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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 67]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-67/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 67]]></description>
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      <title><![CDATA[Palabras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/palabras_1_1203104.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1401fd76-5bde-47f2-9607-4b342ec9bce6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Palabras"></p><p>  </p><p>   <strong>Palabras</strong></p><p>Vista desde aquí, la infancia cabe en la palabra chirimoya.</p><p>La palabra Arminda también sirve: además de un nombre es el resumen de una celebración.</p><p>La palabra juventud es demasiado eufórica,</p><p>pero sigue por ahí, arrebatada y pomposa, a salvo de cualquier caducidad.</p><p>También mi tío Santiago estaba a salvo de la caducidad: juiciosamente la ignoraba</p><p>cuando a sus setenta años hacía proyectos que le</p><p>hubieran llevado otros setenta</p><p>y agregaba, como quien enseña,</p><p><em>soy eterno, eso es todo.</em></p><p>No se trata entonces de juntar palabras sino significados: la persistencia de alguien que acaso sea yo.</p><p>Porque, ¿quién hará el trabajo, sino yo, sabiendo que consiste, hasta el hartazgo,</p><p>en buscar otra vez lo ya buscado?</p><p>Otra vez</p><p>no es repetición: lo que cuenta es el goteo,</p><p>el precio del aprendizaje;</p><p>entonces aparece la palabra inconclusa: reclama su mitad, se encrespa y no entra sola.</p><p>De ahí todo este ruido: este exceso de palabras</p><p>para explicar palabras.</p><p><em>*Santiago Sylvester es poeta. Su último libro, la antología </em><strong>Santiago Sylvester</strong><a href="http://www.visor-libros.com/tienda/la-conversacion-antologia.html" target="_blank">La conversación</a><em> (Visor, 2017). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jun 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Santiago Sylvester]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Poesía,Poetas,Los diablos azules número 67]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Pinceladas de verdad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/pinceladas_1_1141544.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/00807823-91ab-4e88-a657-59a37e530082_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pinceladas de verdad"></p><p><em>Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Les dejamos esta sala para que comenten sus lecturas y nos ayuden a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para contarnos vuestra historia y hacernos llegar vuestras recomendaciones.</em><strong>losdiablosazules@infolibre.es</strong></p><p>___________________________________</p><p><a href="http://ellibrodurmiente.org/" target="_blank">El libro durmiente</a> comenzó su andadura como club de lectura en junio de 2003. Su nombre hace referencia a la necesidad de rescatar los valores y principios que duermen en el seno de los libros. El libro durmiente se define como una entidad creada sin fin de lucro. Nuestra acción adquiere la condición de voluntariado cultural. Desde el año 2012, correspondiendo con el período lectivo, impartimos los talleres de escritura creativa, en dos niveles: básico y avanzado. Finalmente, la invitación a los autores para presentar sus obras o impartir clases magistrales sobre las técnicas de escritura ha dado lugar a la creación de un foro literario, donde confluyen los lectores, libros y escritores, compartiendo ideas e inquietudes en pro de la cultura.</p><p>  <strong>CharlotteDavid FoenkinosTraducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García GallegoAlfaguara</strong><em>Charlotte</em></p><p><strong>Madrid2015</strong></p><p>  </p><p>Las obsesiones pueden surgir de forma inesperada. De pronto, por una pintura. Pinceladas que se mezclan con palabras llaman la atención de una mirada. Se acerca y comienza a observar cada trazo, a leer cada palabra hasta sucumbir conquistada por la obra. "Es toda mi vida", musitará más adelante el autor francés <strong>David Foenkinos </strong>(1974) cuando por milésima vez, y habiendo seguido todos los rastros de la vida de la pintora alemana <strong>Charlotte Salomon</strong>, vuelva a contemplar la obra.</p><p>Con una abundante producción literaria, este escritor y músico parisino, tras publicar varias obras como <em>El potencial erótico de mi mujer</em> (2005 en la edición española) o <em>En caso de</em> <em>felicidad</em> (2007), alcanzó un alto reconocimiento internacional con <em>La</em> <em>delicadeza</em> (2011), conocida como la novela de los diez premios entre los que destacan el Premio Dunes y el Premio 7 Art. Más tarde publicó <em>Los</em> <em>recuerdos </em>(2012), <em>Estoy mucho mejor</em> (2013),<em> Lennon</em> (2014) y <a href="http://www.megustaleer.com/libro/charlotte/ES0139622" target="_blank">Charlotte </a>(2015) que obtuvo los premios Renaudot, Goncourt de Lycéens y Globo de Cristal a la mejor novela ensayista.</p><p>"La historia es absolutamente verídica", ha sostenido Foenkinos cuando le han preguntado. Lo único que tiene una carga ficcional son las emociones. Investigar sobre la vida de la pintora, su obra autobiográfica <em>¿Vida o teatro?</em>, así como recorrer los lugares que frecuentó, le ayudó a aproximarse a los sentimientos, pensamientos y emociones que albergó en su corta existencia Charlotte.</p><p>Una vida narrada en frases breves. Como si el resquebrajamiento que sentía el autor al contar la historia de Charlotte le impeliese tomar bocanadas de aire tras un conjunto de palabras. Una vida cargada de desazón, del desaliento continuo que supuso para esta joven mujer comprenderse a sí misma y al entorno en el que le tocó vivir.</p><p>¿Se puede heredar la pesadumbre del desamparo, la tristeza, como se hereda el color de ojos? Una pregunta que inevitablemente asediará al lector a medida que se va adentrando en la vida de esta joven judía alemana. Hija, nieta, sobrina y prima de suicidas, Charlotte encontrará en la pintura una válvula de escape. Un refugio para huir del destino que tuvieron las mujeres de su familia. Una bocanada de aire para subsistir también por un lapso de tiempo en el clima asfixiante, represivo y cruel que impuso el nazismo a los judíos.</p><p>"Es toda mi vida", le dirá Charlotte a su médico al entregarle una maleta con más de mil pinturas una vez que comprende que su vida corre peligro. Una obra autobiográfica llena de colores, palabras y música que David Foenkinos novela para compartirla con los lectores. Un regalo para los que no conocíamos a esta singular artista. La oportunidad de acercarse a la corta pero intensa y conmovedora historia de una mujer que, como millones de personas, murió con apenas 26 años víctima de la barbarie nazi.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jun 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Tati Jurado (El libro durmiente)]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura europea,Nazismo,Los diablos azules número 67]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Escalera de novelas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/escalera-novelas_1_1141539.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f9bff9c3-f707-4f0b-886c-d03cb7bad0db_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Escalera de novelas"></p><p><strong>José Agustín Martínez Rodríguez</strong>, uno de los responsables de la Librería Gaztambide de Madrid, recomienda algunos de los títulos favoritos de los últimos meses.</p><p>_________________________</p><p>  <strong>El color del silencioElia BarcelóRoca EdicionesMadrid2017</strong><em>El color del silencio</em></p><p>  </p><p><a href="http://www.rocalibros.com/roca-editorial/catalogo/Elia+Barcelo/El+color+del+silencio" target="_blank">Una novela</a> que lo tiene todo. Un mujer fuerte, una historia maravillosamente elaborada, una ambientación sorprendente, un misterio vinculado a uno de los episodios más oscuros de la historia de España, un secreto de familia.</p><p>  </p><p><strong>PatriaFernando AramburuTusquetsBarcelona2016</strong><em>Patria</em></p><p>  </p><p>El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia? ¿Podrá saber quién fue el encapuchado que un día lluvioso mató a su marido, cuando volvía de su empresa de transportes?</p><p>  <strong>Derecho naturalIgnacio Martínez de PisónSeix BarralBarcelona2017</strong><em>Derecho natural</em></p><p>  </p><p>Al tiempo que pasa de la infancia a la edad adulta en una España en pleno proceso de apertura tras la Transición, en el interior de Ángel, el protagonista de <em>Derecho natural</em>, late la imperiosa necesidad de dotar de sentido a las cosas, de encontrar un orden, dado que su familia ha sido un modelo de inestabilidad y desorden.</p><p>  </p><p><strong>Los besos en el panAlmudena GrandesTusquetsBarcelona2015</strong><em>Los besos en el pan</em></p><p>  </p><p>Hay que ser muy valiente para pedir ayuda, pero hay que ser todavía más valiente para aceptarla. Los besos en el pan, una conmovedora novela sobre nuestro presente. ¿Qué puede llegar a ocurrirles a los vecinos de un barrio cualquiera en estos tiempos difíciles? ¿Cómo resisten, en pleno ojo del huracán, parejas y personas solas, padres e hijos, jóvenes y ancianos, los embates de una crisis que "amenazó con volverlo todo del revés y aún no lo ha conseguido"?<em> Los besos en el pan </em>cuenta, de manera sutil y conmovedora la vida difícil de la gente.</p><p><em>*Puedes encontrar la Librería Gaztambide en el número 6 de la calle del mismo nombre, en Madrid, o en su página web. </em><strong>Librería Gaztambide</strong><a href="http://www.libreriagaztambide.com/" target="_blank">página web</a></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jun 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Agustín Martínez Rodríguez (Librería Gaztambide)]]></author>
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      <title><![CDATA[El contenido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/contenido_1_1141533.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/39a578b6-1950-4e2b-be3f-ffc9f3e5561d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El contenido"></p><p><em>(Inicia Ignacio Martínez de Pisón.)</em><strong>Ignacio Martínez de Pisón</strong></p><p>Pasaban unos minutos de las nueve de la mañana. El empleado de la estafeta subió desde dentro la persiana y se entretuvo un instante colocando la papelera en su sitio. Cuando rodeó el mostrador para situarse en la sección de recogida de paquetes, había ya una persona esperando. Era un hombre de unos cuarenta años, con la nariz algo torcida y barba de dos días. El empleado ni siquiera le había visto entrar. El otro, sin decir nada, dejó sobre el mostrador el aviso de llegada.</p><p>—Carné de identidad, por favor —dijo el empleado.</p><p>El hombre le mostró el documento sin sacarlo de la cartera. El empleado verificó los datos e hizo con la cabeza un gesto de asentimiento. Se le quedó grabado el nombre: Eladio. Con el papel en la mano buscó entre los sobres y paquetes que se apilaban en las estanterías metálicas. Era una caja rectangular, del tamaño de un horno microondas. Pero pesaba bastante más que un horno microondas. Para llevarla al mostrador tuvo que acomodársela en los antebrazos y sostenerla contra el pecho. Soltó un silbido de admiración, pero el otro ni se inmutó. Pasó después el lector de códigos de barras y le tendió el dispositivo PDA.</p><p>—Una firma —dijo—. Con el puntero.</p><p>El hombre hizo un garabato, cogió la caja y se marchó sin despedirse. El empleado le siguió con la mirada.</p><p>Un cuarto de hora después, Antón Salillas, director de una sucursal del Banco de Santander, apuraba su café con leche ante la barra de la cafetería Las Palomas. Intercambió algún comentario intrascendente con el camarero y se despidió con un movimiento de cabeza. Cuando se disponía a salir, su mirada se detuvo en un cliente que hojeaba un periódico deportivo en una de las mesas próximas a la entrada.</p><p>—¿Eladio? —dijo Antón—. ¿Eres tú?</p><p>El otro se quitó las gafas de vista cansada y le observó con extrañeza. A sus pies tenía una caja rectangular del tamaño de un horno.</p><p>—¿Perdone?</p><p>—¿No eres Eladio? De la facultad... De Económicas...</p><p>—Se equivoca. Lo siento.</p><p>—El novio de Elena. De Elenita Ramos, que tenía un grupo que cantaba canciones en inglés... —insistió Antón con gesto incrédulo.</p><p>—Ya le he dicho que se equivoca —replicó el otro con aspereza—. No sé quién es esa Elenita. No sé de qué me habla. Me confunde con otra persona.</p><p>Antón farfulló unas disculpas y se fue. A través de la cristalera de la cafetería se veían los portales y negocios de la otra acera: una peluquería, una clínica veterinaria, una óptica, una sucursal del Banco de Santander. Si Eladio se hubiera vuelto hacia su izquierda, habría visto a Antón cruzar por el paso de cebra y entrar en la oficina bancaria. Pero nada de lo que ocurría fuera del local despertaba su curiosidad. De hecho, tampoco lo que pasaba en el interior parecía interesarle. Terminó de hojear el periódico y se quitó las gafas. Miró el reloj con propaganda de Coca-Cola que había sobre la máquina de tabaco: faltaban tres minutos para las nueve y media. Dio un trago al vaso de agua mineral y dejó unas monedas sobre el platillo de la cuenta.</p><p>Luego se agachó hacia la caja y arrancó un extremo de la cinta de embalar, lo justo para entreabrir las solapas de cartón y echar un vistazo al contenido. Comprobó con los dedos el envoltorio de burbujas de plástico y cerró otra vez la caja. Esperó hasta que el segundero del reloj de Coca-Cola marcara exactamente las nueve y media. Entonces agarró la caja con ambas manos y salió de la cafetería Las Palomas. Viéndole cruzar por el paso de cebra con la caja en brazos, no parecía tan pesada como cuando el empleado de Correos la había colocado sobre el mostrador.</p><p><em>(Continúa Sara Mesa.)</em><strong>Sara Mesa</strong></p><p>Sin embargo, su manera de cogerla, con sumo cuidado, y el paso tranquilo a pesar de la carga, le daban un aspecto tan extraño, tan inusual como poco, que atraía las miradas de aquellos con los que se cruzaba. No, no tenía una apariencia normal en absoluto.</p><p>Eso, al menos, fue lo que pensó Antón al observarlo desde los ventanales de su despacho. Qué raro, se dijo, y de inmediato supo que la caja –el hecho de que Eladio transportase la caja— tenía que ver, y mucho, con la negación que acababa de hacer –que él no era Eladio— y, sobre todo, con la negación que acababa de hacerle a Elena –a Elenita, a la que nadie, jamás, podría haber olvidado—.</p><p>Era absurdo, sí, no tenía sentido ninguno, pero aun así agarró la chaqueta, masculló una excusa a la cajera que entraba justo entonces en la oficina y salió de nuevo, impulsivo, casi sin pensarlo –sin pensar, desde luego, en el sentido de la persecución que iba a comenzar-.</p><p>Pues podría hablarse sin duda de una persecución. Cómo si no podría catalogarse la carrerita –absurda, también ella— que tuvo que dar para alcanzar a ver, de nuevo, a Eladio con su caja, doblando ahora a su izquierda, hacia la ancha avenida de palmeras, todavía cadencioso, inalterado, como si en efecto la caja no pesara lo más mínimo. Una persecución que empezó así, con la carrerita, para de inmediato frenarse: no es cuestión de que lo descubra a sus espaldas, no tendría excusas que darle, qué hace después de todo un director de banco –¡de una oficina del Santander!— persiguiendo a un ex compañero de facultad cuyo único mérito ya entonces –pues era provinciano y torpe y ni siquiera demasiado agraciado—, cuyo único mérito, se repetía Antón guardando la distancias, fue haber sido el novio de Elenita.</p><p>Ah, Elena, Elenita, cómo podía alguien negarla de esa forma. ¿Qué era lo que había dicho Eladio en Las Palomas? ¿No sé quién es esa Elenita? ¿Esa Elenita? ¿Con ese tono tan despectivo, lo había dicho? ¿Me confunde con otro, había dicho?</p><p>Según avanzaba, Antón se iba sofocando. Una de las cosas que peor toleraba era que lo tomasen por tonto. Y ya no había duda, para él, de que Eladio, ese Eladio desmemoriado –fingidamente desmemoriado, claro— había pretendido reírse de él. Ninguna novedad, después de todo. ¿No era cierto, acaso, que en la facultad también se había reído de él más de una vez? Se le subía todo el calor a las mejillas, a la frente. La ira bombeaba. ¿Por qué tenía que acordarse ahora de todo aquello?</p><p>Se detuvo porque Eladio también se había parado. Con la caja ahora a sus pies, consultaba el móvil. Cinco, seis metros de diferencia como mucho entre hombre y hombre: uno tranquilo, seguro de sí mismo; el otro jadeante, rencoroso. Antón pensó: soy patético, sí, soy lamentable, pero míralo a él, con los vaqueros gastadísimos y anticuados, cargando una vulgar caja de cartón por la calle, y mírame a mí, director de una oficina del Santander, con mi traje impoluto y mis zapatos recién abrillantados. Entonces, mientras lo veía manipular el móvil –tecleaba, sin duda, cualquier nimiedad, pensó—, tuvo que reconocer que, para que la comparación fuese del todo justa, debía conocer el contenido exacto de la caja. Y otra vez le volvió la certidumbre, nítida y cristalina, de que fuese lo que fuese lo que contuviera, tenía relación con la desaparecida Elena.</p><p>Ay, Elenita.</p><p><em>(Sigue Ernesto Pérez Zúñiga.)</em><strong>Ernesto Pérez Zúñiga</strong></p><p>“Me está siguiendo</p><p>Ha picado</p><p>Como tú decías</p><p>Es una araña”</p><p>Elena sonrió con alivio al leer la ristra de whastapps que le acababa de mandar Eladio. Ella había adivinado que aquel psicópata obraría justo así: proyectando su baboso ego sobre cualquier circunstancia que despertase su curiosidad. Durante los años universitarios, Antón aparecía en cada uno de sus conciertos, con el pelo engominado y la cartera repleta de los billetes que le regalaban sus papás. Antón no daba un palo al agua, pero se presentaba en los improvisados camerinos de las salas con el convencimiento de que aquel dinero compraría el cuerpo de Elena. No quería otra cosa. Hacerla puta. Elena la Cienfuegos la llamaban él y el grupo de pijos de la facultad. No respetaban su relación con Eladio, al que consideraban un  piojoso, un “pelúo” tímido y sin un duro en el bolsillo, al que casi apartaban, a pesar de que era grande como un armario, para situarse ante ella y piropearla en corro, mientras el resto de los músicos se miraba con asco y complicidad, encendiendo el primer porro de la noche.</p><p>Elena había puesto toda su fe en ese grupo, One hundred lights, cuyas canciones, compuestas en inglés, estaban destinadas a triunfar en el mundo entero. Y así parecía al principio, cuando grabaron dos vinilos consecutivos que los situaron en los programas de Radio 3 y en el circuito de salas alternativas de media España. Poco le importaba entonces que Antón hubiera inventado aquel mote para ella, traduciendo libremente el nombre del grupo, ni que desabrochara con la mirada cada uno de los botones de sus camisas rojas, las que se ponía para cantar, en el abultado escote. Todavía no le asqueaba la idea de despertar “cienfuegos” en los demás. Fue mucho más tarde de que ella decidiera abandonar a Eladio. Incluso mucho más tarde de que Elena y sus compañeros tiraran su carrera musical en las madrugadas de cocaína, pastillas y alcohol, como quien desperdiga una absurda colección de espejos rotos.</p><p>El pobre Eladio la había estado siguiendo concierto a concierto como un perro que se conforma con las últimas caricias de su amo antes de dormir y después de contemplarla a ella, triunfante diosa de las veladas, entre los halagos y ofertas de los demás, tratando de cuidarla siempre, de protegerla del deseo de los otros y especialmente del deseo de Antón, que no se perdía ninguno de sus actuaciones cuando tocaba en Madrid. Por eso, Elena le hizo el favor de cortar con él, y por eso, por aquella lealtad canina, Eladio la había seguido buscando durante los últimos 20 años y todavía la visitaba cada noche en el bar. Podrían haber recuperado una relación formal si hubieran consumido la dosis suficiente de locura, pero prefirieron ser amigos cada uno al otro lado de una barra, desde donde juzgaban el amor ajeno como el resultado de una baja pasión (“concretamente, en la zona pélvica”, se burlaban), acompañada de una venda en los ojos.</p><p>Elena había envejecido mal y malvivía como camarera de los garitos nocturnos que la seguían contratando, lustro tras lustro, gracias al ajado prestigio de One hundred lights. Estaba tan flaca y arrugada que ni los clientes más borrachos de la última hora la miraban con una viruta de deseo. No le importaba. Ella había aprendido a odiar esa pulsión vacía y pegajosa de tantos hombres,  “una pulsión arácnida", como ella la definía, y que concentraba en un solo recuerdo, narrado una y otra vez ante la paciencia de Eladio.</p><p>Sucedió en las postrimerías de la época de gloria, cuando One hundred lights comenzaba a trabajar por poco dinero en antros de madrugada. Entonces apareció Antón, esta vez solo, y al final del concierto quiso invitarla a una copa. Ella accedió por imaginar que la soledad desaparecía, que el fracaso que ya estaba tocando no contrastaba con los planes ufanos de Antón: playas de Miami, Hilton de New York, el trabajo bancario en el que ya se estaba forrando, “dinero fácil, Cienfuegos”, decía él, “a cambio de la necesidad de los demás”. Reía y a ella le dio tanto asco que decidió ir a mear, casi sin ganas. Cuando al abrir la puerta del baño sufrió un repentino mareo, supo que Antón le había echado una droga en la copa en algún momento de distracción. Fue en ese momento cuando llegó él y la empujó hacia dentro. Elena recibió una lengua blanda en la oreja, y la dureza del pene en la pierna. Primero allí. Porque él le bajó los pantalones, mientras ella trataba de no caerse al suelo.</p><p>Elena no se lo había vuelto a encontrar en dos décadas hasta que, por casualidad, lo vio entrar, fofo y acicalado, en la oficina de un banco de la glorieta de Bilbao. Se le aceleró tanto el corazón que no supo hacer otra cosa que seguirle. Pasó la puerta giratoria. Fingió guardar la cola y, desde allí, lo descubrió detrás de la cristalera de un despacho. Aunque se movía como un ser humano, no era más que un insecto. Un insecto depredador. Una enorme araña encorbatada.</p><p>Mirándolo, se acordó de una de las historias que le habían contado, a ella y a Eladio, uno de los borrachos que se acodaban en la barra hasta el cierre del pub. Un coleccionista de tarántulas. Cómo las recibía por paquete postal en grandes cajas de cartón, donde se acumulaban en botes de plástico, ventilados, uno por araña y rellenos de tierra, separados por apretadas madejas de algodón. En Internet había un tutorial sobre cómo hacerlo, si no le creían. Por encima, los botes se envuelven en burbujas de plástico para que no se muevan, aunque cuidando de hacer agujeritos suficientes para que las tarántulas puedan respirar.</p><p>—¿Y eso no lo inspecciona nadie? —había preguntado Eladio después de vaciar el tercio de Mahou.</p><p>—Una vez pillaron a un alemán, Sven Koppler, mi héroe. Porque el muy animal había enviado trescientos de golpe —había contestado el coleccionista.</p><p>“Nosotros necesitaríamos muchas menos”, pensó Elena observando los movimientos eficaces y estresados de Antón tras el cristal.</p><p><em>(Cierra Miguel Ángel Muñoz.)</em><strong>Miguel Ángel Muñoz</strong></p><p>Eladio había ejecutado el plan de Elenita con minuciosa lealtad, sin plantearle ningún reparo. Durante los últimos tres meses rastreó Internet hasta encontrar un proveedor de tarántulas brasileñas que se anunciaba como experto en tráfico ilegal de especies. Hizo el encargo a su nombre. Al fin y al cabo era él quien se sacrificaba para que Elena cumpliese su venganza, tan rumiada. Aquella inverosímil aventura dibujaba una última oportunidad en el horizonte de Eladio. La ocasión perfecta para que Elena terminara por sentir hacia él algún tipo de aprecio, muy distinto a la conmiseración que le había ofrecido durante años, migajas de un amor imposible.</p><p>Eladio no le había contado detalles personales de los últimos años. Había terminado por ser para Elena el reflejo simbólico de su máscara, un cuerpo desaliñado y alcohólico que tropezaba al andar y le hablaba con titubeos, transformando los torpes coqueteos con los que siempre había intentado seducirla en chistes sin gracia, en historias a medio contar. Su metro noventa, su complexión musculosa había degenerado en un cuerpo inflado, aunque todavía vigoroso.</p><p>No le había contado cómo, en los últimos años, todo se había hundido a su alrededor. Eladio había vuelto a vivir con su madre para consolarla de que el impago de una hipoteca, concedida por el Santander y que ella había avalado con la casa familiar, los dejaría, en apenas una semana, sin casa, sin un lugar en el que Eladio pudiera recogerse cuando volviera, borracho, a veces meado encima, tras cada uno de sus intentos por venderse ante Elenita como digno aún de alguna forma de amor. No soportaba la idea de ver a su madre, con los ochenta ya cumplidos, aprendiendo de memoria —su memoria arrasada— los lugares de la ciudad donde podrían comer y alojarse gratis.</p><p>Llegó hasta el coche, un Ibiza rojo con la pintura corroída por el tiempo y la falta de mantenimiento. Lo había dejado en una calle lateral, bastante escondida. Giró levemente la cabeza para asegurarse de que Antón Salillas seguía allí, culminando su ridícula persecución. Eladio abrió la puerta trasera y empujó la caja hasta el otro lado del asiento. Tuvo que apoyar la rodilla izquierda sobre la tapicería y sintió un dolor muscular que le cruzó la espalda. Un pinzamiento, un signo de que no tenía tiempo que perder. Su cuerpo, al que había sometido durante las dos últimas semanas a sesiones intensivas de pesas y tonificación, estaba a punto de quebrarse. Se había preparado para ese momento.</p><p>No había querido que Elenita supiese cómo iba a hacerlo. Ejecutó los movimientos con la seguridad de un samurái silencioso, audaz y comprometido con su misión. Todavía arrodillado en el asiento, con la caja colocada por fin, se volvió hacia Antón. Al verse descubierto, el director de la sucursal del Santander, su banco ejecutante, sonrió de un modo forzado y ambiguo. Eladio le regaló otra sonrisa, esta vez franca y amistosa. Se incorporó y, sin dejar de mirarle a los ojos, con un ofrecimiento cortés que no evidenciaba el agarrotamiento felino de los músculos, le extendió la mano abierta, con la piel de los dedos cuarteada. Antón se relajó y la estrechó, con la costumbre del que traducía cada uno de esos saludos al lenguaje de los negocios cerrados, de los fondos de inversión contratados, de créditos prometidos a clientes desesperados. Y fue el signo que el samurái necesitaba para descargar el golpe, para tirar de su brazo y empujarlo dentro del coche. Allí reprodujo los ensayados pasos de su plan, en homenaje a Elenita, a cada una de las canciones que le había aplaudido durante esos años en los bares más sórdidos.</p><p>Condujo hasta una colina en las afueras, junto a la vieja cementera, y se dispuso a esperar la anochecida. Antón, molido a golpes y dormido por el cloroformo, daba cabezadas sobre el respaldo, como un boxeador sonado que espera una toalla que le cubra la cara. Tenía la corbata manchada con pinceladas de sangre. A Eladio los nudillos le ardían.</p><p>Cuando las sombras oscurecieron el interior del coche, supo que era el momento que tanto había esperado. Puso el primer CD de “One hundred lights”. Estaba manoseado. Los colores de la portada se habían opacado. La voz de Elenita no tardó en cantar el primer tema: una canción bailable, pero con ritmo de bolero. Subió el volumen al máximo y pasó al asiento de atrás.</p><p>Con parsimonia ritual, abrió el paquete. En el interior había ocho botes perfectamente embalados. Ni siquiera llegó a sacarlos. Giró las ocho tapas y volcó el contenido de la caja, moviéndola como si agitara un cedazo, sobre Antón, pero también encima de sí. No estaba seguro de que todas las tarántulas hubiesen caído encima de las ropas. Alguna se había quedado enganchada del plástico protector, pero acabó por volar hasta el tapizado.</p><p>Sólo distinguía la danza ingrávida de las patas de algunas de ellas, agarrándose al vacío, deslizándose sobre los pantalones de Antón.</p><p>Cerró los ojos. Escuchó la voz de Elenita, embocando el final de la canción, dueña del ritmo. Una foto fija de su madre apareció en su mente durante un instante, pero la reprimió. Quería esperar la picadura de la araña con la imagen de Elena superpuesta a su voz, aunque no pudiese lograr que ambas apareciesen sincronizadas en su imaginación.</p><p>Intentó concentrarse en Elena por última vez. Le irritó que Antón, que cabeceaba aún y no parecía haber recibido todavía ninguna mordedura, se hubiese apoyado sobre su hombro derecho, como un niño cansado sobre su cojín preferido. Pensó en seguir pegándole, en empujarlo hacia el otro lado, en alejarlo de él, pero luego decidió que no, que si los dos cuerpos se quedaban unidos, a las tarántulas les sería más fácil pasar del uno al otro, y dañarlos y vengarlos mutuamente.</p><p><em>*Ignacio Martínez de Pisón es escritor. Su último libro, </em><strong>Ignacio Martínez de Pisón</strong><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-derecho-natural/245083" target="_blank">Derecho natural</a><em> (Seix Barral, 2017).</em></p><p><em>*Sara Mesa es escritora. Su último libro, </em><strong>Sara Mesa</strong><a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/un-incendio-invisible/9788433998286/NH_579" target="_blank">Un incendio invisible </a><em>(Anagrama, 2017), reedición revisada de su novela de 2011.</em></p><p><em>*Ernesto Pérez Zúñiga es escritor. Su último libro, </em><strong>Ernesto Pérez Zúñiga</strong><a href="https://www.casadellibro.com/libro-no-cantaremos-en-tierra-de-extranos/9788416734085/3104123" target="_blank">No cantaremos en tierra de extraños</a><em> (Galaxia Gutenberg, 2016).*Miguel Ángel Muñoz es escritor. Su último libro publicado, </em></p><p><strong>Miguel Ángel Muñoz</strong><a href="http://paginasdeespuma.com/catalogo/entre-malvados/" target="_blank">Entre malvados</a> (Páginas de espuma, 2016).</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p><p> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jun 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ignacio Martínez de Pisón | Sara Mesa | Ernesto Pérez Zúñiga | Miguel Ángel Muñoz]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El contenido]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura española,Narrativa,Los diablos azules número 67]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Más Labordetas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/labordetas_1_1141530.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a0e28a9b-87cd-43f8-9f3a-a14f4b0b936c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Más Labordetas"></p><p><strong>Paisajes queridosJosé Antonio LabordetaEdición y prólogo de Antonio Pérez LasherasLos libros del gato negroZaragoza2017</strong><em>Paisajes queridos</em></p><p>Esperaba impaciente su envío. Era "un <strong>Labordeta</strong>", como llamo ahora todo lo que me llega desde la Fundación del mismo nombre, allá en Zaragoza: el último libro del<em> Abuelo</em>, cuentos inéditos escritos entre 1961 y 1962, quizá antes. Una de las facetas menos conocidas de este personaje polifacético ha sido la de narrador de historias, frente a su obra poética o a otras actividades que le dieron más nombre, como la de cantautor, presentador de programas televisivos (<em>Del Miño al Bidasoa, Un país en la mochila</em>) o diputado de la CHA en el Congreso, con maravillosas intervenciones que se vieron eclipsadas por aquella de "¡A la mierda!" que, según él, iba a terminar siendo su epitafio.</p><p>Desde su muerte hace ya siete años, la figura de Labordeta se ha dimensionado y se ha ido convirtiendo en un referente casi mayor que en vida, en uno de esos personajes incuestionables que surgen de vez en cuando, pero no tan a menudo como muchos quisiéramos o necesitáramos para poder cambiar el país.  La Fundación José Antonio Labordeta, dirigida por su viuda y su hija menor, está intentando mantener vivo su legado bajo el lema "Aragón sigue, Labordeta vive"<em>. </em>Parte de este trabajo consiste en recuperar obras, canciones, textos, poemas o cuentos que se encontraban inéditos, como los que se reúnen ahora en este libro bajo el título de <a href="http://www.fundacionjoseantoniolabordeta.org/presentacion-de-paisajes-queridos-de-jose-antonio-labordeta/" target="_blank">Paisajes queridos</a> y cuya edición corre a cargo de <a href="https://www.facebook.com/LOS-LIBROS-DEL-GATO-NEGRO-1455763671394438/" target="_blank">Los libros del gato negro</a>, una editorial independiente y, por supuesto, aragonesa.</p><p>Los cinco cuentos que se presentan, en una cuidada edición con prólogo de <strong>Antonio Pérez Lasheras</strong>, fueron escritos entre 1961 y 1962 y han sido editados con unos dibujos esquemáticos realizados por el propio autor y conservando la idea de unidad que, al parecer, este le dio. La edición, fiel a lo que había hecho Labordeta, los ha incluido porque cada uno de ellos intenta sintetizar, en cierto modo, el contenido de cada uno de los cuentos. Así, el primero, titulado "Margarita la tonta", cuenta la historia de una vendedora de margaritas a la que alguien, no se sabe quién, deja preñada en plena posguerra. El dibujo es una mujer con un ramo de margaritas. El dibujo del segundo cuento, "El tajo", simula ser hombres con boina, mujeres con pañuelo en la cabeza, y cuenta la historia de unos vareadores de oliva que, mientras trabajan, sueñan con que les toque la lotería. El tercer dibujo pertenece al cuento "Paisaje querido", que da nombre al libro, inicialmente titulado así y al que Labordeta añadió a mano unas eses, convirtiéndolo en el título actual: simula ser un paisaje, el paisaje del pueblo y va sobre la población civil movilizada, los avatares del camino y el sueño de regresar a ese paisaje tan querido que son las raíces de cada uno. En el cuarto dibujo, el del cuento titulado "Bienvenido", una mujer recibe a un soldado, su marido, que vuelve de la guerra y desgrana lo que le ha ocurrido a la mujer y los niños pequeños desde que lo movilizaron hasta su regreso. El quinto dibujo es el retrato a busto de un hombre, y da título a "La isla arrancada", también centrado en el retorno del hijo después de muchos años, la extrañeza de un paisaje rural que ha cambiado y la decisión de empezar una nueva vida en la ciudad.</p><p>El libro ha incluido también una reproducción de mecanoescritos, tanto de algunas páginas, como de los títulos con los dibujos, para contrastar la veracidad de la edición.</p><p>Los cuentos tienen en sí un hilo conductor: abordan personajes y paisajes desolados por la guerra o la posguerra, que no se ve nunca como tal, se asoma a ellos, pero deja ver sus consecuencias y cómo cambia la vida de las personas, básicamente campesinas, menos en el primer cuento, el de "Margarita la tonta", ambientado en la ciudad. Y, eso sí, todos ocurren en Aragón, por todos ellos sopla el cierzo, corre un  tren de vía  estrecha, campos de siembra,  los olivos, los ríos y el amor a la tierra. Y por encima del paisaje, los paisanos, perdedores de una guerra, siempre pierden los mismos. La referencia a ella es general, sin hablar de bandos de forma explícita, aunque con los datos que da, ya se sabe de quién habla en cada caso.</p><p>Es fácil adivinar por qué no se publicaron en su día, teniendo en cuenta la temática que aborda y cuáles son sus protagonistas, todos del lado de los vencidos o de la cáscara amarga, como solía decir Labordeta; personajes arrastrados a una guerra sin sentido, las consecuencias de la crueldad de los vencedores, la miseria de la posguerra. Conociendo además, la poca importancia que el autor daba a su trabajo creativo, seguro que  a la primera tentativa fallida, los guardó en un cajón y se olvidó de ellos. Pero en estos cinco cuentos, escritos en la juventud, ya están algunos de los temas que siempre le preocuparon y que aparecerán en toda su obra, ya sea narrativa, poesía, canciones o en los programas de televisión. Y son unos cuentos hermosos, que recomiendo leer aunque hayan salido a destiempo. Nos acercan algo más al autor y a su forma de ver el mundo.</p><p>Con este libro de cuentos se puede hablar de una trilogía en la narrativa de ficción de Labordeta, a no ser que la familia encuentre más relatos como éstos entre los cajones de su despacho. Del año 2004, y en la <a href="https://xordica.com/" target="_blank">editorial Xordica</a> fue publicado un libro de cuentos titulado <a href="https://xordica.com/noticias.php?id=163" target="_blank">Cuentos de san Cayetano</a>, que transcurren en torno a esa plaza zaragozana. Jóvenes que aprenden la vida en las aulas del Central, colegio seglar y liberal, trasunto del colegio familiar que dirigía su padre, y en los alrededores del mercado de Zaragoza, también en la posguerra. Me consta que esta publicación fue ardua, porque Labordeta se liaba con cualquier cosa e iba posponiendo su publicación. Así, en la última página del libro se puede leer:</p><p>  </p><p>La novela corta <a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/en-el-remolino/9788433971463/NH_408" target="_blank"><em>En el remolino</em></a><em> </em>fue publicada por Anagrama en el año 2007, una novela sobre la guerra civil o, como dice José Carlos Mainer en el prólogo, “una novela antropológica de la guerra”. Por aquel entonces ya era diputado en el Congreso y la popularidad que le dio tanto su trabajo en él como los programas previos de <em>Un país en la mochila</em>, debió de facilitar su publicación.</p><p>Labordeta dejó más libros en prosa, como <em>Los amigos contados</em>,<em> Mercado central</em> –ambos en Xordica— <em>o Banderas rotas</em>, <em>Memorias de un beduino en el Congreso de los diputados</em> y su despedida en <em>Regular, gracias a Dios</em>, entre otros. No se pueden considerar estrictamente de ficción, porque  mezcla esta con semblanzas, autobiografía o ensayo en un género híbrido que le gustaba mucho, acaso como su propia vida y sus actividades.</p><p>Ojalá se encuentren más relatos de Labordeta, o más poemas, o más lo que sea, autor incansable a la hora de expresarse con la literatura aunque lo olvidara posteriormente en un cajón, como hacía a veces con canciones y, pese a la insistencia de unos cuantos, entre ellas yo, para que las recuperase, solo se limitaba a encogerse de hombros, a sonreír y a no decir nada, ni que sí ni que no. Con eso ya sabíamos que seguirían en el cajón para los restos.</p><p>Necesitamos más Labordetas. Yo estaría encantada de seguir leyéndolo. Y más de uno también.</p><p><em>*Carmen Peire es escritora. Su último libro es </em><strong>Carmen Peire</strong><a href="http://www.edicionesevohe.com/products-page/evohe-narrativa/en-el-ano-de-electra-carmen-peire" target="_blank">En el año de Electra</a><em> (Evohé, 2014).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jun 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carmen Peire]]></author>
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      <title><![CDATA[Lluvia a mediodía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/lluvia-mediodia_1_1141527.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1ad8c62d-6759-439d-976b-9c9d188e5f17_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lluvia a mediodía"></p><p><strong>La lluvia en el desierto. Poesía completa (1995-2016)Eduardo GarcíaPrólogo de Andrés NeumanEpílogo de Vicente Luis MoraFundación José Manuel LaraSevilla2017</strong><em>La lluvia en el desierto. </em><em>Poesía completa (1995-2016)</em></p><p>  </p><p>Conservo muchas imágenes de <strong>Eduardo García</strong> (São Paulo, 1965-Córdoba, 2016). Son tomas fijas con localizaciones muy precisas: Madrid, Córdoba, Montilla, otra vez Madrid… No es un álbum de nostalgia sino el dibujo de una presencia firme en la memoria y un resumen tumultuoso del temprano interés por la escritura poética de Eduardo García. Así que la edición de <a href="http://fundacionjmlara.es/libros/la-lluvia-en-el-desierto-poesia-completa-1995-2016-eduardo-garcia/" target="_blank"><em>La lluvia en el desierto</em></a><em> </em>que aglutina la obra completa y desvela sus materiales inéditos me parece un acontecimiento editorial de magnitud.</p><p>Miro desde el reposo la nota previa del poeta y novelista Andrés Neuman para que el viaje nunca resulte una gramática extraña sino un recorrido de asentimientos. El porteño opta por la cercanía afectiva de la evocación y deja la densidad reflexiva en nota marginal. En sus palabras fluyen los recuerdos como un rumor de lluvia a mediodía; y esa es la más efectiva clave de acceso al mundo literario que analiza en el balance final otro excelente conocedor de la personalidad lírica de Eduardo García, el poeta, ensayista y narrador<strong> Vicente Luis Mora</strong>, quien me notificó el tiempo adverso de la enfermedad y su doloroso desenlace.</p><p>Queda lejos el libro ganador en 1995 del certamen Ciudad de Leganés, <em>Las cartas marcadas</em>. Era un primer paso que mostraba dos magisterios referenciales, <strong>Pere Rovira</strong> y <strong>Luis Alberto de Cuenca</strong>. Ambos creadores convocan en sus versos un lenguaje intimista y depurado; apuestan por una visión del discurrir biográfico trascendido. El juego de luces de la emoción camina convertido en alma del poema, es el resplandor de su verdad, sin necesidad de imágenes contundentes ni laberintos conceptuales.</p><p>La voz encontraría muy pronto entonación precisa en su segunda salida <em>No se trata de un juego</em> (1998); con él consiguió el Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez, y unos meses después el Premio Ojo Crítico al mejor libro de poesía joven. Eduardo García se convertía de facto en una de los hitos de su generación; así lo corrobora su presencia en antologías que exploraban las coordenadas fundacionales del nuevo siglo.</p><p>No tarda mucho en aparecer el primer ensayo del poeta, <em>Escribir un poema </em>(2000), entrega que constata desde la experiencia del creador su preocupación por el repertorio básico de destrezas, las fases del proceso creativo, lejos del tópico del poeta iluminado, y la sostenida indagación metaliteraria sobre el fenómeno poético. Son elementos de pensamiento crítico que adquieren su formulación conceptual en su nuevo ensayo <em>Una poética del límite</em> . </p><p>Es evidente que tras <em>Horizonte o frontera </em> los nuevos libros de Eduardo García alientan en su transcurso una evolución que desplaza registros hacia lo visionario y lo simbólico. Así sucede en la entrega transicional <em>Refutación de la elegía</em> (2006), que aunque participa del clima reflexivo de sus pasos anteriores apunta con serena caligrafía hacia lo celebratorio, y con el poemario posterior <em>La vida nueva </em>cuyo empeño regenerativo trasciende el conformismo para abordar desde la palabra una razón de vida, aunque nunca se apague la conciencia de finitud y ese epitelio de estar transitorio que forma la nube existencial. Con <em>Duermevela </em>(2014) Eduardo García consiguió el XXXV Premio Internacional Ciudad de Melilla y es la expresión más nítida de su inmersión en el realismo visionario. Más que abordar el fragmentarismo de lo real desde la palabra, el sujeto lírico sabe que las manos tendidas solo encuentran vacío y que es imposible sortear las inclemencias del lenguaje. De nada vale la existencia frente al andén final de la ceniza. Nadie sabe qué pedir al tiempo; desde este nihilismo desesperanzado que no encuentra coartadas se formulan muchos de los poemas de <em>Duermevela</em>. En la escritura se fusionan las luces y sombras de lo vivencial, ese duermevela compartido del dolor y del gozo</p><p>Sin duda el aporte esencial de esta edición son los dos poemarios inéditos en los que realiza la más honda introspección sobre esa verdad inamovible que convierte la vida en horizonte y frontera. En ellos lo biográfico alcanza densidad matérica, dan al verso una textura estremecedora. <em>La hora de la ira</em> (2016) conmueve por la presencia del desasosiego y la intemperie. El entorno interior se hace tierra quemada y expresión nocturnal; el tiempo es tránsito de sílabas contadas y una travesía de días sin futuro. Aunque después se ha introducido una sección de poemas no publicados, el colofón poético es <em>Bailando con la muerte</em>, una travesía reflexiva por el lado oscuro del <em>fatum </em>personal. Quien comparte su voz busca a tientas en el aire denso de la inquietud. Cerca siente las cuencas vacías de la muerte y el peso de su cuerpo empantanado en sombras. No hay respuestas; solo cumplimiento y vacío, un consumir la extraña cuenta atrás de quien regresa al invierno.</p><p>La fuerza del conjunto deja sin aliento. Queda expresada una trayectoria que hace patente la imbricación entre recorrido biográfico y creación con aportes incisivos y claves de escritura expuestas por la luz crítica de Vicente Luis Mora. El amigo escritor ha tenido un largo contacto en el tiempo con la personalidad humana y literaria de Eduardo García y esa contingencia se hace visible en el pleno acierto de su análisis crítico que logra en su formulación una objetividad definitiva.</p><p>Eduardo García nos dejaba en 2016, a los cincuenta y un años, poco después de que la enfermedad se convirtiese en vértice decisivo de su existencia. Ahora nos queda su poesía: los frutos de una voz que enseña a buscar luz, mientras se instala en la lucidez extrema de quien mira dentro y se siente un observador transitorio.</p><p><strong>*José Luis Morante </strong>es poeta, antólogo y crítico. Su último trabajo es Pulsaciones<em> (Takara, Sevilla, 2017)  </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jun 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Luis Morante]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Lluvia a mediodía]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Mentiras privadas, olvido público]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/mentiras-privadas-olvido-publico_1_1141522.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e2ba4549-e236-4395-9fee-496ae8fde0d6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mentiras privadas, olvido público"></p><p><strong>Cine AliatarJosé María Pérez ZúñigaValparaísoGranada2017</strong><em>Cine Aliatar</em></p><p>  </p><p>¿Qué puedes hacer cuando has construido tu vida sobre una mentira?, se pregunta César, el narrador de <a href="http://valparaisoediciones.es/tienda/narrativa/313-cine-aliatar.html" target="_blank">Cine Aliatar</a>, la última novela de <strong>José María Pérez Zúñiga</strong>, quien arrastra junto con su amada Lucía un viejo secreto de adolescencia, una culpa que solo ellos dos conocen y que ha torcido y malogrado sus vidas hasta hacerlas discretamente insoportables.</p><p>Los dos hicieron un pacto de olvido sobre ese horrible secreto compartido, pero ya sabemos que los crímenes no resueltos siempre vuelven, y César y Lucía (cada uno a su manera) sobreviven con una mezcla de melancolía e incomodidad, atosigados por el mister Hyde de los recuerdos, como si no tuvieran derecho a disfrutar del presente.</p><p>A la desesperada, el narrador decide afrontar por fin "la verdad de los hechos" mediante la escritura de una novela. Asoma entonces el tema de la escritura de ficción como terapia, pero también la escritura de ficción como apelación a la memoria personal y colectiva. El narrador es un perdedor que ha superado los cuarenta y vive solo, aislado por los remordimientos, en un piso repleto de películas y libros. Un soñador que no tuvo el coraje de escapar de su opresiva y fascinante ciudad, ni el coraje de inventar sus propias historias (trabaja como proyectista en los cines que van cerrando por el empuje digital, es decir, vive oculto detrás de su trabajo como operador, conformado con el placebo de dar vida a sus personajes con solo apretar el botón del proyector), ni el coraje de vivir su historia de amor a pesar de las barreras ideológicas y las diferencias de clase social. La escritura de la novela se conforma, pues, como una posibilidad luminosa de superación y reconstrucción personal.</p><p>En el empeño de querer contarnos la verdad, el narrador enlaza su crónica privada con las historias que marcaron las vidas de sus padres y sus abuelos, y las de los padres y abuelos de Lucía, de modo que el relato adquiere dimensión coral y resulta ser un paseo sobre la (intra)historia reciente de España. El relato va y viene, se entrelaza, se mueve entre el espacio (el Cine Aliatar como gran elemento simbólico, pero también los barrios, los bares, los pisos y, sobre todo, los cines de Granada) y el tiempo (la Guerra Civil, la División Azul, la posguerra, la Transición, los felices años ochenta, la crisis económica), entre la historia y la memoria, mezclando datos y ensoñaciones. Un modo narrativo —la libertad formal de la novela— que le permite desprenderse de la culpa sin tener que contarla completamente. La ficción narrativa como acto de magia. "Porque quizá, si contaba nuestra historia, todo podría volver a ocurrir, y así, acaso la historia de ficción se mezclase en un momento preciso con la historia real y todo volviese a ocurrir de nuevo, pero de otra manera."</p><p>Encontramos entonces un inquietante paralelismo entre la memoria —personal— del narrador y la historia —pública— del país. "Habíamos hecho un pacto de olvido sin tener en cuenta las consecuencias que esa decisión tenía para nuestras víctimas." Surge así la mirada crítica sobre la Transición: "Aquí no se ha hecho ninguna transición, sino un pacto de olvido. Las fuerzas políticas fueron simples testaferros de los poderes fácticos, y decidieron que la guerra civil era materia reservada. Aquí tenemos una democracia otorgada que, cambiándolo todo, ha permitido que todo siga igual".</p><p>José María Pérez Zúñiga es profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada y conoce perfectamente los complejos mecanismos de la relación entre historia y memoria. Aunque la memoria sea "inseparable de las emociones y de los juicios de valor", y por ello el conocimiento que genera nunca es completamente objetivo (<strong>Santos Juliá</strong>), y aunque sea peligroso "permitir que la memoria sustituya a la historia" (<strong>Tony Judt</strong>, <em>Pensar el siglo XX</em>), hoy más que nunca la memoria (histórica) es necesaria, pues —con <strong>Walter Benjamin</strong> y <strong>Reyes Mate</strong>— su gran fortaleza consiste en que es capaz de abrir expedientes que la ciencia había dado por archivados. Pero José María Pérez Zúñiga es, sobre todo, escritor. ¿Qué puedes hacer cuando has construido tu vida sobre una mentira? Escribirla. Contarla en un libro. En una novela. En esta más que recomendable <em>Cine Aliatar</em>.</p><p><em>*Jesús Ortega es escritor y editor de </em><strong>Jesús Ortega</strong><a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2017/03/31/proyecto_escritorio_63203_1821.html" target="_blank">Proyecto Escritorio</a><em> (Cuadernos del vigía, 2016).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jun 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Jesús Ortega]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Mentiras privadas, olvido público]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Novela,Narrativa,Los diablos azules número 67]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[¡A la hoguera!]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/hoguera_1_1141510.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8246b379-51de-4181-bed3-ce6a9446544d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¡A la hoguera!"></p><p>Provocar es tarea fácil en un país tan aficionado a contar chistes pero carente por completo de sentido del humor y que está permanentemente dispuesto a sentirse ofendido por las más variopintas razones. España, a falta del consenso necesario para una definición más completa, es ese lugar geográfico donde los católicos reaccionan como si las hordas del <em>lobby </em>gay y otras fuerzas del mal anduvieran todo el rato buscando por las calles beatíficos corderillos para sodomizar en el circo máximo. Sin embargo, este pertinaz nacionalcatolicismo tan nuestro (verdadera marca España), que se siente tan perseguido, ordena el calendario festivo de todos, toma las calles a su antojo durante la Semana Santa mientras los pobres se pelean por cargar con el crucifijo y te puede arrojar pilón por hacer bromas en el bar con la virgen de cualquier pueblo o llevarte ante el juez por hacer chistes sobre Dios o <strong>Carrero Blanco</strong>, sobre todo si quien los hace es una joven transexual (<em>vade retro</em>) que no se calla ni tiene por qué.</p><p>Podríamos añadir el caso del Cristo cocinado de <strong>Javier Krahe</strong> —a quien también, qué casualidad, la democracia de <strong>Felipe González</strong> quemó en la pira del ostracismo por componer y cantar aquel “Cuervo ingenuo<em>” </em>que todos conocemos<em>—</em> o los más recientes del cantante de <strong>Def con Dos César Strawberry</strong>, <strong>El Gran Wyoming</strong> y <strong>Dani Mateo</strong> o <strong>Rita Maestre </strong>por quitarse la camiseta en una capilla que estaba donde no debía estar. En cuanto a los corderillos sodomizados, ya sabemos que es más fácil encontrarlos bajo una rancia sotana protegida por la púrpura cardenalicia que en cualquier otra parte.</p><p>Resulta increíble que, en un país teóricamente europeo y aconfesional, las leyes amparen a todo el que se siente agraviado por la sátira de sus creencias. De este modo, cómo no admitir a trámite las  querellas en los juzgados por chistes sobre Buda, Mahoma, Jehová, Zeus o Raticulín, que también es de Dios. El dibujante <strong>Darío Adanti</strong> ponía de manifiesto el absurdo de tal situación con una sentencia propia de su genio: “Tendría que haber un delito de ofensa a los sentimientos científicos: a mí me molesta que digan que el mundo se creó en siete días”.</p><p>La soltura en los ataques a la libertad de expresión por parte de un gobierno que no se avergüenza de su pedigrí franquista y la alteración quirúrgica del código penal hasta convertir un régimen de libertades en una mutación fascistoide sólo tiene una explicación: tras la muerte del dictador, en España, muy pocos aspiraban a la democracia. A la mayoría le bastaba con la Transición, sobre todo a los que llevaban el águila bordada en el ajuar de cuna. Ya lo dijo su santo patrón <strong>Fraga Iribarne</strong>:<em> </em>“Si llego a saber que la democracia era esto, me hubiera hecho demócrata mucho antes”.</p><p>En una coyuntura como esta, el eterno y polémico <em>enfant terrible</em> del cómic <strong>Miguel Ángel Martín</strong>, uno de los autores españoles con mayor proyección internacional, es un firme candidato a la hoguera y raro será no verle a él o a su editor español <strong>Jesús Egido </strong>(Reino de Cordelia) en el banquillo de los acusados por este <a href="http://www.reinodecordelia.es/libro.php?id=81" target="_blank"><em>Total Over Fuck</em></a><em> </em>que acaba de ser distinguido con el premio al mejor cómic europeo ex aequo con <em>La casa,</em><em><strong> </strong></em>de <strong>Paco Roca </strong>(publicado en España por Astiberri), en el festival <em>Romics 2017 </em><em><strong> </strong></em>que tiene lugar en Roma.</p><p>De hecho, la peripecia que ha sufrido ante los tribunales el editor italiano de la obra ha sido más que florida. En Italia, país donde Martín es ampliamente conocido pese a que se ha mantenido siempre en la escena <em>underground</em>, la edición fue secuestrada en 1995 tras la denuncia presentada por el impresor, bajo las acusaciones de inducción al suicidio, al homicidio y la pedofilia. El editor fue finalmente absuelto tras un largo proceso de cinco años de censura sin compensaciones.</p><p>Los nutrientes de Martín, laureado en 1995 con el premio <em>Yellow Kid</em> al mejor autor de cómic, que es el equivalente al Oscar o al Pulitzer, van de la literatura de <strong>J. G. Ballard </strong>o <strong>William Burroughs</strong>, al cine de <strong>Cronnenberg, David Lynch</strong> o <strong>Peckinpah</strong>; del <em>porno</em> a la música <em>techno industrial.</em> Ha generado una estética, absolutamente personal y reconocible al primer golpe de vista,  basada en ese dibujo limpio, descriptivo y sintético propio de la llamada <em>l</em><em>ínea clara</em> con la que logra sumergirnos en el ácido torrente de sus ideas. Peligroso como un caramelo de wasabi envuelto en celofán rosa, Martín nos conduce con la inocencia del niño que te lleva de la mano al lado más oscuro de la mente humana, y nada de lo humano nos es ajeno. Sin embargo, su valor no radica tanto en la capacidad de provocación, inherente a los temas que toca, como en el sentido del humor con que lleva a cabo la escabechina de tinta que se despliega ante nuestros ojos. No es muy diferente de la técnica con la que otros personajes de ficción como Dexter o Hannibal Lecter han cosechado la afinidad y el cariño del público. La risa nos identifica con el monstruo y nos recuerda lo que somos. Algunos se lo agradecemos y otros no se lo perdonan.</p><p>La deliciosa edición en tapa dura por parte de la editorial Reino de Cordelia de este <em>Total Over Fuck</em>, recientemente galardonado, recoge la producción de diferentes periodos del autor y no ha dejado indiferente a nadie aunque algunos hayan reaccionado como en una estampida de gallinas decapitadas.</p><p>Recuerden, es la obra literaria de un autor, dibujos y texto; no curas pederastas en la impunidad del seminario. Manténgase fuera del alcance de los niños y disfrútenlo en solitario, en pareja o en grupo.</p><p><em>Bon appétit.</em></p><p><em>*Toño Benavides es poeta e ilustrador.</em><strong>Toño Benavides</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jun 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Toño Benavides]]></author>
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      <media:title><![CDATA[¡A la hoguera!]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La tragicomedia humana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/tragicomedia-humana_1_1141507.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/906fed98-6ab9-4a21-9c23-7efb51b10a22_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La tragicomedia humana"></p><p>Mientras tantos escritores, jóvenes y consagrados pierden el tiempo en quisicosas y pasatiempos posmodernos o autoficionales, escritos a menudo en una prosa funcional,<strong> Luis Mateo Díez </strong>vuelve a publicar otra gran obra, una tragicomedia humana titulada <a href="http://www.megustaleer.com/libro/vicisitudes/ES0147372" target="_blank">Vicisitudes</a>, a raíz de las peripecias vitales de casi trescientos personajes imaginados que pululan por una veintena de ciudades inventadas, relatándonos unas veces su infancia o adolescencia, y otras la madurez o viudedad, el aburrimiento de las pandillas, el matrimonio o el trabajo, la soledad, pero sobre todo las relaciones conflictivas –pocas veces afectuosas— con los amigos, los hijos o la pareja.</p><p>  </p><p>El libro está compuesto por 85 historias numeradas que llevan por título una sola palabra, casi siempre un sustantivo; nunca utiliza, en cambio, el nombre de alguno de los personajes o de las ciudades en que se desarrolla la trama. Y como ocurre, por ejemplo, en “Pedazos”, que reproducimos en este suplemento, funciona como un <em>leit motiv</em>. Todas las historias son independientes, narradas por un personaje distinto, pues no se genera ninguna clase de relación entre ellas de tipo temático, aunque comparta estilo y semejantes inquietudes. La mayoría de ellas se desarrolla en las dimensiones, la intensidad y concisión propias del cuento, pues tienen entre 3 y 11 páginas, aunque no falten las que utilizan la digresión. Solo en contadas ocasiones se acercan al microrrelato, quedándose siempre lejos de la novela corta. La acción transcurre en las denominadas por el autor <em>ciudades de sombra</em>, regadas por los ríos Nega y Margo, que ya conocíamos por otros libros suyos, aunque en varias de estas historias no se precise el lugar de los hechos. Se trata de espacios tales como Armenta, Balboa, Ordial, Mentra o Balma, por solo citar aquellas urbes en las que ocurre un número mayor de narraciones, entre catorce y seis. Y si no he contado mal, aparecen hasta un total de 24 ciudades distintas, en algunas de las cuales solo transcurre la acción de un relato, como en el caso de Balbar, Meza, Buril, Basora u Oceja. Sí comparten todas ellas, amplío lo ya dicho al respecto, un tipo de personajes con sentimientos e inquietudes semejantes, aunque dentro de la muy amplia gama de afinidades y pasiones humanas.</p><p>El libro, dedicado a <strong>Margarita</strong>, su mujer (conocida familiarmente como <em>Guchi</em>), se divide en tres partes tituladas (“El círculo de las ensoñaciones”, “Estación de supervivientes” y “Las vidas ajenas”) y a su vez numeradas, cuyo contenido responde en esencia a lo anunciado. Está plagado de cuentos memorables, como “Nupcias”, “Puerto”, “Crecimiento”, “Coronarias”, “Divorcios”, “Pedazos”, “Baúl”, “Voluntades”, “Función”, “Monedas”, “Mordeduras”, “Cavidad”, “Densidad”, “Cuentas”, “Torreón”, “Pájaros”, “Escamas”, “Guardia”, “Servicio”, “Movimiento” y “Consentimiento”, y siendo ya muchísimos los citados, podría aducirse otras tantas más.</p><p>¿Qué tienen en común los cuentos de <em>Vicisitudes</em>? Además de lo ya indicado, la división en secuencias narrativas (que puede oscilar entre 7 y 26), la tipología de los personajes, pues casi todos los protagonistas y lugares, a menudo de nombre estrambótico (así, Don Bento, Palmo o Poldo Bencina, entre los primeros; y Salones Encomienda o Confecciones Maricalva, entre los segundos), proporcionándoles un cierto hálito misterioso, son frágiles y viven extraviados, pero mantienen una convulsa vida interior, aunque la situación crucial en que se encuentren suela llevarlos a transitar caminos de perdición, o a sufrir lo que el autor denomina <em>enfermedades del alma</em>. Las narraciones comparten, además, una misma estética, que apozada en un realismo metafórico, al fugarse hacia el absurdo se enriquece con el expresionismo, lo fantástico, el simbolismo o lo surreal, rozando a veces incluso el esperpento. Así, por ejemplo, en “Muro” se repite que el recuerdo de las fechorías escolares aparecía como una mueca del pasado (pág. 512 y 515). Los narradores pueden ser protagonistas o testigos, se valen tanto de la primera como de la tercera persona, de la omniscencia, y su relato tiende a lo emotivo, aunque no por ello deje de estar salpimentado por la ironía y el humor. Su objetivo primordial suele ser el contarnos el sentido de unas vidas, en sus avatares cotidianos; las vicisitudes intemporales de que se componen.</p><p>Detengámonos en algunos de los relatos más logrados. “Nupcias”, con el que se abre el libro, trata de las peripecias de Ezequiel el día de su boda, las siete veces que desaparece, pues no está donde debiera, tal y como había hecho durante toda su vida. El narrador protagonista de “Puerto” se muestra autocrítico, pero tiñe su voz de un cierto humor triste, al contarnos que para poder estar cerca de la inalcanzable Cósima, la mujer que ama, a pesar de lo distante y altiva que se muestra con él, se casa con su hermana Berta. No obstante, tras diversos fracasos amorosos de su cuñada, decide sincerarse con ella, en un momento en que Cósima regresa a la realidad y él se olvida de que es un desastre, condición que se nos ilustra con la metáfora del saco vacío que porta. El desenlace, sin embargo, se presenta abierto. En “Crecimiento” se cuenta la fuga de Calo, un adolescente de 16 años, los tres encuentros sucesivos y las correspondientes conversaciones que mantiene en el camino con un conductor que lo transporta un tramo, con un mendigo y con otro chico de su edad que también se ha escapado de su casa. Los diálogos, sin desperdicio, le hacen reflexionar a Calo sobre su situación y el sentido de su huida. En “Coronarias” un inspector de policía comenta el contenido del expediente de doña Lubina, cuyos tres maridos murieron en circunstancias, si no normales, tampoco sospechosas, con lo que el autor introduce una variante en un conocido motivo literario. Así, esos esposos, a quien ella define como de poco carácter, muy golosos y caprichosos, no son asesinados, sino víctimas del destino, del azar, pues como comenta otro inspector: “en los sucesos, sean o no delitos o presuntos delitos, siempre hay que empezar por descartar lo evidente” (pág. 222). Además, la muerte de un familiar del inspector en circunstancias semejantes, junto a lo anómalo del caso, justifica su curiosidad, a la vez que introduce una historia paralela, una digresión, infrecuente en los relatos. Se trata, en suma, de un cuento tragicómico, aunque el segundo componente predomine sobre el primero.</p><p>“Divorcios” puede leerse como el autorretrato muy crítico de Ceberio, una auténtica calamidad, además de “momio”, “espantajo”, “robaperas” y “cantamañanas”, según él mismo se califica (pág. 240 y 242), con una vida plagada de fracasos tanto profesionales como sentimentales, amén de un mentiroso compulsivo, tal y como se va desvelando, que se había hecho religioso para intentar paliar su escasa fortuna. El caso es que un Jueves Santo se encuentra por casualidad con sus tres exmujeres, lo que propicia el recuerdo de su relación con ellas y la breve pero suculenta conversación que mantuvieron. En “Pedazos”, en cambio, no hay tragicomedia alguna, pues se trata de uno de los cuentos más tristes e impresionantes del libro, en el que la palabra del título actúa como <em>leit motiv</em>. Así, un padre que se siente mendigo cuenta que tiene que ocuparse de ir recogiendo los restos que han ido dejando tras de sí sus tres hijos, marcados por la desgracia y el destino. “Baúl”, por su parte, empieza siendo un relato realista y misterioso, para concluir en el absurdo. El caso es que un abogado llamado Colino se siente perseguido por un par de individuos que transportan un baúl, pero cuando, harto de su presencia, los aborda parecen formar parte de un espacio metafísico, como los que aparecen en los cuadros de <strong>Magritte</strong> o <strong>De Chirico</strong>. En “Voluntades”, Malido relata la lectura del testamento de su tío Belisario, una especie de padrino protector. Se trata de un motivo habitual en la ficción, que consiste en convertir un testamento en una venganza contra sus posibles beneficiarios. En esta ocasión, el tono del cuento vuelve a ser tragicómico, pues el difunto, además de dejar de vuelta y media a su esposa, fallecida antes que él, y a sus tres hijos, a los que acusa de avaros y gandules, confiesa haber tirado todos sus bienes al río Nega, para no dejarles nada en herencia...</p><p>“Cavidad” me parece otro de los mejores cuentos del libro. Aquí, Delerio cuenta su relación con Dino Selga, su jefe, los consejos que este le dio –“Hay que hacer por la vida”, le repite (pág. 382-384)—; y cómo, una vez muerto, Dino, hombre de carácter, decide volver a la vida porque “aquello no me gusta un pelo” (pág. 379). “Torreón” es la historia de las fugas, de las locuras de Celso, relatadas por su hermano Herminio, miembros de una familia en la que se detectan otros casos de perturbación. Se trata de la vida excesiva de un estudiante aplicado, aunque demasiado imaginativo y pirado. El cuento alcanza su momento culminante en la confesión que Celso le hace a Herminio. También resulta significativo que el relato contenga una fábula: la de la paloma y el gavilán, aunque nunca llegue a referirse completa (pág. 455 y 456). “Pájaros” es un cuento de la estirpe de aquellos que escribieron Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos o Daniel Sueiro, protagonizados por niños de cabeza rapada, dedicados a la rebusca. Con la novedad de que aquí la existencia miserable contrasta con la de otro chico acomodado, al que apenas llegamos a conocer. A este niño, Tono Pardal, el protagonista, un golfillo que para en una chabola y pasa hambre, sometido a los abusos y burlas de los suyos, lo asalta en la calle y le roba la cartera del colegio, fascinado por su brillo repujado. Pero, al fin y a la postre, lo que acaba llamándole la atención es el cuaderno en el que encuentra los dibujos coloreados de unos pájaros. El cuento concluye cuando le devuelve la libreta a su dueño, aunque advirtiéndole que a los pájaros los ha echado a volar… “Escamas” es el relato de un narrador testigo que, muchos años después, ya en la madurez, recuerda las andanzas de “una manada” de jóvenes liderada por dos perlas llamadas Toreno y Bersilio, en la aburrida ciudad de Doza. Se trata de un grupo de indolentes, de <em>vitelloni</em>, que se pasan el día vagando, jugando al futbolín o planeando un suicidio colectivo…, que no llevan a cabo. Pero, lo más notable del cuento, como en otros muchos de este libro, es el tratamiento que le da al lenguaje, pues la peculiar jerga, el sinsentido de las frases, su absurdo, la ruptura con la lógica, resulta ser un fiel correlato de estos jóvenes inútiles.</p><p>Y, por último, “Servicio” es la esperpéntica historia de un servicio militar en el centro de Instrucción de Reclutas de Merallo, cerca de Ordial, con sus hilarantes protagonistas y sus correspondientes ritos de paso: la revisión médica y el tallado, el santo y seña, la jura de bandera, los inevitables correspondientes arrestos y la corrupción en el servicio de Intendencia... Se trata de un relato contado en primera persona por el protagonista, un individuo cojo, cuya aspiración es llegar a furriel para poder tontear en los Juegos Florales con las “pirujas y niñas que meaban colonia, todas con los labios pintados de la misma manera” (pág. 506 y 507), aunque solo acabará consiguiendo que le coloquen un diente de oro…, producto del culatazo con el máuser que le dio un chusquero haciendo instrucción. Podría decirse que es una historia en la estela de la canción “Vamos a contar mentiras” y de las <em>Historias de la puta mili</em>, de <strong>Ivà</strong>, pero con un ingenio y un trabajo con el lenguaje a la medida de aquella extraordinaria película titulada <em>Amanece que no es poco</em>, y que sitúa al cuento, respecto a sus posibles antecedentes, en la estratosfera. Por tanto, lo singular es el lenguaje, la ruptura de la lógica del discurso que lo acerca a los mecanismos del automatismo, si bien sometidos a cierto control.</p><p>Tengo la impresión de que en varios cuentos del libro aparecen ecos, tanto temáticos como lingüísticos, de uno de los mejores microrrelatos del autor, el titulado “Amores”, un rastro que puede rastrearse en “Mirada”, “Equipaje”, “Dolores”, “Porvenir”, “Pecados”, “Cuentas” y “Torreón”. Nos encontramos también con varias de las peculiaridades y motivos habituales del autor: las enfermedades o los temblores del alma; metáforas de la estirpe de las aventuras a la vuelta de la esquina, el saco que cargamos a la espalda o la bola de miga de pan; las frases que se repiten en un mismo cuento a manera de un <em>leit motiv</em> (por ejemplo, en las pp. 277-283), los aforismos intertextuales y el a menudo tono sentencioso. Y, por último, a este respecto, véase lo bien que arrancan cuentos como “Puerto”, “Cavidad”, “Densidad”, “Pájaros”, “Escamas” y “Regimiento”; y de qué forma concluyen con acierto, pero olvídense de la sorpresa final, “Porvenir”, “Coronarias”, “Pedazos”, “Durmiente”, “Trayecto”, “Cuentas”, “Torreón” y “Pájaros”.</p><p>Tras lo dicho, me ha llamado la atención que tanto el editor, en los paratextos, como el autor, en las entrevistas que ha concedido, presenten el libro como una novela. Y, sin embargo, Luis Mateo Díez ha introducido un elemento que podría hacernos dudar. Se trata de la numeración sucesiva de los textos, cosa que no suele hacerse en los libros de cuentos, pero que en sí mismo creo que tampoco lo convierte en una novela. Sea como fuere, el autor nos propone una lectura continuada, pues aunque <em>Vicisitudes</em> “no tiene trama implícita, como todas mis novelas, ocupa un solo territorio”, le comenta a Juan Cruz en una entrevista. El caso es que eso ocurre en gran parte de los libros del autor, ya sean de microrrelatos, ya de cuentos o novelas cortas: transcurren en el mismo territorio, aun cuando dicha geografía esté compuesta por numerosas ciudades diferentes, sin perder por ello su género específico, el que mejor los define. Si bien podríamos empezar a leer el libro como una novela, pronto nos damos cuenta de que entre las distintas unidades no se genera ningún tipo de nexo, pues tanto los personajes como el espacio e incluso el tiempo cambian, sin que haya continuidad; ni tampoco se produce vinculación alguna entre las acciones. No hay, por tanto, una trama que enlace el conjunto de las historias, ni siquiera un personaje que se repita en varias de ellas, ni una relación causa efecto entre las partes, sino tan solo un conjunto de historias independientes. Y a pesar de la estructura tripartita, de su orden establecido, podríamos empezar a leer el libro por la historia que nos plazca, sin necesitar antecedente alguno para entenderla.</p><p>Afirma Luis Mateo Díez que <em>Vicisitudes</em> está escrita como el resto de sus novelas, pues aunque está compuesta por tramos narrativos sin continuidad, sin una trama general, ni referencias explícitas entre las partes, ha sido concebida como una totalidad. Y, sin embargo, también fueron concebidos así libros como <em>Dublineses </em>(1914), de <strong>Joyce</strong>; <em>Winesbourg, Ohio </em>(1919; cuyo expresivo subtítulo es: <em>Colección de relatos sobre la vida de un pequeño </em><em>pueblo de Ohio</em>), de <strong>Sherwood Anderson</strong>; <em>La soledad de las parejas</em>, de <strong>Dorothy Parker</strong>; o libros más recientes, en castellano, como <em>Largo noviembre de Madrid </em>(1980), de <strong>Juan Eduardo Zúñiga</strong>; los <em>Cuentos del barrio del Refugio </em>(1994), de <strong>José María Merino</strong>; o <em>Los girasoles ciegos </em>(2004), de <strong>Alberto Méndez</strong>; e incluso sus mismas <em>Fábulas del sentimiento</em> (2013), sin que por ello tengan que ser novelas, sino libros de cuentos, o novelas cortas. En esta ilustre tradición se inscribe también <em>Vicisitudes</em>. La experiencia de mi propia lectura me dice que el libro debe leerse como un conjunto de cuentos, pues tampoco me parece que se pueda entrar dedicándole largas sesiones de lectura, como ocurre en las novelas, sin riesgo de acabar mezclando unas historias con otras, sino leyendo unos pocos textos, rumiando por separado cada una de las distintas narraciones, dejándolas reposar, aquilatándolas en la memoria.</p><p>Qué duda cabe que, al final, lo importante es, ante todo, la calidad, la profundidad de los relatos, la complejidad de los personajes y la intensidad de sus sentimientos, los sutiles vínculos que se establecen entre ellos, la atmósfera de la ciudad en las que transcurre la acción, así como la variedad de la voces narrativas, bien sea la del protagonista bien la de los testigos de los hechos, otro mecanismo más que lo vincula al cuento, y en definitiva el extraordinario trabajo llevado a cabo con el lenguaje, barajando diferentes registros. Pero tampoco me parece baladí esta reflexión sobre el género del libro.</p><p><em>Vicisitudes</em> es una obra, en suma, en la que aparece condensado todo el mundo literario de Luis Mateo Díez; de ahí que contenga ese tono que le es característico: una geografía metafórica, cierto tipo de personajes de vida rutinaria, con su manera de pensar y comportarse, pero que no carecen de emociones, del fulgor del pensamiento, “siempre mediando entre la nada y el ser”, como escribió <strong>Jean-Paul Sartre</strong> en 1948 a propósito de las piezas de <strong>Giacometti</strong>. El autor ha afirmado que el arte, la literatura comprometida con la vida, le interesa mucho más que el arte comprometido con el arte, con la propia literatura. En una conversación reciente con <strong>Anatxu Zabalbeascoa</strong>, <strong>Ian McEwan</strong> decía que le interesaba mucho más la invención que la autobiografía, pero que la imaginación debe ir cogida de la mano de la inteligencia. En efecto, así ocurre en la obra de estos dos grandes narradores.</p><p><em>*Fernando Valls es crítico y profesor de Literatura.</em><strong>Fernando Valls </strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jun 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La tragicomedia humana]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Pedazos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/pedazos_1_1141503.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2a076bee-9e30-4a57-b3dc-ef5094ef3f0f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pedazos"></p><p><em>En su último libro, </em><a href="http://www.megustaleer.com/libro/vicisitudes/ES0147372" target="_blank">Vicisitudes </a><em>(Alfaguara), Luis Mateo Díez compone la historia íntima de ese territorio imaginario que son sus ciudades de sombra a</em><em> través de 85 historias. "Pedazos" es una de ellas. </em></p><p>_______________________ </p><p><strong>Pedazos</strong></p><p>He ido recogiendo los pedazos de mis hijos, tras la alerta de los percances que me los iban matando, no con la voluntad homicida de algún desastre inusitado, sino con la condición de las perdiciones que tanto se asemejan a la conjura del destino. Nadie me los mata, pero ellos se mueren sin que el disgusto les valga la pena. Con los hijos tenemos la religión del mayor sacrificio. </p><p>Los pedazos de mis hijos tienen la variedad de esas desgracias que dañan a las familias con la lluvia radioactiva que esconde el cierzo de algún invierno, como si en el decurso de las estaciones ya estuviera contenido el mal que las hace irremediables. De esa constatación de lo que no tiene remedio, de lo que resulta irreversible, es de donde nace la voluntad de quien, un día u otro, sea por la mañana, o en la tarde avanzada o en la noche que se pierde en el agujero que promueve en el vacío un indicio del desesperante amanecer,debe salir una vez más, ya con menos esperanzas que en otras ocasiones, pero no con menos congoja, a recoger los pedazos de los hijos, lo que resta de lo que fueron, lo que la fatalidad de la que participaban, con más o menos conciencia, esparce donde ya menos se espera.</p><p>En algunas ocasiones al pie de la primera esquina, en otras en el descampado donde el pedazo es muy parecido auna piedra sobre la que el moho supuró la humedad que no era de lluvia sino de mineral, y muchas veces en los solares chamuscados por el incendio de una hoguera que esparció las brasas y aventó las cenizas con parecida determinación con la que alguno de mis hijos malbarató el sentido de un remordimiento que también pudo arder antes de apagarse.</p><p>Son muchos los pedazos que he ido recogiendo en el pavimento de los barrios marginales, por Corea y la Con‐tienda, el Gamonal y la Torcida, donde el asfalto que apenas mantiene la preservación caduca de las obras públicas es el que mejor retiene los pedazos, como si en el deterioro grumoso de la pavimentación se desordenaran sin que los miembros llegaran a esconderse.</p><p>Un fragmento, un cacho, una pieza, una porción, las trizas de lo que de alguno de ellos, Gavela, Medro, Cósima, se desvirtúa en el impulso de la disolución pero sin llegar a desaparecer.</p><p>No son los cuerpos letales de los hijos sacrificados, sumidos en la muerte de la esquina, el solar o el pavimento, la encarnadura que hizo de sus bocados una piltrafa expandida o el témpano de su extenuación o la roedura en que sintieron que, al fin, llevaban todas las de perder.</p><p>Los pedazos se complementan con lo que en el espíritu del padre es lo más parecido a la emoción de su mortandad, y esa emoción no se compagina estrictamente con lo que muele la muerte con la pieza más insobornable y pesada de todas, el mecanismo de su destrucción; lo hace con los pre‐sentimientos y las agonías de las búsquedas en tantas ocasiones infructuosas. </p><p>Porque he ido recogiendo los pedazos de mis hijos en muchos años de contribución y hallazgo, sabiendo que los pedazos se disipan y extorsionan entre infinitas mentiras y simulaciones, de modo que en esos años, que están demasiado cerca de los que tengo, la contribución y el hallazgo se posponen y, más de una vez, cuando lo que quedaba de uno de ellos, y recuerdo muy bien la noche en que apareció en una cuneta de la carretera de Verial el pedazo de Cósima, no me fue posible recogerlo.</p><p>Cósima no se avenía a la condición del padre desvelado que la requería en su tribulación, y alargaba los brazos pa‐ra que al recoger lo que de ella quedaba lo hiciese con la mayor delicadeza posible.</p><p>Al menos Medro, en la esquina de Posta, cuando un perro lamía el cuajo de la herida granate, hizo de su pedazo una raja compasiva, como si en el entendimiento de una gran misericordia la paternidad pudiera ayudarlo y complacerlo.</p><p>Las desatenciones de Gavela nunca pude tomárselas en cuenta, siempre fue una hija despectiva que aborrecía la idea de tener un padre y, sin embargo, el pedazo más cruel y doloroso le pertenecía a ella, un resto que amalgamaba los sufrimientos más congénitos, y los que resudan como en la sangre del Calvario, y que como la medicina no acierta con el diagnóstico habla de enfermedades del alma.</p><p>No es que el padre se sume a la tendencia pericial que evalúa, si hace falta, la responsabilidad de los hijos, o concierta moralmente lo que unos y otros conviene que asuman para el buen trato y entendimiento de las familias.</p><p>No se trata de eso en mi caso.</p><p>Yo salgo a recoger los pedazos de mis hijos sin que en la encomienda que me impongo confirme el compromiso de la paternidad. No soy en absoluto un ser culposo, ni desde mi autoridad expreso lo que dignamente debiera corresponderme.</p><p>Soy un padre pordiosero que va recogiendo los pedazos de sus hijos con la devoción del mendigo, quiero decir que es la limosna de esos pedazos la que pudiera hacerme sentir modestamente virtuoso.</p><p><em>*Luis Mateo Díez es escritor. Su último libro, </em><strong>Luis Mateo Díez</strong><a href="http://www.megustaleer.com/libro/vicisitudes/ES0147372" target="_blank">Vicisitudes </a><em>(Alfaguara, 2017). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jun 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis Mateo Díez]]></author>
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