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    <title><![CDATA[infoLibre - Oficio de impostores]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Oficio de impostores]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La culpa es del árbitro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/culpa-arbitro_129_2211706.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La culpa es del árbitro"></p><p><strong>“El gremio periodístico es el único que no es un gremio”</strong>. Lo decía un veterano profesor de la Universidad del País Vasco en los albores de los años 90. Quizá el nuestro sea uno de los pocos desempeños profesionales donde no cabe corporativismo, donde <strong>nunca se cierran filas porque nos fiamos los unos de los otros lo justo</strong>. Y no solo ni principalmente entre medios adversarios. <strong>Cada sección es una nación en permanente estado de preguerra contra las secciones vecinas dentro del mismo medio</strong>. Uno de los primeros compañeros de oficio que uno tuvo en un diario regional le informó de que no tratara de comprender las dinámicas de los <strong>periodistas deportivos</strong>: <strong>“Son un periódico dentro del periódico”</strong>. En muchos sentidos, puede aplicarse a cualquier otra sección, cada una convencida de ser la única que cuenta lo verdaderamente relevante para la comunidad humana —da igual que se trate de política, cultura, economía, ciencia, internacional, sociedad o deportes— y condescendiente con la pretensión de importancia de todas las demás.</p><p>Pero, de todas ellas, quizá, como decía el compañero, la más aislada, también por desempeñarse en jornadas y horarios particulares, sea la de deportes. <strong>Su forma de hacer</strong> —de hacer el fútbol, quiere decirse, que es la tarea que ocupa nueve de cada diez de sus contenidos—, marcada por la adhesión a colores y a menudo una pasión de hincha que desmerece la supuesta ecuanimidad del periodismo, <strong>nunca ha sido particularmente respetada por el resto de secciones</strong>, a las que también mueven los celos —para qué negarlo— por la atención popular que reciben los periodistas deportivos. </p><p>Y sin embargo, quizá deberíamos tomar en cuenta alguna de las características, o incluso vicios, que exhiben en su tarea. Por ejemplo, <strong>el excepcional protagonismo que dan a quien no debería tenerlo, el árbitro, al que nunca dudan en responsabilizar de los infortunios que acaecen a los colores que a cada cual mueven</strong> cuando alguna decisión arbitral se antoja determinante para el resultado. El juicio al juez es algo de lo que el periodismo político, el económico, el cultural o el internacional se mantiene alejado como de la peste. Y pensándolo con detenimiento quizá haga bien el <em>hooliaganismo</em> deportivo en poner la lupa sobre los titulares de la lupa. Porque, atendiendo al eslogan de uno de los cómics más famosos de todos los tiempos, <em>Watchmen</em>, de Alan Moore y Dave Gibbons, <strong>“¿quién vigila a los vigilantes?”</strong>.</p><p>El arriba firmante aún recuerda el estupor funcionarial del Ayuntamiento de Oviedo cuando comenzó a poner en pie la praxis de no esperar a que los grupos de oposición denunciaran las imaginativas modalidades contractuales que empleaba el equipo de gobierno para sortear la obligación de realizar concursos públicos, ampliar contratos o acortar los plazos de tramitación, sino que se compró una ley de contratos y una ley de bases, y se dedicó a leer los informes de los servicios de intervención municipales que daban por buenas las pintorescas prácticas de contratación de la Alcaldía. Esa forma de obrar permitía afirmar en los titulares que las modalidades contractuales de tal o cual expediente estaban fuera de lo que establecían la ley de contratos del Estado o la ley de bases de régimen local, sin esperar a que lo denunciara la oposición tras el estudio del expediente. No gustaba al equipo de gobierno, en aquel caso el PP, pero tampoco gustaba a la oposición, claro, porque les hurtaba la posibilidad de hacerse valer después en los titulares, como “IU critica…” o “El PSOE denuncia…”. </p><p>En aquellos tiempos, un veterano del tinglado protestaba amargamente porque los verbos enunciativos copaban el 90% de cualquier publicación. “Anuncia, sostiene, denuncia, critica, asegura, propone, afirma, cuestiona…”. <strong>Las secciones enteras de política local, autonómica y nacional eran —y en buena medida siguen siendo— alguien hablando de algo con convencimiento pleno</strong>, y el periodista se acomodaba a la mera transcripción del relato eufónico, en el mejor de los casos abriendo comillas. La lectura íntegra de los expedientes que iban a comisión fue la forma que uno encontró para tratar de hurtarse a la condición de emisario de conclusiones ajenas. </p><p>Si bien, como decía, aquello no gustaba a los grupos políticos, ni gobierno ni oposición, los que realmente andaban furiosos por los cafetines ovetenses eran los miembros del servicio de intervención municipal, un cuerpo de habilitación nacional —es decir, que el gobierno local no puede cesarlos ni trasladarlos—, acostumbrados a la invisibilidad, que no estaban preparados para que se diera a conocer el contenido de los informes en los que daban su plácet a extraños procedimientos de tramitación urgente, bendecían con su hisopo la habitual fragmentación de contratos con la que el gobierno municipal elegía a dedo al contratista y asentían ante ampliaciones y modificaciones de contratos que multiplicaban hasta por diez el precio de la adjudicación original. Compañeros de oficio y concejales de todo pelaje preguntaban al cronista por esta práctica inhabitual que tan pocos amigos hacía en las consistoriales, pero uno estaba convencido de que la tarea de unos altos funcionarios que tenían salarios muy superiores a los de los ediles y cuyo cometido era asegurar la legalidad de las tramitaciones bien podía ser expuesta para el juicio del respetable en una administración cuya tarea dio lugar a<strong> la primera manifestación “contra la corrupción” de la historia de España</strong>. </p><p>Los interventores eran pues los árbitros de la política de contratación municipal y, cual periodista deportivo, uno exponía con <em>super slow motion</em> su aplicación del reglamento —en este caso, la ley— a las más controvertidas obras de aquella administración local.</p><p>Es obvio que esta excentricidad juvenil no creó escuela ni allí ni en ninguna parte y, de hecho, en la política nacional, los árbitros —las altas magistraturas judiciales— no solo no son cuestionados sino que cuando se conducen con reglamentos inventados o retorcidos, lo más que se puede esperar del oficio es que los califique de “pintorescos” y juzgue sus patentes arbitrariedades como “singulares” o “excéntricas”.</p><p>Y el caso es que, en tanto poder informal de contraste —<strong>“cuarto poder” es el sintagma clásico para definir lo que hacemos los impostores</strong>— y llegados al caso de la crisis de la democracia liberal por el abrazo de las derechas del iliberalismo, cuando consta que los togados han cambiado gobiernos en América Latina (el caso brasileño es particularmente indecoroso) pero también en la Unión Europea (aquí al lado, Antonio Costa fue forzado a dejar el Gobierno luso por una arbitrariedad judicial), <strong>quizá sería deseable que el periodismo empezara a poner el grito en el cielo ante los penaltis inexistentes y los fueras de juego discutibles que siempre se inclinan hacia el equipo local para hinchar su marcador y garantizar su clasificación</strong>. </p><p>Y, levantando la vista, más allá del colegiado en cuestión, convendría cargar las tintas contra el Comité Arbitral de la Competición Profesional por los disparates que su labor está patrocinando. Y sí, hablamos del Consejo General del Poder Judicial.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 21 Jun 2026 17:25:59 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La culpa es del árbitro]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Periodismo,Periodistas,Opinión,Deportes,Fútbol]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Sobre lo raro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/raro_129_2208231.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sobre lo raro"></p><p>Los adagios, en un país refranero como el nuestro, han aportado al pueblo sabiduría y bobadas a partes iguales. Y los apotegmas sobre un oficio tan poco reglado y tan contingente como el que desempeñamos nosotros, los impostores, han hecho más mal que bien. Todavía hay veteranos de lo nuestro que subrayan que “noticia no es que un perro muerda a un hombre, sino que un hombre muerda a un perro”. Pues no, no es noticia que un hombre muerda a un perro, solo es raro. <strong>Esta banalidad ha hecho muchísimo daño a nuestro desempeño</strong> porque tras ella subyace el elogio de lo estrambótico, como si el periodismo fuera una colección de <em>reels</em> de Instagram con gatos que hacen saltos mortales, cocineros que mantienen en equilibrio una olla exprés sobre una cucharilla y chinos que quitan un mantel sin tirar los candelabros. Y sin embargo, el periodismo está concernido por el deber de hacer un <strong>retrato fidedigno del mundo</strong> que nos envuelve. Por eso, no debe enamorarse de lo raro sin más.</p><p>Lo raro, lo excepcional, lo extraordinario, puede ser noticia o no serlo en absoluto y el baremo para distinguir una cosa y la otra ha de ser la jerarquía de su trascendencia. Por ejemplo, hoy en Europa Occidental es casi un imposible que te maten, salvo si eres mujer y tu marido tiene armas y se ha retirado de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, en cuyo caso tus posibilidades suben incluso por encima de las que tiene de morir asesinada la amante cabaretera de un narcotraficante en una película de Brian de Palma. Por eso, siendo casi imposible, <strong>un asesinato es noticia siempre, porque en la modernidad una vida humana es el todo</strong> y la violación de este principio sagrado es una afrenta a la propia existencia de la civilización. Un hombre con seis dedos es igual de raro estadísticamente, pero no es noticia salvo para la revista de variedades mágicas conocida como la Nave del Misterio o para los programas de puro entretenimiento banal, que aunque son comunicación, como ya hemos explicado, no son periodismo. Salvo si eres Íñigo Montoya, claro, en cuyo caso el hombre de seis dedos debe tentarse la ropa.</p><p>Cuando algo que ocurre es un residuo estadístico, el lugar en que lo colocamos en la jerarquía de la comunicación lanza un discurso sobre el mundo. Por ejemplo, <strong>desde el punto de vista estadístico, no existe la ocupación</strong>. Y sabemos que, cuando se da, nunca se da en casas con habitantes —si así fuera, sería allanamiento, no ocupación, y la policía desalojaría de inmediato— sino en casas cerradas de promociones fracasadas. El hecho, además de raro, es completamente irrelevante, pues no causa otro daño que vulnerar el amor propio (ni siquiera la cuenta de resultados) de un banco o de un fondo de inversión. En la época más próspera y segura de la humanidad y la región más rica y segura del planeta (dos obviedades que no se recuerdan lo suficiente), ocupar un piso cerrado, mientras la especulación revienta el mercado inmobiliario, podría ser hasta un deber cívico. Un desahucio, en cambio, amén de que es mucho más común estadísticamente que una ocupación, es la <strong>vulneración de derechos de una persona o una familia y es un escándalo absoluto</strong> que ocurra en Europa Occidental –repito: porque esta es “la época más próspera y segura de la humanidad en la región más rica y segura del planeta” —, pero ocurre. Y debe ser noticia porque no puede ocurrir. No debe ocurrir, que no somos Yemen del Sur.</p><p>[Hagamos un excursus sobre este asunto: ¿Por qué los medios prestan cobertura a casos reales o supuestos de ocupación si son, a efectos estadísticos, irrelevantes y, a efectos sociales, banales? La ultraderecha sabemos por qué lo hace, porque vive del miedo y de la satanización del vulnerable. Pero, ¿y los medios? Pues por la <strong>publicidad de las empresas de seguridad</strong>. Fíjense en que hoy los seguros de hogar incluyen una cobertura antiocupación. Ofrecer un servicio contra una eventualidad imposible es el gran negocio de un sector, el de los seguros, que vive solo y siempre de la sensación de inseguridad. Es cobrar por nada, y eso, sabemos por Adam Smith, es el mejor negocio del mundo. Repasemos: el sector de los seguros (pagar por miedo) tiene que salir adelante en… (exacto) “la época más próspera y segura de la humanidad en la región más rica y segura del planeta”. Es decir, <strong>es un negocio cuyo beneficio depende exclusivamente de que usted tenga la sensación de que todo en su vida es precario, frágil y está amenazado</strong>, pero se desempeña en una época y en un territorio donde todo es seguro y próspero, luego tiene que inducir la impresión de que no es así o entrará en bancarrota. ¿Por qué? Porque, queridos, su verdadero seguro es el Estado, lo que hace que ustedes puedan volver tarde a casa o dejarse las llaves puestas es la civilización (la policía, la iluminación de las calles, la cultura woke…), no los seguros. Es tan simple que casi da pudor decirlo: <strong>los seguros de salud requieren un desmantelamiento previo de la sanidad pública</strong>, porque usted no pagará si no se siente desasistido y vulnerable. Si tu negocio es la incertidumbre en la época de mayor certidumbre, necesitas inventarte miedos o fabricarlos].</p><p>Tomar el residuo estadístico y publicitarlo de forma alarmista no es más que hacer el caldo gordo al negocio de terceros. Pero es inmoral. Alguien podría haber recopilado casos de familias humildes desahuciadas por prestamistas judíos en el Berlín de los años treinta, porque no cabe duda de que esos casos existirían, dada la actividad financiera y a veces usurera de los financieros hebreos. Seguro que las grandes ciudades europeas estaban llenas de Ebenezer Scrooge en la primera mitad del siglo, pero el villano de Dickens no era miembro de una minoría étnica sobre la que verter odio, así que señalarlo no sería operativo. Sin embargo, publicar ese catálogo de desahucios, por más escasos que fueran, en esos años, entre guetos y pogromos contra los judíos, <strong>tiene</strong> <strong>concretísimas y deliberadas intenciones morales y políticas</strong>. Intenciones nazis, por ser más concreto. ¿Y serían mentira esos casos? Seguro que no. Por eso el periodismo no acaba ni empieza en que algo sea cierto o falso, o raro y llamativo como un hombre mordiendo a un perro, sino en la jerarquía y el contexto de los sucedidos.</p><p><strong>Pueden aplicar el caso a los migrantes que delinquen</strong>, otro hecho estadísticamente despreciable, o a lo que se les antoje, porque el modelo de convertir al hombre mordedor de perros en noticia siempre es útil y siempre es elocuente.</p><p>Uno puede publicar un libro sobre mujeres en proceso de divorcio que aprovechan la cobertura de las leyes contra la violencia machista para negociar desde una mejor posición las condiciones de la separación. <strong>Son un residuo estadístico, pero eso no convierte esos casos en falsos</strong>. Pero si lo hace en mitad de una masacre constante de mujeres asesinadas por plantar cara a la dominación milenaria de sus maridos, lo que está haciendo no es defender al vulnerable sino coger la anomalía estadística, lo irrelevante e improbable —como una empresa de seguros en un mundo seguro— y usarla para potenciar un negocio y una agenda políticos muy concretos. Y muy transparentes. </p><p>Así que lo raro no siempre es noticia. <strong>La sinvergonzonería, sí</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 14 Jun 2026 17:25:32 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <title><![CDATA[Siempre es lupus]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/lupus_129_2204558.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Siempre es lupus"></p><p>El nuestro, bien ejercido, es oficio de diletantismo. En términos ideales, un periodista ha de ser alguien que cultiva o se interesa “como aficionado y no como profesional” (en definición de la RAE) por todas las artes y por todos los oficios, extendiendo sus precarios saberes en todas direcciones. Hay que saber de ingeniería, geología y clima para hacer una crónica sobre lo que le pasa a la red de alta velocidad, sin ser ingeniero, geólogo ni climatólogo, y <strong>saber de derecho procesal para seguir las extraordinarias aventuras de Díez y Balas</strong>, sin ser profesor universitario del ramo. Y estos saberes deben ser acumulados, porque la especialización, como siempre insistimos desde aquí, conduce a una concentración en el detalle que tiende hacer de la materia —sea la tectónica de placas o la ley de enjuiciamiento criminal— el factor que todo lo explica. <strong>Por eso la dispersión es la única forma de dar con un diagnóstico correcto</strong>.</p><p>El modelo, siempre hablando en términos ideales, es el conocimiento del doctor House (Hugh Laurie, en la serie homónima) quien, aunque se ha dicho poco, no era un especialista en infecciosas, oncología, alergología, traumatología, urología, ginecología o traumatología, era más bien como el médico del pueblo, al que nada le era ajeno, de un uñero a una tromboflebitis. Como decía la farsa de Carlos Faemino, riéndose de los especialistas: “Y te dice el doctó: yo solo pulmón y corazón, pulmón y corazón. ¡¡¿Y el otro pulmón qué?!! ¡Estudia medicina general, coñiiiio!”. Pues esa caricatura, esa combinación de conocimientos someros pero solventes sobre todas las cosas combinada con una intuición puntiaguda era la virtud de nuestro querido Gregory House, y ese debería ser el propósito del oficio. Y a veces lo es.</p><p>Vimos la semana pasada que <strong>las cosas se entienden mejor a la que uno abre el plano</strong>, en el mes del juicio de la<strong> Kitchen </strong>—el más grave escándalo político desde el GAL y hasta que se juzgue a Montoro por esa presunta tómbola de leyes para multinacionales que el juez cree que se traía entre manos—, viendo a los aledaños de los que han sido encausados por haber montado una organización criminal dentro del ministerio del Interior tan entusiasmados por reclamar nuestra atención con grandes aspavientos para los quehaceres de José Luis Rodríguez Zapatero, Leire Díez, David Sánchez o Begoña Gómez. Solo esa sincronía ya debería obligar al respetable a enarcar una ceja.</p><p>Sabemos que los lugares comunes y la costumbre son como surcos en el suelo que hacen que toda lluvia venidera se conduzca a su través, y<strong> los periodistas somos especialmente vulnerables a esos hábitos</strong>. Uno de los tópicos más obvios, exitosos y reafirmados cada semana es el futbolerismo Madrid-Barça con el que interpretamos la política de esta democracia de partidos, una pasión por los colores que acaba conduciendo todo evento a la acequia de <strong>la pugna PSOE-PP</strong>. En el caso — los casos— que nos ocupa, esta inclinación es muy poco útil porque resta trascendencia a lo que de verdad está pasando, que es gravísimo, que viene ocurriendo desde hace tiempo y que hoy pone en riesgo la viabilidad democrática del país. Que no es una bacteria socialista de las instituciones ni un cáncer popular en las fuerzas del orden. Esos serían los diagnósticos del especialista en infectocontagiosas y el oncólogo, respectivamente<strong>. House sabría lo que pasa. Y sí, como siempre, es lupus, es enfermedad autoinmune en la que el cuerpo quiere matar al cuerpo</strong>.</p><p>Porque las instituciones —las fuerzas y cuerpos de seguridad, la fiscalía, la judicatura…— no están para preservar la viabilidad del Estado sino para defender la democracia y sus reglas. Un frívolo diría que es lo mismo, pero Estado hemos tenido durante más medio milenio —con todo su boato, sus papeles y sus archiperres— y resulta que la democracia hizo pie por aquí cuando el arribafirmante estaba a punto de entrar en la pubertad.</p><p>Esa tensión de prevalencia del Estado sobre la ley democrática se transparentó ya en todo lo que ocurrió alrededor del 1 de octubre de 2017 en Catalunya. El catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Pompeu Fabra Enric Fossas Espadaler dijo entonces que “<strong>al derecho constitucional no se le puede pedir que solucione un gran problema político para el cual no está hecho </strong>(…) El derecho ha mostrado sus limitaciones para hacer frente a un desafío lanzado desde los poderes públicos al ordenamiento constitucional”. Instituciones del Estado contra el Estado, eso fue el procés. Tanta razón tenía el catedrático que la persecución del independentismo sacó al Tribunal Supremo de los raíles del derecho constitucional, en un proceso de descarrilamiento muy imaginativo —aunque no muy brillante— en el que hubo que tricotar ganchillo jurídico para encajar los comportamientos de la Generalitat en algún tipo penal. Sin un éxito claro.</p><p>Podríamos seguir relatando momentazos de la creatividad de las instituciones para soliviantar el derecho democrático —para los anales quedará aquel canutazo del entonces presidente de la Sala Segunda, Carlos Lesmes, en la soleada plaza de la Villa de París, explicando a los medios por qué el dictamen de la justicia europea que anulaba las cláusulas suelo y obligaba a devolver lo estafado no tendría una aplicación efectiva en nuestro país de desdentados—, pero <strong>el caso es que la punta de ese iceberg, que ya había aflorado años ha cuando Interior dio cobijo a un grupito de policías cejijuntos y bastante fascistillas</strong>, encabezados por Amedo y Domínguez, para que acabaran con ETA por la vía del “<em>mecagoenmimanto</em>”, es inequívocamente la <em>Kitchen</em>, ese llenapistas, que diría el maestro Guillem Martínez, consistente en disfrazar a un propio de cura y secuestrar a la mujer del contable de Al Capone antes de que entregue sus libros a Elliot Ness. (Quizá haya mezclado dos películas aquí, pero es que escribo esta pieza los viernes, con la urgencia rumbera que ello implica).</p><p>No,<strong> no asistimos a la pugna del PP para desbancar al PSOE</strong>, y si en el puente de mando del PP creen que eso es lo que ocurre, necesitan analistas mejores. O analistas, a secas. Lo que están presenciando ustedes es una guerra devastadora y sangrienta dentro del Estado. <strong>Es el Estado contra el Estado</strong>. Repasen: el Consejo General del Poder Judicial exigiendo al letrado mayor del Congreso conocer un proyecto de ley que estaba colgado en la web, el Supremo amenazando a la presidencia del Congreso por carta para que ejecutara la sentencia contra Alberto Rodríguez —esos son los escritos cuya lectura, una exquisitez, debería recomendar el expresidente de la Sala Segunda, <strong>Manuel Marchena</strong>, a sus atentos alumnos en las conferencias—, la UCO del teniente coronel Balas registrando la dirección general de su propio instituto armado, policías grabando a policías, los controles de seguridad del ministerio del Interior dejando pasar por esos arcos, que filtran hasta un cortaúñas, sobres con balas a los despachos de ministros o de la dirección de la Guardia Civil, el Supremo y la fiscalía de Madrid llevándose por delante al fiscal general del Estado… Está por todas partes: es una guerra del Estado contra el Estado. Y siendo más concretos, del Estado Centenario contra el Estado Democrático.</p><p><strong>El ejército, los fiscales, la policía, los jueces… componen el sistema inmune del cuerpo democrático para defenderlo de patógenos que supongan un riesgo para é</strong>l. Grupos terroristas, crimen organizado, corrupción empresarial, agentes financieros extranjeros… Pero, a veces, el sistema inmune se revuelve contra el propio cuerpo. Saben bien los especialistas en trasplantes, que el sistema inmune puede considerar ajeno al órgano trasplantado y atacarlo con furia. Y si no se lo mete en vereda con medicación antirrechazo, matará al paciente.</p><p>La democracia fue un trasplante en este centenario Estado y durante un par de décadas la política se preocupó de administrar buenas dosis de fármacos antirrechazo que debilitaran la acción del sistema inmunológico. Pero<strong> han pasado muchos años y hoy los leucocitos están desatados devorando hígado, pulmones y cerebro</strong>, mientras se hacen tatuajes con la cruz gamada.</p><p>Leire Díez es el dedo y Antonio Balas es la luna. Al doctor House no se le habría escapado.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 07 Jun 2026 17:26:38 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Política,Leire Díez,PSOE,Pedro Sánchez]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Une los puntos y colorea]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/une-puntos-colorea_129_2201006.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Une los puntos y colorea"></p><p><strong>Una crónica se parece a un auto judicial</strong>. Consiste en dar coherencia a los hechos en un hilo de sentido. Como en la instrucción judicial, hay que dar contexto y establecer un flujo de hechos, pues todo discurso es curso. Y hay que encontrar el hilván que pespuntea trapos, personajes y arcos narrativos. Por eso, <strong>todo auto judicial exige conocimientos en determinadas materias</strong>. Por supuesto, en Derecho. Quizá el lector piensa que esta primera precisión es una obviedad, pero el infortunio de la realidad quiere que tengamos que detenernos en lo más básico para avanzar sobre alguna base sólida. </p><p>Conviene detenerse aquí porque, <strong>toda vez están siendo los jueces los que nos inviten a vivir en una realidad alternativa que desacredite a la política</strong> –y a la realidad, como pudimos ver con las condenas a Alberto Rodríguez y Álvaro García Ortiz–, es aconsejable fijar algunos conceptos. Por ejemplo, como cualquier profesor de Derecho Penal o Procesal sabe, <strong>una denuncia no se admite a trámite por el mero hecho de que quien la presente tenga dedos oponibles y no use pañales</strong>. Ni siquiera es suficiente con revisar que no contenga errores formales. No. En la admisión a trámite el juez de turno debe dictaminar si los hechos denunciados —averiguar si son ciertos no es cometido de ese momento procesal— son constitutivos de delito. Es decir, si hay un tipo penal que describe ese comportamiento denunciado. Si los hechos —sean ciertos o no— no encajan en algún tipo penal específico, la admisión a trámite es una arbitrariedad, una cagada o una prevaricación. Oh, sorpresa. Dicho de otro modo, Abogados Cristianos y Manos Limpias existen porque a veces nadie mira.</p><p>Pero no basta con tener conocimientos en Derecho, <strong>se requiere dominio del léxico</strong> —no es lo mismo “maliciar” que “inferir”—, <strong>de la sintaxis</strong> —estaría bien distinguir sujeto de objeto, porque si dices que los malotes quieren conseguir que Zapatero les haga de contacto, el expresidente es objeto de la acción y no sujeto—,<strong> de la ortografía</strong> —esas comas entre sujeto y verbo hacen llorar a los niños de África y cuando Dios las lee, estrangula un gatito— <strong>y de lógica elemental</strong>. El flujo de los acontecimientos, el caudal de lo real, tiene que ser consecuente: los hechos consecutivos pueden tener una relación de causalidad pero a lo mejor no, y <strong>conviene que el </strong><em><strong>Une los puntos y colorea </strong></em><strong>tenga todos los números bien ordenados, no sea que el dibujo resultante en lugar de ser una ceja circunfleja sea un tricornio</strong>, no sé si me explico.</p><p>Leyendo el auto que le va a amargar la existencia a <strong>José Luis Rodríguez Zapatero</strong>, el arriba firmante creyó que se había comido un folio cuando, tras leer decenas de entrecomillados de la alegre pandilla de bandoleros que al parecer andaban intentando afanar el crédito extraordinario del Estado a la compañía Plus Ultra, en un punto y aparte arranca asegurando que <strong>la “cadena de correos” dictamina que el expresidente organizó y lideró un grupo criminal</strong>. Semejante chimpún llevó al cronista a releer todo lo anterior dos veces convencido de que se había saltado un folio o dos, o bien que el togado redactor se había comido algún párrafo. Pero no, era todo. Así las cosas, de momento no se describe ningún hecho específico del expresidente que se ajuste a un tipo ilícito. El derecho Penal es muy cuco y exige probar que alguien concreto ha hecho algo específico —se puede decir “solo o en compañía de otros”, pero no se debería decir <strong>“lo hizo él o a lo mejor lo hizo otro”</strong> en una sentencia condenatoria, como escribió la Sala Segunda del Supremo en su fallo contra Álvaro García Ortiz—. En clases de cine te previenen contra los saltos de eje y en las escuelas de escritura, contra los giros de guion gratuitos y los <em>deus ex machina</em> que sacan al escritor del atolladero en el que él solo se metió merced a una arbitrariedad. Y también te avisan de los riesgos de rellenar carencias con voz en off o con un personaje que resume explícitamente la trama cuando no sabes cómo contar algo. ¿Oíste, Christopher Nolan?</p><p>Una cadena lógica y consecuente es coser el <em>caso Kitchen</em> y el apoteósico juicio oral al que estamos asistiendo a los acontecimientos que lo envuelven. Los cronistas de este oficio impostor estas cosas las llevamos en el ADN y nos salen solas con relativa fluidez. Por ejemplo, por la <em>Operación Catalunya</em> y el secuestro-sainete en casa de<strong> Luis Bárcenas</strong> sabemos bien que en el ministerio del Interior y en los servicios de información de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado hay gente que ha estado delinquiendo cual si fueran una Stasi garbancera. Y, si nos remontamos dos pares de décadas, sabemos que no es la primera vez.</p><p>Del alcance de ese carcinoma institucional solo sabemos hasta dónde llega por las operaciones en que metieron la pata, como las citadas o la persecución uniformada y togada a Unidas Podemos. El periodismo, cuando se practica con cierto rigor y no se amilana por la apabullante <em>doctrina del shock</em>, maneja en secuencias lógicas de onda larga el mar de fondo que dibuja el cuadro de los bastidores de lo que pasa en el país, pese al ruido ensordecedor de los registros e imputaciones que accionan las alarmas de la última hora y que pueden llevar a olvidar lo que dijo el inspector jefe del Cuerpo Nacional de Policía Manuel Morocho en sede judicial: que de él hacia arriba y hacia los lados, <strong>todo el mundo intentó por lo civil y por lo penal que soltara la presa y mirase para otra parte</strong>.</p><p>Así que, uniendo puntos según el orden natural de los numeritos, sabemos que las sucesivas persecuciones, espionajes y denuncias falsas contra Podemos, la <em>Operación Catalunya</em> y el sainete Bárcenas, como diría el juez Calama, “permiten afirmar la <strong>existencia de una estructura organizada y estable</strong>” en el ministerio del Interior y con eventuales ramificaciones en las alturas funcionariales de la carrera judicial y fiscal. Las dimensiones reales del problema —hasta dónde llega la madriguera de conejo— las desconocemos por la lógica obvia de que solo salen a la luz las actividades de los delincuentes cuando sus operaciones fracasan. Por eso, pese a que el moralismo catequista que habita en nosotros siempre nos tienta a indagar hacia arriba —si María Dolores de Cospedal, Mariano Rajoy u otros gerifaltes del PP estaban en el ajo—, lo que de verdad debe inquietar a la ciudadanía de una democracia liberal es hasta dónde había penetrado este hongo córdiceps hacia abajo. Es decir, <strong>cuál es la dimensión y afectación real de la tumoración</strong>. </p><p>De lo que se barrunta y se comenta del <em>caso Leire Díez</em>, podemos sospechar que en el PSOE o en sus alrededores estaban convencidos de que <strong>había metástasis y que esta alcanzaba a órganos vitales de la judicatura y la fiscalía</strong>, y —según malicia el juez Santiago Pedraz— se puso en marcha una operación ilícita y defectuosa de expurgo de funcionarios pochos a partir de material comprometedor que afectaría a destacados integrantes de esos cuerpos.</p><p>Que la semana en que los pesos pesados de la <em>Kitchen</em> pasan por la Audiencia Nacional a explicar, si es caso, “hasta dónde llega la madriguera de conejo” y el levantamiento del secreto del sumario del <em>caso Plus Ultra</em> nos dejó poco más o menos como estábamos, siguiendo el relato con apneas del auto del juez Calama, que esa misma semana, decía, se filtren unas fotos de unas joyas sin haberlas peritado, <strong>el </strong><em><strong>Pepe Gotera</strong></em><strong> de la instrucción judicial </strong>amenace con esposar a la esposa del presidente y la Unidad Central Operativa llame a las puertas del partido del gobierno y de la dirección general de la Guardia Civil —considerando que al frente del operativo está un teniente coronel al que se supone que amenazaba Díez (“sola o en compañía de otros”) con su <em>kompromat</em>—, bonito no hace. </p><p>Y para pintar este paisaje, a diferencia de la literatura jurídica de estos tiempos, no hace falta ir a preguntar a la embajada estadounidense o la Nave del Misterio si Henry Kissinger sigue vivo ni si el chupacabras se está comiendo el ganado. </p><p>El periodismo, como ven, no es Francisco de Goya. Solo une los puntos y colorea.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 May 2026 17:25:49 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Une los puntos y colorea]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Justicia,Periodismo,Política,Opinión]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Yo no soy “usted”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/no_129_2197518.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Yo no soy “usted”"></p><p>Don Fernando, don José, don Paco y don Manuel. Los dones del pueblo en el que uno se raspó las rodillas con la grava eran médico, cura, profesor o boticario porque los demás teníamos apócope o alias. Esa es la España desdentada de la que venimos, un país que aprendió servilismo temiendo a los dementores que paseaban en pareja y con tricornio y capa por los caminos carreteros de todo el país y cuyos arbitrarios podían cambiar vidas y —de esto iba todo— haciendas. Fuimos un país reverente a palos y algunos de esos viejos avíos de menesterosos obedientes afloran de nuevo al tratar a los oligarcas que quieren matar animales y a los que los guardeses —siempre hay un tío Tom entre los plebeyos esperando una palmadita en la cabeza— quieren pagar una alfombra roja de asfalto para que posen sus avioncitos y no tengan que mezclarse por el populacho en las autovías. Otros atavismos no vuelven porque nunca se fueron y el que atañe a este oficio indigente se explicita en su <strong>diferente trato con los poderes</strong>. </p><p>Sabemos que, convencionalmente, <strong>la democracia liberal se compone de tres poderes, un ejecutivo que gobierna, un legislativo que fija leyes y un judicial que las aplica</strong>. De los tres, atendiendo al diseño constitucional español, <strong>el segundo es el único que es encarnación directa de la única soberanía reconocida</strong>, la de los lugareños, y por tanto el dotado de las mayores dignidades. Con los tres poderes se las tiene cada día el cuarto, el nuestro, potente y desregulado, como ha de ser la<strong> acción civil en las sociedades liberales</strong>, pues estas se basan en el <strong>principio de la libertad por defecto</strong>. Ese dogma se expresa en el aforismo que señala que “todo aquello que no está expresamente prohibido está permitido”. </p><p>Y sin embargo, los oficiantes no nos dirigimos en los mismos términos a los distintos poderes. Tuteamos a los integrantes de la cúspide de la soberanía, los diputados y senadores, y bajamos la cerviz y tratamos con gasa y reverencia a la casta togada. El “respeto” al poder judicial es expresión institucional que obliga a los otros dos poderes, pero no está claro por qué demonios el cuarto hace suya la salmodia reverente desde una posición garbancera de tiralevitas.</p><p>“Yo no soy <em>usted</em>”. Un juez de la Audiencia Provincial de Oviedo reprendía así a un abogado que protestaba por las continuas interrupciones de la presidencia de la sala a su interrogatorio. “Perdón, <em>su señoría</em>”, se corrigió el letrado bajando la cabeza. El joven cronista que uno fue levantó la suya y escrutó los tres segundos de silencio que siguieron, en los que casi pudo oírse al defensor tragar saliva. Algunos plumillas nos miramos con la picardía con la que se cruzan muecas los niños cuando alguien menciona el pompis en el aula de primaria y la <em>seño</em> se enfada. En la comprensión aún juvenil del sistema democrático, que uno consideraba ya indiscutible en los 90, los goznes de aquel ceremonial timorato chirriaban con quejido extremo. </p><p>El protocolo señala que los diputados y senadores son también “señorías”, y así se dirige a ellos la presidencia de cada cámara, pero dudo que hayan oído a ustedes decir a un parlamentario “yo no soy <em>usted</em>” ante la pregunta de un periodista. Pero quede claro que, <strong>atendiendo al protocolo democrático, tan o más </strong><em><strong>señoría</strong></em><strong> es Oskar Matute que Manuel Marchena</strong>. El diablo, ya lo ven, está en los detalles. </p><p>En el desempeño cotidiano, los periodistas tratamos al ejecutivo y al legislativo con familiaridad correspondida y con inmisericordes epítetos cuando los creemos merecidos. En cambio, en las salas y pasillos del tercer poder, lo convenido es comportarse como pudibundos seminaristas en el palacio episcopal. <strong>Nunca una señoría se ha dejado tutear y los plebeyos periodistas jamás se han atrevido a darle al magistrado el trato que le dan al parlamentario o al ministro</strong>. Ni en vivo ni en tinta. Hay distancia y reverencia, que el cuerpo de jueces, con sus vetustas sotanas volanderas y sus cursis puños de encaje, cultivan con soberbia calculada y no poco gozo endógamo.</p><p>Hay un motivo histórico detrás de esta bochornosa anomalía. Jueces ha habido siempre. España es un Estado complejo desde hace muchos siglos, con cuerpos administrativos y altos funcionarios, pero es una democracia desde anteayer. Diputados electos no ha habido tantas veces y apenas unos pocos ministros de los cientos que ha tenido el país han estado <strong>legitimados por el apoyo popular</strong>. Para mayor desgracia, el liberalismo político no ha tenido por estos lares capitanes ni tripulación desde aquella desgraciada captura en la playa de Málaga, habiendo presidido el debate del país la disputa entre las dos ramas del cristianismo, la pía de los reaccionarios y la igualitaria de los marxistas. A esa tradición estatalista, de castas oligárquicas y predemocráticas, obedece ese lenguaje retorcido que hoy trata de “politizado” todo lo que proceda de la expresión de la soberanía y en cambio <strong>exige “respeto” a todo cuerpo cuya raigambre histórica sea predemocrática y dinástica</strong> o tan sangrienta como la honda huella dejada por los tricornios en los pueblos de todo el país. </p><p>El ordenancismo latente en ese beato “respeto” a las fuerzas y cuerpos de seguridad o a las togas y sus mazas puede ser una expresión de modales, pero se trata, sin duda, de modales predemocráticos, un acatamiento de los humildes de su condición, pues el liberalismo democrático solo puede ser irreverente —en el sentido literal del término—, y repelente al fórceps del “orden”, antítesis del “ascensor social”. Porque uno se basa en la perpetuación apolillada de los talcos y el otro en la permeabilidad y el dinamismo de las sociedades modernas. El invocado “orden” con el que tanta gente de bien se llena la boca no es “ausencia de delito” —bien lo saben los lomos amoratados de esta atribulada península, cuyas calles y senderos jamás han sido más seguros y tranquilos que hoy— sino <strong>un exhorto de obediencia y devoción</strong>.</p><p>Viene esto a cuento del menudeo, en esta semana tremenda para la socialdemocracia española —que se ha atrevido a desafiar al unísono a la internacional reaccionaria y a la internacional sionista—, del apotegma <strong>“hay que respetar a la Justicia”</strong>. Hay un profundo amaneramiento mendicante en esta expresión que ustedes jamás habrán leído aplicada a cualesquiera de los otros dos poderes del Estado. Como los encomios que se hacen de “la profesionalidad de las fuerzas del orden” —que son profesionales tras siglos metiendo en vereda a los humildes es tan obvio como que en los últimos 15 años han sido ocupadas por sindicatos de raigambre fascista—, se expresa en esa pacatería el temor a que se vayan a enfadar y se cansen de la democracia, ya que preexisten a ella y <strong>aspiran en secreto a domesticarla o sobrevivirla</strong>, como alguna vez hemos dicho por aquí. </p><p>Es sintomático del estado de la cuestión que el periodismo de tribunales, ese al que no le está permitido tutear a <em>sus señorías</em>, ha dedicado la semana a subrayar que el juez Calama, que ha imputado al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero por lobista —se supone que a los multimillonarios Felipe González y José María Aznar, que llegaron a la política con una mano delante y otra detrás, no les llegará la camisa al cuerpo pensando en la jurisprudencia que pueda sentar el caso—, es “diferente”. Un juez “diferente”. Es decir, lo que nos han dicho los corresponsales en la plaza de la Villa de París —sin querer pronunciarlo en voz alta— es que el juez que va a instruir la causa contra el único expresidente cuyos ministros no acabaron perseguidos por corrupción no es como el juez Peinado, el juez Hurtado, el juez Escalonilla, el juez Marchena o el juez García-Castellón. Como ven, se puede decir muchísimo con muy poco.</p><p>Nuestro <strong>Jaime Miquel</strong> —lúcido frecuentador de estas páginas— bautizó, en su fundacional <em>La perestroika de Felipe VI </em>(2015, RBA Libros), este estado de cosas como <strong>“posfranquismo”</strong>, etapa intermedia en la que estábamos sumidos mientras tratábamos de convertirnos en una democracia plena. Miquel, militante de “el mandato de los paisanos”, detestaba “la España de los castillos”, la del “porque lo digo yo”, la del “usted no sabe con quién está hablando”, la del “se acabó la broma”, que es la que metió en la cárcel a los <em>procesistas</em> y saboteó el surgimiento de nuevas formaciones de izquierdas. Jaime Miquel no llegó a ver cómo la sala segunda del Supremo rompía el precinto de la desfachatez con la condena al fiscal general del Estado, aunque sí vivió con idéntica incredulidad que el arriba firmante el momento en que esa misma sala segunda hostigaba a la presidenta del Congreso de los Diputados para que retirase el acta al diputado canario Alberto Rodríguez, violentando la voluntad democrática de decenas de miles de ciudadanos del archipiélago. Decía <strong>Quique San Francisco</strong>, en la obra <em>La vida según San Francisco</em>, que<strong> “la guardia civil te puede parar por muchas cosas; por ejemplo, porque sí”</strong>, que es exactamente el motivo de la condena del parlamentario insular.</p><p>No, no existe ningún motivo para que se presuponga “el respeto a la Justicia” como no lo existía para tratar de “don” al boticario, que no es más que un dependiente de comercio especializado; un ferretero con estudios. Existe la obligación de acatar las sentencias —en tanto se recurren, si es el caso—, como uno ha de detener el coche cuando la Guardia Civil le da el alto, pero ninguna otra gabela nos alcanza. El respeto no es una condición a priori sino una gracia que se amerita. Y <strong>es potestad del pueblo soberano concederlo o no</strong>. </p><p><strong>El periodismo</strong>, seguramente el único oficio que vive bajo la obligación de la irreverencia y el escrutinio, <strong>no es un oficio de correveidiles consagrado a trasladar al respetable el contenido de una sentencia</strong> o un auto ni tiene por qué dispensar trato de “señorías” a ningún cuerpo de funcionarios sino que está obligado a leer con atención lo que produzcan las salas y pasarlo por el cedazo de los hechos ciertos y acreditados por sus mañas. Nosotros, pese al empeño genuflexo de algunos, no estamos para decir “don Manuel”, pues no somos el chófer del patrón que, ante la infamia y la sangre —bien lo sabemos en Asturias—, “con su gorra de plato, se siente desplazado; es un hombre prudente, bien domado”.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 May 2026 17:25:02 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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    <item>
      <title><![CDATA[Cuentos del aventurero y del detective]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/cuentos-aventurero-detective_129_2193756.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuentos del aventurero y del detective"></p><p>Qué mal nos contamos. No cabe otra conclusión de estas semanas de efemérides en las que hemos tenido que celebrar cincuentenarios y glosar vidas para el panteón de los ilustres. Quizá el periodismo cuente bastante bien el mundo —y uno está convencido de que es así, de que lo hacemos razonablemente bien y mucho mejor que antes— pero <strong>este oficio se está contando bastante mal a sí mismo</strong>. Se insiste aquí una vez y otra en que el periodismo solo es procedimiento y se pasma cuando una de las redacciones que mejores periodistas ha alumbrado en España, la de <em>El País</em>, celebra sus bodas de oro sin mención alguna al periodismo como procedimiento, en beneficio de una glorificación de las firmas de opinión, que no son más que la fruta escarchada que desfila por las almenas para adornar el pastel. </p><p>La opinión es el menos periodístico de los géneros, por eso rara vez la ejercen los periodistas, a no ser como canonjía que engalana una carrera fecunda y exitosa y prepara la jubilación. Lo común es invitar a las secciones de tribuna y opinión a saberes expertos de distintos ámbitos, catedráticos de lo suyo, o plumas distinguidas de la literatura, cabezas que son referentes intelectuales a las que se les da toda la libertad y ningún método para la reflexión o el desahogo. Y no ha sido raro que envíen o dicten sus textos —muchos periodistas han tenido entre sus tareas la engorrosa labor de recoger dictados telefónicos y darles forma para que una firma famosa por actividades no escritas (la tele o la radio) saliese a la luz con subordinadas de relativo que respetaran la concordancia— y no pongan jamás un pie en la redacción. Es cierto que el articulismo produce autoría visible, porque tiene firma, estilo, frase memorable y temperamento, pero eso desplaza una evidencia incómoda: <strong>la mayor parte del periodismo importante nunca la hicieron escritores famosos sino redactores sin gloria ni panteón</strong>. </p><p>El fallecimiento de <a href="https://www.infolibre.es/medios/muere-periodista-sol-gallego-diaz-75-anos_1_2188698.html"  >la periodista Soledad Gallego-Díaz</a> ha sido la ocasión para que en las crónicas apareciese siquiera una mención a esa galera de esforzados remeros que es una redacción, hacendoso hormiguero que fabrica periódicos, antaño bullicioso y hoy mudo como una biblioteca, un monasterio o un funeral, donde aporrean teclas una legión de periodistas —a menudo, para enlucir textos ajenos de quienes tienen más prestigio que sintaxis y ortografía— y por la que rara vez aparece el gran opinador. <strong>La exdirectora de </strong><em><strong>El País</strong></em><strong> siempre hacía mención en sus discursos a esa factoría de los muchos cuando tenía que explicar dónde residían los haberes de este oficio</strong>. Que sea una mujer la que arroje esta mirada colectiva y respetuosa hacia el colectivo de los nadie no es casualidad. Porque si prestan atención a cómo nos contamos —mal—, acabarán ustedes pensando que el único periodismo posible es individual, es viril, es épico y está basado en dos arquetipos románticos (y por tanto, reaccionarios) de masculinidad controvertida: el del aventurero y el detective. </p><p>La caricatura de Ernest Hemingway patrocina una mirada sobre este oficio masculina, individualista y colonial, la del reportero de guerra, emisario de la metrópoli, que frecuenta trincheras y bares de hoteles de lujo —les aseguro que, al caso que nos ocupa, muchísimo más los segundos que las primeras— en países cálidos y convulsos, o, en general, el corresponsal en el extranjero, un oficio que, hasta que la llegada de internet delató el truco, consistía en resumir para el país de uno lo que los periodistas de la plaza contaban en sus medios en otra lengua. <strong>La mayoría de los corresponsales han sido, durante décadas, sagaces traductores y elaboradores de vistosos resúmenes de prensa</strong>. No es un reproche, siempre ha sido exactamente eso lo que se esperaba de ellos. La llegada de internet y el descubrimiento de algunos plagios de artículos en lengua indígena obligó a ponerse las pilas a los más holgazanes para trabajar con más pulcritud, pero no para trabajar mucho más, pues la actividad principal que se les ha requerido desde sus empresas siempre ha estado a medio camino entre la del flanneur y el bon vivant a gastos pagados. </p><p>Que uno de los libros sobre periodismo más populares, elogiados y vendidos en este país en los últimos años sea el de un corresponsal regresado rayando la cincuentena para dirigir un medio en Madrid y que cuente cómo, a esas alturas, descubrió los juegos de poder de las grandes cabeceras y los grandes capitales, para acabar narrando su encuentro con la realidad de la redacción que gobernaba con la pluma de la condescendencia —y el desdén— de un primer contacto con una ignota tribu indígena es una tragedia muy elocuente de hasta qué punto el arquetipo colonial de las novelas de Henry Graham Greene ha impregnado el oficio. Por cierto, aunque nunca fueron amigos, Greene fue compañero de estudios de otro gigante de la literatura británica, Evelyn Waugh, autor de la más inmisericorde y divertida de las novelas sobre el desempeño del corresponsal de guerra, ¡<em>Noticia bomba!,</em> Waugh diría luego de su melancólico compañero: “A Graham Greene le parecíamos fatuos y pueriles. Nunca participó en nuestras juergas universitarias”, según narra Michael Shelden en la entrada correspondiente a Greene del Oxford Dictionary of National Biography. Greene, que había sufrido un duro acoso en el internado durante la adolescencia y había intentado suicidarse en varias ocasiones, se sumió de adulto en la melancolía y en una cierta misantropía que lo acompañarían hasta el fin de sus días. Su biografía, como la de Hemingway, habla de esa condición individualista del destierro del corresponsal que ha acabado por romantizarse y volverse aspiracional para algunos oficiantes, pero que corresponde, de forma estricta, al encuentro del civilizado occidental con las violentas tierras de ultramar. Piensen en ello la próxima vez que lean sobre la relación de Hemingway con España, con los sanfemines, con el toreo o con la Guerra Civil. Porque, si lo analizamos con detalle, es un arquetipo este impensable sin la realidad del arco colonial de los siglos XIX y XX, y que ha dado más literatura que periodismo. </p><p>Entre paréntesis, me permitirán que malicie que quizá el capital financiero hoy propietario de casi todas las grandes cabeceras elija a los corresponsales veteranos para ponerlos al frente de las redacciones —costumbre que se está extendiendo— <strong>para evitar cualquier atisbo de solidaridad con los compañeros de una redacción de la que nunca formaron parte</strong> y en la que, en el fondo, nunca quisieron estar. </p><p>Por otro lado, el éxito de Woodward y Bernstein en<em> The Washington Post</em>, a los que se atribuye <strong>cobrarse la pieza de Richard Nixon</strong> —en realidad, dimitió porque se puso en marcha el <em>impeachment</em> contra él, años después de la exclusiva del escándalo <em>Watergate</em>—, acabó por afianzar el otro mito periodístico, el del periodista de investigación convertido en una suerte de Sam Spade, el atormentado detective privado de Dashiel Hammet, o el no menos taciturno Phillip Marlowe, de Raymond Chandler, a los que prestó rostro y gabardina Humphrey Bogart. Pero si saltamos por encima de la idealización del malditismo del investigador que duerme en el sofá del despacho y tiene una camisa de recambio en un cajón, las horas de lectura de expedientes, boletines, autos judiciales e informes técnicos son la verdadera y rutinaria pesquisa diaria del periodista que se respeta. Lo demás son dossiers que los servicios de seguridad colocan a <strong>periodistas afines con intenciones políticas patentes</strong>. Y la “exclusiva” es una etiqueta comercial heredera de la proclama callejera de los niños vendedores de diarios, peo no es una virtud periodística en sí misma pues el compromiso de un periódico con sus lectores es contar el mismo mundo que los demás pero mejor y una información es igual de buena y relevante para el lector al margen de cuántos medios den cuenta de ella. </p><p>En fin, el moralista de columna, el corresponsal extranjero y el investigador pendenciero son, en el mejor de los casos y exagerando su importancia, las hojas del rábano periodístico, pero han conquistado el imaginario colectivo por culpa nuestra, por la ausencia de un relato alternativo. Gente que llama por teléfono, comprueba datos, ordena agendas, habla con fuentes, edita piezas ajenas, titula, encaja páginas, rellena blancos por la escasez de texto o cercena perífrasis por la facundia de un corresponsal, y que regresa al día siguiente a hacer exactamente lo mismo es la sustancia de una redacción, el motor de la bestia informativa pero ha sido <strong>periclitada por un romanticismo bobalicón, masculino y colonial</strong>. La paradoja es fascinante porque el periodismo, que es probablemente el oficio moderno más colectivo y que más exige del compañerismo en su funcionamiento real —el maestro Mariano Guindal suele decir que “la mejor fuente de un periodista es otro periodista”— se cuenta a sí mismo mediante héroes individuales e irrepetibles, mediante elogios al talento y la osadía y nunca al trabajo silente e ingrato —lo ilustra, por ejemplo, Carlota Guindal, hija de Mariano, cuyas pestañas descansan hoy en las decenas de miles de folios de autos judiciales e informes de investigación a los que ha dedicado jornadas que se extienden hasta la madrugada; y como ella, cientos de compañeras en cada Audiencia Provincial o ayuntamiento de provincias— que conforman las decenas de páginas que produce todo rotativo a diario. </p><p>Es triste que, en el cincuentenario del diario más importante de la capital, no haya habido apenas mención al bizcocho del oficio y hayan abundado elogios y hagiografías a la fruta escarchada, a los intelectuales, poetas, profesores y novelistas —casi todos muy mayores y muy enfadados— a los que se ha prestado un púlpito para sus labores y humores, a los diletantes en ciudades lejanas y a los compañeros de francachela y combinados de policías y ladrones. </p><p>La paradoja es que hace unos años, esta romantización tan contraproducente se daba en un <strong>oficio marcadamente masculino,</strong> pero hoy el periodismo es, en términos sociológicos, un oficio ejercido por muchas más mujeres que hombres. De esa elegía a los atributos de la virilidad romantizada, la audacia individual y la supuesta insobornabilidad —a los periodistas nadie nos intenta sobornar (¡ojalá!) porque el capital hace mucho que sabe que es mucho más sencillo ser propietario de la cabecera— nace, por supuesto, la idea de que un escuadrista fascista que ejerce la violencia contra sus compañeros y contra los objetos de la información es “un periodista”. Es decir, aguas arriba de <strong>Vito Quiles y sus delitos presuntos y ufanos</strong> está esa hombría tremebunda de los aprendices de Ernest Hemingway. Un tipo, por cierto, que se voló la tapa de los sesos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 May 2026 18:14:21 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Cuentos del aventurero y del detective]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Periodismo,Opinión,Periodistas,Medios comunicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Totoro y la lucha de clases]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/totoro-lucha-clases_129_2190289.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Totoro y la lucha de clases"></p><p>El coloso de la crítica de cine —y guionista ocasional— Ángel Fernández Santos escribía en 1999, con ocasión del estreno de <em>Star Wars Episodio I: La amenaza fantasma</em>, de George Lucas, que “hubo quien, protegido por la distancia crítica, dijo de los filmes de <em>La guerra de las galaxias</em> hechos que eran cine menor. Y hubo quien replicó con esta pregunta de navaja recién afilada: “¿Qué es, en ese caso, cine mayor?”. Arrancaba así un texto titulado <em>El cine como gozo</em> en el que, en contra del ambiente general de ceños fruncidos, bendecía la pieza de resurrección de la saga galáctica sancionándola como una “obra maestra del <strong>humor expansivo y contagioso</strong>, una de las pocas que en el cine reciente logran el milagro de aquellas que bordaron y fijaron (y la fijación permanece, por ejemplo, en <em>King Kong</em> o <em>El mago de Oz</em>) una edad y un estilo de vida en el bastidor de un estado de conciencia”. Y concluía diciendo que la película “quedará porque reinventa el cine considerado como riada; porque se sale mejor persona de bañarse en él; y porque lo devoran al unísono, mirándose con fruición, un niño y un viejo”.</p><p>Al asunto que aquí nos interesa, en la semana en que los <a href="https://www.infolibre.es/cultura/estudio-cine-japones-ghibli-premio-princesa-comunicacion-humanidades_1_2188824.html"  >Princesa de Asturias han honrado a Studio Ghibli</a>, es cómo el añorado catedrático del análisis cinematográfico, que ofició tantos años en <em>El País</em> para solaz y enriquecimiento de sus lectores, abordaba la condición popular de la aventura fantástica. Escribía nuestro capitán: “Cada paisaje, cada artefacto, cada lance, cada ruptura de las leyes de la naturaleza, cada batalla y cada paso dentro de lo imposible componen un agolpamiento desmelenado de inefables, geniales contrasentidos que se suceden sin tregua ni respiro, pero que no pesan porque son agua para sedientos. <strong>Es un relato itinerante trazado con tiralíneas sobre la cartografía del western, del cine de pura aventura</strong>”. Hay, en cada palabra entusiasmada de quien ha sido seducido por la libérrima imaginación del cineasta de Modesto y su innegociable inclinación a la desmesura, una toma de posición radical, un pronunciamiento político sobre la cultura de masas que lee correctamente a la Escuela de Frankfurt, como lo hicieron otros dos gigantes: Andy Warhol y Umberto Eco. </p><p>Sobre la profusión de efectos especiales, Fernández Santos decía: “Al revés de lo que ocurre ahora, en que todo se supedita al efecto especial y a su circense y facilón más difícil todavía, en <em>La amenaza fantasma</em>, George Lucas <strong>vuelve a poner la caspa informática patas arriba y las jerarquías en orden</strong>. El efecto vuelve a ser consecuencia, no causa; herramienta, no fin”.</p><p>Al margen del juicio que a cada cual le merezca el filme en cuestión, existen una muchedumbre de categorías críticas que el periodista de <em>El País</em> maneja aquí con una soltura y lucidez no tanto desaparecida —porque <strong>esta habilidad en la esgrima crítica era tan escasa entonces como lo es hoy</strong>— como insólita en un gremio que ha interiorizado que la crítica cultural no exige más requisito que aplicar el gusto y darle rienda suelta. De hecho, bajo la misma mancheta ejerce hoy un famoso campeón del desahogo opinativo sin sistematización de categoría crítica alguna y con la sinceridad impúdica como motor. </p><p>Detrás de todo el debate yace la tensión entre la cultura de masas y la llamada alta cultura, un distingo extraordinariamente reciente —apenas 250 años— que no refleja más que la creación de un mercado cultural segregado para gente con posibles ante la emancipación de las clases populares, la creación de un mercado gourmet del que creció con una biblioteca en casa. Este asunto compete a este oficio de impostores porque se ha visto obligado, durante décadas, a <strong>establecer ese distingo de clases, que separaba la sección de Cultura de la de Espectáculos</strong>, como si no fuesen exactamente la misma cosa. Es la dicotomía que distingue el arte de la artesanía, las artes plásticas de la decoración de interiores o los estudios de Bellas Artes de los que se imparten en las llamadas Escuelas de Artes y Oficios. Durante años, un concierto de Eric Clapton —le arrojasen o no un vinilo al pecho en los bises— iba en las páginas de Espectáculos, mientras que la enésima versión de El Lago de los Cisnes abría la sección de Cultura. Piénsenlo.  </p><p>Durante años el sector artístico vendió la mercancía averiada de que <strong>Warhol había convertido lo banal en sublime, lo cotidiano en trascendente</strong>; es decir, el pop en arte. La lata de sopas Campbell en Las Meninas. Pero basta con atender a lo que decía Warhol (una y otra vez sin contradicción y con un mensaje nada accidental y claramente consolidado), a sus divertidas evasivas ante la desmedida pasión de periodistas culturales, críticos, agentes y galeristas, para comprender que no, que lo que hizo fue justo lo contrario. Nunca trató de decir que su cuadro de la lata de sopa era arte, sino que la lata de sopa en sí misma era tan hermosa e importante como el arte. Y esa certeza descansa en el principio mismo de las artes plásticas, desde la Cueva de las Manos de la Patagonia (7.350 años antes de Cristo), a la que los estupendos de la academia dan condición de arte frente a la intuición correcta del común de lo los mortales: carajo, se trata de decoración de interiores. Efectivamente.</p><p><strong>Fernando Savater</strong> leyó correctamente el ensayo <em>The storytelling</em> de Walter Bajamin y ha escrito abundantemente sobre la condición hegemónica de las consideradas artesanías frente al llamado arte —en términos narrativos, la cultura libresca popular y aventurera frente a la gran literatura burguesa de señora aburrida consumida por el picor—, haciendo honor al colmillo de <strong>Umberto Eco</strong>, que siempre habló de la diferencia entre “cultura popular y cultura de ricos, que algunos llaman alta cultura”. Ese clasismo bobalicón y condenado al fracaso —porque la imperecedera siempre será la popular— ha ido desapareciendo de las secciones periodísticas, en las que progresivamente se han disipado esas fronteras clasistas entre Cultura y Espectáculo, pero no así las inercias académicas. A Studio Ghibli, una catedral de la creación cultural, seguramente la más importante de la cultura audiovisual japonesa, y a su capitán Hayao Miyazaki, no le han dado el premio Princesa de Asturias de las Artes, sino el de <strong>Comunicación y Humanidades</strong>, como una forma de reconocimiento mundano. Lo cierto y verdad es que solo <strong>Kurosaw</strong>a y <strong>Ozu</strong> rivalizan con Miyazaki en altura artística, pero alguien en la provincia de Asturias ha considerado que los dibujos animados no pueden merecer las honras de las Artes y que habría que empatar la factoría de Miyazaki con la categoría que laureó a la cadena global <em>CNN</em> o al buscador Google, otros agasajados con el premio de marras. Bueno, habrá que conformarse con este atavismo de clase, recordando que <strong>esta categoría la inauguró María Zambrano</strong> <strong>y la engalanó Umberto Eco</strong>, dos nombres que hacen sombra a casi todos los que recibieron el premio de las Artes o el de las Letras.</p><p>Pero a los efectos de nuestro oficio, llama la atención el entusiasmo en que una ocupación tan radicalmente lumpen como la nuestra ha comprado este clasismo y esta adhesión enloquecida al arte burgués. Se aprecia, aún hoy, en los listados de gloria de revistas pomposas como <em>Rock de Luxe</em> o <em>Cahiers du cinéma</em> —cuyas listas de lo mejor del año son incalificables—, y en la devoción del común a los premios de jurado frente a los democráticos, es decir, los que entregan los comités de elegidos de los festivales de las ciudades de veraneo decimonónico burgués (Cannes, San Sebastián, Venecia...) frente a los que vota democráticamente los oficiantes (las academias del cine hollywodiense, el español, el francés o el británico), pero resulta chocante por la condición menesterosa de quienes escriben. El periodismo es oficio de impostores, de menesterosos, ocupación democrática que <strong>lanza a los humildes a afilar la pluma asomados a la vida de los privilegiados</strong>. De ahí que no quepa traición mayor que convertirse en quijote de los archiperres de clase de una burguesía que, como bien explicó Fiztgerald, nunca te reconocerá como un igual y está dispuesta a tirotearte en una piscina. Lo contrario, lo que hacen las revistas estupendas poniéndose más estupendas, no es más que la complicidad del guardés de finca, dispuesto a defender durante todo el invierno las posesiones del señorito frente a las ambiciones de los suyos, los otros pueblerinos, para ganarse, llegado el verano, la palmadita en la coronilla de quien solo te tolera como un mal necesario. Emiliano García Page, con su pomposidad de advenedizo, ha dado una clase magistral esta semana de la condición guardesa anunciando un aeropuerto para los cazadores que bajen al coto en jet privado.</p><p>Quizá esa sea la tragedia de este oficio, creer que uno es alguien babeando ante la sonrisa del poderoso, que te deja pensar que eres de los suyos cuando no eres nadie y él lo sabe y se ocupará de que lo sepan todos. Porque volverá el invierno, y los tuyos, que lo seguirán siendo, te dispensarán, cuando los días sean cortos, el trato de apátrida que te has ganado a pulso acariciando el terciopelo de butacones hechos para culos más nobles, blandos y níveos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 May 2026 17:25:21 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Totoro y la lucha de clases]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Arte,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Contenidos, informaciones y periodismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/contenidos-informaciones-periodismo_129_2186801.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Contenidos, informaciones y periodismo"></p><p>Uno de los entretenimientos favoritos del periodismo —supongo que ya se han dado cuenta— es el <strong>ensimismamiento</strong>. Este viso desde el que lanzamos una mirada semanal obedece a esa tarea autoindulgente y autocompasiva de hablar solo de lo nuestro, si bien pensando que, un poco, es también lo suyo de ustedes. Nos pasamos la vida dirimiendo qué hacemos, qué somos y cómo hacemos lo que hacemos y, tal como ya hemos denunciado desde aquí, echándonos la culpa de los males del mundo, que es una forma como otra cualquiera de darse importancia. El cincuentenario de <em>El País</em>, con ese significado singular de un diario nacido con la democracia liberal —que es el único marco en el que cabe el periodismo limpio—, ha alumbrado muchas reflexiones sobre este malhadado oficio de impostores no precisamente sofisticadas, por decirlo de forma elegante, si queremos que iluminen lo venidero con algo más que<strong> lugares comunes finiseculares</strong>. </p><p>Por una parte, el director ha hablado una y otra vez de su convencimiento de que existe una clara demanda de “verdad” en el mercado de la información, un pronunciamiento sobre el que solo cabe decir que ojalá fuera cierto y existiera tan <strong>inequívoca y mayoritaria demanda de hechos ciertos</strong>, pero el caso es que esa demanda es muy minoritaria. La demanda verdaderamente existente hoy es de “contenido”, un término mucho más amplio y heterodoxo que tiene un vínculo muy tenue con la información en general y con el periodismo en particular, y prácticamente ninguno con la “verdad”. La demanda de “verdad” —término asaz pomposo para las potencias reales de este oficio— existe pero es una parte ínfima del mercado. ¿Y qué es “contenido”? Todo. Contenido es un tutorial para meter el plumón nórdico en la funda y un vídeo autoproducido por un tonto a las tres acosando, con técnicas de escuadrista membrillo, a políticos, periodistas, funcionarios o a sus parejas e hijos en espacios de su vida íntima. Periodismo, en cambio, es informar de que la esposa del presidente del Gobierno ha sufrido una coacción violenta en sus actividades privadas por parte de un agente político disfrazado de periodista y financiado y jaleado por la oposición política. </p><p>Es importante considerar este caso porque ilustra cómo los contenidos no están ahí, no vienen dados, se generan, se producen de forma deliberada para su posterior distribución. A diferencia de la noticia, que nunca la produce quien la difunde, el contenido ha de ser generado como <strong>acto espontáneo pero en realidad dirigido </strong>y cuyo único sentido es su posterior difusión. Y eso explica el pintoresco desfile de testimonios del juicio oral del <em>caso Mascarillas</em>, cuya procedencia al asunto investigado —el presunto cobro de comisiones ilegales en la consecución de mascarillas para la Administración pública— ha sido remota, en el mejor de los casos. Pero se han generado en la sala tal cantidad de horas de televisión y miles de vídeos cortos para Tik-Tok para entretener al personal, merced a esa cabalgata de personajes que dieron cuenta de la disoluta vida privada del exministro José Luis Ábalos que, al cabo, tal parecía el propósito último de la sala segunda del Supremo con esta extravagante prueba testifical.</p><p>Una firma de relumbrón del periódico cincuentenario, por su parte, ha protestado por la abundancia de opinión en el periodismo del presente aduciendo su bajo coste respecto a la producción de periodismo en un sentido puro. La realidad del negocio ha sido y es —o debería ser— la contraria. De hecho, quien así se ha expresado es una firma de campanillas. Lo cierto es que la opinión es el mejor pagado de los<strong> cometidos periodísticos </strong>porque el convenio no escrito del género es que la opinión no la ejercen los periodistas, salvo los muy veteranos —los que tienen mucho más pasado que futuro—, porque es un territorio reservado a la <em>autoritas</em>. Mediante la opinión se asomaban a las páginas de un diario los juicios de alguien que por oficio o prestigio intelectual puede permitirse ofrecer su parecer autorizado sobre cuanto ocurre por la calidad de su pluma y su inteligencia y saber. Por eso, nunca un periodista ha cobrado por cada línea de texto producida la décima parte de lo que se paga a una firma de opinión. O así debería ser. La opinión, incluida su versión más impertinente, la crítica, solo la puede ejercer aquel que ocupa una posición elevada en la escala trófica de la escritura, por conocimientos, reputación o experiencia. Novelistas, catedráticos, políticos retirados, poetas o reporteros veteranos y reputados componían el animalario al que le estaba reservada la canonjía de opinar, que siempre se ha pagado —es casi ofensivo tener que aclararlo— muy por encima de lo que cualquier plumilla ingresaba por generar diez veces más cantidad de contenidos.</p><p>Quizá <strong>la pulsión detrás de ese quejido </strong>sea la más que justa reivindicación del retorno de esa jerarquía, de esa condición aristocrática de la firma de opinión. Es decir, que lo que hay detrás de esa intuición de la protesta del escritor bregado en medios seguramente sea una queja contra la democratización de la disciplina, banalizada al punto de que cualquier neófito se brega hoy en esas lides antaño reservadas a quien acreditaba un poso de la sabiduría acumulada o el dominio de un saber experto. De hecho, el que suscribe, sin más formación que la titulación común, jamás asomó la nariz al género hasta haberle dado la vuelta al jamón. El periodismo, en román paladino, es el género literario menos exigente dentro de las jerarquías de la letra escrita, y la opinión es la cúspide. Y así se ha pagado habitualmente.</p><p>Dicho de otro modo la opinión fue un lujo del periodismo en el que la firma aportaba el capital simbólico acumulado durante décadas, era el producto etiqueta negra de cada medio. Lo que denuncia la firma en cuestión, tras cuatro décadas de desempeño, es más bien que hoy se ha descapitalizado, se produce <strong>sin coste reputacional</strong> y se ha convertido en un contenido de flujo, no en una intervención intelectual. </p><p>Todo es contenido y ante la necesidad de provisión, se sirve materia prima sin procesar, a menudo en tiempo real pero sin jerarquía y se organizan los testimonios sin contraste. El espectador cree acceder a la verdad porque no hay intermediarios visibles y cada escena, sea un mentecato importunando a una mujer sin cargo o una testigo hablando de su gato, parece transparente porque ocupa espacio sin adjetivación ni contexto. La realidad es la contraria. El lector/espectador está <strong>más desprotegido</strong> porque no sabe qué es relevante, no distingue estrategia de sinceridad y no dispone de contexto.</p><p>De algún modo, cuanta más “verdad en bruto” se ofrece, cuanto más permeable es el acceso a las tribunas, más necesario es el procedimiento y menos presente está. Todo converge en un mismo punto, militancia de este púlpito: el periodismo es mediación y se ejecuta con un método específico. Asistimos a la desaparición de los distingos entre ver y saber, <strong>opinar e informar, mostrar y explicar, acceder y comprender</strong>, y eso genera la ilusión contemporánea de que el mundo es inteligible porque es transparente, está expuesto.</p><p>El periodismo no compite con la mentira, pese a la beatífica pretensión de los compañeros, sino con la apariencia de verdad sin método. No es una crisis de credibilidad sino de jerarquía. Y por eso la afirmación “la gente exige la verdad” es, en el fondo, melancólica, porque pertenece a un mundo en el que los hechos no estaban disponibles sin mediación. Hoy, donde todo nos asalta, si hubiera alguna “verdad” aguardando ahí fuera, en el mundo real, solo es accesible mediante el método. En eso consiste el periodismo. Todo lo que vemos es contenido, de él una parte pequeña es información y otra aún menor es opinión acreditada. Pero muy poco de todo ello es periodismo, porque este oficio<strong> no se define por lo que obtiene </strong>sino por cómo lo consigue. Si somos conscientes, tal vez podamos soplar velas por otros cincuenta años.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2026 17:25:47 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Contenidos, informaciones y periodismo]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Eme Punto y el periodismo procesal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/eme-punto-periodismo-procesal_129_2183197.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Eme Punto y el periodismo procesal"></p><p><strong>Mariano Rajoy</strong> se sentó la semana pasada ante el Supremo y, con la obsequiosa y un tanto babeante colaboración de la jueza <strong>Teresa Palacios</strong>, mintió con la encantadora cachaza que todos conocemos. <strong>Mintió en lo irrelevante</strong> —cuándo y por qué rompió con <strong>Luis Bárcenas</strong>; no hay más que ir a la hemeroteca, como explicó el capitán de este barco, <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/buzon-de-voz/vale-tapar-kitchen_129_2179007.html" target="_blank">Jesús Maraña</a>—, así que suponemos, aunque solo podamos sospecharlo, que <strong>habrá mentido, también y más, en lo todo lo gordo</strong> —si, como presidente del Gobierno y del partido, hizo que el Ministerio del Interior desplegara una operación con secuestro y disfraces para desbaratar las pruebas que Bárcenas poseía de la palmaria financiación ilegal del partido—. Los cronistas de tribunales, todos, al margen del medio para el que firmen, lo saben igual que lo sabemos ustedes y yo. Entonces, ¿por qué no lo dicen así? La tendencia de las izquierdas católicas —el catolicismo es un vector cultural, no una creencia— es interpretar que se trata de un sencillo problema de virtud individual. <strong>La realidad de las cosas es un poquito menos moralista y más exigente</strong>.</p><p>Un cínico diría que la <strong>superespecialización periodística</strong> (por ejemplo, pasarse toda la carrera profesional en los tribunales de la plaza de la Villa de París) lleva a los periodistas a creer que los suyos son los togados y olvidar que cualquier cronista, allá donde vaya, solo es un impostor, un intruso, como explicamos en la pieza con la que inauguramos este oráculo. En parte es cierto, por eso aquí se denuesta el periodismo especializado y se aboga por especialidades sucesivas, que permitan al reportero funcionar desde la media distancia, acumular fuentes y crédito y luego volver a empezar. Es decir, desarrollar cierta familiaridad con el hábitat, incluso amistades duraderas en él, sin por ello olvidar que su función nunca le permitirá integrarse plenamente y que, a medio plazo, deberá bregarse en un ecosistema distinto. La lección que aprende <strong>Glenn Close </strong>en <em>The paper (detrás de la noticia)</em> (Ron Howard, 1994), para que nos entendamos. <strong>No somos ellos</strong>.</p><p>Pero en realidad tiene que ver con algo de lo que ya hemos hablado antes aquí: la especialización y el amor por el detalle ratifica la existencia de microbios ciertos con la misma intensidad con la que pierde la perspectiva para explicar el ecosistema del que se supone que ha de informarnos. El filósofo Javier Gomá reivindica<strong> la generalización como la única forma de conocimiento</strong>. Es decir, desprenderse de las particularidades y los detalles del conocimiento especializado. Siendo claros, el academicismo consiste en sustituir la inteligencia por pormenores, y exactamente eso mismo le pasa al periodismo judicial —además del nada desdeñable síndrome de Estocolmo que asalta a los periodistas que pasan la vida dentro del mismo edificio institucional—. En Gomá, la generalización no es un atajo ni una renuncia al rigor, ni siquiera es la fórmula hacia el conocimiento sino que es la condición misma del pensamiento. Pensar es generalizar, discernir en qué medida un caso particular ilustra una categoría. Generalizar es jerarquizar y ejemplarizar. Sin esa operación de elevación, no hay ética, no hay política y no hay comunidad posible. Solo hay casuística infinita, es decir, ruido, confusión y, en resumidas cuentas, verdades mentirosas. </p><p>Pero en el hábitat judicial se trabaja, por definición, en la dirección contraria. Cada caso es único, cada prueba es singular, cada procedimiento es irrepetible, cada detalle es relevante. La justicia necesita huir de la generalización para ser justa en cada caso concreto. <strong>Su lógica descansa en la excepción, la precisión y la singularidad</strong>. Más allá de las evidentes y habituales prevaricaciones a las que están entregadas las altas magistraturas españolas con intenciones políticas desde hace un par de décadas, lo cierto es que la naturaleza de su trabajo es antitética de lo somero, que, como hemos contado aquí en varias ocasiones, es la forma de aproximación al mundo en la que ha de militar el buen periodismo.</p><p>Justicia y periodismo no comparten misión y, en muchos sentidos, han de trabajar en direcciones opuestas. El juez decide sobre un caso, pero el buen periodista debe decidir qué significa ese caso. <strong>Cuando el periodista se limita a seguir el procedimiento, deja de pensar en su sentido fuerte</strong>, está describiendo, haciendo inventario de lo particular sin elevarlo a categoría. Y eso, desde Gomá, no es pensamiento, es acumulación. Generalizar es hacer inteligible lo real.</p><p>El periodista de tribunales no está secuestrado por la institución judicial, <strong>pero sí incrustado en ella y sumergido en su idioma</strong>. Y esa incrustación genera dinámicas que a los moralistas pueden parecer afectivas o incluso de lealtad, pero que en realidad son estructurales. Porque, si uno acampa demasiados años en el Supremo o en la Audiencia Nacional, instituciones casadas con el tecnicismo, acaba desplazando el objeto periodístico del hecho al procedimiento. Narrando diligencias, autos, recursos, plazos… es decir, hablando del juego más que la partida. El proceso se convierte en la realidad, y el hecho —lo ocurrido— queda subordinado a su traducción jurídica. Es una inversión peligrosa, porque el lector recibe como “verdad” lo que en realidad es solo un avío burocrático de interpretación institucionalizada. Así fue condenado el <strong>fiscal general del Estado</strong>, con una sucesión de sofismas legales y falacias argumentales para sellar una mentira cósmica en forma de sentencia de doscientos folios.</p><p>Si el cronista pasa demasiado tiempo alrededor de las togas interioriza que solo a través de ese captor togado puede acceder a la verdad del mundo, y eso genera una forma de lealtad funcional tóxica para el lector. Más que de síndrome de Estocolmo hablamos de captura epistemológica o incluso de un periodismo vicario, en el que el oficiante ya es incapaz de observar la realidad salvo desde el filtro técnico de la institución. Y termina adoptando ese punto de vista como propio, único e indiscutible. Dicho de otro modo, el periodismo de tribunales ha reducido lo cierto a lo probado, cuando su misión debería ser justamente la contraria.</p><p>La demanda no ayuda. El público, cada vez más juridificado, busca en los tribunales una forma de certeza moral que la política o el periodismo ya no le proporcionan. Quiere que los veredictos sustituyan a los relatos. <strong>Fuentes, cronistas y público han acabado por aceptar que la verdad es lo que cabe en un auto</strong>. Para combatir esto, en la defensa del conocimiento somero no hay una vocación por la superficialidad. Se trata de no quedar atrapado en la hipérbole del detalle técnico, que en los tribunales se presenta como garantía de verdad. El tecnicismo tiene prestigio porque da la impresión de rigor, de método y de objetividad, pero el exceso de detalle no siempre acerca a la verdad; a veces la oculta porque la fragmenta, la diluye, la vuelve ilegible para el sentido común. Así, el periodista que debería traducir el mundo para hacerlo inteligible al lector termina traduciendo el lenguaje del poder para hacerlo aceptable.</p><p><strong>Generalizar es pues una forma de resistencia</strong>. Porque generalizar es una operación intelectual de jerarquía, que es lo más importante que hace el periodismo con el mundo. Decidir qué importa, qué no, qué explica el conjunto y qué es solo ruido procedimental. Exactamente lo contrario del fetichismo del dato. Renunciar a la generalización hace perder la perspectiva del conflicto real —qué ha pasado, a quién afecta y qué significa política o socialmente— para incurrir en el seguimiento del trámite —qué recurso toca, qué plazo se abre y qué instancia resuelve—, y el lector acaba sabiendo mucho del procedimiento pero nada del mundo. El periodista de tribunales que solo maneja tecnicismos sabe más cosas, pero entiende menos. Cuando un caso se queda en su maraña técnica, el lector recibe información sin recibir sentido. Sabe qué ha pasado en ese expediente, pero no sabe qué dice eso del mundo en el que vive. Y cuanto más detallada es la cobertura, menos pensamiento produce.</p><p>Una jueza amedrentó a las partes para que Rajoy saliera de allí tan pimpante y cachazudo como entró. Pero sabemos que Rajoy mintió en lo banal, y quizá también en lo sustantivo. Esa es la certeza periodística que podemos acreditar sobre Eme Punto, ese señor de Pontevedra que siempre nos ha caído simpático y que a lo mejor creó una pequeña Stasi sabiendo que un contable hacendoso fue la perdición de Alfonso Capone.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Apr 2026 17:25:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Eme Punto y el periodismo procesal]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Periodismo,Periodistas,Tribunales,Mariano Rajoy]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Óscar Puente y el ministerio de la verdad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/oscar-puente-ministerio_129_2179412.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Óscar Puente y el ministerio de la verdad"></p><p>Este oficio exige liberalismo. Y no abunda. Ni dentro del sector ni mucho menos fuera. Quizá porque <strong>una sociedad liberal es aquella que no dispone de respuestas para todo ni un itinerario ideal</strong>, solo <strong>reglas para la navegación</strong> y, por tanto, una sociedad dispuesta a convivir con lo contingente sin alarma ni histeria. Para quienes piden orden y certezas, acudiendo al meme, las democracias deberían contestar: <strong>“No me quedan certezas, </strong><em><strong>niñio</strong></em><strong>, sólo </strong><em><strong>Masibón</strong></em><strong>”</strong>. El orden y la certeza, como hemos repetido hasta aburrirnos, pertenecen a otros ecosistemas políticos y filosóficos, y son por definición antítesis de la democracia. Porque, resumiendo mucho, <em>la donna è mobile</em>. Aquí hemos escrito que <strong>la democracia liberal es el único huerto en el que puede prender la semilla del periodismo moderno</strong> y también que los problemas del sector están más vinculados con la escasez de demanda —o con una demanda anómala— que con los vicios de la oferta. Un porcentaje importante de la población no ansía que le cuenten nada que no refuerce lo que ya piensa de cada asunto. Sencillamente, no quiere oír otra cosa. Y para ese porcentaje no desdeñable de la sociedad, que algo no se ajuste a la realidad, a los hechos ciertos, nunca será un inconveniente si ratifica un prejuicio o un propósito. Lo único bueno de esa evidencia es que el periodismo digno de tal etiqueta nada puede hacer con quien en el fondo solo quiere que le den palmaditas y le digan que todo lo que cree está chévere. </p><p><strong>El deseo de creer es una de las potencias más rotundas de la naturaleza humana</strong> y no hace falta acudir a los piadosos practicantes de las religiones para apreciar esa fuerza devastadora porque nos afecta también a los impostores que desempeñamos este oficio. Ahí tienen el caso del impulsivo y veterano premio Pulitzer<strong> Seymour Hersh</strong>, autor de exclusivas espectaculares pero al que han engañado en múltiples ocasiones —las más sonadas, cuando dio credibilidad a las mentiras del presidente sirio Al Asad o cuando le vendieron las falsas cartas de <strong>Marilyn Monroe</strong>; pero ha habido muchas más—. Él dice que ha errado por confiar en fuentes que antes habían sido confiables, pero lo que no dice —porque quizá nunca se lo ha dicho a sí mismo— es que erró guiado, demasiado a menudo, por la coincidencia de lo que las fuentes le decían con un relato previo y moral en el que él milita. Por eso, cuando le dijeron que la CIA había volado el NordStream en el Báltico con buzos del Pentágono entrenados en el mar Caribe, no se molestó en contrastarlo con una segunda o tercera fuente. Es decir, Hersh y cualquiera de nosotros solemos errar por lo que los científicos llaman el sesgo de confirmación. </p><p>El deseo de que algo sea cierto nubla el criterio hasta del más pintado. Por eso, desde esta magistralía se insiste tan a menudo en que el periodismo no se define por el resultado, por el producto final que entregamos al lector —ni siquiera por el hecho de que sea cierto o falso—, sino por el escrúpulo en la aplicación del método periodístico y el respeto al llamado <em>Estándar de Sagan</em> —una ley de hierro pensada para el trabajo científico pero aplicable como un guante a este oficio—: “Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”. El estándar de Sagan es, para que nos entendamos,<strong> la dinamita en los cimientos de la Nave del Misterio</strong>. </p><p>Mucho más problemática es aún la confusión epistemológica que acompaña al público y a parte del propio oficio entre conceptos en principio bien disímiles como verdad, información, propaganda y periodismo. Esa distinción limpia pertenece a una tradición ilustrada que sostiene que, idealmente, cada cosa tiene una función delimitada y que el lenguaje puede describir el mundo con cierta estabilidad y precisión. Sin embargo, vivimos hoy —y quizá hayamos vivido siempre— sumergidos en un proceso de erosión de ese sistema de compartimentos identificables y empecinados en un debate en torno a la verdad o la mentira que, en el fondo, es una ramplonería para fanáticos de los relatos morales. </p><p>Viene todo esto a cuento de la iniciativa del ministro de Transportes, <strong>Óscar Puente</strong>, de montar en la página oficial ministerial un tablón de avisos para desmontar bulos y dar información oficial. Los mismos gritos que la han recibido e incluso más histéricos se escucharon por toda la Corte de los Milagros —interior de la M30— cuando la alcaldesa de la villa, a la sazón<strong> Manuela Carmena</strong>, abrió una web con idéntico propósito hace una década. </p><p>Intrusismo o competencia desleal fueron entonces los términos con los que se recibió aquella iniciativa de transparencia, el anatema del “ministerio de la verdad” fue repetido hasta el empacho, pero todo ello revela que los propios oficiantes no manejan con soltura conceptos a priori tan poco abstrusos como <em>verdad</em>, <em>información</em>, <em>propaganda</em> y<em> periodismo</em>. Y que, en el fondo, lo que no quería el mal oficio tan asentado en Madrid es que le desmontaran sus tenderetes de prejuicios o mentiras. </p><p>Los habituales de este rincón ya saben del sarpullido que por aquí causan palabras demasiado anchas y altas como “objetividad” o “verdad”, platonismos por lo general inaccesibles a la tarea mundana y precipitada del periodismo. En contra de la opinión general, extendida incluso dentro del sector, el periodismo no tiene el monopolio de la información ni de la comunicación pública. De hecho, su tarea no es excluyente con el deber y el derecho de las administraciones públicas de informar al público, incluso sin intermediarios. Del pregonero al tablón de corcho, las autoridades nunca han necesitado al periodista para informar y menos que nunca hoy, que puede operar sin intermediarios en el ecosistema digital. La información oficial no es periodismo, como no lo es la propaganda, pero lo que diferencia todos estos conceptos no es, en ningún caso, su proximidad a la verdad. <strong>La propaganda no es más ni menos cierta que el periodismo o que la información oficial, ni viceversa</strong>. O no necesariamente. Que Donald Trump distribuya un vídeo en el que le sirven en la Casa Blanca una comida de McDonalds no es propaganda porque sea mentira o porque haya sido un vídeo producido con una intención de transmitir la imposible llaneza del multimillonario; es propaganda porque no tiene el más mínimo interés para la audiencia, por lo que la única forma de aproximarse a ello es desde la comedia de costumbres, la banalidad o la burla. Y quien cuente medio en serio semejante tontería no es sino un propagandista. </p><p><strong>Hemos pasado de una cultura de la verdad a una cultura de la verosimilitud identitaria</strong>: la gente cree aquello que parece verosímil y encaja con su marco previo de prejuicios o intenciones. La comunicación institucional es información de parte, a menudo de interés general —aunque no siempre— pero eso no la convierte en periodismo. No estamos solo ante una confusión terminológica, sino ante un cambio en el criterio de autoridad, <strong>donde hemos sustituido la pregunta “¿es verdad?” por la más modesta pero más grata “¿es de los míos?”</strong>. Lo hemos hecho una parte importante de los periodistas porque antes lo ha hecho un sector importante la sociedad. No es que la gente —los que escriben periódicos y los que los leen— no distinga entre información y propaganda, es que ha dejado de creer que esa distinción tenga consecuencias reales. Si todo puede ser manipulado, entonces todo se evalúa políticamente, no epistemológicamente. Y en ese desplazamiento, el periodismo —como método— queda en tierra de nadie, demasiado exigente para el consumo emocional, demasiado débil para competir con la propaganda.</p><p>Por eso, el <strong>criterio cabal</strong>, la<strong> jerarquía sagaz</strong> y una <strong>agenda clara </strong>son muchísimo más relevantes que la proximidad del producto periodístico con la verdad. Sin ánimo de alimentar el relativismo, una información falsa puede ser intachable si el periodista ha hecho correctamente el trabajo —aunque si lo ha hecho bien, es altamente improbable que sea falsa—, y una información cierta puede ser reprochable si el periodista —como Hersh con el NordStream— se ha saltado los más rudimentarios principios de la metodología periodística.</p><p>Para una sociedad que exige certezas, el periodismo es pues insuficiente, deficiente, demasiado modesto en sus objetivos y en sus potencias. Y está bien que sea así. Porque el periodismo solo es útil en sociedades liberales, donde el público es exigente y crítico. Y está dispuesto a habitar la contingencia, la provisionalidad y la incerteza. Dicho de otro modo, <strong>el periodismo es una praxis imperfecta para sociedades adultas</strong>. Los que buscan “la verdad”, como ha ocurrido durante milenios, deben acudir al templo.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Apr 2026 17:25:11 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Óscar Puente y el ministerio de la verdad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Óscar Puente,Periodismo]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Mi hija Yondelis]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/hija-yondelis_129_2176172.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mi hija Yondelis"></p><p>“¿Estás contento?”. El economista y periodista Manolo Portela (1944-2022), en vez del convencional “qué tal estás”, siempre saludaba con esta pregunta lanzada en tono pizpireto: <strong>“¿Estás contento?”</strong>. Portela fue director comercial de Ariel-Seix Barral, Alfaguara y Grijalbo Crítica, trabajó en la Bolsa, luego fue analista bursátil para el suplemento Dinero de <em>El País</em>, editorialista y columnista de los diarios del grupo Vocento y responsable del Consenso Económico de Price Waterhouse Coopers, seguramente el documento de coyuntura más relevante y elocuente de cuantos se publican en España. Madrileño de apellido gallego, <strong>Manolo era el más gallego de los gallegos que no lo eran</strong>, de humor esquinado y retador, siempre dispuesto a descomponerte con una pregunta inesperada y desafiante que lanzaba con tono inocente y una sonrisa pícara cortando la respiración y las conversaciones de cualquier reunión. En 2006 dijo a una audiencia atónita de jóvenes comensales: “Pronto vendrá una crisis financiera y será feroz”. </p><p>“¿Estoy contento?”. Manolo obligaba a contestar sin rutina, a pensarlo y, al cabo, a consagrar los días en el empeño de poder responder afirmativamente a la pregunta. Así que, además de la mitad de la persona que uno es, también está <strong>el adeudo de haber aprendido a estar siempre contento, salvo causa de fuerza mayor</strong>. Asumió ser mentor de uno con entusiasmo y, en los años que construirían al periodista y al adulto que aquí firma, fue mucho más allá de las larguísimas conversaciones diarias con las que elaborábamos una sección de economía al alimón, proporcionando las lecturas que configuraron este cántaro en el que él vertía saberes y humores. Poseía el extraño talento, no de ver quién era cada cual, para regalarle las lecturas que deseaba, sino quién podría llegar a ser, para proporcionar los libros que lo harían posible. La versión prosaica es que tenía un piso grande junto al Bernabéu de alquiler prohibitivo y tenía que mudarse, para lo cual necesitaba deshacerse de su biblioteca. Las mejores obras humanas a menudo responden a motivos prosaicos. </p><p>De aquella limpieza previa a la mudanza <strong>uno aprendió de la desnudez de los dogmas económicos</strong> con <em>El triunfo de la política</em>, de David Stockman, jefe de la oficina presupuestaria de Ronald Reagan (Grijalbo, 1986); una posología de la política, con un viejo volumen de <em>El discurso filosófico de la modernidad</em> (Taurus, 1989), del recién desaparecido <a href="https://www.infolibre.es/politica/habermas-pensador-democracia_1_2162530.html"  >Jurgen Habermas</a>; la esquiva ética del periodismo con <em>Diarios</em> (Espasa, 2002) de Arcadi Espada; pero también que la vida se teje con la historia en <em>Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay</em> (Literatura Random House, 2000), de Michael Chabon; de los pormenores y tentaciones de la relación de la prensa y el poder y de la futilidad de buscar respuestas últimas a los asuntos en la inmensa <em>La guerra de Galio</em> (Alfaguara, 1994), de Héctor Aguilar Camín; de la necesidad de alzarse en guionista de lo propio para que la vida tenga un sentido funcional en <em>Saga</em> (Lengua de Trapo, 2000), de Tonino Benacquista, y del <strong>discurso profundo de la historia humana</strong> en <em>El tercer chimpancé</em> (Debate, 1991), en <em>¿Por qué es divertido el sexo?</em> (Debate, 1997) y en <em>Armas, gérmenes y acero</em> (Debate, 1998), de Jared Diamond. Y finalmente, a tener una relación amable con la vida y la gente con El periodista deportivo (Anagrama, 1990), de Richard Ford, génesis del personaje literario que ha construido este adulto: Frank Bascombe. Lecturas todas fundacionales.</p><p>Pero al caso que nos ocupa, a Portela debe el arribafirmante haber aprendido a <strong>leer periódicos económicos</strong>. Bajo su mentoría, uno dejó de leer los diarios como relato del mundo y empezó a verlos como la acción sobre el mundo que en el fondo todo periodista y editor pretenden; no como espejo, sino como herramienta. Y ahí, sostenía Portela, la prensa económica —la llamada “prensa salmón”— es un <strong>laboratorio químico donde la condición instrumental se vuelve visible sin disimulo</strong>. La prensa económica no informa sobre la economía, sino que participa en ella; no es un notario, es un agente. Solemos pensar que es un agente político, como desnudaba el libro de Yago Álvarez Barba <em>Pescar el salmón</em> (Capitan Swing, 2023), pero es sobre todo un agente económico. Una forma de hacer perras. </p><p>En la prensa generalista pervive la ficción ilustrada (y cierto convencimiento) de que el <strong>periodismo describe hechos</strong>; en la económica, en cambio, esa ficción se rompe porque el lector avezado sabe —y Manolo era el más sagaz lector de prensa que uno haya conocido— que cada titular puede tener efectos inmediatos. Hoy, ahora. Efectos sobre cotizaciones, decisiones regulatorias o expectativas de inversión. La información económica tiene un valor cognitivo obvio, pero sobre todo tiene un valor performativo. Y se cobra. </p><p>Durante años, algunos de los más famosos columnistas de prensa salmón no solo cobraban por su pieza a la cabecera que la publicaba sino también — aparte y en sobre de billetes no numerados o con cheque al portador— a agentes económicos con los que existía un convenio de palabra. Portela sostenía, con información de primera mano, que algunas de las más ilustres firmas liberales que frecuentaban los diarios salmón ponían sus piezas en almoneda a precios de varios miles de euros para agentes tales como miembros de los patronatos de las Cajas de Ahorro, interesados en la presión política y en la económica. Por ejemplo, un arzobispado. <strong>Miles de euros de hace veinte años por cada columna</strong>. En la prensa económica, hoy en franca decadencia, las empresas señalaban movimientos, los gobiernos testaban políticas, los reguladores dejaban caer globos sonda y los mercados reaccionaban en tiempo real.</p><p>Si la información política se nutre de dichos y no de hechos, en la salmón lo relevante nunca es el hecho, que aún no existe, sino el dicho, que alumbra una expectativa, una promesa, una intención o un temor. Finanzas. <strong>A diferencia de lo que ocurre en la política, donde lo dicho puede ser vacío y espectacular a la vez</strong>, aquí el dicho tiene efectos materiales inmediatos. Aprender a leer prensa —para hacer buen periodismo—, enseñaba Manolo, consiste en aprender a leer intenciones. No en clave conspirativa, sino estructural —<em>cui prodest</em>—, una lectura casi detectivesca, pero no moral sino funcional. En tal sentido, explicaba el maestro, la prensa económica, que es la más abiertamente instrumental, es también la más honesta en su funcionamiento porque deja ver con claridad algo que en el resto del periodismo permanece semioculto, a saber, que <strong>toda información es en alguna medida una intervención</strong>. En la política o la cultura esa intervención se disfraza de relato; en economía, en cambio, sus efectos son tan rápidos y medibles en las cotizaciones que el disfraz se vuelve transparente. El buen periodismo, maliciaba Manolo, no consiste solo en verificar hechos —que también— sino en desactivar intenciones ajenas.</p><p>Durante años, el que suscribe y su maestro siguieron juntos la evolución de la <strong>voluntariosa investigación y consecución de licencias de un fármaco para un raro sarcoma de tejidos blandos</strong> que siempre aparecía en la prensa económica pero, caramba, rara vez en las publicaciones médicas. Aquellas notas no describían un producto real, sino fases preliminares —ensayos iniciales, resultados parciales, líneas de investigación…—. Por supuesto, estas piezas de apenas un par de párrafos movían el valor bursátil de la compañía cotizada que desarrollaba ese tratamiento. Redactadas en clave de inminencia, <strong>la función de estas noticias no era informar al paciente, sino activar expectativas en inversores</strong>. El verdadero destinatario nunca era el lector común, sino el mercado: fondos, analistas, competidores. </p><p>Nuestra broma llegó tan lejos y fue tan duradera que Manolo hizo prometer al aprendiz que, si un día tenía una hija, la bautizaría con el nombre comercial de esa medicina. Por fortuna, el pupilo no dejará descendencia. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Apr 2026 16:27:43 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Mi hija Yondelis]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La cabaña del Turmo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/cabana-turbo_129_2172920.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La cabaña del Turmo"></p><p>Ya no. Como antes. He ahí <strong>dos pasos de la letanía periodística</strong> del acabose. No lo pronuncian los periodistas, también sus protagonistas. El cine ya no, la política ya no, las novelas ya no, las empresas ya no, los trabajadores ya no, el fútbol ya no... Como antes. </p><p>Una cosa hermosa de este <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores"  >oficio de impostores</a> es que es termómetro de la actualidad hasta sin querer. Le mide la fiebre y la infección. La montaña de titulares que cada semana pivotan alrededor del “ya no”, “como antes” revela que la velocidad del mundo, a juicio del periodismo o de sus protagonistas, <strong>no convoca transformaciones positivas o ambivalentes, solo declive</strong>. Leyéndonos, el mundo no cambia, el mundo muere. Es cierto que nada es como antes. La modernidad supuso eso: el fin del tiempo circular, el fin de los destinos atados a la servidumbre, el fin de la biografía escrita en el apellido como celda de la que es imposible escapar. El final del “así se ha hecho toda la vida”. Toda la vida, he ahí otra expresión que confunde historia y biografía. La innovación científico-técnica y la movilidad social son el disparador de la modernidad, que no es otra cosa que un mundo de orden cambiante, un mundo en que ya nada es como antes cada década.</p><p><strong>El universo de las certezas murió con las revoluciones burguesas</strong>, gracias a dios, porque certeza era la única posesión de un campesino del siglo XVIII, la certeza de que comería gachas de harina y agua hasta el fin de sus días y que, con toda seguridad, sus hijos tendrían una vida mísera idéntica a la suya. Si sobrevivían a la infancia, claro. Ese era un mundo de orden y certezas. Sin embargo, en los albores de la revolución digital, cuando la población occidental vive más y sufre menos que en ninguna etapa histórica anterior, <strong>el periodismo sirve un menú con “ya no” de primero y “como antes” de segundo</strong>, con postre de tarta de queso. Casera, como la de tu abuela, no faltaba más.</p><p>Ante una sociedad cambiante, el periodismo tiene tres posibles liturgias: describir la transformación, lamentar el declive o proclamar la hipérbole (tremendista o utópica). La superioridad estadística de la primera opción es arrolladora y si sumamos las hipérboles tremendistas, es obvio que la mirada que lanzamos, no ya sobre el futuro sino sobre el presente, es una ceremonia fúnebre sobre un mundo que se fue. <strong>El lenguaje que usamos a duras penas se emancipa del dramatismo. Crisis, declive, amenaza, fin…</strong> El mundo no cambia, se acaba. Tal vez porque Occidente es una población envejecida y longeva, que es la que se tiene que acabar —nos acabaremos— en vez de cambiar, el caso es que es difícil separar la escasez de jóvenes y la abundancia de viejos de esa mirada fúnebre al futuro. El periodismo atiende un mercado compuesto por lectores, oyentes y espectadores que ya le han dado la vuelta al jamón y que solo pueden esperar una cosa de lo venidero: desaparecer convertidos en polvo. Ese es el cliente con poder adquisitivo y que sigue atendiendo la jerarquía de los medios —ven la tele, escuchan las noticias e incluso leen periódicos, digitales o no—, y ese es el producto que servimos. Porque <strong>el periodismo que gusta es el que refrenda lo que uno ya pensaba antes de leer</strong> o ver nada nuevo, y ese refrendo a menudo consiste en subrayar el estado de ánimo de quien ya está más cerca de la meta que de la salida. La radical transformación de la industria de la comunicación hace que el oficiante sea, él mismo, también un señor mayor que sufre por la creciente y acuciante proximidad de la fachada del panteón. </p><p>Quiere decirse que el “ya no” y el “como antes” no describen el mundo, describen al cliente principal del periodismo y, a veces, al periodista. El escritor Jorge Dioni López llamó a este fenómeno el “ego-ovni”: confundir tu culo con el mundo. El anhelo de certidumbre y orden, el <strong>anhelo de la antigüedad premoderna</strong>, es en realidad la melancolía de una circularidad que funciona como trampantojo emocional porque si nada cambia, nada muere. Empezando por nosotros mismos. La prensa no está obsesionada con la decadencia, o no demasiado, más allá de abrazarla como acto reflejo, lo que está es especializada en traducir la experiencia íntima del paso del tiempo en un relato colectivo sobre las congojas de su cliente. El periodismo, como todo negocio, adula al cliente. Consuela.</p><p>Es evidente que esa angustia oficiada por los medios convoca posiciones reaccionarias y, en tanto estado de ánimo del mundo, hábitat dramático del presente, ha contagiado a los jóvenes —los occidentales, claro—, también convencidos de que todo se está yendo al garete. Cualquier observación fría de los factores de desarrollo humano en Occidente desmiente tal pretensión. Y en el caso de los mayores, la <strong>nostalgia de circularidad es, en todo caso, aparente y tiene mucho de autosugestión</strong>, de hipocresía, porque la calidad de vida del larguísimo último tercio de la vida, aderezada con toda clase de avances —uno de los principales, en un mundo aún gobernado por hombres mayores, es la famosa pastillita azul— hace que el hambre de orden sea solo fingida. El reaccionarismo cultural y político que vivimos, ensimismado, es antes que la fundación de una granja donde esperar que los días nos mezan y consuman, la última cabalgada del cowboy, de ahí que sea precisamente el reaccionarismo el que demuestra una y otra vez con sus votos que ansía desorden y revolución. El mantra “la gente quiere orden” lo desmonta el corte de población de los que votaron a favor del Brexit, abuelos destruyendo su propio mundo para sus hijos, como lo desmontan los <strong>triunfos de Javier Milei, Donald Trump o Benajmin Netanyahu</strong>, agentes evidentes y conocidos del caos. Detrás del libertarismo no hay sino hambre de antigüedad, selva y castas. Los mayores no tienen hambre de orden, solo lo fingen mientras preparan <em>La Grande Bouffe.</em></p><p>Así que tenemos pocos jóvenes, contagiados del pánico a la muerte que tienen sus viejos, y una gente mayor que está dispuesta a desordenar el mundo en pos de una fiesta final, aunque los que se queden a recoger cristales, botellas vacías y calcetines de dudosa procedencia sean sus hijos y nietos. Como literalmente ha ocurrido en el Reino Unido. <strong>Nadie recuerda ya que “no puedes detener los cambios, como no puedes detener la puesta de los soles”,</strong> dijo Shmi Skywalker. Así que se opta por montar fiestas que celebran tradiciones fingidas, como la recién ultimada Semana Santa, que hoy que ya casi nadie cree se celebra en muchísimas ciudades en las que jamás nuestros abuelos anduvieron detrás de un paso, como si los capirotes hubieran sido una realidad en localidades que solo los habían visto en el No-Do. El orden y la tradición, como vemos, son en realidad desorden e inventos.    </p><p>Pronto será <em>20 de abril</em>, una canción publicada en 1991 por Jesús Cifuentes (Celtas Cortos), que fue escrita en forma de carta fechada en 1990 y que hablaba, desde la melancolía de la edad madura, de unos años ochenta y una juventud perdidos para siempre en <strong>un lejano pasado acontecido cinco años antes</strong>, poco más o menos. Treinta y cinco años después de publicarse el éxito de la banda de Valladolid, manoseamos con añoranza el recuerdo de haber recordado con mejor añoranza. Aquella morriña de 1985 escrita en 1990 sí era bonita, y no la de hoy. Ya no sentimos nostalgia como antes. No añoramos la cabaña del Turmo, añoramos la tarde en que escribimos una carta añorando la cabaña del Turmo. “<em>Ya no queda casi nadie de los de antes y los que hay han cambiado</em>”. A dios gracias. <strong>Hasta la decadencia decae</strong>. Somos de risión.</p><p>____________________</p><p><em>Gracias a la advertencia de nuestro socio ‘Sextilio’, corregimos el desliz sobre el nombre de la cabaña de Celtas Cortos: Turmo, no Turbo. ¡Gracias!</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Apr 2026 17:10:37 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La cabaña del Turmo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Periodismo,Ética periodística,Periodistas]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[El periodista y la muerte]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/periodista-muerte_129_2169951.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El periodista y la muerte"></p><p>Un muerto no puede corregir el relato. Lo repasábamos hace un par de semanas a propósito de la praxis del obituario. <strong>El relato cae sobre el cuerpo como un sudario y lo oculta y lo consume</strong>. Esa vulnerabilidad extrema de los que ya no están, apenas un nombre o unos cuerpos de los que disponemos con indecoroso antojo, la hemos visto estos días con <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/a-la-escucha/noelia_129_2168557.html"  >Noelia Castillo</a>, Isaías Carrasco y las seis jóvenes que murieron en la <a href="https://www.infolibre.es/politica/cinco-muertos-desaparecido-romperse-pasarela-costera-santander_1_2155254.html"  >pasarela de El Bocal</a>, en Santander. Unos hechos simples, una joven que dispone de su cuerpo y de su vida, una víctima del terrorismo cuya tumba se mancilla y seis adolescentes cuyo paseo amable por una inofensiva senda acabó en tragedia por una dejadez institucional que se encoge de hombros. </p><p>Esas ocho personas fueron sujeto de su vida y la conversación pública las ha convertido en predicado, en argumento espurio para que reciba la acción de un verbo infame. Porque, incluso antes de que lo postulara el liberalismo, podemos convenir que existe un atributo de dignidad iusnaturalista —el derecho natural sobre la muerte— que es violentada. Hemos aprendido que nadie que tenga ese derecho sobre sí mismo o sobre los suyos lo conserva en el relato público, que se afana en la <strong>fabricación de versiones, la simplificación interesada, el encuadre falsario</strong>, la grosera amplificación de llantos y la puesta en circulación de bulos en un obsceno circo de la carne.</p><p>Conviene pensar quién se quedará con tu muerte en caso de que el asunto trivial que es desaparecer salte a la palestra porque el nombre o la circunstancia sean de alcance público. En el caso de Noelia Castillo, una <strong>comunidad moral ultrarreligiosa decidió apropiarse del cadáver antes de serlo</strong> y tratarlo como cosa —hacerlo predicado de sus jaculatorias—, asaltando su intimidad y su libertad. La familia que no supo ser refugio abrió las puertas del infortunio de su hija a los sacristanes del templo y el periodismo vio el paso expedito para hacer de las suyas y acampar en la sala de estar. Unido en una comunidad moral de redentores, micrófonos, escapularios, mentiras, hisopos, focos y cámaras, todo el país se calzó la casulla de las buenas intenciones y las almas pías para salvar de sí misma a quien solo necesitaba ser salvada de todos los demás. Salvada de todos nosotros. Pues eso y no otra cosa es dispensarse la muerte: lanzar una enmienda a la totalidad de los que seguimos.  </p><p><strong>Cuando no es voluntario, morirse suele ser un inconveniente</strong>. Sobre todo, para los vivos. Un evento sin agendar que trastorna los calendarios. Eso nos ha venido a decir la alcaldesa de Santander con sus extemporáneos circunloquios para quitarse seis impertinentes muertes de encima, sangre en el paraíso que parece haber salpicado el traje nuevo de la regidora. “A ver si por decirle a la gente que venga tengo yo la culpa de que se caiga una pasarela”. La institución diluye responsabilidades (que confunde con “culpa”, cómo no) y una jueza amable con el poder local dispara el balón fuera del estadio. Todos contentos. Dispérsense, aquí no hay nada que ver, proclaman los munícipes.</p><p>A Sandra Carrasco, 18 años después del asesinato de su padre, Isaías, le han robado el cuerpo. Se diría que a la derecha política, social y mediática se le han debido de acabar sus muertos —o no dan más de sí, después de haber usado fundaciones de memoria fúnebre para facturar a las tramas de corrupción institucional— y ahora <strong>aspiran a robar cadáveres ajenos y escupir a sus deudos</strong>, empezando por los portadores del féretro. Aspiran a untarse el rostro con la sangre de muertos ajenos para clamar venganza. </p><p>Hay violencia aquí, mística –institucional y partidista–, una violencia silenciosa que niega el dolor, la responsabilidad y la legitimidad del duelo a sus titulares, una violencia elegante, discursiva y piadosa, pero profunda y sanguinaria, como bien sabe <a href="https://www.infolibre.es/politica/consuelo-ordonez-ayuso-no-principios-valores-antipodas-hermano_1_1424870.html"  ><strong>Consuelo Ordóñez</strong></a>, presidenta del Colectivo de Víctimas del Terrorismo, que ha tenido que ver estos años cómo el cuerpo de su joven hermano es arrebatado a la familia por las mismas siglas políticas a las que él sirvió. Si quien decide morir es silenciada por mandato divino, quien sufre la pérdida es desautorizada por no entregar los restos a las siglas.</p><p>Este oficio, ante el vértigo de la infamia, tiene por encomienda ceñirse a narrar hechos, ordenar la realidad e introducir claridad. Pero el nuestro, como sabemos aquí, no es un oficio con un sencillo problema de oferta sino un dispensador que a menudo se deja dirigir por la demanda. Hablamos ante multitudes que claman por la fábula moral, que se enardecen ante la parábola ejemplar bañada de sesgo de confirmación. La ciudadanía contempla esas vidas perdidas por un terrible avatar, por voluntad propia o por un crimen infame queriendo que esa desgracia le dé una palmadita y le diga que va bien, que tiene razón, que siga así. Y el periodismo, algún periodismo, se apresta a cocinar ese menú perverso entre los fogones de la mentira y el sensacionalismo. <strong>El periodismo, algún periodismo, paga la bula para que la comunidad salve su pecaminosa alma</strong>. El público no quiere que la muerte sea un hecho crudo e irreversible sino un espacio en disputa moral, otro ámbito en el que dilucidar que somos buenos y los otros no lo son. No sabemos dejarla estar. Para eso fundamos templos y escuchamos responsos, vestimos ropa negra y nos atamos cilicios. Entramos en la semana oscura y tremenda de la necrofilia cantando nanas de la cebolla que nos permiten fingir llanto. </p><p>La muerte, que debería ser el asunto más propio, se ha convertido en un hecho disponible al mercadeo. Hay algo atávico en la cultura de esta región del mundo que impide un comportamiento natural y respetuoso con el luto, y de ello hablamos aquí aludiendo al <strong>ferrocarril del Adamuz, los torrentes de Valencia, las bombas de Atocha o a los asilos madrileños</strong> —que vuelven a ser noticia estos días por su letal amontonamiento de vidas en la ganadería intensiva del acabarse—, como si el periodismo, algún periodismo, se revolviera contra un impuesto de sucesiones moral. </p><p><strong>De quién son los muertos</strong>, si acaso son de alguien. Esa debería ser la única pregunta, qué padres y qué hijos son legítimos albaceas de una memoria, una identidad y un agravio. Da igual si hablamos de eutanasia, accidente o terrorismo, algunos de nuestros impostores de oficio se han convertido en parte de un procedimiento de expropiación, un dispositivo en el que los oficiantes operan —lo hemos visto esta semana— como el picapleitos del acreedor que no ha sido incluido en el testamento, aporreando la puerta del panteón con sus albaranes.</p><p>El muerto es un argumento, un repositorio de coronas ufanas que ocultan la caja misma. Y así la muerte no clausura, sino que es el fasto inaugural de una conversación obscena en la que todos se abren las carnes, el inicio de una pugna por su significado en la que el cuerpo ya no importa, solo lo que de él pueda decirse. El relato falaz, decíamos, cae sobre el muerto como un sudario, un sudario amarillo como un contenedor para reciclado. Hay algo profundamente obsceno en que la muerte, que debería imponer silencio, se haya <strong>convertido en el lugar donde más se grita</strong>. La política la diluye, la moral la ocupa y la propaganda la recicla. Y el periodismo la administra como si no hubiera ocurrido nada irreparable. Ni morir basta para dejar de ser utilizado. </p><p>Un aforismo repite incansablemente entre asentimientos timoratos de la concurrencia que “<strong>en este país se entierra muy bien</strong>”. Quia. Atiendan a Max Estrella: “La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte. La vida es un magro puchero; la muerte, una carantoña ensabanada que enseña los dientes (…). Este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras”. Ya es Semana Santa.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Mar 2026 17:18:42 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El periodista y la muerte]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Muerte digna,Periodismo,Ética periodística]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Una silla, una mesa y un flexo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/silla-mesa-flexo_129_2165991.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una silla, una mesa y un flexo"></p><p>El periodismo cultural ha sido durante muchas décadas un remanso de paz. <strong>Rara vez una controversia alteraba las aguas calmas del día a día</strong> y cuando lo hacía, ese pequeño oleaje se convertía en noticia en sí mismo. Salvo la crítica, ese púlpito que frunce el ceño de quien lo ejerce y que muchos de sus actuantes entienden —equivocadamente— que se prestigia en administrar desdén y oprobio, la especialidad se ha desempeñado mayormente sin conflicto. Porque trabajaba desde el entendido de que se traía a las páginas de la sección (o al espacio de emisión, en su caso) aquello que era digno de difusión, las creaciones o productos —son la misma cosa, el uso de uno u otro solo delata la postura del meñique del que escribe— que podían enriquecer al público o proporcionarle solaz y esparcimiento. Pero esa paz lleva tiempo perturbada. </p><p>Esta semana, el periodista Álex Grijelmo señalaba un inequívoco fenómeno del presente, la hibridación de los géneros en un formato informe y ambiguo llamado “pieza”, un proceso que puede ser leído como una <strong>degradación del oficio o como un simple proceso de maduración</strong>, acelerado por el hecho de que nunca se había hecho tanto periodismo. Ni tanto periodismo bueno. Ni tanto periodismo malo. A priori, es discutible si es un fenómeno decadente y exige un análisis de cada “pieza” saber si asistimos a una depauperación o a un simple efecto de la mayoría de edad, pues esta disolución de las categorías, esta contaminación, es algo que apreciamos también en otras formas de expresión que se van haciendo mayores y ganando sofisticación, como ocurre en la narrativa. En la literatura o el cine, el desbordamiento y la promiscuidad de los géneros es cosa sabida y se considera un efecto medular de la mayoría de edad. La prueba son las <strong>16 candidaturas al </strong><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/vampiros-pecadores-blues-muerden-8-oscar-rave-sirat-queda-silencio_1_2162423.html"  ><strong>Oscar</strong></a><strong> que tenía este año </strong><em><strong>Los pecadores</strong></em><strong> (2025),</strong> de Ryan Coogler, una crónica de la segregación racial mechada de vampirismo. Historicismo fantástico, si tal cosa existiera. Pero si no existía, ahora existe. Así que seguramente sea las dos cosas al tiempo: degradación y madurez.</p><p>La hibridación y la disolución de categorías es pues inequívoca de todo proceso de consolidación y crecimiento, de todo viaje a la complejidad, y de hecho la reacción contra la modernidad se caracteriza precisamente por <strong>reclamar un retorno de las categorías netas</strong>, como vemos en fenómenos diversos, desde el segregacionismo social inherente a toda melancolía neofascista hasta el feminismo nostálgico de la gente mayor, que repudia el género como algo distinto del sexo. Como subrayaba el reaccionario y belicoso soldado Patrick Zevo (LL Cool J.), hijo del teniente general Leland Zevo (Michael Gambon), cuando reivindica las bandejas metálicas del comedor del cuartel, en las que los guisantes de la guarnición estaban acuartelados y no se mezclaban con la carne ni el flan, en la fecunda <em>Toys (Fabricando ilusiones)</em> (1991), de Barry Levinson, todo hombre de orden quiere compartimentos estancos y empalizadas. No es casual que construir muros sea la actividad preferida de todas las ultraderechas, en la frontera mexicana, en la húngara, en los territorios ocupados por Israel o en el Mediterráneo todo él. El muro es el fetiche del pensamiento antimoderno porque es la única garantía de mantenimiento de las categorías comprensibles y cinceladas por la tradición. Supongo que no hace falta explicar por qué, en este escenario, todo el reaccionarismo, de izquierdas y de derechas, masculino y femenino, odia al unísono las definiciones de género no binarias o al colectivo trans en su conjunto, no digamos ya el “género fluido”. Lo queer, en su festiva disolución de fronteras, es pues el gran enemigo de los añorantes de un mundo estabulado. <strong>La modernidad es mestiza, está llena de advenedizos, los sangre sucia</strong>, en terminología de J. K. Rowling, quien, paradójicamente, ha acabado convertida en uno de los arietes de ese mundo rancio y de las categorías cerradas que le enseñó su abuela.</p><p>Frente al tiempo circular del pasado premoderno, donde uno nacía y moría en un mismo mundo y estamento exactos e inmóviles, condenado a ser lo que fue su padre y lo que tendrían que ser sus hijos, el <strong>desarrollo de la modernidad, impulsado por la idea de progreso </strong>—el paso del mundo circular al mundo lineal—, introdujo cambio, hibridación y mestizaje. Concluyamos pues que, hoy, para evitar el reaccionarismo, conocer las categorías es mucho más importante que construir diques entre ellas, labor que, en sociedades avanzadas, es tan conducente a la melancolía como tratar de contener agua en un cesto.</p><p>Eso no significa que las categorías sean inútiles o que toda promiscuidad entre ellas sea virtuosa o conveniente, de ahí la alarma de Grijelmo, pero lo que sí resulta obvio es que la mescolanza es legítima. Como en todo aprendizaje, también en este oficio el ideal es subvertir las normas porque se conocen y se dominan. <strong>Violar los géneros porque han sido aprendidos</strong>. En el caso del periodismo cultural, la crítica, situada —inmerecidamente— en las almenas del prestigio de los géneros periodísticos, ha empapado de su arbitrariedad la totalidad de disciplinas por una sola razón: es una montura que cabalga hacia la libertad suprema del subjetivismo más caprichoso. Es elocuente de este fenómeno la frecuente renuncia de los reporteros culturales a preguntar en las ruedas de prensa, en pos de transmitir a los asistentes su juicio sobre la cosa en cuestión. <strong>“Yo, más que una pregunta, tengo una reflexión”</strong> es la bandera con la que quien debe recibir la rueda de prensa la da, para interés de nadie. </p><p>La antigua condición de la sección de cultura de mar Adriático de la prensa —un plato inmóvil, soleado, sin olas ni mareas— ha sido sustituida por las mares arboladas del Océano Ártico. Grijelmo disecciona los géneros como una gradación de subjetividades, en los que <strong>la</strong> <strong>información, dice, es el grado cero, y la opinión, el grado diez</strong>. La crítica, en lugar de constituirse en una categoría técnica, que exige el dominio de determinadas mañas y conocimientos de la especialidad y su historia —sea literatura, teatro, música, videojuegos o cine— para inscribir correctamente en una tradición una obra, se eleva como un imperio de la subjetividad más ensimismada, en la que una película es tachada de tediosa porque su pase coincide con la emisión de un partido de Champions, y tamaño ejercicio de autoindulgencia es publicado sin que conduzca al despido disciplinario inmediato. Lo cual, por cierto, no es una hipérbole sino un caso ocurrido —repetidamente— en el mismo periódico desde el que Grijelmo clama por la clarificación de los géneros.</p><p>El periodismo cultural está, efectivamente, todo él empapado hoy del subjetivismo arbitrario y a menudo iracundo del crítico, bañado en el malestar del que solo atiende a las obras y el juicio y conversación que merecen, como si fuera una revista de la OCU dedicada a evaluar detergentes y hacer con ellos un ranking de calidades y desatendiendo toda la política, la sociedad y la historia inherentes al sector. <strong>A nadie parece costarle mucho señalar si tal novela, álbum o película es progresista, feminista o capitalista</strong>, pero no parece haber un solo periodista cultural dispuesto a hablar de lo que tienen antes sus narices: saber si la gente del sector cobra según convenio y se respetan sus horarios. Averiguar si la industria audiovisual sigue siendo una estructura de abuso sexual donde creadores entrados en años, carnes y calvas escogen a jovencitas y jovencitos hermosos en obscuros castings en paños menores, en pos de la gloria cultural o para satisfacer la más mundana hambre del voyeur. Nadie del sector se hizo ninguna pregunta incómoda ante la evidencia de que un sesentón Bernardo Bertolucci dirigiera algo como <em>Soñadores</em> (2003), con los veinteañeros Michael Pitt, Eva Green y Louis Garrel desnudos en buena parte del rodaje. Una circunstancia que no es excepcional sino más bien una constante del cine desde su misma invención.</p><p>En resumen, si la contaminación de los géneros existe, como denuncia con buen tino Grijelmo, en el periodismo cultural ha hecho que la autoestima del crítico, <strong>atada a su subjetividad y desentendida de cualquier otra función periodística</strong>, tome la totalidad de los desempeños de la sección. Y eso explica que las entrevistas se hayan ido acercando a las que en política se hacen a los representantes públicos, presididas por la desconfianza y la confrontación, toda vez el político es empleado del lector, y es el periodista el que media para evitar la mentira o el abuso.  </p><p>Sostiene Grijelmo que la entrevista es un género que, <strong>en la escala de subjetividad, puede graduarse hacia la información o hacia la interpretación</strong>, según sea una leal suma de declaraciones o una entrevista que tiende a dibujar un perfil. Pero en todo caso, el perfil que se transparente ha de ser el del entrevistado, no el del entrevistador. En ningún lugar está contemplado para ella el juicio encubierto, que se está volviendo demasiado común en las secciones de Cultura. Ocurre que al desaparecer el marco normativo del género, desaparece la función, el rol, y el periodista deja de serlo para esforzarse en ser protagonista. Es decir, la libertad para reescribir el formato solo parece interesante si se usa para desembridar la subjetividad del periodista y lanzarla a competir con el entrevistado. </p><p>Desde una célebre y tensa entrevista al <em>youtuber</em> El Rubius en el diario <em>El Mundo</em>, en la que el periodista presumía, en la propia redacción final, de ignorarlo todo sobre su entrevistado —una obscenidad tan innecesaria como la del crítico que quería ver el fútbol y mandar al carajo la película coreana y así lo confesaba en la crítica—, estos <strong>duelos al amanecer entre dos subjetividades en tensión</strong> se han convertido en materia de interés morboso para los lectores sin que ningún jefe de redacción parezca dispuesto a poner fin al hambre de reality y a la terapia de autoestima del periodista que confunde ser incisivo con ser descortés. </p><p>Nick Hornby nos enseñó que <strong>lo importante “no es lo que te gustaría ser, lo importante es lo que te gusta”,</strong> una sentencia fundamental para entender la diferencia entre el funcionalismo neoliberal (“lo que te gustaría ser”) y el solaz liberal (“lo que te gusta”), entre la imperiosa e imperial identidad (“lo que te gustaría ser”) y el empeño en la felicidad y el gozo (“lo que te gusta”). Entre ser productivo (“lo que te gustaría ser”) y ser feliz (“lo que te gusta”). Por lo que vemos, el mito de que muchos periodistas culturales están del lado del solaz solo por la imposibilidad de estar del lado de la producción arroja monstruos que se enfrentan a los creadores con el rencor de no haber podido cruzar al otro lado. Solo así se explica que algunas entrevistas hayan dejado de ser un dispositivo de comprensión para convertirse en un interrogatorio encubierto, una puesta a prueba moral o incluso una forma de ajuste simbólico de cuentas, como si se hubieran celebrado en una habitación sin ventanas, ante una mesa, una silla y un flexo. Eso parecen muchas de las que está padeciendo el joven novelista David Uclés, que ha cometido el pecado de alcanzar el éxito con solo el concurso de lectores satisfechos y libreros entusiastas. Es decir, <strong>sin deber nada a los prescriptores periodísticos</strong>. Lo que nos lleva a que quizá la crisis de los géneros periodísticos sea también una crisis de la identidad profesional.</p><p>Lo ocurrido con Uclés hace poco en una entrevista para <em>El Diari de Girona</em> es un caso de hibridación, pero habría que recordar al autor del impertinente interrogatorio que, <strong>entre los géneros periodísticos, no están el escarnio ni el bullying</strong>. Y que si envidia el lugar del joven de la boina, escriba una buena novela y cruce los dedos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Mar 2026 18:09:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <title><![CDATA[La última palabra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/ultima-palabra_129_2162185.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La última palabra"></p><p>La <strong>necrológica</strong> es un territorio peculiar del periodismo porque es tal vez el único en el que el periodista tiene la<strong> última palabra de forma irreversible.</strong> Cuando el periodista Arcadi Espada aún sabía combinar perspicacia con humor afilado —antes de su conversión en un gritón Savonarola—, elaboró un decálogo para la escritura de obituarios que ayudaba a lidiar con las singularidades y paradojas a las que obliga el género. Decía así:</p><p><em>1. Tenga en cuenta que usted sigue vivo. </em></p><p><em>2. Evite ponerse (por si acaso) en el lugar del muerto, tipo al él le habría gustado así. </em></p><p><em>3. Evite las cartas a tumba abierta, tipo allá donde estés amigo quiero que sepas.</em></p><p><em>4. Evite convertir una muerte natural en un suicidio, tipo se fue tan discretamente como había vivido. </em></p><p><em>5. No espere una mejora en su conducta, tipo aquel</em><em><strong> necrologista que riñó a su muerto. </strong></em></p><p><em>6. Sobre todo no hable de su sonrisa, tipo nos acompañará siempre. </em></p><p><em>7. Si siempre ocultó lo que pensaba realmente sobre él haga ahora un pequeño y postrero esfuerzo. </em></p><p><em>8. Examine si supone un acto de respeto haber esperado a su muerte, tipo ahora ya se puede desvelar cómo. </em></p><p><em>9. No olvide jamás que la necrológica que está escribiendo puede acabar resultando</em><em><strong> lo único vivo que quedé de él. </strong></em></p><p><em>10. Y dado que en algún caso, aunque escaso, el muerto se ha levantado y ha leído escriba usted siempre con las </em><em><strong>precauciones propias del que espera réplica. </strong></em></p><p>La primera regla de Espada puede parecer un chiste pero apunta un asunto muy serio, la asimetría absoluta entre el que escribe y el que es escrito. La misma anomalía que, a modo de amenaza, se repite en el cierre del decálogo. El muerto ya no puede protestar, matizar, corregir ni discutir el relato o el retrato, que ambas cosas puede y debe ser un obituario. Y esa disimilitud genera dos tentaciones demasiado habituales, la <strong>canonización sentimental y el ajuste de cuentas póstumo</strong>, dos formas de abuso de poder narrativo. Precisamente, de esa cualidad narrativa que exige la tarea de contar una vida tratan los mandamientos tercero, cuarto y sexto, porque describen los más manoseados lugares comunes —pensamientos <em>prêt-à-porter</em>—y las perspectivas más ramplonas. Son tan habituales porque delatan la delicada relación que tenemos con los muertos, es decir, con la muerte: lo inefable nos abisma, de modo que solo podemos relacionarnos con ello a través de una liturgia —espiritual o laica—, es decir, de códigos y rituales, convenciones, como las frases hechas que repetimos en los tanatorios y que nos salvan de la <strong>obscenidad insoportable que es la muerte misma.</strong> Pero el periodista de necrológicas —y sí, escribir obituarios también fue ocupación habitual del arribafirmante durante casi una década— ha de ser un poco más exigente respecto a su tarea. Asumir el luto discreto y pudibundo que se le supone a la labor necrológica —similar al del empleado de funeraria— conlleva una documentación rigurosa y cierta ambición en el verbo, evitando la impresión de pereza o rutina que siempre trasladan las frases hechas, tan imprescindibles y eficientes sin embargo en el velatorio. </p><p>La prohibición “<em>evite ponerse en el lugar del muerto</em>” es sustantiva porque hablar por el que no está es un ejercicio de prepotencia y, demasiado a menudo, no es más que una treta para patrimonializar un cadáver —“los que tuvimos la suerte…”— o, más frecuentemente, una proyección psicológica. Se diría que los periodistas no buscamos sentido a la vida y muerte del otro, sino a las nuestras. El <strong>muerto se convierte en pretexto para un estriptis sentimental del vivo,</strong> un autorretrato moral del autor del réquiem. Oscar Wilde nos enseñó cuál era el destino tremendo de los retratos morales, en un desván, cubiertos por una sábana y polvo, mientras Dorian se burla del tiempo y de la muerte en los prostíbulos. </p><p>Como el dolor es un atributo de autoridad y soberbia —sufro, luego importo; cuanto más sufro, más importo—, apuntarse al grupo de las plañideras es una forma de darse pisto hablando con cercanía del que ya no puede defenderse de nuestras lágrimas ni de nuestras babas. Si uno confunde la elegía por el amigo muerto con la necrológica, puede convertir tan digna función periodística en la más narcisista y pornográfica forma del periodismo. La hagiografía, la carta de pésame y el testimonio doliente no son un género del periodismo, aunque aparezcan en un periódico, y no tienen nada que ver con la necrológica (este detalle se le escapó al sagaz Arcadi). A la nota necrológica le ocurre como a la crónica política: solo se puede <strong>hacer bien desde la distancia física, personal o retórica con el concernido</strong>.  </p><p>El séptimo mandamiento de ley de Espada, tal vez el más chispeante (“si siempre ocultó lo que pensaba realmente sobre él…”), nos pide modestia y respeto en el ejercicio de la necrológica. Una necrológica no puede estar guiada por el afán de ser la última oportunidad de verdad y un redactor de obituarios debe controlar el afán redentor o moralista. El octavo también previene de los excesos de la amistad y de la enemistad, y el noveno es una llamada explícita a la responsabilidad inherente a la condición de redactor de obituarios en los términos en que se expresan el primero y el décimo, y por eso en el noveno no hay ápice de ironía. Es una advertencia brutal sobre el poder archivístico del periodismo. El sexto es simplemente una advertencia contra los cursis, que son una plaga que apesta el mundo untándolo en melaza. Y por eso es importantísimo. Podríamos seguir. </p><p>El decálogo de Espada, además de un divertido y sagaz entretenimiento, es una seria advertencia para no sentimentalizar la muerte y no apropiarse de ella. La necrológica, a diferencia de<em> Las Coplas de Jorge Manrique</em>, debería ser un ejercicio de <strong>sobriedad narrativa</strong>. Ni elegía literaria, ni ajuste de cuentas, ni ceremonia de amigotes. Tan solo consiste en contar aproximadamente bien quién fue alguien y por qué es un muerto público y no privado. Es decir, por qué debe importarle al lector —al oyente, al espectador…— esa pérdida, no por qué le importa a quien firma. La necrológica bien entendida es una versión escueta y florida de la<strong> nota biográfica,</strong> no la versión lúgubre del padrino beodo que coge el micrófono en el banquete de boda.  </p><p>El drama que nos ocupa, como los avezados lectores de esta trinchera habrán percibido ya, es que las cartas gemebundas —escritas, literalmente, a tumba abierta—, las estatuas ecuestres y los monumentos tumularios han orillado cuando no sustituido el noble y severo oficio del obituario, porque la <strong>emoción, la épica y la propaganda son vehículos de comunicación mucho más inmediatos y eficaces </strong>que la información.</p><p>La paradoja es contemplar con qué facilidad los textos funerarios escritos desde el dolor intenso de la proximidad o desde el elogio desmesurado, en lugar de verse enriquecidos por el anecdotario que exhiben, a menudo se ven como un manojo de sucedidos, más o menos pintones, que en lugar de humanizar el cuerpo presente cincelan un arquetipo, una caricatura, una<strong> reducción del cadáver a muñeco. </strong></p><p>Las <strong>necrológicas sucesivas por Gregorio Morán, Fernando Ónega y Raúl del Pozo</strong>, además de ser un sepelio por una España senil, que ya iba siendo hora, han compuesto bocetos más o menos merecidos y aproximadamente justos del disidente militante y enfadadísimo, del impertérrito y cortés periodista de Estado y del amigo de francachelas en establecimientos de dudosa reputación.</p><p>A menudo, cuando<strong> fallece un notable, muere una época.</strong> Así que las crónicas de incienso por estos tres respetados periodistas son también añoranzas. Melancolía. Nostalgia por una izquierda combativa, ceñuda y viril, por una España de consensos verticales descendentes y perfumados, y, por último, por un periodismo con olor a Ducados y ajo. En las necrológicas de Morán aparecía el retrato del disidente impertinente hasta el empacho, el columnista molesto, el eremita del malhumor, el escritor que había hecho de la venganza intelectual una forma de vida y del insulto feroz una literatura. En las necrológicas de Ónega se despedía al cronista de la Transición, al periodista que había estado en el centro mismo del relato político y que representaba una forma institucional del periodismo, la del profesional respetado por todas las tribunas y por todas las generaciones. Y en las de Del Pozo asomaba una elegía bohemia del oficio, la caricatura del columnista de conversación interminable que mira escotes, el conversador de madrugada, el hombre, muy hombre, que entendía el periodismo también como una forma de sociabilidad, como una lealtad, como una manera masculina de habitar el mundo.</p><p>Pero la necrológica<strong> no revela tanto al muerto que yace como al vivo que escribe</strong>. Y con los escribientes los tres han sido afortunados. Raúl del Pozo tuvo la suerte de que su cadáver fue robado por sus amigos de <em>gaudeamus</em>. La ventura de Ónega fue que la apropiación del cuerpo la hicieron las instituciones del Estado. Y, en fin, seguramente<strong> Morán ha sido el que ha tenido más suerte. </strong>Porque no había otro Morán vivo para escribir su obituario, como tantas veces hizo él, sin piedad, humanidad ni recato, con tantos camaradas de cuerpo presente a los que aun quiso matar después de muertos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 15 Mar 2026 17:53:03 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La última palabra]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Obituario,Periodismo,Periodistas,Manipulación informativa,España,Periódicos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Malas intenciones]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/malas-intenciones_129_2158089.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Malas intenciones"></p><p>Buenos actos por malos motivos es el enfoque más compasivo que se puede encontrar en la prensa estupefacta de la Villa y Corte respecto a la nueva posición del presidente del país como indiscutible comandante en jefe de la ética mundial en el tiempo de los bárbaros. En la prensa belicista las cosas están aún peor, pero nada hay que decir al respecto porque jalear una masacre tras otra no convoca análisis alguno, solo amerita reproche. Prestando pues atención solo a los melindres, esos atildados equidistantes del vacío, vemos que habitan en el pensamiento adversativo — “sí, pero”—, <strong>esa impertinente forma de periodismo y de habitar el mundo obstinada en encontrar una vez y otra la aguja insidiosa en el pajar de lo mullido</strong>. El compromiso y la audacia políticas podrán ser evidentes pero no son sinceros, nos dicen, pues el propósito final es táctico y no tiene que ver con la ética ni las reglas del mundo sino con una maniobra de distracción. Nadie explica cómo lo saben por un motivo trivial: hasta el momento, nadie ha podido entrar en la cabeza de los demás.</p><p>El periodismo tiene una materia prima inequívoca que no es ambigua ni discutible: <strong>los hechos observables</strong>. Profundizar en ellos para leer corrientes de fondo e inscribirlos correctamente en este <em>work in progress</em> humano que es la historia de la civilización permite al oficio trascender la dinámica del diario de avisos y el tablón de anuncios —que también son periodismo, cumpliendo con su función de servicio resumible en una socarronería de viejo reportero asturiano: “Lo más importante que escribirás nunca son los sueltos sobre el programa de festejos y sobre los precios del ganado”—. La paradoja con la que aquí jugamos cada semana es la certeza de que profundizar en lo que ocurre exige generalizar, emanciparse del detalle de los hechos y adoptar una mirada somera. <strong>Profundizar no consiste en acercarse, en descender a lo oscuro, sino que requiere elevarse, alejarse.</strong> El sentido profundo de los hechos no demanda de lupa sino de gafas de sol. </p><p>El límite más allá del cual cualquier interpretación es especulativa es pues el mencionado, lo observable. Y los pensamientos, los propósitos, las intenciones no son material perceptible salvo que concurran sincronizados con los hechos. Cuando el análisis se desplaza hacia las motivaciones internas de un actor político, el periodista entra en un terreno en el que no existe verificación posible, nadie puede saber —salvo el propio sujeto y no siempre— si una decisión se tomó por convicción moral, cálculo estratégico, oportunismo o por, más probable, una mezcla de todo ello. De hecho, la política real suele ser precisamente eso, una mezcla de razones nobles y utilitarias. Nuestros procesos, como los del progreso humano, son chapuceros y desordenados, y con frecuencia operamos desde una nebulosa de sinceridad, autosugestión e indulgencia, así que <strong>ni siquiera es probable que si pudiéramos leer el pensamiento de un político halláramos respuestas inequívocas a estas cuestiones. </strong></p><p>El juicio de intenciones adolece del obstáculo fundamental de no ser falsable. Un periodista puede demostrar si algo ocurrió, pero no puede demostrar lo que alguien quería si no lo verbaliza, con lo que maliciarlo es un ejercicio de psicología especulativa que transparenta el propósito final, que es la sanción moral. Es, entonces, una práctica humana prosaica y amena para las tardes de sillas en la acera y las noches de codos en las barras, pero <strong>no es, o no debería ser materia del periodismo digno.</strong></p><p>En realidad es aún peor, porque el juicio de intenciones funciona demasiado a menudo como una pose de sofisticación en la que el periodista se presenta como alguien que no se deja engañar por los discursos y que sabe ver detrás de ellos. Porque el cinismo es una estética de la perspicacia que sustituye el análisis por una retórica de la desconfianza. <strong>La paradoja condenatoria es que cuanto más descree y malicia, menos información aporta.</strong> Explicar una decisión política ética diciendo que todo responde al cálculo electoral es, en realidad, no explicar nada porque toda política democrática tiene dimensión electoral. Señalarlo nada revela, solo introduce un tono de sospecha sobre un hecho que en realidad es esencialmente virtuoso, pues el electoralismo es el predicado del mandato soberano, el test de adecuación de lo que un representante hace a lo que los representados pretenden de él.</p><p>Esto nos aterriza en una cuestión de pedagogía democrática elemental, porque en una democracia representativa no elegimos almas sino decisiones. El sistema no está diseñado para evaluar ni premiar la pureza moral de los gobernantes o su sinceridad, porque ellos no encarnan, solo representan. No es el santo que paseamos en las patronales, es el emisario que mandatamos a la política. Su papel no es ejemplar, es consular. <strong>Su cometido no es </strong><em><strong>ser</strong></em><strong> sino </strong><em><strong>hacer</strong></em><strong>.</strong> Ese es el principio de desconfianza liberal, de ahí que cualquiera sea elegible, pues no ha de ser un repositorio de virtudes, solo desplegar las políticas que lo han llevado al puesto. Lo evaluable de los jerarcas democráticos son las consecuencias tangibles de sus actos políticos. Dicho en términos de filosofía del derecho, cuando un gobernante adopta una política justa por motivos mezquinos, la política sigue siendo justa. Y a la inversa, si adopta una política injusta guiado por las mejores intenciones, el resultado sigue siendo injusto. </p><p>La democracia es un sistema de responsabilidad sobre acciones, no sobre propósitos ocultos. Incluso antes de la modernidad ilustrada, este laicismo de la política ya fue postulado por Maquiavelo, en cuya obra aparece la idea de que <strong>el gobernante debe ser juzgado por los resultados de sus actos antes que por su virtud interior</strong>. Y eso conduce al principio pesimista del liberalismo democrático, explicado a menudo en sus libros por el exsecretario de Estado de Cultura y Agenda Digital, <strong>José María Lassalle</strong>: las instituciones democráticas existen precisamente porque no podemos encomendarnos a la virtud personal de los gobernantes. El juicio de intenciones es pues irrelevante para la república —y para sus institutos, ya sean el periódico o el senado— porque pertenece al ámbito del templo. Desplaza el debate político real porque en lugar de discutir si una decisión –como la que ha convertido al presidente del Gobierno en un icono mundial del pacifismo responsable– es correcta y apropiada, si beneficia a la población o si es coherente con la política exterior declarada, levantamos una discusión psicológica sobre las supuestas motivaciones, abandonando la política para zambullirnos en una retórica a medio camino entre la novela de intriga y el auto de fe. Es decir, entre la ficción y la magia.</p><p>Ese es el contrasentido del periodismo de la sospecha, que <strong>presume de pretender el desenmascaramiento de la política pero solo abunda en el empobrecimiento del análisis y en su deslizamiento hacia la fantasía moralizante.</strong> Si todo se explica por cálculo, ambición o manipulación, la política deja de ser un espacio de decisiones públicas y se convierte en un teatro de conspiraciones personales. El resultado es un tipo de discurso público que contiene la semilla retórica de todas las teorías conspirativas. Todo es estrategia oculta, nada es lo que parece. Todos mienten, Ockham se revuelve en su tumba y los ciudadanos renuncian a la política.</p><p>La tarea del periodismo político es más modesta que todo eso. No consiste en adivinar la santidad de los gobernantes, sino en describir lo que hacen, explicar sus consecuencias y confrontar esas acciones con los principios que dicen defender.<strong> Si existe contradicción entre discurso y hechos, el periodismo debe señalarla, </strong>pero no necesita inventar una psicología de la especulación para hacerlo. Las intenciones pertenecen al territorio de la interpretación. Las decisiones pertenecen al territorio de los hechos. Y el periodismo —si quiere conservar su estatuto— debería permanecer lo más cerca posible de ese territorio.  </p><p>Porque la república no es un templo ni la política una liturgia de santidad. La república es una máquina imperfecta diseñada para que hombres imperfectos se gobiernen mediante decisiones verificables. Por eso el periodismo que le corresponde no es el que escruta conciencias sino el que examina actos. Cuando olvida ese límite y se entrega a la especulación de las almas, <strong>abandona el terreno de la razón pública y entra en el territorio turbio de la suspicacia conventual.</strong> Este oficio menesteroso no administra sacramentos ni expide indulgencias, no absuelve ni condena almas, tarea del confesionario, el patio o el café, donde todo es posible y nada es demostrable. Y cuando nada puede demostrarse, lo que desaparece no es solo el periodismo, también la política.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 08 Mar 2026 18:56:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Periodismo]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[El golpe que dio la democracia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/golpe-dio-democracia_129_2153021.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El golpe que dio la democracia"></p><p>Las nuevas revelaciones confirman que<strong> el 23F </strong>no fue un golpe del franquismo irredente contra la incipiente democracia, sino <strong>de la democracia contra su padre</strong>, Adolfo Suárez. Lo sabíamos ya —quizá lo hemos sabido siempre, pero evitamos pronunciarlo— y estas desclasificaciones, tal y como se preveía, apuntalan la evidencia conocida, que no es la que dice nuestro institucionalismo en voz alta ni la que llena los titulares. No hay una novedad factual sino algo más incómodo, la constatación de que el detalle de tal o cual llamada rara vez puede contradecir la composición general, <strong>la evidencia apreciable</strong> a primera vista. Y eso, para quienes militamos en la lectura general y comprensiva de los procesos históricos a los que atiende el periodismo —una lectura amplia y somera, en el mejor sentido—, es una vindicación <strong>casi obscena</strong> de lo obvio. </p><p>La ventaja de una miopía precoz es que enseña muy rápido a componer el cuadro y desatender la pincelada, a ver la mancha de luces al completo, borrosa pero<strong> plena de sentido</strong>, sin distraerse en las particularidades. De algún modo, un miope puede dar lecciones a los profesores de arte sobre cómo se mira un cuadro, qué hay en él, qué nos cuenta y cómo vibra. Pues un periodista es un miope de la historia. Y precisamente por eso, <strong>no se pierde en el trazo</strong>, en la exquisitez de la pincelada aparentemente caótica del impresionismo —porque no alcanza a distinguirla—, pero aprecia hasta la temperatura y el olor del aire del jardín que cultivaba y pintaba Claude Monet en Giverny. El impresionismo, por si no se habían percatado,<strong> es un arte para miopes</strong>, como lo es este oficio de impostores.</p><p>La mayor ventaja del lujo de poseer “un océano de conocimiento de tres pulgadas de profundidad”, tal es un periodista que haya frecuentado distintas especialidades, es esa capacidad para destilar, para pasar <strong>los detalles de lo real </strong>por el cedazo del sentido, eliminando la distracción, la minucia y el mecanismo. El periodismo lee la hora rápido y con precisión sin entretenerse en el hipnótico baile de ruedecillas y muelles. No hemos de ser relojeros sino anunciar la hora <strong>sin perífrasis</strong>. Este oficio, cuando se practica con probidad y decencia, es la navaja de Ockham de la historia porque al cabo sabe que las cosas casi siempre son lo que parecen. Muchos togados podrían pasarse años y empeñar miles de folios y dólares en dilucidar las responsabilidades penales de la toma del Capitolio de enero de 2021, pero cualquier periodista con dos dedos de frente ha visto, sin margen de duda, que Donald Trump <strong>intentó dar un golpe de Estado</strong>. En esta época de la historia todo ocurre ante nuestros ojos, solo hay que atender.</p><p>Así, si uno se libera de<strong> la épica pedagógica</strong> con la que se nos viene contando el golpe del 23F —el rey salvador, los militares malévolos, la democracia tierna e inocente, el país en pánico…— lo que aparece es un ajuste de cuentas interno, una operación de corrección de la velocidad y <strong>de desalojo político </strong>que fue plenamente exitosa. Una iniciativa triunfante en todos los sentidos. El 23F solo fracasó si lo entendemos como golpe de timón para regresar a una dictadura militar fascistoide y trasnochada, pero, salvo en la cabeza de algunos enfebrecidos patanes como Jaime Milans del Bosch y Antonio Tejero, no era ese el objetivo de los que sabían, intuían, pergeñaron, callaron, dejaron hacer, malmetieron, se dejaron cortejar y de los muchísimos —todos— que calentaron el ambiente para lo que ocurrió en febrero de 1981. El objetivo era<strong> acabar con Adolfo Suárez</strong> por su proceso de aceleración democrática, que fue demasiado lejos cuando legalizó el Partido Comunista de España. Demasiado lejos hasta para los socialistas, que de pronto tenían un rival inesperado en su lado de la cancha.</p><p>Adolfo Suárez no cayó por un exceso de autoritarismo sino por lo contrario, por haber llevado <strong>la lógica democrática</strong> más lejos de lo que el sistema estaba dispuesto a tolerar. Su pecado no fue franquista, fue no encajar ya en el consenso funcional de una democracia modesta y timorata que empezaba a andar sin ruedines. Si dejamos de mirar el árbol y contemplamos el bosque, vemos a los partidos <strong>conspirando abiertamente contra él</strong> —incluso y primero que todos, su partido, la UCD— incapaces de generar estabilidad pero perfectamente dotados para perderla. El Ejército, salvo en las mentes simplonas de Tejero y Milans, no actuaba como un resto del pasado sino como un actor que sentía —erróneamente, pero no en el vacío— que alguien, los propios patrocinadores del cambio, le estaba pidiendo que “ordenara” la escena. El Rey, lejos de ser una figura externa al proceso, estaba ya <strong>dentro del tablero</strong>, en su centro mismo, gestionando equilibrios, tiempos y silencios, conspirando contra Suárez y alentando los delirios de grandeza del general Alfonso Armada, cuya cabeza distaba mucho de ser la absurda caja de tambores y pistolas que tenía el <strong>capitán general de Valencia </strong>bajo la gorra, jugando con sus tanques como el teniente general Leland Zevo (Michael Gambon) cuando heredaba la fábrica de juguetes de su hermano Kenneth (Donald O’Connor), en <em>Toys, fabricando ilusiones</em> (1992), de Barry Levinson.</p><p>En esos tiempos vertiginosos, los medios, en su mayoría, no fueron un contrapoder ni un insobornable pilar democrático sino <strong>un coro expectante</strong>, melifluo y preparado para legitimar el desenlace “razonable”, siempre que no fuera un anacronismo casposo. No hay aquí una mano negra única, sino algo mucho más inquietante y ominoso, una suma de racionalidades parciales que producen un resultado monstruoso sin que nadie sea el responsable único, el vértice del plan. Porque así ocurren<strong> las conspiraciones</strong>, no en una habitación oscura, sino en muchísimas noches de sobremesa, en charlas informales al final de la barra, en silencios cómplices, en intereses compartidos, en una copa junto a una piscina. Justo lo contrario de lo que pretende <strong>el relato tranquilizador </strong>del golpe clásico.</p><p>Tenía todo el derecho Alfonso Armada a pensar que el desenlace para él fue injusto —quizá su rápido indulto no es sino el reconocimiento de culpabilidad compartida del sistema en su conjunto—, estaba legitimado para pensar que <strong>se quedó solo </strong>pese a que todos le dijeron que estaban de acuerdo, pues no hay documento más incriminatorio que la famosa lista del Gobierno Armada con la que el exsecretario del Rey quiso convencer a Antonio Tejero de que liberase el Congreso, un ejecutivo de concentración nacional que incluía a todos los actores de la incipiente democracia bajo la batuta de un hombre de orden. <strong>Bajo su batuta</strong>. Allí estaba, “temblando en un papel”, el nombre de socialistas como Felipe González o Gregorio Peces Barba, y comunistas como Ramón Tamames y Jordi Solé Tura. ¿Qué tipo de motín fascista incluye dos ministros comunistas? Pues uno que atiende, o cree atender, a la voluntad de todos los actores de la balbuciente democracia, deseosos de <strong>defenestrar a Adolfo Suárez</strong>, tomar el control y poner orden. Esa lista no prueba un plan cerrado y complicidades explícitas pero sí connivencias implícitas. Armada no habría elaborado esa lista si creyera que alguno de los designados iba a decir que no. La lista delata una disponibilidad moral, la disposición a dejarse incluir, a no levantarse de la mesa, a dejarse cortejar, a escuchar, a no decir taxativamente “no”. A esperar antes de actuar. Y <strong>nadie se libra </strong>de esa evidencia.</p><p>No hace falta conspirar activamente para ser parte de algo históricamente vil, basta con no cerrar la puerta cuando llaman. Con no colgar el teléfono cuando suena. Que incluso socialistas y comunistas aparezcan en ese horizonte nuevo <strong>no es una paradoja</strong>, es una confirmación, porque el problema no era ideológico, el problema era Adolfo Suárez como anomalía viva, alguien que no obedecía del todo al pasado ni se sometía al futuro, que no encajaba ya en ningún <strong>reparto estable del poder</strong>, un tipo cuyo papel en la función había concluido. Es un arquetipo narrativo clásico, el del mesías, que se diferencia del héroe en el hecho de que no reina sobre la comunidad que funda, sino que es expulsado de ella. Como Moisés a las puertas de la Tierra Prometida. Suárez, en este sentido, pertenece pues a un linaje narrativo mucho más antiguo que la política y, por eso mismo, más verdadero que <strong>cualquier archivo desclasificado</strong>.</p><p>El fundador no puede vivir en el mundo que hace posible porque su sola presencia recuerda el momento caótico, excepcional y peligroso de toda fundación, recuerda que el orden nació de <strong>una decisión no reglada</strong>. Y los sistemas —todos— necesitan olvidar ese origen para estabilizarse. El fundador <strong>es incompatible</strong> con la fase que lo sigue, la de los administradores, los herederos, los sacerdotes del procedimiento. El mesías es una figura insoportable a largo plazo porque su sustancia es violenta, aventurera, una presencia que sostiene que todo pudo haber sido de otro modo, sea cierto o no, y por tanto todo<strong> podría volver a cambiar</strong>. Esa es la razón por la que el mesías nunca es traicionado por sus enemigos sino sobre todo por los beneficiarios de su sacrificio. Empezando por el Rey. Suárez sigue siendo una figura <strong>difícil de integrar</strong> en el relato nacional, en el que no encaja como villano ni como santo oficial, es demasiado trágico para el bronce y demasiado limpio para la sospecha. Y, como subraya Enric Juliana, fue un paria político durante una década entera y no disfrutó de honores hasta que se supo que padecía<strong> una enfermedad terminal </strong>que destruye la memoria y la identidad. Fue elevado a los altares cuando se supo a ciencia cierta que ya nada podía decir. </p><p>El detalle nuevo de la semana —la llamada concreta, la nota al margen, el gesto ambiguo— no cambia nada esencial porque el sentido del acontecimiento ya estaba fijado por <strong>su lógica sistémica</strong>, no por las anécdotas. El 23F es por eso una advertencia y se convierte en un espejo incómodo para el presente que nos enseña que la democracia no siempre es víctima, que puede ser también <strong>verdugo</strong> de quienes la fundan y que el consenso, cuando se sacraliza, se vuelve indistinguible del chantaje. En ese sentido, el 23F no es una anomalía histórica sino <strong>un patrón</strong>. Cuando un ente sistémico decide que alguien “estorba”, activa todos sus mecanismos —legales, simbólicos, mediáticos e institucionales— para apartarlo, y luego escribe una leyenda higiénica que permita seguir viviendo con ello. En este caso, la leyenda del rey Juan Carlos <strong>salvando a la democracia</strong>, solo porque acabó frenando lo que él mismo (no solo él, pero sobre todo él) había puesto en marcha y había permitido crecer bajo sus barbas y en su nombre. </p><p>Algo de lo que deberían tomar nota, si no lo saben ya —lo saben, vaya si lo saben—, cuantos llevan conspirando contra el Gobierno actual <strong>desde hace ocho años</strong>, empezando por el primer partido de la oposición, en tiempo de saludo tras la orden de José María Aznar “el que pueda hacer que haga”, y alcanzando, por supuesto, a la más alta magistratura del sistema judicial, el Tribunal Supremo, instalado en lo que políticamente podemos convenir que no es más que<strong> golpismo burocrático</strong> de literatura cutre.  </p><p>El fetichismo del dato es pues la maniobra de distracción perfecta para el experto, porque quien se pierde en los pormenores omite que la democracia española nació con <strong>un trauma no resuelto</strong> de haberse conjurado con malas artes para deshacerse de su propio padre y poder seguir adelante. La democracia lo hizo mediante una operación sucia y duradera de acoso y hostigamiento en la que no dudó en aliarse con su peor enemigo, el fascismo remanente y gritón. El cuadro termina de cerrarse con una crudeza casi insoportable cuando recordamos la vieja sospecha de Santiago Carrillo sobre la implicación de su compañero <strong>Ramón Tamames</strong> —hoy conspicuo filofascista—, un detalle como tantos otros, que sanciona que el 23F no puede leerse como un drama de “unos contra otros” y pasa a ser una escena coral de<strong> irresponsabilidad compartida</strong>, un crimen comunal más parecido a <em>Julio César</em> de Shakespeare que a <em>Fuenteovejuna</em> de Lope de Vega.</p><p>Suárez hace lo impensable para que la democracia sea genuina —legaliza el comunismo—, el sistema entra en pánico y cada actor busca una salida “responsable”, “ordenada” y “de sentido común”. Esa suma de prudencias acaba justificando una barbaridad y pariendo una aberración. Santiago Carrillo, con su instinto político afiladísimo, olió que <strong>nadie era del todo inocente</strong>, que si Tamames sabía algo no era porque el PCE conspirase sino porque el clima era tan denso que se sabía sin saber. Como se sabe que algo va a pasar porque demasiada gente habla en voz baja, como se saben las tormentas <strong>cuando el aire se detiene</strong>.</p><p>La democracia española aceptó durante unas horas la idea —y hoy vuelve a militar en ella— de sacrificar a su presidente creyendo salvarse así <strong>a sí misma</strong>. En 1981 no hubo excepciones en la traición al procedimiento, hubo grados. Pero los grados no absuelven, solo dispersan las responsabilidades. El 23F sigue siendo tan incómodo hoy, no porque falten papeles sino porque <strong>sobran coartadas </strong>y porque aceptar esta lectura implica asumir el crimen fundacional, asumir que nuestra democracia nació no solo de un pacto, sino también de una claudicación compartida, de una fechoría, de<strong> su miedo a sí misma </strong>y a los mecanismos de gestión del poder de los que se había dotado.</p><p>El golpe fue un éxito y sus productos están ahí: la defenestración política de Suárez, la canonización del Rey, el triunfo rutilante del socialismo en octubre de 1982 como agente de orden que arrinconaría<strong> al temido PCE</strong>, el cumplimiento riguroso del trato para permanecer en la OTAN y, sobre todo, el fórceps para desmantelar la España autonómica, la LOAPA (Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico), pensada para embridar la obra de Suárez, impulsada por el PSOE, anulada por el Tribunal Constitucional pero finalmente desplegada subrepticiamente en las décadas siguientes por el bipartidismo reinante, <strong>hijo también del golpe</strong>. Y claro que fue el Rey. Y todos los demás. Unos porque animaron, otros porque sabían; unos porque se conjuraron, otros porque callaron; unos porque lo intentaron, otros porque esperaron a ver; unos porque añoraban, otros porque se dejaban querer.</p><p>No hay ni habrá dato nuevo o grabación comprometedora que <strong>desdiga esta evidencia </strong>de la realidad contemplada a vuela pluma, y sí detalles que la apuntalen. El golpe que fracasó es el que Antonio Tejero creyó estar dando, con su mentalidad granítica de sargento chusquero y una integridad como solo lucen los verdaderos fanáticos. <strong>El tonto útil</strong>, como ahora sabemos que sabía su esposa. Se dio cuenta de que el golpe no lo estaban dando los suyos sino el sistema entero cuando Armada le enseñó su lista de gobierno y entonces decidió acabar con todo, tirar p’adelante y que salga el sol por Antequera. El Rey, en todo caso, esperó hasta saber si el plan de Alfonso Armada <strong>domesticaba </strong>al guardiacivil bigotón antes de abrir la boca. </p><p>Como tantas veces, como ocurre con el magnicidio de John Fitzgerald Kennedy, es este un modelo de<strong> investigación edípica</strong>, según el patrón de los narratólogos Jordi Balló y Xavier Pérez, porque las pesquisas de Edipo sobre la muerte de su padre lo conducen a una revelación devastadora: la respuesta<strong> es un espejo</strong>. El asesino que busca es él mismo. Eso le pasa a la democracia española indagando el 23F, que sabe que el final del camino es un espejo y entonces prefiere el cuento. Edipo se arrancó los ojos como hace hoy <strong>Javier Cercas</strong>, que desplegó en <em>Anatomía de un instante</em> esa evidencia palmaria de complicidades y hoy se niega a verla en sus propias letras, jurando y perjurando que no dicen lo que dicen. Se niega a mirar a los ojos de su propio relato, a lo que sabe que sabe. </p><p>Los nuevos materiales apuntalan todo ello, ese<strong> crimen colectivo</strong> que mancha de forma balzaquiana la fundación democrática. Seduce pensar que Antonio Tejero decidió morirse ese día como quien lanza <strong>un corte de manga postrero</strong> al engaño de que fue objeto, descubriendo demasiado tarde que solo era el figurante caricaturesco de un drama shakespeariano cuyo “elefante blanco” eran —maldita sea— <strong>todos los demócratas</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Mar 2026 18:27:44 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El golpe que dio la democracia]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Teoría del contraplano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/teoria-contraplano_129_2149653.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Teoría del contraplano"></p><p>“Cuando la leyenda se convierte en realidad, imprime la leyenda”. La conocida frase, a la que se atribuye un cinismo equivocado, pertenece a la monumental <em>El hombre que mató a Liberty Valance</em> (1962), para muchos, el western definitivo y también una de las primeras aportaciones sofisticadas del séptimo arte a la relación del periodismo con la realidad y con el símbolo, con lo literal y con lo alegórico, más allá del habitual elogio moral de la verdad. La frase que encabeza estas líneas aparece en uno de los diálogos finales, ante la confesión de un anciano Ramson Stoddard (James Stewart) sobre la muerte del pistolero, y la pronuncia el editor del periódico, Maxwel Scott (Carleton Young), sabiendo que el asesinato de Valance fundó civilización y derecho para la hoy próspera ciudad de Shinbone. Lo que señala Scott, que se niega a publicar la historia real —a saber, que fue la bala que disparó Tom Doniphon (John Wayne) desde las sombras y no la del abogado Stoddard la que mató a Valance—, no es un mero elogio de la mentira (en realidad, nadie miente en primer término porque el propio letrado no supo en el momento del duelo que no fue su bala la que acertó al villano) sino más bien una vindicación del símbolo frente al hecho. Dicho de otro modo, al editor del <em>Shinbone Star</em> <strong>le preocupa más lo que el acontecimiento significa que la precisión notarial y postrera de los hechos</strong>. Aplicado a nuestro vocabulario, no quiere estropear <em>la verdad</em> con pormenores. En una sociedad protodemocrática, un territorio de frontera entre la selva y la ley, el periodismo no solo levanta actas, también erige civilización.</p><p>Desde esta peana hemos reivindicado con frecuencia el sentido patente de la historia frente al detalle en el que el <em>expertise</em> a menudo se pierde. Una forma habitual de hablar de este dilema, el que enfrenta lo prosaico con lo relevante, se expresa en la célebre sentencia, atribuida a Confucio, sobre lo trivial y lo importante: “Cuando el dedo señala la luna, el necio mira al dedo”. Aludió a ello el portavoz parlamentario de ERC Gabriel Rufián en coqueta protesta durante el acto que protagonizó el pasado miércoles junto al diputado de Más Madrid Emilio Delgado. “No me miren a mí, miren lo que señalo”. Pero a veces la noticia, lo relevante, lo que tiene significación <strong>no está en la luna ni en el dedo, sino en la audiencia que contempla al aprendiz de astrónomo</strong>. Aludimos a uno de los dilemas más habituales del oficio, dónde poner la atención. Porque la tarea, como no nos cansamos de repetir, consiste –por encima de ninguna otra consideración– en descartar antes que en añadir.</p><p>Las crónicas del acto público de Rufián y Delgado, con atención mediática desmedida, prestaron atención detallada a lo dicho en el escenario —incluso sacando de contexto alguna frase, por arrimar el ascua a la conveniente sardina— y a los personajes en cuestión, su talante, su trayectoria, sus avíos políticos. Y sin embargo la novedad, el significado, la respuesta era el alrededor. No ocurre a menudo, pero sí a veces. La iniciativa presentada por Rufián y Delgado ha sido tratada como si su relevancia dependiera exclusivamente de su viabilidad técnica o de la idoneidad de los intervinientes: si suma, si resta, si es jurídicamente posible, si es electoralmente razonable, si colisiona con la costumbre. Los análisis rutinarios ignoraron lo que estaba ocurriendo alrededor del texto. Porque mientras el periodismo miraba mayormente al escenario,<strong> el acontecimiento estaba enfrente</strong>: entradas agotadas en minutos; presencia de todo el arco político de la izquierda —excepto el putinismo, que se había autodescartado—; público joven, numeroso, atento e ilusionado; gente en la calle que no pudo entrar pero tampoco se fue; decenas de miles siguiendo el acto en directo por streaming; un ecosistema mediático completo acreditado —hasta cien medios solicitaron asistir—; ninguna reacción deslegitimadora posterior, solo prudencia y escepticismo, sin impugnación, porque <strong>todos los actores del espacio se sintieron en la obligación de decir algo,</strong> se sintieron concernidos, no por lo dicho sino por el hecho patente: las ganas. Nada de eso es accesorio porque nada de eso tiene precedente en la última década; todo eso es la noticia, la principal noticia. </p><p>En cine sabemos que <strong>hay planos que engañan</strong>. No es grave ni punible, el cine es (debe ser) manipulación de la mirada, engaños a la atención. Un primer plano es intenso, pero puede ocultar el contexto mientras un plano general informa, pero enfría. El contraplano, en cambio, revela la relación, quién escucha, cómo escucha, cuántos son, qué esperan. Alfred Hitchcock fue el primer gran maestro en estas prestidigitaciones al punto de hacer que sus audiencias creyeran haber visto cosas que no habían visto. </p><p>El periodismo político contemporáneo, atento hasta el exceso, tiende a confundir discurso con acontecimiento y a menudo coinciden, pero no siempre. <strong>A veces el acontecimiento no es lo que se propone,</strong> sino el hecho de que haya una demanda social para que alguien lo proponga, aunque sepamos que es difícil, improbable o incluso inviable.</p><p>El encuadre no es neutral. Decidir dónde colocar la cámara —literal o metafóricamente— es decidir qué consideramos relevante. Es establecer jerarquía, fijar dónde yace lo significativo, el símbolo que supera la ramplonería del hecho crudo y pone luces largas al momento. El contraplano del acto del miércoles sugería algo nuevo, una expectativa, una ansiedad, una voluntad de recomposición, incluso una melancolía electoral de colaboración en un espacio político que lleva años fragmentado política y territorialmente, y exhausto. Eso no convierte la iniciativa en exitosa ni en correcta, pero la convierte en significativa. La convierte en noticia mayor. Y <strong>el periodismo debe ser, antes que juez de viabilidad, sensor de significado.</strong></p><p>Cuando la atención social es masiva, transversal y sostenida, el oficio no puede fingir que solo ha ocurrido un discurso. De vez en cuando, la noticia no es lo que alguien dice, sino <strong>el hecho de que muchos quieran escucharlo</strong> —y que otros muchos, incluso los escépticos, sientan que no pueden permitirse obviarlo—. Ahí, justo ahí, es donde el periodismo debe colocar la mirada, en ese contraplano de la audiencia, del silencio atento. En la acumulación de indicios que no caben en un titular, pero que explican mejor el momento político que cualquier frase entrecomillada de los convocantes.</p><p>Hay mucha información significativa de los tiempos que atravesamos —hay <strong>símbolo y sentido</strong>—cuando la noticia se residencia en el público, en el alrededor, en el antes y el después del discurso, en la reacción de los demás actores. Y también, cuando los analistas más conspicuos siguen mirando al escenario, con una mirada hecha, con un esquema politológico <em>prêt-à-porter</em> sobre ideas, posibilidades y discursos. </p><p>El cine aprendió pronto que no hay plano inocente y no hay relato sin montaje. Una acción aislada no significa nada hasta que alguien decide qué mostrar antes y qué después, dónde cortar y hacia dónde devolver la mirada. En <em>El hombre que mató a Liberty Valance</em><strong> no se funda una ciudad por un disparo, sino por la historia que se decide contar sobre él</strong>, una decisión que no es técnica ni notarial, sino moral y política, aunque sea una mentira fortuita y pequeña. Porque no es mentira que el abogado friegaplatos, con su delantal, se retó a duelo con el malévolo pistolero, y esa fue la noticia. La ley desafió a la selva. Después supimos que falló, y que fue un hombre del ocaso, otro pendenciero, quien intervino porque entendió el sentido de lo que ocurría pese a que, matando a Valance, él mismo renunciaba a habitar el futuro. No habría granja, ni esposa ni vida más pistolas. Como Moisés, alcanzó la tierra prometida, pero nunca la pisó. Como Frodo, salvó La Comarca, pero no para él. </p><p>A menudo captar el clima, el gesto colectivo, la expectativa silenciosa o las reacciones solo aporta contexto que enriquece, pero unas pocas veces, de vez en cuando, el alrededor es el capitán de la historia. Un pequeño sismo que emite mucha información valiosa sobre el silencioso sujeto político que determinará el futuro de los muchos predicados: el <strong>votante</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Feb 2026 18:58:56 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Teoría del contraplano]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Izquierda,Sumar,Gabriel Rufián,Podemos]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Un globo rojo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/globo-rojo_129_2145950.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un globo rojo"></p><p>Al principio era la risa. Luces, maquillaje, música, aplausos y una carcajada compartida al final del día, en el convenio fantástico y amable del circo. El payaso aliviaba, hacía llevadero el cansancio del mundo a los adultos y ofrecía a los niños un igual inocente y gozoso. No pedía fe ni obediencia sino atención. <strong>No prometía verdad, solo diversión y durante mucho tiempo cumplió con su parte del trato</strong>, distrayendo, acompañando, poniendo una nota de levedad bajo la carpa, barrera ante un mundo grave y ronco, de dureza e intemperie. Pero los payasos, como los reyes, envejecen.</p><p><strong>El periodismo político descansa sobre una premisa simple</strong>: algo ahí fuera ocurre y la tarea del periodista consiste en asegurarse de que de veras ha ocurrido, averiguar qué es, con qué consecuencias y para quién. Ese algo podía ser una ley, una guerra, un presupuesto, una dimisión, una huelga, una estadística o una crisis material. La política producía hechos y el periodismo, en términos ideales, los narraba, los verificaba, los contextualizaba y los jerarquizaba. Pero ese suelo se volvió muy rápido un piso resbaladizo por las exigencias de los formatos audiovisuales y la política dejó de manifestarse prioritariamente en hechos verificables y pasó a expresarse casi por completo en el territorio del lenguaje. El lenguaje audiovisual necesita imagen y sonido, presencia, gesto y voz, y el dicho es la unidad ideal porque tiene rostro, tono, duración acotada y conflicto implícito. Puede mostrarse. El periodismo político contemporáneo, contagiado del formato audiovisual, ya no ocurre tanto en decisiones como en enunciados. No se despliega en hechos, sino en dichos. No porque la realidad haya desaparecido —la realidad nunca desaparece— sino porque<strong> un preámbulo o una reforma fiscal no son tan telegénicos como alguien que los adjetiva.</strong> Y cuando la política se convierte en una cadena ininterrumpida de palabras que no son del periodista, el periodismo entra en una crisis que no es moral ni profesional, sino epistemológica.</p><p>El desplazamiento es sutil, pero decisivo, pues informar de un hecho exige método, contraste de fuentes, jerarquización, contexto, memoria y habilidades lingüísticas. Informar de un dicho exige muy poco porque basta con mostrarlo y amplificarlo. <strong>El dicho no necesita ser probado, solo necesita haber sido enunciado.</strong> Entonces, el centro de gravedad de la información política se mueve porque ya no importa tanto qué ocurre, sino quién dice qué, cómo lo dice, a quién provoca y qué reacción genera. El acontecimiento deja de ser exterior al discurso y pasa a ser el propio discurso. La política se convierte así en un ecosistema autorreferencial de palabras que generan palabras, declaraciones que provocan reacciones, respuestas que alimentan nuevas declaraciones. Un circuito cerrado de lenguaje.</p><p>Un hecho político, en cambio, casi nunca se deja ver. Una ley no habla, un presupuesto no gesticula, las leyes se escriben sin signos de admiración y ninguna tendencia estadística mira a cámara. El hecho necesita ser explicado e interpretado, y <strong>contar siempre es más lento, más abstracto y menos seductor que mostrar.</strong> El audiovisual —por pura lógica técnica— desarrolla una demanda estructural de dichos que dan ritmo, variedad y sensación de acceso directo a la realidad: “No te lo cuento, te lo enseño”. Pero esa ilusión de transparencia tiene un precio, el periodista se difumina como mediador cognitivo y queda reducido a introductor de fragmentos de discurso ajeno. Y además, contagia a la política, que en justa reciprocidad se profesionaliza como una fábrica de enunciados.</p><p>La política real actúa por acumulación, desgaste, omisión y desplazamiento administrativo. Sus efectos son patentes, pero lentos, difusos y poco fotogénicos. El sistema informativo, en cambio, necesita material diario, conflictivo y  personificado. Por eso<strong> la política cotidiana se convierte en una ficción industrial,</strong> una producción constante de palabras para alimentar un circuito mediático que necesita movimiento, aunque ese movimiento sea puramente verbal.</p><p>Y esos focos y micrófonos afectan a la escritura. Las comillas adquieren un papel ambiguo. En teoría, son una herramienta neutral que permite atribuir palabras, delimitar responsabilidades y distinguir entre narrador y fuente. En la práctica, cuando el texto se sostiene sobre comillas, el periodista abdica de su función esencial. Abrir comillas es ceder la voz. Y multiplicarlas, hacer piezas que son sucesión de declaraciones, es renunciar a construir sentido en pos de una liturgia dramática y emocionante. <strong>Las comillas funcionan como coartada moral y profesional</strong>, pero este oficio no consiste en dejar decir sino en hacer comprensible lo que ocurre, incluso —o sobre todo— cuando lo que ocurre no se deja ver.</p><p>Lo que no se deja ver… Como un platillo volante, un fantasma o un animal mitológico. Lo misterioso, lo que no existe, se caracteriza porque no se manifiesta como hecho verificable sino como relato, como suma de testimonios. <strong>Nadie puede probarlo pero mucha gente lo cuenta. </strong>No se constata, se cree o no se cree, se pertenece o no al grupo de los convencidos de que existe el chupacabras y que ellos están ahí desde la antigüedad haciendo pirámides de piedra, aunque ellos tengan naves con pantallas y pistolas de rayos láser. El entretenimiento sostiene que la verdad está ahí fuera, pero el periodismo consiste en que solo es verdad lo que está aquí dentro.</p><p>Y sin embargo, el periodismo político se parece cada vez más a eso que no existe porque ha adoptado la forma epistemológica del testimonio, de percepciones, intenciones atribuidas, sospechas e interpretaciones emocionales. El hecho material queda en segundo plano, lo central es el murmullo. Por eso, los espiritistas, los cocineros o los cómicos disputan hoy la voz a este oficio. No tiene que ver con el intrusismo o la maldad, es solo un problema de objeto y de lenguaje. Y de crisis de la mediana edad. En un mundo donde el acontecimiento es lingüístico, la autoridad ya no la da el método sino la presencia. Y ahí,<strong> el entretenimiento no invade el periodismo sino que compite legítimamente en el mismo terreno y con ventaja.</strong></p><p>Pero un día, la risa no basta. Los rostros del entretenimiento, los de los programas de cotilleo, los jurados de concursos musicales o los que llevan persiguiendo marcianos desde que tienen uso de razón deciden que ya no quieren ser el payaso que lleva sonrisas y emociones a niños y grandes. Quieren trascender. El maquillaje blanco empieza a pesar y salen una vez más a la pista con sus zapatones y su nariz roja, pero hoy el gesto alegre es mecánico, la risa blanca es mueca. Y entonces ocurre algo muy extraño: el payaso descubre que quiere hablar en serio, y que el público, acostumbrado a escucharlo sin defensa porque existe un pacto para la ficción divertida, <strong>sigue ahí cuando baja la voz y el chiste muta en advertencia o admonición. </strong>Que el escenario ligero admite, sin protestar, un tono grave.</p><p>La pasada semana un periodista pedía a los compañeros de oficio <strong>respeto para los ufólogos televisivos</strong>, a los que trataba como “compañeros”.</p><p>El <em><strong>Gran Pennywise</strong></em> no se presenta como monstruo, sino como promesa de juego —un globo, una risa histérica—. Sólo en el momento final muestra sus fauces, que se alimentan de niños. Eso es lo que ocurre cuando el espectáculo de variedades empieza a hablar de política. <strong>El espectador baja la guardia porque cree estar en una región conocida, sabe quién es el payaso y lleva años divirtiéndose con él, </strong>cómo no escucharlo cuando parece haber perdido la gracia y ganado gravedad, cuando el chiste se vuelve doctrina.</p><p>El tránsito es imperceptible, no hay ruptura, nadie anuncia que el juego ha acabado. Sencillamente, <strong>un día el payaso deja de contar chistes y empieza a predicar un mundo misterioso, antiguo y amenazador</strong>. Y lo hace aupado en los zapatones de quien no necesita método, pruebas ni hechos. Le basta con decir, porque la política contemporánea se le ofrece como un festín perfecto, un territorio hecho casi sólo de palabras, de declaraciones, de reacciones, de frases tremendas lanzadas al aire. Y mirándose en el espejo de bombillas sonríe de nuevo, convencido de que ese travestismo le otorgará importancia. No hay que demostrar nada; solo hay que expresar convicción. El plató se vuelve entonces el bosque de Derry, un espacio encantado y familiar donde aguarda un devorador de almas, ascua viva de la edad antigua, atávica y fantasmática.</p><p>Cuando el entretenimiento envejece no se vuelve sabio, se vuelve solemne. Cuando la política es lenguaje no se vuelve transparente, se vuelve sortilegio. Y<strong> cuando el periodismo se refugia en las comillas, en la voz de otro, cede ante el payaso</strong> que cuenta historias improbables al calor de una pequeña hoguera en lo profundo del bosque. Historias lúgubres hacia las que avanzamos hechizados por un inofensivo globo rojo.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 15 Feb 2026 18:25:07 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Un globo rojo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Periodismo,fake news]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los niños de Howard Beale]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/ninos-howard-beale_129_2141757.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los niños de Howard Beale"></p><p>“No es tan difícil”. Hablaba en la tele un usuario del servicio ferroviario, desde la Estació de França, en Barcelona. Lo que “no es tan difícil”, según el joven, es organizar el servicio y avisar en tiempo y forma a los viajeros de los horarios de salida y llegada, de los retrasos previstos y de los trenes suspendidos, en mitad del colapso del sistema de Rodalies y con los AVE circulando precavidamente despacio en la línea Barcelona-Madrid, mientras los taludes de carreteras y vías férreas se vencen borrachos de lluvia. La frase, que se ha repetido estos días en distintas variantes pronunciada por viajeros de toda condición, ilustrando informativos de todas las cadenas de televisión, causa estupefacción porque es justo lo opuesto a la realidad: <strong>gestionar la complejidad de una red de transportes en un área urbana de Europa Occidental es difícil. </strong>Muy difícil. El enfado ciudadano no es novedad y, al menos en cuanto a la red de Cercanías del área metropolitana de Barcelona, abandonada durante décadas, está justificado, pero lo preocupante no es que se le dé altavoz a la simplificación sino la ausencia de respuesta del periodismo. Nadie, en ninguna mesa, en ningún plató, respondió que e<strong>l primer mundo es un modelo de complejidad,</strong> que la característica de lo contemporáneo es la gestión de la complejidad.</p><p>Cuando este oficio nuestro da voz al enojo sin explicar la complejidad, no está acercándose a la gente, está rebajando el mundo hasta hacerlo compatible con una expectativa infantil. El devastador mensaje implícito es que la gestión del transporte público debería ser fácil, y si no lo es, alguien ha metido la pata. Pero la realidad técnica —trenes, liberalización, protocolos de seguridad, sistemas interconectados, movimiento continuo, decisiones prudenciales tras accidentes— es cualquier cosa excepto fácil. Y no tiene por qué serlo porque la <strong>dificultad no es un defecto, es la condición natural de los sistemas complejos. </strong>Es decir, de cualquier sociedad avanzada. Amplificando al usuario indignado sin contraste solo se legitima la fantasía de que el mundo debería funcionar como una App. El prestigio del enojo, elevado a opinión solvente y estado de ánimo de autoridad, convierte la frustración en criterio de veracidad y supone tratar al lector como a un niño al que no se le puede decir la verdad, a saber, que el mundo es complicado y que hay razones para que lo sea. Eximir al ciudadano adulto de tolerar la complejidad y confundir su impaciencia con lucidez es una infantilización de las sociedades que estamos pagando con las vidas que se está cobrando la<strong> pérdida de autoestima de la democracia. </strong></p><p>Este enfado amplificado —convertido en humor de época, expresado por doquier por ganaderos, comerciantes, rentistas, hosteleros, cazadores, escritores …— está sin excepción protagonizado por<strong> ciudadanos del primer mundo acostumbrados a que los sistemas funcionen sin fricción</strong> y a vivir cualquier disfunción como una ofensa personal. Y rara vez alguien se detiene a explicar qué es lo que ha cambiado realmente en unas semanas para el colapso del sistema ferroviario —más preciso sería decir, “la impresión de colapso”—, que tras accidentes graves se extreman las precauciones, que multiplicar el número de los servicios y compañías disponibles tiene consecuencias, que los sistemas complejos no funcionan como el mecanismo de un sacacorchos, que la mengua del Estado del Bienestar deja huella en las infraestructuras o que la seguridad tiene costes en tiempo, comodidad y eficiencia. Entonces, la complejidad es invisibilizada y es sustituida por una emoción primaria de altísima rentabilidad política, la <strong>ira</strong>. Que es vehiculada electoralmente contra la democracia, como está ocurriendo en todos los países occidentales. </p><p>Lo vimos también con el accidente de Angrois, en que las decisiones de seguridad provisionales durante la expansión de la alta velocidad unidas a un desgraciado error de un maquinista causaron una tragedia aún mayor que la de Adamuz. Entonces, el <strong>error político grave fue la gestión de la crisis,</strong> el trato denigrante que se procuró a las víctimas y sus familias. No el accidente. El accidente fue una desgracia y, como todos los accidentes, una concatenación de errores, torpezas, azares y descuidos.</p><p>Pero este mismo sarpullido infantil ante la complejidad lo vimos durante el extraordinario apagón de abril de 2025, resuelto por los técnicos en 24 horas, y, antes, a propósito de la contención y respuesta europea a la pandemia de 2020, dos casos de gestión de crisis exitosos y modélicos en cualquier tabla geográfica o histórica que tomemos como referencia. </p><p>En este gesto, aparentemente democrático —“dar voz a la gente”— hay un patente <strong>sesgo paternalista porque trata al ciudadano no como a un adulto </strong>capaz de comprender un mundo difícil sino como a un niño al que se le concede que su frustración es legítima y suficiente. No se le exige entender, se le invita a enfadarse, se le aplaude por ello, y así el periodismo no media entre el mundo y el lector o espectador sino que lo licúa y endulza hasta hacerlo bebible, compatible con una mirada pueril de simplicidad permanente. </p><p>La objetividad periodística —la ecuanimidad, si prefieren— no es el resultado de sumar subjetividades, como hablamos semanas atrás a propósito del bienintencionado y nefasto periodismo ruralista, que da altavoz y no respuesta experta a las supersticiones, los atavismos, las creencias erróneas y los intereses espurios de ganaderos y cazadores. Como si colocar en un plano de igualdad la queja de un pasajero, la opinión de un técnico y la decisión de un responsable de seguridad produjera, por acumulación, una verdad equilibrada. Pero la objetividad no es un promedio emocional y, si queremos expresarlo en términos matemáticos, una<strong> información cierta no es el mínimo común múltiplo de las opiniones </strong>sino el mucho más modesto máximo común denominador. Más claro: una información correcta no es una multiplicación, es una división. No es suma sino resta. El periodismo no se construye añadiendo sino descartando, merced a una jerarquía de relevancias que exige discriminar, contextualizar y explicar.</p><p>El filme de Sidney Lumet<strong> </strong><em><strong>Network, un mundo implacable</strong></em><strong> </strong>(1976), escrito por el dramaturgo Sidney Aaron "Paddy" Chayefsky (que le supuso su tercer Oscar a mejor guion), suele citarse como una sátira capitalista sobre el poder corporativo y la manipulación mediática. De algún modo, Howard Beale (Peter Finch), el presentador que pierde la cabeza y hace que miles de ciudadanos abran las ventanas y griten a la noche “¡Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo!”, ha sido interpretado como un héroe trágico, un agitador de conciencias, la voz de alienación ciudadana, la respuesta a la avidez capitalista y al consumismo, pero no es eso lo que Lumet y Chayefsky cuentan en su película, sino lo que<strong> el niño caprichoso que habita en nosotros quiere ver,</strong> dada la simpatía precivil que sentimos por la irritación, la autoridad que le regalamos a la gente enfadada. </p><p>Beale es, en realidad, un hombre que enloquece y cuya locura resulta extraordinariamente rentable para la cadena de televisión. Su célebre grito, expresión perfecta del humor actual de las sociedades occidentales, no articula ningún análisis del mundo, no propone soluciones, no identifica causas, no distingue responsabilidades y sus discursos encendidos, una vez convertido en predicador de las ondas, son un mero sumatorio de supuestas indignidades e incomodidades inherentes a estar vivo en la modernidad. Beale es pura descarga emocional y precisamente por eso funciona. La televisión, incluso en tiempos tempranos, descubre algo tremendo que el periodismo en general no ha dejado de explotar desde entonces: que el<strong> cabreo no necesita comprensión para generar adhesión.</strong> Basta con que sea compartido. Beale es seguido por millones de espectadores, no porque tenga razón, sino porque ofrece una comunidad emocional basada en la ira, una liturgia del berrinche. <em>Network </em>muestra cómo la televisión se convierte en una fábrica de enojo infantil, donde la complejidad del mundo es sustituida por sermones simples y emocionalmente satisfactorios. La paradoja es que la película se estrenó en la que todo el mundo considera la Edad de Oro del periodismo estadounidense, la época del <em>Watergarte</em>. Conviene recordarlo hoy, cuando Jeff Bezos –el rey Midas del repartir paquetes– ha asestado una puñalada letal a <em>The Washington Post</em>. </p><p>La película anticipa pues la <strong>ira genuina e irreflexiva como atajo hacia fórmulas autoritarias y de ultraderecha,</strong> como tobogán a la prepolítica. No hay programa sino catarsis y los ciudadanos se transforman en feligreses. El enfado no se canaliza hacia la comprensión del sistema, sino hacia su negación porque resulta intolerable que el mundo sea difícil. Y si es intolerable, alguien tiene que hacerlo desaparecer o someterlo. Cuando hoy el periodismo amplifica el “no es tan difícil” del usuario indignado sin desmontarlo, sin contextualizarlo, sin contradecirlo siquiera, está reproduciendo exactamente esa lógica. Confunde crítica con enfado y lucidez con volumen emocional; y al hacerlo, contribuye a formar votantes incapaces de aceptar que la perfectibilidad de la democracia, que la técnica y la seguridad son lentas, imperfectas y complejas. El progreso humano, como repite nuestro filósofo de cabecera, es el fruto de una virtuosa y constante concatenación de chapuzas. Y nunca ha sido de otro modo.</p><p>Los clientes peor educados y clasistas —como sabe todo el que se haya desempeñado detrás de una barra o de un mostrador— son los que piden el libro de reclamaciones, repositorio habitual de las pataletas de un presente que se ha <strong>cansado de ser adulto y ahora aspira a volver a berrear</strong> y retorcerse en el suelo del pasillo de las chuches.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 08 Feb 2026 18:27:27 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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