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    <title><![CDATA[infoLibre - Santos Sanz Villanueva]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/santos-sanz-villanueva/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Santos Sanz Villanueva]]></description>
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      <title><![CDATA[Los '50 principales' de Alfons Cervera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/50-principales-alfons-cervera_1_1196376.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5cdf4597-d8f3-4de8-b50c-3971007f588f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los '50 principales' de Alfons Cervera"></p><p>Hace un par de años, en el número 68 de la albaceteña revista <em>Barcarola</em>, publicó <strong>Alfons Cervera</strong> un agudo ensayo, "Por qué dejé de leer novela negra". Habría estado bien que hubiera ampliado sus originales opiniones de lector independiente a otros subgéneros narrativos pero, por el momento, sigue dejándonos con la miel en los labios. No poca relación guarda este artículo con su nuevo libro, <a href="https://www.pieldezapa.com/catalogo/3351-algo-personal-9788418550232.html" target="_blank"><em>Algo personal. ¿Te ha picado alguna vez una abeja muerta?</em></a>(Piel de Zapa), aunque aquí sus cábalas van en sentido contrario: afirmar, a partir de esa llamada a la memoria básica en toda su escritura, qué libros sostienen su formación literaria, lo cual, en un caso como el suyo de palmario autobiografismo, equivale también a su educación sentimental y moral. <em>Algo personal</em>, según presagia el título, plantea un recorrido íntimo, vale decir confesional, por la biblioteca privada más querida del autor. Otros muchos volúmenes, a buen seguro, colmarán las estanterías de su casa valenciana en Gestalgar, donde vive y donde cuida de su hermano deficiente Claudio, según narró en su emocionantísima obra anterior. Otros muchos tendrá, digo, pero los deja de lado porque ahora se fija solo en algunos estrechamente unidos a su trayectoria vital.</p><p>Cincuenta obras forman el catálogo de la biblioteca secreta de Alfons Cervera. Airearlas podría ser pretexto para un ejercicio culturalista, o para la pedantería y pretenciosidad críticas. Lo contrario ocurre en este sugerente libro casi con un punto de provocación que implica un concepto de las letras bien definido. Aprecia en ellas, ante todo, algo básico, la fuerza comunicativa, sin pararse en distingos entre alta o baja literatura. De ahí la defensa de las novelas del Oeste que aún sigue frecuentando y que colmaron su adolescencia, “novelitas que alimentaron desde niño mi afición por la lectura” y le enseñaron “a amar la literatura más que los grandes nombres que vendrían después”. Subraya, además, y el detalle no debe pasar desapercibido, que esos cuadernillos de quiosco, “de a duro”, fueron un medio obligado de ganarse la vida de republicanos que padecían el exilio interior y firmaban bajo evocadores pseudónimos extranjerizantes, entre los que destaca al <strong>Silver Kane</strong> que escondía a quien supimos después vigoroso narrador, <strong>Francisco González Ledesma.</strong> El mismo sentido tiene el recuerdo de colecciones o editoriales, por desgracia hoy desaparecidas, que, sin prestigio académico o cultural, facilitaban el acceso a mundos imaginarios de noble entretenimiento. Gratitud manifiesta a la Colección Reno de Plaza Janés y, en especial, a aquel Círculo de Lectores que llevaba los libros a las casas de gente que no iban a las librerías.</p><p>El reconocimiento de la literatura popular es compatible con la denuncia de la literatura de consumo, de la pura dimensión industrial y comercial del libro, de “esa escritura pulposa que se amontona goteando grasa en las estanterías de los centros comerciales”. Al sistema que lo sostiene le dedica un dardo ideológico a propósito de <em>El extranjero</em> de <strong>Camus</strong>: “eso de que haya gente con el destino abocado al abismo desde el principio me provoca una sensación de poca confianza en este capitalismo cerril que lo mismo desprecia a quien lo molesta que premia impunemente a <strong>Houellebecq</strong>”.</p><p>Alfons Cervera husmea en su librería familiar y entresaca de sus estantes títulos y autores —incitado a veces por aquellos, otras por estos— especialmente vinculados con su vida. Este criterio es el decisivo en sus preferencias. Determina la lista de escritores extranjeros, donde figura alguno esperable (<strong>Patricia Highsmith</strong>) y muchos olvidados o poco conocidos. De ellos hace lecturas cordiales y emocionales, alguna con manifiesta voluntad de rescate: quizás la más rotunda de la antología, incluidos los autores españoles, sea, no por azar, la novela social <em>El cemento</em>, de <strong>Fyodor Gladkov</strong>. En la nómina de elegidos no están ni <strong>Joyce</strong>, <strong>Proust</strong> o <strong>Virginia Woolf</strong>; ni <strong>Shakespeare</strong> o <strong>Dante</strong>; ni <strong>Cervantes</strong> o <strong>Galdós</strong>. Lo cual ha de entenderse en su justo alcance. No indica ignorancia o menosprecio sino no rendir pleitesía a la convención académica y un estricto atenerse a la proyección biográfica de las lecturas.</p><p>La aproximación a los autores españoles supone matices no desdeñables. Algunos aparecen por un ejercicio de puro reconocimiento: <strong>Marsé</strong>, <strong>Luis Goytisolo</strong>, <strong>Martín Gaite, Onetti, Vázquez Montalbán</strong> (el poeta, no el narrador). El reconocimiento se acompaña de la reivindicación en un mayor número de ocasiones:<strong> Ana María Moix, José Avello, Mercedes Soriano, Aldecoa, Miguel Espinosa, Manuel Talens</strong> (motivo de darle un zasca al editor que le mandó buscarse otra editorial por ir de izquierdista), <strong>Antonio Rabinad, Antonio Ferres</strong> o <strong>Max Aub</strong> (“No sé si hay un escritor tan grande como olvidado entre todos los que he leído”). El homenaje admirativo lo adorna con una ocurrente <em>venganza</em> al emparejar a <strong>Bécquer</strong> y <strong>Cernuda</strong>: unos ensayos del exilado le redimieron del “recetario sentimental” con que en su juventud le habían simplificado al autor de las rimas.</p><p>La flexibilidad de criterio se advierte en el elogio de autores que no son de su cuerda y que anduvieron muy alejados de su estética: <strong>Mercedes Soriano </strong>o <strong>Mariano Antolín Rato.</strong> Y la valoración fuera de la asepsia crítica habitual viene a propósito de <strong>Ferrer Lerín</strong>, quien, proclama, “escribe como juega al futbol <strong>Messi</strong>”, “como dios”.</p><p>El tono personalísimo de la elección y de los juicios se aprecia en otras sorprendentes preferencias a contracorriente de la opinión dominante y que no figurarían en el más complaciente repertorio de la mejor narrativa española de la pasada centuria. Todas se relacionan por su nexo con una escritura muy convencional: la <strong>Carmen Laforet </strong>de <em>La insolación</em>,<strong> Concha Alós</strong>, <strong>Cecilia G. de Guilarte</strong>, <strong>Ángel María de Lera</strong>, <strong>José Antonio García Blázquez</strong>, la <strong>Dolores Medio</strong> de <em>Celda común</em> o <strong>Carmen Kurtz</strong>. Cervera es consciente de la máxima subjetividad con que amuebla su biblioteca, tanta que, respecto de la novela de Kurtz, aclara con desenfado que respeta a los críticos pero que “también yo tengo mis opiniones y no pediré perdón por incluir <em>Duermen bajo las aguas</em>”.</p><p>Cada libro tiene su propio código de aproximación. También este de Cervera, quien, cálido y conversacional, con reiteradas apelaciones al lector, no alberga la pretensión de proponer un canon alternativo a la literatura del último medio siglo largo y no va de más listo que otros, que los críticos o los profesionales de la historia literaria. Lo dice con absoluta claridad. Su trabajo ha sido una “recuperación más sentimental que literaria”. De ahí la gracia y el encanto de <em>Algo personal</em>, un libro para asomarse al autor y a una época, para anotar muy certeras propuestas (subrayo, por ejemplo, Aldecoa, Avello, Max Aub o Gladkov) y para establecer con él un diálogo en no pocas ocasiones discrepante. A falta de un canon pretencioso o subversivo, Cervera se ha ceñido a ponerles nombre y páginas a los <em>50 principales</em> de una vida, la suya. El resultado se cifra en un canto estimulante y fervoroso a la literatura y a la lectura, al valor de las letras para diseñar la arquitectura espiritual de las personas.</p><p>¿Elecciones caprichosas las de Alfons Cervera? Algo sí, pero no arbitrarias. Este tentador libro sobre libros se subordina todo él a una meta unitaria: “poder desvelar en los libros que me gustan no las abrumadoras estrategias para cambiar el mundo sino ese misterio que es la fragilidad de la vida humana en la gran literatura”. Esta empresa responde tanto a una ética como a un acto de fe.</p><p>_____</p><p><strong>Santos Sanz Villanueva</strong> es crítico literario y catedrático de Literatura española de la Universidad Complutense de Madrid.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Apr 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Santos Sanz Villanueva]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Los '50 principales' de Alfons Cervera]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Libros]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Balance generacional del 68]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/balance-generacional-68_1_1194200.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3d155679-fd5f-4b07-bea0-053a6d123aa5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Balance generacional del 68"></p><p><strong>La escapada</strong></p><p><strong>Gonzalo Hidalgo Bayal</strong></p><p><strong>Tusquets</strong></p><p><strong>Barcelona</strong></p><p><strong>2019</strong></p><p>La superproducción editorial de nuestro país nos obliga incluso a quienes seguimos sus letras al día a postergar nuevas obras de autores acreditados. Tal me ha sucedido con <a href="https://www.planetadelibros.com/libro-la-escapada/289390" target="_blank">La escapada</a>, de <strong>Gonzalo Hidalgo Bayal</strong>, y eso que el libro tiene el aliciente añadido de inscribirse en el amplio censo de ficciones centradas en un aspecto relevante de nuestro pasado cercano, el análisis crítico de la generación del 68. Los escritores de este grupo, al que pertenece el autor cacereño, nacidos entre muy finales de la guerra y mediados del pasado medio siglo, han sido propicios a revisar la experiencia vital de su promoción. Lo han hecho —y seguro que no agoto la nómina— <strong>Manuel Vázquez Montalbán, Rafael Chirbes, Esther Tusquets</strong>, ya fallecidos, <strong>José María Merino, Vicente Molina Foix, Félix de Azúa, Mariano Antolín Rato, Ana Puértolas</strong> o más recientemente, persistiendo en dicha significativa meditación, <strong>José María Conget</strong>.</p><p>De las novelas de estos escritores se desprende, sin parar en detalles ni atender a necesarios matices, la lección del desaliento y del fracaso, de no haber remontado hasta las cimas ideales de libertad y cambio —en la política, en el sexo, en la cultura— que buscaban en la edad joven. Y al considerar con mirada retrospectiva las antiguas ambiciones suelen cargar las tintas en los malos derroteros que tomaron las urgencias políticas ilusionantes del ocaso franquista.</p><p>A una conclusión negativa parecida llega Hidalgo Bayal en <em>La escapada</em>, pero se diferencia de esos relatos de revisión generacional por un factor básico. En lugar de centrarse en lo público, en la situación colectiva, en el activismo ideológico contra la dictadura o en los aires modernizadores de la sociedad y de la misma literatura (recuérdese que fue la promoción que defendía el formalismo y cultivó los experimentos radicales: el <strong>Julián Ríos</strong> de <em>Larva</em> o el <strong>J Leyva</strong> de <em>Heautontimorumenos</em>), se enroca en la dimensión privada de los universitarios de hacia 1975. Solo una vez, y de refilón, aparece en su novela un elemento tan característico del paisaje urbano-estudiantil de aquellos años como las cargas de los <em>grises</em>.</p><p>Hidalgo recrea en <em>La escapada</em> la vida cotidiana de los alumnos de filología de la Complutense con detallismo casi costumbrista galvanizado con altas dosis de culturalismo. La estampa de época no constituye, sin embargo, un fin en sí misma. Nada más busca mostrar el humus donde fraguó una educación sentimental y en el que crecieron las semillas que germinaron las flores del desaliento, el conformismo y, en última instancia, de la derrota. Que en la conclusión de la novela superan el valor de marcas generacionales e históricas y se convierten en fenómenos atemporales. Haciendo buena la doctrina del autor-narrador expuesta en el libro, la novela va de lo particular a lo general, de unos casos concretos a un diagnóstico de la condición humana.</p><p>Los casos específicos son los del propio autor que aparece como tal en la novela y el de un compañero de "filologías", alias <em>Foneto</em>. Con los habituales tics de la llamada autoficción, Hidalgo Bayal condensa su biografía —licenciatura, docencia de literatura en enseñanza media y jubilación—, se refiere a su propia obra, en la que, señala, ya ha hablado en otras ocasiones del tal camarada, y agrega interesantes opiniones sobre el género novelesco, la literatura y el cine. Un encuentro casual con el condiscípulo a quien había perdido de vista hace cuarenta años propicia una larga jornada de evocaciones durante la cual, al hilo de tapeos y paseos madrileños, se reconstruyen ambas vidas, sobre todo la del condiscípulo.</p><p>De resultas de las intermitentes charlas sale una completa etopeya de Foneto, muy singular personaje. Tipo extraño, libre, despierto y exigente, renunció a cualquier proyecto profesional relacionado con sus habilidades lingüísticas que refleja el apodo y vino a dar en quiosquero de prensa perpetuo. Consumó así el "síndrome de Segismundo" que le amagaba desde la infancia. Con esta feliz etiqueta define Hidalgo la inclinación radical de Foneto a la soledad, rasgo medular de su carácter que se constituye en el objetivo temático de la novela. El quiosco y la ralentizada actividad del quiosquero durante tediosas jornadas se convierten en la base real, material y visual, de una metáfora del aislamiento. Y, a la vez, el carácter genérico de un asunto abstracto tiene el contrapeso de preocupante actualidad —reforzada por el dato exacto del encuentro, diciembre de 2017, vísperas de Navidad— de la decadencia de la prensa impresa y la amenaza sobre esos puestos callejeros que la airean ("tienen los días contados", se profetiza).</p><p><em>La escapada</em> recoge un bucle ensortijado de emociones y sentimientos: soledad, abatimiento, melancolía, elegía, desilusión, ataraxia, fracaso, conformismo lúcido, aceptación senequista del destino, insignificancia existencial... Una mirada cálida y comprensiva sobre nuestra especie, sin ampulosidades dostoieveskianas y con pinceladas humorísticas, atempera el mensaje triste y pesimista de esta novela de arqueo generacional emotiva, ligera e intensa, amena y profunda.</p><p>_____</p><p><strong>Santos Sanz Villanueva</strong> es crítico literario y catedrático de Literatura española de la Universidad Complutense de Madrid.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Feb 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Santos Sanz Villanueva]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Balance generacional del 68]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Los diablos azules número 222]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El ácido retrato contemporáneo de Raquel Taranilla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/acido-retrato-contemporaneo-raquel-taranilla_1_1185700.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4f9ae1b0-f28f-4aec-b6a7-81a5392e363b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El ácido retrato contemporáneo de Raquel Taranilla"></p><p>Como dice el refrán, el que avisa no es traidor. La advertencia la pone <strong>Raquel Taranilla</strong> en la primerísima primera página de <em>Noche y océano:</em> "Haremos que Tristam conjugue de esta manera todas y cada una de las palabras del diccionario: hacia adelante y hacia atrás; —ya ve usted, Yorick, que, de este modo, cada palabra queda convertida en una tesis o en una hipótesis; —cada tesis o hipótesis engendra una verdadera prole de proposiciones; —y cada proposición tiene sus propias consecuencias y conclusiones, cada una de las cuales, a su vez, conduce a la mente hacia otras sendas, llenas de nuevas dudas y pesquisas". Esta cita de <strong>Laurence Sterne </strong>no es un delantal culturalista, previsible en una novela abarrotada de culturalismo, sino la minutísima profesión de fe de la autora y el programa narrativo al que se atiene <em>Noche y océano </em>(Seix Barral, <a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2020/02/10/la_escritora_novel_raquel_taranilla_premio_biblioteca_breve_2020_103810_1026.html" target="_blank">Premio Biblioteca Breve 2020</a>). Cada palabra, situación o tesis del relato nos lleva a inesperadas sendas y el conjunto del libro se convierte en un complejo y arbitrario artificio de relaciones, en una enrevesada madeja de noticias y discursos, enredados cual ramillete de cerezas, o en un mosaico de especulaciones, o, en última y definitiva instancia, en un ejercicio de máxima libertad narrativa.</p><p>El caso es que, sin embargo, ese abigarramiento noticioso que tiene pinta de un tobagán especulativo se sostiene sobre una muy escueta trama anecdótica. El eje argumental reside en una historia bastante simple. Una profesora universitaria, Beatriz Silva, irónicamente especialista en sociología del ocio y del turismo, que vive en un destartalado caserón con jardín, se ve obligada a ceder parte de la vivienda a un cineasta, Quirós, amigo de su casera, quien tiene en marcha un documental sobre el clásico alemán del cine mudo <strong>F. W. Murnau</strong>. Un día conoce la noticia de que han robado el cráneo de Murnau y sospecha la complicidad en el hurto de su mitómano convecino. Quirós desaparece largas temporadas por motivos de su trabajo y Beatriz espera cada vez con mayor ansiedad su regreso y correspondientes estancias que propician enrevesadas conversaciones. Mientras, la mujer se ensimisma, se distancia cada vez más del mundo y en su cabeza bulle la idea de un apartamiento total de la vida encerrándose en un armario, al modo de las antiguas emparedadas. El final no ofrece un desenlace, u ofrece varios alternativos. Da igual. De tan sobrio enredo queda una historia de soledad, de fallidos intentos de Beatriz de salir de sí misma. La presencia de Quirós en la trastienda de la indecisa Bea permite calificar <em>Noche y océano</em> como una novela de amor.</p><p>En una primera impresión <em>Noche y océano</em> tiene un alto porcentaje de novela testimonial y crítica que podría sumarse a las muchas que en los últimos años han ido configurando un largo repertorio de relatos del precariado. En este caso, aporta la figura del precario universitario, el profesor sin claros derechos labores, con limitados horizontes profesionales, sometido a una tiránica burocracia académica y dependiente de señores feudales. A ello añade Taranilla <a href="https://www.infolibre.es/noticias/tintalibre/2020/04/19/raquel_taranilla_como_con_cancer_tambien_coronavirus_soy_105568_1042.html" target="_blank">una demoledora visión de la actividad científica universitaria</a> cuya exacta percepción de los hechos característicos procede de un buen conocimiento a través de la propia experiencia personal de la autora, quien la aprovecha a modo, aunque sin llegar al explícito autobiografismo ni caer en la autoficción de moda. El retrato del mundo universitario es implacable. En la realidad universitaria que recrea prevalece la rutina sobre la creatividad y el trabajo de investigación sucumbe a los inocuos <em>papers</em> necesarios para mantenerse vivo o escalar puestos en la carrera funcionarial. Prima la falta de imaginación, el tedio, la humillación, la competencia sin cuartel entre colegas… La estampa resulta corrosiva por el tratamiento satírico y burlesco que se aplica.</p><p>Esta carga testimonial y crítica con alto valor de denuncia supone solo, sin embargo, el contexto de una situación vital marcada por el desencanto y la frustración que se destila en el alambique de la cabeza. El libro de Taranilla es heredero de aquellas novelas de la vanguardia narrativa de los años sesenta que recluían la problemática de un personaje exasperado en el espacio de una mente torturada. Pero la autora les añade el estímulo de la cultura abrumadora y asfixiante en que se desenvuelve la protagonista. Esta vive en un caos de información y en un agobio de conocimiento. De ahí sale el monólogo de Beatriz, una locura de pensamientos y asociaciones que conducen a un desarreglo mental y al puro desquiciamiento. Pero esas percepciones están sometidas al gran recurso de una mirada satírica, desmitificadora, y el humor pone una barrera al miedo de Bea a sentirse perdida en un mundo ininteligible, algo absurdo y sin una dirección o finalidad claras.</p><p>Raquel Taranilla levanta el mundo complejo que le interesa con una voluntad constructiva de neta filiación vanguardista y aun con un prurito experimental. Una voz dominante, la de la protagonista, Bea, que apela a un destinatario —un "ustedes"— discurre desde su caverna mental como le viene en gana y enlaza la historia presente, la guadianesca relación con Quirós, con digresiones y ensayos. El discurso meándrico de la mujer facilita los saltos entre una miríada de referentes literarios, cinematográficos y teóricos que aborda con desparpajo. Cual si el discurso de Bea fuera un <em>paper</em> profesional, añade notas a pie de página que en alguna medida parodian ese hábito de la prosa académica. Y, además, complementan con desenfado el propio relato de la protagonista. Así ocurre con los reiterados apuntes de qué hizo o no hizo cierto personaje cuando alcanzó la edad de 32 años, la misma que tiene Beatriz en el momento desalentado de su discurso. En otros casos, en cambio, las notas son un capricho: así resulta en las muchas que, en la parte final, detallan donde está enterrado alguien. La broma indica ante todo el sentido lúdico de la literatura que infiltra la escritura de Taranillo y revela un modo de desarrollar la narración con absoluta libertad. Lo mismo suponen la incorporación de serios debates estéticos, las derivas especulativas, la variedad de argumentaciones incrustadas o la reproducción de un emoticono.</p><p>Aparte del entusiasmo por la forma innovadora y creativa que revela la arquitectura de <em>Noche y océano,</em> y las magníficas dotes que revela la autora en este empeño, la construcción anti convencional se justifica por el propósito de darle un aire novedoso a su asunto. Este no es otro que un ácido retrato de la situación de desamparo a que la sociedad contemporánea aboca a mucha gente. El humor no compensa el desaliento existencialista que inspira esta escritura inquietante. Con tales mimbres Raquel Taranilla ha confeccionado un robusto artefacto narrativo que es una de las primeras novelas más logradas y a la vez llenas de futuro que he leído en mucho tiempo. Y si no me contenta del todo es por un par de opinables razones. Una, porque la autora abusa algo de sus magníficas dotes para el manejo de lo especulativo. Tal abundancia de glosas y discursos resulta un punto excesiva, cansina y, al fin y a la postre, mecánica. Otra, porque en la parafernalia culturalista del argumento casi se le ha ido de las manos a Taranilla la hermosa relación entre Bea y Quirós. Esta emotiva historia debería haber dado mucho más de sí.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jul 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Santos Sanz Villanueva]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El ácido retrato contemporáneo de Raquel Taranilla]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[El paraíso en Lavapiés]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/paraiso-lavapies_1_1181796.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/879fe0ef-a96b-4139-89de-74344b2078af_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El paraíso en Lavapiés"></p><p><em>Tercer viernes de confinamiento por la crisis sanitaria provocada por el coronavirus. Para que no flaqueen las fuerzas, los colaboradores de Los diablos azules vuelven a proponer lecturas que sirvan de compañía durante la cuarentena. Aquí puedes leer todas las recomendaciones de este número y aquí, los contenidos de números anteriores. </em><a href="https://www.infolibre.es/tags/temas/los_diablos_azules_numero_182.html" target="_blank">Aquí</a><a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank">aquí</a></p><p>_____</p><p>Llevaba tiempo pensando en comentar una de las novelas más frescas y creativas entre mis lecturas del año pasado,<a href="http://edalibros.com/colecciones/120-hola-melon-el-grifo-del-rompeolas.html" target="_blank"> Hola, Melón (El grifo del Rompeolas),</a> del malagueño afincado en Madrid <strong>Cristóbal Ruiz</strong>. Estos días graves y raros que vivimos me impulsan a cumplir el retardado propósito porque en tiempos inquietantes resulta bien oportuno meterse en una fábula inventiva que trae algo de fiesta y de esperanza y elude el dramatismo dostoiveskiano y la trompetería apocalíptica.</p><p>No distorsionaría mucho la trama argumental de <em>Hola, Melón</em> (editorial EDA) si definiera su historia como un relato galdosiano aderezado con imaginería de Macondo y trazas de fanta ficción. O, si se quiere, emplazable entre <em>El Señor de los Anillos</em> y <em>La verbena de la Paloma</em>, como dice la cubierta. Cristóbal Ruiz enfoca el objetivo de su cámara en el barrio de Lavapiés. La cámara saltea con ritmo narrativo rápido instantáneas de la diversidad social de ese escenario madrileño: amplio censo de oficios menestrales, representantes de su paradigmática condición multicultural y multirracial, parados, okupas, yonquis, emigrantes de diversos países, grupos mafiosos, traficantes de drogas, niños pijos, policía que patrulla desde el aire con un espectral helicóptero… La película colectiva recoge también datos testimoniales: la corrupción política, la especulación, diversas instituciones, la actividad comercial, los medios de comunicación locales (un periódico ácrata y una emisora de radio subversiva a bordo de un coche)…</p><p>Todo ello se emplaza en un escenario de minutísima exactitud costumbrista, con detalles ciertos en los nombres abundantes del callejero real y de comercios reales. El efecto inevitable es un puzle urbano por donde discurren vidas azacanadas, menesterosas o abandonadas que llevan consigo temores, precariedades, rebeldía e ilusiones. Pero no es una historia inconexa de estampas sueltas sino que el autor las organiza en torno a unos pocos ejes vertebradores. Uno es un niño huérfano de terrible infancia ("mis padres me abandonaron en un contenedor de basura nada más nacer") y abrupto despertar a la vida ("El primer regalo de Reyes que pedí fue un gintónic"), apodado Melón, que mantiene una emocionante relación epistolar con un soldado español destinado en los Balcanes. Otro es la anunciada manifestación de protesta por la muerte del portero de una discoteca, emigrante cubano. Y uno tercero, tan importante que ocupa la ilustración de la cubierta del libro, el grifo del Rompeolas mencionado en el subtítulo. Se trata de un bar que sirve de lugar de encuentro a los personajes (con una función parecida a la del café de doña Rosa en <em>La colmena</em> de <strong>Cela</strong>) y en cuyo mostrador se alza como un icono el águila del grifo de cerveza de un metro largo de alto.</p><p><em>Hola, Melón</em> contiene un retrato dinámico de Lavapiés. Las vidas de sus habitantes se entrecruzan. Los personajes arrastran las inquietudes y problemas del vivir cotidiano. Sus acciones tienen un cariz fuertemente individual. Pero, a la vez, sirven de soporte a un retrato colectivo de carácter testimonial. Las penalidades del conjunto social alcanzan una gran fuerza. La novela en su conjunto tiene casi el aspecto de un reportaje periodístico de actualidad. Ahí están los resultados de la crisis financiera de 2008 en forma de privaciones materiales, en un precariado angustiante o en el problema de la vivienda. También queda constancia de otros rasgos sociales que afectan a la ética, como la discriminación racial o el menosprecio de los indigentes. Algún dato apunta con tono de denuncia a la ideología: las amenazas de la derecha municipal de suspender el periódico local por sus informaciones críticas.</p><p>Pero no sigue Cristóbal Ruiz un realismo fotográfico sino que su transcripción de la realidad tiene trazos deformantes, algo quevedescos, algo valleinclanianos y un tanto salidos del sueño y la duermevela. Y, sobre todo, toda la rica materia humana y anecdótica está filtrada por el humor. Algunos personajes resultan a propósito un tanto estrambóticos. Y algunas situaciones, cercanas al esperpento. Lavapiés se refleja en los espejos del Callejón del Gato. Las hipérboles toman el relevo a los hechos comunes. La historia novelesca global constituye una juguetona distorsión hiperbólica de la realidad corriente.</p><p>Todo ello le da a <em>Hola, Melón</em> una impronta creativa muy fuerte. El autor apuesta a fondo por el juego de la invención, pero no solo en el anecdotario. También lo hace en el lenguaje, de una extraordinaria riqueza coloquial y de una sintaxis sin rigideces académicas para buscar un máximo de expresividad que revelan infrecuentes cualidades de auténtico creador verbal.</p><p>En la nota preliminar de la novela Cristóbal Ruiz califica Lavapiés de "poderoso barrio embrujado". Existe sin duda una identificación vital, emocional, entre el autor y el escenario de su enloquecida y simpática obra. Ello resulta, a la postre, definitivo para calibrar su sentido. Se encuentran en Lavapiés violencias, dolores y miserias. Remite la novela, en alguna medida, al Madrid de <em>La lucha por la vida</em>. Pero al contrario que en el fresco barojiano, en <em>Hola, Melón</em> también hay alegría y toda su historia está impregnada de un radical vitalismo. No es Lavapiés una plaza fuerte de la dolorosa miseria contemporánea. Se nos muestra, en realidad, con la imagen poderosa de un reducto de libertad. Algo cercano al paraíso. Este canto a la libertad no supone evasión. Al revés, implica contribuir con un talante libertario a la protesta contra el mundo gris, opresivo y desigual que ha generado la sociedad actual.</p><p>_____</p><p><strong>Santos Sanz Villanueva</strong> es crítico literario y catedrático de Literatura española de la Universidad Complutense de Madrid.</p><p><em> #dts iframe {display:none!important;}   #dts #txt iframe, #dts .col8-f1 iframe {display:block!important;}  </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Apr 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Santos Sanz Villanueva]]></author>
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