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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 86]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-86/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 86]]></description>
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      <title><![CDATA[El beso de Klimt]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/beso-klimt_1_1203126.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/043ca79e-692e-4499-9b2b-3cf287f546c9_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="El beso de Klimt"></p><p>  </p><p>   <strong>El beso de Klimt</strong></p><p>Se enamoran de un cuadro.</p><p>Un bellísimo cuadro  que lleva un largo siglo en los museos.</p><p>Viena, primera década del siglo de las sombras:</p><p>secesión en las artes, oropel y erotismo.</p><p>Gustav Klimt, el artista que amaba a las mujeres.</p><p>Poquísimas han visto la obra original.</p><p>Pero eso no importa, se enamoran de copias.</p><p>Decorativas copias, simbólicos deseos,</p><p>altares que presiden las alcobas</p><p>de los enamorados del presente.</p><p>Sus abuelas colgaron crucifijos</p><p>(para toda la vida).</p><p>Sus madres, el jardín de las delicias</p><p>(hasta el confuso día del divorcio).  </p><p>Ellas, un beso eterno</p><p>aunque la eternidad dure un suspiro.</p><p>La lámina dorada brilla sobre los tálamos,</p><p>los jóvenes amantes</p><p>la miran y se besan como príncipes.</p><p>Ven lo que necesitan</p><p>para alcanzar el fondo de la dicha:</p><p>La lluvia de oro, el eco de mil constelaciones,</p><p>la pradera de flores, los mantos que los cubren</p><p>y los rostros unidos por el beso infinito.</p><p>(Que en la obra elegida él domine la escena</p><p>y ella cierre los ojos postrada de rodillas</p><p>al pie de un precipicio,</p><p>son detalles que no tendrán en cuenta.)</p><p>Viena, primera década del siglo de las sombras</p><p>y cien años más tarde:</p><p>traslaciones continuas, secesiones forzosas,</p><p>deslealtades urgentes, acosos y despidos,</p><p>mochilas y muchachas con el ombligo al aire</p><p>y algún privilegiado que siempre está esperando</p><p>un cambio de destino…</p><p>Bajo este panorama de tiempos velocísimos,</p><p>de carretera y pésimos augurios,</p><p>las jóvenes parejas del siglo XXI</p><p>siguen en el intento:</p><p>construyendo el amor al borde del abismo.</p><p>De <em>¿Quién teme a Thelma & Louise?</em></p><p><em>*Mónica Doña es poeta. Su último libro es </em><strong>Mónica Doña</strong><a href="http://www.editorialrenacimiento.com/renacimiento/1851-quien-teme-a-thelma-louise.html" target="_blank">¿Quién teme a Thelma & Louise?</a><em> (Renacimiento, 2017).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Nov 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Mónica Doña]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Poesía,Los diablos azules número 86]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Los edificios de Almudena Grandes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/edificios-almudena-grandes_1_1147992.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4f02a90a-9e06-433a-bd60-0f80327ba9f3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los edificios de Almudena Grandes"></p><p><em>Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Les dejamos esta sala para que comenten sus lecturas y nos ayuden a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para contarnos vuestra historia y hacernos llegar vuestras recomendaciones.</em><strong>losdiablosazules@infolibre.es</strong></p><p>___________________________________</p><p><a href="http://ellibrodurmiente.org/" target="_blank">El libro durmiente</a> comenzó su andadura como club de lectura en junio de 2003. Su nombre hace referencia a la necesidad de rescatar los valores y principios que duermen en el seno de los libros. El libro durmiente se define como una entidad creada sin fin de lucro. Nuestra acción adquiere la condición de voluntariado cultural. Desde el año 2012, correspondiendo con el período lectivo, impartimos los talleres de escritura creativa, en dos niveles: básico y avanzado. Finalmente, la invitación a los autores para presentar sus obras o impartir clases magistrales sobre las técnicas de escritura ha dado lugar a la creación de un foro literario, donde confluyen los lectores, libros y escritores, compartiendo ideas e inquietudes en pro de la cultura.</p><p>  <strong>Los pacientes del doctor GarcíaAlmudena GrandesTusquetsBarcelona2017</strong><em>Los pacientes del doctor García</em></p><p>  </p><p>Repaso las reseñas de los anteriores <em>Episodios </em>de <strong>Almudena Grandes</strong> y aunque ya no me sorprende lo que me ocurre con esta escritora, me siguen maravillando las intensas sensaciones que me provoca. Más teniendo en cuenta que la complejidad en la elaboración de esta última obra, supera con creces las anteriores de la serie.</p><p>Podrían agitarse todas sus letras y páginas y al caer tendríamos varias novelas. Por cantidad y calidad de todo lo contado y narrado. Pero claro, hay que ordenar toda la documentación y la ficción. Y eso, lo hacen pocas plumas como Almudena Grandes en <em>Los pacientes del doctor García</em>. Por eso es un claro ejemplo de que escribir –bien– es un oficio laborioso para el que cualquiera no está capacitado. Porque no todos los autores tienen a su legión de lectores ansiosos por la salida del nuevo libro.</p><p>Esta novela es una clase de historia didáctica y entretenida. Conjuga dos pilares básicos para no despegarte del sillón de lectura. De nuevo, levanta alfombras, saca escoba y recogedor para narrar con maestría capítulos desconocidos. Igual no tan desconocidos como ocultos, por mucho que se intuyeran.</p><p>Centenares de prófugos del Tercer Reich encontraron refugio en España y Argentina gracias a una red dirigida por <strong>Clara Stauffer</strong> desde Madrid con la pertinente connivencia del régimen franquista. Almudena Grandes escarbará en los entresijos de la organización, intercalando personajes reales y de ficción. Dos de estos últimos, el médico Guillermo García Medina y el diplomático Manuel Arroyo Benítez serán dos pilares de la red de espionaje que se colará entre las páginas para desenmascarar el cómodo refugio que encontraron torturadores y grandes máquinas intelectuales del régimen nazi.</p><p>Como el trayecto es largo iremos viendo poco a poco hasta qué punto son infinitos los límites de una amistad con letras mayúsculas. Guillermo y Manuel no solo pasan malos ratos. Se juegan la vida. Cada paso puede ser el último y aún así, la amistad y lealtad se convierten en sinónimos y/o en una pareja inseparable para definir lo que une a los dos personajes.</p><p>Guillermo será el elegido por Almudena Grandes para encabezar este relato plagado de historias y personajes que no caben en los dedos de unas cuantas manos. No solo porque son muchos, sino porque la doble y a veces triple identidad bajo la que se ocultan estos personajes engordarán la lista de intervinientes aunque las caras sean las mismas. No es novela para mentes cansadas. Hay que estar bien atentos. No hay reposo.</p><p>No suelo curiosear las últimas páginas de los libros. Así evito tentaciones que luego se vuelven contra el lector. Prefiero pasar páginas hacia atrás cuando me despisto con nombres, fechas o situaciones. Por eso hasta el final no pude ver el listado de personajes que sirve de guía para no perderse. Pero me alegro. Ha sido un factor más para incrementar la sorpresa y el placer de leer esta novela, como fruto de un intensísimo trabajo tan bien narrado como construido. Vértigo me dio comprobar el número de páginas que son necesarias para enumerar y describir a grandes trazos los personajes. De nuevo resoplé para mis adentros: "Lo de esta mujer es alucinante".</p><p>Para el recorrido entre los previos a la Guerra Civil y la Transición española tampoco serán escasos los países y lugares por los que pasaremos y que la autora describirá en un paseo tanto visual como histórico. Vamos, que no da puntada sin hilo. Todo está previsto y medido en este <em>Episodio </em>en el que de nuevo el lector tiene la sensación de estar en clase, aprendiendo, independientemente del sentir y posicionamiento más que conocido de la autora a nivel político. Valoro su aportación didáctica. Es el caso del descubrimiento por ejemplo del médico canadiense <strong>Norman Bethune</strong>, creador de bancos de sangre con los que se realizaron cientos de transfusiones a heridos en la Guerra Civil. Una figura que me ha encantado conocer, lo mismo que ampliar conocimientos sobre otras personas reales que viven en <em>Los pacientes del doctor García</em>.</p><p>¿Qué más puedo decir de Almudena Grandes que no haya repetido ya cada vez que leo una de sus nuevas obras? Porque en ellas es constante la calidad de su narrativa, aunque en esta serie de <em>Episodios </em>vaya unida al mismo nivel que su capacidad para construir estructuras como edificios con tamaño de catedral. En este último capítulo ha levantado una con capacidad para miles de fieles a Almudena Grandes. Por supuesto, ya me he buscado un hueco dentro.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Nov 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Begoña Curiel]]></author>
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      <title><![CDATA[Viajes y huidas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/viajes-huidas_1_1147988.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e41f94f5-e8f6-41ca-8711-0ad5a435a18e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Viajes y huidas"></p><p><strong>Xavi Vidal</strong>, de la Llibreria Nollegiu de Barcelona, recomienda algunos de sus títulos favoritos de los últimos meses.</p><p>_________________________</p><p>  <strong>El ferrocarril subterráneo / El ferrocarril subterraniColson WhiteheadTraducción de Cruz Rodríguez Juiz / Albert TorrescasanaLiteratura Random House / Edicions del PeriscopiBarcelona2017</strong><em>El ferrocarril subterráneo / El ferrocarril subterrani</em></p><p>  </p><p>Dos días de julio me duró esta novela donde sin necesidad de adjetivos relumbrantes, el autor nos explica la odisea de Cora, una esclava negra de Carolina del Sur que huye de la plantación a través de un tren subterráneo que en teoría debería llegar a Canadá. Un ritmo frenético, una trama repleta de escenas conmovedoras y conmocionantes y una historia de cómo los diferentes estados trataban a los esclavos.</p><p>  <strong>Viaje por Europa. Correspondencia 1925-1930Giuseppe Tomasi di LampedusaTraducción de Juan Antonio MéndezAcantiladoBarcelona2017</strong><em>Viaje por Europa. Correspondencia 1925-1930</em></p><p>  </p><p>El autor de <em>El Gatopardo</em> fue un gran viajero. En este ensayo se recogen las cartas que escribía a sus primos. Y los detalles de sus estancias en París, Londres y Berlín.</p><p>  <strong>El último libro de la vieja EuropaJordi CorominasSílex EdicionesMadrid2017</strong><em>El último libro de la vieja Europa</em></p><p>  </p><p>En noviembre de 2014, <strong>Jordi Corominas</strong>, escritor, periodista, traductor y ante todo, un hombre libre, viajó nueve días a París y Florencia, sin más propósito que el de pasear por las dos ciudades sin hablar con nadie, observando y dialogando con sus maestros y sus mitos. Con libros en la mochila, y sobre todo con <strong>Cocteau </strong>en el bolsillo, Corominas nos ofrece no sólo un viaje; también una reflexión sobre cómo la velocidad impide la reflexión. Por sus páginas desfilan <strong>Gide, Modiano, Delacroix, Wilde</strong> y tantos otros. A veces parece que Corominas viaje en grupo. Una delicia.</p><p>  <strong>Prodigios. Una antología de poesías árabesPrólogo de Pedro Martínez MontávezIlustraciones de Rachid KoraïchiLibros del Zorro RojoBarcelona2017</strong><em>Prodigios. Una antología de poesías árabes</em></p><p>  </p><p>52 voces árabes de todos los tiempos. No sólo los textos sino las ilustraciones de Koraïchi nos invitan a adentrarnos en una cultura que tenemos también muy cerca, al otro lado del Mediterráneo y que nos abre un mundo hermoso. Tanto como el libro. “Ojalá fuéramos dos gacelas que pastan / en un prado de ranúnculos en un país remoto”, decía Machnun Layla en el siglo VII.</p><p><em>*Puedes encontrar la Llibreria Nollegiu en Carrer Pons i Subirà, 3, en Barcelona y en su página web.</em><strong>Llibreria Nollegiu</strong><a href="http://www.nollegiu.cat/" target="_blank">página web</a></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Nov 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Xavi Vidal (Llibreria Nollegiu)]]></author>
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      <title><![CDATA[Crímenes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/crimenes_1_1147976.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6689ebc8-db7f-440e-adc3-78db17e8b187_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Crímenes"></p><p><em>(Comienza Juan Gabriel Vásquez.)</em><strong>Juan Gabriel Vásquez</strong></p><p>El sicario que llegó a Bogotá desde Nocaima se llamaba Carlos Fernando y acababa de cumplir dieciocho años, aunque su cara de niño le habría hecho pasar por un muchacho apenas llegado a la adolescencia. Había hecho el trayecto en la parrilla de una moto; lo trajo un hombre de apellido Cifuentes, que fue quien le dio el dinero —cien mil pesos en efectivo— y también las instrucciones para asesinar al capitán Luis Alfredo Macana, de la policía antinarcóticos. Carlos Fernando aceptó el encargo sin reparos. No sería la primera vez que mataba a alguien: unos meses atrás, en un billar de su pueblo, había decapitado a un contrincante de un machetazo limpio. Era el 16 de agosto de 1986. Muy cerca del lugar de la calle 127 donde se levantaba ya el busto dedicado a Rodrigo Lara Bonilla, el ministro de Justicia asesinado, Cifuentes apagó la moto y los dos sicarios se pusieron a esperar. Cuando vieron pasar al capitán Macana, el sicario se bajó de la moto, se le acercó sin trastabillar y le disparó tres tiros. Todo lo describió ante la policía que lo interrogó y los periodistas que lo entrevistaron durante los días siguientes, pero a partir de un momento cambió la historia. Con la misma frialdad con que había contado la versión anterior, contó que había llegado a Bogotá en bus, que se había quedado dormido en el trayecto y que se había apeado donde se despertó, y tuvo tan mala suerte que quedó en medio del atentado. Dijo que se había asustado con los tiros y que por eso echó a correr. Dijo que fue por eso, por haber salido corriendo, que los policías lo capturaron. Dijo que los policías lo torturaron para que confesara el crimen, y mostró los moretones que le habían quedado en el cuerpo después de la tortura. Dijo no saber quién era el capitán Macana ni por qué lo habían mandado matar, y tal vez en esta instancia, y sólo en esta instancia, estaba diciendo la verdad.</p><p>A quién se le habrá ocurrido primero, eso me pregunto con frecuencia. A quién se le habrá ocurrido buscar entre los jóvenes a los asesinos nuevos que exigía la defensa o la protección del nuevo mundo del narcotráfico, muchachitos adolescentes cuyo futuro no guardaba nada tan seductor como la doble promesa del poder y el dinero: el poder que se siente con un arma en la mano, el poder de amedrentar y el respeto que se gana al hacerlo, y el dinero, sí, también el dinero, que a estos jóvenes perdidos podía cambiarles la vida, o cambiar, tras su muerte, las vidas de sus madres. No sé quién habrá visto en ellos el hambre escalofriante que no da respiro, ni quién se haya dado cuenta de que bastaba para saciarla un fajo de dólares y una mini Uzi, y con ellos la capacidad de quitar una vida y sentir después un cambio en la mirada ajena. Tal vez era eso, ese ascenso en el escalafón social que sólo en los lugares descompuestos puede otorgar la violencia. Tal vez eso era seductor: el hecho de llegar a sus barrios y saber que los demás sabían, ya no sentirse humillados y perdedores sino poderosos y humilladores, pasar de un destino largo y anónimo y siempre oscuro a una vida breve, sí, pero llena de recompensas: una nevera nueva, el comienzo de una casa, la adrenalina que sube al saber que una vida ajena depende de nosotros, al ver el miedo en la cara de otro y sentir el odio en la nuestra. Eso era poder, pienso a veces, y no era más que eso, o era muy poco más que eso. Era la droga del poder (del raro poder que les había tocado en suerte), cada vez más fácil y seductora, cada vez más cruel y tirana. Dieciséis o dieciocho años, y a veces menos, tenían quienes abrieron los brazos y le dieron la bienvenida a la droga de la muerte. Los que hablaron primero de generación perdida, hace tanto tiempo y en lugares tan remotos, no sabían, no podían saber, de qué estaban hablando en realidad.</p><p><em>(Continúa Luis García Montero.)</em><strong>Luis García Montero</strong></p><p>Los libros tienen una rara habilidad para mezclarse con la vida. Parece que nos están esperando en una esquina para vernos pasar y apuntar hacia nosotros. Nunca fallan cuando me apuntan a mí. Una mañana me senté a escribir mis memorias; me lo había pedido la editorial del periódico después del homenaje en el Teatro Gaitán. Una tarde empecé a leer la biografía de Jaime Segurola y me asaltó desde sus páginas el nombre de Alberto Benavides. Entonces me vi igual que un pelao, sin tenerlo previsto, regresando al caso que más me había conmovido al inicio de mi carrera y preguntándome por las relaciones de amistad entre un antiguo abogado de sicarios y un candidato a la presidencia de Gobierno.</p><p>Detrás de Carlos Fernando, el joven asesino, estaba Cifuentes, eso se descubrió en los primeros pasos de la investigación. Hizo falta tirar muy poco de la cuerda para llegar hasta el tuerto de Medellín. Y no es que Cifuentes estuviese mal de un ojo, es que llegó a Nocaima, una tierra de ciegos según sus propias bromas, y enseguida se hizo el rey, el delincuente más orgulloso de Cundinamarca. ¿Pero quién estaba detrás de este matón de cuarenta años que le había encargado la muerte del capitán Luis Alfredo Macana a un adolescente de dieciocho? Por mucho que se tiró de la cuerda, aunque la policía pareció tomarse el crimen como un asunto propio, una fiebre propia decía el comisario Ayala, no hubo manera de saber quién estaba detrás de Cifuentes, ni quién pagó la factura del abogado Alberto Benavides, el hombre con poderes que convenció al sicario viejo y hablador de las ventajas de guardar silencio y al sicario joven de cambiar su declaración y presentarse como víctima del azar, una equivocación de recién llegado, un mal sueño y una mala carrera que había vivido con absoluta inocencia.</p><p>Busqué la carpeta para ver de nuevo las fotografías del cadáver del capitán Macana y de su asesino. Lo reconozco, todo estaba dispuesto por el destino para que aquel suceso me impresionara. A Macana lo había entrevistado unos días antes de su asesinato. Hernando Valencia llamó al capitán desde la Defensoría del Pueblo, hizo las presentaciones, y él se prestó a contarme los planes de su departamento. Me interesaba participar en una ilusión, sentir que un rayo de luz buscaba hueco bajo el cielo gris de aquellos años. Esa esperanza acabó como todas las de entonces, fango de selva y barro de ciudad, un cadáver sobre la acera, un muerto más, primero el cuerpo herido y después la mancha de sangre bajo los zapatos de la gente.</p><p>Pero me impresionó sobre todo el rostro del asesino. Aniñado, con la cara resabiada y los ojos llenos de orgullo, la imagen de un alumno universitario enfadado por un suspenso o de un sobrino que acaba de discutir con su novia. Me conmovió la situación de esos sicarios que de pronto aceleraban el tiempo para acercarse al dinero y al poder, notando el peso de una pistola en el bolsillo. No me costó mucho trabajo entender lo que sentían, porque en 1986 yo era también muy joven, un periodista inocente que había echado a correr por la vida hasta ocupar, antes de lo razonable y gracias a la ayuda familiar, una plaza de redactor en el periódico.</p><p>El sobrino de Antonio Granados iba a ser tan buen periodista como Antonio Granados. Un tiempo de ambiciones. Sentía el peso de mi firma en los artículos como Carlos Fernando debía sentir el peso de una pistola en el bolsillo. Estar dispuesto a contar la verdad, a resumir en palabras las vidas y las opiniones de la gente, me facilitaba un sentimiento de poder parecido al que rondaba la cabeza del sicario aniñado capaz de apretar un gatillo. La respiración de los demás dependía de nuestros dedos, de nuestros puntos de mira. Carlos Fernando actuaba sobre la realidad para cerrar bocas, ocultar secretos y extender mentiras. Yo actuaba sobre la ficción de los relatos en busca de una verdad.</p><p>Los ojos de Carlos Fernando me ayudaron a comprenderme a mí mismo. Él hubiera seguido llenando el futuro de cadáveres si la policía no llega a detenerlo. Mi voluntad fue la de seguir llenando las páginas del periódico de verdades mientras no me detuviesen la policía o los sicarios. Esa idea me ayudó a no verme del todo como un impostor la tarde del homenaje en el Teatro Gaitán. Cuando los amigos empiezan a hablar de las virtudes y el público se pone en pie para aplaudir, uno no tiene más remedio que sentirse un impostor y se vienen encima todas las renuncias y mezquindades que conforman cualquier vida. Sólo encontré la verdad de mi vocación en el recuerdo de los ojos de Carlos Fernando. Las palabras me pesaron en la boca y en la chaqueta con la rotundidad poderosa de una pistola. ¿Qué he conseguido yo? Por eso se me ocurrió empezar mi libro con aquel suceso, una imagen perfecta de las razones de una vocación y del dolor de una impotencia.</p><p>Por mucho que tiramos de la cuerda, nunca se sabe quién estaba detrás de los Cifuentes. Andamos siempre entre rumores, igual que en aquella ocasión. Rumores sobre políticos, narcotraficantes, policías, incluso sobre una venganza amorosa de un marido despechado por el adulterio de su mujer con el capitán. Resulta que tenía también mucho prestigio en asuntos de faldas. No conseguí enterarme de nada. En aquellos años, por mucho que se madrugara en Bogotá, nadie te preparaba el desayuno.</p><p>Pero no me pregunté qué había sido del asesino hasta que me asaltó el nombre del abogado Benavides de las páginas del libro sobre Jaime Segurola. Fue entonces cuando empecé a llamar por teléfono a los amigos de Nocaima y a preguntar si alguien sabía algo de Carlos Fernando. Como era lógico, me fue más fácil localizar a Alberto Benavides.</p><p><em>(Sigue Leonardo Padura.)</em><strong>Leonardo Padura</strong></p><p>Lo de fácil es un decir: el doctor Alberto Benavides había sido uno de los hombres que más y mejor se había alimentado del narcotráfico, de los que habían salido indemnes de todas las persecuciones, venganzas y hasta molestas investigaciones por la simple pero blindada posición social que le confería su familia y su oficio de abogado. Todo el mundo lo sabía pero, a la vez, todo el mundo lo admitía, como las reglas del fútbol.</p><p>Historia conocida: la violencia, el dolor y la muerte la ponen los infelices que tienen o pretenden ganar algo. Las ganancias verdaderas las reciben los que siempre ganan, porque llegan al mundo con las mejores cartas en las manos y no están dispuestas a soltarlas. Ni siquiera a repartirlas.</p><p>El doctor Alberto Benavides era miembro de una vieja familia barranquillera a los que años de guerra y violencia habían empobrecido, relativamente. Pero no tanto como para impedir que Alberto estudiara en una buena universidad y que, con su sangre caliente en las venas, decidiera recuperar lo perdido y avanzar mucho más, pescando en el río revuelto que era (y siempre ha sido y quizás será) nuestro país.</p><p>Mis credenciales de periodista reconocido fueron el anzuelo que le lancé y que Benavides, sabiéndose protegido por su posición social y sus bien trabados contactos, mordió. O tal vez lo hizo porque está por nacer el costeño al que no le gusten dos o tres cosas que ellos consideran las más importantes de la vida: la fiesta y la algarabía; ser y aparentar; hablar y contar historias.</p><p>El abogado vivía en una hermosa finca en las afueras de Barranquilla y para esa época apenas ejercía. Su tiempo de lucha había terminado con obvios beneficios. Ahora solo iba a los tribunales si se trataba de casos que de antemano sabría que ganaría y con los que ganaría. Y no porque le hiciera falta el dinero, sino porque ganar –lo que fuera— se había convertido en su vicio, o una especie de <em>hobby</em>.</p><p>Cuando logré que me recibiera en su chalet campestre descubrí a un hombre que me superaba: seguro de sí mismo, fuerte para su edad y marrullero como buen abogado y costeño de pura cepa. Y no es que tenga nada contra los costeños, debo aclararlo: al contrario, para un bogotano pacato y conservador no hay nada más atractivo que un costeño expansivo y liberal, y justo eso es lo que éramos Benavides y yo. Contra los abogados, en cambio, tengo todas las prevenciones que el gremio se ha sabido ganar en un país de leguleyos.</p><p>La primera conversación fue de reconocimiento. Si había llegado hasta allí no podía apresurarme y matar la paloma antes de que me enseñara su vuelo. Me habló de todo y de nada, con cautela pero dejando claro que tenía lo que tenía porque era más hábil e inteligente que el 90% de sus compatriotas, lo cual era una gran verdad. Pero fue en el segundo intercambio, también en su chalet barranquillero, cuando su carácter traicionó a Benavides y me dio a entender que su suerte y fortuna se debían al manejo más sórdido que inteligente de sus habilidades: para vivir el narcotráfico y de la violencia, para recoger con palas el dinero que producían las dos principales industrias nacionales, no había que ser ni narcotraficante ni asesino. Bastaba con ser hábil y saber no solo bañarse y guardar la ropa, sino, y sobre todo, dónde guardarla, dijo, sonrió, y me bañó con el humo de los puros que se hacía traer de La Habana.</p><p>Fue entonces cuando mi carácter me traicionó a mí y entré como un novato en territorio minado: mencioné los nombres del sicario Carlos Fernando, del escurridizo Cifuentes y del capitán Macana y quise saber de la relación del abogado con aquellos personajes y los sucesos que los conectaron.</p><p>La actitud festiva y prepotente de Benavides cambió de inmediato. Me resultó evidente que ya no se trataba de fanfarronerías y generalidades, sino de un asunto espinoso y concreto pero, sobre todo, de una historia que aún no se había cerrado. Creí percibir, incluso, una reacción del abogado que estaba entre la desconfianza y el miedo. ¿Miedo, Benavides...? Con cuatro frases hechas sobre la verdad, la justicia, las pruebas fehacientes y las circunstanciales cerró la conversación y me despidió dejando claro que nuestros encuentros habían terminado.</p><p>Regresé a Bogotá con una mezcla de frustración y expectativas. Mi supuesta habilidad periodística había sido un fiasco pero mi olfato profesional me advertía que la vieja historia del asesinato del capitán Luis Alfredo Macana era un drama todavía abierto, con conexiones entre el pasado y el presente por las que fluían nombres, fortunas, destinos de personas que no querían ni permitirían que sus historias salieran a flote. ¿Qué había sabido del mundo oscuro de las drogas el capitán asesinado? ¿Qué vínculos tremebundos había descubierto o podía estar en trance descubrir aquel policía para que fuera precisamente él, entre otros de su banda, el elegido para ser sacrificado? ¿Por qué después de tantos años, tantas muertes, tantos mantos de olvido todavía tendidos y bien clavados un abogado enriquecido reaccionaba con algo muy parecido al miedo?</p><p>La primera respuesta para todas aquellas interrogantes la tendría dos semanas después de mi último encuentro con Benavides en su finca de Barranquilla, cuando mucha gente sabía que yo estaba siguiendo un rastro de sangre que empezaba a marcar territorios prohibidos... La ráfaga de ametralladora que reventó todos los vidrios del frente de mi casa tenía un solo objetivo: cerrarme la boca. Mejor si para siempre.</p><p><em>(Cerrará Carlos Zanón.)</em><strong>Carlos Zanón</strong></p><p><em>*Juan Gabriel Vásquez es escritor. Su último libro, </em><strong>Juan Gabriel Vásquez</strong><a href="https://www.megustaleer.com/libro/la-forma-de-las-ruinas/ES0144696" target="_blank">La forma de las ruinas</a><em> (Alfaguara, 2016).</em></p><p><em>*Luis García Montero es es escritor y profesor de Literatura. Su último libro, </em><strong>Luis García Montero</strong><a href="http://www.visor-libros.com/tienda/a-puerta-cerrada.html" target="_blank">A puerta cerrada</a><em> (Visor, 2017).*Leonardo Padura es escritor. Su próxima novela, </em></p><p><strong>Leonardo Padura</strong><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-la-transparencia-del-tiempo/262394" target="_blank">La transparencia del tiempo</a><em>, se publicará en Tusquets el próximo enero. </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Nov 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Gabriel Vásquez | Luis García Montero | Leonardo Padura]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Crímenes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Narrativa,Los diablos azules número 86]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[En menos de 500 palabras: 'Los verdaderos domingos de la vida']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/500-palabras-verdaderos-domingos-vida_1_1147971.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/699d64d5-f13f-466a-83a9-871aad4782c1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En menos de 500 palabras: 'Los verdaderos domingos de la vida'"></p><p><strong>Los verdaderos domingos de la vidaEnrique Andrés RuizPre-TextosValencia2017</strong><em>Los verdaderos domingos de la vida</em></p><p>  </p><p>La nostalgia, parece decirnos este libro de <strong>Enrique Andrés Ruiz</strong> (Soria, 1961), no es tanto un modo complaciente de mirar el pasado como un método de conocimiento que ilumina el presente. De ahí que algunos de los poemas que componen <a href="http://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?products_id=1779" target="_blank">Los verdaderos domingos de la vida</a> arranquen con advertencias, matizaciones o adelantos destinados a prevenir una posible lectura desviada: “No el recuerdo de nada / sino el de la ilusión / y el sueño, que no pasan…”, empieza “Fiesta en lo alto”; “Lo mismo hubiera dado que estuvieran vacías”, arranca el titulado “Víspera de los Santos”. La técnica contrapuntística, conversacional, le viene a Enrique Andrés Ruiz de los poetas del 50: es el tono envolvente, socrático, con el que <strong>Gil de Biedma</strong>, por ejemplo, interpelaba al interlocutor ideal de sus poemas monologales. No es raro, por ello, que esta influencia se extienda incluso a ciertas inflexiones tonales muy típicas del poeta barcelonés y que Enrique Andrés Ruiz incorpora a sus textos: “Pero al amanecer el cuerpo encuentra / consuelo en entregarse. / Y el alma en cierta clase de obediencia / muy distinta de la felicidad”, argumenta en “Los amigos solteros”, en un registro muy similar al de “Pandémica y celeste” de Gil de Biedma.</p><p>Pero estos “parecidos razonables”, habituales en los poetas que empezaron a publicar a finales de los ochenta o principios de los noventa, nos llevan, en el caso que nos ocupa, a consignar un llamativo rasgo diferenciador: al contrario que otros poetas conversacionales o “realistas” de su generación, Enrique Andrés Ruiz no hace sociología con sus versos –por más que éstos mencionen la Vuelta Ciclista o los anuncios de Cinzano– ni mero autoanálisis en clave de reflexión moral. Por el contrario, sus poemas constituyen un persistente impulso a buscar en ese material anecdótico una especie de trascendencia no explícitamente religiosa, pero que sí se articula en el lenguaje de la poesía de inspiración religiosa: “lo único que importa / es que para dar fe de la eternidad, / para que cante el alma con un sueño, / me basta aquella imagen”, culmina el hermosísimo “Fiesta en lo alto”, también basado en la rememoración de una vivencia trivial, enaltecida por el recuerdo hasta alcanzar la temperatura emocional que consigna el poema.</p><p>Porque de lo que habla este libro, en definitiva, es de la posibilidad del regreso al paraíso perdido del que fuimos expulsados, según el relato bíblico, por una espada de fuego. Y en el poema precisamente titulado “Por delante de la espada de fuego” el poeta explica en qué clase de pérdida se tradujo semejante castigo: la conversión del “tiempo en inversión bursátil”, la pérdida del tiempo sin tasa de la contemplación abierta a la revelación. Asunto peliagudo, sin duda, al que se han dedicado los mejores esfuerzos de la poesía de Occidente desde el Romanticismo hasta hoy. Enrique Andrés Ruiz pertenece a esa noble estirpe. No va a contracorriente, desde luego. Seguramente los equivocados son los otros. </p><p><em>*JoséManuel Benítez Ariza es escritor. Sus últimos libros, </em><strong>José</strong><strong>Manuel Benítez Ariza</strong><a href="http://laisladesiltola.es/coleccion/arrecifes/nosotros-los-de-entonces/" target="_blank">Nosotros los de entonces</a><em> (La Isla de Siltolá, 2015) y </em><a href="http://libreria.laisladesiltola.es/libro/efemera_3549" target="_blank">Efémera</a><em>(Takara, 2016).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Nov 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Benítez Ariza]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Los diablos azules número 86]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[En un solo día]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/dia_1_1147968.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4d179d5f-e5d9-4832-aff0-d209dd6f76dd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En un solo día"></p><p><strong>WassalonSalvador J. TamayoEolasLeón2017</strong><em>Wassalon</em></p><p>  </p><p>Un día después de los atentados terroristas de Bruselas en marzo de 2016, un joven inmigrante español en Bélgica acude a lavar su ropa en una lavandería pública de Brabantdam y encuentra el cuerpo de una mujer dentro de una lavadora. A partir de esta anécdota el autor, un alter ego del protagonista, recrea la vida en la capital europea de los que como se afirma al comienzo de la novela, no lavan la ropa sino que alistan un uniforme para la batalla. Un barrio donde conviven sin mayor problema inmigrantes llegados de multitud de países, de culturas y religiones diferentes se convierte después de los atentados en un foco de atención mundial donde se cree que pueden estar refugiados los terroristas no detenidos. Ser diferente se convierte entonces en una posibilidad de ser también sospechoso en una ciudad en que hasta el modo de lavar tu ropa te identifica con una clase social. Mezclada con la historia de suspense del cadáver encontrado, al que el protagonista decide bautizar como Sara, esta breve novela nos cuenta cómo un joven español se ve obligado a dejar su país por no encontrar un trabajo acorde a su formación y termina en otro país, con otro trabajo que tampoco tiene que ver nada con lo que estudió en España, y además en otro idioma que no había estudiado anteriormente. La historia del cadáver no es sino una excusa para mirar alrededor y –como afirma el propio autor– tratar de explicar el momento en el que transcurre la historia, cómo el personaje se relaciona con su entorno, con el poder, con su cuerpo y con su tiempo.</p><p>“Nunca me habría planteado venir a Bélgica si no fuera por Marta”, se dice a sí mismo como justificación de un viaje sin billete de vuelta; un viaje para el que todo lo necesario cabe en una maleta de veinte kilos. Los recuerdos no pesan, el país que se dejó atrás sí pesa, aunque sólo dos horas de vuelo te separan de tu casa: “¡Yo no tengo casa!”, dice Ernesto a quien quiera escucharle. En esos recuerdos y en esos recuentos que el protagonista hace conversando con Marta o pensando, mientras vuelve de la comisaría donde le han interrogado acerca del cadáver encontrado, aparecen desde <strong>Nina Simone</strong> a <strong>Luis Cernuda</strong>, desde los cereales japoneses importados a las canciones de Nirvana, desfilan dinosaurios y periodistas del <em>New Yorker</em>, <strong>Ramón J. Sender</strong>, <strong>Ana Rossetti</strong> o <strong>Almodóvar</strong>.</p><p>La novela sucede en un sólo día, desde el hallazgo del cadáver y el traslado a la comisaría hasta que Ernesto, el protagonista, puede volver a por la ropa que dejó olvidada en la lavandería y ponerla por fin a lavar y a secar como hacen otras muchas personas en Bruselas, Londres, Madrid o Berlín, jóvenes en su mayoría que buscan la oportunidad de una vida mejor, o distinta, o simplemente en paz. En medio de esas horas en que sucede la novela, el autor nos cuenta cómo transcurre la vida en la ciudad, cómo un joven islamista es detenido antes de llegar a Siria tras cometer el error de llamar a su madre desde Estambul, cómo Marta abandona a Ernesto y este encuentra a Alicia, a quien sólo preocupa si tiene o no lavadora en su apartamento, mientras Europa deja de ser un espejismo y se convierte para muchos en un espejo que acaba por devolvernos nuestra propia imagen, la de un país cuyos jóvenes, como el protagonista de esta novela, llegan a un aeropuerto, por ejemplo el de Zaventem en Bruselas, y sueñan con ir todavía más lejos, viajar al espacio al ver allí un cohete de siete metros idéntico al que aparece en <em>Aterrizaje en la luna</em>, de Tintín, y en comer patatas fritas bajo gravedad cero escuchando música de <strong>Strauss </strong>mientras piensa: “No quiero morirme tan lejos de casa. Un país no tiene que estar en guerra para que quede destrozado. Todos los exilios son políticos. Soy expatriado, soy emigrante, soy exiliado. Aunque estés entre nosotros no eres uno de los nuestros”.</p><p><strong>Salvador J. Tamayo </strong>(San Fernando, Cádiz, 1986) es Licenciado en Historia y Master en Estudios Hispánicos. Su primer libro, una colección de relatos titulada <em>Salitre </em>fue publicado en 2013, y con esta primera novela confirma un rumbo ascendente en su narrativa. <em>Wassalon </em>es un libro reflexivo, irónico y tierno al mismo tiempo, descarnado en algunos momentos y fiel a una realidad que vemos pero no siempre miramos detenidamente.</p><p><em>*Javier Bozalongo es poeta y editor. Su último libro, </em><strong>Javier Bozalongo</strong><a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/12/16/todos_estaban_vivos_javier_bozalongo_58816_1821.html" target="_blank">Todos estaban vivos</a><em> (Esdrújula, 2016). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Nov 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Javier Bozalongo]]></author>
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      <title><![CDATA[Fuego negro en fuego blanco]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/fuego-negro-fuego-blanco_1_1147962.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/38504a16-6b5c-48ba-8c29-94542aaf1a78_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fuego negro en fuego blanco"></p><p><strong>Los esperandos. Piratas judeoportugueses... y yoAngelina Muñiz-HubermanSefarad editoresMadrid2017</strong><em>Los esperandos. Piratas judeoportugueses... y yo</em></p><p>  </p><p>Si por algo se caracteriza esta escritora –digamos— hispanomexicana es por su constante búsqueda de nuevas formas y caminos que transitar, transgrediendo o mezclando los géneros tradicionales. Este nuevo libro, uno de los pocos suyos publicados en España, está compuesto por dos partes, tituladas: los <em>esperandos</em> y los <em>transgresores </em>(la autora los escribe siempre en redonda). La primera es más breve, se compone de 28 capítulos, mientras que la segunda de 40. Si hubiera que encasillarlo en alguno de los géneros tradicionales sería una novela, en la que las diversas historias que se narran aparecen adobadas con otras tantas reflexiones. Está contado por dos voces que se complementan, pues la primera se ocupa del pasado remoto, de su mundo, mientras que la segunda cuenta desde el presente. Así, Oseas se presenta como el cocinero <em>kósher</em> de unos famosos piratas, un refinado gourmet, a la vez que marino, ayudante de médico, escritor y espía, cuya madre, sefardí, fue quemada por la Inquisición. Es, por tanto, un <em>esperando</em> que nos proporciona un testimonio de su época, el siglo XVII, “para que la memoria no se pierda” (p. 351). Se trata de una especie de diario compuesto por numerosos relatos y divagaciones. Pero, a la vez, va dejando en sus cuadernos espacios en blanco para que alguien en el futuro complete esas impresiones y relatos, o aporte otros nuevos, relacionándose y contrastando presente y pasado.</p><p>Por su parte, este segundo narrador innominado, coautor del texto, quien confiesa haber encontrado el diario de Oseas, podría identificarse con la autora. De tal forma, <strong>Angelina Muñiz</strong> se vale de Oseas, cuyo pensamiento se acerca al anarquista (“En cuanto alguien gobierna, todo se echa a perder. El poder mata al que lo sustenta y a los sustentados”, p. 94), para contarnos una serie de episodios, a la vez que toma la voz con el propósito de recordar diversos momentos de su biografía, reflexionando sobre asuntos como el arte culinario (pp. 63 y 79) o la escritura (pp. 72, 76, 153, 190, 191, 225, 227, 250, 251 y 359). Así, por ejemplo, afirma que se escribe sin plan previo, desviándose, saliéndose por la tangente y utilizando combinaciones, a veces humorísticas (“le echo pimienta a las páginas abiertas de mi libro y la hoja que arranqué la incorporé al caldo hirviente”), experimentando. Se trata, nos dice, de dejar que vuele la palabra, con libertad, sin regirse por reglas. Pues —y así concluye “este estrafalario libro”, como lo califica— “en materia literaria, la transgresión es lo recomendable para divertir, abrir horizontes y pasar las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio...”, en alusión final a <strong>Cervantes</strong>.</p><p>Entre los asuntos que trata el segundo narrador, podría destacarse el titulado “Nerudiana” (pp. 107-111), en el que la autora remeda el célebre poema XX que empieza: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche...”, de <em>Veinte poemas de amor y una canción desesperada</em>, concluyendo con la alusión a diversos músicos que se han valido de las variaciones, al campo de concentración de Theresienstadt, <strong>Kafka</strong>, una frase de <strong>Ovidio </strong>y unos versos de <strong>Quevedo</strong>. Y, sobre todo, echando mano de las referencias autobiográficas, o <em>seudomemorias</em>, como le gusta denominarlas a Angelina Muñiz. En el desenlace anuncia un nuevo libro, sobre los <em>arrítmicos</em>, los <em>esperandos</em> de la segunda mitad del siglo XX.</p><p>Estos <em>esperandos</em> fueron los judíos de Sefarad, llamados así porque seguían anhelando la llegada del Mesías. Pues, tras lograr escapar de las persecuciones de la Inquisición, en España y Portugal, acabaron viviendo en los márgenes, convirtiéndose en piratas que operaban en el Mediterráneo o en el Caribe, apoyados por Holanda, por el príncipe Mauricio de Nasau, e Inglaterra para combatir a la monarquía española. Recuerda también Oseas que se consideran <em>esperandos </em>aquellos que se alejan del dogmatismo, la arbitrariedad y la inflexibilidad, y están dispuestos a crear nuevos conceptos, defender cambios sustanciales y practicar el altruismo y la tolerancia, arriesgando con ello sus vidas. Podrían ser tachados, además, de idealistas, iluminados o vigías. Por ello, también lo fueron <strong>Marx </strong>(“un esperando de esperandos”), el poeta <strong>Heine</strong>, los pintores <strong>Chagall</strong>, <strong>Modigliani </strong>y <strong>Rothko</strong>, o los músicos <strong>Mendelssohn</strong>, <strong>Mahler </strong>o <strong>Schönberg</strong>, exiliados en uno u otro momento de sus vidas (pp. 24 y 25).</p><p>Se trata, por tanto, de una novela singular, si es que a estas alturas de la historia narrativa no lo son todas las que —por una u otra razón— siguen despertándonos interés. En sus páginas convive el pensamiento con historias y leyendas, casi siempre en prosa, aunque valiéndose a veces del verso, a pesar de advertirnos: “No vayan a creer que esto es un poema (...) Esto no es un poema. Son ideas, nada más” (p. 60). En ocasiones, los relatos remiten a fotos que se reproducen en el volumen, como alguna de la autora y de sus allegados. Así ocurre, por ejemplo, con el retrato de su joven madre, en La Habana, el primer destierro americano de la familia Muñiz (p. 289). Pero también nos encontramos con varias referencias a su biografía: a la ciudad francesa de Hyères, donde nació, y donde se retira Oseas a escribir; al puerto de La Pallice, del cual partió el barco que transportó a su familia a América; a Caimito de Guayabal, el lugar en que se instalaron en Cuba; o a Alberina, de Alberto, su marido, a quien le dedica el libro, y Angelina. Además de alusiones a libros que ha proyectado, como un Somniario, todavía inédito; referencias a personajes que figuraban en su obra anterior (Benjamín de Tudela); o a escritores que prefiere, como <strong>Iris Murdoch</strong>; así como a obras literarias que le gusta citar, como el romance del conde Arnaldos, el de los Siete Infantes de Lara o la historia del conde Ugolino de la Gherardesca, del que –aparte de Dante— se ocuparon en nuestras literaturas <strong>Álvaro Cunqueiro</strong> (<em>Vida y fugas de Fanto Fantini</em>) y <strong>Joan Perucho</strong>. A todo ello habría que añadir numerosas historias intercaladas, tales como la de Dan, el grumete (pp. 73-80); la historia de suplantación de David ben Eliezer, el comerciante más querido de los <em>esperandos</em>, y las cartas de amor de Elisheba y Erié bar Natán, con un desenlace creo que algo forzado (pp. 121-126); o la del alquimista Asher Benalef, que buscaba el tesoro de <strong>Colón </strong>(pp. 295-301), por solo citar unas pocas.</p><p>Oseas, que a lo largo del tiempo trabajará a las órdenes de varios capitanes piratas, se declara más escritor que cocinero, y recuerda en diversas ocasiones su amistad nada menos que con Cervantes y <strong>Shakespeare</strong>, quienes –nos recuerda— compartían el sentido del humor, Durero, el anónimo autor del <em>Lazarillo</em> (a quien confiesa conocer), <strong>Fray Luis de León</strong>, <strong>Robert Burton</strong> (autor de la <em>Anatomía de la melancolía</em>), <strong>Rembrandt</strong>, <strong>Sor Juana Inés de la Cruz</strong>, <strong>Mateo Alemán</strong> (en cuyo emblema aparece una araña atrapando a una culebra) o Quevedo, al que considera –en cambio— su enemigo. De hecho, confiesa Oseas con desparpajo que Cervantes le plagió el discurso sobre la libertad, decantándose por Sancho, en vez de por don Quijote (pp. 46 y 191); afirma haber inspirado el poema “Poderoso caballero es Don Dinero”, de Quevedo; o que <strong>Fernando de Rojas</strong> y el autor del <em>Lazarillo</em> se aprovecharon de sus cuentos e ideas (pp. 65 y 96). A Oseas y el capitán José Palache, habría que añadir, pues componen un singular trío, la seudopirata hermafrodita y bígama <strong>Elena/Eleno de Céspedes</strong>, cirujana e hija de una esclava negra que aseguraba descender de los reyes de Israel, deseosa de venganza contra todo aquello que tuviera origen católico, quien decide convertirse al judaísmo, y ser descendiente de los <em>falasha</em> –los considerados extranjeros— por convicción.</p><p>El sentido del conjunto del libro se completa en la cita inicial del <em>Tratado del alma</em>, de <strong>Juan Luis Vives</strong>, en la que el hombre se define como un “animal difícil”, a quien cuesta trabajo soportar. Pero se trata, en suma, de un alegato contra la intolerancia y la violencia, representado en el pasado remoto por la Inquisición y en el mundo contemporáneo por los campos de exterminio nazis, aunque la autora traza un cierto paralelo –no explícito— entre la expulsión de los judíos y el exilio republicano español, a la vez que en un momento dado se afirma que la tardía incorporación de España al mundo moderno se debe a la pérdida de “la fuerza innovadora” que suponían los republicanos que tuvieron que abandonar España en 1939, pudiendo desarrollar sus saberes en el exilio. Ambas resultan hipótesis más que plausibles.</p><p><em>*Fernando Valls es profesor de literatura y crítico literario.</em><strong>Fernando Valls</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Nov 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Fuego negro en fuego blanco]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Los diablos azules número 86]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Refugio en Botsuana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/refugio-botsuana_1_1147959.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9974966e-3d17-4bb9-94c8-b8db408ff555_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Refugio en Botsuana"></p><p><strong>Nubes de lluviaBessie HeadTraducción de Elia MaquedaPrólogo de Ángeles Jurado</strong><em>Nubes de lluvia</em></p><p><strong>Editorial PalabreroHoorn, Países Bajos2017</strong></p><p>  </p><p>Siguiendo los pasos a la literatura africana, y por recomendación de <strong>Viviana</strong>, la librera de Traficantes de Sueños especialista en el tema, cayó en mis manos<em> Nubes de lluvia</em>, de <strong>Bessie Head</strong> (Sudáfrica 1937-Botsuana 1986). Me llamó la atención una mujer que vivió siempre en África, que no marchó a ninguna metrópoli, como otros escritores, que siempre permaneciera fiel a esas raíces. Y me encontré con un libro precioso, que se devora y que está lleno de imágenes literarias sobre la vida en el sur de Botsuana, un lugar especialmente árido donde el cielo y la lluvia, o diría más bien su ausencia, son protagonistas de la historia al mismo nivel que los humanos que luchan en condiciones adversas. De aquí el título, un título de espera, por el deseo de ver aparecer en ese cielo las ansiadas nubes que regarán el campo y que podrán llenar los pozos que las mujeres han ido construyendo para estar abastecidas a lo largo del año.</p><p>“Toda la tierra estaba alegre y es que corría el mes de julio. A nadie le gustaba junio ni sus ráfagas gélidas, ni tampoco las tormentas de arena y los fuertes vientos de agosto y septiembre... En Botsuana uno nunca se libraba del cielo desierto de nubes, pero en julio la luz del sol se veía obligada a filtrarse a través de un paño denso y azul y esta luz filtrada le confería a todo un aspecto suave y brillante”.</p><p>Porque de eso va la novela, de cómo salir adelante en situaciones especialmente difíciles. Y Bessie Head nos lo cuenta a través de su protagonista, un hombre huido de Sudáfrica tras ser detenido en la época del apartheid (alter ego de la autora) llamado Makhaya Maseko, un periodista que cruza la frontera hacia Botsuana buscando una vida tranquila y encuentra una comunidad  donde arraiga, en unas condiciones naturales mucho más adversas que en su propio país. El dato que nos da la escritora sobre su llegada es el siguiente: “El país estaba viviendo un primer año de soberanía política antes de alcanzar la independencia absoluta”. Y ahí sitúa la historia.</p><p>Y nos describe la vida de Botsuana por aquel entonces, lo que significa el tribalismo africano, los jefes que impiden el progreso y que también intentan explotar a sus subordinados, el papel de las mujeres en las economías agrarias, al ser ellas las que se encargan de la agricultura, del mantenimiento de la aldea y de los hijos, mientras los hombres están fuera la mayor parte del año con el ganado, buscando pastos y demasiado anclados en el pasado para ser los protagonistas del cambio. Y hay también un hombre blanco que intenta ayudar y lo consigue, lo que sería en la actualidad un cooperante de una ONG, integrado en la comunidad y aceptado por ella, que se une en su lucha, no solo contra los elementos de la naturaleza adversa, también contra el despotismo colonial o tribal. Se monta una cooperativa y las fuerzas políticas locales hacen lo posible para que no salga adelante. Solo el tesón y la confianza consiguen los resultados que esperan. Un canto a la humanidad sin maniqueísmo, en que no todos los blancos son malos y no todos los negros se rebelan y son buenos, donde la sátira política es sutil pero eficaz: “Había cuatro o cinco partidos por la liberación, que contaban con pocos miembros y muchos vicesecretarios generales. Todos estos partidos se oponían al gobierno”. O bien cuando dice: “Los partidos de la oposición se habían situado del lado del movimiento panafricano… Para muchos, el panafricanismo es un sueño casi sagrado pero, como todos los sueños, también tiene algo de pesadilla y los hombres como Joas Tsepe y sus extraños tejemanejes constituyen dicha pesadilla. Si tienen algún poder es el de sumir al continente africano en una era de caos y asesinatos sangrientos”.</p><p>Y nos muestra  también un nivel de soltura de las mujeres africanas que poco tiene que ver con el estereotipo que nos llega, incluso nos muestra mujeres que tienen varios hombres para “desahogo físico”.</p><p>“Mma-Millipede había aprendido a distinguir las dos formas que tenían las mujeres de relacionarse con los hombres en su país. Una era una relación puramente física. No conllevaba crisis psicológica alguna y era sin ataduras y ocasional; cada mujer tenía seis o siete amantes, incluido el marido. La otra era más seria y menos habitual. Podía degenerar en una crisis psicológica y en el suicidio por parte de la mujer porque se asumía que el hombre merecía adoración y esta adoración alcanzaba las proporciones de un régimen diario de la más peligrosa naturaleza”.</p><p>Poco a poco nos va describiendo la vida en una comunidad básicamente femenina. Cuando se quiere introducir un cambio, como el cultivo del tabaco, hay que proponérselo primero a las mujeres, sobre todo a una de ellas, la mujer fuerte, y si ésta acepta, ya se sabe que movilizará al resto, aunque tengan que enfrentarse al sistema tribal o a las fuerzas políticas locales o coloniales. Pero ante todo es un canto optimista a la fuerza de la comunidad cuando se une para salir adelante en circunstancias adversas, donde la muerte está demasiado presente, los buitres oscurecen el cielo y los prejuicios ancestrales suponen, como siempre, una lastra para poder avanzar.</p><p>Tras leer el prólogo de <strong>Ángeles Jurado</strong> y finalizar la lectura del libro, la impresión que me rondó por la cabeza era la de la capacidad de la autora para haber tenido una vida tan dura y escribir  en cambio una historia llena de esperanza y optimismo. Ella, que nació en un hospital psiquiátrico donde encerraron a su madre, una mujer blanca adinerada que tuvo una relación sentimental con un negro, porque tamaña osadía, la relación ilícita interracial bajo el apartheid, debía ser castigada de la peor manera: escondida bajo la alfombra, anulada, olvidada por los suyos y atravesada por la locura. Su madre no saldría de allí y moriría seis años después. Nadie de la familia materna quiso hacerse cargo de la niña salvo la abuela, que la dio en adopción a una familia blanca hasta los 13 años en que entró en  un orfanato, al constatar los padres adoptivos que tenía sangre negra. Es en el orfanato donde se entera de sus orígenes. El impacto que le produjo la noticia lo reflejó en <em>A question of power,</em> una novela escrita en 1974.</p><p>Con el dinero que heredó de la madre pudo estudiar magisterio y encontró en las bibliotecas de los colegios un mundo mejor que el que vivía, un mundo que le hizo soñar y evolucionar. A los 18 años, tras finalizar sus estudios, se dedicó a la enseñanza en Durban, pero dio un giro a su vida y se pasó al periodismo, primero en Johannesburgo donde se convirtió en <em>freelance, </em>siendo la única mujer periodista en <em>The Golden City Post</em>, un suplemento de la famosa revista <em>Drum</em>. En 1960 se trasladó a Ciudad del Cabo y allí continúo escribiendo para revistas como <em>Home Post</em> o <em>The New African</em>. Fue, así mismo, la fundadora de un periódico, <em>El Ciudadano</em>. Se unió a un grupo de activistas contra el apartheid y conoció a su marido. Su hijo, <strong>Howard</strong>, nació el año siguiente pero ya a finales de 1963 el matrimonio había fracasado.</p><p>Tras una estancia en la cárcel decide abandonar Sudáfrica con su hijo y dirigirse a Botsuana, donde sobrevivió gracias a múltiples oficios y la ayuda de sus amigos. Instalada en un campo de refugiados, Head escribirá la novela <em>Nubes de lluvia</em> que la dará reconocimiento pero que no le permitirá salir de la situación de penuria y miedo en la que vivía. Murió a consecuencia de su alcoholismo.</p><p><em>Nubes de lluvia</em> recoge su experiencia como exiliada y su agradecimiento a un país, Botsuana que, pese a su inmensa pobreza en contraste con Sudáfrica, le permitió vivir y adoptar su nacionalidad hasta el final de sus días. Para saber más de esta autora africana, es imprescindible leer el prólogo de Ángeles Jurado.</p><p>Después de <em>Nubes de lluvia</em> (que fue su primera novela publicada), llegarían <em>Maru,</em><em> A question of power </em>o<em> Serowe: Village of the rain wind.</em> Desde su propia experiencia vital, la escritora plasmó miles de cuestiones, como su crítica al sistema patriarcal o la defensa de las mujeres africanas. También tiene un libro de relatos, <em>La coleccionista de tesoros.</em></p><p>Bessie Head se consideraba una solitaria, pero afirmaba que su mundo se poblaba de miles de personas cuando soñaba. A pesar de las duras condiciones de su vida, de su controvertido carácter, de su alcoholismo, Head fue capaz de sobreponerse en su literatura y ofrecernos su visión del mundo africano poniendo en el pensamiento de Makhaya, el protagonista, un ser también solitario, sus propios pensamientos, como cuando “se sintió culpable por haber vuelto a despertar su odio profundo y amargo. Porque odiaba al hombre blanco de un modo extraño. No era algo sutil ni taimado ni mezquino, sino una acumulación poderosa de años y años y siglos y siglos de silencio”.</p><p>Bessie Head se sentía como si toda la humanidad estuviera en su interior. El prólogo recoge unas palabras de la autora que reflejan ese sentimiento: “Construyo una escalera hacia las estrellas. Tengo autorización para llevar a toda la humanidad conmigo. Por eso escribo”.</p><p><em>*Carmen Peire es escritora. Su último libro, </em><strong>Carmen Peire</strong><a href="http://www.menoscuarto.es/libro/cuestion-de-tiempo/" target="_blank">Cuestión de tiempo</a><em> (Menoscuarto, 2017).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Nov 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carmen Peire]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Refugio en Botsuana]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Narrativa,Los diablos azules número 86]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Big Bang del cuento (II). Las aventuras de ese momento: 11 cosas sobre Sherwood Anderson]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/big-bang-cuento-ii-aventuras-momento-11-cosas-sherwood-anderson_1_1147955.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/33f9cfb2-2e2f-4347-8506-d8132620e9dc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Big Bang del cuento (II). Las aventuras de ese momento: 11 cosas sobre Sherwood Anderson"></p><p>1. Resulta que<strong> Sherwood Anderson</strong> (Camden, Ohio, 1876-Panamá, 1941) escribió otros relatos además de los de <em>Winesburg,</em> <em>Ohio</em> (Acantilado, 2009). Felizmente Lumen los recuperó no hace tanto tiempo (<a href="https://www.megustaleer.com/libro/cuentos-reunidos/ES0095132" target="_blank">Cuentos reunidos</a>, 2009, con traducción y prólogo de <strong>Vicenç Tuset</strong>), y todavía puede vérselos por ahí en la edición de Debolsillo (2010). Tras décadas de penuria en las que no había otra cosa que echarse a la boca que malas traducciones y textos dispersos en antologías inencontrables, sucedió –sigue sucediendo– el Big Bang de ediciones decentes cuentísticas completas, o casi: las de <strong>Dorothy Parker</strong> (Lumen, 2003), <strong>Truman Capote </strong>(Anagrama, 2004), <strong>Flannery O’Connor </strong>(Lumen, 2005), <strong>Ernest Hemingway </strong>(Lumen, 2007), <strong>Carson McCullers</strong> (Seix Barral, 2007), <strong>Katherine Ann Porter</strong> (Lumen, 2007), <strong>Eudora Welty</strong> (Lumen, 2009), <strong>Amy Hempel </strong>(Seix Barral, 2009), <strong>Annie Proulx </strong>(Lumen, 2011), <strong>Lydia Davis</strong> (Seix Barral, 2011), <strong>Bernard Malamud</strong> (El Aleph, 2011), <strong>William Goyen</strong> (Seix Barral, 2012), <strong>Nikolái Gógol </strong>(Nevsky Prospects, 2015) o <strong>Cynthia Ozick</strong> (Lumen, 2015).</p><p>2. ¿Queréis aprender a escribir cuentos? Leed a Sherwood Anderson. <strong>Faulkner</strong>, Hemingway, Saroyan y <strong>Richard Ford</strong> lo hicieron. Pero como siempre nos faltaron traducciones, llegamos a creer que Hemingway había sido el creador <em>ex nihilo</em> del cuento moderno norteamericano. En absoluto: detrás de su concentrada expresividad, detrás de sus elipsis y su despojamiento acechan las enseñanzas del viejo maestro Anderson: el antiintelectualismo, la luminosa simplicidad del estilo, su extraordinario oído para captar los ritmos y respiraciones del lenguaje hablado, la cruda ingenuidad con que se abordan los conflictos.</p><p>3. Miro fotografías de Sherwood Anderson: un <strong>John Steinbeck </strong>sin apostura, un <strong>Walt Disney</strong> triste, un <strong>Theodore Dreiser</strong> autodidacto y algo chabacano. Cuando ríe se acentúa su carácter filisteo, como de vendedor de crecepelos enriquecido por el largo y exitoso deambular por los poblachones del Medio Oeste. Si aparece serio, refulge su enorme inteligencia de ojos apretados y escrutadores, pero también algo de su resentimiento, una turbiedad como de estar pensando en otras cosas, cosas suyas, todo el oscuro venero de sus mejores relatos.</p><p>4. Siempre me ha fascinado la muerte de Sherwood Anderson, contrapunto burlón de sus existenciales desvelos en vida: se tragó un palillo de dientes mientras hacía un crucero por Panamá. El palillo viajó por el interior de su intestino: peritonitis. La suya fue una muerte casi tan estúpida como la de <strong>Roland Barthes</strong> (atropellado por una furgoneta de reparto en un inofensivo paso de cebra), aunque no tan estrambótica como la de Esquilo (un águila le lanzó desde los cielos una tortuga, confundiendo su calva cabeza con una piedra). Como en uno de sus relatos, parecía que la vida de Sherwood Anderson consistía en pugnar por alcanzar cierta clase de problemática dignidad, hasta que de pronto la muerte tan chusca, tan poco noble, puso las cosas en su sitio…</p><p>5. William Faulkner: “Yo vivía en Nueva Orleans, trabajando en lo que fuera necesario para ganar un poco de dinero. Conocí a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo. Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro. En seguida descubrí que escribir era una ocupación divertida. Incluso me olvidé de que no había visto al señor Anderson durante tres semanas, hasta que tocó a mi puerta –era la primera vez que venía a verme– y me preguntó: ¿Qué sucede? ¿Está usted enojado conmigo? Le dije que estaba escribiendo un libro. Él dijo: Dios mío, y se fue. Cuando terminé el libro, <em>La paga de los soldados</em>, me encontré con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le dije que ya lo había terminado. Ella me dijo: Sherwood dice que está dispuesto a hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los originales, él le dirá a su editor que acepte el libro. Yo le dije: trato hecho. Y así fue como me hice escritor”.</p><p>6. <strong>Cesare Pavese</strong>: “Sherwood Anderson ha visto toda la vida de Estados Unidos de la época de <strong>Theodore Roosevelt</strong>. Sumergido en ella desde su juventud, la ha vivido y sufrido –la ha amado–, y ha procurado zafarse de ella de muchas maneras, hasta el día en que advirtió que desde los años de su infancia, desde el padre holgazán y fabulador, desde la abuela, italiana resuelta, tierra y sangre, bebedora y centenaria, él había sido siempre un fugitivo, un soñador, un hacedor de relatos. Decidió entonces no hacer otra cosa que relatos, su vida, deplorando solamente no ser un cantor de viva voz, y llegó a esta reveladora definición del estilo: todos los esfuerzos del que escribe intentan reproducir los gestos y las expresiones del que narra de viva voz. Y los relatos que escribió son siempre el mismo relato: la historia de quien vive sofocado por el ambiente de Ohio (la provincia, el Medio Oeste), por el ambiente de las fábricas, del puritanismo y de la literatura, y que, o bien sigue hundido allí, o bien consigue librarse, y esta fuga es la imaginación, la libertad interior, la sinceridad”.</p><p>7. Yo añadiría algo más: todos sus cuentos, sus mejores cuentos, surgen de una inadaptación de los narradores (que suelen ser también los protagonistas). Una mengua, una falta, algo (burdo o sutil) que no funciona bien en su mecanismo interior, en sus cuerpos/almas. Los narradores de los cuentos de Anderson son siempre zurdos contrariados, inocentes que han sufrido una violencia en su ser más íntimo y sincero, y que por tanto arrastran una ausencia, una herida que no cicatriza, y eso es lo que los convierte precisamente en narradores, en observadores perplejos de la vida y de sí mismos.</p><p>8. Lo que menos me gusta de sus cuentos: cuando asoman el lirismo o el simbolismo, cuando asoma alguna admonitoria reflexión sobre los grandes temas de su época, cuando trata de ponerse vanguardista, onírico. Cuando hay subrayados.</p><p>9. No dejéis de leer un puñado de obras maestras: “Quiero saber por qué”, “El huevo”, “Soy un idiota”, “El hombre que se convirtió en mujer”. Todo es sincero en esos narradores protagonistas, lo que dicen, lo que ocultan. Se exponen ante el lector con una ingenuidad conmovedora, ponen delante sus historias epifánicas aunque no sepan exactamente qué es lo que revelan (eso lo dejan al lector). Por ejemplo en “Soy un idiota”: el narrador, un Pijoaparte del Medio Oeste rural emigrado a la ciudad, utiliza la mentira con el propósito de acercarse al objeto de su deseo, la chica urbana de clase media, pero lo único que consigue el mecanismo de la mentira es precisamente lo contrario, que la chica se aleje de él para siempre. Cuento magistral en el uso de la tensión narrativa: toda la gracia está en el anhelo del narrador de ser otro, alguien grande e importante (alguien que no es ni será). Para compensar lo que cree sus carencias, empleará una sarta de fatales mentiras que nos mantienen en vilo: estamos seguros de que aquello no puede acabar bien, y nos disponemos a esperar cómo sucederá.</p><p>10. Las historias de esos narradores heridos y perplejos se cuentan en oleadas, avanzando en espiral, volviendo una y otra vez sobre lo mismo antes de continuar la progresión hacia el meollo de lo que quieren contar y aún no han contado, con constantes digresiones que nunca aburren sino que fascinan, como fascinan las historias digresivas de <em>Las mil y una noches</em>, con el efecto hipnótico de los buenos narradores orales, esos que vuelven una y otra vez sobre algo que parecen que van a contar y no acaban de contar del todo, que hacen decir al escuchador, pero bueno, cuéntalo de una vez, estoy en ascuas, y no lo dejan moverse de la silla ni perder un solo instante la atención, y luego se escapan y acaban contando otra cosa, y esa otra cosa que cuentan puede ser una turbiedad, un ansia, algo quizá oscuramente sexual que no se atreven a nombrar, y que ponen con ingenua delicadeza delante de los lectores para que sean estos quienes se tomen el trabajo de interpretar.</p><p>11. Y, claro, los cuentos metaliterarios, reflexiones ficcionalizadas sobre la escritura. En “Ciertas cosas perduran” el narrador le da vueltas a la obsesión por escribir un libro y a las mil y una formas en que intenta escribirlo, tantas como rompe lo escrito. Al final llega a la conclusión de que tenía que haberle pasado algo en su vida o no estaría en absoluto obsesionado con escribir ese libro. “A cierta hora de cierto día y en cierto lugar, sucedió algo que cambió el curso entero de mi vida. Lo que hay que hacer es empezar mi libro contando tan claramente como sea posible las aventuras de ese determinado momento”.</p><p><em>*Jesús Ortega es es escritor y editor de </em><strong>Jesús Ortega</strong><a href="http://cuadernosdelvigia.com/proyecto-escritorio-jesus-ortega-ed/" target="_blank">Proyecto Escritorio</a><em> (Cuadernos del vigía, 2016).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Nov 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Jesús Ortega]]></author>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La posverdad y la preficción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/posverdad-preficcion_1_1147950.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0eb6d197-1971-40eb-833a-407e43bf567b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La posverdad y la preficción"></p><p>La insistencia de algunos conceptos en los debates cotidianos se convierte a veces en una ventana desde la que mirar la realidad. Las modas y las palabras son una invitación a la mirada. Hacerse dueño de la propia mirada es la precaución que debe tomarse en primer lugar. Ese es, por ejemplo, el sentido de un libro como <a href="http://www.calambureditorial.com/a/42854/en-la-era-de-la-posverdad" target="_blank"><em>En la era de la posverdad</em></a><em> </em>(Calambur, 2017), que recoge 14 ensayos muy interesantes, 14 perspectivas desde las que el lector puede conformar su propia mirada sobre la realidad de este tiempo.</p><p>  </p><p>El concepto de posverdad se ha generalizado en una sociedad tecnológica en la que el relato fragmentado, emocional y vertiginoso de los grandes medios de comunicación alimenta ese fenómeno conocido con el nombre de populismo. Las causas inmediatas y las emociones imponen el discurso de los instintos, como si estuviésemos participando en un programa de telebasura, y borran valores democráticos y marcos constitucionales. Como señaló <strong>Luigi Ferragoli</strong> en <em>Los poderes salvajes</em>, se tiende a sustituir la democracia constitucional por la democracia plebiscitaria. Y como estudió <strong>Giorgio Agamben</strong> en <em>Estado de excepción, </em>se someten las normas a un estado de excepcionalidad perpetuo que nos sitúa en un corrosivo umbral de indeterminación entre la democracia y el absolutismo.</p><p>El mundo acelerado que vivimos, de forma cada vez menos habitable, ha convertido la velocidad en una nueva ley del más fuerte. Quien domina las grandes cadenas de televisión, domina la mirada de la gente y posibilita que cada vez haya más distancia entre los hechos y las declaraciones. Pero el concepto de posverdad es muy melancólico porque supone que alguna vez existió la Verdad como sostén único del discurso político. Y el pensamiento contemporáneo, desde <strong>Marx </strong>y <strong>Nietzsche </strong>hasta <strong>Foucault </strong>y <strong>Derrida</strong>, desde la conciencia feminista hasta los estudios anticoloniales, ha denunciado sobradamente la presencia del poder en su interesada consagración de la Verdad. Pero conviene reconocer que, en la era de la posverdad, la distancia entre los hechos y las palabras de los líderes carismáticos ha alcanzado una dimensión  muy grave que borra los controles de la memoria y la responsabilidad. Ya no se trata sólo de mentir, sino de crear una vertiginosa realidad virtual que sustituya a la experiencia histórica. Esta aceleración corroe la conciencia.</p><p>La ideología liberal galopante que ha dirigido la globalización extendió las avaricias del mercantilismo sin fronteras y, al mismo tiempo, evitó la configuración de un Estado o una regulación que velase por los derechos de las mayorías sociales. Eso ha provocado que la democracia tradicional no esté en condiciones de velar por los intereses de la gente. Las leyes no pueden o no quieren defender a los ciudadanos de las exigencias de las élites económicas. Esta realidad de desigualdad, que ha democratizado la pobreza imponiéndola también como costumbre en el llamado primer mundo, es determinante a la hora de que se produzca entre amplias mayorías una disociación entre la conciencia de clase y la conciencia cívica. La inseguridad social es buen cultivo para el machismo, el racismo y la xenofobia. El discurso de la multiculturalidad es sustituido de forma inevitable por el miedo y el odio al otro.</p><p>Y de esto se valen los millonarios convertidos en líderes carismáticos que mueven a la gente con sus mentiras y ocupan un poder que tiene como primera voluntad la liquidación de las representaciones políticas de la gente.</p><p>En este estado de cosas, las denuncias al populismo y a la posverdad encierran, además del reconocimiento de un peligro real, una incomodidad para los que somos partidarios de la igualdad y la democracia política. Las élites económicas que durante años ocuparon la escena del poder, con sus periódicos, sus partidos, sus gobiernos y sus mentiras, denuncian la mentira de los movimientos populares, confundiendo fenómenos como el encabezado por <strong>Trump</strong>, el dinero sin pudor al servicio del dinero y la manipulación de la gente, con otros deseos políticos que procuran dar respuesta a las democracias degradadas en nombre de la participación y la igualdad. Aunque la sociedad del espectáculo distribuye sus códigos e impone sus reglas, no supone lo mismo la llamada a las clases medias para imponer su supremacía frente al otro que la movilización social en nombre de una democracia regenerada.</p><p>Por eso, a la hora de valorar el concepto de posverdad, conviene tener muy en cuenta la mentira tradicional de las élites que ahora se escandalizan de las demagogias carismáticas. La posverdad y la posdemocracia comparten en sus orígenes el descrédito del sistema generado por una continua utilización de la mentira en nombre de la sensatez y la razón de Estado. Ningún aliado mayor de la posverdad que el nihilismo posmoderno encarnado en el que piensa que todos son iguales y nada tiene arreglo. La programada infantilización de la ciudadanía tiene muchos efectos colaterales.</p><p>La subjetividad vive sometida a la mercantilización de sus horas de trabajo y de sus horas de ocio. Somos una consecuencia más de las abstracciones de la economía especulativa. Concebimos el tiempo y el presente como mercancías de usar y tirar en el vértigo del consumo. Puesto a pensar en el mundo hay una imagen que crea costumbre: el individuo solitario, con la memoria borrada en su interior y sin confianza en el futuro, se limita a vivir el instante. La paradoja de la era de la posverdad es que este individuo sin lejanías interiores, hecho presente, sólo puede tener una relación lejana con el mundo a través de las redes sociales. Si convivir en el diálogo supone que los individuos con memoria (porque vienen de lejos) compartan la cercanía del mundo (una interpelación de los hechos que está ahí), las nuevas formas de comunicación facilitan otra posibilidad: individuos sin memoria, con la experiencia empobrecida, según la terminología de <strong>Walter Benjamin</strong>, hablan y deciden sobre un mundo lejano. Esta es la lógica de la posverdad, tan agresiva en un mundo que privatiza lo público a costa de publicitar lo privado.</p><p>¿Es posible reivindicar la verdad? No, desde luego, como un modo de volver a las normas consagradas por las certezas del viejo pensamiento patriarcal y elitista. Lo que ocurre es que, como respuesta al mundo de hoy, tampoco basta con la lucidez negativa que se limita a denunciar las complicidades del saber con los poderes. Necesitamos abrirle un hueco al recuerdo de un saber comprometido con la emancipación. <strong>Alain Badiou </strong>se atrevió a reivindicar hace años el compromiso de la filosofía como una búsqueda de la verdad. Y <strong>Marina Garcés</strong> acaba de publicar una meditación, esperanzada y precavida, sobre la necesidad de una <a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2017/11/03/un_tiempo_vivible_71420_1821.html" target="_blank">Nueva ilustración radical</a> (Anagrama). Merece la pena romper el estado de ánimo póstumo del pensamiento y la autorreferencialidad del trabajo intelectual negativo, para buscar ese compromiso con la verdad, aunque sea a costa de mantener a raya las credulidades.</p><p>Fue una de las lecciones más valiosas de <strong>Antonio Machado</strong>, uno de los patrimonios de la mirada poética contemporánea. El famoso inicio de su <em>Juan de Mairena</em> legitimó la sospecha sobre la verdad al introducir el conflicto entre el rey Agamenón y su porquero a la hora de dar testimonio objetivo del mundo. Pero en el cantar LXXXV de <em>Campos de Castilla</em> se negó a que la sospecha desembocara en la simple renuncia: “¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”.</p><p>Esa verdad entendida como búsqueda, como estar comprometido con el otro (en el amor o en la política) parece una forma decisiva de entendimiento, de objetividad y de pacto. Y aquí conviene matizar, distinguir cuestiones en la realidad selvática de las polémicas que padecemos. Los analistas de la realidad que dominan los debates periodísticos y políticos tienden a confundir los datos con sus interpretaciones interesadas. Creo que merece la pena, en nombre de una primera defensa de la verdad, esgrimir un ámbito de objetividad en las realidades de los datos. Puede haber mil interpretaciones de la desigualdad social que nos domina, pero negar la existencia de la desigualdad es una mentira. Conviene que todas las interpretaciones carguen con los datos del mundo que interpretan. Permítaseme esta inclinación de poeta realista.</p><p>Pero hay, además, otro tiempo de verdad que tiene que ver con los valores democráticos, una convicción que trasciende los datos, y los miedos, y las necesidades. Es esa verdad que define el espacio ético, aquello sentido como invulnerable. Una verdad que se niega a disociar en nombre de las coyunturas la conciencia de clase y la conciencia cívica. Negar al otro no está permitido en la búsqueda de los valores democráticos; no podemos defender una identidad propia fundada en la injusticia. Y este <em>no poder</em> está situado en un lugar que no discute con la realidad de los datos, sino con la conciencia que interpreta los datos y busca soluciones, marcos de compromiso…verdades. Necesitamos un fervor, un espacio sagrado para los no creyentes. Permítaseme esta inclinación de poeta puro, aunque se trate de una inclinación convencida de que las convicciones más íntimas nacen de un pacto democrático sobre valores irrenunciables, un contrato social con jerarquía de contrato vital, el saber y el vivir de una justicia acordada. El derecho de una ciudadanía democrática no puede sostenerse en el olvido o la negación de los derechos humanos. La verdad acordada implica la creación de una paradoja: ser social hasta el punto de comprender que hay cosas verdaderas, cosas legitimadas por una verosimilitud ética, que deben estar por encima del acuerdo y el desacuerdo.</p><p>Desde esta perspectiva la verdad es una creación social, un artificio vital, una vitalidad, la apuesta por la ficción de un mundo posible y habitable. Quizá no sea mal camino pasar de la era de la posverdad a la conciencia de la preficción. No hay mayor disidencia contra un presente consumista de usar y tirar, contra la borradura de la memoria y la cancelación del futuro, que la voluntad de relato. Por eso conviene entender el aquí y el ahora como una mesa de trabajo dispuesta a escribir. Con el papel y la tinta a punto, el presente es el lugar previo a la redacción del futuro, la intención de un inicio. La ficción poética es un ejercicio hospitalario. Esa llamada de Antonio Machado a buscar juntos la verdad es la raíz de una voluntad creativa en la que la ficción prepara un mundo no cerrado, un mundo posible, que necesita la presencia del lector. La actualización de una realidad literaria propuesta  nace de la complicidad del lector, de su propia experiencia del amor, el miedo, la ilusión o el odio. El relato llena de sentido las palabras, crea un presente devuelto una y otra vez a la conciencia histórica de la realidad. Una ironía leal.</p><p>Utilizo un vocabulario heredado de los que quisieron intervenir el mundo y escribir un Estado como se escribe una obra de arte. Un mundo corregido igual que un manuscrito. El peso de los fracasos no tiene por qué ocultar el valor de las conquistas. Y acudo a la ficción como valor humano porque soy consciente del punto histórico de quiebra que supuso la voluntad de relato en la sociedad de las supersticiones, ese otro mundo sagrado de los creyentes. La ficción sustituyó la lógica de la credulidad en el milagro, legitimó las creaciones de sentido en un relato inventado. No me parece un mal recurso esta legitimación de las ficciones ahora que vivimos en la era de la posverdad, un tiempo que usa el poder de la tecnología y nos devuelve al dominio de la superstición. El <em>Lazarillo de Tormes</em>, origen de la ficción moderna, se sirvió de la credulidad del lector acostumbrado a las supersticiones para introducir una nueva estrategia de la invención. <strong>Cervantes </strong>puso después al descubierto el poder real e irónico de esta nueva lógica. Fue el origen de un proceso de ficciones conscientes de sí mismas, las ficciones de la modernidad, que parece cerrarse ahora con la posverdad, este fenómeno que nos invita a perder la conciencia de la ficción para que volvamos a tomar las supersticiones por verdades. La conciencia vacía se arrodilla ante un sacramento tecnológico, una eucaristía inversa en la que la sangre y el cuerpo son convertidos en virtualidades digitales o en disfraces estéticos. Por eso el diálogo literario entre verdad y ficción puede ser una buena perspectiva para mirar nuestro tiempo. Rehabilitar el presente como tiempo de escritura, de compromiso con los planteamientos, los nudos y los desenlaces, define las convicciones como un espacio de preficción. Vamos a empezar el relato.</p><p>Conscientes de la existencia de la mentira, conviene ahora volver a responsabilizarse de la verdad. ¿Podemos hablar de verdad? Por lo menos es posible no confundir la confianza con la credulidad. Quizá se trate de que tengo muchos años y muchas cosas que contar. Quizá se trate de que necesito situar el cuento en el lugar que va a escribir el futuro de mis hijos.</p><p><em>*Luis García Montero es poeta y profesor de Literatura. Su último libro, </em><strong>Luis García Montero</strong><a href="http://www.visor-libros.com/tienda/novedades/a-puerta-cerrada.html" target="_blank">A puerta cerrada</a><em> (Visor, 2017). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Nov 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La posverdad y la preficción]]></media:title>
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      <title><![CDATA[En la era de la posverdad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/posverdad_1_1147945.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/083a6f63-96cd-431d-bf46-4dbc42b66bad_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En la era de la posverdad"></p><p>La editorial Calambur ha reunido a 14 ensayistas para debatir desde distintas perspectivas ese fenómeno social que encierra el concepto de <em>posverdad. </em>Bajo la coordinación de Jordi Ibáñez, colaboran en <a href="http://www.calambureditorial.com/a/42854/en-la-era-de-la-posverdad" target="_blank">En la era de la posverdad</a><strong>Nora Catelli, Andreu Jaume, Valentí Puig, Domingo Ródenas, Marta Sanz, Remedios Zafra, Victoria Camps, Joan Subirats, Manuel Arias Maldonado, Joaquín Estefanía, Jordi Gracia, César Rendueles</strong> y <strong>Justo Serna</strong>. Como invitación a la lectura, y con el permiso de sus autores, publicamos aquí algunos fragmentos significativos de esta meditación colectiva. </p><p><strong>1. Jordi Ibáñez Fanés, Introducción</strong><em>Introducción</em></p><p>¿Podríamos aventurar que el engaño masivo —por convicción fanática o por terror— pertenece a las sociedades totalitarias, que la mentira más o menos puntual y escandalosa —un pecado que lleva su pena al ser desenmascarado— es lo propio de las democracias, y que la posverdad —impune y desvergonzada por definición— casa bien con la posdemocracia?</p><p>No avancemos tanto. La definición del neologismo en inglés ya daba a entender sin equívocos que el término tenía un contexto y un sentido políticos muy definidos. No es difícil de identificar este contexto con el auge de los populismos y sus mensajes políticos, con la poderosa interpelación emocional que caracteriza esos mensajes y su conversión de la ciudadanía en patria y pueblo, de la <em>cives</em> en el <em>multitudo</em> (para usar un viejo binomio de la filosofía política de <strong>Spinoza </strong>reconvertido en el monograma de la multitud con los comentarios que hizo de la misma <strong>Toni Negri </strong>en la década de los ochenta). Todo ello ya queda reveladoramente registrado en la definición que puede rastrearse de la palabra: “<em>Post-truth</em> es un adjetivo que denota o que se refiere a unas circunstancias en que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales influyen más en la formación de una opinión pública que los hechos objetivos”.</p><p>2. Jordi Gracia, <em>La posverdad no es mentira</em></p><p>  </p><p>Esa presunción es verdad y a la vez no es verdad: la estigmatización de la posverdad es defendible y hasta necesaria, pero el gesto de inocencia que suele haber detrás de esa demonización es menos convincente. O como mínimo me inspira un recelo invencible la impostada candidez del intelectual de élite que ha podido respaldar y tolerar mensajes del poder donde la veracidad era dudosa, donde la intencionalidad era manifiesta, donde la media verdad prosperaba como verdad entera. Hoy esas élites, con pasado y presente no exactamente inmaculado en sus relaciones de poder, se sienten víctimas de una devastadora plaga de embusteros profesionales sin escrúpulos que usan las redes sociales como nubes de toxicidad global. De ahí que el afectado desamparo que a veces exhiben las élites ante la posverdad parezca nacer de un cultivado sentimiento de perfecta inocencia. Siempre late el sobreentendido de que las élites cultas ni difunden posverdades ni han interiorizado mensajes envenenados ni jamás se han hecho difusores de verdades como mínimo cuestionables.</p><p>3. Marta Sanz, <em>La mala calidad: Educación, verdad, expresión, democracia</em></p><p>No quiero cerrar estas páginas sobre las posverdades sin revelar otra: la posverdad de esa memoria que nos obliga a posicionarnos en el lugar del desprecio absoluto por los logros del pasado. Aquí necesito que me dejen ubicarme, aunque sea por una vez, no en una posición relativa del mapa de un inexistente país que se hace carne en su enunciación lírica, sino en un lugar de moderación aristotélica: justo en ese mundo medio en el que, algunas veces, se encuentra la virtud. La posverdad es el resultado de la hegemonía actual  de un discurso neoliberal, derechista y pseudotecnológico, que ha ganado porque el pensamiento de izquierdas se ha dejado robar las palabras o devaluado sus propias palabras —la política no sirve para nada, los metarrelatos no sirven para nada, el conocimiento es un esnobismo— a consecuencia de la ilusoria convicción de que todo iba bien.</p><p>4. Domingo Ródenas de Moya, <em>La verdad en la estacada</em></p><p>Haríamos bien en mostrarnos intransigentes con el abaratamiento y adulteración del concepto de verdad, que en su contracara apareja la justificación moral y política de la mentira. La proliferación de mentiras cínicas en la política actual no es un fenómeno que pueda disociarse de las acometidos de la filosofía posmoderna contra la verdad. Las doctrinas “antirrealistas”, como señalaba [Harry] <strong>Frankfurt </strong>al final de su breve ensayo sobre el <em>Bullshit</em>, “socavan la confianza en el valor de los esfuerzos desinteresados por determinar qué es verdad y qué es falso, e incluso inteligibilidad de la noción de indagación objetiva”. Las verdades de conveniencia no soportan esta indagación, tampoco tienen interés por discernir lo falso de lo verdadero (medran en la confusión), son como frutas de plástico, lozanas y apetecibles, pueden llenar el frutero pero son indigestas y únicamente extrae provecho quien las fabrica.</p><p>5. César Rendueles, <em>¿Posverdad o retorno de la política?</em></p><p>La izquierda posmoderna, en cambio, asumió que era posible reconstruir el proyecto emancipatorio en el contexto de la globalización mercantilizadora, a pesar de que los conflictos sociales tradicionalmente considerados fundamentales habían sido violentamente evacuados de la deliberación política. Para ello, buscó márgenes de maniobra donde prolongar un simulacro de su acción política tradicional. No fue exactamente un viaje en balde. Las políticas del reconocimiento de las diferencias y cuestionamiento de las identidades culturales o de género son un legado importante al que ningún proyecto de transformación social puede ya renunciar. Pero, como señaló muy pronto <strong>Nancy Fraser</strong>, incluso el propio proyecto de la tolerancia multicultural sólo podía tener un recorrido muy corto antes de toparse con los límites de la hegemonía mercantil. La exaltación de la diferencia cultural sólo era admisible mientras no entrara en conflicto con las diferencias de clase.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Nov 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Editorial Calambur]]></author>
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