Plaza Pública

Armisticio en Cataluña o cómo evitar un 1-O desastroso

José Sanromá Aldea

Al decir de muchos nadie sabe lo que va a pasar el 1 de octubre.

Por supuesto que será el resultado de todo lo que le precede, especialmente de lo que está sucediendo este septiembre y lo que sucederá hasta esa fecha, aunque ya cabe hacer previsiones basadas en lo que han venido haciendo y diciendo los dos políticos que tienen la más alta responsabilidad personal en lo que vaya a suceder: el presidente del Gobierno de España y el presidente de la Generalitat.

Dejemos de lado la cuestión de si Rajoy y Puigdemont son buenos interlocutores. Son dos políticos de derechas que han sido elegidos por el Congreso y por el Parlament, unas cámaras cuyas actuales legislaturas no han brillado por su acierto y legitimidad.

Lo que a cinco días del 1-O dice Puigdemont es que va a seguir llamando a los catalanes a votar y que ese día habrá referéndum. Lo que dice Rajoy es que se impedirá la votación.

Resulta probable que dos millones de personas salgan a las calles, incluso que permanezcan en ellas decididas a votar, creyéndose amparadas por la autoridad que le reconocen a Puigdemont y por las leyes aprobadas por su Parlament: la Ley 19/2017 de 6 de septiembre, del referéndum de autodeterminación, y la Ley 20/2017 de 8 de septiembre, de transitoriedad jurídica y fundacional de la República.

Esa movilización de ciudadanos es la única fuerza real con la que cuenta Puigdemont. Sus leyes formales son puro papel, manto de juridicidad aparente para un president desnudo de ley efectiva. Para mí, esa capacidad de movilización ciudadana no es poco, es mucho, pero no basta ni para convertir en legal el referéndum ni para que pueda declararse una independencia, que no podría hacerse efectiva. Si se hiciera tal declaración (que no hay que dar por segura) solo estrecharía el callejón sin salida al que está conduciendo a la parte de la ciudadanía que pudiera aceptar y cumplir los sucesivos llamamientos independentistas.

¿Quiere Puigdemont desplazar la responsabilidad de sus actos a millones de catalanes y hacerles correr el riesgo de pagar las consecuencias? Supongamos que no. Sin embargo, a eso conduce la aventura política que él personifica hoy. Por esto creo que si se le ofreciera podría agarrarse incluso a un clavo ardiendo (aunque le quemara) para evitar consecuencias indeseables. Si quiere mártires no vale hablar.

Resulta más que probable que Rajoy cuenta con todas las fuerzas de la ley, incluida por tanto la fuerza física institucionalizada al servicio de los poderes del Estado. Solo alguien totalmente fuera de la realidad pensaría que es poco; es mucho, aunque el despliegue e intervención de una fuerza abrumadora para impedir votar lograría su objetivo, pero conllevando un gravísimo riesgo que es difícil de imaginar, aunque no le queramos dar nombre.

¿Quiere verse obligado Rajoy a hacer lo que no quiere hacer, según ha declarado? Supongamos que no, pero entonces tiene que hacer algo para no verse en tal "obligación", porque sería su propio fracaso. El fracaso del despacho en Cataluña de su vicepresidenta le obliga a bajar al ruedo.

Llegados a este punto, creo que Rajoy podría proponer a Puigdemont una tregua y este podría aceptarla.

Una tregua consistente en que se aplazara durante un plazo razonable la realización del referéndum convocado en virtud del artículo 9 de la referida Ley 19/2017, mediante la modificación del mismo. No se le pediría a los independentistas que renunciaran a su voluntad de convocarlo, ni siquiera que no fijaran ya nueva fecha posterior al cumplimiento del plazo de la tregua.

Por supuesto, Rajoy tampoco renunciaría (ni podría renunciar) a impedirlo ante esa eventual nueva convocatoria.

Es evidente que a ambos les resulta difícil la misión. No se ajusta fácilmente a la trayectoria de ninguno. Además, ambos saben bien que se les podrían echar encima una parte de quienes más incondicionalmente apoyan su acción hoy, máxime cuando uno y otro se sienten forzados a mostrar su convencimiento de que ganarán decisivamente la batalla del 1-O  y a pesar de que ninguno sea capaz de describir los términos ni la forma de la victoria.

El día 1-O, ¿van a chocar dos trenes? La metáfora no es muy acertada. El riesgo puede describirse mejor modificándola:  el riesgo es que dos trenes (muy diferentes y en vías diferentes, lanzados a tope y conducidos imprudentemente) descarrilen ese mismo día. ¿Por qué no podría darles un ataque de cordura simultánea a los dos conductores, a Rajoy y a Puigdemont?

He utilizado a conciencia en el titular de este artículo la palabra armisticio. Esta expresión se asocia directamente a la suspensión pactada de hostilidades entre dos ejércitos beligerantes. A la postre una tregua. Es obvio que aquí no hay dos ejércitos convencionales en lucha, solo hay uno que no entrará en acción. Pero desde la Resolución 1-XI de 2015 del Parlamento catalán, y por mor de esta, lo que sucede en Cataluña puede describirse como una guerra de leyes y de autoridades.

Mucho ha llovido desde entonces implicando y afectando ya en sus diversos derechos a la entera ciudadanía catalana, a los poderes legislativos de España y de Cataluña, al Tribunal Constitucional, al Poder judicial, a la Policia, a la Guardia Civil, a los funcionarios, a la opinión pública catalana, española, europea e, incluso, ahora mundial (la ayuda solicitada a EEUU por Rajoy y Cospedal ha contribuido a darle esta dimensión) .

Hoy las guerras no las libran solo, y a veces ni siquiera principalmente, los ejércitos. La diversidad en sus formas ha crecido. La guerra ya no es solo la continuación de la política por otros medios, sino, a veces, la mera supresión de la política en cuanto esta tiene de voluntad de acuerdos. Son más asimétricas que nunca. Ahora  más que nunca la verdad es su primera víctima y la intoxicación de la opinión pública y el aliento de la incomprensión y de los odios su abono más fructífero.

La tregua de la que hablo no es la solución. Es simplemente evitar que la estrategia de la tensión estalle el día 1-O. Es dar una oportunidad a la paz y a la convivencia democrática que se están perdiendo. Es abrir un espacio al diálogo y al entendimiento. Entre el Gobierno de España y la Generalitat, entre el Congreso de los Diputados y el Parlament, entre la dividida hoy ciudadanía catalana y la plural y atónita ciudadanía española. En el Congreso de los Diputados ya hay una vía abierta con la Comisión que propuso Pedro Sánchez.

Rajoy y Puigdemont no son los únicos, ni los mejores, ni los insustituibles interlocutores. Pero solo a su alcance ahora está evitar un desastroso 1-O. Se les juzgará también por esto.

Concluyo con una consideración y con una advertencia para poner fin a mi visión del día 1-O.

Considero, con muchos, que la primera víctima de la peculiar guerra que vivimos también ha sido la verdad. España no roba a Cataluña. Cataluña dejó de ser una nacionalidad oprimida desde la Constitución Española. Una Cataluña que mantenga libertades para toda su ciudadanía necesita a España tanto como una España democrática necesita a esa nación catalana que ni está oprimida ni es pobre. Nuestra libertad como ciudadanos depende, a mi juicio, de tener consciencia de esa necesidad que nos debe llevar a rehabilitar la unidad. Cataluña, más que nunca, tiene capacidad para influir en la evolución, positiva o negativa, de España.

Advierto que está creciendo a unos niveles inconcebibles hasta hace muy poco el sentimiento antiespañol entre muchos catalanes, que se sienten muy seriamente agraviados. De la advertida –hace mucho tiempo– desafección, se ha pasado ya a otro sentimiento que prefiero no adjetivar. Y advierto que el anticatalanismo en el resto de España sigue esa misma trayectoria ascendente, que podría cuajar en la mala idea de dar un escarmiento de mano dura sin contemplaciones a la rebeldía catalana.

Desde esa consideración y esa advertencia pienso que puede afirmarse ya que el 1- O será desastroso si lo que suceda da motivos al crecimiento de esos sentimientos antiespañol y anticatalán que mutuamente se estimulan.

Sobre lo que proceda proponerse o hacer el día 2 no creo que hoy pueda decirse con seguridad nada hasta que transcurra el que le precede. Ojalá que el día 1-O solo aparezca en la letra pequeña de los libros de historia.

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