre la responsabilidad del “multiculturalismo” en el surgimiento del terrorismo yihadista europeo.

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