<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:webfeeds="http://webfeeds.org/rss/1.0" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[infoLibre - Oficio de impostores]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Oficio de impostores]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <item>
      <title><![CDATA[Una cuadrícula ajedrezada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/cuadricula-ajedrezada_129_2234602.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una cuadrícula ajedrezada"></p><p><strong>No todo lo que hay dentro de la democracia lo inventó la democracia</strong>. De hecho,<strong> la mayoría de lo que la constituye no es de procedencia ni vocación democrática</strong>. Las cárceles, los códigos penales, los jueces, los notarios, los administradores de fincas, los registradores de la propiedad, los agentes inmobiliarios, los periodistas y casi todo lo demás prexisten a la democracia. Estaban ahí. La democracia es una forma particular de jugar en un tablero ya existente que todo lo condiciona. Pero no es el tablero. El tablero ya estaba. Y <strong>en Occidente, el juego se ha envenenado</strong>, porque mientras unos juegan con las reglas de la democracia, otros desempolvan viejas reglas feudales.</p><p>Las democracias occidentales son hoy un tablero ajedrezado donde unos jugamos al ajedrez y otros, a las damas, al <em>go </em>y, en estas latitudes, hasta al parchís, porque nos gusta muchísimo comer una y contar veinte. Lo vemos en este desdichado oficio mío, en el que unos procuran (procuramos, mejor decir) un <strong>cierto ajustamiento a unos códigos no escritos respecto al uso de fuentes, contrastes, jerarquía y responsabilidad social</strong>, y otros <strong>disparan sus informaciones o insidias sin el mínimo contraste o comprobación</strong>, tal vez amparados en el tácito convencimiento de la condición <em>sangresucia</em> del oponente.</p><p>Ese estado de opinión creado por un hábitat informativo financiado con fondos públicos y lleno de cochiqueras dedicadas a los asesinatos reputacionales por encargo —de personajes públicos pero también de sus alrededores privados— no es un fenómeno de laboratorio, sino que forma parte de una <strong>ola de humor sociopolítico en el que participan probos funcionarios</strong> —estos también existen desde hace centurias y, por supuesto, su ascendiente no es la democracia sino un Estado cuya vocación es sobrevivirla y hasta matarla— que empeñan sus tareas en convencernos de que también <strong>se pueden comer seis piezas saltando en diagonales infinitas hasta hacer dama</strong>.</p><p>Los últimos días, mientras Donald Trump y Mohamed VI —dos tiranos siglo XXI— intentan destruir nuestro país por díscolo y argelino enviando jóvenes marroquíes a morir tragando agua, con el aplauso genuflexo de todas las ultraderechas europeas, empezando por el hijo menos listo de Saturnino Núñez y Sira Feijóo, una mujer modesta, discreta y sin perfilo público, de nombre Gertrudis Alcázar, que se ha desempeñado durante décadas como secretaria de alta dirección al servicio de un presidente del gobierno y luego de un expresidente del gobierno, que es el mismo pero no es igual, se ha visto señalada por un togado calamitoso —que también juega con reglas propias en el tablero, entre caballos y alfiles— por haber adquirido con sus ahorros un domicilio de 130.000 euros, es decir, lo que en argot consideraríamos un <strong>apartamento de dependienta de supermercado</strong>.</p><p>La calamidad con toga va a mirarle hasta el dobladillo de las enaguas a la buena mujer ante tan sospechoso ascenso en la escala de la riqueza porque, aterrizando, esta discreta secretaria tiene que ceñirse a los movimientos tasados de los peones —avance de una sola casilla— y el de los puños de ganchillo juega al <em>Warhammer 2000</em> con sus robots de artillería descargando sus baterías sobre este mundo de cuadraditos blancos y negros. De peones blancos y negros. </p><p>Y mientras el sanguinario <em>mechawarrior</em> se ceba con esta señora humilde y silenciosa que tras décadas de virtud se compró un pisito en Velilla de San Antonio, aldea de 14.000 habitantes situada más allá de Mejorada del Campo, en el infinito y paupérrimo secarral que cierra el suroeste de la Comunidad de Madrid, expuesto al calor y a los incendios, la presidenta de la provincia anda jugando a la oca —“de ático de Sarasola, en ático de Quirón y tiro a ático de amiga de Epstein porque me toca”— sin que fiscales, jueces y organizaciones nazis dedicadas al terrorismo jurídico de las acusaciones populares hayan siquiera enarcado una ceja o interrumpido su rezo del rosario.</p><p>La presidenta provincial de Madrid no es de origen más noble que la veterana secretaria, no se engañen, pero se ofreció tiempo ha como sustituta de sus señoritos y la urgencia del momento la llevó a dormir en las sábanas de seda de sus amos. Desde ahí, trató de ganarse su favor azotando a sus antiguas compañeras de cofia, y hasta ayer le había ido bien. Quienes le decían guapa y sexy cada semana, miembros de este oficio de impostores fieles a la condición canalla de la tarea y campeones de un concurso de tiralevitas, ponen hoy sus palmitas delante de la boca haciendo la o, cómo si de pronto hubieran reparado en que la advenediza usa las sales de baño y las cremas hidratantes de su antigua dueña, la marquesa, sin haber obtenido permiso por escrito.</p><p>Los inmaculados funcionarios anticorrupción aún no han levantado la mirada de las persecuciones que los ocupan, pero podrían recibir indicación de hacerlo a la mayor brevedad, como bien sabe otra mujer procedente de ninguna parte que también<strong> se creyó con derecho a cremas hidratantes y que hoy oficia como vedete en concursos de telerrealidad</strong>.   </p><p>Nadie sabe por qué el amigo de Marcial e hijo de Sira y Saturnino vive donde vive, en El Viso, una especie de colina de casitas sita en mitad de Madrid, entre el Santiago Bernabéu, el paseo de la Habana y la avenida del Príncipe de Vergara, o cómo lo paga, si es que lo paga. Pero tampoco importa a nadie porque los dueños de la finca tienen sus consentidos y sobre este tablero llamado España, las rigurosas reglas del ajedrez solo atañen a quienes, como ustedes o yo, no crecieron en un hogar con biblioteca y despacho, mucho menos con cocina abierta, sino con cuarto de estar y fresquera, por el que no pululaban mujeres con cofia ni había jardinero o chófer. Como señala el historiador del arte murciano Miguel Maldonado,<strong> “si tienes que levantar tres sartenes para sacar la que necesitas, tú no eres clase alta”</strong>. </p><p>Los que hacemos un ruido infernal al disponer de la sartén y la olla que necesitamos para hacer un sofrito y unos macarrones jugamos con las estrictas reglas del peón, el alfil y el caballo, pero nos hostigan jueces, fiscales y agentes de la UCO y de la UDEF que usan a conveniencia reglas preajedrecísticas —predemocráticas— para desempeñarse en el tablero con la libertad prevaricadora del dueño de la finca.</p><p>España es un tablero ajedrezado en el que, ya no hay duda, los plebeyos tenemos que manejarnos en el laberinto endemoniado de un juego de inteligencia exigente y riguroso, mientras otros, que se tienen por amos del casillero, <strong>solo se ciñen a la democracia como disimulo coyuntural de este preciso momento de la historia</strong>. Y, como dice Maldonado, “los que no tenemos ocho sillas iguales para la familia en Nochebuena”, no podemos comprar una maldita casa de mierda en un pueblo seco y olvidado, destinado a ser pasto de las llamas el próximo verano de nuestras vidas.</p><p><strong>Lean a Scott Fitzgerald. Porque a Gertrudis se la van a comer. Y van a contar veinte</strong>. </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[b5f497d4-b43c-4dab-b54a-8fc2d388bc35]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 02 Aug 2026 17:25:15 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Una cuadrícula ajedrezada]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Política,Justicia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El depuesto rey de la verdad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/depuesto-rey_129_2230809.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El depuesto rey de la verdad"></p><p>Ninguna vida aguanta un escrutinio exhaustivo. Se quejaba de indefensión el expresidente del Gobierno<strong> José Luis Rodríguez Zapatero</strong>, en su primera entrevista periodística tras la lapidación de los que están libres de pecado, por la indagación, incorporación a la causa y difusión pública de infinitos asuntos privados que no guardan relación con el caso por el que se le investiga, a saber fundar y liderar una organización internacional criminal que ríete tú de Salvatore Toto Riina. </p><p>Nadie hablaba después de lo más importante de lo que dijo en la entrevista del jueves pasado, que es<strong> el disparate de la investigación prospectiva y la difusión enloquecida de contenidos de índole personal de que ha sido objeto</strong>. Que es lo más importante porque es lo único que de verdad afecta al común de los mortales. Es un “si se lo hacemos a él, imagínate a ti” como un tren de mercancías, y ya lo hemos visto en casos anteriores, en los que se ha expuesto la disipada vida de los investigados, por si no hubiera condena penal.</p><p>En este nuevo coro griego de plañideras en el que nos hemos convertido, en el que diez minutos después de leer un auto de imputación con más imaginación y fantasía que los libros de la <em>Dragonlance </em>los impostores —que tontos del todo no somos— dejamos de hablar de los delitos para hablar de “la moral”, <strong>la reputación personal salta por los aires en una tómbola de la carne dirigida por los tribunales que convierte en inofensiva a la portera inolvidable de Chus Lampreave </strong>en <em>Mujeres al borde de un ataque de nervios</em>, aquella cuya principal actividad era esparcir insidias sobre la vida privada de las vecinas, parapetada en la inocencia del beato que profesa la fe de los testigos de Jehová: “Si me pregunta, le tengo que contar todo con pelos y señales. Ya me gustaría a mí mentir, pero es lo malo de las testigas, que no podemos. Si no, aquí iba a estar yo”.</p><p>En las supuestas operaciones anticorrupción que llenan de intensidad nuestras mañanas y de cilicios los muslos de los catequistas socialistas y liberales, ya podemos apreciar un <em>modus operandi</em> indubitado y constante, que aplica a jueces de instrucción y primera instancia como a altas magistraturas del <em>judicariado</em>. </p><p>Paso uno, <strong>investigación e instrucción por algún delito tremendo y escandaloso</strong>; paso dos,<strong> acceso franco a estancias y comunicaciones relacionadas o no con la causa</strong> que, en la medida en que sean comprometedoras —por ejemplo, en términos de fidelidad conyugal o consumo desordenado de sustancias—, aterrizan antes en los titulares del oficio que en los sumarios judiciales. Paso tres, <strong>acabar condenando al concursante por algún pecado sin relación aparente con el asunto que nos trajo hasta aquí </strong>pero encontrado en las pesquisas. </p><p>A <strong>Álvaro García Ortiz</strong> lo iban a emplumar por una filtración a la prensa, pero acabaron condenándolo por una nota de prensa sobre un asunto de dominio público. Al músico <strong>David Sánchez</strong> había que echarle brea y plumas por tráfico de influencias en la consecución de su privilegiada plaza laboral en Badajoz —la Viena del Sur, como todo el mundo sabe—, pero acabó cayéndole el sambenito por el cambio de nombre de su cargo, ocurrido años después de los hechos investigados. </p><p>A José Luis Rodríguez Zapatero lo de atribuirle una doble vida como Toto Riina, entre jeques, sátrapas y virreyes ya se ve que no tiene un pase —bueno, ya se veía en el auto de imputación del probo juez Calama, como pudieron leer aquí mismo— sirvió para mirarle en el dobladillo de los pantalones y ya está claro que lo van a intentar estrangular con un collar de dudoso origen.</p><p>Uno no es tan inocente como para creer que la UCO o la UDEF son depositarias de un conocimiento exhaustivo y riguroso del derecho penal y procesal español, pero sí espera que, en la alegre pandilla de investigadores que forman con togados y fiscales, estos sí posean unos mínimos rudimentos sobre la democracia garantista, en la que los derechos fundamentales han de ser una pared de granito contra las entrometidas viejas del visillo que componemos el oficio de impostores y que vamos recogiendo los lixiviados del material con el que se solazan los uniformados en las tardes de invierno. </p><p>La magra buena noticia es que las víctimas de este desordenado festival de escuchas indiscriminadas y filtraciones al por mayor podrán acudir —si la vejez los respeta—hasta la última instancia disponible en la justicia mundial, pues los últimos sanedrines del martillo de nueces solo actúan cuando, precisamente, son los derechos fundamentales del reo los que entretienen la desquiciada almoneda de <em>La vida de los otros</em> que se traen nuestras togas entre manos.</p><p><strong>Es importante velar por el secreto de las comunicaciones y ser escrupuloso en la escucha y custodia de los materiales </strong>porque quien más quien menos sabemos que nuestras relaciones con los amigos, con la familia y con los jefes difícilmente sobrevivirían a que nuestra madre supiera —es una forma de hablar, mamá— lo que le decimos por <em>guasap</em> a nuestra hermana aquellos que tenemos tendencia a la humorada a cualquier hora del día. </p><p>Todo lo anterior no es más que una revisión de lo que llevamos meses viendo y hablando por aquí, <strong>la violación flagrante de los principios del liberalismo democrático,</strong> pero la novedad de la semana es que una de esas cotillas censoras, habitual del primer banco de la iglesia en la adoración nocturna de la rectitud moral, apareciera en liguero en la plaza pública por voluntad propia y sin siquiera santiguarse. </p><p>Es doloroso el episodio de Arcadi Espada, cuyos <em>Diarios</em> de antaño son la inspiración confesa de este púlpito de análisis periodístico, porque su incompatibilidad con la laxitud y las costumbres licenciosas lo llevó a censurar el uso relajado de las estructuras de la ficción de oficiantes de la información como Truman Capote, Jordi Évole o Javier Cercas —del que es famoso archienemigo—, de modo que se escamoteó a sí mismo el derecho a usar el sarcasmo o la parodia como arma periodística. </p><p>Al académico y genio absoluto Francisco Rico cabía perdonarle la humorada de cargar contra la ley del tabaco de 2010 aduciendo “no haber fumado en su vida”, pese a que los legajos de la biblioteca de la Real Academia de la Lengua aún lleven el olor de sus cigarrillos, porque además de un individuo proverbialmente dotado para el sarcasmo y exageradamente gracioso e inteligente, nunca se impostó como adalid del rigor notarial. Al punto de que nadie ha encontrado aún el poema y el autor inventados —según propia confesión— que introdujo en su monumental antología <em>Mil años de poesía española</em>. </p><p>La caída en ridículo—seguramente, no en desgracia— de Espada, martillo de herejes de la metáfora, deja ahora vacante el trono. Si bien, escuchando abrirse de carnes a media profesión con cualquier grabación cachazuda, no parece que vayan a faltar Savonarolas que concursen para sustituir al depuesto rey de la verdad. </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[4e1f9e2d-958f-4cd4-aada-a0fedb692af9]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Jul 2026 17:25:48 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El depuesto rey de la verdad]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Justicia,Políticos,Política,José Luis Rodríguez Zapatero]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Señora de su señor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/senora-senor_129_2226941.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Señora de su señor"></p><p>Uno no pretendía que esta soflama semanal fuera un permanente ejercicio de comentario de textos, pero sus señorías —los "yo no soy usted" de la vida— ejercen un manejo de la lengua y de sus normas de articulación tan retaco que sus togas se tornan en enaguas de transparencias señoreando las vergüenzas peludas de su patente agenda política y, a menudo también, su pobre desempeño con el Derecho. Alguien podría obstar que la inclinación ramplona de nuestros togados al literalismo, esa forma de analfabetismo funcional de la que ya hemos hablado (ya saben: "Incapacidad para decodificar la metáfora, la alegoría, la sinécdoque, la hipérbole, la ironía, la farsa, el sarcasmo, la comedia o cualquier forma de ficción o sentido figurado del lenguaje") que<strong> llevó a la cárcel a Pablo Hasel y hostiga al guionista y cómico Héctor de Miguel </strong><em><strong>Quequé</strong></em><strong>, </strong>obedece a su deber de ajustamiento a la ley, pero la ley no es solo letra —mal que le pese a un positivista como el que suscribe—, tiene ánima porque tiene ánimo. Es decir, la ley es lo que dice, como los <em>guasaps</em>, pero para la correcta interpretación de lo que pretende, hay que considerar el emoticono que acompaña. Y los emoticonos son dos, principalmente: los principios generales del derecho y la intención del legislador, es decir, el llamado —he aquí el alma— "espíritu de la ley". En España ya sabemos que los segundos son soslayables. En teoría, no deberían, pero <strong>con la aplicación del 155 a Catalunya ya vimos que se ignoró la intención de las Cortes Constituyentes</strong>, que habían rechazado de forma expresa y en sucesivas votaciones (así consta en las actas) las enmiendas que pretendían incluir en él la capacidad del gobierno central de disolver un parlamento autonómico. </p><p>Así que no cabe sorprenderse ante el hecho de que <strong>el Supremo conspire a plena luz del día y a calzón quitado contra el sentido y el propósito de la ley de Amnistía.</strong> (Luego aprietan puñitos cuando el Tribunal de Justicia de la Unión Europea les pinta la cara un par de veces por año).</p><p>Sin embargo, los segundos, los principios generales del Derecho, no deberían ser soslayados en ningún caso porque son un <em>ex ante</em>. Por ejemplo, que en una sociedad libre, en una democracia liberal, la carga de la prueba corresponde siempre y sólo al acusador. O que los tipos penales tienen que ser muy precisos y ajustados en su descripción para que no quepan atropellos mediante el concurso de la arbitrariedad judicial. En España esto ya no es así, sobre todo a raíz de la reforma practicada por el exministro y beato Jorge Fernández Díaz en 2015, <strong>conocida como </strong><em><strong>ley mordaza</strong></em><strong>, en la que muchos delitos quedaron configurados con una redacción deliberadamente ambigua</strong> (y mala, por qué no decirlo) para que cada juez pueda aplicar el procedimiento conocido como “delito es lo que diga el menda”. Las sucesivas reformas, todas punitivistas y todas escritas con una literatura vaga e insidiosa, han permitido que hoy, según la <em>doctrina Marchena</em> —un cruce de <em>menendezpidalismo</em> y rezo del rosario—, el tipo conocido como “malversación” se pueda aplicar a aquellos electos que destinen recursos a iniciativas políticas de signo distinto al que los togados de la adoración nocturna consideran óptimo. </p><p>Pero aun con el tremendo margen para interpretar que da el texto, se ve que a la agenda desplegada por sus señorías no les da la manta para tapar los pies y<strong> esta semana las Audiencias Provinciales de Badajoz y Madrid se han dedicado a la invención. </strong>Nos han explicado que, donde el código penal dice que un determinado delito —la prevaricación, por ejemplo— es privativo de los funcionarios de la administración pública, esa reserva solo aplica a los que no sean familiares en primer grado de parentesco del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.</p><p>Con todo, como sudoroso oficiante del lenguaje, los pasajes más irritantes de los disparates judiciales de las Provinciales de Badajoz y Madrid son los que corresponden al uso del lenguaje. Atiendan: "Parece perfectamente verosímil sostener en el caso que nos ocupa y con el canon de la simple probabilidad ahora exigible, que la investigada logró el influjo desplegado desde su privilegiada posición de esposa del Presidente del Gobierno". Ese "canon de la simple probabilidad" debería tener un rango específico porque la palabra probabilidad es anchísima. Entiéndanme, <strong>existen probabilidades ciertas de que mañana un meteorito caiga sobre la madrileña plaza de la Villa de París</strong>, o que un terremoto con epicentro en ese parquecito abra una sima que se trague al Tribunal Supremo y a la Audiencia Nacional, con todas sus togas, refajos y polainas. Pero esas probabilidades son infinitesimales. Desconocemos el rango que maneja la Audiencia Provincial. </p><p>Las cautelas propias del momento procesal <strong>no explican que en el breve auto aparezca docena y media de veces conjugado el verbo "parecer",</strong> casi siempre acompañado de lo "verosímil", pero no deja de ser otra ambigüedad tenebrosa que queda resuelta con el añadido tremendo —que hiede a rancio machismo—, donde los cinco juristas enseñan la patita de su mundo de club de tenis con artesonados, oleos con lamparita dorada y<em> señoras de</em>: "La sola relación de parentesco por vínculo matrimonial con la más alta autoridad del gobierno de la Nación, en determinados contextos y circunstancias, como los aquí analizados, puede comportar una presión moral eficiente". Es decir, una señora de su señor prevarica cuando sonríe. Aunque sea en forma de "presión moral". Pues así, cada folio. </p><p>Toda vez togados e impostores compartimos la necesidad de componer relato para nuestras producciones literarias, sin duda lo mejor del auto es la descripción que firman los cinco pimpantes de cuál es el plan criminal de Begoña Gómez. Verán, según el auto de la Audiencia Provincial, la señora Gómez usó su tremenda influencia —igual sin querer, que ya hemos dicho que, por razón de esponsales, ella es <em>precorrupta</em> a efectos legales— pero no para obtener dinero, casas, joyas... <strong>Ustedes, avezados lectores, se estarán preguntando “entonces, ¿para obtener qué? ¿¿¿QUÉ???”. Pues según estos linces, para obtener influencia. Usó su influencia para obtener influencia.</strong> ¿Cómo te quedas? Usó su enorme influencia —recuerden "vínculo matrimonial con la más alta autoridad del gobierno de la Nación"— para obtener otra más chiquitica, concretamente "prestigio personal o reputacional de su carrera académica con acceso a múltiples recursos y eventos". O sea, han escrito y pasado a limpio que Gómez necesitaba esa cátedra para acceder a recursos e ir a eventos. La que, insistimos, está unida por “<em>vínculo matrimonial con la más alta autoridad del Gobierno de la nación”</em>. Hércules Poirot ha saltado del vapor por la borda.</p><p>Begoña Gómez necesita delinquir para ir a eventos. ¿Como cuál? <strong>¿La final de un Mundial? </strong></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[47f2b289-088c-41a7-ad24-baa7266e2f4c]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Jul 2026 17:25:13 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Señora de su señor]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Begoña Gómez,Pedro Sánchez,Jueces,Jorge Fernández Díaz,Ley Mordaza]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Iura novit curia']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/iura-novit-curia_129_2223077.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Iura novit curia'"></p><p><strong>“Explíquese”</strong> es una de las más fecundas frases que puede emplear un periodista en una entrevista. Al menos aquellos que somos refractarios al conflicto y que evitamos la tensión con el entrevistado. Es cierto que hay una tradición anglosajona para las entrevistas que consisten en<strong> apretar al entrevistado, confrontarlo con llaneza o agresividad y ponerlo en el brete de que su respuesta</strong>, muy a menudo ensayada y en alguna ocasión manifiestamente falsa, no sea suficiente o aceptable. Requiere un cierto avío de carácter y una erótica de la tensión, pero este mecanismo solo es realmente útil si la entrevista es audiovisual, y uno nunca lo ha interiorizado por haberse desempeñado en entrevistas por escrito, en las que es muy difícil e incluso inconveniente trasladar las tensiones del encuentro. En la transcripción, han de reducirse, resumirse, las intervenciones del periodista para dar vuelo a las respuestas del sujeto de la noticia, pues son<strong> sus palabras, explicaciones y desempeños los que les debemos al lector, y no el supuesto brillo del que pregunta o reprocha</strong>. </p><p>En el marco de impostores español, ustedes han visto desenvolverse con soltura en el género de abrazar, si es menester, la tensión del reproche, la interrupción y la repregunta a <strong>Ana Pastor</strong>, <strong>Jordi Évole</strong>, <strong>Silvia Intxaurrondo</strong> o <strong>Carlos Alsina</strong>, por mencionar algunos de los que más provecho han sacado de no rehuir la subida de temperatura de una entrevista en los últimos años. En el medio escrito, uno es devoto de las entrevistas de <strong>José Enrique Monrosi</strong>, uno de los pocos que en el marco político trasladaba al texto pautado (pregunta/respuesta) la vibrante y bulliciosa cabeza del oficiante que imprimía tal velocidad a la conversación que obligaba a su contraparte a estar a la altura y ofrecía al lector un itinerario de conversación estimulante, amena y exigente, superadora de lugares comunes.</p><p>Pero cada uno hace de sus avíos atributo y trata de que operen a favor del producto periodístico, aun cuando estos sean —como es el caso del <em>arribafirmante</em>— la alergia a la confrontación y la voluntad de armonía. Y uno de ellos es <strong>devolver el balón al primer toque</strong>. Un “¿perdón?” a tiempo o un “explíquese”, que lo obligue a seguir hablando cuando ha terminado lo que el entrevistado traía preparado, abren un abismo bajo los pies del entrevistado hipócrita que no quiere dar una respuesta auténtica o sincera. Como todo centrocampista que no tiene una idea memorable de qué hacer con la pelota, a veces basta con tocarla de vuelta para que el paisaje cambie. </p><p>El guionista <strong>Aaron Sorkin</strong> nos enseñó en <em>The Newsroom</em>, para lo bueno y para lo malo, lo útil que es <strong>dejar que la gente se explique en detalle y trate de ser exhaustiva</strong>. En sentido positivo, el periodista republicano Will McAvoy (<strong>Jeff Daniels</strong>) construye el mejor monólogo de un prólogo de ficción cuando, en un coloquio, el moderador que le había preguntado por qué América (Estados Unidos, claro) es el mejor país del mundo, le pide que siga hablando:<strong> “Quiero una respuesta auténtica”</strong>. Lo que sigue, esos cuatro minutos de plática de McAvoy, es ya historia de la televisión. Pero la propuesta la había usado antes. En la película <em><strong>Algunos hombres buenos</strong></em>, de<strong> Rob Reiner</strong>, con un guion de Sorkin basado en su propia obra teatral, la hipótesis del abogado Daniel Kaffee (<strong>Tom Cruise</strong>) es que el coronel Nathan R. Jessep (<strong>Jack Nicholson</strong>) no solo ordenó el código rojo que costó la vida al teniente William Santiago sino que está orgulloso de haberlo hecho porque esa práctica disciplinaria ilegal es imprescindible en un mundo hostil. Y que, en el fondo, arde en deseos de contarlo. El famosísimo interrogatorio final pone a prueba esta hipótesis, acorralando al coronel para que diga lo que quiere decir. Y lo hace. Por supuesto.</p><p>Si lo piensan detenidamente, es la mecánica que aplicaba a sus entrevistas el incomparable<strong> Jesús Quintero</strong>, cuando sonreía en silencio tras una respuesta invitando al entrevistado, con su silencio aquiescente y su mirada siempre amable, a seguir hablando. Esos silencios y esas sonrisas nos han regalado alguna de las mejores entrevistas de la historia de la televisión, y el correlato contemporáneo de este principio de mínima intervención con gesto amigable lo podemos contemplar en las entrevistas de Carlos Alsina en Onda Cero<em> </em>—imprescindible verlas en vídeo, en su versión de YouTube— o, en un sentido menos incisivo —por no tratarse de políticos—, del excepcional programa <em><strong>La noche de Aimar</strong></em>, en el que <strong>Aimar Bretos </strong>se ha reivindicado como legítimo heredero de la tradición quinteriana.</p><p>Conste que se ha saltado uno aquí la habitual cortesía de jamás mencionar los nombres propios de los compañeros de impostura —detalle en el que los seguidores habituales de este púlpito habrán reparado— porque se hace con el propósito de elogio de quienes se desempeñan con haberes que uno envidia por carecer de ellos. Entiéndase bien, uno ha publicado entrevistas estupendas, pero solo porque lo eran los entrevistados, y el plumilla se limitó a actuar a favor de obra; nunca en 30 años ha arrancado una buena entrevista a quien no respetaba, por esa cierta incapacidad para confrontar e irritar.</p><p>Pero quédense con que a menudo basta con dejar que el contertulio se exprese en largo, se confíe y no se sienta acosado sino comprendido. La cara de arrobo, de querubín que pasaba los deberes a limpio con bolígrafo de tres colores, que pone siempre Évole ante los personajes más infames le ha dado los mejores momentos de su notable trayectoria televisual. </p><p>En los últimos meses, uno ha descubierto que ocurre algo muy parecido con los juristas vanidosos: las explicaciones en largo, las profusas aclaraciones, los hacen desmoronarse como un coronel Jessep gritando al teniente Kaffee “¡¡¡Por supuesto que lo hice, joder!!!”, cuando este lo provoca con el memorable “¡¿Ordenó usted el código rojo?!”. Lo vemos en los deliciosos doscientos folios con los que la sala segunda del Tribunal Supremo condenó al Fiscal General del Estado, <strong>Álvaro García Ortiz</strong>, por algo que nunca ocurrió, y lo vemos en cada escrito del juez <strong>Juan Carlos Peinado</strong>, en su operación de acoso procesal a la esposa del presidente del Reino de España.</p><p>No somos conscientes de lo que vamos a echar de menos la torpísima literatura jurídica de este leguleyo cuando en septiembre se consagre a sus labores de jubilado —que, dados los arreos disponibles, casi seguro no serán los crucigramas—, leyendo su último escrito en el que intenta explicar que no quiso ofender a los agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado al decir que pueden ser cómplices de la fantasmagórica huida de <strong>Begoña Gómez</strong> y acaba citando el caso del ex primer ministro italiano Bettino Craxi, huido a Túnez en 1994 debido a los casos de corrupción que lo atosigaban en el periodo de Tangentopolis, para decir que en realidad, sí, muy bien podrían los agentes organizar la huida. Lo que viene siendo, ponerse a escribir y venirse arriba que tan bien conocemos en esta columna semanal.</p><p>La paciencia pedagógica y la escrupulosidad jurídica de la Fiscalía y de la representación legal de Gómez irritan al extremo a este magistrado y, como un personaje de Sorkin, es incapaz de controlar la ira que le provoca esa mesura y condescendencia de quienes —salta a la vista— son más duchos en el conocimiento de la ley y el procedimiento. Así que en su última gloria escrita reprocha al letrado de la esposa de Pedro Sánchez su “innecesaria y prolija exposición de los argumentos (…) como si tratara de enseñar algo que ignora [a la Audiencia Provincial de Madrid, que ha de resolver sobre si el caso puede pasar a juicio oral y convertirse en otro baldón en la maltrecha imagen de las magistraturas españolas]”. El cabreo se transparenta en la línea en la que invoca el latinajo: “…olvidando un principio que también rige en nuestro ordenamiento jurídico que es el principio de<strong> </strong><em><strong>iura novit curia</strong></em>”. Significa, literalmente, que <strong>los jueces conocen el derecho</strong>, asunto que en se plasma en el artículo 218.1 de la Ley de Enjuiciamiento Civil. </p><p>En su patente irritación, olvida el chusquero —“dicho de un suboficial o de un oficial del Ejército, que ha ascendido desde soldado raso por edad, sin particular mérito militar ni habilidad”—, que el<em> iura novit curia</em> se complementa con el <em>da mihi factum, dabo tibi ius</em> (“dame los hechos, y yo te daré el derecho”), que establece que son las partes las que deben delimitar el terreno de lo cierto, aportando la historia fáctica y probatoria, sin necesidad de ser expertas en la ley, pues serán los togados los que apliquen a ellos la norma. </p><p>Bendito seas mil veces, Aaron Sorkin. </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[7da3793f-417e-4c9d-98ae-e1d746c53ee8]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Jul 2026 17:25:43 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA['Iura novit curia']]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Periodismo,Justicia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Campo a través]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/campo-traves_129_2219286.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Campo a través"></p><p>Imaginad que el simpático Gurb de Eduardo Mendoza llegase dentro de cien años a este malhadado país e investigara el estado de las cosas un siglo atrás, revisando el archivo periodístico de estos años veinte. Llegaría sin mucho esfuerzo a la conclusión de que atravesamos una crisis como sociedad sin precedentes en al menos otra centuria. Pero la verdad de las cosas es que estamos como nunca. Nuestro llorado <strong>Jaime Miquel repetiría que no habíamos tenido la influencia internacional de la que gozamos con este gobierno desde Felipe II</strong> cuando además los números de nuestra economía causan asombro al mundo desarrollado. Estamos absorbiendo población como nunca antes —vamos a traspasar la barrera de los cincuenta millones antes de que se abran las urnas— y <strong>somos el destino favorito de la inversión mundial</strong>, no solo para echarnos de las ciudades sino también para el blanqueo de los grandes capitales de América. <strong>Los datos de afiliación a la Seguridad Social y empleo son históricos</strong>, y en términos de ética política y compromiso con los derechos humanos hoy somos referencia mundial. <strong>En transición energética vamos a la cabeza del mundo </strong>y generamos la energía más barata, eficiente y verde de todos los países desarrollados. Y por si esto fuera poco, <strong>hemos reconducido la tensión rupturista catalana y vasca</strong> hacia términos de diálogo político y cohabitación de sensibilidades.</p><p>Pero quién lo diría leyendo la prensa o escuchando el debate público español. Para explicar esa tensión de ruptura, esa sensación de hallarnos al borde del precipicio que este oficio contagia a la población existen razones de fondo internacionales que son la bancarrota intelectual de las derechas tras la ruina del pensamiento neoliberal en el crack de 2008, y su conversión al unísono en movimientos políticos basados en el odio nacional, étnico y religioso, y también <strong>la revancha del hombre heterosexual blanco frente a su pérdida de privilegios históricos por la conquista de derechos de sus tres antónimos</strong> (mujeres, colectivos LGTBI y personas racializadas). </p><p>Pero también hay motivos particulares que están vinculados a la idiosincrasia histórica del país, que resumiremos en dos: el atrasismo endémico de nuestras burguesías, de poco leer y de propensión al rentismo y al expolio como única habilidad económica disponible, y la tendencia local de nuestros uniformados a cagarse en su madre lanzando paluegos y desenvainando el sable. Ambas características apenas nos han abandonado desde que Occidente parió la Modernidad, la democracia y los derechos humanos, y así tuvimos un siglo XIX lleno de carlistas —la casa, la vaca, un rey, un hacha y dios— y de <strong>militares cuyos colganderos peludos los llevaban a bajar santos del cielo y demócratas del gobierno</strong>. En el siglo XX, la tradición prosiguió con la episódica pero determinante complicidad de esa peripatética facción de los impostores llamada “la prensa de Madrid” —si Gurb o ustedes leen los periódicos de la II República, pensarán que esto era el cuerno de África y no la patria de <strong>Ortega y Gasset</strong>, <strong>María Moliner</strong>, <strong>Edgar Neville</strong> o <strong>Luis de Oteyza</strong>— y, en contra de los relatos oficiales, salta a la vista que esa praxis no se canceló con la llegada de la democracia. La tendencia a corregir resultados electorales indeseados de los poderes reales del país, del Estado, ese Estado para el que democracia es una mera contingencia histórica, ha seguido intacta y ha ido demostrando su eficiencia.</p><p><strong>Alfredo Pérez Rubalcaba</strong>, que era listísimo y otras cosas, sentenció que “en este país se entierra muy bien”, y así celebramos ahora el cincuentenario del nombramiento de <strong>Adolfo Suárez</strong>, contra el que los padres de la democracia —y no los rescoldos del franquismo, como ya explicamos aquí, meses ha— organizaron un golpe de Estado y al que no se le empezó a elogiar hasta que se supo que había perdido el oremus. <strong>Pero lo cierto es que ganó unas elecciones que no tocaban</strong> —así lo entendían nuestros poderes reales— y le armaron la marimorena, de nuevo con mucho voluntario de oficio, hasta corregir el resultado electoral. Con éxito. El 23-F, como ya hemos dicho en este púlpito, fue un éxito porque logró todos los objetivos propuestos.</p><p>Al hoy converso al criptogolpismo<strong> Felipe González</strong> le pasó tres cuartos de lo mismo, aunque él no se acuerde, y también le montaron un sambenito estupendo por no perder en 1993 como estaba previsto, y en ese <em>via crucis</em> nuestro oficio tuvo papel primordial otra vez. El maestro de impostores <strong>Luis María Anson</strong>, persona tan lista como Rubalcaba y también otras cosas, confesó años después que <strong>para descabalgar al niño bien sevillano de la Moncloa se tensó el Estado casi a la chilena</strong>, que además de una acrobacia futbolística es una forma que tiene la CIA de rectificar la democracia cuando se equivoca. El presidente <strong>Rodríguez Zapatero</strong> nació maldito porque ganó en 2004 cuando lo establecido en el calendario de eventos era otra cosa, y encima tuvo el valor de volver a pasarle la mano por la cara a los amos en 2008.</p><p>Bien, entendida la tradición, lo que pasa hoy por aquí, que el país va como un tiro, es que en 2023 ya estaban repartidos hasta los gabinetes ministeriales, pero el candidato <strong>Alberto Núñez Feijóo</strong> falló la bola en boca de gol porque <strong>nunca se había sentado frente a una periodista que le dijera “eso no es así”</strong>, y se le puso a vibrar el párpado inferior en directo, cosa muy desaconsejable cuando se pretende convencer a los votantes.</p><p><strong>“El que pueda hacer que haga”, toque de corneta para sargentos chusqueros como el juez Peinado</strong> y otros entusiastas, no es pues una reacción a la ley de amnistía ni a los indultos al <em>procesismo</em>, como se dice por ahí, sino la decisión de enmendar la que lio Feijóo perdiendo su ventana de oportunidad hace ahora tres años, cuando además todos sus barones habían cumplido su cometido apenas un mes antes.</p><p>Hay que entender las reglas del juego. Si prestan atención, <strong>toda la supuesta corrupción sistémica que atañe al PSOE se circunscribe a la excepcionalidad vinculada a la gestión de la pandemia</strong>: mascarillas, rescates de empresas, gestión de fondos Next Generation…, cuando para salvar un país se sustituyeron verificaciones a priori por comprobaciones a posteriori. En Ferraz no acaban de entender que el guardés no tiene permitidas las licencias del señorito y si para rescatar una banca privada quebrada hubo que regalarles la banca pública —las cajas, que estaban la mitad de expuestas a la crisis subprime que nuestros grandes bancos— y darles decenas de miles de millones a fondo perdido, eso no significa que un gobierno progresista pueda permitirse dar préstamos a aerolíneas aunque los recupere. Del mismo modo que el PP se salió de la carretera del Derecho con su aplicación del 155 —con la negada por las cortes constituyentes disolución de parlamento autonómico— y <strong>llegó el Constitucional a poner asfalto debajo de aquella excursión campo a través</strong>, pero el mismo órgano tumbó el estado de alarma que salvó decenas de miles de vidas en el país porque lo dictó un gobierno socialcomunista.</p><p>De modo que uno puede comisionar mascarillas a precio de sombrero fedora si es duque de Feria, que <strong>mejor será estar en los negocios con la administración que en los parques infantiles</strong>, o si es hermano de una presidenta puesta ahí por los señoritos de acá y de acullá, pero no puede adquirirlas por debajo del precio del mercado si es ministro de un gobierno de guardeses, dicho sea por estirar la brocha gorda, que es lo que el común entendemos cuando echamos un ojo a lo que pasa.</p><p>Y lo que pasa es que el periodismo, un periodismo, está diciéndole al actual ejecutivo que la broma ya ha ido demasiado lejos. <strong>Como acabamos de ver que es tradición en este país</strong>. Lo delicado del asunto es que, con un marco internacional de derechas intelectualmente desahuciadas, el partido llamado a ser bastidor de esas tensiones e intereses, el PP, está desvencijado y los voluntarios del toque de corneta de José María Aznar, empezando por los togados, van como pollo sin cabeza en un fuego graneado caótico contra el poder ejecutivo, sin jerarquía ni mando. <strong>Eso que asustó a Anson hace treinta años es ahora un fenómeno mucho más virulento y desordenado</strong>. La derecha política, mediática, judicial, fiscal y policial es hoy una pura horda de <em>uruk-hai</em> sin estructura ni estrategia, solo con determinación, y el que menos pinta en el control de los aconteceres es el despacho sito en Génova 13.</p><p>Si este excepcional momento dorado de España en Occidente se ha convertido en una turbamulta porque los votantes no respetaron el turno de partidos en 2023, la cuestión inquietante es qué escenario nos aguarda si en 2027 <strong>el candidato de la derecha vuelve a fallar y el resistente repite</strong>. Aunque tal vez esa sea exactamente la preocupación que se persigue generar. Recuerden: no hay negocio para los seguros si ustedes no temen.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[b02f07e1-9839-4d40-b6e8-c94fc3aa1fae]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Jul 2026 17:25:59 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Campo a través]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Elecciones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El pincel de Basil Hallward]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/pincel-basil-hallward_129_2215473.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El pincel de Basil Hallward"></p><p>Un propósito bendito de este púlpito semanal cuando arrancamos la doctrina sobre nuestra impostura y sus deberes, hace año y medio, era no reincidir. Pero tampoco contaba el arriba firmante con la tozudez en disputar nuestra tarea con la que se conduce el cuerpo de funcionarios que luce encaje de bolillos en los puños de sus ropones y reclama trato de señoría. Hasta no hace tanto, <strong>éramos los únicos con patente de corso para acertar o errar en el relato de lo real</strong>, un privilegio, el del yerro, basado en la premura con la que a menudo desempeñamos nuestra labor. Pero, desde la sentencia condenatoria contra Álvaro García Ortiz nótese que hay otros que no son periodistas con bula para dejar por escrito una realidad imaginada y sin contraste contra la que no cabe —a diferencia de lo que ocurre en el periodismo— derecho de rectificación ni fe de erratas.</p><p>En aquella sentencia, la Sala Segunda del Supremo, más allá de condenar al entonces fiscal general del Estado en palmario desacato a la realidad de los hechos, infligió un <strong>castigo de oprobio a este oficio nuestro</strong>, media docena de cuyos titulares comparecieron citados ante el alto tribunal para explicar lo muy equivocadas que estaban las malicias de sus señorías respecto a García Ortiz, y su profesionalidad fue correspondida por el <strong>desdén autoindulgente de los de la saya negra con puños de ganchillo</strong>. En justa reciprocidad, aquí y en otros muchos medios, el periodismo repuso la verdad de los hechos, aunque con ello no pudiera subsanar la injusta condena, acaso solo dejar constancia de las mendacidades del papelón oficial.</p><p>La mala literatura hace llorar a dios y en la sentencia del caso Ábalos-Koldo, un asunto cuyos indicios eran un balón muerto en el área pequeña para que el Supremo simplemente empujara la pelota a la red, ha vuelto a aparecer esa sintaxis ufana de Girolamo de Savonarola que llega a los hechos probados porque sí, desentendiéndose de lo que, ahora vemos en la sentencia, <strong>ha sido una investigación insuficiente y una instrucción asaz torpe</strong>. Ellos mismos han cantado y celebrado su gol pero lo cierto es que tampoco aquí —y mira que era fácil— la pelota ha botado dentro.</p><p>Como se gustan hasta tocarse, no han podido evitar tampoco las admoniciones de confesor de Leonardo de Medici y, jugando con nuestra paciencia, nos han regalado prédica de virtud pública, redactada con la solemnidad de los artesonados de pan de oro: “<strong>Los actos de corrupción no son sólo delitos de contenido patrimonial</strong> o delitos cometidos por 'malos servidores públicos', que, ocasionalmente, infringen sus deberes posicionales. Se trata de conductas que guardan una conexión directa con el ejercicio de la autoridad política, y, por ello, poseen un potencial desestabilizador mucho mayor (…). Son actos que socavan la arquitectura democrática de nuestro Estado social y democrático de Derecho”. ¿Y tú me lo preguntas…?, decía el poeta.</p><p>El periodismo bien hecho, con la precariedad de sus métodos, suele exigir al menos dos fuentes contrastadas para dar algo por cierto, pero a la Sala Segunda le ha bastado el testimonio sin mayor acreditación de un <strong>convicto deseoso de evitarse cárcel</strong> para argumentar sus hechos probados, un chivato al que efectivamente han librado de la cárcel y le han dejado quedarse con el botín, que es nuestro —mío y de usted, casi cuatro millones de euros— a cambio de su entusiasta colaboración en la ofensiva antigubernamental, en una decisión de la alta sala que, a lo mejor no, pero a lo mejor sí, <strong>se</strong> <strong>parece a la definición que el código penal da a la malversación</strong>: “La autoridad o funcionario público que, con ánimo de lucro, se apropiare o consintiere que un tercero, con igual ánimo, se apropie del patrimonio público que tenga a su cargo por razón de sus funciones o con ocasión de las mismas, será castigado con una pena de prisión de dos a seis años, inhabilitación especial para cargo o empleo público y para el ejercicio del derecho de sufragio pasivo por tiempo de seis a diez años”.</p><p>Molière dedicó una de sus obras mayores, <em>Tartufo</em>, a estos engolados proclamadores de virtud cuyos ademanes distan tanto de sus haberes, pero las infamias y disparates de la semana fantástica de la togas no acababan con la retirada del pasaporte a la esposa del presidente legítimo del país —<strong>hay que escribir “legítimo” porque están los tiempos exigiendo subrayar las obviedades</strong>—, aún había de hozar más profundo la nariz de nuestras grandes salas de justicia con la difusión descontrolada de la vida personal del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero merced, si no a la vileza, desde luego sí a la manifiesta incompetencia de los agentes, fiscal y juez que pergeñan la causa contra él, una causa que ha vulnerado hasta tal punto los derechos del investigado que será nula de pleno derecho ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea si alguien no detiene antes el disparate jurídico.</p><p>Ya hemos dicho aquí que, junto a la inviolabilidad del domicilio, el secreto de las comunicaciones conforma el núcleo duro de los derechos que sustentan la modernidad de Occidente, un listado de fueros concebidos por liberales e ilustrados como <strong>defensa del común ante las arbitrariedades de los Estados del Antiguo Régimen</strong> —las plenipotenciarias monarquías absolutistas—, que están en la base misma de la arquitectura de cualquier Estado de derecho, pero que no merecen, al parecer, especial higiene a los policías, togados y fiscales de brocha gorda con que nos ha tocado lidiar en estos tiempos de Ilustración Oscura.</p><p>Pero no se equivoquen, los impostores de este oficio no somos inocentes. Porque ese descuido conveniente e infamante en la custodia de material tan delicado sobre el expresidente Rodríguez Zapatero ha necesitado del <strong>concurso de un periodismo pistolero que se ha introducido en la Villa y Corte</strong> de la mano de la llegada de grandes capitales de América Latina —que han amarrado en nuestros muelles huyendo de los desastres que ellos mismos han patrocinado en el continente de origen con la intención, al parecer, de importar catástrofes parecidas por estos lares, que los obliguen, vete a saber, a huir de nuevo a otro meridiano— y que se ha puesto a malmeter, cual vieja madama olisqueando tálamos ajenos, contra el único presidente que en nuestra breve democracia no muestra rastros de sangre en las manos.</p><p>En esa catedral titulada <em>El retrato de Dorian Gray</em>, Oscar Wilde narra la fantástica historia del bello y joven Gray, al que un enamorisqueado Basil Hallward pinta un retrato al óleo que acaba siendo notario de la inclinación al vicio del retratado. El bello Dorian, viendo el óleo envejecer y dar fe de la decrepitud de su alma, <strong>lo esconde en un desván bajo una vieja sábana y acaba evitando siquiera mirarlo</strong>, tal es la monstruosidad que sus pecados van dejando en el rostro que mira desde el lienzo. Ese ha de ser el papel de los oficiantes honestos del periodismo, convertir nuestra tarea en ese óleo que las puñetas no quieren mirar, un cuadro que les recuerde, si es menester cada día, lo que hacen. Pintemos un óleo que sea también un espejo y les devuelva el vergonzoso dictamen de sus palabras tartufas, pues sus actos “socavan la arquitectura democrática de nuestro Estado social y democrático de Derecho”. </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[a96d13d4-b7a9-4a70-a7bb-484dc3e3e002]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Jun 2026 17:25:04 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El pincel de Basil Hallward]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La culpa es del árbitro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/culpa-arbitro_129_2211706.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La culpa es del árbitro"></p><p><strong>“El gremio periodístico es el único que no es un gremio”</strong>. Lo decía un veterano profesor de la Universidad del País Vasco en los albores de los años 90. Quizá el nuestro sea uno de los pocos desempeños profesionales donde no cabe corporativismo, donde <strong>nunca se cierran filas porque nos fiamos los unos de los otros lo justo</strong>. Y no solo ni principalmente entre medios adversarios. <strong>Cada sección es una nación en permanente estado de preguerra contra las secciones vecinas dentro del mismo medio</strong>. Uno de los primeros compañeros de oficio que uno tuvo en un diario regional le informó de que no tratara de comprender las dinámicas de los <strong>periodistas deportivos</strong>: <strong>“Son un periódico dentro del periódico”</strong>. En muchos sentidos, puede aplicarse a cualquier otra sección, cada una convencida de ser la única que cuenta lo verdaderamente relevante para la comunidad humana —da igual que se trate de política, cultura, economía, ciencia, internacional, sociedad o deportes— y condescendiente con la pretensión de importancia de todas las demás.</p><p>Pero, de todas ellas, quizá, como decía el compañero, la más aislada, también por desempeñarse en jornadas y horarios particulares, sea la de deportes. <strong>Su forma de hacer</strong> —de hacer el fútbol, quiere decirse, que es la tarea que ocupa nueve de cada diez de sus contenidos—, marcada por la adhesión a colores y a menudo una pasión de hincha que desmerece la supuesta ecuanimidad del periodismo, <strong>nunca ha sido particularmente respetada por el resto de secciones</strong>, a las que también mueven los celos —para qué negarlo— por la atención popular que reciben los periodistas deportivos. </p><p>Y sin embargo, quizá deberíamos tomar en cuenta alguna de las características, o incluso vicios, que exhiben en su tarea. Por ejemplo, <strong>el excepcional protagonismo que dan a quien no debería tenerlo, el árbitro, al que nunca dudan en responsabilizar de los infortunios que acaecen a los colores que a cada cual mueven</strong> cuando alguna decisión arbitral se antoja determinante para el resultado. El juicio al juez es algo de lo que el periodismo político, el económico, el cultural o el internacional se mantiene alejado como de la peste. Y pensándolo con detenimiento quizá haga bien el <em>hooliaganismo</em> deportivo en poner la lupa sobre los titulares de la lupa. Porque, atendiendo al eslogan de uno de los cómics más famosos de todos los tiempos, <em>Watchmen</em>, de Alan Moore y Dave Gibbons, <strong>“¿quién vigila a los vigilantes?”</strong>.</p><p>El arriba firmante aún recuerda el estupor funcionarial del Ayuntamiento de Oviedo cuando comenzó a poner en pie la praxis de no esperar a que los grupos de oposición denunciaran las imaginativas modalidades contractuales que empleaba el equipo de gobierno para sortear la obligación de realizar concursos públicos, ampliar contratos o acortar los plazos de tramitación, sino que se compró una ley de contratos y una ley de bases, y se dedicó a leer los informes de los servicios de intervención municipales que daban por buenas las pintorescas prácticas de contratación de la Alcaldía. Esa forma de obrar permitía afirmar en los titulares que las modalidades contractuales de tal o cual expediente estaban fuera de lo que establecían la ley de contratos del Estado o la ley de bases de régimen local, sin esperar a que lo denunciara la oposición tras el estudio del expediente. No gustaba al equipo de gobierno, en aquel caso el PP, pero tampoco gustaba a la oposición, claro, porque les hurtaba la posibilidad de hacerse valer después en los titulares, como “IU critica…” o “El PSOE denuncia…”. </p><p>En aquellos tiempos, un veterano del tinglado protestaba amargamente porque los verbos enunciativos copaban el 90% de cualquier publicación. “Anuncia, sostiene, denuncia, critica, asegura, propone, afirma, cuestiona…”. <strong>Las secciones enteras de política local, autonómica y nacional eran —y en buena medida siguen siendo— alguien hablando de algo con convencimiento pleno</strong>, y el periodista se acomodaba a la mera transcripción del relato eufónico, en el mejor de los casos abriendo comillas. La lectura íntegra de los expedientes que iban a comisión fue la forma que uno encontró para tratar de hurtarse a la condición de emisario de conclusiones ajenas. </p><p>Si bien, como decía, aquello no gustaba a los grupos políticos, ni gobierno ni oposición, los que realmente andaban furiosos por los cafetines ovetenses eran los miembros del servicio de intervención municipal, un cuerpo de habilitación nacional —es decir, que el gobierno local no puede cesarlos ni trasladarlos—, acostumbrados a la invisibilidad, que no estaban preparados para que se diera a conocer el contenido de los informes en los que daban su plácet a extraños procedimientos de tramitación urgente, bendecían con su hisopo la habitual fragmentación de contratos con la que el gobierno municipal elegía a dedo al contratista y asentían ante ampliaciones y modificaciones de contratos que multiplicaban hasta por diez el precio de la adjudicación original. Compañeros de oficio y concejales de todo pelaje preguntaban al cronista por esta práctica inhabitual que tan pocos amigos hacía en las consistoriales, pero uno estaba convencido de que la tarea de unos altos funcionarios que tenían salarios muy superiores a los de los ediles y cuyo cometido era asegurar la legalidad de las tramitaciones bien podía ser expuesta para el juicio del respetable en una administración cuya tarea dio lugar a<strong> la primera manifestación “contra la corrupción” de la historia de España</strong>. </p><p>Los interventores eran pues los árbitros de la política de contratación municipal y, cual periodista deportivo, uno exponía con <em>super slow motion</em> su aplicación del reglamento —en este caso, la ley— a las más controvertidas obras de aquella administración local.</p><p>Es obvio que esta excentricidad juvenil no creó escuela ni allí ni en ninguna parte y, de hecho, en la política nacional, los árbitros —las altas magistraturas judiciales— no solo no son cuestionados sino que cuando se conducen con reglamentos inventados o retorcidos, lo más que se puede esperar del oficio es que los califique de “pintorescos” y juzgue sus patentes arbitrariedades como “singulares” o “excéntricas”.</p><p>Y el caso es que, en tanto poder informal de contraste —<strong>“cuarto poder” es el sintagma clásico para definir lo que hacemos los impostores</strong>— y llegados al caso de la crisis de la democracia liberal por el abrazo de las derechas del iliberalismo, cuando consta que los togados han cambiado gobiernos en América Latina (el caso brasileño es particularmente indecoroso) pero también en la Unión Europea (aquí al lado, Antonio Costa fue forzado a dejar el Gobierno luso por una arbitrariedad judicial), <strong>quizá sería deseable que el periodismo empezara a poner el grito en el cielo ante los penaltis inexistentes y los fueras de juego discutibles que siempre se inclinan hacia el equipo local para hinchar su marcador y garantizar su clasificación</strong>. </p><p>Y, levantando la vista, más allá del colegiado en cuestión, convendría cargar las tintas contra el Comité Arbitral de la Competición Profesional por los disparates que su labor está patrocinando. Y sí, hablamos del Consejo General del Poder Judicial.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[ea5c43a2-b6ff-4b96-a379-98df3be82f9d]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 21 Jun 2026 17:25:59 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La culpa es del árbitro]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Periodismo,Periodistas,Opinión,Deportes,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sobre lo raro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/raro_129_2208231.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sobre lo raro"></p><p>Los adagios, en un país refranero como el nuestro, han aportado al pueblo sabiduría y bobadas a partes iguales. Y los apotegmas sobre un oficio tan poco reglado y tan contingente como el que desempeñamos nosotros, los impostores, han hecho más mal que bien. Todavía hay veteranos de lo nuestro que subrayan que “noticia no es que un perro muerda a un hombre, sino que un hombre muerda a un perro”. Pues no, no es noticia que un hombre muerda a un perro, solo es raro. <strong>Esta banalidad ha hecho muchísimo daño a nuestro desempeño</strong> porque tras ella subyace el elogio de lo estrambótico, como si el periodismo fuera una colección de <em>reels</em> de Instagram con gatos que hacen saltos mortales, cocineros que mantienen en equilibrio una olla exprés sobre una cucharilla y chinos que quitan un mantel sin tirar los candelabros. Y sin embargo, el periodismo está concernido por el deber de hacer un <strong>retrato fidedigno del mundo</strong> que nos envuelve. Por eso, no debe enamorarse de lo raro sin más.</p><p>Lo raro, lo excepcional, lo extraordinario, puede ser noticia o no serlo en absoluto y el baremo para distinguir una cosa y la otra ha de ser la jerarquía de su trascendencia. Por ejemplo, hoy en Europa Occidental es casi un imposible que te maten, salvo si eres mujer y tu marido tiene armas y se ha retirado de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, en cuyo caso tus posibilidades suben incluso por encima de las que tiene de morir asesinada la amante cabaretera de un narcotraficante en una película de Brian de Palma. Por eso, siendo casi imposible, <strong>un asesinato es noticia siempre, porque en la modernidad una vida humana es el todo</strong> y la violación de este principio sagrado es una afrenta a la propia existencia de la civilización. Un hombre con seis dedos es igual de raro estadísticamente, pero no es noticia salvo para la revista de variedades mágicas conocida como la Nave del Misterio o para los programas de puro entretenimiento banal, que aunque son comunicación, como ya hemos explicado, no son periodismo. Salvo si eres Íñigo Montoya, claro, en cuyo caso el hombre de seis dedos debe tentarse la ropa.</p><p>Cuando algo que ocurre es un residuo estadístico, el lugar en que lo colocamos en la jerarquía de la comunicación lanza un discurso sobre el mundo. Por ejemplo, <strong>desde el punto de vista estadístico, no existe la ocupación</strong>. Y sabemos que, cuando se da, nunca se da en casas con habitantes —si así fuera, sería allanamiento, no ocupación, y la policía desalojaría de inmediato— sino en casas cerradas de promociones fracasadas. El hecho, además de raro, es completamente irrelevante, pues no causa otro daño que vulnerar el amor propio (ni siquiera la cuenta de resultados) de un banco o de un fondo de inversión. En la época más próspera y segura de la humanidad y la región más rica y segura del planeta (dos obviedades que no se recuerdan lo suficiente), ocupar un piso cerrado, mientras la especulación revienta el mercado inmobiliario, podría ser hasta un deber cívico. Un desahucio, en cambio, amén de que es mucho más común estadísticamente que una ocupación, es la <strong>vulneración de derechos de una persona o una familia y es un escándalo absoluto</strong> que ocurra en Europa Occidental –repito: porque esta es “la época más próspera y segura de la humanidad en la región más rica y segura del planeta” —, pero ocurre. Y debe ser noticia porque no puede ocurrir. No debe ocurrir, que no somos Yemen del Sur.</p><p>[Hagamos un excursus sobre este asunto: ¿Por qué los medios prestan cobertura a casos reales o supuestos de ocupación si son, a efectos estadísticos, irrelevantes y, a efectos sociales, banales? La ultraderecha sabemos por qué lo hace, porque vive del miedo y de la satanización del vulnerable. Pero, ¿y los medios? Pues por la <strong>publicidad de las empresas de seguridad</strong>. Fíjense en que hoy los seguros de hogar incluyen una cobertura antiocupación. Ofrecer un servicio contra una eventualidad imposible es el gran negocio de un sector, el de los seguros, que vive solo y siempre de la sensación de inseguridad. Es cobrar por nada, y eso, sabemos por Adam Smith, es el mejor negocio del mundo. Repasemos: el sector de los seguros (pagar por miedo) tiene que salir adelante en… (exacto) “la época más próspera y segura de la humanidad en la región más rica y segura del planeta”. Es decir, <strong>es un negocio cuyo beneficio depende exclusivamente de que usted tenga la sensación de que todo en su vida es precario, frágil y está amenazado</strong>, pero se desempeña en una época y en un territorio donde todo es seguro y próspero, luego tiene que inducir la impresión de que no es así o entrará en bancarrota. ¿Por qué? Porque, queridos, su verdadero seguro es el Estado, lo que hace que ustedes puedan volver tarde a casa o dejarse las llaves puestas es la civilización (la policía, la iluminación de las calles, la cultura woke…), no los seguros. Es tan simple que casi da pudor decirlo: <strong>los seguros de salud requieren un desmantelamiento previo de la sanidad pública</strong>, porque usted no pagará si no se siente desasistido y vulnerable. Si tu negocio es la incertidumbre en la época de mayor certidumbre, necesitas inventarte miedos o fabricarlos].</p><p>Tomar el residuo estadístico y publicitarlo de forma alarmista no es más que hacer el caldo gordo al negocio de terceros. Pero es inmoral. Alguien podría haber recopilado casos de familias humildes desahuciadas por prestamistas judíos en el Berlín de los años treinta, porque no cabe duda de que esos casos existirían, dada la actividad financiera y a veces usurera de los financieros hebreos. Seguro que las grandes ciudades europeas estaban llenas de Ebenezer Scrooge en la primera mitad del siglo, pero el villano de Dickens no era miembro de una minoría étnica sobre la que verter odio, así que señalarlo no sería operativo. Sin embargo, publicar ese catálogo de desahucios, por más escasos que fueran, en esos años, entre guetos y pogromos contra los judíos, <strong>tiene</strong> <strong>concretísimas y deliberadas intenciones morales y políticas</strong>. Intenciones nazis, por ser más concreto. ¿Y serían mentira esos casos? Seguro que no. Por eso el periodismo no acaba ni empieza en que algo sea cierto o falso, o raro y llamativo como un hombre mordiendo a un perro, sino en la jerarquía y el contexto de los sucedidos.</p><p><strong>Pueden aplicar el caso a los migrantes que delinquen</strong>, otro hecho estadísticamente despreciable, o a lo que se les antoje, porque el modelo de convertir al hombre mordedor de perros en noticia siempre es útil y siempre es elocuente.</p><p>Uno puede publicar un libro sobre mujeres en proceso de divorcio que aprovechan la cobertura de las leyes contra la violencia machista para negociar desde una mejor posición las condiciones de la separación. <strong>Son un residuo estadístico, pero eso no convierte esos casos en falsos</strong>. Pero si lo hace en mitad de una masacre constante de mujeres asesinadas por plantar cara a la dominación milenaria de sus maridos, lo que está haciendo no es defender al vulnerable sino coger la anomalía estadística, lo irrelevante e improbable —como una empresa de seguros en un mundo seguro— y usarla para potenciar un negocio y una agenda políticos muy concretos. Y muy transparentes. </p><p>Así que lo raro no siempre es noticia. <strong>La sinvergonzonería, sí</strong>.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[04f3840d-0da5-45f9-b830-83412c665bb6]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 14 Jun 2026 17:25:32 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Sobre lo raro]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Siempre es lupus]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/lupus_129_2204558.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Siempre es lupus"></p><p>El nuestro, bien ejercido, es oficio de diletantismo. En términos ideales, un periodista ha de ser alguien que cultiva o se interesa “como aficionado y no como profesional” (en definición de la RAE) por todas las artes y por todos los oficios, extendiendo sus precarios saberes en todas direcciones. Hay que saber de ingeniería, geología y clima para hacer una crónica sobre lo que le pasa a la red de alta velocidad, sin ser ingeniero, geólogo ni climatólogo, y <strong>saber de derecho procesal para seguir las extraordinarias aventuras de Díez y Balas</strong>, sin ser profesor universitario del ramo. Y estos saberes deben ser acumulados, porque la especialización, como siempre insistimos desde aquí, conduce a una concentración en el detalle que tiende hacer de la materia —sea la tectónica de placas o la ley de enjuiciamiento criminal— el factor que todo lo explica. <strong>Por eso la dispersión es la única forma de dar con un diagnóstico correcto</strong>.</p><p>El modelo, siempre hablando en términos ideales, es el conocimiento del doctor House (Hugh Laurie, en la serie homónima) quien, aunque se ha dicho poco, no era un especialista en infecciosas, oncología, alergología, traumatología, urología, ginecología o traumatología, era más bien como el médico del pueblo, al que nada le era ajeno, de un uñero a una tromboflebitis. Como decía la farsa de Carlos Faemino, riéndose de los especialistas: “Y te dice el doctó: yo solo pulmón y corazón, pulmón y corazón. ¡¡¿Y el otro pulmón qué?!! ¡Estudia medicina general, coñiiiio!”. Pues esa caricatura, esa combinación de conocimientos someros pero solventes sobre todas las cosas combinada con una intuición puntiaguda era la virtud de nuestro querido Gregory House, y ese debería ser el propósito del oficio. Y a veces lo es.</p><p>Vimos la semana pasada que <strong>las cosas se entienden mejor a la que uno abre el plano</strong>, en el mes del juicio de la<strong> Kitchen </strong>—el más grave escándalo político desde el GAL y hasta que se juzgue a Montoro por esa presunta tómbola de leyes para multinacionales que el juez cree que se traía entre manos—, viendo a los aledaños de los que han sido encausados por haber montado una organización criminal dentro del ministerio del Interior tan entusiasmados por reclamar nuestra atención con grandes aspavientos para los quehaceres de José Luis Rodríguez Zapatero, Leire Díez, David Sánchez o Begoña Gómez. Solo esa sincronía ya debería obligar al respetable a enarcar una ceja.</p><p>Sabemos que los lugares comunes y la costumbre son como surcos en el suelo que hacen que toda lluvia venidera se conduzca a su través, y<strong> los periodistas somos especialmente vulnerables a esos hábitos</strong>. Uno de los tópicos más obvios, exitosos y reafirmados cada semana es el futbolerismo Madrid-Barça con el que interpretamos la política de esta democracia de partidos, una pasión por los colores que acaba conduciendo todo evento a la acequia de <strong>la pugna PSOE-PP</strong>. En el caso — los casos— que nos ocupa, esta inclinación es muy poco útil porque resta trascendencia a lo que de verdad está pasando, que es gravísimo, que viene ocurriendo desde hace tiempo y que hoy pone en riesgo la viabilidad democrática del país. Que no es una bacteria socialista de las instituciones ni un cáncer popular en las fuerzas del orden. Esos serían los diagnósticos del especialista en infectocontagiosas y el oncólogo, respectivamente<strong>. House sabría lo que pasa. Y sí, como siempre, es lupus, es enfermedad autoinmune en la que el cuerpo quiere matar al cuerpo</strong>.</p><p>Porque las instituciones —las fuerzas y cuerpos de seguridad, la fiscalía, la judicatura…— no están para preservar la viabilidad del Estado sino para defender la democracia y sus reglas. Un frívolo diría que es lo mismo, pero Estado hemos tenido durante más medio milenio —con todo su boato, sus papeles y sus archiperres— y resulta que la democracia hizo pie por aquí cuando el arribafirmante estaba a punto de entrar en la pubertad.</p><p>Esa tensión de prevalencia del Estado sobre la ley democrática se transparentó ya en todo lo que ocurrió alrededor del 1 de octubre de 2017 en Catalunya. El catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Pompeu Fabra Enric Fossas Espadaler dijo entonces que “<strong>al derecho constitucional no se le puede pedir que solucione un gran problema político para el cual no está hecho </strong>(…) El derecho ha mostrado sus limitaciones para hacer frente a un desafío lanzado desde los poderes públicos al ordenamiento constitucional”. Instituciones del Estado contra el Estado, eso fue el procés. Tanta razón tenía el catedrático que la persecución del independentismo sacó al Tribunal Supremo de los raíles del derecho constitucional, en un proceso de descarrilamiento muy imaginativo —aunque no muy brillante— en el que hubo que tricotar ganchillo jurídico para encajar los comportamientos de la Generalitat en algún tipo penal. Sin un éxito claro.</p><p>Podríamos seguir relatando momentazos de la creatividad de las instituciones para soliviantar el derecho democrático —para los anales quedará aquel canutazo del entonces presidente de la Sala Segunda, Carlos Lesmes, en la soleada plaza de la Villa de París, explicando a los medios por qué el dictamen de la justicia europea que anulaba las cláusulas suelo y obligaba a devolver lo estafado no tendría una aplicación efectiva en nuestro país de desdentados—, pero <strong>el caso es que la punta de ese iceberg, que ya había aflorado años ha cuando Interior dio cobijo a un grupito de policías cejijuntos y bastante fascistillas</strong>, encabezados por Amedo y Domínguez, para que acabaran con ETA por la vía del “<em>mecagoenmimanto</em>”, es inequívocamente la <em>Kitchen</em>, ese llenapistas, que diría el maestro Guillem Martínez, consistente en disfrazar a un propio de cura y secuestrar a la mujer del contable de Al Capone antes de que entregue sus libros a Elliot Ness. (Quizá haya mezclado dos películas aquí, pero es que escribo esta pieza los viernes, con la urgencia rumbera que ello implica).</p><p>No,<strong> no asistimos a la pugna del PP para desbancar al PSOE</strong>, y si en el puente de mando del PP creen que eso es lo que ocurre, necesitan analistas mejores. O analistas, a secas. Lo que están presenciando ustedes es una guerra devastadora y sangrienta dentro del Estado. <strong>Es el Estado contra el Estado</strong>. Repasen: el Consejo General del Poder Judicial exigiendo al letrado mayor del Congreso conocer un proyecto de ley que estaba colgado en la web, el Supremo amenazando a la presidencia del Congreso por carta para que ejecutara la sentencia contra Alberto Rodríguez —esos son los escritos cuya lectura, una exquisitez, debería recomendar el expresidente de la Sala Segunda, <strong>Manuel Marchena</strong>, a sus atentos alumnos en las conferencias—, la UCO del teniente coronel Balas registrando la dirección general de su propio instituto armado, policías grabando a policías, los controles de seguridad del ministerio del Interior dejando pasar por esos arcos, que filtran hasta un cortaúñas, sobres con balas a los despachos de ministros o de la dirección de la Guardia Civil, el Supremo y la fiscalía de Madrid llevándose por delante al fiscal general del Estado… Está por todas partes: es una guerra del Estado contra el Estado. Y siendo más concretos, del Estado Centenario contra el Estado Democrático.</p><p><strong>El ejército, los fiscales, la policía, los jueces… componen el sistema inmune del cuerpo democrático para defenderlo de patógenos que supongan un riesgo para é</strong>l. Grupos terroristas, crimen organizado, corrupción empresarial, agentes financieros extranjeros… Pero, a veces, el sistema inmune se revuelve contra el propio cuerpo. Saben bien los especialistas en trasplantes, que el sistema inmune puede considerar ajeno al órgano trasplantado y atacarlo con furia. Y si no se lo mete en vereda con medicación antirrechazo, matará al paciente.</p><p>La democracia fue un trasplante en este centenario Estado y durante un par de décadas la política se preocupó de administrar buenas dosis de fármacos antirrechazo que debilitaran la acción del sistema inmunológico. Pero<strong> han pasado muchos años y hoy los leucocitos están desatados devorando hígado, pulmones y cerebro</strong>, mientras se hacen tatuajes con la cruz gamada.</p><p>Leire Díez es el dedo y Antonio Balas es la luna. Al doctor House no se le habría escapado.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[e8f7ec07-ec80-4922-8988-6fe4f0f91465]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 07 Jun 2026 17:26:38 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Siempre es lupus]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Política,Leire Díez,PSOE,Pedro Sánchez]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Une los puntos y colorea]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/une-puntos-colorea_129_2201006.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Une los puntos y colorea"></p><p><strong>Una crónica se parece a un auto judicial</strong>. Consiste en dar coherencia a los hechos en un hilo de sentido. Como en la instrucción judicial, hay que dar contexto y establecer un flujo de hechos, pues todo discurso es curso. Y hay que encontrar el hilván que pespuntea trapos, personajes y arcos narrativos. Por eso, <strong>todo auto judicial exige conocimientos en determinadas materias</strong>. Por supuesto, en Derecho. Quizá el lector piensa que esta primera precisión es una obviedad, pero el infortunio de la realidad quiere que tengamos que detenernos en lo más básico para avanzar sobre alguna base sólida. </p><p>Conviene detenerse aquí porque, <strong>toda vez están siendo los jueces los que nos inviten a vivir en una realidad alternativa que desacredite a la política</strong> –y a la realidad, como pudimos ver con las condenas a Alberto Rodríguez y Álvaro García Ortiz–, es aconsejable fijar algunos conceptos. Por ejemplo, como cualquier profesor de Derecho Penal o Procesal sabe, <strong>una denuncia no se admite a trámite por el mero hecho de que quien la presente tenga dedos oponibles y no use pañales</strong>. Ni siquiera es suficiente con revisar que no contenga errores formales. No. En la admisión a trámite el juez de turno debe dictaminar si los hechos denunciados —averiguar si son ciertos no es cometido de ese momento procesal— son constitutivos de delito. Es decir, si hay un tipo penal que describe ese comportamiento denunciado. Si los hechos —sean ciertos o no— no encajan en algún tipo penal específico, la admisión a trámite es una arbitrariedad, una cagada o una prevaricación. Oh, sorpresa. Dicho de otro modo, Abogados Cristianos y Manos Limpias existen porque a veces nadie mira.</p><p>Pero no basta con tener conocimientos en Derecho, <strong>se requiere dominio del léxico</strong> —no es lo mismo “maliciar” que “inferir”—, <strong>de la sintaxis</strong> —estaría bien distinguir sujeto de objeto, porque si dices que los malotes quieren conseguir que Zapatero les haga de contacto, el expresidente es objeto de la acción y no sujeto—,<strong> de la ortografía</strong> —esas comas entre sujeto y verbo hacen llorar a los niños de África y cuando Dios las lee, estrangula un gatito— <strong>y de lógica elemental</strong>. El flujo de los acontecimientos, el caudal de lo real, tiene que ser consecuente: los hechos consecutivos pueden tener una relación de causalidad pero a lo mejor no, y <strong>conviene que el </strong><em><strong>Une los puntos y colorea </strong></em><strong>tenga todos los números bien ordenados, no sea que el dibujo resultante en lugar de ser una ceja circunfleja sea un tricornio</strong>, no sé si me explico.</p><p>Leyendo el auto que le va a amargar la existencia a <strong>José Luis Rodríguez Zapatero</strong>, el arriba firmante creyó que se había comido un folio cuando, tras leer decenas de entrecomillados de la alegre pandilla de bandoleros que al parecer andaban intentando afanar el crédito extraordinario del Estado a la compañía Plus Ultra, en un punto y aparte arranca asegurando que <strong>la “cadena de correos” dictamina que el expresidente organizó y lideró un grupo criminal</strong>. Semejante chimpún llevó al cronista a releer todo lo anterior dos veces convencido de que se había saltado un folio o dos, o bien que el togado redactor se había comido algún párrafo. Pero no, era todo. Así las cosas, de momento no se describe ningún hecho específico del expresidente que se ajuste a un tipo ilícito. El derecho Penal es muy cuco y exige probar que alguien concreto ha hecho algo específico —se puede decir “solo o en compañía de otros”, pero no se debería decir <strong>“lo hizo él o a lo mejor lo hizo otro”</strong> en una sentencia condenatoria, como escribió la Sala Segunda del Supremo en su fallo contra Álvaro García Ortiz—. En clases de cine te previenen contra los saltos de eje y en las escuelas de escritura, contra los giros de guion gratuitos y los <em>deus ex machina</em> que sacan al escritor del atolladero en el que él solo se metió merced a una arbitrariedad. Y también te avisan de los riesgos de rellenar carencias con voz en off o con un personaje que resume explícitamente la trama cuando no sabes cómo contar algo. ¿Oíste, Christopher Nolan?</p><p>Una cadena lógica y consecuente es coser el <em>caso Kitchen</em> y el apoteósico juicio oral al que estamos asistiendo a los acontecimientos que lo envuelven. Los cronistas de este oficio impostor estas cosas las llevamos en el ADN y nos salen solas con relativa fluidez. Por ejemplo, por la <em>Operación Catalunya</em> y el secuestro-sainete en casa de<strong> Luis Bárcenas</strong> sabemos bien que en el ministerio del Interior y en los servicios de información de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado hay gente que ha estado delinquiendo cual si fueran una Stasi garbancera. Y, si nos remontamos dos pares de décadas, sabemos que no es la primera vez.</p><p>Del alcance de ese carcinoma institucional solo sabemos hasta dónde llega por las operaciones en que metieron la pata, como las citadas o la persecución uniformada y togada a Unidas Podemos. El periodismo, cuando se practica con cierto rigor y no se amilana por la apabullante <em>doctrina del shock</em>, maneja en secuencias lógicas de onda larga el mar de fondo que dibuja el cuadro de los bastidores de lo que pasa en el país, pese al ruido ensordecedor de los registros e imputaciones que accionan las alarmas de la última hora y que pueden llevar a olvidar lo que dijo el inspector jefe del Cuerpo Nacional de Policía Manuel Morocho en sede judicial: que de él hacia arriba y hacia los lados, <strong>todo el mundo intentó por lo civil y por lo penal que soltara la presa y mirase para otra parte</strong>.</p><p>Así que, uniendo puntos según el orden natural de los numeritos, sabemos que las sucesivas persecuciones, espionajes y denuncias falsas contra Podemos, la <em>Operación Catalunya</em> y el sainete Bárcenas, como diría el juez Calama, “permiten afirmar la <strong>existencia de una estructura organizada y estable</strong>” en el ministerio del Interior y con eventuales ramificaciones en las alturas funcionariales de la carrera judicial y fiscal. Las dimensiones reales del problema —hasta dónde llega la madriguera de conejo— las desconocemos por la lógica obvia de que solo salen a la luz las actividades de los delincuentes cuando sus operaciones fracasan. Por eso, pese a que el moralismo catequista que habita en nosotros siempre nos tienta a indagar hacia arriba —si María Dolores de Cospedal, Mariano Rajoy u otros gerifaltes del PP estaban en el ajo—, lo que de verdad debe inquietar a la ciudadanía de una democracia liberal es hasta dónde había penetrado este hongo córdiceps hacia abajo. Es decir, <strong>cuál es la dimensión y afectación real de la tumoración</strong>. </p><p>De lo que se barrunta y se comenta del <em>caso Leire Díez</em>, podemos sospechar que en el PSOE o en sus alrededores estaban convencidos de que <strong>había metástasis y que esta alcanzaba a órganos vitales de la judicatura y la fiscalía</strong>, y —según malicia el juez Santiago Pedraz— se puso en marcha una operación ilícita y defectuosa de expurgo de funcionarios pochos a partir de material comprometedor que afectaría a destacados integrantes de esos cuerpos.</p><p>Que la semana en que los pesos pesados de la <em>Kitchen</em> pasan por la Audiencia Nacional a explicar, si es caso, “hasta dónde llega la madriguera de conejo” y el levantamiento del secreto del sumario del <em>caso Plus Ultra</em> nos dejó poco más o menos como estábamos, siguiendo el relato con apneas del auto del juez Calama, que esa misma semana, decía, se filtren unas fotos de unas joyas sin haberlas peritado, <strong>el </strong><em><strong>Pepe Gotera</strong></em><strong> de la instrucción judicial </strong>amenace con esposar a la esposa del presidente y la Unidad Central Operativa llame a las puertas del partido del gobierno y de la dirección general de la Guardia Civil —considerando que al frente del operativo está un teniente coronel al que se supone que amenazaba Díez (“sola o en compañía de otros”) con su <em>kompromat</em>—, bonito no hace. </p><p>Y para pintar este paisaje, a diferencia de la literatura jurídica de estos tiempos, no hace falta ir a preguntar a la embajada estadounidense o la Nave del Misterio si Henry Kissinger sigue vivo ni si el chupacabras se está comiendo el ganado. </p><p>El periodismo, como ven, no es Francisco de Goya. Solo une los puntos y colorea.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[d6f5b45e-f0dd-4657-85a8-709dc92b91b2]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 May 2026 17:25:49 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Une los puntos y colorea]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Justicia,Periodismo,Política,Opinión]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Yo no soy “usted”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/no_129_2197518.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Yo no soy “usted”"></p><p>Don Fernando, don José, don Paco y don Manuel. Los dones del pueblo en el que uno se raspó las rodillas con la grava eran médico, cura, profesor o boticario porque los demás teníamos apócope o alias. Esa es la España desdentada de la que venimos, un país que aprendió servilismo temiendo a los dementores que paseaban en pareja y con tricornio y capa por los caminos carreteros de todo el país y cuyos arbitrarios podían cambiar vidas y —de esto iba todo— haciendas. Fuimos un país reverente a palos y algunos de esos viejos avíos de menesterosos obedientes afloran de nuevo al tratar a los oligarcas que quieren matar animales y a los que los guardeses —siempre hay un tío Tom entre los plebeyos esperando una palmadita en la cabeza— quieren pagar una alfombra roja de asfalto para que posen sus avioncitos y no tengan que mezclarse por el populacho en las autovías. Otros atavismos no vuelven porque nunca se fueron y el que atañe a este oficio indigente se explicita en su <strong>diferente trato con los poderes</strong>. </p><p>Sabemos que, convencionalmente, <strong>la democracia liberal se compone de tres poderes, un ejecutivo que gobierna, un legislativo que fija leyes y un judicial que las aplica</strong>. De los tres, atendiendo al diseño constitucional español, <strong>el segundo es el único que es encarnación directa de la única soberanía reconocida</strong>, la de los lugareños, y por tanto el dotado de las mayores dignidades. Con los tres poderes se las tiene cada día el cuarto, el nuestro, potente y desregulado, como ha de ser la<strong> acción civil en las sociedades liberales</strong>, pues estas se basan en el <strong>principio de la libertad por defecto</strong>. Ese dogma se expresa en el aforismo que señala que “todo aquello que no está expresamente prohibido está permitido”. </p><p>Y sin embargo, los oficiantes no nos dirigimos en los mismos términos a los distintos poderes. Tuteamos a los integrantes de la cúspide de la soberanía, los diputados y senadores, y bajamos la cerviz y tratamos con gasa y reverencia a la casta togada. El “respeto” al poder judicial es expresión institucional que obliga a los otros dos poderes, pero no está claro por qué demonios el cuarto hace suya la salmodia reverente desde una posición garbancera de tiralevitas.</p><p>“Yo no soy <em>usted</em>”. Un juez de la Audiencia Provincial de Oviedo reprendía así a un abogado que protestaba por las continuas interrupciones de la presidencia de la sala a su interrogatorio. “Perdón, <em>su señoría</em>”, se corrigió el letrado bajando la cabeza. El joven cronista que uno fue levantó la suya y escrutó los tres segundos de silencio que siguieron, en los que casi pudo oírse al defensor tragar saliva. Algunos plumillas nos miramos con la picardía con la que se cruzan muecas los niños cuando alguien menciona el pompis en el aula de primaria y la <em>seño</em> se enfada. En la comprensión aún juvenil del sistema democrático, que uno consideraba ya indiscutible en los 90, los goznes de aquel ceremonial timorato chirriaban con quejido extremo. </p><p>El protocolo señala que los diputados y senadores son también “señorías”, y así se dirige a ellos la presidencia de cada cámara, pero dudo que hayan oído a ustedes decir a un parlamentario “yo no soy <em>usted</em>” ante la pregunta de un periodista. Pero quede claro que, <strong>atendiendo al protocolo democrático, tan o más </strong><em><strong>señoría</strong></em><strong> es Oskar Matute que Manuel Marchena</strong>. El diablo, ya lo ven, está en los detalles. </p><p>En el desempeño cotidiano, los periodistas tratamos al ejecutivo y al legislativo con familiaridad correspondida y con inmisericordes epítetos cuando los creemos merecidos. En cambio, en las salas y pasillos del tercer poder, lo convenido es comportarse como pudibundos seminaristas en el palacio episcopal. <strong>Nunca una señoría se ha dejado tutear y los plebeyos periodistas jamás se han atrevido a darle al magistrado el trato que le dan al parlamentario o al ministro</strong>. Ni en vivo ni en tinta. Hay distancia y reverencia, que el cuerpo de jueces, con sus vetustas sotanas volanderas y sus cursis puños de encaje, cultivan con soberbia calculada y no poco gozo endógamo.</p><p>Hay un motivo histórico detrás de esta bochornosa anomalía. Jueces ha habido siempre. España es un Estado complejo desde hace muchos siglos, con cuerpos administrativos y altos funcionarios, pero es una democracia desde anteayer. Diputados electos no ha habido tantas veces y apenas unos pocos ministros de los cientos que ha tenido el país han estado <strong>legitimados por el apoyo popular</strong>. Para mayor desgracia, el liberalismo político no ha tenido por estos lares capitanes ni tripulación desde aquella desgraciada captura en la playa de Málaga, habiendo presidido el debate del país la disputa entre las dos ramas del cristianismo, la pía de los reaccionarios y la igualitaria de los marxistas. A esa tradición estatalista, de castas oligárquicas y predemocráticas, obedece ese lenguaje retorcido que hoy trata de “politizado” todo lo que proceda de la expresión de la soberanía y en cambio <strong>exige “respeto” a todo cuerpo cuya raigambre histórica sea predemocrática y dinástica</strong> o tan sangrienta como la honda huella dejada por los tricornios en los pueblos de todo el país. </p><p>El ordenancismo latente en ese beato “respeto” a las fuerzas y cuerpos de seguridad o a las togas y sus mazas puede ser una expresión de modales, pero se trata, sin duda, de modales predemocráticos, un acatamiento de los humildes de su condición, pues el liberalismo democrático solo puede ser irreverente —en el sentido literal del término—, y repelente al fórceps del “orden”, antítesis del “ascensor social”. Porque uno se basa en la perpetuación apolillada de los talcos y el otro en la permeabilidad y el dinamismo de las sociedades modernas. El invocado “orden” con el que tanta gente de bien se llena la boca no es “ausencia de delito” —bien lo saben los lomos amoratados de esta atribulada península, cuyas calles y senderos jamás han sido más seguros y tranquilos que hoy— sino <strong>un exhorto de obediencia y devoción</strong>.</p><p>Viene esto a cuento del menudeo, en esta semana tremenda para la socialdemocracia española —que se ha atrevido a desafiar al unísono a la internacional reaccionaria y a la internacional sionista—, del apotegma <strong>“hay que respetar a la Justicia”</strong>. Hay un profundo amaneramiento mendicante en esta expresión que ustedes jamás habrán leído aplicada a cualesquiera de los otros dos poderes del Estado. Como los encomios que se hacen de “la profesionalidad de las fuerzas del orden” —que son profesionales tras siglos metiendo en vereda a los humildes es tan obvio como que en los últimos 15 años han sido ocupadas por sindicatos de raigambre fascista—, se expresa en esa pacatería el temor a que se vayan a enfadar y se cansen de la democracia, ya que preexisten a ella y <strong>aspiran en secreto a domesticarla o sobrevivirla</strong>, como alguna vez hemos dicho por aquí. </p><p>Es sintomático del estado de la cuestión que el periodismo de tribunales, ese al que no le está permitido tutear a <em>sus señorías</em>, ha dedicado la semana a subrayar que el juez Calama, que ha imputado al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero por lobista —se supone que a los multimillonarios Felipe González y José María Aznar, que llegaron a la política con una mano delante y otra detrás, no les llegará la camisa al cuerpo pensando en la jurisprudencia que pueda sentar el caso—, es “diferente”. Un juez “diferente”. Es decir, lo que nos han dicho los corresponsales en la plaza de la Villa de París —sin querer pronunciarlo en voz alta— es que el juez que va a instruir la causa contra el único expresidente cuyos ministros no acabaron perseguidos por corrupción no es como el juez Peinado, el juez Hurtado, el juez Escalonilla, el juez Marchena o el juez García-Castellón. Como ven, se puede decir muchísimo con muy poco.</p><p>Nuestro <strong>Jaime Miquel</strong> —lúcido frecuentador de estas páginas— bautizó, en su fundacional <em>La perestroika de Felipe VI </em>(2015, RBA Libros), este estado de cosas como <strong>“posfranquismo”</strong>, etapa intermedia en la que estábamos sumidos mientras tratábamos de convertirnos en una democracia plena. Miquel, militante de “el mandato de los paisanos”, detestaba “la España de los castillos”, la del “porque lo digo yo”, la del “usted no sabe con quién está hablando”, la del “se acabó la broma”, que es la que metió en la cárcel a los <em>procesistas</em> y saboteó el surgimiento de nuevas formaciones de izquierdas. Jaime Miquel no llegó a ver cómo la sala segunda del Supremo rompía el precinto de la desfachatez con la condena al fiscal general del Estado, aunque sí vivió con idéntica incredulidad que el arriba firmante el momento en que esa misma sala segunda hostigaba a la presidenta del Congreso de los Diputados para que retirase el acta al diputado canario Alberto Rodríguez, violentando la voluntad democrática de decenas de miles de ciudadanos del archipiélago. Decía <strong>Quique San Francisco</strong>, en la obra <em>La vida según San Francisco</em>, que<strong> “la guardia civil te puede parar por muchas cosas; por ejemplo, porque sí”</strong>, que es exactamente el motivo de la condena del parlamentario insular.</p><p>No, no existe ningún motivo para que se presuponga “el respeto a la Justicia” como no lo existía para tratar de “don” al boticario, que no es más que un dependiente de comercio especializado; un ferretero con estudios. Existe la obligación de acatar las sentencias —en tanto se recurren, si es el caso—, como uno ha de detener el coche cuando la Guardia Civil le da el alto, pero ninguna otra gabela nos alcanza. El respeto no es una condición a priori sino una gracia que se amerita. Y <strong>es potestad del pueblo soberano concederlo o no</strong>. </p><p><strong>El periodismo</strong>, seguramente el único oficio que vive bajo la obligación de la irreverencia y el escrutinio, <strong>no es un oficio de correveidiles consagrado a trasladar al respetable el contenido de una sentencia</strong> o un auto ni tiene por qué dispensar trato de “señorías” a ningún cuerpo de funcionarios sino que está obligado a leer con atención lo que produzcan las salas y pasarlo por el cedazo de los hechos ciertos y acreditados por sus mañas. Nosotros, pese al empeño genuflexo de algunos, no estamos para decir “don Manuel”, pues no somos el chófer del patrón que, ante la infamia y la sangre —bien lo sabemos en Asturias—, “con su gorra de plato, se siente desplazado; es un hombre prudente, bien domado”.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[b1f010e6-f083-4913-a948-189eaed5b6a3]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 May 2026 17:25:02 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Yo no soy “usted”]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Justicia,Periodismo,Opinión]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuentos del aventurero y del detective]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/cuentos-aventurero-detective_129_2193756.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuentos del aventurero y del detective"></p><p>Qué mal nos contamos. No cabe otra conclusión de estas semanas de efemérides en las que hemos tenido que celebrar cincuentenarios y glosar vidas para el panteón de los ilustres. Quizá el periodismo cuente bastante bien el mundo —y uno está convencido de que es así, de que lo hacemos razonablemente bien y mucho mejor que antes— pero <strong>este oficio se está contando bastante mal a sí mismo</strong>. Se insiste aquí una vez y otra en que el periodismo solo es procedimiento y se pasma cuando una de las redacciones que mejores periodistas ha alumbrado en España, la de <em>El País</em>, celebra sus bodas de oro sin mención alguna al periodismo como procedimiento, en beneficio de una glorificación de las firmas de opinión, que no son más que la fruta escarchada que desfila por las almenas para adornar el pastel. </p><p>La opinión es el menos periodístico de los géneros, por eso rara vez la ejercen los periodistas, a no ser como canonjía que engalana una carrera fecunda y exitosa y prepara la jubilación. Lo común es invitar a las secciones de tribuna y opinión a saberes expertos de distintos ámbitos, catedráticos de lo suyo, o plumas distinguidas de la literatura, cabezas que son referentes intelectuales a las que se les da toda la libertad y ningún método para la reflexión o el desahogo. Y no ha sido raro que envíen o dicten sus textos —muchos periodistas han tenido entre sus tareas la engorrosa labor de recoger dictados telefónicos y darles forma para que una firma famosa por actividades no escritas (la tele o la radio) saliese a la luz con subordinadas de relativo que respetaran la concordancia— y no pongan jamás un pie en la redacción. Es cierto que el articulismo produce autoría visible, porque tiene firma, estilo, frase memorable y temperamento, pero eso desplaza una evidencia incómoda: <strong>la mayor parte del periodismo importante nunca la hicieron escritores famosos sino redactores sin gloria ni panteón</strong>. </p><p>El fallecimiento de <a href="https://www.infolibre.es/medios/muere-periodista-sol-gallego-diaz-75-anos_1_2188698.html"  >la periodista Soledad Gallego-Díaz</a> ha sido la ocasión para que en las crónicas apareciese siquiera una mención a esa galera de esforzados remeros que es una redacción, hacendoso hormiguero que fabrica periódicos, antaño bullicioso y hoy mudo como una biblioteca, un monasterio o un funeral, donde aporrean teclas una legión de periodistas —a menudo, para enlucir textos ajenos de quienes tienen más prestigio que sintaxis y ortografía— y por la que rara vez aparece el gran opinador. <strong>La exdirectora de </strong><em><strong>El País</strong></em><strong> siempre hacía mención en sus discursos a esa factoría de los muchos cuando tenía que explicar dónde residían los haberes de este oficio</strong>. Que sea una mujer la que arroje esta mirada colectiva y respetuosa hacia el colectivo de los nadie no es casualidad. Porque si prestan atención a cómo nos contamos —mal—, acabarán ustedes pensando que el único periodismo posible es individual, es viril, es épico y está basado en dos arquetipos románticos (y por tanto, reaccionarios) de masculinidad controvertida: el del aventurero y el detective. </p><p>La caricatura de Ernest Hemingway patrocina una mirada sobre este oficio masculina, individualista y colonial, la del reportero de guerra, emisario de la metrópoli, que frecuenta trincheras y bares de hoteles de lujo —les aseguro que, al caso que nos ocupa, muchísimo más los segundos que las primeras— en países cálidos y convulsos, o, en general, el corresponsal en el extranjero, un oficio que, hasta que la llegada de internet delató el truco, consistía en resumir para el país de uno lo que los periodistas de la plaza contaban en sus medios en otra lengua. <strong>La mayoría de los corresponsales han sido, durante décadas, sagaces traductores y elaboradores de vistosos resúmenes de prensa</strong>. No es un reproche, siempre ha sido exactamente eso lo que se esperaba de ellos. La llegada de internet y el descubrimiento de algunos plagios de artículos en lengua indígena obligó a ponerse las pilas a los más holgazanes para trabajar con más pulcritud, pero no para trabajar mucho más, pues la actividad principal que se les ha requerido desde sus empresas siempre ha estado a medio camino entre la del flanneur y el bon vivant a gastos pagados. </p><p>Que uno de los libros sobre periodismo más populares, elogiados y vendidos en este país en los últimos años sea el de un corresponsal regresado rayando la cincuentena para dirigir un medio en Madrid y que cuente cómo, a esas alturas, descubrió los juegos de poder de las grandes cabeceras y los grandes capitales, para acabar narrando su encuentro con la realidad de la redacción que gobernaba con la pluma de la condescendencia —y el desdén— de un primer contacto con una ignota tribu indígena es una tragedia muy elocuente de hasta qué punto el arquetipo colonial de las novelas de Henry Graham Greene ha impregnado el oficio. Por cierto, aunque nunca fueron amigos, Greene fue compañero de estudios de otro gigante de la literatura británica, Evelyn Waugh, autor de la más inmisericorde y divertida de las novelas sobre el desempeño del corresponsal de guerra, ¡<em>Noticia bomba!,</em> Waugh diría luego de su melancólico compañero: “A Graham Greene le parecíamos fatuos y pueriles. Nunca participó en nuestras juergas universitarias”, según narra Michael Shelden en la entrada correspondiente a Greene del Oxford Dictionary of National Biography. Greene, que había sufrido un duro acoso en el internado durante la adolescencia y había intentado suicidarse en varias ocasiones, se sumió de adulto en la melancolía y en una cierta misantropía que lo acompañarían hasta el fin de sus días. Su biografía, como la de Hemingway, habla de esa condición individualista del destierro del corresponsal que ha acabado por romantizarse y volverse aspiracional para algunos oficiantes, pero que corresponde, de forma estricta, al encuentro del civilizado occidental con las violentas tierras de ultramar. Piensen en ello la próxima vez que lean sobre la relación de Hemingway con España, con los sanfemines, con el toreo o con la Guerra Civil. Porque, si lo analizamos con detalle, es un arquetipo este impensable sin la realidad del arco colonial de los siglos XIX y XX, y que ha dado más literatura que periodismo. </p><p>Entre paréntesis, me permitirán que malicie que quizá el capital financiero hoy propietario de casi todas las grandes cabeceras elija a los corresponsales veteranos para ponerlos al frente de las redacciones —costumbre que se está extendiendo— <strong>para evitar cualquier atisbo de solidaridad con los compañeros de una redacción de la que nunca formaron parte</strong> y en la que, en el fondo, nunca quisieron estar. </p><p>Por otro lado, el éxito de Woodward y Bernstein en<em> The Washington Post</em>, a los que se atribuye <strong>cobrarse la pieza de Richard Nixon</strong> —en realidad, dimitió porque se puso en marcha el <em>impeachment</em> contra él, años después de la exclusiva del escándalo <em>Watergate</em>—, acabó por afianzar el otro mito periodístico, el del periodista de investigación convertido en una suerte de Sam Spade, el atormentado detective privado de Dashiel Hammet, o el no menos taciturno Phillip Marlowe, de Raymond Chandler, a los que prestó rostro y gabardina Humphrey Bogart. Pero si saltamos por encima de la idealización del malditismo del investigador que duerme en el sofá del despacho y tiene una camisa de recambio en un cajón, las horas de lectura de expedientes, boletines, autos judiciales e informes técnicos son la verdadera y rutinaria pesquisa diaria del periodista que se respeta. Lo demás son dossiers que los servicios de seguridad colocan a <strong>periodistas afines con intenciones políticas patentes</strong>. Y la “exclusiva” es una etiqueta comercial heredera de la proclama callejera de los niños vendedores de diarios, peo no es una virtud periodística en sí misma pues el compromiso de un periódico con sus lectores es contar el mismo mundo que los demás pero mejor y una información es igual de buena y relevante para el lector al margen de cuántos medios den cuenta de ella. </p><p>En fin, el moralista de columna, el corresponsal extranjero y el investigador pendenciero son, en el mejor de los casos y exagerando su importancia, las hojas del rábano periodístico, pero han conquistado el imaginario colectivo por culpa nuestra, por la ausencia de un relato alternativo. Gente que llama por teléfono, comprueba datos, ordena agendas, habla con fuentes, edita piezas ajenas, titula, encaja páginas, rellena blancos por la escasez de texto o cercena perífrasis por la facundia de un corresponsal, y que regresa al día siguiente a hacer exactamente lo mismo es la sustancia de una redacción, el motor de la bestia informativa pero ha sido <strong>periclitada por un romanticismo bobalicón, masculino y colonial</strong>. La paradoja es fascinante porque el periodismo, que es probablemente el oficio moderno más colectivo y que más exige del compañerismo en su funcionamiento real —el maestro Mariano Guindal suele decir que “la mejor fuente de un periodista es otro periodista”— se cuenta a sí mismo mediante héroes individuales e irrepetibles, mediante elogios al talento y la osadía y nunca al trabajo silente e ingrato —lo ilustra, por ejemplo, Carlota Guindal, hija de Mariano, cuyas pestañas descansan hoy en las decenas de miles de folios de autos judiciales e informes de investigación a los que ha dedicado jornadas que se extienden hasta la madrugada; y como ella, cientos de compañeras en cada Audiencia Provincial o ayuntamiento de provincias— que conforman las decenas de páginas que produce todo rotativo a diario. </p><p>Es triste que, en el cincuentenario del diario más importante de la capital, no haya habido apenas mención al bizcocho del oficio y hayan abundado elogios y hagiografías a la fruta escarchada, a los intelectuales, poetas, profesores y novelistas —casi todos muy mayores y muy enfadados— a los que se ha prestado un púlpito para sus labores y humores, a los diletantes en ciudades lejanas y a los compañeros de francachela y combinados de policías y ladrones. </p><p>La paradoja es que hace unos años, esta romantización tan contraproducente se daba en un <strong>oficio marcadamente masculino,</strong> pero hoy el periodismo es, en términos sociológicos, un oficio ejercido por muchas más mujeres que hombres. De esa elegía a los atributos de la virilidad romantizada, la audacia individual y la supuesta insobornabilidad —a los periodistas nadie nos intenta sobornar (¡ojalá!) porque el capital hace mucho que sabe que es mucho más sencillo ser propietario de la cabecera— nace, por supuesto, la idea de que un escuadrista fascista que ejerce la violencia contra sus compañeros y contra los objetos de la información es “un periodista”. Es decir, aguas arriba de <strong>Vito Quiles y sus delitos presuntos y ufanos</strong> está esa hombría tremebunda de los aprendices de Ernest Hemingway. Un tipo, por cierto, que se voló la tapa de los sesos.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[74522e0e-cd9d-4b0d-a1e6-4a74dab6b23d]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 May 2026 18:14:21 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Cuentos del aventurero y del detective]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Periodismo,Opinión,Periodistas,Medios comunicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Totoro y la lucha de clases]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/totoro-lucha-clases_129_2190289.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Totoro y la lucha de clases"></p><p>El coloso de la crítica de cine —y guionista ocasional— Ángel Fernández Santos escribía en 1999, con ocasión del estreno de <em>Star Wars Episodio I: La amenaza fantasma</em>, de George Lucas, que “hubo quien, protegido por la distancia crítica, dijo de los filmes de <em>La guerra de las galaxias</em> hechos que eran cine menor. Y hubo quien replicó con esta pregunta de navaja recién afilada: “¿Qué es, en ese caso, cine mayor?”. Arrancaba así un texto titulado <em>El cine como gozo</em> en el que, en contra del ambiente general de ceños fruncidos, bendecía la pieza de resurrección de la saga galáctica sancionándola como una “obra maestra del <strong>humor expansivo y contagioso</strong>, una de las pocas que en el cine reciente logran el milagro de aquellas que bordaron y fijaron (y la fijación permanece, por ejemplo, en <em>King Kong</em> o <em>El mago de Oz</em>) una edad y un estilo de vida en el bastidor de un estado de conciencia”. Y concluía diciendo que la película “quedará porque reinventa el cine considerado como riada; porque se sale mejor persona de bañarse en él; y porque lo devoran al unísono, mirándose con fruición, un niño y un viejo”.</p><p>Al asunto que aquí nos interesa, en la semana en que los <a href="https://www.infolibre.es/cultura/estudio-cine-japones-ghibli-premio-princesa-comunicacion-humanidades_1_2188824.html"  >Princesa de Asturias han honrado a Studio Ghibli</a>, es cómo el añorado catedrático del análisis cinematográfico, que ofició tantos años en <em>El País</em> para solaz y enriquecimiento de sus lectores, abordaba la condición popular de la aventura fantástica. Escribía nuestro capitán: “Cada paisaje, cada artefacto, cada lance, cada ruptura de las leyes de la naturaleza, cada batalla y cada paso dentro de lo imposible componen un agolpamiento desmelenado de inefables, geniales contrasentidos que se suceden sin tregua ni respiro, pero que no pesan porque son agua para sedientos. <strong>Es un relato itinerante trazado con tiralíneas sobre la cartografía del western, del cine de pura aventura</strong>”. Hay, en cada palabra entusiasmada de quien ha sido seducido por la libérrima imaginación del cineasta de Modesto y su innegociable inclinación a la desmesura, una toma de posición radical, un pronunciamiento político sobre la cultura de masas que lee correctamente a la Escuela de Frankfurt, como lo hicieron otros dos gigantes: Andy Warhol y Umberto Eco. </p><p>Sobre la profusión de efectos especiales, Fernández Santos decía: “Al revés de lo que ocurre ahora, en que todo se supedita al efecto especial y a su circense y facilón más difícil todavía, en <em>La amenaza fantasma</em>, George Lucas <strong>vuelve a poner la caspa informática patas arriba y las jerarquías en orden</strong>. El efecto vuelve a ser consecuencia, no causa; herramienta, no fin”.</p><p>Al margen del juicio que a cada cual le merezca el filme en cuestión, existen una muchedumbre de categorías críticas que el periodista de <em>El País</em> maneja aquí con una soltura y lucidez no tanto desaparecida —porque <strong>esta habilidad en la esgrima crítica era tan escasa entonces como lo es hoy</strong>— como insólita en un gremio que ha interiorizado que la crítica cultural no exige más requisito que aplicar el gusto y darle rienda suelta. De hecho, bajo la misma mancheta ejerce hoy un famoso campeón del desahogo opinativo sin sistematización de categoría crítica alguna y con la sinceridad impúdica como motor. </p><p>Detrás de todo el debate yace la tensión entre la cultura de masas y la llamada alta cultura, un distingo extraordinariamente reciente —apenas 250 años— que no refleja más que la creación de un mercado cultural segregado para gente con posibles ante la emancipación de las clases populares, la creación de un mercado gourmet del que creció con una biblioteca en casa. Este asunto compete a este oficio de impostores porque se ha visto obligado, durante décadas, a <strong>establecer ese distingo de clases, que separaba la sección de Cultura de la de Espectáculos</strong>, como si no fuesen exactamente la misma cosa. Es la dicotomía que distingue el arte de la artesanía, las artes plásticas de la decoración de interiores o los estudios de Bellas Artes de los que se imparten en las llamadas Escuelas de Artes y Oficios. Durante años, un concierto de Eric Clapton —le arrojasen o no un vinilo al pecho en los bises— iba en las páginas de Espectáculos, mientras que la enésima versión de El Lago de los Cisnes abría la sección de Cultura. Piénsenlo.  </p><p>Durante años el sector artístico vendió la mercancía averiada de que <strong>Warhol había convertido lo banal en sublime, lo cotidiano en trascendente</strong>; es decir, el pop en arte. La lata de sopas Campbell en Las Meninas. Pero basta con atender a lo que decía Warhol (una y otra vez sin contradicción y con un mensaje nada accidental y claramente consolidado), a sus divertidas evasivas ante la desmedida pasión de periodistas culturales, críticos, agentes y galeristas, para comprender que no, que lo que hizo fue justo lo contrario. Nunca trató de decir que su cuadro de la lata de sopa era arte, sino que la lata de sopa en sí misma era tan hermosa e importante como el arte. Y esa certeza descansa en el principio mismo de las artes plásticas, desde la Cueva de las Manos de la Patagonia (7.350 años antes de Cristo), a la que los estupendos de la academia dan condición de arte frente a la intuición correcta del común de lo los mortales: carajo, se trata de decoración de interiores. Efectivamente.</p><p><strong>Fernando Savater</strong> leyó correctamente el ensayo <em>The storytelling</em> de Walter Bajamin y ha escrito abundantemente sobre la condición hegemónica de las consideradas artesanías frente al llamado arte —en términos narrativos, la cultura libresca popular y aventurera frente a la gran literatura burguesa de señora aburrida consumida por el picor—, haciendo honor al colmillo de <strong>Umberto Eco</strong>, que siempre habló de la diferencia entre “cultura popular y cultura de ricos, que algunos llaman alta cultura”. Ese clasismo bobalicón y condenado al fracaso —porque la imperecedera siempre será la popular— ha ido desapareciendo de las secciones periodísticas, en las que progresivamente se han disipado esas fronteras clasistas entre Cultura y Espectáculo, pero no así las inercias académicas. A Studio Ghibli, una catedral de la creación cultural, seguramente la más importante de la cultura audiovisual japonesa, y a su capitán Hayao Miyazaki, no le han dado el premio Princesa de Asturias de las Artes, sino el de <strong>Comunicación y Humanidades</strong>, como una forma de reconocimiento mundano. Lo cierto y verdad es que solo <strong>Kurosaw</strong>a y <strong>Ozu</strong> rivalizan con Miyazaki en altura artística, pero alguien en la provincia de Asturias ha considerado que los dibujos animados no pueden merecer las honras de las Artes y que habría que empatar la factoría de Miyazaki con la categoría que laureó a la cadena global <em>CNN</em> o al buscador Google, otros agasajados con el premio de marras. Bueno, habrá que conformarse con este atavismo de clase, recordando que <strong>esta categoría la inauguró María Zambrano</strong> <strong>y la engalanó Umberto Eco</strong>, dos nombres que hacen sombra a casi todos los que recibieron el premio de las Artes o el de las Letras.</p><p>Pero a los efectos de nuestro oficio, llama la atención el entusiasmo en que una ocupación tan radicalmente lumpen como la nuestra ha comprado este clasismo y esta adhesión enloquecida al arte burgués. Se aprecia, aún hoy, en los listados de gloria de revistas pomposas como <em>Rock de Luxe</em> o <em>Cahiers du cinéma</em> —cuyas listas de lo mejor del año son incalificables—, y en la devoción del común a los premios de jurado frente a los democráticos, es decir, los que entregan los comités de elegidos de los festivales de las ciudades de veraneo decimonónico burgués (Cannes, San Sebastián, Venecia...) frente a los que vota democráticamente los oficiantes (las academias del cine hollywodiense, el español, el francés o el británico), pero resulta chocante por la condición menesterosa de quienes escriben. El periodismo es oficio de impostores, de menesterosos, ocupación democrática que <strong>lanza a los humildes a afilar la pluma asomados a la vida de los privilegiados</strong>. De ahí que no quepa traición mayor que convertirse en quijote de los archiperres de clase de una burguesía que, como bien explicó Fiztgerald, nunca te reconocerá como un igual y está dispuesta a tirotearte en una piscina. Lo contrario, lo que hacen las revistas estupendas poniéndose más estupendas, no es más que la complicidad del guardés de finca, dispuesto a defender durante todo el invierno las posesiones del señorito frente a las ambiciones de los suyos, los otros pueblerinos, para ganarse, llegado el verano, la palmadita en la coronilla de quien solo te tolera como un mal necesario. Emiliano García Page, con su pomposidad de advenedizo, ha dado una clase magistral esta semana de la condición guardesa anunciando un aeropuerto para los cazadores que bajen al coto en jet privado.</p><p>Quizá esa sea la tragedia de este oficio, creer que uno es alguien babeando ante la sonrisa del poderoso, que te deja pensar que eres de los suyos cuando no eres nadie y él lo sabe y se ocupará de que lo sepan todos. Porque volverá el invierno, y los tuyos, que lo seguirán siendo, te dispensarán, cuando los días sean cortos, el trato de apátrida que te has ganado a pulso acariciando el terciopelo de butacones hechos para culos más nobles, blandos y níveos.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[f644c387-afab-479c-b8cd-c743bc5be92f]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 May 2026 17:25:21 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Totoro y la lucha de clases]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Cine,Arte,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Contenidos, informaciones y periodismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/contenidos-informaciones-periodismo_129_2186801.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Contenidos, informaciones y periodismo"></p><p>Uno de los entretenimientos favoritos del periodismo —supongo que ya se han dado cuenta— es el <strong>ensimismamiento</strong>. Este viso desde el que lanzamos una mirada semanal obedece a esa tarea autoindulgente y autocompasiva de hablar solo de lo nuestro, si bien pensando que, un poco, es también lo suyo de ustedes. Nos pasamos la vida dirimiendo qué hacemos, qué somos y cómo hacemos lo que hacemos y, tal como ya hemos denunciado desde aquí, echándonos la culpa de los males del mundo, que es una forma como otra cualquiera de darse importancia. El cincuentenario de <em>El País</em>, con ese significado singular de un diario nacido con la democracia liberal —que es el único marco en el que cabe el periodismo limpio—, ha alumbrado muchas reflexiones sobre este malhadado oficio de impostores no precisamente sofisticadas, por decirlo de forma elegante, si queremos que iluminen lo venidero con algo más que<strong> lugares comunes finiseculares</strong>. </p><p>Por una parte, el director ha hablado una y otra vez de su convencimiento de que existe una clara demanda de “verdad” en el mercado de la información, un pronunciamiento sobre el que solo cabe decir que ojalá fuera cierto y existiera tan <strong>inequívoca y mayoritaria demanda de hechos ciertos</strong>, pero el caso es que esa demanda es muy minoritaria. La demanda verdaderamente existente hoy es de “contenido”, un término mucho más amplio y heterodoxo que tiene un vínculo muy tenue con la información en general y con el periodismo en particular, y prácticamente ninguno con la “verdad”. La demanda de “verdad” —término asaz pomposo para las potencias reales de este oficio— existe pero es una parte ínfima del mercado. ¿Y qué es “contenido”? Todo. Contenido es un tutorial para meter el plumón nórdico en la funda y un vídeo autoproducido por un tonto a las tres acosando, con técnicas de escuadrista membrillo, a políticos, periodistas, funcionarios o a sus parejas e hijos en espacios de su vida íntima. Periodismo, en cambio, es informar de que la esposa del presidente del Gobierno ha sufrido una coacción violenta en sus actividades privadas por parte de un agente político disfrazado de periodista y financiado y jaleado por la oposición política. </p><p>Es importante considerar este caso porque ilustra cómo los contenidos no están ahí, no vienen dados, se generan, se producen de forma deliberada para su posterior distribución. A diferencia de la noticia, que nunca la produce quien la difunde, el contenido ha de ser generado como <strong>acto espontáneo pero en realidad dirigido </strong>y cuyo único sentido es su posterior difusión. Y eso explica el pintoresco desfile de testimonios del juicio oral del <em>caso Mascarillas</em>, cuya procedencia al asunto investigado —el presunto cobro de comisiones ilegales en la consecución de mascarillas para la Administración pública— ha sido remota, en el mejor de los casos. Pero se han generado en la sala tal cantidad de horas de televisión y miles de vídeos cortos para Tik-Tok para entretener al personal, merced a esa cabalgata de personajes que dieron cuenta de la disoluta vida privada del exministro José Luis Ábalos que, al cabo, tal parecía el propósito último de la sala segunda del Supremo con esta extravagante prueba testifical.</p><p>Una firma de relumbrón del periódico cincuentenario, por su parte, ha protestado por la abundancia de opinión en el periodismo del presente aduciendo su bajo coste respecto a la producción de periodismo en un sentido puro. La realidad del negocio ha sido y es —o debería ser— la contraria. De hecho, quien así se ha expresado es una firma de campanillas. Lo cierto es que la opinión es el mejor pagado de los<strong> cometidos periodísticos </strong>porque el convenio no escrito del género es que la opinión no la ejercen los periodistas, salvo los muy veteranos —los que tienen mucho más pasado que futuro—, porque es un territorio reservado a la <em>autoritas</em>. Mediante la opinión se asomaban a las páginas de un diario los juicios de alguien que por oficio o prestigio intelectual puede permitirse ofrecer su parecer autorizado sobre cuanto ocurre por la calidad de su pluma y su inteligencia y saber. Por eso, nunca un periodista ha cobrado por cada línea de texto producida la décima parte de lo que se paga a una firma de opinión. O así debería ser. La opinión, incluida su versión más impertinente, la crítica, solo la puede ejercer aquel que ocupa una posición elevada en la escala trófica de la escritura, por conocimientos, reputación o experiencia. Novelistas, catedráticos, políticos retirados, poetas o reporteros veteranos y reputados componían el animalario al que le estaba reservada la canonjía de opinar, que siempre se ha pagado —es casi ofensivo tener que aclararlo— muy por encima de lo que cualquier plumilla ingresaba por generar diez veces más cantidad de contenidos.</p><p>Quizá <strong>la pulsión detrás de ese quejido </strong>sea la más que justa reivindicación del retorno de esa jerarquía, de esa condición aristocrática de la firma de opinión. Es decir, que lo que hay detrás de esa intuición de la protesta del escritor bregado en medios seguramente sea una queja contra la democratización de la disciplina, banalizada al punto de que cualquier neófito se brega hoy en esas lides antaño reservadas a quien acreditaba un poso de la sabiduría acumulada o el dominio de un saber experto. De hecho, el que suscribe, sin más formación que la titulación común, jamás asomó la nariz al género hasta haberle dado la vuelta al jamón. El periodismo, en román paladino, es el género literario menos exigente dentro de las jerarquías de la letra escrita, y la opinión es la cúspide. Y así se ha pagado habitualmente.</p><p>Dicho de otro modo la opinión fue un lujo del periodismo en el que la firma aportaba el capital simbólico acumulado durante décadas, era el producto etiqueta negra de cada medio. Lo que denuncia la firma en cuestión, tras cuatro décadas de desempeño, es más bien que hoy se ha descapitalizado, se produce <strong>sin coste reputacional</strong> y se ha convertido en un contenido de flujo, no en una intervención intelectual. </p><p>Todo es contenido y ante la necesidad de provisión, se sirve materia prima sin procesar, a menudo en tiempo real pero sin jerarquía y se organizan los testimonios sin contraste. El espectador cree acceder a la verdad porque no hay intermediarios visibles y cada escena, sea un mentecato importunando a una mujer sin cargo o una testigo hablando de su gato, parece transparente porque ocupa espacio sin adjetivación ni contexto. La realidad es la contraria. El lector/espectador está <strong>más desprotegido</strong> porque no sabe qué es relevante, no distingue estrategia de sinceridad y no dispone de contexto.</p><p>De algún modo, cuanta más “verdad en bruto” se ofrece, cuanto más permeable es el acceso a las tribunas, más necesario es el procedimiento y menos presente está. Todo converge en un mismo punto, militancia de este púlpito: el periodismo es mediación y se ejecuta con un método específico. Asistimos a la desaparición de los distingos entre ver y saber, <strong>opinar e informar, mostrar y explicar, acceder y comprender</strong>, y eso genera la ilusión contemporánea de que el mundo es inteligible porque es transparente, está expuesto.</p><p>El periodismo no compite con la mentira, pese a la beatífica pretensión de los compañeros, sino con la apariencia de verdad sin método. No es una crisis de credibilidad sino de jerarquía. Y por eso la afirmación “la gente exige la verdad” es, en el fondo, melancólica, porque pertenece a un mundo en el que los hechos no estaban disponibles sin mediación. Hoy, donde todo nos asalta, si hubiera alguna “verdad” aguardando ahí fuera, en el mundo real, solo es accesible mediante el método. En eso consiste el periodismo. Todo lo que vemos es contenido, de él una parte pequeña es información y otra aún menor es opinión acreditada. Pero muy poco de todo ello es periodismo, porque este oficio<strong> no se define por lo que obtiene </strong>sino por cómo lo consigue. Si somos conscientes, tal vez podamos soplar velas por otros cincuenta años.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[966642ae-0f3f-4384-bbcf-64614917a799]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2026 17:25:47 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Contenidos, informaciones y periodismo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Eme Punto y el periodismo procesal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/eme-punto-periodismo-procesal_129_2183197.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Eme Punto y el periodismo procesal"></p><p><strong>Mariano Rajoy</strong> se sentó la semana pasada ante el Supremo y, con la obsequiosa y un tanto babeante colaboración de la jueza <strong>Teresa Palacios</strong>, mintió con la encantadora cachaza que todos conocemos. <strong>Mintió en lo irrelevante</strong> —cuándo y por qué rompió con <strong>Luis Bárcenas</strong>; no hay más que ir a la hemeroteca, como explicó el capitán de este barco, <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/buzon-de-voz/vale-tapar-kitchen_129_2179007.html" target="_blank">Jesús Maraña</a>—, así que suponemos, aunque solo podamos sospecharlo, que <strong>habrá mentido, también y más, en lo todo lo gordo</strong> —si, como presidente del Gobierno y del partido, hizo que el Ministerio del Interior desplegara una operación con secuestro y disfraces para desbaratar las pruebas que Bárcenas poseía de la palmaria financiación ilegal del partido—. Los cronistas de tribunales, todos, al margen del medio para el que firmen, lo saben igual que lo sabemos ustedes y yo. Entonces, ¿por qué no lo dicen así? La tendencia de las izquierdas católicas —el catolicismo es un vector cultural, no una creencia— es interpretar que se trata de un sencillo problema de virtud individual. <strong>La realidad de las cosas es un poquito menos moralista y más exigente</strong>.</p><p>Un cínico diría que la <strong>superespecialización periodística</strong> (por ejemplo, pasarse toda la carrera profesional en los tribunales de la plaza de la Villa de París) lleva a los periodistas a creer que los suyos son los togados y olvidar que cualquier cronista, allá donde vaya, solo es un impostor, un intruso, como explicamos en la pieza con la que inauguramos este oráculo. En parte es cierto, por eso aquí se denuesta el periodismo especializado y se aboga por especialidades sucesivas, que permitan al reportero funcionar desde la media distancia, acumular fuentes y crédito y luego volver a empezar. Es decir, desarrollar cierta familiaridad con el hábitat, incluso amistades duraderas en él, sin por ello olvidar que su función nunca le permitirá integrarse plenamente y que, a medio plazo, deberá bregarse en un ecosistema distinto. La lección que aprende <strong>Glenn Close </strong>en <em>The paper (detrás de la noticia)</em> (Ron Howard, 1994), para que nos entendamos. <strong>No somos ellos</strong>.</p><p>Pero en realidad tiene que ver con algo de lo que ya hemos hablado antes aquí: la especialización y el amor por el detalle ratifica la existencia de microbios ciertos con la misma intensidad con la que pierde la perspectiva para explicar el ecosistema del que se supone que ha de informarnos. El filósofo Javier Gomá reivindica<strong> la generalización como la única forma de conocimiento</strong>. Es decir, desprenderse de las particularidades y los detalles del conocimiento especializado. Siendo claros, el academicismo consiste en sustituir la inteligencia por pormenores, y exactamente eso mismo le pasa al periodismo judicial —además del nada desdeñable síndrome de Estocolmo que asalta a los periodistas que pasan la vida dentro del mismo edificio institucional—. En Gomá, la generalización no es un atajo ni una renuncia al rigor, ni siquiera es la fórmula hacia el conocimiento sino que es la condición misma del pensamiento. Pensar es generalizar, discernir en qué medida un caso particular ilustra una categoría. Generalizar es jerarquizar y ejemplarizar. Sin esa operación de elevación, no hay ética, no hay política y no hay comunidad posible. Solo hay casuística infinita, es decir, ruido, confusión y, en resumidas cuentas, verdades mentirosas. </p><p>Pero en el hábitat judicial se trabaja, por definición, en la dirección contraria. Cada caso es único, cada prueba es singular, cada procedimiento es irrepetible, cada detalle es relevante. La justicia necesita huir de la generalización para ser justa en cada caso concreto. <strong>Su lógica descansa en la excepción, la precisión y la singularidad</strong>. Más allá de las evidentes y habituales prevaricaciones a las que están entregadas las altas magistraturas españolas con intenciones políticas desde hace un par de décadas, lo cierto es que la naturaleza de su trabajo es antitética de lo somero, que, como hemos contado aquí en varias ocasiones, es la forma de aproximación al mundo en la que ha de militar el buen periodismo.</p><p>Justicia y periodismo no comparten misión y, en muchos sentidos, han de trabajar en direcciones opuestas. El juez decide sobre un caso, pero el buen periodista debe decidir qué significa ese caso. <strong>Cuando el periodista se limita a seguir el procedimiento, deja de pensar en su sentido fuerte</strong>, está describiendo, haciendo inventario de lo particular sin elevarlo a categoría. Y eso, desde Gomá, no es pensamiento, es acumulación. Generalizar es hacer inteligible lo real.</p><p>El periodista de tribunales no está secuestrado por la institución judicial, <strong>pero sí incrustado en ella y sumergido en su idioma</strong>. Y esa incrustación genera dinámicas que a los moralistas pueden parecer afectivas o incluso de lealtad, pero que en realidad son estructurales. Porque, si uno acampa demasiados años en el Supremo o en la Audiencia Nacional, instituciones casadas con el tecnicismo, acaba desplazando el objeto periodístico del hecho al procedimiento. Narrando diligencias, autos, recursos, plazos… es decir, hablando del juego más que la partida. El proceso se convierte en la realidad, y el hecho —lo ocurrido— queda subordinado a su traducción jurídica. Es una inversión peligrosa, porque el lector recibe como “verdad” lo que en realidad es solo un avío burocrático de interpretación institucionalizada. Así fue condenado el <strong>fiscal general del Estado</strong>, con una sucesión de sofismas legales y falacias argumentales para sellar una mentira cósmica en forma de sentencia de doscientos folios.</p><p>Si el cronista pasa demasiado tiempo alrededor de las togas interioriza que solo a través de ese captor togado puede acceder a la verdad del mundo, y eso genera una forma de lealtad funcional tóxica para el lector. Más que de síndrome de Estocolmo hablamos de captura epistemológica o incluso de un periodismo vicario, en el que el oficiante ya es incapaz de observar la realidad salvo desde el filtro técnico de la institución. Y termina adoptando ese punto de vista como propio, único e indiscutible. Dicho de otro modo, el periodismo de tribunales ha reducido lo cierto a lo probado, cuando su misión debería ser justamente la contraria.</p><p>La demanda no ayuda. El público, cada vez más juridificado, busca en los tribunales una forma de certeza moral que la política o el periodismo ya no le proporcionan. Quiere que los veredictos sustituyan a los relatos. <strong>Fuentes, cronistas y público han acabado por aceptar que la verdad es lo que cabe en un auto</strong>. Para combatir esto, en la defensa del conocimiento somero no hay una vocación por la superficialidad. Se trata de no quedar atrapado en la hipérbole del detalle técnico, que en los tribunales se presenta como garantía de verdad. El tecnicismo tiene prestigio porque da la impresión de rigor, de método y de objetividad, pero el exceso de detalle no siempre acerca a la verdad; a veces la oculta porque la fragmenta, la diluye, la vuelve ilegible para el sentido común. Así, el periodista que debería traducir el mundo para hacerlo inteligible al lector termina traduciendo el lenguaje del poder para hacerlo aceptable.</p><p><strong>Generalizar es pues una forma de resistencia</strong>. Porque generalizar es una operación intelectual de jerarquía, que es lo más importante que hace el periodismo con el mundo. Decidir qué importa, qué no, qué explica el conjunto y qué es solo ruido procedimental. Exactamente lo contrario del fetichismo del dato. Renunciar a la generalización hace perder la perspectiva del conflicto real —qué ha pasado, a quién afecta y qué significa política o socialmente— para incurrir en el seguimiento del trámite —qué recurso toca, qué plazo se abre y qué instancia resuelve—, y el lector acaba sabiendo mucho del procedimiento pero nada del mundo. El periodista de tribunales que solo maneja tecnicismos sabe más cosas, pero entiende menos. Cuando un caso se queda en su maraña técnica, el lector recibe información sin recibir sentido. Sabe qué ha pasado en ese expediente, pero no sabe qué dice eso del mundo en el que vive. Y cuanto más detallada es la cobertura, menos pensamiento produce.</p><p>Una jueza amedrentó a las partes para que Rajoy saliera de allí tan pimpante y cachazudo como entró. Pero sabemos que Rajoy mintió en lo banal, y quizá también en lo sustantivo. Esa es la certeza periodística que podemos acreditar sobre Eme Punto, ese señor de Pontevedra que siempre nos ha caído simpático y que a lo mejor creó una pequeña Stasi sabiendo que un contable hacendoso fue la perdición de Alfonso Capone.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[1369c617-0be6-47fd-956d-47d6c5ba98e8]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Apr 2026 17:25:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Eme Punto y el periodismo procesal]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Periodismo,Periodistas,Tribunales,Mariano Rajoy]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Óscar Puente y el ministerio de la verdad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/oscar-puente-ministerio_129_2179412.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Óscar Puente y el ministerio de la verdad"></p><p>Este oficio exige liberalismo. Y no abunda. Ni dentro del sector ni mucho menos fuera. Quizá porque <strong>una sociedad liberal es aquella que no dispone de respuestas para todo ni un itinerario ideal</strong>, solo <strong>reglas para la navegación</strong> y, por tanto, una sociedad dispuesta a convivir con lo contingente sin alarma ni histeria. Para quienes piden orden y certezas, acudiendo al meme, las democracias deberían contestar: <strong>“No me quedan certezas, </strong><em><strong>niñio</strong></em><strong>, sólo </strong><em><strong>Masibón</strong></em><strong>”</strong>. El orden y la certeza, como hemos repetido hasta aburrirnos, pertenecen a otros ecosistemas políticos y filosóficos, y son por definición antítesis de la democracia. Porque, resumiendo mucho, <em>la donna è mobile</em>. Aquí hemos escrito que <strong>la democracia liberal es el único huerto en el que puede prender la semilla del periodismo moderno</strong> y también que los problemas del sector están más vinculados con la escasez de demanda —o con una demanda anómala— que con los vicios de la oferta. Un porcentaje importante de la población no ansía que le cuenten nada que no refuerce lo que ya piensa de cada asunto. Sencillamente, no quiere oír otra cosa. Y para ese porcentaje no desdeñable de la sociedad, que algo no se ajuste a la realidad, a los hechos ciertos, nunca será un inconveniente si ratifica un prejuicio o un propósito. Lo único bueno de esa evidencia es que el periodismo digno de tal etiqueta nada puede hacer con quien en el fondo solo quiere que le den palmaditas y le digan que todo lo que cree está chévere. </p><p><strong>El deseo de creer es una de las potencias más rotundas de la naturaleza humana</strong> y no hace falta acudir a los piadosos practicantes de las religiones para apreciar esa fuerza devastadora porque nos afecta también a los impostores que desempeñamos este oficio. Ahí tienen el caso del impulsivo y veterano premio Pulitzer<strong> Seymour Hersh</strong>, autor de exclusivas espectaculares pero al que han engañado en múltiples ocasiones —las más sonadas, cuando dio credibilidad a las mentiras del presidente sirio Al Asad o cuando le vendieron las falsas cartas de <strong>Marilyn Monroe</strong>; pero ha habido muchas más—. Él dice que ha errado por confiar en fuentes que antes habían sido confiables, pero lo que no dice —porque quizá nunca se lo ha dicho a sí mismo— es que erró guiado, demasiado a menudo, por la coincidencia de lo que las fuentes le decían con un relato previo y moral en el que él milita. Por eso, cuando le dijeron que la CIA había volado el NordStream en el Báltico con buzos del Pentágono entrenados en el mar Caribe, no se molestó en contrastarlo con una segunda o tercera fuente. Es decir, Hersh y cualquiera de nosotros solemos errar por lo que los científicos llaman el sesgo de confirmación. </p><p>El deseo de que algo sea cierto nubla el criterio hasta del más pintado. Por eso, desde esta magistralía se insiste tan a menudo en que el periodismo no se define por el resultado, por el producto final que entregamos al lector —ni siquiera por el hecho de que sea cierto o falso—, sino por el escrúpulo en la aplicación del método periodístico y el respeto al llamado <em>Estándar de Sagan</em> —una ley de hierro pensada para el trabajo científico pero aplicable como un guante a este oficio—: “Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”. El estándar de Sagan es, para que nos entendamos,<strong> la dinamita en los cimientos de la Nave del Misterio</strong>. </p><p>Mucho más problemática es aún la confusión epistemológica que acompaña al público y a parte del propio oficio entre conceptos en principio bien disímiles como verdad, información, propaganda y periodismo. Esa distinción limpia pertenece a una tradición ilustrada que sostiene que, idealmente, cada cosa tiene una función delimitada y que el lenguaje puede describir el mundo con cierta estabilidad y precisión. Sin embargo, vivimos hoy —y quizá hayamos vivido siempre— sumergidos en un proceso de erosión de ese sistema de compartimentos identificables y empecinados en un debate en torno a la verdad o la mentira que, en el fondo, es una ramplonería para fanáticos de los relatos morales. </p><p>Viene todo esto a cuento de la iniciativa del ministro de Transportes, <strong>Óscar Puente</strong>, de montar en la página oficial ministerial un tablón de avisos para desmontar bulos y dar información oficial. Los mismos gritos que la han recibido e incluso más histéricos se escucharon por toda la Corte de los Milagros —interior de la M30— cuando la alcaldesa de la villa, a la sazón<strong> Manuela Carmena</strong>, abrió una web con idéntico propósito hace una década. </p><p>Intrusismo o competencia desleal fueron entonces los términos con los que se recibió aquella iniciativa de transparencia, el anatema del “ministerio de la verdad” fue repetido hasta el empacho, pero todo ello revela que los propios oficiantes no manejan con soltura conceptos a priori tan poco abstrusos como <em>verdad</em>, <em>información</em>, <em>propaganda</em> y<em> periodismo</em>. Y que, en el fondo, lo que no quería el mal oficio tan asentado en Madrid es que le desmontaran sus tenderetes de prejuicios o mentiras. </p><p>Los habituales de este rincón ya saben del sarpullido que por aquí causan palabras demasiado anchas y altas como “objetividad” o “verdad”, platonismos por lo general inaccesibles a la tarea mundana y precipitada del periodismo. En contra de la opinión general, extendida incluso dentro del sector, el periodismo no tiene el monopolio de la información ni de la comunicación pública. De hecho, su tarea no es excluyente con el deber y el derecho de las administraciones públicas de informar al público, incluso sin intermediarios. Del pregonero al tablón de corcho, las autoridades nunca han necesitado al periodista para informar y menos que nunca hoy, que puede operar sin intermediarios en el ecosistema digital. La información oficial no es periodismo, como no lo es la propaganda, pero lo que diferencia todos estos conceptos no es, en ningún caso, su proximidad a la verdad. <strong>La propaganda no es más ni menos cierta que el periodismo o que la información oficial, ni viceversa</strong>. O no necesariamente. Que Donald Trump distribuya un vídeo en el que le sirven en la Casa Blanca una comida de McDonalds no es propaganda porque sea mentira o porque haya sido un vídeo producido con una intención de transmitir la imposible llaneza del multimillonario; es propaganda porque no tiene el más mínimo interés para la audiencia, por lo que la única forma de aproximarse a ello es desde la comedia de costumbres, la banalidad o la burla. Y quien cuente medio en serio semejante tontería no es sino un propagandista. </p><p><strong>Hemos pasado de una cultura de la verdad a una cultura de la verosimilitud identitaria</strong>: la gente cree aquello que parece verosímil y encaja con su marco previo de prejuicios o intenciones. La comunicación institucional es información de parte, a menudo de interés general —aunque no siempre— pero eso no la convierte en periodismo. No estamos solo ante una confusión terminológica, sino ante un cambio en el criterio de autoridad, <strong>donde hemos sustituido la pregunta “¿es verdad?” por la más modesta pero más grata “¿es de los míos?”</strong>. Lo hemos hecho una parte importante de los periodistas porque antes lo ha hecho un sector importante la sociedad. No es que la gente —los que escriben periódicos y los que los leen— no distinga entre información y propaganda, es que ha dejado de creer que esa distinción tenga consecuencias reales. Si todo puede ser manipulado, entonces todo se evalúa políticamente, no epistemológicamente. Y en ese desplazamiento, el periodismo —como método— queda en tierra de nadie, demasiado exigente para el consumo emocional, demasiado débil para competir con la propaganda.</p><p>Por eso, el <strong>criterio cabal</strong>, la<strong> jerarquía sagaz</strong> y una <strong>agenda clara </strong>son muchísimo más relevantes que la proximidad del producto periodístico con la verdad. Sin ánimo de alimentar el relativismo, una información falsa puede ser intachable si el periodista ha hecho correctamente el trabajo —aunque si lo ha hecho bien, es altamente improbable que sea falsa—, y una información cierta puede ser reprochable si el periodista —como Hersh con el NordStream— se ha saltado los más rudimentarios principios de la metodología periodística.</p><p>Para una sociedad que exige certezas, el periodismo es pues insuficiente, deficiente, demasiado modesto en sus objetivos y en sus potencias. Y está bien que sea así. Porque el periodismo solo es útil en sociedades liberales, donde el público es exigente y crítico. Y está dispuesto a habitar la contingencia, la provisionalidad y la incerteza. Dicho de otro modo, <strong>el periodismo es una praxis imperfecta para sociedades adultas</strong>. Los que buscan “la verdad”, como ha ocurrido durante milenios, deben acudir al templo.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[1af21849-bf6f-4294-8799-ad8f4572af58]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Apr 2026 17:25:11 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Óscar Puente y el ministerio de la verdad]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Óscar Puente,Periodismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mi hija Yondelis]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/hija-yondelis_129_2176172.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mi hija Yondelis"></p><p>“¿Estás contento?”. El economista y periodista Manolo Portela (1944-2022), en vez del convencional “qué tal estás”, siempre saludaba con esta pregunta lanzada en tono pizpireto: <strong>“¿Estás contento?”</strong>. Portela fue director comercial de Ariel-Seix Barral, Alfaguara y Grijalbo Crítica, trabajó en la Bolsa, luego fue analista bursátil para el suplemento Dinero de <em>El País</em>, editorialista y columnista de los diarios del grupo Vocento y responsable del Consenso Económico de Price Waterhouse Coopers, seguramente el documento de coyuntura más relevante y elocuente de cuantos se publican en España. Madrileño de apellido gallego, <strong>Manolo era el más gallego de los gallegos que no lo eran</strong>, de humor esquinado y retador, siempre dispuesto a descomponerte con una pregunta inesperada y desafiante que lanzaba con tono inocente y una sonrisa pícara cortando la respiración y las conversaciones de cualquier reunión. En 2006 dijo a una audiencia atónita de jóvenes comensales: “Pronto vendrá una crisis financiera y será feroz”. </p><p>“¿Estoy contento?”. Manolo obligaba a contestar sin rutina, a pensarlo y, al cabo, a consagrar los días en el empeño de poder responder afirmativamente a la pregunta. Así que, además de la mitad de la persona que uno es, también está <strong>el adeudo de haber aprendido a estar siempre contento, salvo causa de fuerza mayor</strong>. Asumió ser mentor de uno con entusiasmo y, en los años que construirían al periodista y al adulto que aquí firma, fue mucho más allá de las larguísimas conversaciones diarias con las que elaborábamos una sección de economía al alimón, proporcionando las lecturas que configuraron este cántaro en el que él vertía saberes y humores. Poseía el extraño talento, no de ver quién era cada cual, para regalarle las lecturas que deseaba, sino quién podría llegar a ser, para proporcionar los libros que lo harían posible. La versión prosaica es que tenía un piso grande junto al Bernabéu de alquiler prohibitivo y tenía que mudarse, para lo cual necesitaba deshacerse de su biblioteca. Las mejores obras humanas a menudo responden a motivos prosaicos. </p><p>De aquella limpieza previa a la mudanza <strong>uno aprendió de la desnudez de los dogmas económicos</strong> con <em>El triunfo de la política</em>, de David Stockman, jefe de la oficina presupuestaria de Ronald Reagan (Grijalbo, 1986); una posología de la política, con un viejo volumen de <em>El discurso filosófico de la modernidad</em> (Taurus, 1989), del recién desaparecido <a href="https://www.infolibre.es/politica/habermas-pensador-democracia_1_2162530.html"  >Jurgen Habermas</a>; la esquiva ética del periodismo con <em>Diarios</em> (Espasa, 2002) de Arcadi Espada; pero también que la vida se teje con la historia en <em>Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay</em> (Literatura Random House, 2000), de Michael Chabon; de los pormenores y tentaciones de la relación de la prensa y el poder y de la futilidad de buscar respuestas últimas a los asuntos en la inmensa <em>La guerra de Galio</em> (Alfaguara, 1994), de Héctor Aguilar Camín; de la necesidad de alzarse en guionista de lo propio para que la vida tenga un sentido funcional en <em>Saga</em> (Lengua de Trapo, 2000), de Tonino Benacquista, y del <strong>discurso profundo de la historia humana</strong> en <em>El tercer chimpancé</em> (Debate, 1991), en <em>¿Por qué es divertido el sexo?</em> (Debate, 1997) y en <em>Armas, gérmenes y acero</em> (Debate, 1998), de Jared Diamond. Y finalmente, a tener una relación amable con la vida y la gente con El periodista deportivo (Anagrama, 1990), de Richard Ford, génesis del personaje literario que ha construido este adulto: Frank Bascombe. Lecturas todas fundacionales.</p><p>Pero al caso que nos ocupa, a Portela debe el arribafirmante haber aprendido a <strong>leer periódicos económicos</strong>. Bajo su mentoría, uno dejó de leer los diarios como relato del mundo y empezó a verlos como la acción sobre el mundo que en el fondo todo periodista y editor pretenden; no como espejo, sino como herramienta. Y ahí, sostenía Portela, la prensa económica —la llamada “prensa salmón”— es un <strong>laboratorio químico donde la condición instrumental se vuelve visible sin disimulo</strong>. La prensa económica no informa sobre la economía, sino que participa en ella; no es un notario, es un agente. Solemos pensar que es un agente político, como desnudaba el libro de Yago Álvarez Barba <em>Pescar el salmón</em> (Capitan Swing, 2023), pero es sobre todo un agente económico. Una forma de hacer perras. </p><p>En la prensa generalista pervive la ficción ilustrada (y cierto convencimiento) de que el <strong>periodismo describe hechos</strong>; en la económica, en cambio, esa ficción se rompe porque el lector avezado sabe —y Manolo era el más sagaz lector de prensa que uno haya conocido— que cada titular puede tener efectos inmediatos. Hoy, ahora. Efectos sobre cotizaciones, decisiones regulatorias o expectativas de inversión. La información económica tiene un valor cognitivo obvio, pero sobre todo tiene un valor performativo. Y se cobra. </p><p>Durante años, algunos de los más famosos columnistas de prensa salmón no solo cobraban por su pieza a la cabecera que la publicaba sino también — aparte y en sobre de billetes no numerados o con cheque al portador— a agentes económicos con los que existía un convenio de palabra. Portela sostenía, con información de primera mano, que algunas de las más ilustres firmas liberales que frecuentaban los diarios salmón ponían sus piezas en almoneda a precios de varios miles de euros para agentes tales como miembros de los patronatos de las Cajas de Ahorro, interesados en la presión política y en la económica. Por ejemplo, un arzobispado. <strong>Miles de euros de hace veinte años por cada columna</strong>. En la prensa económica, hoy en franca decadencia, las empresas señalaban movimientos, los gobiernos testaban políticas, los reguladores dejaban caer globos sonda y los mercados reaccionaban en tiempo real.</p><p>Si la información política se nutre de dichos y no de hechos, en la salmón lo relevante nunca es el hecho, que aún no existe, sino el dicho, que alumbra una expectativa, una promesa, una intención o un temor. Finanzas. <strong>A diferencia de lo que ocurre en la política, donde lo dicho puede ser vacío y espectacular a la vez</strong>, aquí el dicho tiene efectos materiales inmediatos. Aprender a leer prensa —para hacer buen periodismo—, enseñaba Manolo, consiste en aprender a leer intenciones. No en clave conspirativa, sino estructural —<em>cui prodest</em>—, una lectura casi detectivesca, pero no moral sino funcional. En tal sentido, explicaba el maestro, la prensa económica, que es la más abiertamente instrumental, es también la más honesta en su funcionamiento porque deja ver con claridad algo que en el resto del periodismo permanece semioculto, a saber, que <strong>toda información es en alguna medida una intervención</strong>. En la política o la cultura esa intervención se disfraza de relato; en economía, en cambio, sus efectos son tan rápidos y medibles en las cotizaciones que el disfraz se vuelve transparente. El buen periodismo, maliciaba Manolo, no consiste solo en verificar hechos —que también— sino en desactivar intenciones ajenas.</p><p>Durante años, el que suscribe y su maestro siguieron juntos la evolución de la <strong>voluntariosa investigación y consecución de licencias de un fármaco para un raro sarcoma de tejidos blandos</strong> que siempre aparecía en la prensa económica pero, caramba, rara vez en las publicaciones médicas. Aquellas notas no describían un producto real, sino fases preliminares —ensayos iniciales, resultados parciales, líneas de investigación…—. Por supuesto, estas piezas de apenas un par de párrafos movían el valor bursátil de la compañía cotizada que desarrollaba ese tratamiento. Redactadas en clave de inminencia, <strong>la función de estas noticias no era informar al paciente, sino activar expectativas en inversores</strong>. El verdadero destinatario nunca era el lector común, sino el mercado: fondos, analistas, competidores. </p><p>Nuestra broma llegó tan lejos y fue tan duradera que Manolo hizo prometer al aprendiz que, si un día tenía una hija, la bautizaría con el nombre comercial de esa medicina. Por fortuna, el pupilo no dejará descendencia. </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[ed9016e2-2394-40aa-ad77-a9298d6446d8]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Apr 2026 16:27:43 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Mi hija Yondelis]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La cabaña del Turmo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/cabana-turbo_129_2172920.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La cabaña del Turmo"></p><p>Ya no. Como antes. He ahí <strong>dos pasos de la letanía periodística</strong> del acabose. No lo pronuncian los periodistas, también sus protagonistas. El cine ya no, la política ya no, las novelas ya no, las empresas ya no, los trabajadores ya no, el fútbol ya no... Como antes. </p><p>Una cosa hermosa de este <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores"  >oficio de impostores</a> es que es termómetro de la actualidad hasta sin querer. Le mide la fiebre y la infección. La montaña de titulares que cada semana pivotan alrededor del “ya no”, “como antes” revela que la velocidad del mundo, a juicio del periodismo o de sus protagonistas, <strong>no convoca transformaciones positivas o ambivalentes, solo declive</strong>. Leyéndonos, el mundo no cambia, el mundo muere. Es cierto que nada es como antes. La modernidad supuso eso: el fin del tiempo circular, el fin de los destinos atados a la servidumbre, el fin de la biografía escrita en el apellido como celda de la que es imposible escapar. El final del “así se ha hecho toda la vida”. Toda la vida, he ahí otra expresión que confunde historia y biografía. La innovación científico-técnica y la movilidad social son el disparador de la modernidad, que no es otra cosa que un mundo de orden cambiante, un mundo en que ya nada es como antes cada década.</p><p><strong>El universo de las certezas murió con las revoluciones burguesas</strong>, gracias a dios, porque certeza era la única posesión de un campesino del siglo XVIII, la certeza de que comería gachas de harina y agua hasta el fin de sus días y que, con toda seguridad, sus hijos tendrían una vida mísera idéntica a la suya. Si sobrevivían a la infancia, claro. Ese era un mundo de orden y certezas. Sin embargo, en los albores de la revolución digital, cuando la población occidental vive más y sufre menos que en ninguna etapa histórica anterior, <strong>el periodismo sirve un menú con “ya no” de primero y “como antes” de segundo</strong>, con postre de tarta de queso. Casera, como la de tu abuela, no faltaba más.</p><p>Ante una sociedad cambiante, el periodismo tiene tres posibles liturgias: describir la transformación, lamentar el declive o proclamar la hipérbole (tremendista o utópica). La superioridad estadística de la primera opción es arrolladora y si sumamos las hipérboles tremendistas, es obvio que la mirada que lanzamos, no ya sobre el futuro sino sobre el presente, es una ceremonia fúnebre sobre un mundo que se fue. <strong>El lenguaje que usamos a duras penas se emancipa del dramatismo. Crisis, declive, amenaza, fin…</strong> El mundo no cambia, se acaba. Tal vez porque Occidente es una población envejecida y longeva, que es la que se tiene que acabar —nos acabaremos— en vez de cambiar, el caso es que es difícil separar la escasez de jóvenes y la abundancia de viejos de esa mirada fúnebre al futuro. El periodismo atiende un mercado compuesto por lectores, oyentes y espectadores que ya le han dado la vuelta al jamón y que solo pueden esperar una cosa de lo venidero: desaparecer convertidos en polvo. Ese es el cliente con poder adquisitivo y que sigue atendiendo la jerarquía de los medios —ven la tele, escuchan las noticias e incluso leen periódicos, digitales o no—, y ese es el producto que servimos. Porque <strong>el periodismo que gusta es el que refrenda lo que uno ya pensaba antes de leer</strong> o ver nada nuevo, y ese refrendo a menudo consiste en subrayar el estado de ánimo de quien ya está más cerca de la meta que de la salida. La radical transformación de la industria de la comunicación hace que el oficiante sea, él mismo, también un señor mayor que sufre por la creciente y acuciante proximidad de la fachada del panteón. </p><p>Quiere decirse que el “ya no” y el “como antes” no describen el mundo, describen al cliente principal del periodismo y, a veces, al periodista. El escritor Jorge Dioni López llamó a este fenómeno el “ego-ovni”: confundir tu culo con el mundo. El anhelo de certidumbre y orden, el <strong>anhelo de la antigüedad premoderna</strong>, es en realidad la melancolía de una circularidad que funciona como trampantojo emocional porque si nada cambia, nada muere. Empezando por nosotros mismos. La prensa no está obsesionada con la decadencia, o no demasiado, más allá de abrazarla como acto reflejo, lo que está es especializada en traducir la experiencia íntima del paso del tiempo en un relato colectivo sobre las congojas de su cliente. El periodismo, como todo negocio, adula al cliente. Consuela.</p><p>Es evidente que esa angustia oficiada por los medios convoca posiciones reaccionarias y, en tanto estado de ánimo del mundo, hábitat dramático del presente, ha contagiado a los jóvenes —los occidentales, claro—, también convencidos de que todo se está yendo al garete. Cualquier observación fría de los factores de desarrollo humano en Occidente desmiente tal pretensión. Y en el caso de los mayores, la <strong>nostalgia de circularidad es, en todo caso, aparente y tiene mucho de autosugestión</strong>, de hipocresía, porque la calidad de vida del larguísimo último tercio de la vida, aderezada con toda clase de avances —uno de los principales, en un mundo aún gobernado por hombres mayores, es la famosa pastillita azul— hace que el hambre de orden sea solo fingida. El reaccionarismo cultural y político que vivimos, ensimismado, es antes que la fundación de una granja donde esperar que los días nos mezan y consuman, la última cabalgada del cowboy, de ahí que sea precisamente el reaccionarismo el que demuestra una y otra vez con sus votos que ansía desorden y revolución. El mantra “la gente quiere orden” lo desmonta el corte de población de los que votaron a favor del Brexit, abuelos destruyendo su propio mundo para sus hijos, como lo desmontan los <strong>triunfos de Javier Milei, Donald Trump o Benajmin Netanyahu</strong>, agentes evidentes y conocidos del caos. Detrás del libertarismo no hay sino hambre de antigüedad, selva y castas. Los mayores no tienen hambre de orden, solo lo fingen mientras preparan <em>La Grande Bouffe.</em></p><p>Así que tenemos pocos jóvenes, contagiados del pánico a la muerte que tienen sus viejos, y una gente mayor que está dispuesta a desordenar el mundo en pos de una fiesta final, aunque los que se queden a recoger cristales, botellas vacías y calcetines de dudosa procedencia sean sus hijos y nietos. Como literalmente ha ocurrido en el Reino Unido. <strong>Nadie recuerda ya que “no puedes detener los cambios, como no puedes detener la puesta de los soles”,</strong> dijo Shmi Skywalker. Así que se opta por montar fiestas que celebran tradiciones fingidas, como la recién ultimada Semana Santa, que hoy que ya casi nadie cree se celebra en muchísimas ciudades en las que jamás nuestros abuelos anduvieron detrás de un paso, como si los capirotes hubieran sido una realidad en localidades que solo los habían visto en el No-Do. El orden y la tradición, como vemos, son en realidad desorden e inventos.    </p><p>Pronto será <em>20 de abril</em>, una canción publicada en 1991 por Jesús Cifuentes (Celtas Cortos), que fue escrita en forma de carta fechada en 1990 y que hablaba, desde la melancolía de la edad madura, de unos años ochenta y una juventud perdidos para siempre en <strong>un lejano pasado acontecido cinco años antes</strong>, poco más o menos. Treinta y cinco años después de publicarse el éxito de la banda de Valladolid, manoseamos con añoranza el recuerdo de haber recordado con mejor añoranza. Aquella morriña de 1985 escrita en 1990 sí era bonita, y no la de hoy. Ya no sentimos nostalgia como antes. No añoramos la cabaña del Turmo, añoramos la tarde en que escribimos una carta añorando la cabaña del Turmo. “<em>Ya no queda casi nadie de los de antes y los que hay han cambiado</em>”. A dios gracias. <strong>Hasta la decadencia decae</strong>. Somos de risión.</p><p>____________________</p><p><em>Gracias a la advertencia de nuestro socio ‘Sextilio’, corregimos el desliz sobre el nombre de la cabaña de Celtas Cortos: Turmo, no Turbo. ¡Gracias!</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[61568f5d-5763-49d1-b17a-5858b204e542]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Apr 2026 17:10:37 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La cabaña del Turmo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Periodismo,Ética periodística,Periodistas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El periodista y la muerte]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/periodista-muerte_129_2169951.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El periodista y la muerte"></p><p>Un muerto no puede corregir el relato. Lo repasábamos hace un par de semanas a propósito de la praxis del obituario. <strong>El relato cae sobre el cuerpo como un sudario y lo oculta y lo consume</strong>. Esa vulnerabilidad extrema de los que ya no están, apenas un nombre o unos cuerpos de los que disponemos con indecoroso antojo, la hemos visto estos días con <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/a-la-escucha/noelia_129_2168557.html"  >Noelia Castillo</a>, Isaías Carrasco y las seis jóvenes que murieron en la <a href="https://www.infolibre.es/politica/cinco-muertos-desaparecido-romperse-pasarela-costera-santander_1_2155254.html"  >pasarela de El Bocal</a>, en Santander. Unos hechos simples, una joven que dispone de su cuerpo y de su vida, una víctima del terrorismo cuya tumba se mancilla y seis adolescentes cuyo paseo amable por una inofensiva senda acabó en tragedia por una dejadez institucional que se encoge de hombros. </p><p>Esas ocho personas fueron sujeto de su vida y la conversación pública las ha convertido en predicado, en argumento espurio para que reciba la acción de un verbo infame. Porque, incluso antes de que lo postulara el liberalismo, podemos convenir que existe un atributo de dignidad iusnaturalista —el derecho natural sobre la muerte— que es violentada. Hemos aprendido que nadie que tenga ese derecho sobre sí mismo o sobre los suyos lo conserva en el relato público, que se afana en la <strong>fabricación de versiones, la simplificación interesada, el encuadre falsario</strong>, la grosera amplificación de llantos y la puesta en circulación de bulos en un obsceno circo de la carne.</p><p>Conviene pensar quién se quedará con tu muerte en caso de que el asunto trivial que es desaparecer salte a la palestra porque el nombre o la circunstancia sean de alcance público. En el caso de Noelia Castillo, una <strong>comunidad moral ultrarreligiosa decidió apropiarse del cadáver antes de serlo</strong> y tratarlo como cosa —hacerlo predicado de sus jaculatorias—, asaltando su intimidad y su libertad. La familia que no supo ser refugio abrió las puertas del infortunio de su hija a los sacristanes del templo y el periodismo vio el paso expedito para hacer de las suyas y acampar en la sala de estar. Unido en una comunidad moral de redentores, micrófonos, escapularios, mentiras, hisopos, focos y cámaras, todo el país se calzó la casulla de las buenas intenciones y las almas pías para salvar de sí misma a quien solo necesitaba ser salvada de todos los demás. Salvada de todos nosotros. Pues eso y no otra cosa es dispensarse la muerte: lanzar una enmienda a la totalidad de los que seguimos.  </p><p><strong>Cuando no es voluntario, morirse suele ser un inconveniente</strong>. Sobre todo, para los vivos. Un evento sin agendar que trastorna los calendarios. Eso nos ha venido a decir la alcaldesa de Santander con sus extemporáneos circunloquios para quitarse seis impertinentes muertes de encima, sangre en el paraíso que parece haber salpicado el traje nuevo de la regidora. “A ver si por decirle a la gente que venga tengo yo la culpa de que se caiga una pasarela”. La institución diluye responsabilidades (que confunde con “culpa”, cómo no) y una jueza amable con el poder local dispara el balón fuera del estadio. Todos contentos. Dispérsense, aquí no hay nada que ver, proclaman los munícipes.</p><p>A Sandra Carrasco, 18 años después del asesinato de su padre, Isaías, le han robado el cuerpo. Se diría que a la derecha política, social y mediática se le han debido de acabar sus muertos —o no dan más de sí, después de haber usado fundaciones de memoria fúnebre para facturar a las tramas de corrupción institucional— y ahora <strong>aspiran a robar cadáveres ajenos y escupir a sus deudos</strong>, empezando por los portadores del féretro. Aspiran a untarse el rostro con la sangre de muertos ajenos para clamar venganza. </p><p>Hay violencia aquí, mística –institucional y partidista–, una violencia silenciosa que niega el dolor, la responsabilidad y la legitimidad del duelo a sus titulares, una violencia elegante, discursiva y piadosa, pero profunda y sanguinaria, como bien sabe <a href="https://www.infolibre.es/politica/consuelo-ordonez-ayuso-no-principios-valores-antipodas-hermano_1_1424870.html"  ><strong>Consuelo Ordóñez</strong></a>, presidenta del Colectivo de Víctimas del Terrorismo, que ha tenido que ver estos años cómo el cuerpo de su joven hermano es arrebatado a la familia por las mismas siglas políticas a las que él sirvió. Si quien decide morir es silenciada por mandato divino, quien sufre la pérdida es desautorizada por no entregar los restos a las siglas.</p><p>Este oficio, ante el vértigo de la infamia, tiene por encomienda ceñirse a narrar hechos, ordenar la realidad e introducir claridad. Pero el nuestro, como sabemos aquí, no es un oficio con un sencillo problema de oferta sino un dispensador que a menudo se deja dirigir por la demanda. Hablamos ante multitudes que claman por la fábula moral, que se enardecen ante la parábola ejemplar bañada de sesgo de confirmación. La ciudadanía contempla esas vidas perdidas por un terrible avatar, por voluntad propia o por un crimen infame queriendo que esa desgracia le dé una palmadita y le diga que va bien, que tiene razón, que siga así. Y el periodismo, algún periodismo, se apresta a cocinar ese menú perverso entre los fogones de la mentira y el sensacionalismo. <strong>El periodismo, algún periodismo, paga la bula para que la comunidad salve su pecaminosa alma</strong>. El público no quiere que la muerte sea un hecho crudo e irreversible sino un espacio en disputa moral, otro ámbito en el que dilucidar que somos buenos y los otros no lo son. No sabemos dejarla estar. Para eso fundamos templos y escuchamos responsos, vestimos ropa negra y nos atamos cilicios. Entramos en la semana oscura y tremenda de la necrofilia cantando nanas de la cebolla que nos permiten fingir llanto. </p><p>La muerte, que debería ser el asunto más propio, se ha convertido en un hecho disponible al mercadeo. Hay algo atávico en la cultura de esta región del mundo que impide un comportamiento natural y respetuoso con el luto, y de ello hablamos aquí aludiendo al <strong>ferrocarril del Adamuz, los torrentes de Valencia, las bombas de Atocha o a los asilos madrileños</strong> —que vuelven a ser noticia estos días por su letal amontonamiento de vidas en la ganadería intensiva del acabarse—, como si el periodismo, algún periodismo, se revolviera contra un impuesto de sucesiones moral. </p><p><strong>De quién son los muertos</strong>, si acaso son de alguien. Esa debería ser la única pregunta, qué padres y qué hijos son legítimos albaceas de una memoria, una identidad y un agravio. Da igual si hablamos de eutanasia, accidente o terrorismo, algunos de nuestros impostores de oficio se han convertido en parte de un procedimiento de expropiación, un dispositivo en el que los oficiantes operan —lo hemos visto esta semana— como el picapleitos del acreedor que no ha sido incluido en el testamento, aporreando la puerta del panteón con sus albaranes.</p><p>El muerto es un argumento, un repositorio de coronas ufanas que ocultan la caja misma. Y así la muerte no clausura, sino que es el fasto inaugural de una conversación obscena en la que todos se abren las carnes, el inicio de una pugna por su significado en la que el cuerpo ya no importa, solo lo que de él pueda decirse. El relato falaz, decíamos, cae sobre el muerto como un sudario, un sudario amarillo como un contenedor para reciclado. Hay algo profundamente obsceno en que la muerte, que debería imponer silencio, se haya <strong>convertido en el lugar donde más se grita</strong>. La política la diluye, la moral la ocupa y la propaganda la recicla. Y el periodismo la administra como si no hubiera ocurrido nada irreparable. Ni morir basta para dejar de ser utilizado. </p><p>Un aforismo repite incansablemente entre asentimientos timoratos de la concurrencia que “<strong>en este país se entierra muy bien</strong>”. Quia. Atiendan a Max Estrella: “La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte. La vida es un magro puchero; la muerte, una carantoña ensabanada que enseña los dientes (…). Este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras”. Ya es Semana Santa.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[96abb703-d295-4d5f-b7c2-87d45c5b9f03]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Mar 2026 17:18:42 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El periodista y la muerte]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Muerte digna,Periodismo,Ética periodística]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una silla, una mesa y un flexo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/oficio-de-impostores/silla-mesa-flexo_129_2165991.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una silla, una mesa y un flexo"></p><p>El periodismo cultural ha sido durante muchas décadas un remanso de paz. <strong>Rara vez una controversia alteraba las aguas calmas del día a día</strong> y cuando lo hacía, ese pequeño oleaje se convertía en noticia en sí mismo. Salvo la crítica, ese púlpito que frunce el ceño de quien lo ejerce y que muchos de sus actuantes entienden —equivocadamente— que se prestigia en administrar desdén y oprobio, la especialidad se ha desempeñado mayormente sin conflicto. Porque trabajaba desde el entendido de que se traía a las páginas de la sección (o al espacio de emisión, en su caso) aquello que era digno de difusión, las creaciones o productos —son la misma cosa, el uso de uno u otro solo delata la postura del meñique del que escribe— que podían enriquecer al público o proporcionarle solaz y esparcimiento. Pero esa paz lleva tiempo perturbada. </p><p>Esta semana, el periodista Álex Grijelmo señalaba un inequívoco fenómeno del presente, la hibridación de los géneros en un formato informe y ambiguo llamado “pieza”, un proceso que puede ser leído como una <strong>degradación del oficio o como un simple proceso de maduración</strong>, acelerado por el hecho de que nunca se había hecho tanto periodismo. Ni tanto periodismo bueno. Ni tanto periodismo malo. A priori, es discutible si es un fenómeno decadente y exige un análisis de cada “pieza” saber si asistimos a una depauperación o a un simple efecto de la mayoría de edad, pues esta disolución de las categorías, esta contaminación, es algo que apreciamos también en otras formas de expresión que se van haciendo mayores y ganando sofisticación, como ocurre en la narrativa. En la literatura o el cine, el desbordamiento y la promiscuidad de los géneros es cosa sabida y se considera un efecto medular de la mayoría de edad. La prueba son las <strong>16 candidaturas al </strong><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/vampiros-pecadores-blues-muerden-8-oscar-rave-sirat-queda-silencio_1_2162423.html"  ><strong>Oscar</strong></a><strong> que tenía este año </strong><em><strong>Los pecadores</strong></em><strong> (2025),</strong> de Ryan Coogler, una crónica de la segregación racial mechada de vampirismo. Historicismo fantástico, si tal cosa existiera. Pero si no existía, ahora existe. Así que seguramente sea las dos cosas al tiempo: degradación y madurez.</p><p>La hibridación y la disolución de categorías es pues inequívoca de todo proceso de consolidación y crecimiento, de todo viaje a la complejidad, y de hecho la reacción contra la modernidad se caracteriza precisamente por <strong>reclamar un retorno de las categorías netas</strong>, como vemos en fenómenos diversos, desde el segregacionismo social inherente a toda melancolía neofascista hasta el feminismo nostálgico de la gente mayor, que repudia el género como algo distinto del sexo. Como subrayaba el reaccionario y belicoso soldado Patrick Zevo (LL Cool J.), hijo del teniente general Leland Zevo (Michael Gambon), cuando reivindica las bandejas metálicas del comedor del cuartel, en las que los guisantes de la guarnición estaban acuartelados y no se mezclaban con la carne ni el flan, en la fecunda <em>Toys (Fabricando ilusiones)</em> (1991), de Barry Levinson, todo hombre de orden quiere compartimentos estancos y empalizadas. No es casual que construir muros sea la actividad preferida de todas las ultraderechas, en la frontera mexicana, en la húngara, en los territorios ocupados por Israel o en el Mediterráneo todo él. El muro es el fetiche del pensamiento antimoderno porque es la única garantía de mantenimiento de las categorías comprensibles y cinceladas por la tradición. Supongo que no hace falta explicar por qué, en este escenario, todo el reaccionarismo, de izquierdas y de derechas, masculino y femenino, odia al unísono las definiciones de género no binarias o al colectivo trans en su conjunto, no digamos ya el “género fluido”. Lo queer, en su festiva disolución de fronteras, es pues el gran enemigo de los añorantes de un mundo estabulado. <strong>La modernidad es mestiza, está llena de advenedizos, los sangre sucia</strong>, en terminología de J. K. Rowling, quien, paradójicamente, ha acabado convertida en uno de los arietes de ese mundo rancio y de las categorías cerradas que le enseñó su abuela.</p><p>Frente al tiempo circular del pasado premoderno, donde uno nacía y moría en un mismo mundo y estamento exactos e inmóviles, condenado a ser lo que fue su padre y lo que tendrían que ser sus hijos, el <strong>desarrollo de la modernidad, impulsado por la idea de progreso </strong>—el paso del mundo circular al mundo lineal—, introdujo cambio, hibridación y mestizaje. Concluyamos pues que, hoy, para evitar el reaccionarismo, conocer las categorías es mucho más importante que construir diques entre ellas, labor que, en sociedades avanzadas, es tan conducente a la melancolía como tratar de contener agua en un cesto.</p><p>Eso no significa que las categorías sean inútiles o que toda promiscuidad entre ellas sea virtuosa o conveniente, de ahí la alarma de Grijelmo, pero lo que sí resulta obvio es que la mescolanza es legítima. Como en todo aprendizaje, también en este oficio el ideal es subvertir las normas porque se conocen y se dominan. <strong>Violar los géneros porque han sido aprendidos</strong>. En el caso del periodismo cultural, la crítica, situada —inmerecidamente— en las almenas del prestigio de los géneros periodísticos, ha empapado de su arbitrariedad la totalidad de disciplinas por una sola razón: es una montura que cabalga hacia la libertad suprema del subjetivismo más caprichoso. Es elocuente de este fenómeno la frecuente renuncia de los reporteros culturales a preguntar en las ruedas de prensa, en pos de transmitir a los asistentes su juicio sobre la cosa en cuestión. <strong>“Yo, más que una pregunta, tengo una reflexión”</strong> es la bandera con la que quien debe recibir la rueda de prensa la da, para interés de nadie. </p><p>La antigua condición de la sección de cultura de mar Adriático de la prensa —un plato inmóvil, soleado, sin olas ni mareas— ha sido sustituida por las mares arboladas del Océano Ártico. Grijelmo disecciona los géneros como una gradación de subjetividades, en los que <strong>la</strong> <strong>información, dice, es el grado cero, y la opinión, el grado diez</strong>. La crítica, en lugar de constituirse en una categoría técnica, que exige el dominio de determinadas mañas y conocimientos de la especialidad y su historia —sea literatura, teatro, música, videojuegos o cine— para inscribir correctamente en una tradición una obra, se eleva como un imperio de la subjetividad más ensimismada, en la que una película es tachada de tediosa porque su pase coincide con la emisión de un partido de Champions, y tamaño ejercicio de autoindulgencia es publicado sin que conduzca al despido disciplinario inmediato. Lo cual, por cierto, no es una hipérbole sino un caso ocurrido —repetidamente— en el mismo periódico desde el que Grijelmo clama por la clarificación de los géneros.</p><p>El periodismo cultural está, efectivamente, todo él empapado hoy del subjetivismo arbitrario y a menudo iracundo del crítico, bañado en el malestar del que solo atiende a las obras y el juicio y conversación que merecen, como si fuera una revista de la OCU dedicada a evaluar detergentes y hacer con ellos un ranking de calidades y desatendiendo toda la política, la sociedad y la historia inherentes al sector. <strong>A nadie parece costarle mucho señalar si tal novela, álbum o película es progresista, feminista o capitalista</strong>, pero no parece haber un solo periodista cultural dispuesto a hablar de lo que tienen antes sus narices: saber si la gente del sector cobra según convenio y se respetan sus horarios. Averiguar si la industria audiovisual sigue siendo una estructura de abuso sexual donde creadores entrados en años, carnes y calvas escogen a jovencitas y jovencitos hermosos en obscuros castings en paños menores, en pos de la gloria cultural o para satisfacer la más mundana hambre del voyeur. Nadie del sector se hizo ninguna pregunta incómoda ante la evidencia de que un sesentón Bernardo Bertolucci dirigiera algo como <em>Soñadores</em> (2003), con los veinteañeros Michael Pitt, Eva Green y Louis Garrel desnudos en buena parte del rodaje. Una circunstancia que no es excepcional sino más bien una constante del cine desde su misma invención.</p><p>En resumen, si la contaminación de los géneros existe, como denuncia con buen tino Grijelmo, en el periodismo cultural ha hecho que la autoestima del crítico, <strong>atada a su subjetividad y desentendida de cualquier otra función periodística</strong>, tome la totalidad de los desempeños de la sección. Y eso explica que las entrevistas se hayan ido acercando a las que en política se hacen a los representantes públicos, presididas por la desconfianza y la confrontación, toda vez el político es empleado del lector, y es el periodista el que media para evitar la mentira o el abuso.  </p><p>Sostiene Grijelmo que la entrevista es un género que, <strong>en la escala de subjetividad, puede graduarse hacia la información o hacia la interpretación</strong>, según sea una leal suma de declaraciones o una entrevista que tiende a dibujar un perfil. Pero en todo caso, el perfil que se transparente ha de ser el del entrevistado, no el del entrevistador. En ningún lugar está contemplado para ella el juicio encubierto, que se está volviendo demasiado común en las secciones de Cultura. Ocurre que al desaparecer el marco normativo del género, desaparece la función, el rol, y el periodista deja de serlo para esforzarse en ser protagonista. Es decir, la libertad para reescribir el formato solo parece interesante si se usa para desembridar la subjetividad del periodista y lanzarla a competir con el entrevistado. </p><p>Desde una célebre y tensa entrevista al <em>youtuber</em> El Rubius en el diario <em>El Mundo</em>, en la que el periodista presumía, en la propia redacción final, de ignorarlo todo sobre su entrevistado —una obscenidad tan innecesaria como la del crítico que quería ver el fútbol y mandar al carajo la película coreana y así lo confesaba en la crítica—, estos <strong>duelos al amanecer entre dos subjetividades en tensión</strong> se han convertido en materia de interés morboso para los lectores sin que ningún jefe de redacción parezca dispuesto a poner fin al hambre de reality y a la terapia de autoestima del periodista que confunde ser incisivo con ser descortés. </p><p>Nick Hornby nos enseñó que <strong>lo importante “no es lo que te gustaría ser, lo importante es lo que te gusta”,</strong> una sentencia fundamental para entender la diferencia entre el funcionalismo neoliberal (“lo que te gustaría ser”) y el solaz liberal (“lo que te gusta”), entre la imperiosa e imperial identidad (“lo que te gustaría ser”) y el empeño en la felicidad y el gozo (“lo que te gusta”). Entre ser productivo (“lo que te gustaría ser”) y ser feliz (“lo que te gusta”). Por lo que vemos, el mito de que muchos periodistas culturales están del lado del solaz solo por la imposibilidad de estar del lado de la producción arroja monstruos que se enfrentan a los creadores con el rencor de no haber podido cruzar al otro lado. Solo así se explica que algunas entrevistas hayan dejado de ser un dispositivo de comprensión para convertirse en un interrogatorio encubierto, una puesta a prueba moral o incluso una forma de ajuste simbólico de cuentas, como si se hubieran celebrado en una habitación sin ventanas, ante una mesa, una silla y un flexo. Eso parecen muchas de las que está padeciendo el joven novelista David Uclés, que ha cometido el pecado de alcanzar el éxito con solo el concurso de lectores satisfechos y libreros entusiastas. Es decir, <strong>sin deber nada a los prescriptores periodísticos</strong>. Lo que nos lleva a que quizá la crisis de los géneros periodísticos sea también una crisis de la identidad profesional.</p><p>Lo ocurrido con Uclés hace poco en una entrevista para <em>El Diari de Girona</em> es un caso de hibridación, pero habría que recordar al autor del impertinente interrogatorio que, <strong>entre los géneros periodísticos, no están el escarnio ni el bullying</strong>. Y que si envidia el lugar del joven de la boina, escriba una buena novela y cruce los dedos.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[2353fd25-ba11-4e83-9a01-de7bcf8a53c4]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Mar 2026 18:09:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Vallín]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52783" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52783" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Una silla, una mesa y un flexo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/4e6661e8-f913-40b0-b9d0-4693a60ef16b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
  </channel>
</rss>
