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Los diablos azules

Proyecto Escritorio

  • Me interesan los lugares por donde merodea la escritura. Siempre que visito a un escritor amigo procuro hacerme franquear su sanctasantórum
  • Me pregunto si los lugares donde escribimos son un estado mental o si estamos fatalmente sometidos a la influencia de lo que nos rodea

Jesús Ortega Publicada 31/03/2017 a las 06:00 Actualizada 30/03/2017 a las 17:02    
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Este texto forma parte de la introducción de Proyecto Escritorio (Cuadernos del vigía, 2016), que recoge imágenes y reflexiones de 77 autores en español sobre sus espacios de trabajo. 

Me interesan los lugares por donde merodea la escritura. Siempre que visito a un escritor amigo procuro hacerme franquear su sanctasantórum, cuando no lo fisgoneo a escondidas como un mirón vicioso. Siento una irrefrenable atracción por estos espacios de intimidad profanada. En las casas-museo de escritores corro a buscar antes que nada las habitaciones propias, y aunque suelen decepcionarme (tienen algo de museo de cera o de animal disecado), no cejo en la persecución del secreto que imagino que contienen. Me refiero al lugar físico, pero también al espacio metafórico donde se generan los procesos creativos. ¿Existirá en algún lado un espacio amigable, un espacio fuente de donde brote feliz la escritura con sólo desearlo? Me pregunto si los lugares donde escribimos son un estado mental o si estamos fatalmente sometidos a la influencia de lo que nos rodea; si escribir sobre cristal o sobre madera dará como resultado escrituras distintas; si abrir la ventana para que entre el ruido de la calle comunicará a lo que escribes todo un manifiesto de impurezas. O aquello que a Mary McCarthy le intrigaba a propósito de los espacios de Elizabeth Bishop: cómo era posible que su poesía fluyese tan delicada con aquel cuarto de trabajo tan sucio y desordenado y en aquel escritorio más desordenado aún. ¿Por qué nunca lo limpiaba? Quizá para no alterar esa relación misteriosa entre el desorden de su escritorio y la elegante pulcritud de su escritura.
  El origen de Proyecto Escritorio se remonta a un libro que quise escribir sobre Federico García Lorca y su casa de verano, y que al final se convirtió en la exposición de fotografías Álbum. Una historia visual de la Huerta de San Vicente. Buscando bibliografía específica a propósito del espacio y los espacios de escritura, comprobé que más allá de los textos clásicos (Bachelard, Praz, Abrams, Benjamin) no había apenas nada en castellano, o se hallaba escondido y disperso, y se me ocurrió cubrir en alguna medida ese hueco. Existía, sí, aquel precioso libro casi inencontrable, The Writer's Desk, de la fotógrafa Jill Krementz, con imágenes en blanco y negro de grandes autores norteamericanos posando ante sus escritorios. Y también la serie Writers' Rooms, del diario The Guardian, que todavía puede consultarse en línea. Pensé que podría ser interesante construir otra cosa, algo así como un mapa visual y verbal de poéticas del espacio de autores contemporáneos en lengua española —narradores, poetas, ensayistas, dramaturgos—, un proyecto distinto de los de Krementz y The Guardian, más literario y reflexivo, menos periodístico, en el que textos e imágenes formasen un todo, se concibiesen juntos, significasen juntos.


Los autores no posarían ante la cámara, sino que desaparecerían para hacer posar a sus escritorios. Ningún fotógrafo ajeno vendría a imponer sus encuadres ni a igualar con su mirada la serie de imágenes; serían los propios autores quienes, a partir de una absoluta libertad de planteamientos, realizasen las fotos de sus espacios físicos o simbólicos de escritura, artísticas o caseras, de cerca o de lejos, en color o en blanco y negro, desde este o aquel punto de vista, en función de lo que quisieran mostrar u ocultar, y cómo, y por qué. Se trataba de proponerles un striptease en toda regla, porque no hay nada más íntimo para un escritor que el lugar donde escribe.


El proyecto echó a andar en enero de 2012, casi como un juego de extimidades surgido al calor de Facebook. Con muchas dudas sobre la acogida que podría tener, expliqué la idea a unos pocos amigos. Si aceptaban el juego, me enviarían una fotografía de su espacio de trabajo realizada por ellos mismos y, junto con la fotografía, un breve texto, entre el apunte y el microensayo, sobre cualesquiera aspectos relativos a dicho espacio y a su relación con él. Aunque a algunos la proposición les pareció turbadora y rechazable, en general respondieron con tanto entusiasmo que muy pronto me di cuenta de que el proyecto valía la pena y decidí tomármelo en serio.

Es evidente que, por el lado de la imagen, Proyecto Escritorio contiene una dosis de espectáculo, en un momento en que hay un masivo desplazamiento de la atención pública hacia la intimidad de la vida privada: quien no se exhibe, mira. En el nivel de la recepción, ello permite a los lectores convertirse en espectadores y limitarse a la curiosidad de querer saber "cómo serán" los escritorios de determinados autores que les interesan. Muchos de estos escritorios se muestran aquí por primera vez en público. Se trata de espacios pensados para la vida íntima que de pronto han sufrido la violencia de la exposición pública. Los escritores se han convertido en fotógrafos ocasionales y a la vez en strippers. ¿Esas fotografías amateurs lograrían plasmar de manera ingenua, imperfecta y atractiva una cierta "verdad" de los espacios? ¿O el hecho mismo del tránsito de lo privado a lo público produciría un proceso de museización de la intimidad, con su corolario de asuntos: autenténtico/falso, sincero/insincero, original/retocado?

Sucedió que los autores empezaron a desarrollar las posibilidades conceptuales del proyecto. Por una parte, ofrecían imágenes esperables, aquellas que se atenían aparentemente a la literalidad de la propuesta (es decir, aquellas mediante las que los autores documentaban de forma más o menos realista los espacios propios, con insistencia en determinados puntos de vista, distancias, encuadres: el escritorio como retablo o como naturaleza muerta). Pero esas imágenes, en principio convencionales, podían resultar enormemente elocuentes y estar llenas de ambigüedades y significaciones, por sí mismas y en relación con los textos que las acompañaban. Sabemos, al menos desde Susan Sontag, que las fotografías no reflejan el mundo, sino que lo interpretan. Más que espejo de la realidad, son su huella problemática. Toda fotografía es un relato. Por tanto, convenía preguntarse a qué aludían las imágenes ingenuas e imperfectas de algunos escritorios, qué revelaban o señalaban por debajo de lo aparente. Conforme aumentaban las colaboraciones y el proyecto crecía, las imágenes rechazaban ocupar un lugar secundario o subordinado. Proyecto Escritorio dejó muy pronto de ser un mapa de poéticas del espacio, enriquecido mediante fotografías, y se adentró en una reflexión más amplia y de más calado sobre las relaciones entre un medio artístico y otro.

Era esencial procurar que los escritores concibiesen a la vez la imagen y el texto; que imagen y texto no fuesen cada uno por su lado sino que, o bien se refirieran mutuamente uno a otro (a modo de écfrasis, de ilustración o de cualquier otro modo), o bien que juntos hicieran correferencia al espacio externo aludido (el espacio fotografiado, pero también al espacio descrito, narrado, imaginado o recordado). Cada imagen y cada texto debía mostrarse (en el blog, en el libro y tal vez en las paredes de un futuro espacio expositivo) de forma simultánea. Que no se tratase de fotografías comentadas ni de textos ilustrados, sino de otra cosa, una especie de animalillo fantástico compuesto de letras y píxeles, un híbrido para lectoespectadores.

Si hay algo en común en estos escritorios, en estas imágenes-textos, es la diversidad de enfoques y perspectivas. Exactamente la multiplicidad y la riqueza que puedo encontrar en la literatura actual en lengua española.

Diría que todos ellos comparten el hecho de que su creatividad, para tensarse y dispararse, necesita estar colocada en algún punto íntimo e intransferible entre el orden y el desorden, entre la limpieza y la acumulación. Los hay quienes, como Andrés Neuman, creen que un exceso de objetos alrededor puede provocar interferencias en la escritura, y procuran que no haya libros cerca, pues las bibliotecas los distraen. El poeta Luis Muñoz no está muy lejos de esta idea: necesita una tabla limpia, un espacio vacío que sea como una página en blanco. En el otro extremo se sitúa Óscar Esquivias, cuyo escritorio madrileño parece un retablo barroco, lleno de fetiches, postales, recuerdos e imágenes de esos santos laicos que son los escritores admirados. Hay los que no necesitan fetiches, pero no desdeñan la compañía de las cosas, como Juan Malpartida, que acumula en su escritorio desde figuras chinas de terracota hasta el inevitable tarro de metal lleno de lápices en cuyo fondo se agitan residuos de objetos como capuchones, pinzas o trozos de goma de borrar. Y luego están quienes trabajan sepultados bajo un permanente caos de papeles y cachivaches, como Clara Obligado, cuya fotografía revela una deshinibida sinceridad. Y, aunque la pluralidad es la verdadera característica común a todos ellos, creo que podría agruparlos en dos concepciones del espacio: el escritorio que no precisa anclarse en un lugar concreto y el escritorio que necesita aislamiento, protección, encierro. Al primero lo podríamos llamar escritorio mental o escritorio portátil, es un espacio espiritual más que físico, lo lleva el escritor consigo allá adonde vaya, a los cafés, a los bancos de los parques, a los aeropuertos, basta un ordenador, un cuaderno, una servilleta de papel, se le da bien lo fragmentario, el poema, el aforismo, toda clase de géneros breves, aunque también hay novelistas hechos a esta clase trashumante de escritorio. Puede ocupar un espacio específico en la casa, pero mestizo, no del todo diferenciado, carente de fetiches y de rituales, en gustoso contacto con los ruidos exteriores; igual puede parecerse a un escritorio convencional que estar en la cocina o en la cama, y soporta ver desfilar gente alrededor. Los escritorios de la segunda clase se conciben en relación especular y a menudo problemática con la vida. Necesitan construirse y defenderse lejos de la vida para poder cumplir su función de laboratorio donde dedicarse a imaginarla, reelaborarla, escribirla. En este grupo se sitúan los escritorios refugio, los escritorios isla, los escritorios sótano, los escritorios pared, los escritorios santuario, los escritorios mundo, los escritorios lienzo, los escritorios celda... Estos escritorios son más proclives a la reunión de fetiches u objetos personales (aunque no siempre), están anudados a rituales y manías, suelen ser un compendio visual de la personalidad y las obsesiones del escritor. Y hay un tipo de escritorio diferente del resto, el escritorio cuerpo de la dramaturga Angélica Liddell.

Proyecto Escritorio no es una antología. Ni programática ni panorámica. La antología exige seleccionar lo previamente dado, o, en definición precisa de Claudio Guillén, la reelaboración por parte de un lector de textos ya existentes mediante su inserción en conjuntos nuevos. Aquí no había textos previos que releer sino una vasta terra ignota. Más bien he actuado de comisario de una curiosa exposición, pensada no para las paredes de un museo sino para las páginas de este libro. Las invitaciones a los escritores fueron haciéndose a veces por azar, a veces por crecimientos rizomáticos. A los escritores que siempre me han interesado, de un lado y otro del océano de la lengua, de generaciones distintas, con poéticas diferentes y encontradas, fui sumando los escritores que el propio proyecto me hacía descubrir. Unos llevaron a otros. Avanzábamos a ciegas. Lanzábamos monedas al aire. Y aunque nunca he tenido la última palabra, sino que han sido los propios autores los que han decidido siempre si querían o no jugar, reconozco un cierto gusto personal en la imagen sincrónica que el proyecto ofrece de nuestra literatura. Por supuesto, me hubiera gustado incluir escritorios de autores a los que admiro y que, por distintas circunstancias, no quisieron o no pudieron estar. Todos ellos son los verdaderos protagonistas y a todos ellos —los publicados en el blog, los publicados en el libro y los que finalmente no han podido estar— quiero darles las gracias. Su generosidad y su complicidad lo han hecho posible: Proyecto Escritorio les pertenece.

*Jesús Ortega es escritor y editor de Proyecto escritorio (Cuadernos del vigía, 2016). 
 
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