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    <title><![CDATA[infoLibre - Oficio de impostores]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Oficio de impostores]]></description>
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      <title><![CDATA[Contenidos, informaciones y periodismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/contenidos-informaciones-periodismo_129_2186801.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Contenidos, informaciones y periodismo"></p><p>Uno de los entretenimientos favoritos del periodismo —supongo que ya se han dado cuenta— es el <strong>ensimismamiento</strong>. Este viso desde el que lanzamos una mirada semanal obedece a esa tarea autoindulgente y autocompasiva de hablar solo de lo nuestro, si bien pensando que, un poco, es también lo suyo de ustedes. Nos pasamos la vida dirimiendo qué hacemos, qué somos y cómo hacemos lo que hacemos y, tal como ya hemos denunciado desde aquí, echándonos la culpa de los males del mundo, que es una forma como otra cualquiera de darse importancia. El cincuentenario de <em>El País</em>, con ese significado singular de un diario nacido con la democracia liberal —que es el único marco en el que cabe el periodismo limpio—, ha alumbrado muchas reflexiones sobre este malhadado oficio de impostores no precisamente sofisticadas, por decirlo de forma elegante, si queremos que iluminen lo venidero con algo más que<strong> lugares comunes finiseculares</strong>. </p><p>Por una parte, el director ha hablado una y otra vez de su convencimiento de que existe una clara demanda de “verdad” en el mercado de la información, un pronunciamiento sobre el que solo cabe decir que ojalá fuera cierto y existiera tan <strong>inequívoca y mayoritaria demanda de hechos ciertos</strong>, pero el caso es que esa demanda es muy minoritaria. La demanda verdaderamente existente hoy es de “contenido”, un término mucho más amplio y heterodoxo que tiene un vínculo muy tenue con la información en general y con el periodismo en particular, y prácticamente ninguno con la “verdad”. La demanda de “verdad” —término asaz pomposo para las potencias reales de este oficio— existe pero es una parte ínfima del mercado. ¿Y qué es “contenido”? Todo. Contenido es un tutorial para meter el plumón nórdico en la funda y un vídeo autoproducido por un tonto a las tres acosando, con técnicas de escuadrista membrillo, a políticos, periodistas, funcionarios o a sus parejas e hijos en espacios de su vida íntima. Periodismo, en cambio, es informar de que la esposa del presidente del Gobierno ha sufrido una coacción violenta en sus actividades privadas por parte de un agente político disfrazado de periodista y financiado y jaleado por la oposición política. </p><p>Es importante considerar este caso porque ilustra cómo los contenidos no están ahí, no vienen dados, se generan, se producen de forma deliberada para su posterior distribución. A diferencia de la noticia, que nunca la produce quien la difunde, el contenido ha de ser generado como <strong>acto espontáneo pero en realidad dirigido </strong>y cuyo único sentido es su posterior difusión. Y eso explica el pintoresco desfile de testimonios del juicio oral del <em>caso Mascarillas</em>, cuya procedencia al asunto investigado —el presunto cobro de comisiones ilegales en la consecución de mascarillas para la Administración pública— ha sido remota, en el mejor de los casos. Pero se han generado en la sala tal cantidad de horas de televisión y miles de vídeos cortos para Tik-Tok para entretener al personal, merced a esa cabalgata de personajes que dieron cuenta de la disoluta vida privada del exministro José Luis Ábalos que, al cabo, tal parecía el propósito último de la sala segunda del Supremo con esta extravagante prueba testifical.</p><p>Una firma de relumbrón del periódico cincuentenario, por su parte, ha protestado por la abundancia de opinión en el periodismo del presente aduciendo su bajo coste respecto a la producción de periodismo en un sentido puro. La realidad del negocio ha sido y es —o debería ser— la contraria. De hecho, quien así se ha expresado es una firma de campanillas. Lo cierto es que la opinión es el mejor pagado de los<strong> cometidos periodísticos </strong>porque el convenio no escrito del género es que la opinión no la ejercen los periodistas, salvo los muy veteranos —los que tienen mucho más pasado que futuro—, porque es un territorio reservado a la <em>autoritas</em>. Mediante la opinión se asomaban a las páginas de un diario los juicios de alguien que por oficio o prestigio intelectual puede permitirse ofrecer su parecer autorizado sobre cuanto ocurre por la calidad de su pluma y su inteligencia y saber. Por eso, nunca un periodista ha cobrado por cada línea de texto producida la décima parte de lo que se paga a una firma de opinión. O así debería ser. La opinión, incluida su versión más impertinente, la crítica, solo la puede ejercer aquel que ocupa una posición elevada en la escala trófica de la escritura, por conocimientos, reputación o experiencia. Novelistas, catedráticos, políticos retirados, poetas o reporteros veteranos y reputados componían el animalario al que le estaba reservada la canonjía de opinar, que siempre se ha pagado —es casi ofensivo tener que aclararlo— muy por encima de lo que cualquier plumilla ingresaba por generar diez veces más cantidad de contenidos.</p><p>Quizá <strong>la pulsión detrás de ese quejido </strong>sea la más que justa reivindicación del retorno de esa jerarquía, de esa condición aristocrática de la firma de opinión. Es decir, que lo que hay detrás de esa intuición de la protesta del escritor bregado en medios seguramente sea una queja contra la democratización de la disciplina, banalizada al punto de que cualquier neófito se brega hoy en esas lides antaño reservadas a quien acreditaba un poso de la sabiduría acumulada o el dominio de un saber experto. De hecho, el que suscribe, sin más formación que la titulación común, jamás asomó la nariz al género hasta haberle dado la vuelta al jamón. El periodismo, en román paladino, es el género literario menos exigente dentro de las jerarquías de la letra escrita, y la opinión es la cúspide. Y así se ha pagado habitualmente.</p><p>Dicho de otro modo la opinión fue un lujo del periodismo en el que la firma aportaba el capital simbólico acumulado durante décadas, era el producto etiqueta negra de cada medio. Lo que denuncia la firma en cuestión, tras cuatro décadas de desempeño, es más bien que hoy se ha descapitalizado, se produce <strong>sin coste reputacional</strong> y se ha convertido en un contenido de flujo, no en una intervención intelectual. </p><p>Todo es contenido y ante la necesidad de provisión, se sirve materia prima sin procesar, a menudo en tiempo real pero sin jerarquía y se organizan los testimonios sin contraste. El espectador cree acceder a la verdad porque no hay intermediarios visibles y cada escena, sea un mentecato importunando a una mujer sin cargo o una testigo hablando de su gato, parece transparente porque ocupa espacio sin adjetivación ni contexto. La realidad es la contraria. El lector/espectador está <strong>más desprotegido</strong> porque no sabe qué es relevante, no distingue estrategia de sinceridad y no dispone de contexto.</p><p>De algún modo, cuanta más “verdad en bruto” se ofrece, cuanto más permeable es el acceso a las tribunas, más necesario es el procedimiento y menos presente está. Todo converge en un mismo punto, militancia de este púlpito: el periodismo es mediación y se ejecuta con un método específico. Asistimos a la desaparición de los distingos entre ver y saber, <strong>opinar e informar, mostrar y explicar, acceder y comprender</strong>, y eso genera la ilusión contemporánea de que el mundo es inteligible porque es transparente, está expuesto.</p><p>El periodismo no compite con la mentira, pese a la beatífica pretensión de los compañeros, sino con la apariencia de verdad sin método. No es una crisis de credibilidad sino de jerarquía. Y por eso la afirmación “la gente exige la verdad” es, en el fondo, melancólica, porque pertenece a un mundo en el que los hechos no estaban disponibles sin mediación. Hoy, donde todo nos asalta, si hubiera alguna “verdad” aguardando ahí fuera, en el mundo real, solo es accesible mediante el método. En eso consiste el periodismo. Todo lo que vemos es contenido, de él una parte pequeña es información y otra aún menor es opinión acreditada. Pero muy poco de todo ello es periodismo, porque este oficio<strong> no se define por lo que obtiene </strong>sino por cómo lo consigue. Si somos conscientes, tal vez podamos soplar velas por otros cincuenta años.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2026 17:25:47 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <title><![CDATA[Eme Punto y el periodismo procesal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/eme-punto-periodismo-procesal_129_2183197.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Eme Punto y el periodismo procesal"></p><p><strong>Mariano Rajoy</strong> se sentó la semana pasada ante el Supremo y, con la obsequiosa y un tanto babeante colaboración de la jueza <strong>Teresa Palacios</strong>, mintió con la encantadora cachaza que todos conocemos. <strong>Mintió en lo irrelevante</strong> —cuándo y por qué rompió con <strong>Luis Bárcenas</strong>; no hay más que ir a la hemeroteca, como explicó el capitán de este barco, <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/buzon-de-voz/vale-tapar-kitchen_129_2179007.html" target="_blank">Jesús Maraña</a>—, así que suponemos, aunque solo podamos sospecharlo, que <strong>habrá mentido, también y más, en lo todo lo gordo</strong> —si, como presidente del Gobierno y del partido, hizo que el Ministerio del Interior desplegara una operación con secuestro y disfraces para desbaratar las pruebas que Bárcenas poseía de la palmaria financiación ilegal del partido—. Los cronistas de tribunales, todos, al margen del medio para el que firmen, lo saben igual que lo sabemos ustedes y yo. Entonces, ¿por qué no lo dicen así? La tendencia de las izquierdas católicas —el catolicismo es un vector cultural, no una creencia— es interpretar que se trata de un sencillo problema de virtud individual. <strong>La realidad de las cosas es un poquito menos moralista y más exigente</strong>.</p><p>Un cínico diría que la <strong>superespecialización periodística</strong> (por ejemplo, pasarse toda la carrera profesional en los tribunales de la plaza de la Villa de París) lleva a los periodistas a creer que los suyos son los togados y olvidar que cualquier cronista, allá donde vaya, solo es un impostor, un intruso, como explicamos en la pieza con la que inauguramos este oráculo. En parte es cierto, por eso aquí se denuesta el periodismo especializado y se aboga por especialidades sucesivas, que permitan al reportero funcionar desde la media distancia, acumular fuentes y crédito y luego volver a empezar. Es decir, desarrollar cierta familiaridad con el hábitat, incluso amistades duraderas en él, sin por ello olvidar que su función nunca le permitirá integrarse plenamente y que, a medio plazo, deberá bregarse en un ecosistema distinto. La lección que aprende <strong>Glenn Close </strong>en <em>The paper (detrás de la noticia)</em> (Ron Howard, 1994), para que nos entendamos. <strong>No somos ellos</strong>.</p><p>Pero en realidad tiene que ver con algo de lo que ya hemos hablado antes aquí: la especialización y el amor por el detalle ratifica la existencia de microbios ciertos con la misma intensidad con la que pierde la perspectiva para explicar el ecosistema del que se supone que ha de informarnos. El filósofo Javier Gomá reivindica<strong> la generalización como la única forma de conocimiento</strong>. Es decir, desprenderse de las particularidades y los detalles del conocimiento especializado. Siendo claros, el academicismo consiste en sustituir la inteligencia por pormenores, y exactamente eso mismo le pasa al periodismo judicial —además del nada desdeñable síndrome de Estocolmo que asalta a los periodistas que pasan la vida dentro del mismo edificio institucional—. En Gomá, la generalización no es un atajo ni una renuncia al rigor, ni siquiera es la fórmula hacia el conocimiento sino que es la condición misma del pensamiento. Pensar es generalizar, discernir en qué medida un caso particular ilustra una categoría. Generalizar es jerarquizar y ejemplarizar. Sin esa operación de elevación, no hay ética, no hay política y no hay comunidad posible. Solo hay casuística infinita, es decir, ruido, confusión y, en resumidas cuentas, verdades mentirosas. </p><p>Pero en el hábitat judicial se trabaja, por definición, en la dirección contraria. Cada caso es único, cada prueba es singular, cada procedimiento es irrepetible, cada detalle es relevante. La justicia necesita huir de la generalización para ser justa en cada caso concreto. <strong>Su lógica descansa en la excepción, la precisión y la singularidad</strong>. Más allá de las evidentes y habituales prevaricaciones a las que están entregadas las altas magistraturas españolas con intenciones políticas desde hace un par de décadas, lo cierto es que la naturaleza de su trabajo es antitética de lo somero, que, como hemos contado aquí en varias ocasiones, es la forma de aproximación al mundo en la que ha de militar el buen periodismo.</p><p>Justicia y periodismo no comparten misión y, en muchos sentidos, han de trabajar en direcciones opuestas. El juez decide sobre un caso, pero el buen periodista debe decidir qué significa ese caso. <strong>Cuando el periodista se limita a seguir el procedimiento, deja de pensar en su sentido fuerte</strong>, está describiendo, haciendo inventario de lo particular sin elevarlo a categoría. Y eso, desde Gomá, no es pensamiento, es acumulación. Generalizar es hacer inteligible lo real.</p><p>El periodista de tribunales no está secuestrado por la institución judicial, <strong>pero sí incrustado en ella y sumergido en su idioma</strong>. Y esa incrustación genera dinámicas que a los moralistas pueden parecer afectivas o incluso de lealtad, pero que en realidad son estructurales. Porque, si uno acampa demasiados años en el Supremo o en la Audiencia Nacional, instituciones casadas con el tecnicismo, acaba desplazando el objeto periodístico del hecho al procedimiento. Narrando diligencias, autos, recursos, plazos… es decir, hablando del juego más que la partida. El proceso se convierte en la realidad, y el hecho —lo ocurrido— queda subordinado a su traducción jurídica. Es una inversión peligrosa, porque el lector recibe como “verdad” lo que en realidad es solo un avío burocrático de interpretación institucionalizada. Así fue condenado el <strong>fiscal general del Estado</strong>, con una sucesión de sofismas legales y falacias argumentales para sellar una mentira cósmica en forma de sentencia de doscientos folios.</p><p>Si el cronista pasa demasiado tiempo alrededor de las togas interioriza que solo a través de ese captor togado puede acceder a la verdad del mundo, y eso genera una forma de lealtad funcional tóxica para el lector. Más que de síndrome de Estocolmo hablamos de captura epistemológica o incluso de un periodismo vicario, en el que el oficiante ya es incapaz de observar la realidad salvo desde el filtro técnico de la institución. Y termina adoptando ese punto de vista como propio, único e indiscutible. Dicho de otro modo, el periodismo de tribunales ha reducido lo cierto a lo probado, cuando su misión debería ser justamente la contraria.</p><p>La demanda no ayuda. El público, cada vez más juridificado, busca en los tribunales una forma de certeza moral que la política o el periodismo ya no le proporcionan. Quiere que los veredictos sustituyan a los relatos. <strong>Fuentes, cronistas y público han acabado por aceptar que la verdad es lo que cabe en un auto</strong>. Para combatir esto, en la defensa del conocimiento somero no hay una vocación por la superficialidad. Se trata de no quedar atrapado en la hipérbole del detalle técnico, que en los tribunales se presenta como garantía de verdad. El tecnicismo tiene prestigio porque da la impresión de rigor, de método y de objetividad, pero el exceso de detalle no siempre acerca a la verdad; a veces la oculta porque la fragmenta, la diluye, la vuelve ilegible para el sentido común. Así, el periodista que debería traducir el mundo para hacerlo inteligible al lector termina traduciendo el lenguaje del poder para hacerlo aceptable.</p><p><strong>Generalizar es pues una forma de resistencia</strong>. Porque generalizar es una operación intelectual de jerarquía, que es lo más importante que hace el periodismo con el mundo. Decidir qué importa, qué no, qué explica el conjunto y qué es solo ruido procedimental. Exactamente lo contrario del fetichismo del dato. Renunciar a la generalización hace perder la perspectiva del conflicto real —qué ha pasado, a quién afecta y qué significa política o socialmente— para incurrir en el seguimiento del trámite —qué recurso toca, qué plazo se abre y qué instancia resuelve—, y el lector acaba sabiendo mucho del procedimiento pero nada del mundo. El periodista de tribunales que solo maneja tecnicismos sabe más cosas, pero entiende menos. Cuando un caso se queda en su maraña técnica, el lector recibe información sin recibir sentido. Sabe qué ha pasado en ese expediente, pero no sabe qué dice eso del mundo en el que vive. Y cuanto más detallada es la cobertura, menos pensamiento produce.</p><p>Una jueza amedrentó a las partes para que Rajoy saliera de allí tan pimpante y cachazudo como entró. Pero sabemos que Rajoy mintió en lo banal, y quizá también en lo sustantivo. Esa es la certeza periodística que podemos acreditar sobre Eme Punto, ese señor de Pontevedra que siempre nos ha caído simpático y que a lo mejor creó una pequeña Stasi sabiendo que un contable hacendoso fue la perdición de Alfonso Capone.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Apr 2026 17:25:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Eme Punto y el periodismo procesal]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Óscar Puente y el ministerio de la verdad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/oscar-puente-ministerio_129_2179412.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Óscar Puente y el ministerio de la verdad"></p><p>Este oficio exige liberalismo. Y no abunda. Ni dentro del sector ni mucho menos fuera. Quizá porque <strong>una sociedad liberal es aquella que no dispone de respuestas para todo ni un itinerario ideal</strong>, solo <strong>reglas para la navegación</strong> y, por tanto, una sociedad dispuesta a convivir con lo contingente sin alarma ni histeria. Para quienes piden orden y certezas, acudiendo al meme, las democracias deberían contestar: <strong>“No me quedan certezas, </strong><em><strong>niñio</strong></em><strong>, sólo </strong><em><strong>Masibón</strong></em><strong>”</strong>. El orden y la certeza, como hemos repetido hasta aburrirnos, pertenecen a otros ecosistemas políticos y filosóficos, y son por definición antítesis de la democracia. Porque, resumiendo mucho, <em>la donna è mobile</em>. Aquí hemos escrito que <strong>la democracia liberal es el único huerto en el que puede prender la semilla del periodismo moderno</strong> y también que los problemas del sector están más vinculados con la escasez de demanda —o con una demanda anómala— que con los vicios de la oferta. Un porcentaje importante de la población no ansía que le cuenten nada que no refuerce lo que ya piensa de cada asunto. Sencillamente, no quiere oír otra cosa. Y para ese porcentaje no desdeñable de la sociedad, que algo no se ajuste a la realidad, a los hechos ciertos, nunca será un inconveniente si ratifica un prejuicio o un propósito. Lo único bueno de esa evidencia es que el periodismo digno de tal etiqueta nada puede hacer con quien en el fondo solo quiere que le den palmaditas y le digan que todo lo que cree está chévere. </p><p><strong>El deseo de creer es una de las potencias más rotundas de la naturaleza humana</strong> y no hace falta acudir a los piadosos practicantes de las religiones para apreciar esa fuerza devastadora porque nos afecta también a los impostores que desempeñamos este oficio. Ahí tienen el caso del impulsivo y veterano premio Pulitzer<strong> Seymour Hersh</strong>, autor de exclusivas espectaculares pero al que han engañado en múltiples ocasiones —las más sonadas, cuando dio credibilidad a las mentiras del presidente sirio Al Asad o cuando le vendieron las falsas cartas de <strong>Marilyn Monroe</strong>; pero ha habido muchas más—. Él dice que ha errado por confiar en fuentes que antes habían sido confiables, pero lo que no dice —porque quizá nunca se lo ha dicho a sí mismo— es que erró guiado, demasiado a menudo, por la coincidencia de lo que las fuentes le decían con un relato previo y moral en el que él milita. Por eso, cuando le dijeron que la CIA había volado el NordStream en el Báltico con buzos del Pentágono entrenados en el mar Caribe, no se molestó en contrastarlo con una segunda o tercera fuente. Es decir, Hersh y cualquiera de nosotros solemos errar por lo que los científicos llaman el sesgo de confirmación. </p><p>El deseo de que algo sea cierto nubla el criterio hasta del más pintado. Por eso, desde esta magistralía se insiste tan a menudo en que el periodismo no se define por el resultado, por el producto final que entregamos al lector —ni siquiera por el hecho de que sea cierto o falso—, sino por el escrúpulo en la aplicación del método periodístico y el respeto al llamado <em>Estándar de Sagan</em> —una ley de hierro pensada para el trabajo científico pero aplicable como un guante a este oficio—: “Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”. El estándar de Sagan es, para que nos entendamos,<strong> la dinamita en los cimientos de la Nave del Misterio</strong>. </p><p>Mucho más problemática es aún la confusión epistemológica que acompaña al público y a parte del propio oficio entre conceptos en principio bien disímiles como verdad, información, propaganda y periodismo. Esa distinción limpia pertenece a una tradición ilustrada que sostiene que, idealmente, cada cosa tiene una función delimitada y que el lenguaje puede describir el mundo con cierta estabilidad y precisión. Sin embargo, vivimos hoy —y quizá hayamos vivido siempre— sumergidos en un proceso de erosión de ese sistema de compartimentos identificables y empecinados en un debate en torno a la verdad o la mentira que, en el fondo, es una ramplonería para fanáticos de los relatos morales. </p><p>Viene todo esto a cuento de la iniciativa del ministro de Transportes, <strong>Óscar Puente</strong>, de montar en la página oficial ministerial un tablón de avisos para desmontar bulos y dar información oficial. Los mismos gritos que la han recibido e incluso más histéricos se escucharon por toda la Corte de los Milagros —interior de la M30— cuando la alcaldesa de la villa, a la sazón<strong> Manuela Carmena</strong>, abrió una web con idéntico propósito hace una década. </p><p>Intrusismo o competencia desleal fueron entonces los términos con los que se recibió aquella iniciativa de transparencia, el anatema del “ministerio de la verdad” fue repetido hasta el empacho, pero todo ello revela que los propios oficiantes no manejan con soltura conceptos a priori tan poco abstrusos como <em>verdad</em>, <em>información</em>, <em>propaganda</em> y<em> periodismo</em>. Y que, en el fondo, lo que no quería el mal oficio tan asentado en Madrid es que le desmontaran sus tenderetes de prejuicios o mentiras. </p><p>Los habituales de este rincón ya saben del sarpullido que por aquí causan palabras demasiado anchas y altas como “objetividad” o “verdad”, platonismos por lo general inaccesibles a la tarea mundana y precipitada del periodismo. En contra de la opinión general, extendida incluso dentro del sector, el periodismo no tiene el monopolio de la información ni de la comunicación pública. De hecho, su tarea no es excluyente con el deber y el derecho de las administraciones públicas de informar al público, incluso sin intermediarios. Del pregonero al tablón de corcho, las autoridades nunca han necesitado al periodista para informar y menos que nunca hoy, que puede operar sin intermediarios en el ecosistema digital. La información oficial no es periodismo, como no lo es la propaganda, pero lo que diferencia todos estos conceptos no es, en ningún caso, su proximidad a la verdad. <strong>La propaganda no es más ni menos cierta que el periodismo o que la información oficial, ni viceversa</strong>. O no necesariamente. Que Donald Trump distribuya un vídeo en el que le sirven en la Casa Blanca una comida de McDonalds no es propaganda porque sea mentira o porque haya sido un vídeo producido con una intención de transmitir la imposible llaneza del multimillonario; es propaganda porque no tiene el más mínimo interés para la audiencia, por lo que la única forma de aproximarse a ello es desde la comedia de costumbres, la banalidad o la burla. Y quien cuente medio en serio semejante tontería no es sino un propagandista. </p><p><strong>Hemos pasado de una cultura de la verdad a una cultura de la verosimilitud identitaria</strong>: la gente cree aquello que parece verosímil y encaja con su marco previo de prejuicios o intenciones. La comunicación institucional es información de parte, a menudo de interés general —aunque no siempre— pero eso no la convierte en periodismo. No estamos solo ante una confusión terminológica, sino ante un cambio en el criterio de autoridad, <strong>donde hemos sustituido la pregunta “¿es verdad?” por la más modesta pero más grata “¿es de los míos?”</strong>. Lo hemos hecho una parte importante de los periodistas porque antes lo ha hecho un sector importante la sociedad. No es que la gente —los que escriben periódicos y los que los leen— no distinga entre información y propaganda, es que ha dejado de creer que esa distinción tenga consecuencias reales. Si todo puede ser manipulado, entonces todo se evalúa políticamente, no epistemológicamente. Y en ese desplazamiento, el periodismo —como método— queda en tierra de nadie, demasiado exigente para el consumo emocional, demasiado débil para competir con la propaganda.</p><p>Por eso, el <strong>criterio cabal</strong>, la<strong> jerarquía sagaz</strong> y una <strong>agenda clara </strong>son muchísimo más relevantes que la proximidad del producto periodístico con la verdad. Sin ánimo de alimentar el relativismo, una información falsa puede ser intachable si el periodista ha hecho correctamente el trabajo —aunque si lo ha hecho bien, es altamente improbable que sea falsa—, y una información cierta puede ser reprochable si el periodista —como Hersh con el NordStream— se ha saltado los más rudimentarios principios de la metodología periodística.</p><p>Para una sociedad que exige certezas, el periodismo es pues insuficiente, deficiente, demasiado modesto en sus objetivos y en sus potencias. Y está bien que sea así. Porque el periodismo solo es útil en sociedades liberales, donde el público es exigente y crítico. Y está dispuesto a habitar la contingencia, la provisionalidad y la incerteza. Dicho de otro modo, <strong>el periodismo es una praxis imperfecta para sociedades adultas</strong>. Los que buscan “la verdad”, como ha ocurrido durante milenios, deben acudir al templo.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Apr 2026 17:25:11 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <title><![CDATA[Mi hija Yondelis]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/hija-yondelis_129_2176172.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mi hija Yondelis"></p><p>“¿Estás contento?”. El economista y periodista Manolo Portela (1944-2022), en vez del convencional “qué tal estás”, siempre saludaba con esta pregunta lanzada en tono pizpireto: <strong>“¿Estás contento?”</strong>. Portela fue director comercial de Ariel-Seix Barral, Alfaguara y Grijalbo Crítica, trabajó en la Bolsa, luego fue analista bursátil para el suplemento Dinero de <em>El País</em>, editorialista y columnista de los diarios del grupo Vocento y responsable del Consenso Económico de Price Waterhouse Coopers, seguramente el documento de coyuntura más relevante y elocuente de cuantos se publican en España. Madrileño de apellido gallego, <strong>Manolo era el más gallego de los gallegos que no lo eran</strong>, de humor esquinado y retador, siempre dispuesto a descomponerte con una pregunta inesperada y desafiante que lanzaba con tono inocente y una sonrisa pícara cortando la respiración y las conversaciones de cualquier reunión. En 2006 dijo a una audiencia atónita de jóvenes comensales: “Pronto vendrá una crisis financiera y será feroz”. </p><p>“¿Estoy contento?”. Manolo obligaba a contestar sin rutina, a pensarlo y, al cabo, a consagrar los días en el empeño de poder responder afirmativamente a la pregunta. Así que, además de la mitad de la persona que uno es, también está <strong>el adeudo de haber aprendido a estar siempre contento, salvo causa de fuerza mayor</strong>. Asumió ser mentor de uno con entusiasmo y, en los años que construirían al periodista y al adulto que aquí firma, fue mucho más allá de las larguísimas conversaciones diarias con las que elaborábamos una sección de economía al alimón, proporcionando las lecturas que configuraron este cántaro en el que él vertía saberes y humores. Poseía el extraño talento, no de ver quién era cada cual, para regalarle las lecturas que deseaba, sino quién podría llegar a ser, para proporcionar los libros que lo harían posible. La versión prosaica es que tenía un piso grande junto al Bernabéu de alquiler prohibitivo y tenía que mudarse, para lo cual necesitaba deshacerse de su biblioteca. Las mejores obras humanas a menudo responden a motivos prosaicos. </p><p>De aquella limpieza previa a la mudanza <strong>uno aprendió de la desnudez de los dogmas económicos</strong> con <em>El triunfo de la política</em>, de David Stockman, jefe de la oficina presupuestaria de Ronald Reagan (Grijalbo, 1986); una posología de la política, con un viejo volumen de <em>El discurso filosófico de la modernidad</em> (Taurus, 1989), del recién desaparecido <a href="https://www.infolibre.es/politica/habermas-pensador-democracia_1_2162530.html"  >Jurgen Habermas</a>; la esquiva ética del periodismo con <em>Diarios</em> (Espasa, 2002) de Arcadi Espada; pero también que la vida se teje con la historia en <em>Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay</em> (Literatura Random House, 2000), de Michael Chabon; de los pormenores y tentaciones de la relación de la prensa y el poder y de la futilidad de buscar respuestas últimas a los asuntos en la inmensa <em>La guerra de Galio</em> (Alfaguara, 1994), de Héctor Aguilar Camín; de la necesidad de alzarse en guionista de lo propio para que la vida tenga un sentido funcional en <em>Saga</em> (Lengua de Trapo, 2000), de Tonino Benacquista, y del <strong>discurso profundo de la historia humana</strong> en <em>El tercer chimpancé</em> (Debate, 1991), en <em>¿Por qué es divertido el sexo?</em> (Debate, 1997) y en <em>Armas, gérmenes y acero</em> (Debate, 1998), de Jared Diamond. Y finalmente, a tener una relación amable con la vida y la gente con El periodista deportivo (Anagrama, 1990), de Richard Ford, génesis del personaje literario que ha construido este adulto: Frank Bascombe. Lecturas todas fundacionales.</p><p>Pero al caso que nos ocupa, a Portela debe el arribafirmante haber aprendido a <strong>leer periódicos económicos</strong>. Bajo su mentoría, uno dejó de leer los diarios como relato del mundo y empezó a verlos como la acción sobre el mundo que en el fondo todo periodista y editor pretenden; no como espejo, sino como herramienta. Y ahí, sostenía Portela, la prensa económica —la llamada “prensa salmón”— es un <strong>laboratorio químico donde la condición instrumental se vuelve visible sin disimulo</strong>. La prensa económica no informa sobre la economía, sino que participa en ella; no es un notario, es un agente. Solemos pensar que es un agente político, como desnudaba el libro de Yago Álvarez Barba <em>Pescar el salmón</em> (Capitan Swing, 2023), pero es sobre todo un agente económico. Una forma de hacer perras. </p><p>En la prensa generalista pervive la ficción ilustrada (y cierto convencimiento) de que el <strong>periodismo describe hechos</strong>; en la económica, en cambio, esa ficción se rompe porque el lector avezado sabe —y Manolo era el más sagaz lector de prensa que uno haya conocido— que cada titular puede tener efectos inmediatos. Hoy, ahora. Efectos sobre cotizaciones, decisiones regulatorias o expectativas de inversión. La información económica tiene un valor cognitivo obvio, pero sobre todo tiene un valor performativo. Y se cobra. </p><p>Durante años, algunos de los más famosos columnistas de prensa salmón no solo cobraban por su pieza a la cabecera que la publicaba sino también — aparte y en sobre de billetes no numerados o con cheque al portador— a agentes económicos con los que existía un convenio de palabra. Portela sostenía, con información de primera mano, que algunas de las más ilustres firmas liberales que frecuentaban los diarios salmón ponían sus piezas en almoneda a precios de varios miles de euros para agentes tales como miembros de los patronatos de las Cajas de Ahorro, interesados en la presión política y en la económica. Por ejemplo, un arzobispado. <strong>Miles de euros de hace veinte años por cada columna</strong>. En la prensa económica, hoy en franca decadencia, las empresas señalaban movimientos, los gobiernos testaban políticas, los reguladores dejaban caer globos sonda y los mercados reaccionaban en tiempo real.</p><p>Si la información política se nutre de dichos y no de hechos, en la salmón lo relevante nunca es el hecho, que aún no existe, sino el dicho, que alumbra una expectativa, una promesa, una intención o un temor. Finanzas. <strong>A diferencia de lo que ocurre en la política, donde lo dicho puede ser vacío y espectacular a la vez</strong>, aquí el dicho tiene efectos materiales inmediatos. Aprender a leer prensa —para hacer buen periodismo—, enseñaba Manolo, consiste en aprender a leer intenciones. No en clave conspirativa, sino estructural —<em>cui prodest</em>—, una lectura casi detectivesca, pero no moral sino funcional. En tal sentido, explicaba el maestro, la prensa económica, que es la más abiertamente instrumental, es también la más honesta en su funcionamiento porque deja ver con claridad algo que en el resto del periodismo permanece semioculto, a saber, que <strong>toda información es en alguna medida una intervención</strong>. En la política o la cultura esa intervención se disfraza de relato; en economía, en cambio, sus efectos son tan rápidos y medibles en las cotizaciones que el disfraz se vuelve transparente. El buen periodismo, maliciaba Manolo, no consiste solo en verificar hechos —que también— sino en desactivar intenciones ajenas.</p><p>Durante años, el que suscribe y su maestro siguieron juntos la evolución de la <strong>voluntariosa investigación y consecución de licencias de un fármaco para un raro sarcoma de tejidos blandos</strong> que siempre aparecía en la prensa económica pero, caramba, rara vez en las publicaciones médicas. Aquellas notas no describían un producto real, sino fases preliminares —ensayos iniciales, resultados parciales, líneas de investigación…—. Por supuesto, estas piezas de apenas un par de párrafos movían el valor bursátil de la compañía cotizada que desarrollaba ese tratamiento. Redactadas en clave de inminencia, <strong>la función de estas noticias no era informar al paciente, sino activar expectativas en inversores</strong>. El verdadero destinatario nunca era el lector común, sino el mercado: fondos, analistas, competidores. </p><p>Nuestra broma llegó tan lejos y fue tan duradera que Manolo hizo prometer al aprendiz que, si un día tenía una hija, la bautizaría con el nombre comercial de esa medicina. Por fortuna, el pupilo no dejará descendencia. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Apr 2026 16:27:43 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Mi hija Yondelis]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La cabaña del Turmo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/cabana-turbo_129_2172920.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La cabaña del Turmo"></p><p>Ya no. Como antes. He ahí <strong>dos pasos de la letanía periodística</strong> del acabose. No lo pronuncian los periodistas, también sus protagonistas. El cine ya no, la política ya no, las novelas ya no, las empresas ya no, los trabajadores ya no, el fútbol ya no... Como antes. </p><p>Una cosa hermosa de este <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores"  >oficio de impostores</a> es que es termómetro de la actualidad hasta sin querer. Le mide la fiebre y la infección. La montaña de titulares que cada semana pivotan alrededor del “ya no”, “como antes” revela que la velocidad del mundo, a juicio del periodismo o de sus protagonistas, <strong>no convoca transformaciones positivas o ambivalentes, solo declive</strong>. Leyéndonos, el mundo no cambia, el mundo muere. Es cierto que nada es como antes. La modernidad supuso eso: el fin del tiempo circular, el fin de los destinos atados a la servidumbre, el fin de la biografía escrita en el apellido como celda de la que es imposible escapar. El final del “así se ha hecho toda la vida”. Toda la vida, he ahí otra expresión que confunde historia y biografía. La innovación científico-técnica y la movilidad social son el disparador de la modernidad, que no es otra cosa que un mundo de orden cambiante, un mundo en que ya nada es como antes cada década.</p><p><strong>El universo de las certezas murió con las revoluciones burguesas</strong>, gracias a dios, porque certeza era la única posesión de un campesino del siglo XVIII, la certeza de que comería gachas de harina y agua hasta el fin de sus días y que, con toda seguridad, sus hijos tendrían una vida mísera idéntica a la suya. Si sobrevivían a la infancia, claro. Ese era un mundo de orden y certezas. Sin embargo, en los albores de la revolución digital, cuando la población occidental vive más y sufre menos que en ninguna etapa histórica anterior, <strong>el periodismo sirve un menú con “ya no” de primero y “como antes” de segundo</strong>, con postre de tarta de queso. Casera, como la de tu abuela, no faltaba más.</p><p>Ante una sociedad cambiante, el periodismo tiene tres posibles liturgias: describir la transformación, lamentar el declive o proclamar la hipérbole (tremendista o utópica). La superioridad estadística de la primera opción es arrolladora y si sumamos las hipérboles tremendistas, es obvio que la mirada que lanzamos, no ya sobre el futuro sino sobre el presente, es una ceremonia fúnebre sobre un mundo que se fue. <strong>El lenguaje que usamos a duras penas se emancipa del dramatismo. Crisis, declive, amenaza, fin…</strong> El mundo no cambia, se acaba. Tal vez porque Occidente es una población envejecida y longeva, que es la que se tiene que acabar —nos acabaremos— en vez de cambiar, el caso es que es difícil separar la escasez de jóvenes y la abundancia de viejos de esa mirada fúnebre al futuro. El periodismo atiende un mercado compuesto por lectores, oyentes y espectadores que ya le han dado la vuelta al jamón y que solo pueden esperar una cosa de lo venidero: desaparecer convertidos en polvo. Ese es el cliente con poder adquisitivo y que sigue atendiendo la jerarquía de los medios —ven la tele, escuchan las noticias e incluso leen periódicos, digitales o no—, y ese es el producto que servimos. Porque <strong>el periodismo que gusta es el que refrenda lo que uno ya pensaba antes de leer</strong> o ver nada nuevo, y ese refrendo a menudo consiste en subrayar el estado de ánimo de quien ya está más cerca de la meta que de la salida. La radical transformación de la industria de la comunicación hace que el oficiante sea, él mismo, también un señor mayor que sufre por la creciente y acuciante proximidad de la fachada del panteón. </p><p>Quiere decirse que el “ya no” y el “como antes” no describen el mundo, describen al cliente principal del periodismo y, a veces, al periodista. El escritor Jorge Dioni López llamó a este fenómeno el “ego-ovni”: confundir tu culo con el mundo. El anhelo de certidumbre y orden, el <strong>anhelo de la antigüedad premoderna</strong>, es en realidad la melancolía de una circularidad que funciona como trampantojo emocional porque si nada cambia, nada muere. Empezando por nosotros mismos. La prensa no está obsesionada con la decadencia, o no demasiado, más allá de abrazarla como acto reflejo, lo que está es especializada en traducir la experiencia íntima del paso del tiempo en un relato colectivo sobre las congojas de su cliente. El periodismo, como todo negocio, adula al cliente. Consuela.</p><p>Es evidente que esa angustia oficiada por los medios convoca posiciones reaccionarias y, en tanto estado de ánimo del mundo, hábitat dramático del presente, ha contagiado a los jóvenes —los occidentales, claro—, también convencidos de que todo se está yendo al garete. Cualquier observación fría de los factores de desarrollo humano en Occidente desmiente tal pretensión. Y en el caso de los mayores, la <strong>nostalgia de circularidad es, en todo caso, aparente y tiene mucho de autosugestión</strong>, de hipocresía, porque la calidad de vida del larguísimo último tercio de la vida, aderezada con toda clase de avances —uno de los principales, en un mundo aún gobernado por hombres mayores, es la famosa pastillita azul— hace que el hambre de orden sea solo fingida. El reaccionarismo cultural y político que vivimos, ensimismado, es antes que la fundación de una granja donde esperar que los días nos mezan y consuman, la última cabalgada del cowboy, de ahí que sea precisamente el reaccionarismo el que demuestra una y otra vez con sus votos que ansía desorden y revolución. El mantra “la gente quiere orden” lo desmonta el corte de población de los que votaron a favor del Brexit, abuelos destruyendo su propio mundo para sus hijos, como lo desmontan los <strong>triunfos de Javier Milei, Donald Trump o Benajmin Netanyahu</strong>, agentes evidentes y conocidos del caos. Detrás del libertarismo no hay sino hambre de antigüedad, selva y castas. Los mayores no tienen hambre de orden, solo lo fingen mientras preparan <em>La Grande Bouffe.</em></p><p>Así que tenemos pocos jóvenes, contagiados del pánico a la muerte que tienen sus viejos, y una gente mayor que está dispuesta a desordenar el mundo en pos de una fiesta final, aunque los que se queden a recoger cristales, botellas vacías y calcetines de dudosa procedencia sean sus hijos y nietos. Como literalmente ha ocurrido en el Reino Unido. <strong>Nadie recuerda ya que “no puedes detener los cambios, como no puedes detener la puesta de los soles”,</strong> dijo Shmi Skywalker. Así que se opta por montar fiestas que celebran tradiciones fingidas, como la recién ultimada Semana Santa, que hoy que ya casi nadie cree se celebra en muchísimas ciudades en las que jamás nuestros abuelos anduvieron detrás de un paso, como si los capirotes hubieran sido una realidad en localidades que solo los habían visto en el No-Do. El orden y la tradición, como vemos, son en realidad desorden e inventos.    </p><p>Pronto será <em>20 de abril</em>, una canción publicada en 1991 por Jesús Cifuentes (Celtas Cortos), que fue escrita en forma de carta fechada en 1990 y que hablaba, desde la melancolía de la edad madura, de unos años ochenta y una juventud perdidos para siempre en <strong>un lejano pasado acontecido cinco años antes</strong>, poco más o menos. Treinta y cinco años después de publicarse el éxito de la banda de Valladolid, manoseamos con añoranza el recuerdo de haber recordado con mejor añoranza. Aquella morriña de 1985 escrita en 1990 sí era bonita, y no la de hoy. Ya no sentimos nostalgia como antes. No añoramos la cabaña del Turmo, añoramos la tarde en que escribimos una carta añorando la cabaña del Turmo. “<em>Ya no queda casi nadie de los de antes y los que hay han cambiado</em>”. A dios gracias. <strong>Hasta la decadencia decae</strong>. Somos de risión.</p><p>____________________</p><p><em>Gracias a la advertencia de nuestro socio ‘Sextilio’, corregimos el desliz sobre el nombre de la cabaña de Celtas Cortos: Turmo, no Turbo. ¡Gracias!</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Apr 2026 17:10:37 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Periodismo,Ética periodística,Periodistas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El periodista y la muerte]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/periodista-muerte_129_2169951.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El periodista y la muerte"></p><p>Un muerto no puede corregir el relato. Lo repasábamos hace un par de semanas a propósito de la praxis del obituario. <strong>El relato cae sobre el cuerpo como un sudario y lo oculta y lo consume</strong>. Esa vulnerabilidad extrema de los que ya no están, apenas un nombre o unos cuerpos de los que disponemos con indecoroso antojo, la hemos visto estos días con <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/a-la-escucha/noelia_129_2168557.html"  >Noelia Castillo</a>, Isaías Carrasco y las seis jóvenes que murieron en la <a href="https://www.infolibre.es/politica/cinco-muertos-desaparecido-romperse-pasarela-costera-santander_1_2155254.html"  >pasarela de El Bocal</a>, en Santander. Unos hechos simples, una joven que dispone de su cuerpo y de su vida, una víctima del terrorismo cuya tumba se mancilla y seis adolescentes cuyo paseo amable por una inofensiva senda acabó en tragedia por una dejadez institucional que se encoge de hombros. </p><p>Esas ocho personas fueron sujeto de su vida y la conversación pública las ha convertido en predicado, en argumento espurio para que reciba la acción de un verbo infame. Porque, incluso antes de que lo postulara el liberalismo, podemos convenir que existe un atributo de dignidad iusnaturalista —el derecho natural sobre la muerte— que es violentada. Hemos aprendido que nadie que tenga ese derecho sobre sí mismo o sobre los suyos lo conserva en el relato público, que se afana en la <strong>fabricación de versiones, la simplificación interesada, el encuadre falsario</strong>, la grosera amplificación de llantos y la puesta en circulación de bulos en un obsceno circo de la carne.</p><p>Conviene pensar quién se quedará con tu muerte en caso de que el asunto trivial que es desaparecer salte a la palestra porque el nombre o la circunstancia sean de alcance público. En el caso de Noelia Castillo, una <strong>comunidad moral ultrarreligiosa decidió apropiarse del cadáver antes de serlo</strong> y tratarlo como cosa —hacerlo predicado de sus jaculatorias—, asaltando su intimidad y su libertad. La familia que no supo ser refugio abrió las puertas del infortunio de su hija a los sacristanes del templo y el periodismo vio el paso expedito para hacer de las suyas y acampar en la sala de estar. Unido en una comunidad moral de redentores, micrófonos, escapularios, mentiras, hisopos, focos y cámaras, todo el país se calzó la casulla de las buenas intenciones y las almas pías para salvar de sí misma a quien solo necesitaba ser salvada de todos los demás. Salvada de todos nosotros. Pues eso y no otra cosa es dispensarse la muerte: lanzar una enmienda a la totalidad de los que seguimos.  </p><p><strong>Cuando no es voluntario, morirse suele ser un inconveniente</strong>. Sobre todo, para los vivos. Un evento sin agendar que trastorna los calendarios. Eso nos ha venido a decir la alcaldesa de Santander con sus extemporáneos circunloquios para quitarse seis impertinentes muertes de encima, sangre en el paraíso que parece haber salpicado el traje nuevo de la regidora. “A ver si por decirle a la gente que venga tengo yo la culpa de que se caiga una pasarela”. La institución diluye responsabilidades (que confunde con “culpa”, cómo no) y una jueza amable con el poder local dispara el balón fuera del estadio. Todos contentos. Dispérsense, aquí no hay nada que ver, proclaman los munícipes.</p><p>A Sandra Carrasco, 18 años después del asesinato de su padre, Isaías, le han robado el cuerpo. Se diría que a la derecha política, social y mediática se le han debido de acabar sus muertos —o no dan más de sí, después de haber usado fundaciones de memoria fúnebre para facturar a las tramas de corrupción institucional— y ahora <strong>aspiran a robar cadáveres ajenos y escupir a sus deudos</strong>, empezando por los portadores del féretro. Aspiran a untarse el rostro con la sangre de muertos ajenos para clamar venganza. </p><p>Hay violencia aquí, mística –institucional y partidista–, una violencia silenciosa que niega el dolor, la responsabilidad y la legitimidad del duelo a sus titulares, una violencia elegante, discursiva y piadosa, pero profunda y sanguinaria, como bien sabe <a href="https://www.infolibre.es/politica/consuelo-ordonez-ayuso-no-principios-valores-antipodas-hermano_1_1424870.html"  ><strong>Consuelo Ordóñez</strong></a>, presidenta del Colectivo de Víctimas del Terrorismo, que ha tenido que ver estos años cómo el cuerpo de su joven hermano es arrebatado a la familia por las mismas siglas políticas a las que él sirvió. Si quien decide morir es silenciada por mandato divino, quien sufre la pérdida es desautorizada por no entregar los restos a las siglas.</p><p>Este oficio, ante el vértigo de la infamia, tiene por encomienda ceñirse a narrar hechos, ordenar la realidad e introducir claridad. Pero el nuestro, como sabemos aquí, no es un oficio con un sencillo problema de oferta sino un dispensador que a menudo se deja dirigir por la demanda. Hablamos ante multitudes que claman por la fábula moral, que se enardecen ante la parábola ejemplar bañada de sesgo de confirmación. La ciudadanía contempla esas vidas perdidas por un terrible avatar, por voluntad propia o por un crimen infame queriendo que esa desgracia le dé una palmadita y le diga que va bien, que tiene razón, que siga así. Y el periodismo, algún periodismo, se apresta a cocinar ese menú perverso entre los fogones de la mentira y el sensacionalismo. <strong>El periodismo, algún periodismo, paga la bula para que la comunidad salve su pecaminosa alma</strong>. El público no quiere que la muerte sea un hecho crudo e irreversible sino un espacio en disputa moral, otro ámbito en el que dilucidar que somos buenos y los otros no lo son. No sabemos dejarla estar. Para eso fundamos templos y escuchamos responsos, vestimos ropa negra y nos atamos cilicios. Entramos en la semana oscura y tremenda de la necrofilia cantando nanas de la cebolla que nos permiten fingir llanto. </p><p>La muerte, que debería ser el asunto más propio, se ha convertido en un hecho disponible al mercadeo. Hay algo atávico en la cultura de esta región del mundo que impide un comportamiento natural y respetuoso con el luto, y de ello hablamos aquí aludiendo al <strong>ferrocarril del Adamuz, los torrentes de Valencia, las bombas de Atocha o a los asilos madrileños</strong> —que vuelven a ser noticia estos días por su letal amontonamiento de vidas en la ganadería intensiva del acabarse—, como si el periodismo, algún periodismo, se revolviera contra un impuesto de sucesiones moral. </p><p><strong>De quién son los muertos</strong>, si acaso son de alguien. Esa debería ser la única pregunta, qué padres y qué hijos son legítimos albaceas de una memoria, una identidad y un agravio. Da igual si hablamos de eutanasia, accidente o terrorismo, algunos de nuestros impostores de oficio se han convertido en parte de un procedimiento de expropiación, un dispositivo en el que los oficiantes operan —lo hemos visto esta semana— como el picapleitos del acreedor que no ha sido incluido en el testamento, aporreando la puerta del panteón con sus albaranes.</p><p>El muerto es un argumento, un repositorio de coronas ufanas que ocultan la caja misma. Y así la muerte no clausura, sino que es el fasto inaugural de una conversación obscena en la que todos se abren las carnes, el inicio de una pugna por su significado en la que el cuerpo ya no importa, solo lo que de él pueda decirse. El relato falaz, decíamos, cae sobre el muerto como un sudario, un sudario amarillo como un contenedor para reciclado. Hay algo profundamente obsceno en que la muerte, que debería imponer silencio, se haya <strong>convertido en el lugar donde más se grita</strong>. La política la diluye, la moral la ocupa y la propaganda la recicla. Y el periodismo la administra como si no hubiera ocurrido nada irreparable. Ni morir basta para dejar de ser utilizado. </p><p>Un aforismo repite incansablemente entre asentimientos timoratos de la concurrencia que “<strong>en este país se entierra muy bien</strong>”. Quia. Atiendan a Max Estrella: “La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte. La vida es un magro puchero; la muerte, una carantoña ensabanada que enseña los dientes (…). Este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras”. Ya es Semana Santa.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Mar 2026 17:18:42 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Muerte digna,Periodismo,Ética periodística]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una silla, una mesa y un flexo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/silla-mesa-flexo_129_2165991.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una silla, una mesa y un flexo"></p><p>El periodismo cultural ha sido durante muchas décadas un remanso de paz. <strong>Rara vez una controversia alteraba las aguas calmas del día a día</strong> y cuando lo hacía, ese pequeño oleaje se convertía en noticia en sí mismo. Salvo la crítica, ese púlpito que frunce el ceño de quien lo ejerce y que muchos de sus actuantes entienden —equivocadamente— que se prestigia en administrar desdén y oprobio, la especialidad se ha desempeñado mayormente sin conflicto. Porque trabajaba desde el entendido de que se traía a las páginas de la sección (o al espacio de emisión, en su caso) aquello que era digno de difusión, las creaciones o productos —son la misma cosa, el uso de uno u otro solo delata la postura del meñique del que escribe— que podían enriquecer al público o proporcionarle solaz y esparcimiento. Pero esa paz lleva tiempo perturbada. </p><p>Esta semana, el periodista Álex Grijelmo señalaba un inequívoco fenómeno del presente, la hibridación de los géneros en un formato informe y ambiguo llamado “pieza”, un proceso que puede ser leído como una <strong>degradación del oficio o como un simple proceso de maduración</strong>, acelerado por el hecho de que nunca se había hecho tanto periodismo. Ni tanto periodismo bueno. Ni tanto periodismo malo. A priori, es discutible si es un fenómeno decadente y exige un análisis de cada “pieza” saber si asistimos a una depauperación o a un simple efecto de la mayoría de edad, pues esta disolución de las categorías, esta contaminación, es algo que apreciamos también en otras formas de expresión que se van haciendo mayores y ganando sofisticación, como ocurre en la narrativa. En la literatura o el cine, el desbordamiento y la promiscuidad de los géneros es cosa sabida y se considera un efecto medular de la mayoría de edad. La prueba son las <strong>16 candidaturas al </strong><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/vampiros-pecadores-blues-muerden-8-oscar-rave-sirat-queda-silencio_1_2162423.html"  ><strong>Oscar</strong></a><strong> que tenía este año </strong><em><strong>Los pecadores</strong></em><strong> (2025),</strong> de Ryan Coogler, una crónica de la segregación racial mechada de vampirismo. Historicismo fantástico, si tal cosa existiera. Pero si no existía, ahora existe. Así que seguramente sea las dos cosas al tiempo: degradación y madurez.</p><p>La hibridación y la disolución de categorías es pues inequívoca de todo proceso de consolidación y crecimiento, de todo viaje a la complejidad, y de hecho la reacción contra la modernidad se caracteriza precisamente por <strong>reclamar un retorno de las categorías netas</strong>, como vemos en fenómenos diversos, desde el segregacionismo social inherente a toda melancolía neofascista hasta el feminismo nostálgico de la gente mayor, que repudia el género como algo distinto del sexo. Como subrayaba el reaccionario y belicoso soldado Patrick Zevo (LL Cool J.), hijo del teniente general Leland Zevo (Michael Gambon), cuando reivindica las bandejas metálicas del comedor del cuartel, en las que los guisantes de la guarnición estaban acuartelados y no se mezclaban con la carne ni el flan, en la fecunda <em>Toys (Fabricando ilusiones)</em> (1991), de Barry Levinson, todo hombre de orden quiere compartimentos estancos y empalizadas. No es casual que construir muros sea la actividad preferida de todas las ultraderechas, en la frontera mexicana, en la húngara, en los territorios ocupados por Israel o en el Mediterráneo todo él. El muro es el fetiche del pensamiento antimoderno porque es la única garantía de mantenimiento de las categorías comprensibles y cinceladas por la tradición. Supongo que no hace falta explicar por qué, en este escenario, todo el reaccionarismo, de izquierdas y de derechas, masculino y femenino, odia al unísono las definiciones de género no binarias o al colectivo trans en su conjunto, no digamos ya el “género fluido”. Lo queer, en su festiva disolución de fronteras, es pues el gran enemigo de los añorantes de un mundo estabulado. <strong>La modernidad es mestiza, está llena de advenedizos, los sangre sucia</strong>, en terminología de J. K. Rowling, quien, paradójicamente, ha acabado convertida en uno de los arietes de ese mundo rancio y de las categorías cerradas que le enseñó su abuela.</p><p>Frente al tiempo circular del pasado premoderno, donde uno nacía y moría en un mismo mundo y estamento exactos e inmóviles, condenado a ser lo que fue su padre y lo que tendrían que ser sus hijos, el <strong>desarrollo de la modernidad, impulsado por la idea de progreso </strong>—el paso del mundo circular al mundo lineal—, introdujo cambio, hibridación y mestizaje. Concluyamos pues que, hoy, para evitar el reaccionarismo, conocer las categorías es mucho más importante que construir diques entre ellas, labor que, en sociedades avanzadas, es tan conducente a la melancolía como tratar de contener agua en un cesto.</p><p>Eso no significa que las categorías sean inútiles o que toda promiscuidad entre ellas sea virtuosa o conveniente, de ahí la alarma de Grijelmo, pero lo que sí resulta obvio es que la mescolanza es legítima. Como en todo aprendizaje, también en este oficio el ideal es subvertir las normas porque se conocen y se dominan. <strong>Violar los géneros porque han sido aprendidos</strong>. En el caso del periodismo cultural, la crítica, situada —inmerecidamente— en las almenas del prestigio de los géneros periodísticos, ha empapado de su arbitrariedad la totalidad de disciplinas por una sola razón: es una montura que cabalga hacia la libertad suprema del subjetivismo más caprichoso. Es elocuente de este fenómeno la frecuente renuncia de los reporteros culturales a preguntar en las ruedas de prensa, en pos de transmitir a los asistentes su juicio sobre la cosa en cuestión. <strong>“Yo, más que una pregunta, tengo una reflexión”</strong> es la bandera con la que quien debe recibir la rueda de prensa la da, para interés de nadie. </p><p>La antigua condición de la sección de cultura de mar Adriático de la prensa —un plato inmóvil, soleado, sin olas ni mareas— ha sido sustituida por las mares arboladas del Océano Ártico. Grijelmo disecciona los géneros como una gradación de subjetividades, en los que <strong>la</strong> <strong>información, dice, es el grado cero, y la opinión, el grado diez</strong>. La crítica, en lugar de constituirse en una categoría técnica, que exige el dominio de determinadas mañas y conocimientos de la especialidad y su historia —sea literatura, teatro, música, videojuegos o cine— para inscribir correctamente en una tradición una obra, se eleva como un imperio de la subjetividad más ensimismada, en la que una película es tachada de tediosa porque su pase coincide con la emisión de un partido de Champions, y tamaño ejercicio de autoindulgencia es publicado sin que conduzca al despido disciplinario inmediato. Lo cual, por cierto, no es una hipérbole sino un caso ocurrido —repetidamente— en el mismo periódico desde el que Grijelmo clama por la clarificación de los géneros.</p><p>El periodismo cultural está, efectivamente, todo él empapado hoy del subjetivismo arbitrario y a menudo iracundo del crítico, bañado en el malestar del que solo atiende a las obras y el juicio y conversación que merecen, como si fuera una revista de la OCU dedicada a evaluar detergentes y hacer con ellos un ranking de calidades y desatendiendo toda la política, la sociedad y la historia inherentes al sector. <strong>A nadie parece costarle mucho señalar si tal novela, álbum o película es progresista, feminista o capitalista</strong>, pero no parece haber un solo periodista cultural dispuesto a hablar de lo que tienen antes sus narices: saber si la gente del sector cobra según convenio y se respetan sus horarios. Averiguar si la industria audiovisual sigue siendo una estructura de abuso sexual donde creadores entrados en años, carnes y calvas escogen a jovencitas y jovencitos hermosos en obscuros castings en paños menores, en pos de la gloria cultural o para satisfacer la más mundana hambre del voyeur. Nadie del sector se hizo ninguna pregunta incómoda ante la evidencia de que un sesentón Bernardo Bertolucci dirigiera algo como <em>Soñadores</em> (2003), con los veinteañeros Michael Pitt, Eva Green y Louis Garrel desnudos en buena parte del rodaje. Una circunstancia que no es excepcional sino más bien una constante del cine desde su misma invención.</p><p>En resumen, si la contaminación de los géneros existe, como denuncia con buen tino Grijelmo, en el periodismo cultural ha hecho que la autoestima del crítico, <strong>atada a su subjetividad y desentendida de cualquier otra función periodística</strong>, tome la totalidad de los desempeños de la sección. Y eso explica que las entrevistas se hayan ido acercando a las que en política se hacen a los representantes públicos, presididas por la desconfianza y la confrontación, toda vez el político es empleado del lector, y es el periodista el que media para evitar la mentira o el abuso.  </p><p>Sostiene Grijelmo que la entrevista es un género que, <strong>en la escala de subjetividad, puede graduarse hacia la información o hacia la interpretación</strong>, según sea una leal suma de declaraciones o una entrevista que tiende a dibujar un perfil. Pero en todo caso, el perfil que se transparente ha de ser el del entrevistado, no el del entrevistador. En ningún lugar está contemplado para ella el juicio encubierto, que se está volviendo demasiado común en las secciones de Cultura. Ocurre que al desaparecer el marco normativo del género, desaparece la función, el rol, y el periodista deja de serlo para esforzarse en ser protagonista. Es decir, la libertad para reescribir el formato solo parece interesante si se usa para desembridar la subjetividad del periodista y lanzarla a competir con el entrevistado. </p><p>Desde una célebre y tensa entrevista al <em>youtuber</em> El Rubius en el diario <em>El Mundo</em>, en la que el periodista presumía, en la propia redacción final, de ignorarlo todo sobre su entrevistado —una obscenidad tan innecesaria como la del crítico que quería ver el fútbol y mandar al carajo la película coreana y así lo confesaba en la crítica—, estos <strong>duelos al amanecer entre dos subjetividades en tensión</strong> se han convertido en materia de interés morboso para los lectores sin que ningún jefe de redacción parezca dispuesto a poner fin al hambre de reality y a la terapia de autoestima del periodista que confunde ser incisivo con ser descortés. </p><p>Nick Hornby nos enseñó que <strong>lo importante “no es lo que te gustaría ser, lo importante es lo que te gusta”,</strong> una sentencia fundamental para entender la diferencia entre el funcionalismo neoliberal (“lo que te gustaría ser”) y el solaz liberal (“lo que te gusta”), entre la imperiosa e imperial identidad (“lo que te gustaría ser”) y el empeño en la felicidad y el gozo (“lo que te gusta”). Entre ser productivo (“lo que te gustaría ser”) y ser feliz (“lo que te gusta”). Por lo que vemos, el mito de que muchos periodistas culturales están del lado del solaz solo por la imposibilidad de estar del lado de la producción arroja monstruos que se enfrentan a los creadores con el rencor de no haber podido cruzar al otro lado. Solo así se explica que algunas entrevistas hayan dejado de ser un dispositivo de comprensión para convertirse en un interrogatorio encubierto, una puesta a prueba moral o incluso una forma de ajuste simbólico de cuentas, como si se hubieran celebrado en una habitación sin ventanas, ante una mesa, una silla y un flexo. Eso parecen muchas de las que está padeciendo el joven novelista David Uclés, que ha cometido el pecado de alcanzar el éxito con solo el concurso de lectores satisfechos y libreros entusiastas. Es decir, <strong>sin deber nada a los prescriptores periodísticos</strong>. Lo que nos lleva a que quizá la crisis de los géneros periodísticos sea también una crisis de la identidad profesional.</p><p>Lo ocurrido con Uclés hace poco en una entrevista para <em>El Diari de Girona</em> es un caso de hibridación, pero habría que recordar al autor del impertinente interrogatorio que, <strong>entre los géneros periodísticos, no están el escarnio ni el bullying</strong>. Y que si envidia el lugar del joven de la boina, escriba una buena novela y cruce los dedos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Mar 2026 18:09:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <title><![CDATA[La última palabra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/ultima-palabra_129_2162185.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La última palabra"></p><p>La <strong>necrológica</strong> es un territorio peculiar del periodismo porque es tal vez el único en el que el periodista tiene la<strong> última palabra de forma irreversible.</strong> Cuando el periodista Arcadi Espada aún sabía combinar perspicacia con humor afilado —antes de su conversión en un gritón Savonarola—, elaboró un decálogo para la escritura de obituarios que ayudaba a lidiar con las singularidades y paradojas a las que obliga el género. Decía así:</p><p><em>1. Tenga en cuenta que usted sigue vivo. </em></p><p><em>2. Evite ponerse (por si acaso) en el lugar del muerto, tipo al él le habría gustado así. </em></p><p><em>3. Evite las cartas a tumba abierta, tipo allá donde estés amigo quiero que sepas.</em></p><p><em>4. Evite convertir una muerte natural en un suicidio, tipo se fue tan discretamente como había vivido. </em></p><p><em>5. No espere una mejora en su conducta, tipo aquel</em><em><strong> necrologista que riñó a su muerto. </strong></em></p><p><em>6. Sobre todo no hable de su sonrisa, tipo nos acompañará siempre. </em></p><p><em>7. Si siempre ocultó lo que pensaba realmente sobre él haga ahora un pequeño y postrero esfuerzo. </em></p><p><em>8. Examine si supone un acto de respeto haber esperado a su muerte, tipo ahora ya se puede desvelar cómo. </em></p><p><em>9. No olvide jamás que la necrológica que está escribiendo puede acabar resultando</em><em><strong> lo único vivo que quedé de él. </strong></em></p><p><em>10. Y dado que en algún caso, aunque escaso, el muerto se ha levantado y ha leído escriba usted siempre con las </em><em><strong>precauciones propias del que espera réplica. </strong></em></p><p>La primera regla de Espada puede parecer un chiste pero apunta un asunto muy serio, la asimetría absoluta entre el que escribe y el que es escrito. La misma anomalía que, a modo de amenaza, se repite en el cierre del decálogo. El muerto ya no puede protestar, matizar, corregir ni discutir el relato o el retrato, que ambas cosas puede y debe ser un obituario. Y esa disimilitud genera dos tentaciones demasiado habituales, la <strong>canonización sentimental y el ajuste de cuentas póstumo</strong>, dos formas de abuso de poder narrativo. Precisamente, de esa cualidad narrativa que exige la tarea de contar una vida tratan los mandamientos tercero, cuarto y sexto, porque describen los más manoseados lugares comunes —pensamientos <em>prêt-à-porter</em>—y las perspectivas más ramplonas. Son tan habituales porque delatan la delicada relación que tenemos con los muertos, es decir, con la muerte: lo inefable nos abisma, de modo que solo podemos relacionarnos con ello a través de una liturgia —espiritual o laica—, es decir, de códigos y rituales, convenciones, como las frases hechas que repetimos en los tanatorios y que nos salvan de la <strong>obscenidad insoportable que es la muerte misma.</strong> Pero el periodista de necrológicas —y sí, escribir obituarios también fue ocupación habitual del arribafirmante durante casi una década— ha de ser un poco más exigente respecto a su tarea. Asumir el luto discreto y pudibundo que se le supone a la labor necrológica —similar al del empleado de funeraria— conlleva una documentación rigurosa y cierta ambición en el verbo, evitando la impresión de pereza o rutina que siempre trasladan las frases hechas, tan imprescindibles y eficientes sin embargo en el velatorio. </p><p>La prohibición “<em>evite ponerse en el lugar del muerto</em>” es sustantiva porque hablar por el que no está es un ejercicio de prepotencia y, demasiado a menudo, no es más que una treta para patrimonializar un cadáver —“los que tuvimos la suerte…”— o, más frecuentemente, una proyección psicológica. Se diría que los periodistas no buscamos sentido a la vida y muerte del otro, sino a las nuestras. El <strong>muerto se convierte en pretexto para un estriptis sentimental del vivo,</strong> un autorretrato moral del autor del réquiem. Oscar Wilde nos enseñó cuál era el destino tremendo de los retratos morales, en un desván, cubiertos por una sábana y polvo, mientras Dorian se burla del tiempo y de la muerte en los prostíbulos. </p><p>Como el dolor es un atributo de autoridad y soberbia —sufro, luego importo; cuanto más sufro, más importo—, apuntarse al grupo de las plañideras es una forma de darse pisto hablando con cercanía del que ya no puede defenderse de nuestras lágrimas ni de nuestras babas. Si uno confunde la elegía por el amigo muerto con la necrológica, puede convertir tan digna función periodística en la más narcisista y pornográfica forma del periodismo. La hagiografía, la carta de pésame y el testimonio doliente no son un género del periodismo, aunque aparezcan en un periódico, y no tienen nada que ver con la necrológica (este detalle se le escapó al sagaz Arcadi). A la nota necrológica le ocurre como a la crónica política: solo se puede <strong>hacer bien desde la distancia física, personal o retórica con el concernido</strong>.  </p><p>El séptimo mandamiento de ley de Espada, tal vez el más chispeante (“si siempre ocultó lo que pensaba realmente sobre él…”), nos pide modestia y respeto en el ejercicio de la necrológica. Una necrológica no puede estar guiada por el afán de ser la última oportunidad de verdad y un redactor de obituarios debe controlar el afán redentor o moralista. El octavo también previene de los excesos de la amistad y de la enemistad, y el noveno es una llamada explícita a la responsabilidad inherente a la condición de redactor de obituarios en los términos en que se expresan el primero y el décimo, y por eso en el noveno no hay ápice de ironía. Es una advertencia brutal sobre el poder archivístico del periodismo. El sexto es simplemente una advertencia contra los cursis, que son una plaga que apesta el mundo untándolo en melaza. Y por eso es importantísimo. Podríamos seguir. </p><p>El decálogo de Espada, además de un divertido y sagaz entretenimiento, es una seria advertencia para no sentimentalizar la muerte y no apropiarse de ella. La necrológica, a diferencia de<em> Las Coplas de Jorge Manrique</em>, debería ser un ejercicio de <strong>sobriedad narrativa</strong>. Ni elegía literaria, ni ajuste de cuentas, ni ceremonia de amigotes. Tan solo consiste en contar aproximadamente bien quién fue alguien y por qué es un muerto público y no privado. Es decir, por qué debe importarle al lector —al oyente, al espectador…— esa pérdida, no por qué le importa a quien firma. La necrológica bien entendida es una versión escueta y florida de la<strong> nota biográfica,</strong> no la versión lúgubre del padrino beodo que coge el micrófono en el banquete de boda.  </p><p>El drama que nos ocupa, como los avezados lectores de esta trinchera habrán percibido ya, es que las cartas gemebundas —escritas, literalmente, a tumba abierta—, las estatuas ecuestres y los monumentos tumularios han orillado cuando no sustituido el noble y severo oficio del obituario, porque la <strong>emoción, la épica y la propaganda son vehículos de comunicación mucho más inmediatos y eficaces </strong>que la información.</p><p>La paradoja es contemplar con qué facilidad los textos funerarios escritos desde el dolor intenso de la proximidad o desde el elogio desmesurado, en lugar de verse enriquecidos por el anecdotario que exhiben, a menudo se ven como un manojo de sucedidos, más o menos pintones, que en lugar de humanizar el cuerpo presente cincelan un arquetipo, una caricatura, una<strong> reducción del cadáver a muñeco. </strong></p><p>Las <strong>necrológicas sucesivas por Gregorio Morán, Fernando Ónega y Raúl del Pozo</strong>, además de ser un sepelio por una España senil, que ya iba siendo hora, han compuesto bocetos más o menos merecidos y aproximadamente justos del disidente militante y enfadadísimo, del impertérrito y cortés periodista de Estado y del amigo de francachelas en establecimientos de dudosa reputación.</p><p>A menudo, cuando<strong> fallece un notable, muere una época.</strong> Así que las crónicas de incienso por estos tres respetados periodistas son también añoranzas. Melancolía. Nostalgia por una izquierda combativa, ceñuda y viril, por una España de consensos verticales descendentes y perfumados, y, por último, por un periodismo con olor a Ducados y ajo. En las necrológicas de Morán aparecía el retrato del disidente impertinente hasta el empacho, el columnista molesto, el eremita del malhumor, el escritor que había hecho de la venganza intelectual una forma de vida y del insulto feroz una literatura. En las necrológicas de Ónega se despedía al cronista de la Transición, al periodista que había estado en el centro mismo del relato político y que representaba una forma institucional del periodismo, la del profesional respetado por todas las tribunas y por todas las generaciones. Y en las de Del Pozo asomaba una elegía bohemia del oficio, la caricatura del columnista de conversación interminable que mira escotes, el conversador de madrugada, el hombre, muy hombre, que entendía el periodismo también como una forma de sociabilidad, como una lealtad, como una manera masculina de habitar el mundo.</p><p>Pero la necrológica<strong> no revela tanto al muerto que yace como al vivo que escribe</strong>. Y con los escribientes los tres han sido afortunados. Raúl del Pozo tuvo la suerte de que su cadáver fue robado por sus amigos de <em>gaudeamus</em>. La ventura de Ónega fue que la apropiación del cuerpo la hicieron las instituciones del Estado. Y, en fin, seguramente<strong> Morán ha sido el que ha tenido más suerte. </strong>Porque no había otro Morán vivo para escribir su obituario, como tantas veces hizo él, sin piedad, humanidad ni recato, con tantos camaradas de cuerpo presente a los que aun quiso matar después de muertos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 15 Mar 2026 17:53:03 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Obituario,Periodismo,Periodistas,Manipulación informativa,España,Periódicos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Malas intenciones]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/malas-intenciones_129_2158089.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Malas intenciones"></p><p>Buenos actos por malos motivos es el enfoque más compasivo que se puede encontrar en la prensa estupefacta de la Villa y Corte respecto a la nueva posición del presidente del país como indiscutible comandante en jefe de la ética mundial en el tiempo de los bárbaros. En la prensa belicista las cosas están aún peor, pero nada hay que decir al respecto porque jalear una masacre tras otra no convoca análisis alguno, solo amerita reproche. Prestando pues atención solo a los melindres, esos atildados equidistantes del vacío, vemos que habitan en el pensamiento adversativo — “sí, pero”—, <strong>esa impertinente forma de periodismo y de habitar el mundo obstinada en encontrar una vez y otra la aguja insidiosa en el pajar de lo mullido</strong>. El compromiso y la audacia políticas podrán ser evidentes pero no son sinceros, nos dicen, pues el propósito final es táctico y no tiene que ver con la ética ni las reglas del mundo sino con una maniobra de distracción. Nadie explica cómo lo saben por un motivo trivial: hasta el momento, nadie ha podido entrar en la cabeza de los demás.</p><p>El periodismo tiene una materia prima inequívoca que no es ambigua ni discutible: <strong>los hechos observables</strong>. Profundizar en ellos para leer corrientes de fondo e inscribirlos correctamente en este <em>work in progress</em> humano que es la historia de la civilización permite al oficio trascender la dinámica del diario de avisos y el tablón de anuncios —que también son periodismo, cumpliendo con su función de servicio resumible en una socarronería de viejo reportero asturiano: “Lo más importante que escribirás nunca son los sueltos sobre el programa de festejos y sobre los precios del ganado”—. La paradoja con la que aquí jugamos cada semana es la certeza de que profundizar en lo que ocurre exige generalizar, emanciparse del detalle de los hechos y adoptar una mirada somera. <strong>Profundizar no consiste en acercarse, en descender a lo oscuro, sino que requiere elevarse, alejarse.</strong> El sentido profundo de los hechos no demanda de lupa sino de gafas de sol. </p><p>El límite más allá del cual cualquier interpretación es especulativa es pues el mencionado, lo observable. Y los pensamientos, los propósitos, las intenciones no son material perceptible salvo que concurran sincronizados con los hechos. Cuando el análisis se desplaza hacia las motivaciones internas de un actor político, el periodista entra en un terreno en el que no existe verificación posible, nadie puede saber —salvo el propio sujeto y no siempre— si una decisión se tomó por convicción moral, cálculo estratégico, oportunismo o por, más probable, una mezcla de todo ello. De hecho, la política real suele ser precisamente eso, una mezcla de razones nobles y utilitarias. Nuestros procesos, como los del progreso humano, son chapuceros y desordenados, y con frecuencia operamos desde una nebulosa de sinceridad, autosugestión e indulgencia, así que <strong>ni siquiera es probable que si pudiéramos leer el pensamiento de un político halláramos respuestas inequívocas a estas cuestiones. </strong></p><p>El juicio de intenciones adolece del obstáculo fundamental de no ser falsable. Un periodista puede demostrar si algo ocurrió, pero no puede demostrar lo que alguien quería si no lo verbaliza, con lo que maliciarlo es un ejercicio de psicología especulativa que transparenta el propósito final, que es la sanción moral. Es, entonces, una práctica humana prosaica y amena para las tardes de sillas en la acera y las noches de codos en las barras, pero <strong>no es, o no debería ser materia del periodismo digno.</strong></p><p>En realidad es aún peor, porque el juicio de intenciones funciona demasiado a menudo como una pose de sofisticación en la que el periodista se presenta como alguien que no se deja engañar por los discursos y que sabe ver detrás de ellos. Porque el cinismo es una estética de la perspicacia que sustituye el análisis por una retórica de la desconfianza. <strong>La paradoja condenatoria es que cuanto más descree y malicia, menos información aporta.</strong> Explicar una decisión política ética diciendo que todo responde al cálculo electoral es, en realidad, no explicar nada porque toda política democrática tiene dimensión electoral. Señalarlo nada revela, solo introduce un tono de sospecha sobre un hecho que en realidad es esencialmente virtuoso, pues el electoralismo es el predicado del mandato soberano, el test de adecuación de lo que un representante hace a lo que los representados pretenden de él.</p><p>Esto nos aterriza en una cuestión de pedagogía democrática elemental, porque en una democracia representativa no elegimos almas sino decisiones. El sistema no está diseñado para evaluar ni premiar la pureza moral de los gobernantes o su sinceridad, porque ellos no encarnan, solo representan. No es el santo que paseamos en las patronales, es el emisario que mandatamos a la política. Su papel no es ejemplar, es consular. <strong>Su cometido no es </strong><em><strong>ser</strong></em><strong> sino </strong><em><strong>hacer</strong></em><strong>.</strong> Ese es el principio de desconfianza liberal, de ahí que cualquiera sea elegible, pues no ha de ser un repositorio de virtudes, solo desplegar las políticas que lo han llevado al puesto. Lo evaluable de los jerarcas democráticos son las consecuencias tangibles de sus actos políticos. Dicho en términos de filosofía del derecho, cuando un gobernante adopta una política justa por motivos mezquinos, la política sigue siendo justa. Y a la inversa, si adopta una política injusta guiado por las mejores intenciones, el resultado sigue siendo injusto. </p><p>La democracia es un sistema de responsabilidad sobre acciones, no sobre propósitos ocultos. Incluso antes de la modernidad ilustrada, este laicismo de la política ya fue postulado por Maquiavelo, en cuya obra aparece la idea de que <strong>el gobernante debe ser juzgado por los resultados de sus actos antes que por su virtud interior</strong>. Y eso conduce al principio pesimista del liberalismo democrático, explicado a menudo en sus libros por el exsecretario de Estado de Cultura y Agenda Digital, <strong>José María Lassalle</strong>: las instituciones democráticas existen precisamente porque no podemos encomendarnos a la virtud personal de los gobernantes. El juicio de intenciones es pues irrelevante para la república —y para sus institutos, ya sean el periódico o el senado— porque pertenece al ámbito del templo. Desplaza el debate político real porque en lugar de discutir si una decisión –como la que ha convertido al presidente del Gobierno en un icono mundial del pacifismo responsable– es correcta y apropiada, si beneficia a la población o si es coherente con la política exterior declarada, levantamos una discusión psicológica sobre las supuestas motivaciones, abandonando la política para zambullirnos en una retórica a medio camino entre la novela de intriga y el auto de fe. Es decir, entre la ficción y la magia.</p><p>Ese es el contrasentido del periodismo de la sospecha, que <strong>presume de pretender el desenmascaramiento de la política pero solo abunda en el empobrecimiento del análisis y en su deslizamiento hacia la fantasía moralizante.</strong> Si todo se explica por cálculo, ambición o manipulación, la política deja de ser un espacio de decisiones públicas y se convierte en un teatro de conspiraciones personales. El resultado es un tipo de discurso público que contiene la semilla retórica de todas las teorías conspirativas. Todo es estrategia oculta, nada es lo que parece. Todos mienten, Ockham se revuelve en su tumba y los ciudadanos renuncian a la política.</p><p>La tarea del periodismo político es más modesta que todo eso. No consiste en adivinar la santidad de los gobernantes, sino en describir lo que hacen, explicar sus consecuencias y confrontar esas acciones con los principios que dicen defender.<strong> Si existe contradicción entre discurso y hechos, el periodismo debe señalarla, </strong>pero no necesita inventar una psicología de la especulación para hacerlo. Las intenciones pertenecen al territorio de la interpretación. Las decisiones pertenecen al territorio de los hechos. Y el periodismo —si quiere conservar su estatuto— debería permanecer lo más cerca posible de ese territorio.  </p><p>Porque la república no es un templo ni la política una liturgia de santidad. La república es una máquina imperfecta diseñada para que hombres imperfectos se gobiernen mediante decisiones verificables. Por eso el periodismo que le corresponde no es el que escruta conciencias sino el que examina actos. Cuando olvida ese límite y se entrega a la especulación de las almas, <strong>abandona el terreno de la razón pública y entra en el territorio turbio de la suspicacia conventual.</strong> Este oficio menesteroso no administra sacramentos ni expide indulgencias, no absuelve ni condena almas, tarea del confesionario, el patio o el café, donde todo es posible y nada es demostrable. Y cuando nada puede demostrarse, lo que desaparece no es solo el periodismo, también la política.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 08 Mar 2026 18:56:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Malas intenciones]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Periodismo]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[El golpe que dio la democracia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/golpe-dio-democracia_129_2153021.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El golpe que dio la democracia"></p><p>Las nuevas revelaciones confirman que<strong> el 23F </strong>no fue un golpe del franquismo irredente contra la incipiente democracia, sino <strong>de la democracia contra su padre</strong>, Adolfo Suárez. Lo sabíamos ya —quizá lo hemos sabido siempre, pero evitamos pronunciarlo— y estas desclasificaciones, tal y como se preveía, apuntalan la evidencia conocida, que no es la que dice nuestro institucionalismo en voz alta ni la que llena los titulares. No hay una novedad factual sino algo más incómodo, la constatación de que el detalle de tal o cual llamada rara vez puede contradecir la composición general, <strong>la evidencia apreciable</strong> a primera vista. Y eso, para quienes militamos en la lectura general y comprensiva de los procesos históricos a los que atiende el periodismo —una lectura amplia y somera, en el mejor sentido—, es una vindicación <strong>casi obscena</strong> de lo obvio. </p><p>La ventaja de una miopía precoz es que enseña muy rápido a componer el cuadro y desatender la pincelada, a ver la mancha de luces al completo, borrosa pero<strong> plena de sentido</strong>, sin distraerse en las particularidades. De algún modo, un miope puede dar lecciones a los profesores de arte sobre cómo se mira un cuadro, qué hay en él, qué nos cuenta y cómo vibra. Pues un periodista es un miope de la historia. Y precisamente por eso, <strong>no se pierde en el trazo</strong>, en la exquisitez de la pincelada aparentemente caótica del impresionismo —porque no alcanza a distinguirla—, pero aprecia hasta la temperatura y el olor del aire del jardín que cultivaba y pintaba Claude Monet en Giverny. El impresionismo, por si no se habían percatado,<strong> es un arte para miopes</strong>, como lo es este oficio de impostores.</p><p>La mayor ventaja del lujo de poseer “un océano de conocimiento de tres pulgadas de profundidad”, tal es un periodista que haya frecuentado distintas especialidades, es esa capacidad para destilar, para pasar <strong>los detalles de lo real </strong>por el cedazo del sentido, eliminando la distracción, la minucia y el mecanismo. El periodismo lee la hora rápido y con precisión sin entretenerse en el hipnótico baile de ruedecillas y muelles. No hemos de ser relojeros sino anunciar la hora <strong>sin perífrasis</strong>. Este oficio, cuando se practica con probidad y decencia, es la navaja de Ockham de la historia porque al cabo sabe que las cosas casi siempre son lo que parecen. Muchos togados podrían pasarse años y empeñar miles de folios y dólares en dilucidar las responsabilidades penales de la toma del Capitolio de enero de 2021, pero cualquier periodista con dos dedos de frente ha visto, sin margen de duda, que Donald Trump <strong>intentó dar un golpe de Estado</strong>. En esta época de la historia todo ocurre ante nuestros ojos, solo hay que atender.</p><p>Así, si uno se libera de<strong> la épica pedagógica</strong> con la que se nos viene contando el golpe del 23F —el rey salvador, los militares malévolos, la democracia tierna e inocente, el país en pánico…— lo que aparece es un ajuste de cuentas interno, una operación de corrección de la velocidad y <strong>de desalojo político </strong>que fue plenamente exitosa. Una iniciativa triunfante en todos los sentidos. El 23F solo fracasó si lo entendemos como golpe de timón para regresar a una dictadura militar fascistoide y trasnochada, pero, salvo en la cabeza de algunos enfebrecidos patanes como Jaime Milans del Bosch y Antonio Tejero, no era ese el objetivo de los que sabían, intuían, pergeñaron, callaron, dejaron hacer, malmetieron, se dejaron cortejar y de los muchísimos —todos— que calentaron el ambiente para lo que ocurrió en febrero de 1981. El objetivo era<strong> acabar con Adolfo Suárez</strong> por su proceso de aceleración democrática, que fue demasiado lejos cuando legalizó el Partido Comunista de España. Demasiado lejos hasta para los socialistas, que de pronto tenían un rival inesperado en su lado de la cancha.</p><p>Adolfo Suárez no cayó por un exceso de autoritarismo sino por lo contrario, por haber llevado <strong>la lógica democrática</strong> más lejos de lo que el sistema estaba dispuesto a tolerar. Su pecado no fue franquista, fue no encajar ya en el consenso funcional de una democracia modesta y timorata que empezaba a andar sin ruedines. Si dejamos de mirar el árbol y contemplamos el bosque, vemos a los partidos <strong>conspirando abiertamente contra él</strong> —incluso y primero que todos, su partido, la UCD— incapaces de generar estabilidad pero perfectamente dotados para perderla. El Ejército, salvo en las mentes simplonas de Tejero y Milans, no actuaba como un resto del pasado sino como un actor que sentía —erróneamente, pero no en el vacío— que alguien, los propios patrocinadores del cambio, le estaba pidiendo que “ordenara” la escena. El Rey, lejos de ser una figura externa al proceso, estaba ya <strong>dentro del tablero</strong>, en su centro mismo, gestionando equilibrios, tiempos y silencios, conspirando contra Suárez y alentando los delirios de grandeza del general Alfonso Armada, cuya cabeza distaba mucho de ser la absurda caja de tambores y pistolas que tenía el <strong>capitán general de Valencia </strong>bajo la gorra, jugando con sus tanques como el teniente general Leland Zevo (Michael Gambon) cuando heredaba la fábrica de juguetes de su hermano Kenneth (Donald O’Connor), en <em>Toys, fabricando ilusiones</em> (1992), de Barry Levinson.</p><p>En esos tiempos vertiginosos, los medios, en su mayoría, no fueron un contrapoder ni un insobornable pilar democrático sino <strong>un coro expectante</strong>, melifluo y preparado para legitimar el desenlace “razonable”, siempre que no fuera un anacronismo casposo. No hay aquí una mano negra única, sino algo mucho más inquietante y ominoso, una suma de racionalidades parciales que producen un resultado monstruoso sin que nadie sea el responsable único, el vértice del plan. Porque así ocurren<strong> las conspiraciones</strong>, no en una habitación oscura, sino en muchísimas noches de sobremesa, en charlas informales al final de la barra, en silencios cómplices, en intereses compartidos, en una copa junto a una piscina. Justo lo contrario de lo que pretende <strong>el relato tranquilizador </strong>del golpe clásico.</p><p>Tenía todo el derecho Alfonso Armada a pensar que el desenlace para él fue injusto —quizá su rápido indulto no es sino el reconocimiento de culpabilidad compartida del sistema en su conjunto—, estaba legitimado para pensar que <strong>se quedó solo </strong>pese a que todos le dijeron que estaban de acuerdo, pues no hay documento más incriminatorio que la famosa lista del Gobierno Armada con la que el exsecretario del Rey quiso convencer a Antonio Tejero de que liberase el Congreso, un ejecutivo de concentración nacional que incluía a todos los actores de la incipiente democracia bajo la batuta de un hombre de orden. <strong>Bajo su batuta</strong>. Allí estaba, “temblando en un papel”, el nombre de socialistas como Felipe González o Gregorio Peces Barba, y comunistas como Ramón Tamames y Jordi Solé Tura. ¿Qué tipo de motín fascista incluye dos ministros comunistas? Pues uno que atiende, o cree atender, a la voluntad de todos los actores de la balbuciente democracia, deseosos de <strong>defenestrar a Adolfo Suárez</strong>, tomar el control y poner orden. Esa lista no prueba un plan cerrado y complicidades explícitas pero sí connivencias implícitas. Armada no habría elaborado esa lista si creyera que alguno de los designados iba a decir que no. La lista delata una disponibilidad moral, la disposición a dejarse incluir, a no levantarse de la mesa, a dejarse cortejar, a escuchar, a no decir taxativamente “no”. A esperar antes de actuar. Y <strong>nadie se libra </strong>de esa evidencia.</p><p>No hace falta conspirar activamente para ser parte de algo históricamente vil, basta con no cerrar la puerta cuando llaman. Con no colgar el teléfono cuando suena. Que incluso socialistas y comunistas aparezcan en ese horizonte nuevo <strong>no es una paradoja</strong>, es una confirmación, porque el problema no era ideológico, el problema era Adolfo Suárez como anomalía viva, alguien que no obedecía del todo al pasado ni se sometía al futuro, que no encajaba ya en ningún <strong>reparto estable del poder</strong>, un tipo cuyo papel en la función había concluido. Es un arquetipo narrativo clásico, el del mesías, que se diferencia del héroe en el hecho de que no reina sobre la comunidad que funda, sino que es expulsado de ella. Como Moisés a las puertas de la Tierra Prometida. Suárez, en este sentido, pertenece pues a un linaje narrativo mucho más antiguo que la política y, por eso mismo, más verdadero que <strong>cualquier archivo desclasificado</strong>.</p><p>El fundador no puede vivir en el mundo que hace posible porque su sola presencia recuerda el momento caótico, excepcional y peligroso de toda fundación, recuerda que el orden nació de <strong>una decisión no reglada</strong>. Y los sistemas —todos— necesitan olvidar ese origen para estabilizarse. El fundador <strong>es incompatible</strong> con la fase que lo sigue, la de los administradores, los herederos, los sacerdotes del procedimiento. El mesías es una figura insoportable a largo plazo porque su sustancia es violenta, aventurera, una presencia que sostiene que todo pudo haber sido de otro modo, sea cierto o no, y por tanto todo<strong> podría volver a cambiar</strong>. Esa es la razón por la que el mesías nunca es traicionado por sus enemigos sino sobre todo por los beneficiarios de su sacrificio. Empezando por el Rey. Suárez sigue siendo una figura <strong>difícil de integrar</strong> en el relato nacional, en el que no encaja como villano ni como santo oficial, es demasiado trágico para el bronce y demasiado limpio para la sospecha. Y, como subraya Enric Juliana, fue un paria político durante una década entera y no disfrutó de honores hasta que se supo que padecía<strong> una enfermedad terminal </strong>que destruye la memoria y la identidad. Fue elevado a los altares cuando se supo a ciencia cierta que ya nada podía decir. </p><p>El detalle nuevo de la semana —la llamada concreta, la nota al margen, el gesto ambiguo— no cambia nada esencial porque el sentido del acontecimiento ya estaba fijado por <strong>su lógica sistémica</strong>, no por las anécdotas. El 23F es por eso una advertencia y se convierte en un espejo incómodo para el presente que nos enseña que la democracia no siempre es víctima, que puede ser también <strong>verdugo</strong> de quienes la fundan y que el consenso, cuando se sacraliza, se vuelve indistinguible del chantaje. En ese sentido, el 23F no es una anomalía histórica sino <strong>un patrón</strong>. Cuando un ente sistémico decide que alguien “estorba”, activa todos sus mecanismos —legales, simbólicos, mediáticos e institucionales— para apartarlo, y luego escribe una leyenda higiénica que permita seguir viviendo con ello. En este caso, la leyenda del rey Juan Carlos <strong>salvando a la democracia</strong>, solo porque acabó frenando lo que él mismo (no solo él, pero sobre todo él) había puesto en marcha y había permitido crecer bajo sus barbas y en su nombre. </p><p>Algo de lo que deberían tomar nota, si no lo saben ya —lo saben, vaya si lo saben—, cuantos llevan conspirando contra el Gobierno actual <strong>desde hace ocho años</strong>, empezando por el primer partido de la oposición, en tiempo de saludo tras la orden de José María Aznar “el que pueda hacer que haga”, y alcanzando, por supuesto, a la más alta magistratura del sistema judicial, el Tribunal Supremo, instalado en lo que políticamente podemos convenir que no es más que<strong> golpismo burocrático</strong> de literatura cutre.  </p><p>El fetichismo del dato es pues la maniobra de distracción perfecta para el experto, porque quien se pierde en los pormenores omite que la democracia española nació con <strong>un trauma no resuelto</strong> de haberse conjurado con malas artes para deshacerse de su propio padre y poder seguir adelante. La democracia lo hizo mediante una operación sucia y duradera de acoso y hostigamiento en la que no dudó en aliarse con su peor enemigo, el fascismo remanente y gritón. El cuadro termina de cerrarse con una crudeza casi insoportable cuando recordamos la vieja sospecha de Santiago Carrillo sobre la implicación de su compañero <strong>Ramón Tamames</strong> —hoy conspicuo filofascista—, un detalle como tantos otros, que sanciona que el 23F no puede leerse como un drama de “unos contra otros” y pasa a ser una escena coral de<strong> irresponsabilidad compartida</strong>, un crimen comunal más parecido a <em>Julio César</em> de Shakespeare que a <em>Fuenteovejuna</em> de Lope de Vega.</p><p>Suárez hace lo impensable para que la democracia sea genuina —legaliza el comunismo—, el sistema entra en pánico y cada actor busca una salida “responsable”, “ordenada” y “de sentido común”. Esa suma de prudencias acaba justificando una barbaridad y pariendo una aberración. Santiago Carrillo, con su instinto político afiladísimo, olió que <strong>nadie era del todo inocente</strong>, que si Tamames sabía algo no era porque el PCE conspirase sino porque el clima era tan denso que se sabía sin saber. Como se sabe que algo va a pasar porque demasiada gente habla en voz baja, como se saben las tormentas <strong>cuando el aire se detiene</strong>.</p><p>La democracia española aceptó durante unas horas la idea —y hoy vuelve a militar en ella— de sacrificar a su presidente creyendo salvarse así <strong>a sí misma</strong>. En 1981 no hubo excepciones en la traición al procedimiento, hubo grados. Pero los grados no absuelven, solo dispersan las responsabilidades. El 23F sigue siendo tan incómodo hoy, no porque falten papeles sino porque <strong>sobran coartadas </strong>y porque aceptar esta lectura implica asumir el crimen fundacional, asumir que nuestra democracia nació no solo de un pacto, sino también de una claudicación compartida, de una fechoría, de<strong> su miedo a sí misma </strong>y a los mecanismos de gestión del poder de los que se había dotado.</p><p>El golpe fue un éxito y sus productos están ahí: la defenestración política de Suárez, la canonización del Rey, el triunfo rutilante del socialismo en octubre de 1982 como agente de orden que arrinconaría<strong> al temido PCE</strong>, el cumplimiento riguroso del trato para permanecer en la OTAN y, sobre todo, el fórceps para desmantelar la España autonómica, la LOAPA (Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico), pensada para embridar la obra de Suárez, impulsada por el PSOE, anulada por el Tribunal Constitucional pero finalmente desplegada subrepticiamente en las décadas siguientes por el bipartidismo reinante, <strong>hijo también del golpe</strong>. Y claro que fue el Rey. Y todos los demás. Unos porque animaron, otros porque sabían; unos porque se conjuraron, otros porque callaron; unos porque lo intentaron, otros porque esperaron a ver; unos porque añoraban, otros porque se dejaban querer.</p><p>No hay ni habrá dato nuevo o grabación comprometedora que <strong>desdiga esta evidencia </strong>de la realidad contemplada a vuela pluma, y sí detalles que la apuntalen. El golpe que fracasó es el que Antonio Tejero creyó estar dando, con su mentalidad granítica de sargento chusquero y una integridad como solo lucen los verdaderos fanáticos. <strong>El tonto útil</strong>, como ahora sabemos que sabía su esposa. Se dio cuenta de que el golpe no lo estaban dando los suyos sino el sistema entero cuando Armada le enseñó su lista de gobierno y entonces decidió acabar con todo, tirar p’adelante y que salga el sol por Antequera. El Rey, en todo caso, esperó hasta saber si el plan de Alfonso Armada <strong>domesticaba </strong>al guardiacivil bigotón antes de abrir la boca. </p><p>Como tantas veces, como ocurre con el magnicidio de John Fitzgerald Kennedy, es este un modelo de<strong> investigación edípica</strong>, según el patrón de los narratólogos Jordi Balló y Xavier Pérez, porque las pesquisas de Edipo sobre la muerte de su padre lo conducen a una revelación devastadora: la respuesta<strong> es un espejo</strong>. El asesino que busca es él mismo. Eso le pasa a la democracia española indagando el 23F, que sabe que el final del camino es un espejo y entonces prefiere el cuento. Edipo se arrancó los ojos como hace hoy <strong>Javier Cercas</strong>, que desplegó en <em>Anatomía de un instante</em> esa evidencia palmaria de complicidades y hoy se niega a verla en sus propias letras, jurando y perjurando que no dicen lo que dicen. Se niega a mirar a los ojos de su propio relato, a lo que sabe que sabe. </p><p>Los nuevos materiales apuntalan todo ello, ese<strong> crimen colectivo</strong> que mancha de forma balzaquiana la fundación democrática. Seduce pensar que Antonio Tejero decidió morirse ese día como quien lanza <strong>un corte de manga postrero</strong> al engaño de que fue objeto, descubriendo demasiado tarde que solo era el figurante caricaturesco de un drama shakespeariano cuyo “elefante blanco” eran —maldita sea— <strong>todos los demócratas</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Mar 2026 18:27:44 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El golpe que dio la democracia]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Teoría del contraplano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/teoria-contraplano_129_2149653.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Teoría del contraplano"></p><p>“Cuando la leyenda se convierte en realidad, imprime la leyenda”. La conocida frase, a la que se atribuye un cinismo equivocado, pertenece a la monumental <em>El hombre que mató a Liberty Valance</em> (1962), para muchos, el western definitivo y también una de las primeras aportaciones sofisticadas del séptimo arte a la relación del periodismo con la realidad y con el símbolo, con lo literal y con lo alegórico, más allá del habitual elogio moral de la verdad. La frase que encabeza estas líneas aparece en uno de los diálogos finales, ante la confesión de un anciano Ramson Stoddard (James Stewart) sobre la muerte del pistolero, y la pronuncia el editor del periódico, Maxwel Scott (Carleton Young), sabiendo que el asesinato de Valance fundó civilización y derecho para la hoy próspera ciudad de Shinbone. Lo que señala Scott, que se niega a publicar la historia real —a saber, que fue la bala que disparó Tom Doniphon (John Wayne) desde las sombras y no la del abogado Stoddard la que mató a Valance—, no es un mero elogio de la mentira (en realidad, nadie miente en primer término porque el propio letrado no supo en el momento del duelo que no fue su bala la que acertó al villano) sino más bien una vindicación del símbolo frente al hecho. Dicho de otro modo, al editor del <em>Shinbone Star</em> <strong>le preocupa más lo que el acontecimiento significa que la precisión notarial y postrera de los hechos</strong>. Aplicado a nuestro vocabulario, no quiere estropear <em>la verdad</em> con pormenores. En una sociedad protodemocrática, un territorio de frontera entre la selva y la ley, el periodismo no solo levanta actas, también erige civilización.</p><p>Desde esta peana hemos reivindicado con frecuencia el sentido patente de la historia frente al detalle en el que el <em>expertise</em> a menudo se pierde. Una forma habitual de hablar de este dilema, el que enfrenta lo prosaico con lo relevante, se expresa en la célebre sentencia, atribuida a Confucio, sobre lo trivial y lo importante: “Cuando el dedo señala la luna, el necio mira al dedo”. Aludió a ello el portavoz parlamentario de ERC Gabriel Rufián en coqueta protesta durante el acto que protagonizó el pasado miércoles junto al diputado de Más Madrid Emilio Delgado. “No me miren a mí, miren lo que señalo”. Pero a veces la noticia, lo relevante, lo que tiene significación <strong>no está en la luna ni en el dedo, sino en la audiencia que contempla al aprendiz de astrónomo</strong>. Aludimos a uno de los dilemas más habituales del oficio, dónde poner la atención. Porque la tarea, como no nos cansamos de repetir, consiste –por encima de ninguna otra consideración– en descartar antes que en añadir.</p><p>Las crónicas del acto público de Rufián y Delgado, con atención mediática desmedida, prestaron atención detallada a lo dicho en el escenario —incluso sacando de contexto alguna frase, por arrimar el ascua a la conveniente sardina— y a los personajes en cuestión, su talante, su trayectoria, sus avíos políticos. Y sin embargo la novedad, el significado, la respuesta era el alrededor. No ocurre a menudo, pero sí a veces. La iniciativa presentada por Rufián y Delgado ha sido tratada como si su relevancia dependiera exclusivamente de su viabilidad técnica o de la idoneidad de los intervinientes: si suma, si resta, si es jurídicamente posible, si es electoralmente razonable, si colisiona con la costumbre. Los análisis rutinarios ignoraron lo que estaba ocurriendo alrededor del texto. Porque mientras el periodismo miraba mayormente al escenario,<strong> el acontecimiento estaba enfrente</strong>: entradas agotadas en minutos; presencia de todo el arco político de la izquierda —excepto el putinismo, que se había autodescartado—; público joven, numeroso, atento e ilusionado; gente en la calle que no pudo entrar pero tampoco se fue; decenas de miles siguiendo el acto en directo por streaming; un ecosistema mediático completo acreditado —hasta cien medios solicitaron asistir—; ninguna reacción deslegitimadora posterior, solo prudencia y escepticismo, sin impugnación, porque <strong>todos los actores del espacio se sintieron en la obligación de decir algo,</strong> se sintieron concernidos, no por lo dicho sino por el hecho patente: las ganas. Nada de eso es accesorio porque nada de eso tiene precedente en la última década; todo eso es la noticia, la principal noticia. </p><p>En cine sabemos que <strong>hay planos que engañan</strong>. No es grave ni punible, el cine es (debe ser) manipulación de la mirada, engaños a la atención. Un primer plano es intenso, pero puede ocultar el contexto mientras un plano general informa, pero enfría. El contraplano, en cambio, revela la relación, quién escucha, cómo escucha, cuántos son, qué esperan. Alfred Hitchcock fue el primer gran maestro en estas prestidigitaciones al punto de hacer que sus audiencias creyeran haber visto cosas que no habían visto. </p><p>El periodismo político contemporáneo, atento hasta el exceso, tiende a confundir discurso con acontecimiento y a menudo coinciden, pero no siempre. <strong>A veces el acontecimiento no es lo que se propone,</strong> sino el hecho de que haya una demanda social para que alguien lo proponga, aunque sepamos que es difícil, improbable o incluso inviable.</p><p>El encuadre no es neutral. Decidir dónde colocar la cámara —literal o metafóricamente— es decidir qué consideramos relevante. Es establecer jerarquía, fijar dónde yace lo significativo, el símbolo que supera la ramplonería del hecho crudo y pone luces largas al momento. El contraplano del acto del miércoles sugería algo nuevo, una expectativa, una ansiedad, una voluntad de recomposición, incluso una melancolía electoral de colaboración en un espacio político que lleva años fragmentado política y territorialmente, y exhausto. Eso no convierte la iniciativa en exitosa ni en correcta, pero la convierte en significativa. La convierte en noticia mayor. Y <strong>el periodismo debe ser, antes que juez de viabilidad, sensor de significado.</strong></p><p>Cuando la atención social es masiva, transversal y sostenida, el oficio no puede fingir que solo ha ocurrido un discurso. De vez en cuando, la noticia no es lo que alguien dice, sino <strong>el hecho de que muchos quieran escucharlo</strong> —y que otros muchos, incluso los escépticos, sientan que no pueden permitirse obviarlo—. Ahí, justo ahí, es donde el periodismo debe colocar la mirada, en ese contraplano de la audiencia, del silencio atento. En la acumulación de indicios que no caben en un titular, pero que explican mejor el momento político que cualquier frase entrecomillada de los convocantes.</p><p>Hay mucha información significativa de los tiempos que atravesamos —hay <strong>símbolo y sentido</strong>—cuando la noticia se residencia en el público, en el alrededor, en el antes y el después del discurso, en la reacción de los demás actores. Y también, cuando los analistas más conspicuos siguen mirando al escenario, con una mirada hecha, con un esquema politológico <em>prêt-à-porter</em> sobre ideas, posibilidades y discursos. </p><p>El cine aprendió pronto que no hay plano inocente y no hay relato sin montaje. Una acción aislada no significa nada hasta que alguien decide qué mostrar antes y qué después, dónde cortar y hacia dónde devolver la mirada. En <em>El hombre que mató a Liberty Valance</em><strong> no se funda una ciudad por un disparo, sino por la historia que se decide contar sobre él</strong>, una decisión que no es técnica ni notarial, sino moral y política, aunque sea una mentira fortuita y pequeña. Porque no es mentira que el abogado friegaplatos, con su delantal, se retó a duelo con el malévolo pistolero, y esa fue la noticia. La ley desafió a la selva. Después supimos que falló, y que fue un hombre del ocaso, otro pendenciero, quien intervino porque entendió el sentido de lo que ocurría pese a que, matando a Valance, él mismo renunciaba a habitar el futuro. No habría granja, ni esposa ni vida más pistolas. Como Moisés, alcanzó la tierra prometida, pero nunca la pisó. Como Frodo, salvó La Comarca, pero no para él. </p><p>A menudo captar el clima, el gesto colectivo, la expectativa silenciosa o las reacciones solo aporta contexto que enriquece, pero unas pocas veces, de vez en cuando, el alrededor es el capitán de la historia. Un pequeño sismo que emite mucha información valiosa sobre el silencioso sujeto político que determinará el futuro de los muchos predicados: el <strong>votante</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Feb 2026 18:58:56 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Teoría del contraplano]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Izquierda,Sumar,Gabriel Rufián,Podemos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un globo rojo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/globo-rojo_129_2145950.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un globo rojo"></p><p>Al principio era la risa. Luces, maquillaje, música, aplausos y una carcajada compartida al final del día, en el convenio fantástico y amable del circo. El payaso aliviaba, hacía llevadero el cansancio del mundo a los adultos y ofrecía a los niños un igual inocente y gozoso. No pedía fe ni obediencia sino atención. <strong>No prometía verdad, solo diversión y durante mucho tiempo cumplió con su parte del trato</strong>, distrayendo, acompañando, poniendo una nota de levedad bajo la carpa, barrera ante un mundo grave y ronco, de dureza e intemperie. Pero los payasos, como los reyes, envejecen.</p><p><strong>El periodismo político descansa sobre una premisa simple</strong>: algo ahí fuera ocurre y la tarea del periodista consiste en asegurarse de que de veras ha ocurrido, averiguar qué es, con qué consecuencias y para quién. Ese algo podía ser una ley, una guerra, un presupuesto, una dimisión, una huelga, una estadística o una crisis material. La política producía hechos y el periodismo, en términos ideales, los narraba, los verificaba, los contextualizaba y los jerarquizaba. Pero ese suelo se volvió muy rápido un piso resbaladizo por las exigencias de los formatos audiovisuales y la política dejó de manifestarse prioritariamente en hechos verificables y pasó a expresarse casi por completo en el territorio del lenguaje. El lenguaje audiovisual necesita imagen y sonido, presencia, gesto y voz, y el dicho es la unidad ideal porque tiene rostro, tono, duración acotada y conflicto implícito. Puede mostrarse. El periodismo político contemporáneo, contagiado del formato audiovisual, ya no ocurre tanto en decisiones como en enunciados. No se despliega en hechos, sino en dichos. No porque la realidad haya desaparecido —la realidad nunca desaparece— sino porque<strong> un preámbulo o una reforma fiscal no son tan telegénicos como alguien que los adjetiva.</strong> Y cuando la política se convierte en una cadena ininterrumpida de palabras que no son del periodista, el periodismo entra en una crisis que no es moral ni profesional, sino epistemológica.</p><p>El desplazamiento es sutil, pero decisivo, pues informar de un hecho exige método, contraste de fuentes, jerarquización, contexto, memoria y habilidades lingüísticas. Informar de un dicho exige muy poco porque basta con mostrarlo y amplificarlo. <strong>El dicho no necesita ser probado, solo necesita haber sido enunciado.</strong> Entonces, el centro de gravedad de la información política se mueve porque ya no importa tanto qué ocurre, sino quién dice qué, cómo lo dice, a quién provoca y qué reacción genera. El acontecimiento deja de ser exterior al discurso y pasa a ser el propio discurso. La política se convierte así en un ecosistema autorreferencial de palabras que generan palabras, declaraciones que provocan reacciones, respuestas que alimentan nuevas declaraciones. Un circuito cerrado de lenguaje.</p><p>Un hecho político, en cambio, casi nunca se deja ver. Una ley no habla, un presupuesto no gesticula, las leyes se escriben sin signos de admiración y ninguna tendencia estadística mira a cámara. El hecho necesita ser explicado e interpretado, y <strong>contar siempre es más lento, más abstracto y menos seductor que mostrar.</strong> El audiovisual —por pura lógica técnica— desarrolla una demanda estructural de dichos que dan ritmo, variedad y sensación de acceso directo a la realidad: “No te lo cuento, te lo enseño”. Pero esa ilusión de transparencia tiene un precio, el periodista se difumina como mediador cognitivo y queda reducido a introductor de fragmentos de discurso ajeno. Y además, contagia a la política, que en justa reciprocidad se profesionaliza como una fábrica de enunciados.</p><p>La política real actúa por acumulación, desgaste, omisión y desplazamiento administrativo. Sus efectos son patentes, pero lentos, difusos y poco fotogénicos. El sistema informativo, en cambio, necesita material diario, conflictivo y  personificado. Por eso<strong> la política cotidiana se convierte en una ficción industrial,</strong> una producción constante de palabras para alimentar un circuito mediático que necesita movimiento, aunque ese movimiento sea puramente verbal.</p><p>Y esos focos y micrófonos afectan a la escritura. Las comillas adquieren un papel ambiguo. En teoría, son una herramienta neutral que permite atribuir palabras, delimitar responsabilidades y distinguir entre narrador y fuente. En la práctica, cuando el texto se sostiene sobre comillas, el periodista abdica de su función esencial. Abrir comillas es ceder la voz. Y multiplicarlas, hacer piezas que son sucesión de declaraciones, es renunciar a construir sentido en pos de una liturgia dramática y emocionante. <strong>Las comillas funcionan como coartada moral y profesional</strong>, pero este oficio no consiste en dejar decir sino en hacer comprensible lo que ocurre, incluso —o sobre todo— cuando lo que ocurre no se deja ver.</p><p>Lo que no se deja ver… Como un platillo volante, un fantasma o un animal mitológico. Lo misterioso, lo que no existe, se caracteriza porque no se manifiesta como hecho verificable sino como relato, como suma de testimonios. <strong>Nadie puede probarlo pero mucha gente lo cuenta. </strong>No se constata, se cree o no se cree, se pertenece o no al grupo de los convencidos de que existe el chupacabras y que ellos están ahí desde la antigüedad haciendo pirámides de piedra, aunque ellos tengan naves con pantallas y pistolas de rayos láser. El entretenimiento sostiene que la verdad está ahí fuera, pero el periodismo consiste en que solo es verdad lo que está aquí dentro.</p><p>Y sin embargo, el periodismo político se parece cada vez más a eso que no existe porque ha adoptado la forma epistemológica del testimonio, de percepciones, intenciones atribuidas, sospechas e interpretaciones emocionales. El hecho material queda en segundo plano, lo central es el murmullo. Por eso, los espiritistas, los cocineros o los cómicos disputan hoy la voz a este oficio. No tiene que ver con el intrusismo o la maldad, es solo un problema de objeto y de lenguaje. Y de crisis de la mediana edad. En un mundo donde el acontecimiento es lingüístico, la autoridad ya no la da el método sino la presencia. Y ahí,<strong> el entretenimiento no invade el periodismo sino que compite legítimamente en el mismo terreno y con ventaja.</strong></p><p>Pero un día, la risa no basta. Los rostros del entretenimiento, los de los programas de cotilleo, los jurados de concursos musicales o los que llevan persiguiendo marcianos desde que tienen uso de razón deciden que ya no quieren ser el payaso que lleva sonrisas y emociones a niños y grandes. Quieren trascender. El maquillaje blanco empieza a pesar y salen una vez más a la pista con sus zapatones y su nariz roja, pero hoy el gesto alegre es mecánico, la risa blanca es mueca. Y entonces ocurre algo muy extraño: el payaso descubre que quiere hablar en serio, y que el público, acostumbrado a escucharlo sin defensa porque existe un pacto para la ficción divertida, <strong>sigue ahí cuando baja la voz y el chiste muta en advertencia o admonición. </strong>Que el escenario ligero admite, sin protestar, un tono grave.</p><p>La pasada semana un periodista pedía a los compañeros de oficio <strong>respeto para los ufólogos televisivos</strong>, a los que trataba como “compañeros”.</p><p>El <em><strong>Gran Pennywise</strong></em> no se presenta como monstruo, sino como promesa de juego —un globo, una risa histérica—. Sólo en el momento final muestra sus fauces, que se alimentan de niños. Eso es lo que ocurre cuando el espectáculo de variedades empieza a hablar de política. <strong>El espectador baja la guardia porque cree estar en una región conocida, sabe quién es el payaso y lleva años divirtiéndose con él, </strong>cómo no escucharlo cuando parece haber perdido la gracia y ganado gravedad, cuando el chiste se vuelve doctrina.</p><p>El tránsito es imperceptible, no hay ruptura, nadie anuncia que el juego ha acabado. Sencillamente, <strong>un día el payaso deja de contar chistes y empieza a predicar un mundo misterioso, antiguo y amenazador</strong>. Y lo hace aupado en los zapatones de quien no necesita método, pruebas ni hechos. Le basta con decir, porque la política contemporánea se le ofrece como un festín perfecto, un territorio hecho casi sólo de palabras, de declaraciones, de reacciones, de frases tremendas lanzadas al aire. Y mirándose en el espejo de bombillas sonríe de nuevo, convencido de que ese travestismo le otorgará importancia. No hay que demostrar nada; solo hay que expresar convicción. El plató se vuelve entonces el bosque de Derry, un espacio encantado y familiar donde aguarda un devorador de almas, ascua viva de la edad antigua, atávica y fantasmática.</p><p>Cuando el entretenimiento envejece no se vuelve sabio, se vuelve solemne. Cuando la política es lenguaje no se vuelve transparente, se vuelve sortilegio. Y<strong> cuando el periodismo se refugia en las comillas, en la voz de otro, cede ante el payaso</strong> que cuenta historias improbables al calor de una pequeña hoguera en lo profundo del bosque. Historias lúgubres hacia las que avanzamos hechizados por un inofensivo globo rojo.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 15 Feb 2026 18:25:07 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Un globo rojo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Periodismo,fake news]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los niños de Howard Beale]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/ninos-howard-beale_129_2141757.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los niños de Howard Beale"></p><p>“No es tan difícil”. Hablaba en la tele un usuario del servicio ferroviario, desde la Estació de França, en Barcelona. Lo que “no es tan difícil”, según el joven, es organizar el servicio y avisar en tiempo y forma a los viajeros de los horarios de salida y llegada, de los retrasos previstos y de los trenes suspendidos, en mitad del colapso del sistema de Rodalies y con los AVE circulando precavidamente despacio en la línea Barcelona-Madrid, mientras los taludes de carreteras y vías férreas se vencen borrachos de lluvia. La frase, que se ha repetido estos días en distintas variantes pronunciada por viajeros de toda condición, ilustrando informativos de todas las cadenas de televisión, causa estupefacción porque es justo lo opuesto a la realidad: <strong>gestionar la complejidad de una red de transportes en un área urbana de Europa Occidental es difícil. </strong>Muy difícil. El enfado ciudadano no es novedad y, al menos en cuanto a la red de Cercanías del área metropolitana de Barcelona, abandonada durante décadas, está justificado, pero lo preocupante no es que se le dé altavoz a la simplificación sino la ausencia de respuesta del periodismo. Nadie, en ninguna mesa, en ningún plató, respondió que e<strong>l primer mundo es un modelo de complejidad,</strong> que la característica de lo contemporáneo es la gestión de la complejidad.</p><p>Cuando este oficio nuestro da voz al enojo sin explicar la complejidad, no está acercándose a la gente, está rebajando el mundo hasta hacerlo compatible con una expectativa infantil. El devastador mensaje implícito es que la gestión del transporte público debería ser fácil, y si no lo es, alguien ha metido la pata. Pero la realidad técnica —trenes, liberalización, protocolos de seguridad, sistemas interconectados, movimiento continuo, decisiones prudenciales tras accidentes— es cualquier cosa excepto fácil. Y no tiene por qué serlo porque la <strong>dificultad no es un defecto, es la condición natural de los sistemas complejos. </strong>Es decir, de cualquier sociedad avanzada. Amplificando al usuario indignado sin contraste solo se legitima la fantasía de que el mundo debería funcionar como una App. El prestigio del enojo, elevado a opinión solvente y estado de ánimo de autoridad, convierte la frustración en criterio de veracidad y supone tratar al lector como a un niño al que no se le puede decir la verdad, a saber, que el mundo es complicado y que hay razones para que lo sea. Eximir al ciudadano adulto de tolerar la complejidad y confundir su impaciencia con lucidez es una infantilización de las sociedades que estamos pagando con las vidas que se está cobrando la<strong> pérdida de autoestima de la democracia. </strong></p><p>Este enfado amplificado —convertido en humor de época, expresado por doquier por ganaderos, comerciantes, rentistas, hosteleros, cazadores, escritores …— está sin excepción protagonizado por<strong> ciudadanos del primer mundo acostumbrados a que los sistemas funcionen sin fricción</strong> y a vivir cualquier disfunción como una ofensa personal. Y rara vez alguien se detiene a explicar qué es lo que ha cambiado realmente en unas semanas para el colapso del sistema ferroviario —más preciso sería decir, “la impresión de colapso”—, que tras accidentes graves se extreman las precauciones, que multiplicar el número de los servicios y compañías disponibles tiene consecuencias, que los sistemas complejos no funcionan como el mecanismo de un sacacorchos, que la mengua del Estado del Bienestar deja huella en las infraestructuras o que la seguridad tiene costes en tiempo, comodidad y eficiencia. Entonces, la complejidad es invisibilizada y es sustituida por una emoción primaria de altísima rentabilidad política, la <strong>ira</strong>. Que es vehiculada electoralmente contra la democracia, como está ocurriendo en todos los países occidentales. </p><p>Lo vimos también con el accidente de Angrois, en que las decisiones de seguridad provisionales durante la expansión de la alta velocidad unidas a un desgraciado error de un maquinista causaron una tragedia aún mayor que la de Adamuz. Entonces, el <strong>error político grave fue la gestión de la crisis,</strong> el trato denigrante que se procuró a las víctimas y sus familias. No el accidente. El accidente fue una desgracia y, como todos los accidentes, una concatenación de errores, torpezas, azares y descuidos.</p><p>Pero este mismo sarpullido infantil ante la complejidad lo vimos durante el extraordinario apagón de abril de 2025, resuelto por los técnicos en 24 horas, y, antes, a propósito de la contención y respuesta europea a la pandemia de 2020, dos casos de gestión de crisis exitosos y modélicos en cualquier tabla geográfica o histórica que tomemos como referencia. </p><p>En este gesto, aparentemente democrático —“dar voz a la gente”— hay un patente <strong>sesgo paternalista porque trata al ciudadano no como a un adulto </strong>capaz de comprender un mundo difícil sino como a un niño al que se le concede que su frustración es legítima y suficiente. No se le exige entender, se le invita a enfadarse, se le aplaude por ello, y así el periodismo no media entre el mundo y el lector o espectador sino que lo licúa y endulza hasta hacerlo bebible, compatible con una mirada pueril de simplicidad permanente. </p><p>La objetividad periodística —la ecuanimidad, si prefieren— no es el resultado de sumar subjetividades, como hablamos semanas atrás a propósito del bienintencionado y nefasto periodismo ruralista, que da altavoz y no respuesta experta a las supersticiones, los atavismos, las creencias erróneas y los intereses espurios de ganaderos y cazadores. Como si colocar en un plano de igualdad la queja de un pasajero, la opinión de un técnico y la decisión de un responsable de seguridad produjera, por acumulación, una verdad equilibrada. Pero la objetividad no es un promedio emocional y, si queremos expresarlo en términos matemáticos, una<strong> información cierta no es el mínimo común múltiplo de las opiniones </strong>sino el mucho más modesto máximo común denominador. Más claro: una información correcta no es una multiplicación, es una división. No es suma sino resta. El periodismo no se construye añadiendo sino descartando, merced a una jerarquía de relevancias que exige discriminar, contextualizar y explicar.</p><p>El filme de Sidney Lumet<strong> </strong><em><strong>Network, un mundo implacable</strong></em><strong> </strong>(1976), escrito por el dramaturgo Sidney Aaron "Paddy" Chayefsky (que le supuso su tercer Oscar a mejor guion), suele citarse como una sátira capitalista sobre el poder corporativo y la manipulación mediática. De algún modo, Howard Beale (Peter Finch), el presentador que pierde la cabeza y hace que miles de ciudadanos abran las ventanas y griten a la noche “¡Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo!”, ha sido interpretado como un héroe trágico, un agitador de conciencias, la voz de alienación ciudadana, la respuesta a la avidez capitalista y al consumismo, pero no es eso lo que Lumet y Chayefsky cuentan en su película, sino lo que<strong> el niño caprichoso que habita en nosotros quiere ver,</strong> dada la simpatía precivil que sentimos por la irritación, la autoridad que le regalamos a la gente enfadada. </p><p>Beale es, en realidad, un hombre que enloquece y cuya locura resulta extraordinariamente rentable para la cadena de televisión. Su célebre grito, expresión perfecta del humor actual de las sociedades occidentales, no articula ningún análisis del mundo, no propone soluciones, no identifica causas, no distingue responsabilidades y sus discursos encendidos, una vez convertido en predicador de las ondas, son un mero sumatorio de supuestas indignidades e incomodidades inherentes a estar vivo en la modernidad. Beale es pura descarga emocional y precisamente por eso funciona. La televisión, incluso en tiempos tempranos, descubre algo tremendo que el periodismo en general no ha dejado de explotar desde entonces: que el<strong> cabreo no necesita comprensión para generar adhesión.</strong> Basta con que sea compartido. Beale es seguido por millones de espectadores, no porque tenga razón, sino porque ofrece una comunidad emocional basada en la ira, una liturgia del berrinche. <em>Network </em>muestra cómo la televisión se convierte en una fábrica de enojo infantil, donde la complejidad del mundo es sustituida por sermones simples y emocionalmente satisfactorios. La paradoja es que la película se estrenó en la que todo el mundo considera la Edad de Oro del periodismo estadounidense, la época del <em>Watergarte</em>. Conviene recordarlo hoy, cuando Jeff Bezos –el rey Midas del repartir paquetes– ha asestado una puñalada letal a <em>The Washington Post</em>. </p><p>La película anticipa pues la <strong>ira genuina e irreflexiva como atajo hacia fórmulas autoritarias y de ultraderecha,</strong> como tobogán a la prepolítica. No hay programa sino catarsis y los ciudadanos se transforman en feligreses. El enfado no se canaliza hacia la comprensión del sistema, sino hacia su negación porque resulta intolerable que el mundo sea difícil. Y si es intolerable, alguien tiene que hacerlo desaparecer o someterlo. Cuando hoy el periodismo amplifica el “no es tan difícil” del usuario indignado sin desmontarlo, sin contextualizarlo, sin contradecirlo siquiera, está reproduciendo exactamente esa lógica. Confunde crítica con enfado y lucidez con volumen emocional; y al hacerlo, contribuye a formar votantes incapaces de aceptar que la perfectibilidad de la democracia, que la técnica y la seguridad son lentas, imperfectas y complejas. El progreso humano, como repite nuestro filósofo de cabecera, es el fruto de una virtuosa y constante concatenación de chapuzas. Y nunca ha sido de otro modo.</p><p>Los clientes peor educados y clasistas —como sabe todo el que se haya desempeñado detrás de una barra o de un mostrador— son los que piden el libro de reclamaciones, repositorio habitual de las pataletas de un presente que se ha <strong>cansado de ser adulto y ahora aspira a volver a berrear</strong> y retorcerse en el suelo del pasillo de las chuches.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 08 Feb 2026 18:27:27 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Política,Derecha,Trenes,España,Cine,Óscar Puente,Capitalismo,Democracia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo que no puede pasar pasa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/no-pasar-pasa_129_2137600.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo que no puede pasar pasa"></p><p>Una paradoja que solo se entiende cuando el daño ya está hecho es que a menudo el saber experto, tan minucioso, resulta ciego para los grandes cambios precisamente porque son patentes a ojo de buen cubero. Contemplando los hechos con orgullosa minuciosidad y dejándose las pestañas en el detalle del microscopio, el <em>expertise</em> a veces descuartiza la realidad y la somete a la infalible precisión molecular perdiendo de vista el bicho que tiene ante sí. Lo hemos hablado antes aquí para referirnos a la juridicidad de prevaricaciones de libro que pueblan el comportamiento de nuestros jueces de misa diaria y cilicio, arbitrariedades que saltan a la vista pero para las que siempre aparece una ratilla con lupa monocular que encuentra un avío legal. Un pormenor que, si lo piensan, no solo no impugna lo aparente sino <strong>que confirma la maquinación.  </strong></p><p>El saber experto con frecuencia actúa como si el mundo no fuera una frase —un flujo con sentido— sino un <strong>diccionario</strong> —un catálogo de fenómenos—. Digo esto porque durante años, buena parte del periodismo digno de tal nombre —no todo, pero mucho, el suficiente— advirtió de la deriva autoritaria de las derechas occidentales y señaló que el viaje tardocapitalista conducía indefectiblemente, otra vez, al fascismo. Lo advertimos a rebufo de las transformaciones del partido conservador estadounidense, primero en una iglesia pentecostal llena de buhoneros y supersticiones, bajo los auspicios de una ignorante beata como Sarah Palin, y después en una <strong>rehala de mamarrachos multimillonarios sin formación</strong> ni escrúpulos con un delincuente iletrado a la cabeza. El periodismo no hablaba de tanques ni de golpes clásicos, sino de algo más inquietante, de la captura del lenguaje, la obscenidad de los intereses y la deslegitimación sistemática del adversario y la institución. El<strong> intento de asalto al Capitolio del trumpismo en enero de 2021</strong> nos parecía un episodio definitivo que despejaba la incógnita, pero, contra la evidencia, el autosatisfecho catedrático de turno aún nos acusaba de precipitación. Y así fue que buena parte de la conversación española y europea siguió girando alrededor de la repetición en <em>super slow motion</em> del estornudo, ciega ante la neumonía. </p><p>Mientras se imponía la conversión de la mentira en estilo, del insulto en programa, del resentimiento en identidad política, politólogos, historiadores y periodistas colaboracionistas o melifluos acusaban a lo más honesto del oficio de melodramático y precipitado. De tener hambre de historia. Y obstaban la superestructura digital y posmoderna, la extravagancia de los actores —Trump, Bolsonaro, Duterte, Ayuso, Farage, Milei…, todos ellos con avíos intelectuales de grupo de refuerzo— como coartada para descreer de lo evidente. Claro, no era un fascismo de museo, sino <strong>uno adaptado a la época, </strong>compatible con pantallas, algoritmos y urnas, pero era y es inequívocamente fascismo. La respuesta fue el desdén ilustrado: “Frivolidad”, “exageración”, “alarmismo”, “demagogia”, “analogías pobres”, “analfabetismo histórico”…  El fascismo —decían— es un fenómeno europeo, ligado a derrotas bélicas, <strong>crisis económicas extremas, contrarrevoluciones del capital</strong>, contraataques de sotanas y tradiciones militaristas. Estados Unidos, con su constitucionalismo, su federalismo, su prensa libre, su cultura cívica, sus <em>check and balance</em> y su tradición liberal era impermeable a esa infección. Allí no podía pasar. Pero ha pasado.</p><p>Hoy, cuando ya casi nadie discute la naturaleza totalitaria del proceso, esa misma<strong> voz experta no se interroga por su error de cálculo</strong> ni aplaude la intuición del periodismo somero. No hace autocrítica, no hay revisión del marco mental ni de los modelos de análisis. Y eso, bien a pesar de que el fenómeno, a la postre, ha resultado no incorporar ningún elemento sustantivo de novedad pues es un calco de lo conocido cien años atrás, un fenómeno exacto a sí mismo en el que operan ya la Gestapo, los camisas pardas, las noches de los cristales rotos, el expansionismo de <em>lebensraum</em> (el “espacio vital alemán” del III Reich), la quema de libros, la persecución de periodistas, artistas e intelectuales, la segregación racial y hasta los campos de concentración. Y sí, como en el común <em>restyling</em> barato de cualquier automóvil, al fascismo le han cambiado los faros halógenos por unos leds que compiten con el diseño de los vehículos de <em>Tron</em>, pero el coche sigue siendo idéntico a sí mismo.</p><p>La razón de este fracaso de buena parte del pensamiento experto no es política, no es un error deliberado o cómplice —o no, en la mayoría de casos— sino que yace en una <strong>cierta inclinación a la visión de túnel, </strong>a desentrañar la minucia de la pincelada y obviar la composición del mural. </p><p>Mucho ha escrito el filósofo Javier Gomá sobre la generalización como única forma de conocimiento disponible. La complejidad del mundo, su muchedumbre de sucedidos y dichos es mareante y por eso solo a vuela pluma somos capaces de hacernos una idea de la realidad. No hace mucho, Gomá escribía: “La realidad está poblada de cosas concretas —grandes, pequeñas o iguales— y no es posible quedar a merendar con la grandeza, la pequeñez o la igualdad, porque estas abstracciones carecen de domicilio conocido”. El filósofo nos subraya que la generalización no es una pobreza del pensamiento, sino su condición misma. Solo lo que puede elevarse de lo singular a lo común se vuelve inteligible para una sociedad. El detalle infinito puede ser científicamente admirable, pero políticamente resulta estéril y si bien el pensamiento experto desconfía de la generalización, la vida democrática depende de ella porque sin abstracción no hay experiencia común posible. La ciencia puede permitirse el detalle infinito, la vida común no<strong>, porque cuando el pensamiento técnico coloniza el espacio moral y político, solo produce parálisis.</strong> Lo vimos durante las décadas de hegemonía del catecismo neoliberal, en que un presunto <em>expertise</em> economicista hacía callar con sus mendaces tablas contables a cuantos subrayaban el cisma de desigualdad que se iba abriendo en todas las sociedades occidentales sin excepción.</p><p>Pero la miopía que emborrona la visión de conjunto no es el único mal del análisis especializado. También padecemos otro conocimiento experto que nos opaca el cuadro: la presbicia de la geopolítica, tan atenta al mapamundi y tan ciega ante las vidas segadas. La geopolítica opera como una suerte de manto de alta capacitación que desdeña el detalle de los atropellos, los asesinatos, el racismo y la violencia del tirano. De pronto, todo lo que ocurre e<strong>n Estados Unidos se explica como un reajuste de los grandes ejes del poder mundial. </strong>El declive relativo de Occidente, el definitivo de Estados Unidos, el ascenso de China, la pugna tecnológica, la guerra comercial o el cansancio imperial. El trumpismo, bajo esta mirada, deja de ser una forma de dominación interna para convertirse en una estrategia exterior, un reajuste mundial como las placas tectónicas recolocándose. La violencia del tirano es un realismo político brutal, señalan los jugadores de Risk, pero comprensible en tiempos de transición global. La geopolítica funciona así, queriendo o sin querer, como anestesia moral, como un juego de tablero de hombres importantes explicado por hombres importantes. Hablar de esferas de influencia permite no hablar de personas, de derechos, de cuerpos, de miedo, de exclusión, de persecución y de purga simbólica y material. Permite observar el fenómeno desde arriba, como si se tratara de un mapa de mesa con miniaturas de fragatas y destructores sin sangre sobre los meridianos. </p><p>El fascismo, sin embargo, nunca se define por su política exterior, que acostumbra a ser belicosa y expansiva. Su verdadera sustancia no está en cómo se relaciona con el mundo sino con la sociedad, <strong>en cómo trata a los suyos. </strong>Porque en el fondo es una forma de sometimiento social y blindaje del poder y el dinero. El fascismo se define en la forma en que clasifica a la población, jerarquiza a la ciudadanía, convierte al disidente en enemigo, al diferente en sospechoso, al vulnerable en residuo y al activista en terrorista mientras roba todo lo que tiene a su alcance. La batalla, bien lo sabemos, se escribe en el registro de la propiedad. Pero ese núcleo queda convenientemente oculto cuando se adopta el lenguaje de los analistas estratégicos que discuten si Trump se acercará o no a Rusia, si tensará aún más el vínculo con Europa, si aislará a Estados Unidos o lo replegará. Se analiza el mapa y se olvida el hogar del que un niño de cinco años es arrancado para introducirlo en un camión de detención. Con su gorrito azul.</p><p>Hay algo profundamente revelador en ese desplazamiento del foco. El liberalismo se narra a sí mismo como sistema internacional, no como pacto civil. Y por eso, cuando el mascarón de proa del liberalismo mundial empieza a transformarse internamente en otra cosa, <strong>se prefiere hablar del barco antes que de la tripulación. </strong>Pero el fascismo no empieza nunca en la frontera, empieza en el interior, en las escuelas, en las universidades, en los medios, en los tribunales, en la administración, en el lenguaje permitido, en la identidad obligatoria, en la conversión del ciudadano en súbdito moral. Reducirlo a una estrategia geopolítica es, en el fondo, otra forma de colaboracionismo: no porque sea celebrado, sino porque es vertido a un idioma que lo vuelve inevitable, como si no fuera una decisión política sino una reacción histórica automática.</p><p>El colaboracionismo apaciguador no consiste en apoyar al autoritarismo, sino en rebajar su categoría, en presentarlo siempre como una anomalía ajena, como una excentricidad nacional, como un <strong>accidente cultural irrepetible</strong>. Nunca como una posibilidad estructural de la democracia misma. Por eso no extraña que hoy, el augurio errado se desplace a Europa. Ahora el mensaje es que lo que pasa allí —nos dicen— no puede pasar aquí. Lo hemos leído en los últimos días.</p><p>Y sin embargo, si uno se detiene a mirar la historia sin el microscopio del historiador ni el telescopio electrónico del geopolítico —a vuela pluma, como solo puede hacerlo el periodismo, que solo puede hacerlo de ese modo por no ser un conocimiento experto sino amplio (“un océano de conocimiento de tres pulgadas de profundidad”)— y la ironía resulta casi obscena. Estados Unidos, país sin tradición fascista propiamente dicha, sin partido único histórico, sin memoria de camisas negras ni pardas, sin derrota fundacional que metabolizar, era <strong>precisamente el lugar donde menos probable parecía el fenómeno. </strong></p><p>Europa, en cambio, no puede alegar ignorancia ni inmunidad pues el autoritarismo ha sido parte del ADN europeo. El liberalismo clásico surgió precisamente como reacción a los desmanes y la concentración de poder del despotismo ilustrado europeo. Aquí el fascismo no fue una hipótesis, fue gobierno, administración y rutina y está inscrito en las derechas europeas no como accidente, sino como genealogía. A veces repudiada, otras blanqueada, a veces heredada sin nombre, pero rara vez extirpada. En muchos países —y no miro a nadie— ni siquiera hubo ruptura con él sino una transición pactada,<strong> no hubo derrota moral del fascismo sino reciclaje y travestismo.</strong> Si alguna vez hubo un lugar donde “no podía pasar”, ese era Estados Unidos, el país que hizo del liberalismo no solo un sistema político, sino un relato fundacional. Y ha pasado. Decir ahora que “aquí no puede pasar” no es una conclusión racional, es la última línea de defensa de quienes no quieren admitir que el error no fue del cálculo, sino de la mirada, o de quienes ya lo consideran un tránsito inevitable y quieren garantizarse una banqueta a cubierto.</p><p>El autoritarismo en Europa no es un visitante extranjero, es u<strong>n pariente incómodo al que se finge no reconocer en las cenas familiares</strong>. Hasta que un día vuelve a ser el rico del pueblo y todos quieren ser su sobrino favorito.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Feb 2026 17:58:26 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Lo que no puede pasar pasa]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Fascismo,Europa,Política,Estados Unidos,Donald Trump]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tren nocturno a Lisboa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/tren-nocturno-lisboa_129_2133216.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tren nocturno a Lisboa"></p><p>La primera catástrofe legendaria de la humanidad no fue un terremoto, un incendio o una inundación. <strong>Fue una confusión. </strong>Dios no destruyó Babel por un error de cálculo sino para acabar con el pluralismo, con la eventual reunión de todos en un proyecto común que rivalizaba con su gloria. Hizo que los hombres hablaran lenguas distintas y eso bastó para que la torre-ciudad colapsara. Allí donde había un propósito colectivo —elevar una torre hasta el cielo— apareció de pronto el ruido, la incomprensión, la fractura del discurso. Aparecieron las lenguas y la diversidad. En Babel, Dios no castigó tanto la soberbia técnica como la ilusión de que el mundo puede convivir con distintos relatos<strong> que manen del pueblo</strong>. Y los aplastó todos enviando un relato único a los constructores de ciudades —etimológicamente, de civilización—: solo su voluntad cuenta y la vida urbana es una amenaza para ella. Las siguientes fueron Sodoma y Gomorra, algo entre Torremolinos y Las Vegas, donde la gente se divertía a su manera<strong>, sin el concurso de la fe</strong>.</p><p>Durante siglos, toda desgracia exigió <strong>una explicación moral</strong>. Si una ciudad ardía, alguien había pecado. Si el mar devoraba barcos, alguien había desafiado a Dios. El desastre no era un hecho, era un mensaje moral. El terremoto de Lisboa de 1755 clausuró ese mundo de forma sangrienta. Cuando la tierra tembló y murieron decenas de miles de personas en una ciudad cristiana y observante de la fe, <strong>el universo moral </strong>se vino abajo con los edificios. El mundo de Dios no sabía explicar por qué cayeron catedrales y sobrevivieron burdeles. No hubo distinción entre justos y culpables, el daño fue indiscriminado y por primera vez la civilización occidental tuvo que aceptar una idea insoportable: que <strong>el mal </strong>podía existir sin intención.</p><p>Lisboa puso contra las cuerdas la idea de la providencia divina <strong>como intérprete del mundo</strong> y, de hecho, muchos consideran que los textos de Voltaire y Rousseau sobre la desgracia en el estuario del Tajo son la chispa de la Ilustración. Porque Lisboa no inauguró la compasión, sino el método. A partir de entonces, las catástrofes dejaron de interpretarse y <strong>comenzaron a estudiarse</strong>. Apartaron a los arzobispos y a las beatas, y tomaron entonces la batuta la ingeniería moderna, la prevención, el cálculo, la estadística, los peritajes y los seguros. No para consolar a las víctimas, sino para reducir la probabilidad de otra desgracia. La modernidad no debía prometer sentido a lo que ya había ocurrido <strong>sino aprendizaje</strong>. Es decir, no centraba su mirada en la tragedia pasada sino en la que estaba por venir. La sociedad no se orientaría ya a la penitencia, al rezo y al luto, sino a evitar la repetición de la catástrofe. Puede decirse que, si Dios proveyó una masacre en Lisboa, las sociedades occidentales decidieron <strong>redoblar su desafío a Dios </strong>y en lugar de renunciar a construir ciudades, barcos y puentes, quisieron hacerlos más grandes, más orgullosos y más seguros. Y para ello decidieron usar la razón y no la fe. Las desgracias las minimizaría el cálculo y no la rectitud moral. El mundo contemporáneo sería una obra del hombre y sus avíos, no de Dios y sus caprichos. El hombre de la Ilustración, como<strong> el rey Theoden </strong>sobre la muralla del desfiladero de Helm contemplando las huestes de huruk-hai que lo rodeaban, le gritaba al Dios de los cristianos: "¿Esto es todo, Saruman? ¿Sólo esto puedes convocar?".   </p><p>Aunque los historiadores, encariñados con lo político y lo bélico, suelen señalar la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa (1914-1917) como los hechos inaugurales <strong>del siglo XX</strong>, algunos filósofos y antropólogos adelantan la cita al 15 de abril de 1912, cuando <strong>el </strong><em><strong>RMS Titanic</strong></em><strong> </strong>se hundió en las gélidas aguas del Atlántico Norte. Murieron más de 1.500 personas no por un castigo divino ni por maldad, sino por la novedad histórica de que nunca antes había habido tanta gente concentrada en el mismo lugar, desplazándose al mismo tiempo, confiando en la misma máquina. Pese al relato moral que atribuye a la soberbia del armador el siniestro, lo cierto es que murieron 1.500 personas porque en el barco viajaban 2.200. <strong>Así de frío y simple.</strong> El hundimiento del <em>Titanic</em> no anuncia las guerras que trituraron la primera mitad del siglo pero con él nace el siglo de las masas, una centuria en la que los accidentes ya no serían individuales, sino estadísticos. Democráticos. <strong>Terriblemente democráticos.</strong></p><p>Desde entonces, las grandes tragedias ya no tienen cifras bíblicas, sino humanas. No mueren héroes redentores o pecadores, muere la gente, muchísima porque somos muchos, porque nos movemos sin parar, porque el mundo contemporáneo es <strong>una coreografía permanente</strong> de cuerpos apretados y en tránsito. Solo desde que este oficiante nació, en mayo de 1971, hasta hoy, la población mundial se ha duplicado a la vez que el viaje, el turismo, el movimiento constante, <strong>se han democratizado</strong>. Los epidemiólogos dijeron hace ya más de veinte años que, si hubiera una mutación de algún virus relacionado con las gripes animales en cualquier rincón del mundo, su extensión sería inmediata y habría <strong>una pandemia mundial</strong>. No porque fueran adivinos, sino porque disponen de datos, cálculos y evidencias. Disponen de ciencia. El resumen de la modernidad es pues la frase del periodista Will McAvoy (Jeff Daniels) en la portentosa <em>The Newsroom</em>, de Aaron Sorkin. “Soy republicano, solo parezco liberal porque creo que los huracanes los causan las bajas presiones y <strong>no el matrimonio gay</strong>”.</p><p>Y sin embargo, frente a esa realidad material, <strong>una parte de este oficio</strong>, hijo legítimo y torcido de la Ilustración, parece estar regresando al lenguaje anterior a Lisboa, un viaje a la noche, al discurso moral, a la contrición y al atavismo, como una versión siniestra, desquiciada y beata de la novela de Pascal Mercier <em><strong>Tren nocturno a Lisboa</strong></em>. Se estremeció el arribafirmante al escuchar a una compañera decir estos días, con la mejor intención, que el deber de la investigación del accidente de Adamuz es proporcionar “a las víctimas la verdad a la que tienen derecho”. La población en general tiene derecho a que sus instituciones<strong> no les mientan </strong>y sean transparentes con la información de que disponen, es evidente, pero su deber para con las víctimas y sus familias es el consuelo, la asistencia y, en su caso, la<strong> reparación e indemnización</strong>. Ninguna de ellas es función de los peritos, policías científicos, ingenieros y técnicos que investigan el accidente, porque el propósito de la investigación es evitar que se repita. Es decir, el deber de la investigación <strong>es con el resto de la sociedad</strong>. De algún modo justamente las víctimas y sus familias son las que menos pueden esperar de ese informe, pues nada puede cambiar lo que ya ha ocurrido. La investigación sí puede cambiar, y debe hacerlo, lo que aún no ha ocurrido y no debe ocurrir, como sabemos por la historia de la aviación comercial: la paradoja terrible es que son los accidentes lo que en mayor medida <strong>mejoran la seguridad</strong> de las infraestructuras.</p><p>Y sin embargo asistimos a una época en que cada accidente ferroviario, cada siniestro, cada meteoro activa de inmediato una pulsión premoderna, la necesidad de <strong>culpables antes que de causas</strong>, de relatos antes que de informes, de conclusiones morales antes que técnicas, de sospecha antes que de conocimiento. El cinismo ha adquirido <strong>prestigio moral</strong> e intelectual y desconfiar hace a alguien pretenderse lúcido, mientras que esperar datos es parecer cómplice. Las investigaciones técnicas ya no se presentan como lo que son —instrumentos para mejorar la seguridad y fijar <strong>responsabilidades jurídicas y materiales</strong>— sino como ceremonias destinadas a “dar verdad” a los afectados. Porque esa verdad pretendida no es científica ni causal, es una verdad emocional que ha de calmar la angustia de vivir en un mundo sin garantías morales.</p><p>Vivimos un tiempo en el que <strong>la desconfianza </strong>se ha convertido en virtud moral. No importa hacia dónde apunte —el Estado, las empresas, los técnicos, las instituciones, el azar…— porque sospechar te sitúa <strong>del lado del bien</strong>. El que pide prudencia parece ingenuo, el que espera al informe técnico parece frío, incluso inmoral. <strong>La sospecha</strong> ya no es una herramienta epistemológica —como lo fue para la Ilustración el escepticismo— sino una identidad moral. Y una parte del periodismo, atrapado en esa lógica de<strong> mercado emocional</strong>, ha acabado abrazando ese cinismo. Del algún modo, no investiga mejor, pero <strong>desconfía más alto</strong>.</p><p>Así, el periodismo, imbuido de una suerte de luto pacato, se siente tentado de abandonar el método para <strong>ofrecer consuelo</strong>. De secundar a la plañidera en lugar de escuchar al forense. Y sustituye el informe por el testimonio, el aprendizaje por la lágrima, la precisión por el golpe de pecho, la explicación por la insidia. Y sin quererlo, <strong>vuelve a Babel</strong>: al ruido de lenguajes morales incompatibles donde todo significa algo y nada puede comprobarse del todo. Pero sabemos, con datos ciertos, que la seguridad de los viajes, la medicina, incluso la seguridad ciudadana son las mayores que ha conocido la especie. Solo hay más gente, más movimiento, más densidad. <strong>Más vida expuesta.</strong> Aceptar eso exige una madurez moderna que cuesta sostener, la de asumir que <strong>no todo daño es un mensaje</strong>, que no toda muerte tiene villano, que no toda tragedia exige un relato redentor. Lisboa nos enseñó a pensar el desastre. Babel nos recuerda lo fácil que es perder el lenguaje común del arquitecto. Y el <em>Titanic</em> nos advierte de que <strong>la era de las masas</strong> multiplica el daño sin necesidad de que concurra maldad.</p><p>El periodismo nació para habitar ese mundo <strong>sin dioses explicativos</strong>, para trabajar con hechos, no con consuelos, para incomodar cuando no hay moraleja, para sostener el frío de la causa cuando el público reclama el calor emocional del pésame, para disponer de peritajes en lugar de correr a linchar a un pecador. Si el accidente deja de ser un problema técnico y pasa a ser <strong>una narración ética</strong>, el periodismo se convierte, sin darse cuenta, <strong>en un sacerdocio</strong> que pone un foco obsesivo en las víctimas —no en su protección, sino en su exposición— y eso no es compasión sino telefilme.</p><p>Voltaire dijo sobre Lisboa que <strong>si Dios existe</strong> no parece tener contabilidad moral. Quizá el verdadero accidente contemporáneo no sea ferroviario ni técnico, quizá sea cultural y consista en haber olvidado por qué, después de Lisboa, decidimos dejar de buscar culpables en el cielo y empezamos a buscar <strong>explicaciones en la tierra</strong>. Que el error es más frecuente que el pecado. Que la torpeza o el descuido son mucho más habituales que la maldad. Lo contrario es un viaje a una noche profunda y larga, a un mundo anterior a Lisboa, un mundo supersticioso, oscuro y timorato gobernado por<strong> orondos orantes </strong>que dicen hablar en nombre de un dios caprichoso y sanguinario. En nombre de un asesino.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 25 Jan 2026 18:26:55 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Tren nocturno a Lisboa]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Accidentes,Trenes,Tren alta velocidad,Religión,Lisboa]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[El regreso del señor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/regreso-senor_129_2129485.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El regreso del señor"></p><p>Un hombre viejo, teñido y ansioso como un Gustav von Aschenbach con sobrepeso, señala en u<strong>n mapa una isla blanca, remota, pronunciada como se enuncia una propiedad</strong>, sin habitantes, sin actividad y sin historia. “Groenlandia”, dicha en voz alta como se nombra una finca inmensa y aun así exagerada por las mentiras convencionales de los mapas. El mismo hombre que reclama el premio que ha ganado una mujer rica. Rica, pero mujer. Y ella se lo da y él posa con ambos trofeos, ambas posesiones: <strong>la mujer sometida y el premio robado.</strong> Caza y conquista. Otro hombre —también viejo, también poderoso—, rodeado del eco de canciones y aplausos de antaño, trata de acallar un murmullo que atraviesa las paredes de su castillo y escapa a través del inmenso jardín-prisión hasta el mundo exterior: son los relatos de mujeres jóvenes y pobres, cuerpos disponibles por defecto para los abusos recreativos de un viejo Barba Azul. Lejos, en otra geografía, un agricultor, también hombre, también viejo, es detenido por abusar laboral y sexualmente de temporeras migrantes, mujeres pobres, semiesclavas, sin amparo ni red, traídas para recoger fruta como otras fueron reclutadas para limpiar babas. En Persia, las mujeres salen a la calle descubiertas o cubiertas porque el gesto es existir en público, recordarle al poder de los viejos místicos que el cuerpo no es una frontera administrable. </p><p>Cuatro escenas en territorios alejados, incompatibles, apelan al periodismo con la exigencia de hilvanarlos en una misma respiración, la de un mundo libre que se resquebraja mientras otro pugna por levantar la lápida y salir con su cuerpo putrefacto de la necrópolis de la Historia, el mundo del anciano señor del castillo. La globalización también es eso, contextos culturales, económicos y políticos distintos, geografías distantes y una sola pulsión, la del sombrío feudalismo, el derecho de pernada, la peonada, las doncellas sometidas, las cacerías y el hambre de conquista y gloria. El periodismo de los señoritos acude a la complejidad y la prudencia, apela a viejos avíos de la reputación, emplea términos trasnochados como la “honra” de un “caballero” y nos previene de la generalización, pues siempre hay palabras disponibles cuando se trata de mirar para otra parte, siempre hay retórica bien dispuesta para tapar un crimen. Incluso para darle la vuelta, señalando al varón blanco heterosexual como el lastimero chivo expiatorio de las mentiras de esas arpías de patio interior. Un <strong>periodismo para el que la mujer ha de someterse o arder.</strong></p><p>El aire huele a algo conocido, podre, huele a los siglos en que el mundo fue sencillo —injusto pero estable— y el tiempo era circular. Cada cual sabía dónde estaba y dónde habría de estar por siempre. El señor mandaba, el siervo obedecía, la doncella se sometía, la tierra pertenecía a quien podía defenderla mediante la violencia y el cuerpo femenino a quien tenía poder suficiente para reclamarlo.<strong> Y el extranjero y el pobre no tenían derechos, solo utilidad. </strong>Ese mundo que hoy llaman “orden” tenía castillos pero también cultivos y fronteras susceptibles de ser empujadas por las armas de los hombres.</p><p>Luego llegó la anomalía, la idea peligrosa de que el<strong> cuerpo no es una herramienta, de que el trabajo no suspende la dignidad</strong>, de que ni patrón, ni marido, ni corona pueden apropiarse del otro. Durante casi dos siglos pareció que aquella idea había vencido, se escribió en constituciones, se enseñó en escuelas y se repitió en discursos hasta que la creímos firme. Pero las ideas no mueren aunque sean derrotadas, acaso duermen. </p><p>Trump<strong> </strong>habla de Groenlandia como quien habla de una extensión sin dueño, del premio Nobel como quien administra la gloria, <strong>habla con el lenguaje anterior a la ley, el lenguaje del amo</strong>. El empresario del campo y el cantante añoso no emiten discursos porque les basta con el aislamiento y con la necesidad que domina a los cuerpos disponibles, con la frontera invisible que separa a quien puede denunciar de quien no puede hacerlo. Su poder no es ideológico sino logístico porque controlan la vivienda, el trabajo y el transporte. Controlan el miedo y el pan. El daño es ruido y la nostalgia actúa como absolución retroactiva, como si la violencia envejeciera y se volviera decorativa. En Irán, el poder de un dios no se esconde, allí el cuerpo femenino es ley escrita y la desobediencia se castiga porque no cuestiona una norma sino el principio mismo de toda jerarquía. Una mujer sin velo no infringe, insulta. La gramática es la misma y todo pasa a la vez en todas partes.</p><p>El señor cree que el mundo existe para servirle y muchos, desde abajo, votan su regreso sin advertir el engaño esencial: el feudalismo nunca fue el régimen de muchos señores sino el régimen de uno. Uno por territorio, uno por finca, uno por castillo. El resto nacía para trabajar, callar y agradecer. La restauración reaccionaria promete autoridad pero reparte obediencia, promete estabilidad pero distribuye miedo, promete grandeza pero exige el silencio a tiros<strong>. La probabilidad de ser señor siempre fue mínima, la de ser siervo, casi absoluta.</strong> Pero la ilusión funciona porque la igualdad fatiga, porque la libertad exige decisión y autoestima, porque el mundo moderno, con su ruido, su ambigüedad, su conflicto y su irreverencia, cansa más que la obediencia al viejo orden.</p><p>Y entonces aparece la dimensión grotesca de la época. Los nuevos señores son viejos, ancianos que mandan mucho y envejecen mal, se aferran al poder como quien se aferra al cuerpo cuando empieza a fallar, se estiran la piel, se tiñen, se ponen pelo y en sus cumbres bromean con su propia decrepitud, confesando en sus charlas de talco y lunares, bien vestidos pero poco lavados, su ingenua creencia de que la ciencia les alargará la vida. Se regodean en la <strong>píldora azul, un pequeño artificio que promete potencia cuando todo lo demás declina. </strong>No es solo sexo, es símbolo, es trono y es cetro, como fijaba el célebre proverbio de Oscar Wilde: “Todo en la vida es sexo, menos el sexo. El sexo es poder”. </p><p>La erección como negativa a la muerte, el dominio como negación del tiempo, el poder como prótesis capilar.<strong> Nunca hubo tantos hombres tan mayores decidiendo sobre cuerpos tan jóvenes, tensando el mundo y sus generaciones. </strong>En Teherán, una mujer camina por la calle sabiendo que puede no regresar. En Huelva, otra baja la cabeza para conservar el trabajo, y en Punta Cana, una joven aprende a desnudarse cuando se lo piden. En un despacho dorado, un anciano roba honras y tierras mientras su Gestapo asesina a madres. No es una conspiración sino el pespunte que hilvana una regresión, el viejo mundo intentando convencernos de que nunca se fue, de que el consentimiento fue un experimento fallido y la igualdad, una ingenuidad de gente que lee. Alguien tiene que mandar.</p><p>Este arranque de 2026 no es una quincena cualquiera porque no contemplamos noticias sino que<strong> vemos la forma grotesca del pasado clamando por un mundo que considera suyo</strong>. El señor ha regresado. La modernidad no destruyó aquel mundo, lo contuvo, le impuso límites. Sustituyó el privilegio por la norma y la obediencia por el consentimiento, inventó la idea revolucionaria de que nadie puede disponer de la vida de otro. Ese pacto precario era el corazón del mundo contemporáneo. El señor —decrépito, pintarrajeado y medicado— ha regresado y pretende campar de nuevo, tembloroso y aferrado a la rienda su caballo, merced a tantos guardeses, a tantos siervos dispuestos a llamar a su abuso tradición, a su violencia, realismo, antes de caer en la cuenta de que el señor caza y conquista galopando sobre nuestros cuerpos, nuestros amores y nuestros nombres.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 18 Jan 2026 18:22:57 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Dinamarca,Donald Trump,Premios Nobel,María Corina Machado,Irán,Monarquía,Mujeres]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La ocupación armada de la verdad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/ocupacion-armada_129_2125909.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La ocupación armada de la verdad"></p><p>Estados Unidos no ha tomado Venezuela por las armas. La ha rendido mediante el secuestro y el soborno.<strong> Ha comprado a las petroleras y al régimen, pero no ha necesitado una ocupación. </strong>No ha desfilado a paso de oca por Caracas, como los nazis por París, para someter al país al nuevo orden, simplemente ha cambiado la agenda de sus gobernantes, una vez los ha convertido en subalternos. El país que el trumpismo ha decidido tomar por las armas y someter a un régimen de ocupación armada tampoco es Groenlandia, al menos de momento: las huestes, armadas hasta los dientes, de Donald Trump están ocupando los Estados Unidos de América. Y para ello, están tratando de <strong>militarizar la verdad. </strong></p><p>El asesinato de Renee Nicole Good traduce a la ciudadanía democrática el vértigo de ver desaparecer la solidez de lo real bajo nuestros pies. Cuando el poder miente contra lo que todos vemos, contra los hechos patentes, sin siquiera tratar de ocultarlos o falsearlos con recursos de IA, significa que se ha abierto la grieta ética más grave de nuestra época. El regreso a un <strong>régimen preilustrado en el que coronas y sotanas monopolizaban la verdad.</strong> Las comparecencias de la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, del vicepresidente, JD Vance, de la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Kristine Leavitt, y del propio Donald Trump  no se vinculan a la vieja propaganda, ni siquiera a la posverdad entendida como una manipulación interesada de datos. Constatan algo muchísimo más grave, un salto de categoría: la ocupación violenta de la evidencia. No es un fenómeno anecdótico ni exclusivamente estadounidense. Hace muy pocas semanas, la sala segunda del Tribunal Supremo español ejecutó una ocupación judicial de la evidencia igual de espuria. Se trata de que la realidad, lo patente, no sea un suelo común sobre el que edificar la organización de las sociedades modernas, sino un <strong>territorio en disputa en que la autoridad —política, judicial o militar— ejerza una soberanía vertical e indiscutible</strong>, so pena de muerte o cárcel. Ese es el mensaje de los Manuel Marchena al mundo contemporáneo. Pretenden ejercer soberanía no sobre la interpretación de la realidad, sino sobre la realidad misma en toda su crudeza. El nuevo fascismo pretende dictar realidad contra la propia realidad. </p><p>El trumpismo, y a su lado todo el iliberalismo ante el que ha sucumbido el antiguo conservadurismo occidental sin excepción, nos dice que<strong> las imágenes ya no funcionan como prueba sino como campo de batalla </strong>y que en esa refriega ellos tienen el poder, los fusiles, las puñetas y las cruces. Durante siglos, la modernidad se sostuvo sobre la convención básica de que podíamos discrepar sobre las interpretaciones, pero no sobre lo que está ante nuestros ojos. Podíamos discutir si un hecho era justo o injusto, legal o ilegal, prudente o imprudente, pero no discutíamos si había ocurrido. Eso era la verdad patente, lo que no necesita ser creído porque se ve. El vídeo, la fotografía, el documento, el testigo múltiple… no eran “versiones”, eran el firme adoquinado que sostenía nuestros pies de sociedades que habían superado la etapa en la que los seres imaginarios —en realidad, sus diáconos— decretaban lo existente. Lo que está pasando ahora en Estados Unidos, en Gaza, en los tribunales y en las redes es que ese suelo ha desaparecido. Incluso en la ciencia y en la medicina: la cuenta de muertos que está causando la ignorancia ufana de los antivacunas, ahora empoderados por el secretario de salud de Estados Unidos, el pomposo e ignorante Robert F. Kennedy Junior, hace palidecer la de los totalitarismos del siglo XX.</p><p>No se trata de que la gente mienta, siempre se ha mentido, se trata de que ahora se miente contra la evidencia palmaria con un objetivo político de sumisión y, por tanto, de <strong>regreso a un mundo antiguo, supersticioso y sombrío</strong>. Convertir la realidad en un territorio en disputa, como una colina estratégica, es un triunfo final de los que pretenden acabar con la democracia. Porque la realidad, lo que no puede ser negado ni contradicho, es el único baluarte de quien no dispone de otra empalizada. Es el poder de los que no tienen armas, crucifijos ni posición. Es <strong>el poder de los ciudadanos</strong>. </p><p>Cuando Vance, Trump, Netanyahu o Putin miran una grabación y dicen “no es lo que veis”, no están defendiendo una interpretación, está<strong> bombardeando la noción misma de la prueba. </strong>Que se permitan hacerlo en un mundo transparente, digital y vigilado por cámaras en el que cada hecho ha sido filmado y difundido supone la derrota en la batalla por la verdad. Porque durante más de un siglo, la imagen tuvo una función civilizatoria, no decía una verdad última, solo una verdad funcional, escueta, que cerraba el paso a la mentira. No impedía manipular, pero hacía costoso hacerlo. Un político podía negar, pero sabía que había un límite en el plano secuencia, en la fotografía o en el archivo. Ese límite producía una realidad compartida que era el suelo fértil sobre el que construir convivencia, un sustrato frágil pero poderoso que sustentaba un contrato de la comunidad. </p><p>La IA permite fabricar imágenes falsas pero el poder político ha aprendido que ni siquiera necesita hacerlo. <strong>Basta con negar la realidad de lo evidente y difundir una </strong><em><strong>verdad</strong></em><strong> a todas luces falsa.</strong> El paso dado por la administración Trump (o aquí, por el Tribunal Supremo en sentencia firme) es aterrador porque no nos arroja a una era de verdades fabricadas sino a una era de verdades inoperantes. La ética política moderna se construyó sobre el principio sencillo de que el poder puede mentir, pero no puede mentir sin coste cuando hay pruebas. Ese coste, reputacional, judicial o electoral, era inequívoco. </p><p>Ahora el poder ha descubierto que una parte del público<strong> prefiere la mentira que confirma su identidad a la verdad que la amenaza, </strong>y ese paso compulsa la debacle ética en que la verdad patente deja de ser un árbitro y se convierte en una bandera bajo la que resistir. El vídeo del asesinato de la joven Renee Good ya no es un hecho sino un emblema y el poder lo mira como quien contempla un estandarte enemigo que debe ser rendido, en un nuevo marco de atavismos tribales. Sostiene que no estamos viendo lo que estamos viendo y resquebraja la realidad para ofrecer una bandera a su tribu premoderna de fauces salivantes. </p><p>Desde este pequeño nido de ametralladoras del oficio, llevamos meses insistiendo en que el <strong>periodismo actual no afronta un problema de calidad en la oferta</strong> —que es más variada, abundante y, en términos generales, más solvente que en ningún momento anterior— sino un problema de demanda, un mercado donde una parte de la sociedad ya no pide al periodismo saber qué ha pasado sino solo que le dé la razón. Un sector de la clientela busca avíos de identidad, un mundo real o inventado que le confirme que está en el lado de los buenos, que el adversario es monstruoso y que contra él vale cualquier medida extrema.</p><p>El periodismo no se ejerce para defender una ideología sino para establecer el suelo común de los hechos, porque <strong>cuando la mentira manda, el mundo se vuelve inhabitable</strong>. Una sociedad puede sobrevivir a gobiernos injustos, a leyes malas e incluso a guerras, pero no sobrevive a que no exista un mundo en común, no puede sobrevivir a la impugnación de los hechos ciertos. Si no podemos acordar qué ha pasado, entonces no podemos discutir qué debe pasar. Porque lo hará por nosotros el cacique, en el nuevo reino de la fuerza, de la tribu, del macho y de sus balas… Entramos en la selva inmisericorde de la violencia y dejamos atrás el imperio de la ley.</p><p>Por eso el caso de Renee Good —más allá del crimen de Estado y la tragedia familiar— importa tanto. No porque haya habido una muerte sino porque ha habido una muerte con imágenes que<strong> el poder ha impugnado sin tomarse siquiera la molestia de borrarlas</strong>. Esa dejadez, esa obscenidad, es el síntoma que anuncia el abismo. El periodismo y la sociedad no son ya otra cosa que un testigo y cuando el testigo calla o es amordazado, el crimen se vuelve sistema. </p><p>Durante años hablamos de <em>fake news</em>, de bulos y de posverdad como si estuviéramos ante una patología del ecosistema digital, lleno de ruido, ignorancia, polarización y burbujas informativas, pero esa explicación era cómoda y superficial. La posverdad no fue un accidente tecnológico sino una fase política que sirvió para erosionar el consenso epistemológico mínimo que hacía posible la democracia liberal: la idea de que, aunque discrepemos en valores e intereses, compartimos un suelo común de hechos. Cuando ese suelo se resquebraja, cuando deja de existir una realidad compartida, <strong>el terreno queda listo para que un proyecto iliberal pueda ganar elecciones sin necesidad de convencer, </strong>pues le basta con desorientar, con poner en pie de igualdad lo patente con la ficción paranoica y sentimental que da cobijo a las identidades frágiles.</p><p>Una vez en el poder, sin embargo, el iliberalismo ya no puede limitarse a sembrar duda porque gobernar exige control. Y para controlar una sociedad no basta con dominar las leyes o las instituciones, hay que dominar la definición misma de lo real. Ahí se produce el <strong>salto cualitativo de nuestra época</strong>, cuando la mentira deja de ser una táctica de campaña y se convierte en un instrumento de soberanía. El Estado ya no se limita a imponer normas, impone mentiras, decide qué ha pasado y qué no, incluso cuando lo ocurrido está grabado, documentado o presenciado por miles de personas.</p><p>En ese momento la verdad deja de ser un espacio de discusión y se<strong> convierte en un territorio bajo ocupación. </strong>Cuando un poder, sea la Casa Blanca o el Tribunal Supremo, miente abiertamente contra un vídeo, un documento o un testimonio múltiple, no está ofreciendo una interpretación alternativa, está desplegando fuerza institucional —autoridad, inmunidad, aparato mediático y aparato coercitivo— para conquistar el significado de lo ocurrido. Ya no se trata de convencer a la sociedad, sino de someterla. Hemos entrado en una nueva fase en la que la realidad no es algo que se investiga, sino algo que se administra desde el poder.</p><p>Ese mecanismo replica con exactitud la lógica clásica de toda ocupación colonial. Primero se declara que la población no entiende lo que ve, que está confundida, manipulada o engañada por fuerzas hostiles; luego <strong>se impone una versión oficial que </strong><em><strong>sabe</strong></em><strong> qué ha ocurrido,</strong> y finalmente se criminaliza a quien la contradice. Solo que ahora el territorio no es una ciudad ni un país, sino la evidencia misma. Fotografías, vídeos, audios, datos y testimonios quedan sometidos a una administración política del sentido.</p><p>Durante más de un siglo, la imagen funcionó como un límite a la mentira, pero hoy<strong> el poder ha aprendido que puede decir “no creas lo que ves” </strong>y una parte de la ciudadanía lo aceptará sin conflicto. Ahí se cruza una inquietante frontera totalitaria, cuando se obliga a la sociedad a dudar de sus propios ojos, la percepción deja de ser soberana y pasa a estar subordinada a la autoridad. La realidad ya no precede al poder, sino que este la produce.</p><p>En ese paisaje, e<strong>l periodismo tiene que dejar de ser un simple narrador y se convierte en un custodio de lo obvio.</strong> La tarea del periodista ya no es solo interpretar el mundo, sino sostener que el mundo existe, que algo ocurrió y se grabó, y que dar fe no es opinión. Defender los hechos se vuelve una forma de resistencia cívica frente a la ocupación de la verdad por la fuerza, porque cuando el poder se apropia de lo que es real, no solo gobierna, coloniza la mente colectiva y hace inhabitable la democracia.</p><p>Alberto Núñez Feijóo <strong>confesó sus mentiras ante la jueza de Catarroja y después las reiteró como si nada ante la prensa.</strong> Y ahí sigue. La tarea del periodismo digno es que, después de doscientos muertos, no siga ahí. Como la del estadounidense es reponer el buen nombre de Renee Good y condenar al trumpismo, armado, acomplejado y asesino, al basurero pedófilo, machirulo y supersticioso del que emergió. Será eso o el fin de todo lo que es bueno, bello y decente.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 11 Jan 2026 18:01:01 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La ocupación armada de la verdad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Estados Unidos,Donald Trump,Alberto Núñez Feijóo,Democracia,Política,Liberalismo político]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Seymour Hersh y el puzle]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/seymour-hersh-puzle_129_2122548.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Seymour Hersh y el puzle"></p><p>Estrena Netflix el documental <em>Cover-up</em> (2025), de Laura Poitras y Mark Obenhaus, sobre la <strong>biografía del periodista ganador del Pulitzer Seymour Hersh,</strong> corresponsal de los territorios de frontera celebrado por revelar, entre otras historias del alcance, los <strong>crímenes de las acciones bélicas y encubiertas de la CIA y el departamento de Estado de Estados Unidos</strong>, desde la guerra de Vietnam (masacre de My Lai) a la de Irak (torturas de Abu Ghraib), pasando por la participación de la CIA en el Golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile. Reponen así los documentalistas la reputación y el buen nombre del reportero que publicó como exclusiva una versión novelesca del atentado contra el gasoducto Nordstream al comienzo de la guerra de Ucrania. Aquel <em>scoop</em> ensució una carrera modélica y arriesgada llena de éxitos y de cumbres del periodismo aguerrido, el que supone jugarse la vida para revelar un hecho cierto. Y el que por su dimensión épica acaba confundiendo al periodista con un paladín. Falló Hersh no ya porque el relato fuera tan detallado como inverosímil —y años después, su historia, digna de Tom Clancy, sigue colgada de la brocha— sino porque violentaba el método periodístico. </p><p>El periodismo, por más chapucero e informal que sea, comparte una característica con la ciencia: que ambos son métodos, no resultados. Por eso, para este oficio de impostores opera el mismo principio que para las averiguaciones de la ciencia, el llamado “estándar de Sagan” (en alusión a su autor, el astrónomo, astrofísico, cosmólogo, astrobiólogo y divulgador científico estadounidense Carl Sagan):<strong> “Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”.</strong> Y en periodismo eso se traduce, como postuló otro célebre del oficio, Bob Woodward, en abundante contraste de fuentes o acreditación inequívoca de la solvencia de esas fuentes. Porque la evidencia es anterior a la afirmación y no al revés. </p><p>El <strong>saber popular tiene su propia versión sobre esta forma de proceder </strong>que hizo perder la orientación y la mesura a Hersh: “No se puede poner el carro delante de los bueyes”. El periodismo, conviene insistir en esto, no es un discurso sobre el mundo, es un <strong>procedimiento</strong>, y es en todo caso el método el que puede alumbrar algún tipo de relato sobre el mundo. </p><p>La narrativa —lo que incluye la literatura pero también la doctrina política y religiosa— tiene propósitos y mensajes a priori, pero <strong>el periodismo, la ciencia y los juegos solo tienen reglas. </strong>Escribía este fin de semana el cineasta Nacho Vigalondo que “cuando uno se enfrenta a un puzle en cualquiera de sus variantes (…), el contrato es el mismo: hay solución. Quizás tengamos que detectar una palabra escondida dentro de otra, resolver un problema de lógica espacial o ejercitar el pensamiento lateral, pero la solución existe y, no sólo eso, es la misma para todos. (…) El arte aspira a lo contrario, a trascender como misterio sin solución oficial, a aislarnos a todos en nuestras propias interpretaciones y respuestas emocionales, que en el mejor de los casos no dejarán de cambiar a lo largo de nuestra vida”. El periodismo se relaciona con la política en esos términos: <strong>el periodismo es un juego con reglas, la política es una narrativa con discurso y propósito. </strong>Por eso Hersh falló al dejarse llevar por su opinión acreditada sobre la forma de actuar de la superpotencia y desatender los rigores de las reglas del puzle que, respetadas, llevan a una sola respuesta, que es la misma para todos —como vimos en los casos de los periodistas de radio, televisión y prensa escrita que testificaron ante el Supremo en el caso del Fiscal General del Estado—, si acaso precaria: constatar y acreditar un hecho cierto, incontrovertible.</p><p>Durante siglos hemos entendido el conocimiento del mundo —y muy especialmente el conocimiento político y moral— como una forma de narración. El cuento ha sido el dispositivo privilegiado, una secuencia con principio, desarrollo y final, con un propósito reconocible y una moraleja implícita o explícita. El cuento no solo explica lo que ocurre, explica para qué ocurre. Nada es accesorio, nada es casual, <strong>todo responde a una intención previa ejemplarizante y consagrada a difundir la virtud. </strong>Su propósito y discurso existen incluso antes de ser contados. Ese modelo ha sido extraordinariamente eficaz para transmitir valores, advertencias y consuelos, pero tiene un coste cognitivo alto, ya que anula la contingencia y la complejidad de cuanto nos rodea. En el cuento no hay azar real ni decisiones que puedan torcer el rumbo, tampoco finales que no estuvieran previstos. El lector no actúa, solo asiste; no explora, solo recorre un itinerario ya trazado. El mundo, en el cuento, siempre tiene sentido, incluso cuando es cruel.</p><p>Frente a ese modelo cerrado, aparece el puzle, que introduce una diferencia crucial porque no tiene moraleja, tiene resolución. No exige identificación emocional, sino atención, paciencia y método. El camino puede variar, pero el resultado no. La verdad está ahí, a veces visible de antemano —como la imagen del castillo alemán impresa en la tapa de la caja—, y el esfuerzo consiste en alcanzarla con método, sin forzar las piezas ni violentar sus contornos<strong>. El puzle admite el error, pero no el final alternativo.</strong></p><p>Durante mucho tiempo hemos pensado el periodismo y la razón pública más cerca del puzle que del cuento, no porque el mundo sea siempre resoluble sino porque existe la convicción republicana de que<strong> hay hechos que no dependen del punto de vista, y de que cualquiera, si sigue las reglas, puede llegar a ellos. </strong>El derecho debería ser un puzle, porque también se supone que es procedimiento y reglas pero, como hemos visto en el Tribunal Supremo, a menudo es cuento. El puzle no promete consuelo, promete algo más modesto y más democrático, una imagen compartible por indiscutible.</p><p>Sin embargo, ni el cuento ni el puzle agotan la relación contemporánea del periodismo con la realidad y en las últimas décadas se ha impuesto un tercer modelo cognitivo, más exigente e incómodo —porque no avanza en pos de una respuesta previa pintada en la tapa de la caja—, el que apuntan el juego de construcción y el juego de rol, que no ofrecen sentido previo ni solución final. Solo ofrecen reglas, un conjunto de materiales y un universo de coherencia interna en el que desenvolvernos. No hay desenlace garantizado, no hay castillo prusiano ni puente neoyorquino que nos esperen como respuesta<strong>. El resultado depende de lo que hagan los jugadores, de sus decisiones, de sus conflictos y de su capacidad —o incapacidad— para convivir dentro de un sistema compartido.</strong></p><p>Aquí el sentido no precede a la experiencia sino que emerge en ella. Y puede no emerger en absoluto, puede ser frustrante, injusto o caótico. El periodismo y la ciencia lo son a menudo. El juego no protege al jugador del fracaso ni le promete aprendizaje moral, lo único que garantiza es que, si se rompen las reglas, el mundo deja de funcionar. Este modelo, que es el que orienta al periodismo y a la ciencia por igual —aunque los objetivos y frutos del primero sean mucho más modestos que los de la segunda— es político en un sentido profundo porque desplaza la responsabilidad desde el autor hacia los actores. Y cuando hablamos de democracia, los actores somos todos pero el autor también, porque el autor son los consensos que nos hemos dado en forma de reglas del juego. En forma de derechos humanos. Ya no hay narrador al que culpar ni solución correcta a la que aspirar,<strong> hay decisiones, consecuencias y límites.</strong> El juego abierto, en términos ideales, no educa en valores cerrados, educa en responsabilidad y convivencia.</p><p>No es casual que este modelo resulte tan inquietante para una cultura acostumbrada al relato moral y al premio. El cuento consuela y el puzle orienta, pero el juego abierto exige <strong>madurez cívica incluso para renunciar a identificar una verdad o una recompensa. </strong>Para concluir, quizá, que uno carece de suficientes fuentes y evidencias para afirmar ante al mundo que la CIA voló el Nordstream porque te lo ha contado a ti un propio y, sobre todo, porque tú tienes la convicción afianzada de que toda vesania es atribuible al <em>Tío Sam</em>.</p><p>Aquí el videojuego brota como una forma cultural decisiva porque oscila entre estos tres modelos y los combina de maneras reveladoras. Un videojuego de narrativa fuerte como <em>The Last of Us</em> se acerca deliberadamente al cuento. El itinerario está fijado, las decisiones son aparentes y el final es inevitable. Pero introduce algo radicalmente nuevo respecto a la literatura o el cine al trasladar la experiencia a la primera persona<strong>. No ves lo que ocurre, te ocurre. </strong>El sufrimiento, la pérdida, la violencia no se contemplan desde fuera, se padecen y se ejecutan con las propias manos. En el extremo opuesto están los videojuegos de mundo abierto, como <em>Grand Theft Auto</em> o <em>Red Dead Redemption</em>, y los grandes MMO (Massively Multiplayer Online Game, o “videojuego masivo multijugador online”), como <em>World of Warcraft</em>, <em>The Elder Scrolls </em>o <em>Eve Online</em>. Aquí el relato se diluye. No hay moraleja previa ni recorrido obligatorio, el mundo existe con independencia de ti. Está ahí, funcionando, indiferente a tus intenciones. Puedes seguir misiones (y en los primeros, ese guion existe) o ignorarlas, sabotearlas, perderte, repetir rutinas absurdas o simplemente observar. No te enseña nada de forma explícita, no te juzga. Simplemente responde a tus acciones según reglas estables y el guion que ofrece puede ser ignorado para dedicar tu existencia a otras actividades. </p><p>Y eso es lo perturbador —y fértil— de estos juegos,<strong> no simulan un relato, simulan un mundo. </strong>Hay algo contemporáneo y realista en esta experiencia contingente y caprichosa de habitar un mundo abierto que no ofrece cierres ni finales satisfactorios, y del que tampoco cabe extraer aprendizajes claros. Como la realidad social y política, está lleno de tareas inconclusas, desigualdades persistentes, violencia banal y zonas de tedio. Te enfrenta a un mundo que es, no a un mundo que significa, y t<strong>e obliga a asumir que el resultado depende de cómo juegues pero también de la convivencia con el resto de habitantes.</strong></p><p>Quizá una de las tensiones centrales de nuestro tiempo sea esta: <strong>habitamos mundos abiertos, pero exigimos relatos cerrados y cargados de sentido.</strong> Vivimos en sistemas complejos, interdependientes y contingentes, mecidos por el azar y sin embargo<strong> pedimos a la política y a la cultura que nos ofrezcan moralejas claras, culpables nítidos y finales tranquilizadores. </strong>Esa naturaleza dual afecta a nuestro desempeño de periodistas, poseídos por ideas de épica y servicio, pero sumergidos en mundos en los que, antes que la virtud y el pecado, se enfrentan intereses y ansiedades. Informar en un mundo que funciona como un juego abierto implica renunciar al cierre, aceptar la ambigüedad, sostener la incertidumbre y explicar reglas también y antes que historias. Y eso es exactamente lo que menos se demanda. Porque la ansiedad de Hersh es la del lector, que quiere ser protagonista de un cuento, no jugador responsable de un sistema, quiere emociones y certezas, relatos que confirmen su identidad, no mundos que la pongan a prueba. El pecado de Hersh es asumir que, como hemos dicho, es la demanda la que gobierna la oferta, <strong>de ahí que la siempre pulcra opinión pública de izquierdas asumiera una información sin fuentes ni contraste, solo por señalar a su adversario favorito.</strong> Pero una vida no se juzga por una eventual flaqueza porque ninguno somos lo que mostramos en la peor hora, ni se contiene una verdad última o genuina en un momento de debilidad. El pecado de Hersh es más trascendente por lo que dice de sus audiencias celebrantes, que se tenían a sí mismas por críticas, que por la mácula que fija en una trayectoria tenida por ejemplar.  </p><p>Visto desde esta perspectiva, la pregunta correcta sobre el periodismo no es si acierta o se equivoca, si explica bien o emociona poco, si ofrece sentido o decepción<strong>, sino solo si juega limpio.</strong> Porque el periodismo no es una consecuencia —una imagen definitiva del mundo— sino una tecnología intelectual de aproximación a lo real en condiciones de incertidumbre. Es brújula, no mapa. Entender el periodismo como procedimiento explica también su parentesco profundo con la democracia, porque funcionan igual. No prometen justicia perfecta ni decisiones óptimas, solo procedimientos revisables; no garantizan buenos resultados,<strong> pero permiten corregir los malos sin necesidad de destruir el sistema.</strong> Cuando se exige al periodismo que “acierte”, que “tenga razón”, que “dé respuestas”, se le está pidiendo exactamente lo mismo que a la política premoderna, que abandone el juego y nos cuente un cuento. </p><p>El videojuego, sin proponérselo, ha enseñado a millones de personas algo que la política y el periodismo todavía no se atreven a asumir por completo, que <strong>un mundo puede ser plenamente habitable sin ser narrativamente satisfactorio. </strong>Y quizá ahí esté la pregunta de fondo que atraviesa todo esto y que nos está conduciendo de regreso al fascismo, a la superchería y a las plegarias: si estamos dispuestos a vivir como ciudadanos de un juego compartido o si, agotados, <strong>preferimos volver a sentarnos a escuchar un cuento.</strong></p><p>De ahí también que la crisis económica y simbólica del periodismo sea paralela a la de la ciencia y a la de la democracia. Un método no emociona, no da identidad, no ofrece consuelo. Exige confianza, paciencia y un lector dispuesto a aceptar reglas incluso cuando le perjudican. Sin embargo, ahí reside su minúscula dignidad como posibilidad republicana, la de <strong>compartir un mundo común sin necesidad de compartir un relato sobre él. </strong>Todo lo demás son cuentos que ya no permiten vivir juntos, solo rezar por separado. </p><p>El periodismo serio no garantiza que el mundo tenga sentido, aunque puede proponer muchos legítimos, solo<strong> promete que no hará trampas para fabricarlo</strong>. Y eso es mucho en este barrio rico del mundo en el que una parte del vecindario ya no quiere jugar según las reglas, quiere ganar.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 04 Jan 2026 18:20:20 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Seymour Hersh y el puzle]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Periodismo,Videojuegos,Películas,Netflix,Política,Democracia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los lobos y las armas del reino]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/lobos-armas-reino_129_2120228.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los lobos y las armas del reino"></p><p>El periodismo no consiste en dar la palabra a todos sino en <strong>ordenar el mundo según criterios de veracidad, relevancia y evidencia</strong>. Cuando eso desaparece, lo que queda es una almoneda de relatos. Y ahí es donde toman cuerpo y potencia los mitos milenarios sobre el lobo que hoy padecemos y leemos en prensa como si, en vez de tradición y folclore, fueran evidencias económicas o biológicas. Que los gobiernos democráticos se sometan al imperio de la ignorancia y el folclore analfabeto es pues la grieta por la que se legitima un orden premoderno, basado en la hombría y las armas. Poco importan la evidencia económica de que la <strong>mayor amenaza al ganadero sean los costes de los piensos</strong>, la competencia de sus productos en un mercado global, la ganadería intensiva, las enfermedades y hasta los perros asilvestrados abandonados por los cazadores, y la evidencia científica de que no hay sobrepoblación de lobos en nuestros montes, cuando lo que toca es devolver al varón su dominio y sus escopetas para refundar el reino. Y ante esto, el periodismo no debe equidistar. </p><p>Europa vive con la convicción íntima de que dentro del continente ya no hay afuera. Dentro de nuestras fronteras ya no cabe la jungla ni el territorio salvaje, no hay <em>terra incognita</em>, no hay amenaza ni vacíos en el mapa. <strong>Todo está medido, parcelado, explotado, perimetrado, bautizado y asegurado</strong>. Por eso siempre sorprende la relación que el cine hollywoodiense ha establecido con el horizonte y con el territorio de frontera. Estados Unidos no es un país, es un subcontinente y mayormente está despoblado. No hay apenas nada ni nadie lejos de las costas, como sabe cualquiera que haya recorrido la famosa Ruta 66 entre Chicago y Los Ángeles y en la que no hay ni gasolineras. La percepción por aquí es que un individuo abandonado al azar en Europa solo tiene que <strong>andar unas horas para terminar topándose con una vía de tren, un lindero, una autopista o un pueblo</strong>. Gust van Sant ya nos explicó cómo opera esa creencia en Estados Unidos, en la hipnótica <em>Gerry</em> (2002), historia de dos muchachos que pueden morir porque se pierden en el desierto y son incapaces de regresar a su coche. </p><p>El territorio europeo, bien al contrario, es un <strong>palimpsesto de usos agrícola, urbano, industrial, logístico, turístico o ambiental</strong>. Incluso lo natural está planificado como excepción y delimitado con una declaración de protección que, aunque ellos no lo sepan, les dice a los buitres, los osos, las cabras, las garzas y los lobos dónde acaba su imperio y su libertad. El parque natural no es un resto salvaje, sino una decisión administrativa de la que las especies han de hacerse cargo porque su maqueta es el terrario, la pecera y el zoo. En ese contexto, claro, el lobo es un escándalo ontológico porque existe sin permiso.</p><p>Las reservas y parques cumplen una función tranquilizadora: nos permiten decir “la naturaleza sigue ahí”, pero bajo condiciones muy precisas. <strong>La fauna salvaje se acepta siempre que esté localizada</strong>, sea visible de forma regulada y no altere la vida productiva. El parque natural es una estabulación elegante que sustituye la reja por la demarcación, que suplanta la jaula con el mapa. La naturaleza no desaparece, pero se convierte en un decorado ético. El lobo no entiende ese pacto y no respeta ese encuadre. Atraviesa parques y no parques, zonas protegidas y explotadas, mapas verdes y mapas económicos. <strong>No se acerca a nuestras casas y huertos porque huye del hombre y sus asuntos</strong>, pero no habita un espacio “natural”, sino un <em>continuum</em> que nuestra cultura insiste en fragmentar; el lobo demuestra que la separación entre lo productivo y lo salvaje es una ficción humana, no una ley biológica o territorial.</p><p>El lobo encarna la persistencia sin escenario. Otras especies sobreviven en Europa como reliquias escenográficas: el ciervo para la foto, el oso para el documental o el ave para el observatorio. <strong>El lobo, en cambio, sobrevive sin escena, no necesita ser visto</strong> y apenas lo es, no se deja consumir como experiencia y eso lo hace irreductible al régimen cultural del turismo ambiental. Y lo que no puede convertirse en experiencia ni en relato positivo se vuelve sospechoso. La modernidad europea ha hecho algo extraordinario: ha transformado el territorio en infraestructura continua. Incluso el campo es ya una extensión de la ciudad: produce, abastece, compensa y decora. Es la cabina de fumadores del aeropuerto para los que buscan silencio y olor a estiércol. El lobo introduce una grieta en esa ilusión porque muestra que el territorio no está cerrado, que todavía hay flujos vivos no gobernados, que el mapa no agota ni dirige el espacio. No se compadece de nuestros dibujos y por eso su mera existencia genera ansiedad, al ser la prueba de que el control es incompleto. Es un error del sistema porque, en un mundo completamente ordenado, <strong>todo lo que existe debe tener una función clara y el lobo no la tiene</strong>. No produce. No embellece. No enseña. No se ve. No pide, toma. Así que pasa a ser leído como error, como fallo de diseño. Y los errores, en la lógica técnica, se corrigen.</p><p>Es el resto salvaje que no cabe en la vitrina. Europa acepta la naturaleza como memoria, como patrimonio y como simulacro, pero lo que no acepta es la naturaleza como presente autónomo y ufano. El lobo no es nostalgia, es actualidad, no representa un pasado perdido, sino un presente incómodo en el que la vida todavía no ha sido completamente domesticada. Por eso molesta más que la jungla lejana, que <strong>solo cumple su función exótica de amenaza</strong>. El lobo está aquí y desmiente el relato del orden total. <strong>El conflicto con el lobo no es ecológico, ni rural, ni siquiera cultural</strong> en sentido estricto. Es un conflicto con la idea misma de Europa como espacio cerrado, estable, sin sobresaltos ontológicos. Es un conflicto político. El lobo es la prueba viviente de que el territorio no es solo un proyecto humano y de que, incluso en un continente exhausto de mapas, todavía hay vida que no acepta vivir en reserva.</p><p>El lobo es el enemigo inaugural del hombre en esta región del mundo, de ahí que su impregnación en el folclore esté llena de atavismos y poseída por la potencia de leyendas sombrías. De algún modo, <strong>es el primer enemigo organizado, no es un depredador ocasional</strong> como el oso ni una amenaza exótica como el león, caza en grupo, es noctámbulo y es esquivo, compite por las mismas presas, entiende el territorio —su territorio— y aprende de cada caso. Eso lo convierte en algo más inquietante que una bestia, lo convierte en un rival. El miedo al lobo no es solo miedo a ser devorado, es miedo a perder el control del entorno, el temor a que haya otra inteligencia sofisticada operando en la misma escena.</p><p>Durante siglos, el lobo marcó el lindero entre lo habitado y lo salvaje, su acción furtiva, hinchada de fábula, acechaba en los espacios fronterizos, en los bosques, en la noche, en los caminos carreteros, en los collados de la montaña y en los pastos de altura, pero la tradición no lo consideraba una amenaza para el adulto armado y el acervo lo bautizó como el enemigo del rebaño y del niño, el depredador de lo vulnerable. <strong>El acervo lo convirtió en vil porque no se hacen batidas contra el bien</strong>. El lobo no mata a los héroes, cuenta la leyenda, sino que desordena el reino de los héroes. La tradición cristiana, con sus metáforas de pastores y corderos, terminó de condenarlo a la leyenda negra. El lobo es el falso pastor, el devorador de corderos, el simulador. No es peligroso por lo que hace sino por lo que es, emparentado al engaño, a la herejía, a la amenaza oculta, al mal que se disfraza, planifica, acecha y porfía. Una vez convertido en alegoría de la noche y del bosque, en enemigo del rebaño y del pastor, ya no cabe redención posible, el lobo es anticristiano. El lobo es un enemigo de Dios.</p><p>Pero no es un Otro absoluto, porque un lobo es poco más que un perro salvaje. No es una especie distinta, ni siquiera en sentido simbólico. Si el perro es el lobo que aceptó el pacto para <strong>proteger al rebaño y obedecer al pastor</strong>, eso convierte al lobo en una figura moral, un perro que no se sometió y que encarna la desobediencia originaria de la naturaleza al orden humano. Por eso su parentesco con el perro no lo redime, lo condena por ser el hermano que rechazó la civilización de la fuerza. Que nos rechazó a nosotros.</p><p>Y hoy aún es una anomalía. <strong>Hoy el lobo no amenaza a las personas</strong>, no compite con nuestra supervivencia y no puede ser integrado como espectáculo. Es decir, ya no cumple ninguna función, salvo la simbólica, la de dar carta de naturaleza a las pesadillas del hombre blanco y sus armas. Y los símbolos sin función material tienden a volverse residuos ideológicos muy resistentes. El odio al lobo persiste en un imaginario legendario y anticientífico no porque haga daño, sino porque sigue ocupando el lugar mental del enemigo necesario. En última instancia, el atavismo del lobo habla menos del animal que de nosotros, pues encarna lo que no obedece, lo que no se deja gestionar, lo que no puede monetizarse ni exhibirse. En una época obsesionada con la gestión, la trazabilidad y el control, el lobo resulta intolerable, no por feroz, sino por soberano.</p><p>Es un resto indisciplinado de un mundo antiguo inserto en un mundo obediente y colmado que no tolera residuos y atribuye a cada especie una función productiva, a cada espacio un uso y a cada riesgo un protocolo y un seguro de responsabilidad. El lobo es un resto de otro orden que no encaja del todo en ningún esquema moderno porque no es fauna carismática —rara vez se deja ver y cuando lo hace, una vez fotografiado, no es mucho más que un perro grande—, no es recurso económico, no es amenaza real y no es espectáculo. Es literalmente lo que sobra y <strong>las sociedades modernas toleran mal las indisciplinas ante el orden</strong>, las interpretan como fallos del sistema en un mundo en que la gestión es un dogma. Nuestro tiempo ha sustituido la idea de dominio por la de gestión, que es “dominio con propósito y resultados”. No conquistamos la naturaleza, la administramos. Pero eso exige algo previo, que la naturaleza sea previsible. Y el lobo rompe esa promesa, aparece donde no estaba previsto, se mueve sin autorización y no atiende a incentivos. No es tanto un animal salvaje como un agente no gobernable. Aquí yace el nervio profundo de la controversia, el lobo no acepta el contrato social, no negocia, no pide compensaciones ni se integra en planes de desarrollo rural. Vive. Y eso es un escándalo simbólico, porque en el fondo nos recuerda que <strong>hubo un mundo anterior al nuestro y podría haber uno posterior</strong>. El lobo nos precede y pretende sobrevivirnos. Y seguro lo hará.</p><p>La nostalgia del mundo disciplinado por la fuerza no es más que el miedo a que la historia no haya terminado. Durante siglos, el bosque fue el afuera absoluto y hoy ya no lo es físicamente, pero sigue siéndolo mentalmente. El lobo mantiene viva esa frontera. <strong>No tememos que el lobo nos devore; tememos que no nos necesite</strong>, que exista un orden vivo que no pase por nosotros, que no nos consulte, que no nos legitime. Eso es humillante para una especie que se ha contado a sí misma como centro moral del planeta y cumbre de una pirámide cuyas jerarquías diseñó Dios —quizá el mundo lo pensó otro Dios, lo ideó para los lobos y nos convirtió en sus mascotas amaestradas, alimentando a nuestros perros y dejando que nos saquen a pasear con una correa que solo creemos dirigir nosotros—. Nuestro mundo disciplinado es un mundo sin fricción, un mundo de carreteras seguras, cadenas productivas limpias y relatos claros de víctimas y culpables, de costes y beneficios. El lobo introduce fricción, ambigüedad y pérdida, obliga a aceptar que no todo daño es injusticia, que no todo conflicto tiene solución técnica ni toda pérdida tiene compensación, y eso choca frontalmente con el imaginario contemporáneo, que necesita creer que cualquier molestia es una mala gestión pendiente de corregirse.</p><p>Acude entonces la pulsión exterminadora como nostalgia política, por eso el deseo de eliminar al lobo no es solo económico o cultural, es político en un sentido profundo, es el anhelo de cerrar el mundo, de clausurarlo y de someterlo. <strong>Matar al lobo es afirmar que no hay exterior, no hay resto</strong>, no hay vida fuera del diseño humano civilizador pensado por hombres armados. No hay nada más allá del reino. En cierto sentido, la guerra contra el lobo es el regreso del reino, en tanto territorio sometido por la espada, y es la muerte de la república, en tanto tierra gobernada por la razón y el convenio. Es decir, la guerra contra el lobo es la guerra del presente que amenaza a la gente de bien con sus campos vallados y sus cunetas.</p><p>Es una fantasía de soberanía total que en el caso español se sazona y adjetiva por la memoria de los maquis, que habitaban la noche y el bosque, y se insubordinaban a un orden de soldados y curas. Es decir, rebeldes de un orden de armas y cuentos. Un orden premoderno; el mismo que opera en la cabeza del cazador. El lobo se alza como recordatorio intolerable de que hubo quien no se sometió y se dijo libre, refugiado en el bosque. Mucho de la caza de maquis hay hoy en la pasión por la batida contra los lobos. En última instancia, <strong>el lobo nos recuerda algo que preferiríamos olvidar, que la vida no está organizada para complacernos</strong>, que no todo lo que existe ha de tener sentido para nosotros y que la disciplina absoluta es una ficción autoritaria aplicada a un mundo que existía antes y que existirá después. Por eso el lobo no se redime ni siquiera siendo raro, nocturno e invisible, pues su función simbólica no es aparecer, sino persistir. La racionalización total del espacio solo es posible si se conserva un enemigo arcaico que justifique su violencia fundacional de mapas y usos. El enemigo del lobo es pues la nación. El lobo no es lo contrario del orden moderno sino su chivo expiatorio.</p><p>Todo eso nos dicen la cultura y la ciencia sobre la gestión cinegética del lobo. Que <strong>quienes buscan su extermino buscan el regreso del reino</strong> <strong>y el adiós de la república</strong>, que persiguen la hegemonía del cazador sobre el ganadero, que ansían que los hombres vuelvan a ordenar un mundo de cristianos supersticiosos en el que las mujeres esperen en el aprisco la suerte de la caza del hombre. Todo eso, en fin, sabe o debería saber cualquier periodista que se disponga a explicar por qué gobiernos civilizados quieren cazar lobos y llamar a sus matanzas “extracciones” cuando no hay evidencia alguna de sobrepoblación.   </p><p>La desgracia es que el periodismo ha confundido escuchar al afectado con suspender el juicio. El ganadero no miente necesariamente —aunque muy a menudo sí—, pero no siempre sabe por qué se produjo una baja en el ganado. El cazador no describe la realidad, defiende un orden simbólico en el que pretende recuperar su condición de depredador alfa. <strong>Equiparar eso a la ciencia no es empatía, es pereza epistémica</strong>. Cuando el periodismo pone en pie de igualdad décadas de investigación científica, siglos de bagaje cultural sobre el mito del lobo y datos contrastados sobre depredación real con el testimonio interesado de quien quiere una indemnización o con el discurso beligerante de un colectivo que se siente desafiado no está siendo neutral, está abdicando.</p><p>Hay una cobardía estructural cuando el periodismo local y regional teme aparecer como ajeno al territorio, como aliado de “los de fuera”, los científicos, los ecologistas o los técnicos, así que opta por una falsa cercanía, legitimando el discurso del paisano aunque sea erróneo, analfabeto o vil, reproduciendo el mito porque “es lo que se oye aquí”. <strong>Es una forma rural de populismo informativo, confundiendo proximidad con verdad</strong> <strong>y testimonios con rigor</strong>. Hay algo muy revelador en esa actitud, porque el lobo es el único depredador europeo que aún desafía simbólicamente al cazador. Eso convierte el conflicto en algo más que un dilema económico, es una empresa narcisista. El periodismo rara vez se atreve a nombrarla y prefiere hablar de “tradiciones”, “equilibrios” o “control poblacional”. No dice lo evidente: que hay una guerra declarada porque el lobo rompe la fantasía de dominio absoluto del varón armado. Y al callarse, el periodismo legitima esa guerra.</p><p>El periodista apegado al lugareño no combate el atavismo, lo administra; no desmonta la leyenda negra, la normaliza, y <strong>no señala el interés oculto, lo blanquea como “testimonio”</strong>. Es oscurantismo moderno, que no niega la luz sino que reduce su intensidad hasta que todo parezca igual de visible y penumbroso.</p><p>El silencio del periodismo ante las matanzas de lobos no es neutro ni menor, es un gesto político profundo, aunque se disfrace de prudencia. Al renunciar a confrontar el mito con el conocimiento, al equiparar la razón con el interés armado de legitimidad ancestral, el periodismo abdica de su función republicana y se convierte en notario del regreso del reino. Porque el reino, el feudo, no vuelve con coronas, sino con relatos sobre el territorio entendido como propiedad viril, defendida a tiros, regida por la fuerza y la costumbre, donde la palabra ilustrada estorba y la ciencia es sospechosa de extranjería. <strong>La república, en cambio, exige algo más incómodo, exige aceptar límites</strong>, negociar con lo real, reconocer que no todo daño es agravio ni toda pérdida una infamia reparable a balazos. Cuando el periodismo calla ante la eliminación del lobo —esa vida que no obedece, que no firma convenios, que no reconoce jerarquías humanas—, no solo consiente una violencia ecológica, consiente la derrota simbólica de la razón como principio organizador del mundo. Y allí donde la razón abdica, donde el periodismo templa gaitas, el reino avanza. No como excepción o paréntesis, sino como un orden que se siente a sí mismo eterno y que tiembla cuando escucha, de noche en lontananza, el aullido de un lobo.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 29 Dec 2025 05:00:56 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Los lobos y las armas del reino]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Contra el ministerio de la magia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/ministerio-magia_129_2118039.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Contra ministerio de magia"></p><p>Una semana confusa para el periodismo la que quedó atrás, en la que un medio decide ilustrar una filtración policial sobre el expresidente de la SEPI con una foto falsificada con IA y en la que un vídeo francés sobre un falso golpe de Estado, también hecho con IA, se viraliza hasta sumar millones de visualizaciones. <strong>Es evidente que la comunicación necesita redibujar sus contornos</strong>, revisar sus convenios con lo real, pero, sobre todo, entender qué hay de grave en los fenómenos a los que asistimos. </p><p>Como sensibilidades tiernas que tendemos a ser, la foto falsa que publicó <em>El Español</em> nos parece irrelevante al lado de aquella ilustración, del mismo autor periodístico, en la que aparecía dibujado el entonces vicepresidente<strong> Pablo Iglesias disparándose en la boca con un revólver, bajo el simpático título </strong><em><strong>El tiro por la coleta</strong></em><strong>.</strong> Y sin embargo, más allá de la tremenda obscenidad de ilustrar de tal forma los sueños húmedos del articulista y director, nada tiene que ver la violencia de un dibujo con el estatuto de realidad de una foto falsa. Porque la ilustración, por realista que sea, no disimula su naturaleza. </p><p>No estamos ante una mentira popular o subalterna, sino ante una mentira institucionalizada. No es un vídeo anónimo en Telegram ni un meme malicioso en X, es un medio de comunicación que se presenta como periodístico el que decide ilustrar una información con una <strong>imagen que no documenta nada que haya ocurrido, pero que simula hacerlo.</strong> Y eso es clave, la IA no se usa aquí para fabular —que siempre es tentador— sino para ocupar el lugar simbólico de la prueba.</p><p>La fotografía periodística, incluso cuando es banal, tiene una función casi notarial que sin excepción proclama: “Esto estuvo ahí”. El mismo director, treinta años atrás, se esmeró en colar una cámara espía para tomar la imagen, la única que existe, de Felipe González ante el Tribunal Supremo —cuando todavía la Sala Segunda no era la casa de Tócame Roque—, célebre foto que realizó de forma subrepticia Fernando Quintela. Semejante denuedo demuestra que no cabe pensar que el director desconozca el principio de autenticidad que rige la fotografía periodística. Cuando un medio introduce una imagen generada por IA —sin advertencia clara o con advertencia débil, insuficiente, como es el caso— no está mintiendo solo sobre el contenido, sino sobre la naturaleza del propio periodismo. Está diciendo que sigue trabajando con lo evidente cuando, en realidad,<strong> trabaja con lo verosímil. </strong>No con hechos, sino con escenas plausibles. Es un salto categorial, porque convierte al periodismo en una forma de ilustración narrativa, no de constatación. Dicho de otro modo, la mentira de <em>El Español</em> no es tanto “estos tres comieron juntos” como “esto es periodismo”. Y no lo es.</p><p>El caso francés del falso golpe de Estado es distinto, pero complementario. Ahí no hay institución, hay viralidad; no hay autoridad, hay volumen. Trece millones de visualizaciones no certifican verdad, pero simulan consenso. Y el consenso —aunque sea efímero— ha sido siempre uno de los atajos cognitivos de la verdad social. Si todo el mundo lo ve, si circula así, si se comenta así, algo habrá. La IA explota justo ese resorte: <strong>produce materiales que no necesitan ser creídos durante mucho tiempo, solo el tiempo suficiente para generar efecto. </strong>Como la sospecha que hizo dimitir al primer ministro portugués Antonio Costa. Solo lo suficiente. La mentira no busca perdurar, sino impactar, —y, ojo, con ello, evaluar el impacto: la mentira deliberada siempre tiene algo de experimento social, como sabemos desde que Orson Welles narró la invasión marciana—. No se trata de construir un relato histórico, sino de provocar una emoción política inmediata de alarma, indignación, miedo, deseo de orden. De algún modo, no es una mentira diseñada para engañar a la razón, sino para activar el cuerpo. Porque un cuerpo social activado es todo potencia. </p><p>Lo inquietante —y aquí es donde se conectan ambos casos— es que antes el periodismo podía equivocarse; ahora puede fabricar. Antes, la mentira requería un esfuerzo proporcional a su ambición; <strong>ahora basta con formular un titular convincente. </strong>De algún modo, el problema no es que la mentira sea más frecuente —siempre lo ha sido— sino que, a corto plazo, la verdad pierde su ventaja competitiva porque la verificación siempre requiere unos minutos que la viralidad no concede. Y sin embargo, el verdadero núcleo del problema no está en la tecnología, sino en la mutación cultural del receptor, en la audiencia, porque ambos casos funcionan no solo porque alguien los produce, sino porque <strong>hay una disposición previa a aceptar escenas que confirmen un clima, un prejuicio, una expectativa. </strong>La IA no crea la mentira sino que la ajusta como un traje a medida a lo que ya estamos dispuestos a creer.</p><p>Estas creaciones amenazan la verdad patente, porque fabrican evidencias sensibles que compiten con la experiencia, y a la verdad institucional, porque desacreditan los procedimientos. Y<strong> si todo puede ser falso, entonces nada merece confianza </strong>y el cinismo se vuelve una posición razonable.</p><p>El riesgo último no es que creamos mentiras concretas, sino que dejemos de exigir verdad. Que aceptemos vivir en un régimen de plausibilidades útiles en el que el periodismo, en lugar de resistirse, decida subirse a la ola para no perder relevancia o influencia. En ese momento, ya no estamos ante un problema de IA, sino<strong> ante una renuncia ética,</strong> la de seguir ocupando el lugar incómodo de quien mantiene las reservas del oficio: “esto no lo sé”, “esto no ha pasado”, “esto no puedo probarlo”.</p><p>Esta hegemonía de las mentiras espectaculares tiene que ver y mucho con el espiritualismo neobarroco al que asistimos, pero no de manera superficial sino de forma estructural. No es que el “regreso de lo sagrado” coincida con la pérdida del estatuto de la verdad, es que ambos fenómenos son la misma cosa vista desde dos lados distintos. Lo que estamos viviendo no es un retorno de la religiosidad, sino del folclore, es decir de lo mágico premoderno, del rito sin teología. No vuelve dios, vuelve el encantamiento. <strong>Rosalía no propone dogma, propone atmósfera. </strong><em><strong>Sirat</strong></em><strong> o </strong><em><strong>Los domingos</strong></em><strong> no reinstalan una fe organizada, sino un clima de misterio, de sentido insinuado, de profundidad no verificable. </strong>No hay credo sino resonancia, como en el barroco, reacción propagandística del Concilio de Trento al cisma protestante.</p><p>Y eso es clave, porque la modernidad —y muy especialmente el proyecto ilustrado del periodismo— se funda justo en lo contrario: en la idea de que <strong>el mundo puede y debe ser desencantado, explicado, comprobado y contrastado. </strong>Weber llamaba a esto <em>Entzauberung</em>: la expulsión de la magia del espacio público, que es la característica principal de la modernidad. La verdad moderna no es revelada ni sentida, sino demostrada. Lo que ocurre ahora es que ese contrato se está rompiendo porque cuando el estatuto de la verdad factual se debilita —cuando una foto ya no prueba, un vídeo ya no garantiza, una evidencia ya no estabiliza el sentido— el espacio público entra en una situación muy parecida a la premoderna, volvemos a las sombras de la caverna platónica, el mundo vuelve a ser ambiguo, interpretable, incierto, atravesado por fuerzas invisibles. Y el ser humano, que nunca dejó de ser animista, rellena ese vacío con símbolos, relatos, rituales y afectos.</p><p>La imagen falsa de <em>El Español </em>no funciona solo como mentira política, funciona como <strong>icono</strong>. No importa tanto si ocurrió como si encaja. Produce una escena que<strong> “dice algo verdadero” en un sentido emocional o moral, aunque sea fácticamente falsa</strong>. Eso es pensamiento mágico pues la verdad ya no reside en el hecho, sino en la adecuación simbólica de un propósito y un destino. Y el falso golpe de Estado viral en Francia opera casi como una profecía apócrifa, se esconde ahí un profeta del Antiguo Testamento. No se consume como información, sino como señal y no responde a la pregunta “¿ha pasado?”, sino a la insidia “¿merecería pasar?”. Es el mismo mecanismo por el cual los presagios, los rumores o las visiones tenían poder político en sociedades premodernas.</p><p>La IA no introduce una magia nueva, <strong>restaura condiciones mágicas en un mundo que se había prometido racional.</strong> Algunos sostienen que este regreso del encantamiento no es necesariamente reaccionario ni estúpido, y que tiene una causa legítima: la modernidad prometió que la verdad, una vez establecida, produciría sentido, cohesión y orientación moral, pero lo que ha producido —sostienen— es frialdad, intemperie y cinismo, un mundo perfectamente explicado pero emocionalmente inhabitable. Es esa, en realidad, una mirada paternalista que incide en la doctrina religiosa: el mundo sin dios no es habitable, de modo que debemos devolver el poder a los obispos de lo sacro. Y ahí entra el folk, la espiritualidad difusa, la liturgia estética, la comunión orante, no como huida de la verdad, sino como sustituto del sentido que la verdad ya no garantiza. <strong>La hora de los hechiceros, cuya pulsión de poder yace detrás de toda esta operación.</strong></p><p><strong>El problema —y aquí vuelven a encontrarse periodismo e IA— es cuando la magia ocupa el lugar de la verdad, en vez de convivir con ella. </strong>La modernidad nunca desterró la magia, sino que la confinó en templos y hogares y la obligó a abandonar los Parlamentos, que debían ser habitados por la razón. Si el periodismo deja de aceptar que su función es limitada y decide competir en el terreno del encantamiento, deja de ser moderno, se vuelve chamánico.</p><p>Dicho de otro modo, <strong>nada hay </strong><em><strong>a priori</strong></em><strong> de peligroso en que la esfera cultural busque reencantar el mundo con lo inasible</strong>, lo peligroso es que la esfera informativa renuncie a desencantarlo. En una era en que las sociedades parecen necesitar ritual, mito y símbolo y en la que los ocultistas, cabalistas y espiritistas con sotana aspiran a recobrar su control sobre la humanidad, el periodismo y la ciencia han de ser instituciones que actúen en sentido contrario, que acepten ser prosaicas, antipáticas, desangeladas y metódicas. Que digan que aquí no hay misterio, sino hechos; no hay revelación, hay límites.</p><p>Debemos ser<strong> el último lugar público donde la magia no vale.</strong> El periodismo que se siga mirando al espejo, en este nuevo paisaje, no puede ni debe competir con la potencia visual de la mentira, sino reivindicar su propia fragilidad, su lentitud, su provisionalidad, su prosa sin imágenes. Incluso su silencio. Volver a hacer visible que la verdad no siempre es espectacular, ni viral, ni emocionante. A veces la verdad solo es resistente.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 21 Dec 2025 21:08:07 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
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