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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 105]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-105/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 105]]></description>
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      <title><![CDATA[De la trivialidad del llanto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/trivialidad-llanto_1_1203146.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/32925a38-5ab5-4cc5-ae58-897545389827_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De la trivialidad del llanto"></p><p>  </p><p><strong>De la trivialidad del llanto</strong></p><p>Puedo llorar porque el carro de al lado</p><p>ha sonado furioso la bocina,</p><p>porque en la fila para pagar las compras</p><p>una anciana delante se apoya en un anciano.</p><p>Puedo llorar porque en la alameda</p><p>sobre altas grúas hombres de rojo podan las palmeras</p><p>y al regreso, en el estacionamiento de casa,</p><p>veo tu carro, sé que no te has ido.</p><p>Cosas triviales estos días me tocan</p><p>cual si me echaran sal en las heridas.</p><p>  De <em>Apogeo </em>(1998).</p><p><em>*Gioconda Belli (Managua, Nicaragua, 1948) es poeta. Sus últimos libros son </em><strong>Gioconda Belli</strong>Sobre la grama<em> (editado por Navona en España en 2017) y una reedición de </em><a href="http://www.visor-libros.com/tienda/apogeo.html" target="_blank">Apogeo </a><em>en Visor. </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Apr 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Gioconda Belli]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura latinoamericana,Poesía,Poetas,Los diablos azules número 105]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Patriarcado con mejillones]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/patriarcado-mejillones_1_1157564.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3d5b96a5-375c-470e-8643-81be2c82c472_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Patriarcado con mejillones"></p><p><em>Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Les dejamos esta sala para que comenten sus lecturas y nos ayuden a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para contarnos vuestra historia y hacernos llegar vuestras recomendaciones.</em></p><p>___________________________________</p><p>El club de lectura Mar de Páginas fue el primer club de lectura en Baeza, fruto de la inquietud de algunas personas por compartir espacios de tertulia con otros lectores. Desde aquel 2008 del inicio nos reunimos con una asiduidad de dos veces al mes. Nuestra reunión de los jueves se desarrolla en una sede que nos ha concedido, con el tiempo, el ayuntamiento. Se nos han ido facilitando espacios a través de la biblioteca municipal.</p><p>Buscamos la posibilidad de participación para todos los asistentes, así que el número ha ido variando, pero consideramos que entre 15 y 18 es un buen grupo para poder participar y mantener una reunión activa e interesante para todos los integrantes.</p><p>La decisión de la lectura es una de las actividades del grupo una vez al año, decidimos el libro oficial desde el listado que oferta el Centro Andaluz de las Letras. Decimos oficial, porque nuestra línea es buscar lecturas que muevan emociones, así que no tenemos dudas al alargar esta lista con lecturas complementarias que surgen a raíz de este libro, o la sugerencia particular de los asistentes. Somos lectores habituales de gustos diversos y lo que procuramos es que las lecturas en este foro se correspondan con distintas inquietudes, leer autores variados y sobre todo que la lectura abra un debate de interés.</p><p>El objetivo de la reunión es compartir puntos de vista distintos de la misma lectura que, como un río, nunca es el mismo. Así lecturas que ya habíamos hecho por separado se convierten en una novedad y con frecuencia ha ocurrido que una lectura que en solitario pudo resultar tediosa o poco estimulante, al compartir la opinión de otro lector se convierte en un reto interesante. Procuramos no dejar de lado lo literariamente estimulante en un sentido, quizá, más técnico.</p><p>Solemos plantear actividades complementarias a la lectura del libro, como es compartir poemas o noticias que los lectores hemos rescatado de nuestra inquietud personal, por ejemplo curiosidades de otros lugares, como su cultura, lecturas, etc. A veces se propone ver una película con algún interés relacionado con la lectura o algún tema cultural que nos inquieta, después ponemos en común las ideas que han surgido. En ocasiones hemos salido de nuestro entorno habitual con un guía para conocer espacios que han tenido que ver con lecturas previas.</p><p>Somos una fuente interesante a la hora de compartir posibles tesoros literarios, ya que cada uno tiene sus gustos y está atento a novedades o descubrimientos.</p><p>Después de debatir el libro a recomendar, tarea ardua, ya que son muchas las lecturas que llevamos compartidas, nos hemos decidido por un libro que resultó un tesoro en lo que a despertar debate ser refiere. Creemos que esta idea es una fotografía de nuestras reuniones. Se trata de <a href="http://www.lagaleraeditorial.com/es/mejillones-para-cenar-978-84-246-3075-1#.WtjrIi6uzIU" target="_blank">Mejillones para cenar</a> de <strong>Birgit Vanderbeke</strong>, editado por La Galera. Nos proporcionó una conversación intensa y la invitación a conocer unas situaciones muy concretas del contexto histórico situado en las diferencias de la RFA y la RDA y el análisis del comportamiento marcado de los personajes.</p><p>En esta ocasión ha habido casi unanimidad de todos los lectores en considerar que se plasma de forma muy bien analizada en la obra una tónica de comportamiento correspondiente a una época y situación personal de los protagonistas. El libro es un monólogo interior de una chica ante una situación que, al romper el hábito familiar, desencadena el desbordamiento de las emociones reprimidas. Un hecho en principio trivial, como es que el padre llegue tarde a la cena, convierte la vivencia contenida de la familia en un mar de comportamientos que harán que nunca vuelva a ser la misma situación.</p><p>El comportamiento patriarcal del ausente ha sido la tónica por la que se movían a diario cada uno de los miembros de la familia. La procedencia humilde del padre ha marcado unas formas de actuar en su entorno que se corresponden con la represión de sentimientos, instintos, incluso expresión de quejas a través de una rígida disciplina impuesta. El hecho de que para cenar se haya preparado el plato favorito del padre se corresponde, posiblemente, con la metáfora de este comportamiento autoritario. Y la ausencia de este rompe las relaciones familiares, igual que se estropea la cena.</p><p>Quedan representados en una novela tan corta, muchos de los valores que pueden ser parte de un contexto determinado: así los roles más rebelde de la hija y más afectuoso y sumiso del hijo, se convierten en motivo de disgusto para el padre, ya que simboliza el orden contrario a como se entiende que deben ser las cosas. Cada uno tiene un papel que representar, tanto por sexo como por condición social y que esto no se cumpla altera al personaje del padre que representa ese marcado inmovilismo del momento.</p><p>Consideramos que la autora representa de forma elegante la hipocresía que supone el esfuerzo por anular su origen humilde y pertenencia a un contexto y retrata con ironía la rebelión a esta injusta situación a través de la metáfora de un hecho casi irrelevante, como es la falta de puntualidad en la cena. Nos ha parecido un texto muy bien manejado, dando en el espacio de unas horas cabida a un tejido de recuerdos y emociones que representan el complejo momento de cambio social y las dificultades que supone la adaptación para los distintos actores de esta situación.</p><p>Con una pluma ágil, Vanderbeke consigue mantener la tensión de la lectura a través de la representación de lo que puede entenderse como un símil, perfectamente claro para entender un movimiento social.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Apr 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luz Araujo]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Los diablos azules número 105]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Los cimientos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/cimientos_1_1157559.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/64b7663f-1fb0-4586-9442-10f1b3a61e9d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los cimientos"></p><p><em>Soraya González Soler, librera de El árbol de las letras (Valladolid), recomienda algunos de sus títulos favoritos de los últimos meses.</em></p><p>_______________________​ </p><p><strong>El origen del malJosé Carlos SomozaEdiciones BBarcelona2018</strong><em>El origen del mal</em></p><p>  </p><p><strong>José Carlos Somoza</strong> regresa al género del <em>thriller </em>literario de sus mayores éxitos con una historia real de un espía español en el Norte de África en los años cincuenta. Un conocido escritor recibe de manos de un amigo librero un misterioso manuscrito. Son más de doscientas páginas, escritas a máquina y echadas en 1957. El encargo es muy preciso: debe leerlo en menos de 24 horas. Intrigado, el novelista comienza a leer y se encuentra con una historia de secretos y traiciones contada por Ángel Carvajal, un militar español de la Falange que actuó como espía en el Norte de África.</p><p>  <strong>La utilidad del deseoJuan VilloroAnagramaBarcelona2017</strong><em>La utilidad del deseo</em></p><p>  </p><p>Los hermanos <strong>Grimm </strong>ampararon sus cuentos bajo el lema: "Entonces, cuando desear todavía era útil". Hubo una remota arcadia en la que las hadas recompensaban la esperanza. Novelista, dramaturgo, autor de cuentos infantiles, <strong>Juan Villoro</strong> entiende la lectura como un regreso al momento esquivo y meritorio en que el placer tiene su oportunidad.</p><p>  <strong>Los años auroralesFernando del ValDifácilValladolid2017</strong><em>Los años aurorales</em></p><p>  </p><p><strong>Fernando del Val </strong>(1978) es un "poeta imprescindible en la generación de principio de siglo", según<strong> Javier Lostalé</strong>. Destaca su trilogía <em>Regreso al Metropolitan</em>, <em>Lenguas de hielo</em> y <em>Orfeo en Nueva York</em>, publicada entre 2011 y 2013. Su obra ha merecido el reconocimiento de autores tan dispares como <strong>Caballero Bonald</strong> y <strong>Fermín Herrero</strong>. Practica también el ensayo y el relato, y colabora habitualmente en revistas de literatura y pensamiento, fruto de cuya actividad nace <em>Si te acercas más, disparo</em> (Difácil, 2017), 23 entrevistas con autores clave de las letras españolas. Su blog <em>Cuaderno de Horas</em> es uno de los más recomendables en el panorama de la literatura y de la reflexión en español.</p><p>  <strong>El club de los mentirosos</strong></p><p><strong>Mary KarrTraducción de Regina López MuñozPeriféricaMadrid2017</strong></p><p>  </p><p>La tragicómica niñez de <strong>Mary </strong>en una localidad petrolera del este de Texas nos presenta a unos personajes tan singulares como divertidos: un padre bebedor, una hermana que con doce años le planta cara a un <em>sheriff</em>, una madre con un sinfín de matrimonios a sus espaldas —y cuyos secretos amenazan con destruirlos a todos—. Precisamente, será la madre, ese personaje maravilloso, quien se convertirá a lo largo del libro en la clave de esta gran historia, de esta novela autobiográfica e inolvidable. Cuando se publicó por primera vez en Estados Unidos, <em>El club de los mentirosos</em> fue un éxito arrollador y elevó el arte de la narrativa memorialística a un nivel completamente nuevo. Fue recibido con entusiasmo por los lectores y la crítica, fascinados por este relato de una infancia de los años sesenta fuera de lo común, tremendamente conmovedor pero desprovisto de sentimentalismos.</p><p><em>*Puedes encontrar El árbol de las letras en la calle Juan Mambrilla, 25, de Valladolid, o en su página web. </em><strong>El árbol de las letras</strong><a href="http://www.elarboldelasletras.com" target="_blank">página web</a></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Apr 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Soraya González Soler (El árbol de las letras)]]></author>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Eternamente, la ciudad eterna]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/eternamente-ciudad-eterna_1_1157554.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f8506dd0-5492-4fc2-bae1-1a721d009ca5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Eternamente, la ciudad eterna"></p><p><em>Este relato pertenece al libro </em>Por regiones fingidas<em>, editado en tirada limitada de 175 ejemplares firmados por el autor en Interrogante editorial. Publicamos la segunda de cuatro entregas.</em><a href="http://interrogante-editorial.blogspot.com.es/" target="_blank">Interrogante editorial</a></p><p>__________________</p><p>Pedro Villalba fue profesor de latín hasta su jubilación, que le llegó anticipada por sus problemas de vista, pues la diabetes fue robándosela hasta reducirle el mundo a un contorno nublado. Veía siluetas y borrones, máculas luminosas, indefinido lo definido y oscilante lo firme, de modo que el mundo se le deslizó poco a poco hacia los adentros, por necesidad de algún sitio en que asentarse, y se volvió meditabundo.</p><p>En su memoria repleta y ociosa resonaban sus autores de siempre, los que se sabía al dedillo: allí estaba Lucrecio, avisando de que en cualquier lugar del mundo, y al mismo tiempo, en una sincronía implacable de paradojas, triunfa y muere la vida; por allí andaba Tibulo, rogándole a la muerte que apartase de él sus manos codiciosas o haciéndose eco del martirio de Tántalo, el sediento ante las charcas; allí reverberaba Ovidio, con sus fábulas de mutantes; allí estaba Fedro, envidioso de la fama de Sócrates, a pesar de la mala muerte del ateniense; allí, en su memoria, estaba Lucano, despectivo ante la pervivencia colectiva de las glorias militares de Julio César; allí arañaba Marcial con sus estiletes de punta envenenada… Allí estaban todos, en fin, murmurándole en un idioma muerto. Y con aquello echaba atrás las horas consigo.</p><p>Su hijo Horacio, que vivía con él, lo sacaba alguna que otra tarde a pasear: la calle como un caleidoscopio, como la jungla de los fogonazos imprecisos. Y una voz de quién que lo saludaba. Y la intensificación de los olores. Y la alegría de reconocer algo, el perfil de algo: “¿Eso no es…?”. Y lo era o no lo era, pero su hijo le decía siempre que sí, menos por compasión que para no tener que enredarse en explicaciones.</p><p>Desde muchacho, el sueño principal de Pedro Villalba había sido el de viajar a Roma, pero, entre cosa y cosa, en sueño postergado fue quedándose, y como un sueño vano lo daba ya, sobre todo desde que murió su mujer, cuya ausencia no le aliviarían ni todos los poetas del mundo latino puestos en fila y recitando consuelos melancólicos sobre la fugacidad de las cosas y sobre la vanidad de fondo del vivir. Aunque él no alcanzara a distinguirlos, ella le hubiese descrito sobre la marcha los prodigios profusos de Roma y él, a falta de precisión en los ojos, los hubiera admirado con el soporte de su fantasía documentada, como un sonámbulo por su casa a oscuras. Pero el caso es que ahí seguía Roma, lejana y siempre en él, concreta y mítica, envuelta en la bruma de los lugares que existen más en la imaginación que en los mapas: una Roma ingrávida y artificial, reducida en la percepción del profesor Villalba a una escala de maqueta minuciosa: las ruinas y las fuentes, los palacios y los jardines, los museos y las basílicas, ya que cualquier ciudad imaginada cabe a fin de cuentas en una tarjeta postal o en el óvalo de un camafeo. “Pensar que voy a morirme sin ver Roma…”, y su hijo le replicaba que había cosas peores.</p><p>Horacio Villalba no había heredado de su padre la fascinación por el recio latín ni de su madre la atracción por las abstracciones estrictas de las matemáticas, de las que fue profesora. Abandonó la carrera de magisterio antes de terminar el primer trimestre y se dedicó a inspeccionar parte del mundo con un equipaje filosófico de psicodelia y de orientalismo, con escalas en Londres y en Corfú, en Ibiza y en Ámsterdam, en sitios inesperados y en sitios impensables incluso para él, Roma incluida, a lo que fuera saliendo. Creyó luego que lo suyo eran los negocios y abrió un bar de copas tardías en la calle Manuel Rancés que atraía a partes iguales a los noctámbulos y a los acreedores, pues se daba una maña incorregible para gastar más de lo que ganaba, que es mala ciencia. No sólo derrochaba lo que conseguía ganar, que se le iba de la cartera como por ilusionismo, sino también la pensión de su padre, que andaba desentendido desde hacía tiempo de las cuentas, absorto en sus rememoraciones de poetas líricos y de emperadores inclementes, resignado a una dieta de comida enlatada y de sopas de sobre.</p><p>Una tarde, Horacio Villalba se cruzó por la calle con Ramón Ezpeleta, el director del colegio San Felipe Neri, que era en el que Pedro Villalba había dado clases durante casi treinta años. “¿Cómo está tu padre?”, y Horacio Villalba le dijo que bien, aunque con sus chaladuras y con su queja recurrente de morirse sin ver Roma, a pesar de no verse ya ni las manos. “¿Sigue con eso?  Pues habría que pensar en…”. Y lo que pensó Ezpeleta fue lo siguiente: hacer una colecta entre los profesores para pagarle a su excolega casi ciego, a modo de homenaje corporativo, un fin de semana para dos personas en aquella Roma que el jubilado llevaba décadas entreteniendo en sus imaginaciones. Hubo profesores, en especial los más veteranos, dispuestos a desembolsar el donativo, pero hubo otros que no, alegando la escasez del sueldo, de manera que el claustro acordó organizar la rifa de un equipo estereofónico y, con la ganancia, sufragarle el viaje al viejo profesor y a su hijo Horacio, que le haría de lazarillo por una Roma al fin y al cabo de irrealidades: una ciudad narrada. Y así se hizo: se repartieron las papeletas entre los alumnos para que las vendiesen entre sus familiares y, al final, pagado el coste del regalo, y con una aportación extra por parte de la dirección del centro, se consiguió dinero suficiente para cumplir el objetivo. El hotel que tuvieron que eligir no era ni muy céntrico ni prometía suntuosidades, aunque este segundo detalle iba a darle ya un poco lo mismo al profesor emérito Villalba.</p><p>Ezpeleta, en compañía de una representación del claustro de profesores, fue una tarde a entregarle solemnemente a Villalba los billetes de avión y los bonos de hotel, así como una metopa con la efigie esmaltada del santo tutelar del centro: “Un pequeño detalle. Como agradecimiento por tantos años de trabajo”, y, en mitad de su discurso, deslizó Ezpeleta una frase en latín que animó la sonrisa de Villalba, que la respondió, también en latín, con una cita de Cicerón, lo que dejó <em>in albis </em>no sólo al profesor de física y química que era Ezpeleta, que se había aprendido su frase latina de memoria para dar un poco de barniz a la ocasión, sino también al resto del séquito académico.</p><p><em>*Felipe Benítez Reyes es escritor. Sus últimos libros, </em><strong>Felipe Benítez Reyes</strong>Por regiones fingidas<em> (Interrogante editorial, 2017) y una reedición de </em>El novio del mundo<em> (Fundación José Manuel Lara, 2018) en conmemoración de su 20º aniversario.</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"><em> </em></a><em> </em><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Apr 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Felipe Benítez Reyes]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Narrativa,Los diablos azules número 105]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[El hijo extranjero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/hijo-extranjero_1_1157552.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/908f4b1a-5a53-41c3-aedf-fb065048e429_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El hijo extranjero"></p><p><strong>NO (A los cuarenta años soñar empieza a ser ridículo)Saïd El Kadaoui MoussaouiCatedralBarcelona2017</strong><em>NO (A los cuarenta años soñar empieza a ser ridículo)</em></p><p>​​​​​​​<strong>Saïd El Kadaoui Moussaoui</strong> es hijo de emigrantes marroquíes, nacido en Beni-Sidel, cerca de Nador. A la edad de siete años se traslada junto  a su familia a Cataluña. Forma parte de una segunda generación que ha desarrollado su vida en suelo peninsular español, lo que desencadena una problemática identitaria muy acentuada que se traslada a sus textos.</p><p>Así queda reflejado en uno de los pasajes de su reciente novela <em>NO (A los cuarenta años soñar empieza a ser ridículo), </em>cuando escribe: “Quizás, si mis padres vivieran en Marruecos me mirarían con los ojos de unas personas ancianas que ya no comprenden el mundo contemporáneo. En cambio, al vivir aquí, me miran como a un extraño, como a alguien que ha cambiado de bando. Sienten que tienen un hijo extranjero” (p.132).</p><p>Saïd El Kadaoui es un autor transterrado, un escritor que hubo de abandonar su tierra natal, instalándose en un nuevo hogar de acogida. Desde ahí, su trilogía narrativa, compuesta hasta el presente por <em>Límites y fronteras</em> (2008), <em>Cartes al meu fill. Un catalá de soca-rel, gairebé</em> (<em>Cartas a mi hijo. Un catalán de pura cepa, casi</em>) (2011) y <em>NO</em> (2016), describe un tiempo en tránsito, en un intento por anudar una época, unas personas, sus esperanzas, sus frustraciones, es decir, su identidad, en un marco tan inestable, tan movedizo, como es el de la frontera, la tierra de acogida y los lugares, físicos o mentales, compartidos. Esta “expulsión” de aquella Arcadia en la que se desarrolló la infancia va a significar para el escritor la imperiosa necesidad de intentar restablecer el orden perdido, recomponer una personalidad híbrida con la que deambula el personaje principal en un <em>contínuum</em> que recorre toda la novela: “si bien no me molesta ser europeo, tampoco doy saltos de alegría por ello. La constatación de que siempre voy buscando al otro perdido” (p.153), “Dicho con toda gravedad, la identidad que nos han inculcado es un embuste ideológico. Somos una mentira, una ficción o una medio verdad velada” (p.199). Esta problemática identitaria y los conflictos interiores que se desarrollan desde las experiencias vividas en mundos distintos es la que conforma el magma narrativo de nuestro autor.</p><p>El protagonista, profesor de literatura, lector y admirador de <strong>Hanif Kureishi, Mohamed Arkoum, Driss Chraïbi</strong> o <strong>Philip Roth</strong>, conversa con un amigo que ha decidido volver a Marruecos, país de origen de ambos, y ello desencadenará el relato de contradicciones que conforma el conjunto de narraciones segmentadas que hilvanan la novela.</p><p>No conocemos el nombre del personaje principal, que dialoga con alguien que escucha pero que no le replica, tan sólo el sobrenombre con que a Mayte, su compañera, le gustaba llamarlo: Chet. Escritor frustrado, escritor sin obra, sometido implacablemente a la servidumbre del sexo que al atravesar la frontera de los cuarenta hace balance de su vida desde esa terraza de desequilibrio emocional que supone la edad madura y que lleva aparejada, en muchas ocasiones, una crisis personal, emocional y, en su caso, identitaria: “soy un tipo de cuarenta años con una personalidad alambicada y compleja, pero el ADN que la sustenta es justamente aquella ambivalencia que sentí al recibir el coscorrón de mi madre” (p.75). Chet se percata de que ya no es aquel joven que recorría el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona bajo la imaginaria leyenda de sus treinta centímetros y, aunque no es viejo, poco queda de su melena rizada que algunas chicas comparaban con la de <strong>Antonio Banderas</strong> en <em>Two Much. </em>Advierte, con pánico, que avanza inexorable hacia la decadencia y hacia la vejez, lo que le enfrenta a dialogar con el pasado para intentar encontrar allí algún asidero que confiera firmeza a un presente y a un futuro del que no espera casi nada, pues, tal y como se lee en la contraportada de la novela, el protagonista: no quiere tener hijos, no se atreve a vivir con la mujer que ama, no acepta la reclusión de los musulmanes en el Islam, no consigue dominar su adicción al sexo, no se siente satisfecho, no se considera escindido entre dos culturas y no piensa volver a Marruecos.</p><p>Escrito con una técnica compleja, pues se estructura de una manera fragmentaria (“A lo largo de este año he ido escribiendo fragmentos de una vida que de algún modo tienen que ver conmigo. O dicho de otro modo, fragmentos de una vida que quiero que conozcas” –p.202— dirá el profesor, casi al final del texto), donde, a través de pequeñas estructuras narrativas, que tienen como actores a diferentes personajes que entran y salen de escena, se va hilvanando el discurso que subsiste en la mente del protagonista: la historia de la emigración marroquí y la problemática de la identidad, vivir en paralelo dos mundos diferentes, la mirada que se hace poliédrica y el sentido de los valores compartidos o no: “Yo ya no pertenezco al mundo que puebla la cabeza de mis padres” (p.126).</p><p>En <em>NO</em>, Saïd El Kadaoui Moussaoui retrata con enorme lucidez, con un afilado tono irónico, con un verbo desgarrado, a veces, pleno de emotividad, en otras ocasiones, pero siempre desde una construcción narrativa fascinante y cautivadora, las contradicciones y los sentimientos de los hijos de aquellos inmigrantes que llegaron del Magreb. Una situación mucho más compleja que la visión simplista del enfrentamiento entre dos mundos, al que algunos quieren reducir el encuentro de sentimientos, lenguas y culturas, la hibridación y el mestizaje, y que Saïd El Kadaoui ha sabido trasladar magistralmente a esta extraordinaria novela.</p><p><em>*José Sarria es crítico literario. </em><strong>José Sarria</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Apr 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Sarria]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El hijo extranjero]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Novela,Los diablos azules número 105]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Mapa para inventariar una isla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/mapa-inventariar-isla_1_1157549.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8d817d15-425a-4e6d-8603-d67020e82814_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mapa para inventariar una isla"></p><p><strong>Las islas vertebradasJuan Manuel GilPlaya de ÁkabaMadrid2017</strong></p><p>¿Qué lleva a una persona, que se convierte en un personaje de novela, a esconderse en una isla, y a convivir con extranjeros, una añadida y exclusiva extrañeza que corrobora una no menos turbadora existencia?  ¿Responderse a sí mismo acerca de la desconcertante moral que arrastra en buena parte de su vida? ¿Olvidar la constante cobardía de un atormentado pasado? O en definitiva, y pese a todo, ¿resulta el vano intento de preservar el mayor de sus secretos?</p><p><a href="http://www.playadeakaba.com/?q=obras/las-islas-vertebradas" target="_blank">Las islas vertebradas</a> es una novela repleta de preguntas, y quizá sin las respuestas que más convienen, pero <strong>Juan Manuel Gil</strong> (Almería, 1979) ha construido, sin duda alguna, y con mucho acierto, una inteligente narración en torno a la fragilidad y las muchas contradicciones humanas que, temáticamente, y sin un atisbo de buen quehacer, hubiera desembocado en un realismo sociológico al uso por cuanto le ocurre a Martín de Juan, un personaje que en su huida se esconde entre las sombras y las luces que proyectan las imágenes de la isla que con algo de suerte pueda convertirse para él en su única salvación. El almeriense es autor de <em>Inopia</em> (2009), o lo que es lo mismo, <em>indigencia, pobreza, escasez</em>, una primera novela que proponía una experimentación transparente tras algunas incursiones en la lírica, un arriesgado texto de perspectivas narrativas muy variadas y cuyo análisis debe realizarse con una mirada múltiple; un ejemplo de narrativa contemporánea que ensaya un tipo de relato fragmentario, con esa híbrida imbricación que propone una experimentación técnica en el terreno arquitectónico textual de la mejor lírica, de la narración o de aquellos otros géneros literarios cuya frontera aún estamos lejos de delimitar, y se construyen con una variedad formal, con una técnica, una estilística y una temática que desde el punto de vista narrativo se mueven entre el relato, más o menos extenso, y la novela, e incluyen temas característicos como las relaciones humanas y la sumisión que delimitan el conflicto de identidad, o rozan esa locura que lleva a los personajes a la soledad, la incomunicación y el miedo, un terror físico que condiciona al ser humano.</p><p><em>Las islas vertebradas</em>, como propuesta, ofrece toda una serie de disyuntivas entre lo real y lo onírico, lo mezquino y la bondad más absoluta, y a  lo largo de sus páginas observamos que la víctima se confirma como su propio verdugo. Disyuntivas que el autor enfrenta constantemente, y que de alguna manera conducen a los personajes de la isla a una nueva dimensión de su existencia mucho más primaria, y esas continuas interrogantes que guardan, sus secretos, que se irán desvelando y entrelazándose. Pero la historia, en su estructura básica, es sencilla aunque no por ello menos inquietante: Martín tras una serie de infortunios decide huir a una isla para recuperarse de una enfermedad y dar respuesta a sus permanentes dudas, un lugar remoto que se impregna de un hedor de algas putrefactas insoportable, envuelto en un halo de misterio que viene determinado por acontecimientos recientes: tras su breve estancia, comienzan a producirse extraños robos y la infranqueable comunidad de vecinos, básicamente extranjeros, empieza a tambalearse en ese idílico espacio que se conoce como el Parque holandés, y a la escasa acción se une la inquietante desaparición de uno de sus moradores. Lo curioso es que todo ocurre en ese espacio cerrado, a veces asfixiante, la isla, y al hilo de todo el lector descubre el pasado de Martín, narrado a través tres focos significativos: el valor de la amistad, de la familia y, en última instancia, del amor. Juan Manuel Gil se sirve de dichas aristas para dibujar las profundas heridas emocionales de un personaje que en muchas de sus actuaciones se nos antoja miserable, pero que al final queda redimido por sus encuentros con dos mujeres la joven Marina, que sobrevive al amor imposible de Larry, y una no menos enigmática y sugerente, contrapunto de cuanto sucede y se sugiere en la isla, Fatiha.</p><p>Los personajes, con sus diálogos, contribuyen a esa atmósfera perturbadora que sobrevuela la historia, y el propio narrador desaparece por completo cuando los personajes interactúan, llevando ellos el peso de la narración, como ocurre en la escena de “Clipperton” y de “Thule” con una estructura teatral que no añade tensión a lo contado, aunque sí algo de incertidumbre  entre la realidad palpable que envuelve a los diálogos y el lirismo que se desprende, o entre esa vigilia y el sueño que envuelve la precariedad de todas y cada una de las vidas que intenta retratar el narrador Juan Manuel Gil; y en estos diálogos se concentra, sin duda, bastante del artificio de <em>Las islas vertebradas</em> que pone en tela de juicio lo mejor de la buena literatura.</p><p><em>*Pedro M. Domene es escritor.</em><strong>Pedro M. Domene</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Apr 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro M. Domene]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Mapa para inventariar una isla]]></media:title>
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      <title><![CDATA[El horizonte de Luis Vioque]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/horizonte-luis-vioque_1_1157547.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a69fe420-d250-49f9-bca4-1aa8312ca91c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El horizonte de Luis Vioque"></p><p><strong>IslandiaLuis VioqueGenericBarcelona2017</strong><em>Islandia</em></p><p>Siempre había imaginado Islandia en blanco y negro, supongo que por el contraste entre la nieve y las rocas, por el gélido clima y las extensas áreas despobladas… Por ello, al hojear <em>Islandia</em> no me llevé ninguna sorpresa: allí estaba tal cual la había pensado. En un primer momento tampoco me extrañó la calidad de las imágenes porque conocía la obra de <strong>Luis Vioque</strong>. Cuando comencé a enarcar las cejas de puro asombro fue a medida que pasaba las hojas con detenimiento y descubría que las fotografías eran bastante más que el recuerdo de un viaje a un país mitológico que se percibe en los confines del mundo. Empecemos.</p><p>El prólogo de <strong>Josep M. Rodríguez</strong> es excelente. Analiza la obra del fotógrafo desde <em>Un viaje imaginario</em> (2001), el primer libro ―agotado, por cierto―, llevándola al terreno que mejor conoce, la poesía. Funciona acompasadamente el tándem Rodríguez-Vioque porque sus poéticas comparten principios: economía narrativa, capacidad de sugerencia, limpieza expositiva. Sabemos que poesía y fotografía retumban con similares ecos ―la creatividad de la metáfora, la síntesis expresiva o la elipsis, entre otros―, y en  este caso las voces del poeta y el fotógrafo suenan al unísono de manera armoniosa.</p><p>Vioque recorre la isla del fuego y el hielo en 36 imágenes, contando con la excelente de la cubierta, esa carretera que brilla como un río de lava en la noche. Rehúye glaciares, géiseres y cascadas, es decir, las tópicos turísticos, y en las escasas ocasiones en que se coloca frente a ellos apuesta por una toma que desplaza el elemento rutinario a un segundo plano, un método que habla de la singularidad de su mirada y de sus recursos creativos. Dos ejemplos: la cascada de Hafragilsfoss parece un foco de luz al fondo del encuadre porque el interés se centra en las paredes de basalto erosionadas, y la fumarola del géiser de Krýsuvík semeja un banco nuboso de formación baja. Las nubes son elementos integrantes de la geografía islandesa y el fotógrafo no las elude, lógicamente, antes al contrario, las integra con suavidad, como si acolcharan la dureza rocosa o acercaran la tierra al cielo.</p><p>Luis Vioque ha permanecido fiel al formato panorámico en todos los libros. Con razón, Josep M. Rodríguez titula el prólogo “Panorámica íntima”. Para entender esta predilección ―ajena al formato de la película―, se pueden aventurar varios motivos, de los cuales los menos significativos no serían que su trabajo se desarrolla en exteriores y que el horizonte es la referencia ineludible. Tanto para disparar como para editar la mirada panorámica no es la opción más sencilla, y en el caso de <em>Islandia</em> el amplísimo ángulo de visión derivado de las tomas largas, por decirlo en términos cinematográficos, supone una dificultad añadida. Existe el riesgo de perderse en la suculenta inmensidad y olvidar que hay que ‘rellenar’ el encuadre, darle contenido, no necesariamente de orden físico. Pues a Vioque parece quedarle estrecha la panorámica, quiero decir que colma con creces el espacio. Los paisajes rebosan las fronteras del libro, se percibe que continúan vivos fuera del papel. Un efecto conseguido mediante una puesta en página espléndida y una intención narrativa que quiere comunicar al lector/espectador la voluntad de ofrecer la expresión más extensa. No obstante, las vistas islandesas de Luis Vioque funcionan a 274 x 97 mm, el inamovible formato de edición, reducido pero repleto de expresividad. Su Islandia cabe en la intimidad de nuestros bolsillos.</p><p>Asimismo caben los paisajes españoles de <em>Un viaje imaginario</em>, los litorales de <em>Mares de Portugal</em> (2004) y las dunas grancanarias de <em>Océanos de arena</em> (2010). El cuaderno de bitácora de Luis Vioque relata la aventura que le ha ido alejando en forma de espiral de su lugar de residencia, Madrid. Decía <strong>Barthes </strong>que el término apropiado para expresar la seducción que sentía al mirar ciertas fotografías era <em>aventura</em>: “Tal foto me <em>adviene</em>, tal otra no”, basándose en la etimología del vocablo <em>aventura</em>: <em>advenire</em>, llegar. A esto me refería cuando comentaba que las imágenes de Vioque <em>funcionan</em> ―nos <em>llegan</em>― en el tamaño de edición porque vislumbramos la aventura del artista.</p><p>Enfrentarse a una geografía tan particular como la islandesa precisa una mirada afinada y certera, la propia de un tirador de élite. Vioque acierta hasta el punto de que algunas fotografías se van a convertir en iconos por su maestría para la sinécdoque, la del parque nacional de Skaftafell o la de la<em> </em>lengua del glaciar de Svinafellsjökull, por ejemplo. Pero su visión no se limita a lo inmediato, se atreve a fantasear, como en la costa de Höfn, donde los peñascos reflejados en la espejante superficie del agua evocan un grupo de meteoritos a la deriva. Hacer ficción con la cámara es narrar y las capacidades narrativas del fotógrafo madrileño son seductoras.</p><p>Aunque es un paisajista en el sentido clásico, el elemento humano forma parte de su mundo. Quizás los personajes ―siempre de espaldas a la cámara, ¿siempre el mismo?― sean un trasunto del fotógrafo, el poético ‘otro yo’ paralizado por la grandiosidad del entorno e interrogándose por cómo traspasarla a la cámara. El caso es que figuran colocados en los márgenes, sin intervenir en el entorno, si acaso punteándolo con sigilo, y en <em>Islandia</em> pueden justificarse como una señal de respeto a la vieja madre Tierra. Del mismo modo, los diversos elementos que delatan la presencia del hombre (carreteras, viviendas, vehículos, faros) juegan un papel secundario, a pesar de lo cual la disposición de este tipo de imágenes en el libro está muy cuidada. Son dieciocho fotografías, justo la mitad del total, distribuidas en dos bloques de ocho y diez, separados por las dos tomas de la playa de Lónsfjördur a eje cambiado que ocupan las dos páginas centrales del libro. Otra muestra de la estudiada puesta en página a la que me refería y sobre la que quisiera insistir en un aspecto que considero primordial: el diálogo entre imágenes contiguas. En varios casos se solapan como si formaran parte de una única perspectiva. Así, las nubes sobre Svinafellsjökull y Skaftafell, los icebergs de Jökulsárlon o el camino de Mosfellsbær que conduce a la vivienda de Keflavík. En ocasiones, el juego es puramente visual, véanse las tomas del mismo paisaje de Borgarnes para que apreciemos los corazones que la patinadora dibuja en el hielo al deslizarse. Un canto de amor a la naturaleza.</p><p>La mirada de Vioque es inconfundible, más personal a medida que consolida su obra y singularizada en los ya comentados formato panorámico y trabajo en exteriores, a los que añadiría el dominio del blanco y negro virado a un sepia elegante y discreto, el impecable lenguaje, la asumida autoedición ―papel de calidad, tapa dura― y el propósito estetizante. La belleza de sus fotografías creo que tiene que ver con lo que Cartier-Bresson denominaba “regodearse en el placer puro de la forma”. Indiscutiblemente, hay más conceptos y principios de estilo, como el sesgo clásico y esa especie de toque sacramental en la forma de representación.</p><p>Me cuesta encontrar referencias. Hay una, muy evidente, a <em>El caminante sobre el mar de nubes </em>de Friedrich, en la vista de Laugarvatn. Otra es la imagen de cierre, que me recuerda la carretera U. S. 285 de <em>Los americanos</em>. Decía <strong>Robert Frank </strong>que “el ojo aprende a escuchar antes de lo que parece”, una versión del quevediano “escucho con mis ojos a los muertos”. En resumen, escuchar, permanecer atentos a lo que la tradición y la actualidad nos susurran al oído. También el silencio nos habla, ese vibrante silencio que oímos en la <em>Islandia</em> de Luis Vioque.</p><p><em>*Antonio Lafarque es crítico literario.</em><strong>Antonio Lafarque</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Apr 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Antonio Lafarque]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Fotografía,Los diablos azules número 105]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El conflicto primario]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/conflicto-primario_1_1157545.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ca4e8db0-1ed0-4e4a-bc30-e1b57e7c8b86_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El conflicto primario"></p><p><strong>Las guerras civiles. Una historia en ideasDavid ArmitageTraducción de Marco Aurelio GalmariniAlianza EditorialMadrid2018</strong><em>Las guerras civiles. Una historia en ideas</em></p><p>Al final de este libro extraordinario, en la página ritual dedicada a sus deudas intelectuales, el historiador inglés <strong>David Armitage </strong>confiesa que la idea de escribir una historia de las ideas políticas en torno a la guerra civil surgió con la revelación que supuso para él descubrir los manuscritos de <strong>Francis Lieber </strong>mientras investigaba en la ilustre Biblioteca Huntington en San Marino, California. Exiliado en Estados Unidos desde 1827, Lieber fue el jurista alemán que redactó la Orden General No. 100, de 24 de abril de 1863, por medio de la cual el presidente <strong>Abraham Lincoln</strong> adoptó las llamadas “Instrucciones para los ejércitos de los Estados Unidos en campaña”, que se constituyó así en el primer estatuto moderno que aplicaba las leyes y costumbres de la guerra en un conflicto armado de carácter interno como la guerra civil norteamericana de 1861 a 1865. Conocido también como el Código de Lieber, el instrumento se considera desde entonces el principal antecedente directo del actual derecho internacional de los conflictos armados en su doble vertiente de derecho humanitario o de Ginebra y derecho de la guerra o de La Haya. El espíritu del Código de Lieber está resumido en su artículo 15, que representa la síntesis más feliz de la ética de la guerra en el último siglo y medio de historia: “Los hombres que se enfrentan con las armas en combate abierto no dejan de ser por ello seres morales, responsables los unos frente a los otros y frente a Dios”.</p><p>En <em>Las guerras civiles</em>, el profesor Armitage ofrece entonces una visión de conjunto, “más sintomática que sistemática”, del pensamiento político occidental desde Grecia y Roma sobre el trágico concepto de guerra civil, que resulta “necesariamente contextual y conflictivo” por tratarse de la forma de violencia humana organizada más extendida, destructiva y característica. El autor parte de un hecho: las guerras civiles tienden a ser más largas, cuatro veces más largas, que las guerras interestatales o internacionales, y en la segunda mitad del siglo XX han durado tres veces más que en la primera mitad. Entre 1816 y 2001 ha habido 484 guerras, de las cuales 296 han sido civiles. Tales conflictos, decía <strong>De Gaulle</strong>, “son imperdonables porque la paz no nace cuando la guerra termina”. Y <strong>Hans Magnus Enzensberger</strong> añade: “La guerra civil no es sólo una costumbre ancestral, sino la forma primaria de todo conflicto colectivo… En las actuales guerras civiles ha desaparecido todo vestigio de legitimación. La violencia se ha desligado totalmente de las justificaciones ideológicas”.</p><p>Ampliamente documentada, muy bien argumentada y escrita con esa claridad proverbial de los historiadores de tradición anglosajona, la obra de Armitage está dividida en tres partes. La primera explora los orígenes del problema en la Grecia clásica y sobre todo en la república romana, donde apareció por vez primera la noción de guerra civil como conflicto armado entre los ciudadanos del mismo Estado en un discurso de <strong>Cicerón </strong>sobre <strong>Pompeyo</strong>, pronunciado en el año 66 antes de Cristo. La segunda parte se ocupa de la reflexión de los grandes juristas y filósofos políticos de los siglos XVII y XVIII, como <strong>Grocio</strong>, <strong>Hobbes</strong>, <strong>Locke</strong>, <strong>Vattel </strong>y <strong>Rousseau</strong>, hasta llegar a la era de las guerras de independencia y las revoluciones burguesas que instauran la modernidad a ambos lados del Atlántico. Y la tercera parte, por fin, examina la cuestión en los siglos XIX y XX, con especial énfasis en la convergencia entre revoluciones y guerras civiles, la reducción de las guerras internacionales y el incremento de las guerras intestinas, y la llamada “guerra civil global” contra el terrorismo.</p><p>Aunque el profesor de Harvard cita numerosos ejemplos históricos, se suma a la opinión según la cual ha habido cinco grandes guerras civiles: la inglesa de 1642 a 1649, la norteamericana de 1861 a 1865, la rusa de 1918 a 1921, la española de 1936 a 1939 y la libanesa de 1975 a 1990. Ahora bien, estos casos prueban, más allá de toda duda razonable, que en el corazón de toda revolución hay una guerra civil; que ya existe una “polemología” o teoría de la guerra internacional y una “irenología” o teoría de la paz mas no una “estasiología” o teoría de la guerra civil; y que si la guerra civil es la apoteosis del poder, la política es la continuación de la guerra civil por otros medios.</p><p><em>Las guerras civiles</em> se cierra con una advertencia notable. La guerra civil global contra el terrorismo se plantea hoy como una guerra total, sin cuartel, puesto que en apariencia de ella depende la civilización planetaria. Pero Armitage nos recuerda que si existen leyes y costumbres de la guerra, que se recogen en los Convenios de Ginebra de 1949 y en sus Protocolos Adicionales de 1997 y que son aplicables tanto a los conflictos armados externos cuanto a los conflictos armados internos, la lucha contra el terrorismo no sólo puede sino que debe someterse a los derechos humanos y a la ética humanitaria para librarse de una manera civilizada. Tal es el desafío que implica pensar la guerra civil como idea y como experiencia.</p><p><em>*Hernando Valencia Villa es doctor en Derecho por la Universidad de Yale y traductor al español de </em><strong>Hernando Valencia Villa</strong>El derecho de gentes<em> de John Rawls y </em>La idea de la justicia<em> de Amartya Sen.</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Apr 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Hernando Valencia Villa]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El conflicto primario]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo,Historia,Libros,Los diablos azules número 105]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[La vida nómada del señor Watanabe]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/vida-nomada-senor-watanabe_1_1157543.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/48c9ee34-c385-432d-a416-8e63fc25384b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La vida nómada del señor Watanabe"></p><p>Esta es la historia de un hombre, el japonés Yoshie Watanabe, y de las cuatro mujeres, Violet, Lorrie, Mariela y Carmen, con las que a lo largo del tiempo mantiene relaciones sentimentales en las distintas ciudades en las que coinciden sus vidas. Se trata de un emigrante temprano, “un alma en tránsito”, tal y como lo ha definido el autor, que trabaja a sueldo de una multinacional de electrónica, recorriendo el mundo con su colección de banjos. Así, vive el París de la postguerra y la <em>Nouvelle Vague</em> con Violet; entabla su primera relación –digamos— formal con Lorrie, una judía que trabaja como periodista cultural en el Nueva York que sufre la resaca de Vietnam y del Watergate; se instala en Buenos Aires cuando está a punto de estallar la guerra de las Malvinas, en 1982, relacionándose con Mariela; y comparte un amor otoñal en la España que acababa de incorporarse a la Unión Europea, en el Madrid que apenas salía de la Transición, con Carmen. Y en ese afán de ir de acá para allá, el narrador externo compara su destino al de <strong>Chéjov</strong>. Con todos estos mimbres diversos va haciéndose una identidad múltiple, influido por las mujeres con las que compartió su vida.</p><p>  </p><p>Watanabe vivió la esploxión atómica de Hiroshima (1945), en la que perecieron sus allegados más cercanos, y se libró de milagro de la de Nagasaki. Pero ahora, en el presente narrativo, comprende que no le queda más remedio que enfrentarse al desastre nuclear de Fukushima (2011), ocurrido veinticinco años después del de Chernóbil, como si de un nuevo aviso se tratara. Yoshie es un <em>hibakusha</em>, un superviviente de las bombas atómicas. El caso es que la novela nos alienta a reflexionar sobre las consecuencias de estas tragedias, sobre la historia de un país que tropieza de nuevo en la misma piedra, a cuestionar el papel que ha desempeñado la energía en el desarrollo de la sociedad y el escaso cuidado que se le ha prestado al medio ambiente. Es, sin duda, un grave problema que afecta a todo el orbe, que <strong>Neuman </strong>presenta como un mundo interconectado. Por tanto, nos concierne también a nosotros, pues no en vano la central de Garoña (Burgos) es semejante a la de Fukushima. Antes de seguir, permítanme un breve paréntesis para recordar que existen varios relatos sobre los efectos de las bombas atómicas en la literatura española. Se me ocurren ahora dos ejemplos lejanos en el tiempo: <em>Uranio 235</em>, pieza de teatro de <strong>Alfonso Sastre</strong>, estrenada en 1946, y un microrrelato al que luego me referiré; y “Little Boy”, cuento de <strong>Marina Perezagua </strong>recogido en su libro <em>Leche</em> (2013). <em>Fractura</em>, ambiciosa narración que trata sobre la memoria, el olvido, los traumas y la culpa, se compone de once capítulos y una “Nota del autor” final en la que despliega sus fuentes, entre las que se cita al escritor y director de cine <strong>Ryu Murakami</strong> y a los escritores<strong> Kenzaburo Oé</strong> y <strong>Cynthia Ozick</strong>. A ellos podrían añadirse otros nombres que se han ocupado de esos mismos temas, respecto a los cuales debe tenerse en cuenta las consideraciones que aparece en la novela (pp. 312 y 313).</p><p>De esos once capítulos, cinco reproducen en su título el mismo esquema: el nombre de un personaje y un atributo que metaforice lo que va a contarse. De estos, en concreto, los cuatro primeros capítulos están narrados en primera persona por las mujeres que formaron pareja con Watanabe, quienes nos proporcionan sus recuerdos e impresiones sobre la relación que mantuvieron. Mientras que en el título restante aparece el periodista argentino Pinedo. Los demás capítulos, todos los impares y el último de los pares, el 1, 3, 5, 7, 10 y 11, los conduce un narrador externo en tercera persona. Esta perspectiva múltiple hace el relato más sugerente, plural y complejo. Si nos fijamos, además, en el conjunto de los títulos, tres de ellos forman parte de un mismo campo semántico que resulta definitorio: <em>fractura</em>, <em>cicatrices</em> y <em>contracturas</em>.</p><p>Según ha confesado Neuman, su interés por Japón viene de lejos, pero el acicate principal y el punto de partida para escribir esta novela fue el tsunami que asoló la costa de Japón el 11 de marzo del 2011, poniendo en grave peligro la central nuclear de Fukushima. A ello debe sumarse otra historia real, la de Tsutomu Yamaguchi, que sobrevivió a los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, falleciendo a los 93 años, convirtiéndose así –podría decirse— en el hombre del que se olvidó la muerte... En cierta forma, le ocurrió lo mismo al protagonista, quien de no haber perdido un tren habría perecido en la explosión que asoló Nagasaki. En un microrrelato de Alfonso Sastre titulado “Nagasaki”, incluido en un libro de 1964, el protagonista, Yanajido, también sufre la doble tragedia. Pero la pregunta clave que debemos formularnos, regresando al hilo principal de la argumentación, es por qué algunos países, como Japón, sustentaron su desarrollo precisamente en aquello que podría destruirlos.</p><p>El apellido del personaje proviene del poeta peruano <strong>José Watanabe</strong> (1945-2007), cuyos versos aparecen en una de las citas que encabeza la novela, que junto a las tres citas restantes –de autores muy distintos en sus orígenes, tradiciones y géneros— anticipan en esencia algunas de las cuestiones principales que se plantea el autor. Se trata de un individuo que a lo largo de la narración utiliza cuatro lenguas distintas (japonés, francés, inglés y español), entre ellas dos variantes del castellano, el que se habla en Argentina y el de España, que son los que habitualmente suele manejar el autor y que podrían suponer otros tantos cambios de piel. Pero, además, en el fraseo de Violet y Lorrie, tanto en el léxico como en la sintaxis, aparecen galicismos y anglicismos para producir en el lector la ilusión de que sus voces están siendo traducidas del español. Así, uno de los logros más evidentes de la narración consiste en esa variedad de perspectivas y registros, sin olvidarnos del tono propio del narrador, y por tanto en esas maneras diferentes de pensar, de encarar la realidad. A este propósito, las voces mas logradas quizá sean las de Violet y Mariela. Podrían sumarse a ello los diversos recursos –digamos— retóricos y lingüísticos que maneja o las reflexiones sobre el uso del lenguaje. Así, por ejemplo, los cambios de léxico, o la utilización de lo que en la novela se denomina un “lenguaje tóxico” (p. 379).</p><p>Uno de los temas principales que se plantea en la narración es cómo el trauma padecido puede afectar a los supervivientes, y de qué manera logran seguir viviendo las víctimas: ¿con el silencio, o verbalizando la experiencia? La respuesta de Neuman es que si bien resulta imprescindible seguir adelante, no es menos necesario haber mirado hacia atrás con honestidad. Para ilustrarlo, se vale de la metáfora del <em>kintsugi</em>, un arte ancestral japonés que consiste en reparar un objeto roto realzando con hilos de oro las líneas por las que se quebró, un modo de dejar testimonio de su existencia. Pero si aplicamos la metáfora a las personas, a Watanabe en concreto, y a las cicatrices que ha ido adquiriendo durante su existencia, puede observarse la evolución que sufre el personaje a lo largo de la narración. Esta postura contrasta con la de Carmen, la pareja española de Yoshie, que prefiere mirar hacia el futuro, dejando de lado el pasado. Frente al cirujano de hierro que prescribió <strong>Joaquín Costa</strong>, para enmendar los males de la patria, por decirlo como <strong>Lucas Mallada</strong>, Carmen apuesta con ironía postmoderna por un osteópata (“Moverle la estructura pero bien”) o por “un poquito de hidroterapia, para que la cosa fluya”) (p. 443).</p><p>Se nos cuentan, además, siempre desde el punto de vista de las respectivas  mujeres, cuatro historias de amor que suceden en momentos vitales diferentes, por lo que acabamos teniendo otras tantas versiones no solo de Watanabe, sino también de las relaciones sentimentales en distintas edades de la vida, a las que podría sumarse aquella que se desprende de lo que relata el narrador y que cada lector acabará formándose. La crítica se ha planteado, con división de opiniones, el papel que desempeña en la narración el periodista argentino Jorge Pinedo, quien sufre su propia crisis, insatisfecho con su trabajo, pero empeñado en escribir una serie de artículos sobre los accidentes nucleares, para convertirse en un periodista de más fuste y acaso también en un autor de ficción. Se trata, por tanto, de una mirada profesional externa a los hechos, aunque se muestre obsesionado por el tema. Así, no solo intenta sonsacarle información sobre su trayectoria vital al protagonista, quien no le hace caso alguno, sino también a sus parejas, hasta el punto de coquetear con Mariela, amiga de su madre. Pero su papel adquiere más consistencia si entendemos que todas estas narraciones, a la manera cervantina, se contienen unas a otras. Así, la vida de Watanabe es narrada por cuatro mujeres; todo ello es, a su vez, contado por el periodista; y finalmente un narrador externo y omnisciente nos lo transmite.</p><p>El espacio, los países y ciudades, los caracteres de sus gentes y las identidades también adquieren en la novela un importante protagonismo, tanto por sí mismos como por las comparaciones que van estableciéndose entre unos lugares y otros, sobre la vida en las grandes ciudades en las que habita (compara Buenos Aires primero con Nueva York y luego con París y Madrid; Japón con España...), y sobre todo por el contraste final con el paisaje desolado de los alrededores de Fukushima, a la que va acercándose el ya maduro Watanabe. Así, empieza abandonando su país para estudiar una carrera, pero cuando muchos años después, ya jubilado, regresa definitivamente a Japón, se aísla en su piso, situado en un rascacielos de Tokio, casi ajeno al mundo que lo rodea, incómodo ante la conducta de los jóvenes y empeñado en ignorar las redes sociales. Pero su objetivo último estriba en encaminarse al epicentro del drama, a la zona donde ha resurgido el horror. Podría decirse, por tanto, que se trata de un viaje con tintes quijotescos que concluye con un descenso a los infiernos, en el que le resulta mucho más doloroso el regreso a su país que la huida. No en vano, el capítulo décimo se titula “Último círculo”. En él, Watanabe va acercándose a la central, recorriendo un paisaje devastado, mientras intenta relacionarse con las escasas gentes que no han abandonado esos lugares, los ancianos y los niños a su cuidado. Al fin y a la postre, lo que se desprende de la existencia de Yoshie, un hombre cercado por las catástrofes nucleares, las del pasado y la del presente, y por las mujeres que han ido moldeándolo a lo largo del tiempo, es que para poder seguir adelante no tiene más remedio que mirar atrás, pero también debe intentar ser consciente de haber sido una víctima, de su condición de superviviente. En el desenlace, cuando se acerca a Fukushima, la narración tiende a la abstracción lírica, a la constatación de las meras sensaciones, como ocurre también en el arranque, sobre todo en el excelente párrafo final de la p. 18.</p><p>Toda la novela, una pura tragicomedia, se resuelve en un juego de compensaciones, tanto en los contrapuntos de las voces como en los caracteres de los personajes, en los diversos tonos y registros que adopta, entre lo sarcástico, lo transcendente y un cierto humor irónico. Ante un despliegue tan apabullante de intenciones y medios, lo más probable es salir trasquilado, aunque el mero empeño ya hubiera sido digno de alabanza, en un momento en el que la novela española se muestra a menudo tan contentadiza. No ha sido así, puesto que Neuman no solo sale airoso sino que también ha logrado escribir otra gran narración, raspando a su extraordinaria <em>El viajero del siglo</em>. Creo que, entre los escritores de su edad, muy pocos han alcanzado semejante nivel de excelencia.</p><p><strong>Aforismos y sentencias intertextuales de Fractura</strong><em>Fractura</em></p><p><em>Las preposiciones son esas manchitas del idioma que vuelven locos a los extranjeros.</em></p><p><em>Una pareja consiste en una negociación de los deseos.</em></p><p><em>El cine erótico se sustenta en una falacia: la de que exhibir la cópula significa el fin de la ocultación. </em></p><p><em>La diplomacia es el arte de decir sí al no.</em></p><p><em>Pertenecía a una minoría antropológica: la de los seres humanos que, a pesar de todo, prefieren a los seres humanos.</em></p><p><em>América estaba intentando limpiarse la sangre de Vietnam con los papeles del Watergate. </em></p><p><em>Haga como yo. Sea pesimista y verá qué alivio.</em></p><p><em>Cuando la mano entiende, no hay cuerpo que no le llame la atención.</em></p><p><em>*Fernando Valls es crítico literario y profesor de Literatura.</em><strong>Fernando Valls</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Apr 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La vida nómada del señor Watanabe]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Libros,Literatura,Literatura latinoamericana,Los diablos azules número 105]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El río de Macondo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/rio-macondo_1_1157538.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e36ff9f5-86cc-431e-abbb-59739e178cbf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El río de Macondo"></p><p>Hay libros a los que necesitamos volver, una y otra vez, que nos regalan la placentera sensación de volver a casa. <em>Cien años de soledad</em> de <strong>Gabriel García Márquez</strong> es uno de ellos. Dijo <strong>Borges </strong>en su conferencia “El libro” (1978), recogida en <em>Borges, oral </em>(Alianza, 1979): “<strong>Emerson </strong>coincide con <strong>Montaigne </strong>en el hecho de que debemos leer únicamente lo que nos agrada, que un libro tiene que ser una forma de felicidad. Les debemos tanto a las letras. Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído”.</p><p>Para releer hay que haber leído, y en el caso de <em>Cien años de soledad</em> hay que haberse sentido deslumbrado por las palabras que abren el libro: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Palabras que nos recuerdan que amamos los relatos, que necesitamos de los relatos para contarnos lo que somos, para tratar de entender nuestra contradictoria y absurda realidad. Para releer <em>Cien años de soledad </em>hay que haber sido arrastrado por la plenitud extraordinaria y por la fuerza de la vida que rezuma la novela.</p><p>El relato de la estirpe de la familia Buendía es un canto a la vida, a sus grandezas y a sus miserias, a sus heroicidades y a sus bajezas, a sus fracasos reiterados y a la soledad a la que condena la sinrazón de la intemperie a la que, como el coronel,  nos vemos abocados.</p><p>  </p><p>De la mano de un narrador, que también apuesta por esa estirpe y por su goce de la vida, nos dejamos llevar por la fortaleza de Úrsula Iguarán, que lidera indiscutiblemente Macondo y sufre y siente “unos irreprimibles deseos de permitirse por fin un instante de rebeldía (…) y cagarse de una vez en todo, y sacarse del corazón los infinitos montones de malas palabras que había tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad”. Sentimos un irremediable cariño por José Arcadio Buendía cuyo entusiasmo e imaginación desbordados lo alejan de una realidad en la que siempre sigue siendo lunes. Y nos hechiza la magia de Melquíades, que “sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes”. Aquel ser prodigioso que “con una mirada asiática parecía conocer el otro lado de las cosas” y que regresa a Macondo porque no puede soportar la soledad de la muerte. Descubrimos con la fuerza de José Arcadio que hacer el amor es entender “por qué los hombres le tienen miedo a la muerte”, y percibimos el olor a pólvora de su cuerpo que permanece años en Macondo tras su asesinato. Y tejemos junto a Amaranta una mortaja, fruto de los celos y el remordimiento, con una mano quemada por desamor. Y comemos la cal de las paredes con Rebeca, que huye con José Arcadio y alcanza “a dar las gracias a Dios por haber nacido, antes de perder la conciencia en el placer inconcebible de aquel dolor insoportable, chapaleando en el pantano humeante de la hamaca que absorbió como un papel secante la explosión de su sangre”. Y nos elevamos con el personaje fascinante de Remedios la Bella “entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que suben con ella, que abandonan con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasan con ella a través del aire donde terminan las cuatro de la tarde”, y nos perdemos con ella “para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”.</p><p>No descubriríamos nada nuevo si afirmamos que una de las grandezas de <em>Cien años soledad</em> es el lenguaje. Cerca del arcaísmo, pero sin artificios, sugiere algo antiguo, e impregna al relato de un ritmo especial cercano al lenguaje oral propio del contador de cuentos. Un estilo exagerado que llega a lo concreto. Un torrente de palabras que también contagian vida. El lenguaje en la novela crea y se crea. Con el desarrollo de la vida en Macondo, también conocemos el origen y evolución de su lenguaje, que resume la historia de todo lenguaje humano: desde el señalamiento, la representación, hasta su objetivación. En los orígenes de Macondo nos encontramos con sus fundadores y primeros habitantes que se enfrentan a la exigencia de nominar lo que contemplan por primera vez  “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.”</p><p>El lenguaje crea un mundo, y leyendo <em>Cien años de soledad</em> nos sabemos partícipes de esa creación. Y volvemos a Borges: “<strong>Heráclito </strong>dijo (…) que nadie baja dos veces al mismo río. Nadie baja dos veces al mismo río porque las aguas cambian, pero lo más terrible es que nosotros somos no menos fluidos que el río. Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotación de las palabras es otra”.</p><p>La palabra crea el mundo. Y volver a leer <em>Cien años de soledad </em>es volver a descubrir ese mundo, con la emoción con que se leyó por primera vez. Releerlo es un ejercicio íntimo de memoria, determinado por la nostalgia, esa nostalgia que se erige como uno de los pilares de la novela. Amamos los relatos porque somos un relato y releyendo este relato nos explicamos, leyendo a los que somos, y releyendo a aquellos que fuimos, sabedores de que, como reza el verso de <strong>Neruda</strong>, “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Y, sin embargo, nos reconocemos bajando a ese río, recorriendo las entrañas de esa ficción con el hondo deseo y la urgencia de hacerlo con los ojos vírgenes, expectantes de placeres por descubrir en <em>ese estado de ánimo que es Macondo</em>, según lo definió el propio García Márquez.</p><p><em>*Mònica Vidiella Bartual es profesora de Literatura.</em><strong>Mònica Vidiella Bartual </strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Apr 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Mònica Vidiella Bartual]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura latinoamericana,Los diablos azules número 105]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[Andrés Neuman por Andrés Neuman]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/andres-neuman-andres-neuman_1_1157534.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0a15a7c4-5783-4ec3-af1c-4c592478551f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Andrés Neuman por Andrés Neuman"></p><p><em>Quizás desde el Japón más o menos imaginario de su Watanabe, Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) responde a sus propias dudas sobre </em><a href="https://www.megustaleer.com/libros/fractura/MES-088838" target="_blank">Fractura</a><a href="https://www.megustaleer.com/libros/fractura/MES-088838" target="_blank"><em> </em></a><em>(Alfaguara), su último libro. En él seguimos a un superviviente de la bomba atómica a través del relato que cuatro mujeres hacen de él a un periodista argentino. El rastro de una memoria pública y privada que viaja desde Tokio a Madrid. Continuamos, con esta nueva entrega, con la serie de autoentrevistas a escritores en la que han participado Alfons Cervera y Eduardo Mendicutti. </em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2018/03/16/alfons_cervera_por_alfons_cervera_80685_1821.html" target="_blank">Alfons Cervera</a><a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2018/04/06/autoentrevista_eduardo_mendicutti_81382_1821.html" target="_blank">Eduardo Mendicutti</a></p><p>_________________</p><p><strong>Pregunta. ¿No te parece raro este encargo de hacerte preguntas a ti mismo?</strong></p><p><strong>Respuesta</strong>. Quizás un poco, sí. Estoy de acuerdo contigo. Es decir, conmigo. Es decir, no sé. De todas formas me interesa la pregunta, en la medida en que pone sobre la mesa una cuestión inevitablemente narrativa. Escribir en primera persona puede ser una estrategia de desviación imaginaria, igual que algunas terceras personas tienen la capacidad de profundizar con franqueza en nuestra intimidad. Ya se sabe que la autobiografía vive tentada por la autojustificación. O incluso por la autoflagelación, esa variante sensacionalista del exhibicionismo. Al fin y al cabo, cuando nadie nos mira, somos más nosotros.</p><p><strong>P. ¿Se te hizo entonces raro escribir en primera persona femenina? Te lo pregunto porque más o menos la mitad de Fractura está dedicada a los monólogos de cuatro mujeres diferentes: Violet, la historiadora parisina; Lorrie, la periodista neoyorquina; Mariela, la traductora porteña; y Carmen, la fisioterapeuta de Leganés.</strong><em>Fractura</em></p><p>Siempre me intimida escribir directamente desde el punto de vista de un personaje femenino. Pero siento que ese miedo tiene algo de aprendizaje radical. Uno de los poderes de la ficción, lo explica <strong>Rebecca Solnit </strong>en <em>The Mother of All Questions</em>, consiste en la posibilidad de transgredir los propios límites de género, clase, ideología o lo que sea. En tantear hasta dónde podría transformarse nuestra identidad. Intuyo que una de las tareas de la literatura actual pasa por que los hombres sepamos identificarnos con voces de mujeres. Que es, ni más ni menos, el complemento de lo que a ellas les ha tocado hacer desde que el mundo es mundo. Además de un arsenal de contenidos, lo que llamamos patriarcado es, me parece, una estructura narrativa. Un punto de partida de la voz. Por eso traté de invertir la estrategia tradicional (construir la imagen de una mujer desde deseos e intereses masculinos) y que el hombre de esta historia fuese observado, fantaseado, expresado por su prójimo femenino.</p><p><strong>P. Oye, ¿y no te parece raro que te pregunten tan a menudo “por qué Japón”?</strong></p><p><strong>R</strong>. ¡Espero que no me lo estés preguntado tú también! Nadie se extraña de que los lectores nos interesemos por la literatura asiática, por ejemplo. Que nos gusten las películas japonesas, chinas o coreanas. Jamás haría falta justificar esa curiosidad por lo lejano, que es otra forma de repensarnos con distancia. De esto se deduce, supongo, que los lectores son más libres que los escritores. O que la lectura es una actividad sujeta a muchos menos prejuicios que la escritura. El caso es que un día, poco después del terremoto que sacudió Japón en 2011, me conmovió enterarme de que el eje del planeta entero se había desplazado diez centímetros. Entonces pensé que hay fuerzas, como la energía, la economía o el amor, cuyas ondas expansivas no sabemos hasta dónde pueden llegar. Y que el poeta <strong>Milosz </strong>había tenido razón al exagerar: “Si algo existe en un lugar, existirá en todos”. Digamos que toda hipérbole pone una lupa en la verdad.</p><p><strong>P. Hablando de eso, ¿hasta qué punto es raro que el personaje del señor Watanabe comparta apellido con el poeta peruano (de padre japonés) José Watanabe?</strong></p><p><strong>R</strong>. Ahí me has pillado. El hecho de que fuese un apellido muy común en Japón, pero también el de uno de mis poetas latinoamericanos preferidos, me ayudó a querer al personaje. Se convirtió en un anfibio múltiple. Que se mueve entre el reino de los vivos y los muertos, entre orillas distintas, entre lo lírico y lo narrativo.</p><p><strong>P. Una última curiosidad: ¿es cierto que todos los lugares por donde pasa el personaje en coche son reales, excepto el último y pequeño pueblo en lo alto de una montaña? Para serte sincero, eso sería un tanto raro.</strong></p><p><strong>R</strong>. No me dejas más remedio que repetirte unos versos de Watanabe (el poeta, no el otro) sobre sentirse vivo en una montaña: “Estaré yo solo/ y me tocaré/ y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña/sabré/ que aún no soy la montaña”. La investigación documental me atraía tanto como el factor onírico. Se trataba de jugar con las relaciones entre experiencia vivida y experiencia fabulada. En un momento de la novela, se recuerda que <strong>José Martí</strong> escribió una de las mejores crónicas del terremoto de Charleston. Ese texto es un clásico del periodismo latinoamericano. La destrucción se ve, se oye, se toca. Sólo que Martí jamás estuvo allí: lo escribió a mil kilómetros del lugar. ¿Deja por eso de servirnos como memoria de los hechos? ¿Y no es justo así como hoy experimentamos el mundo la mayor parte del tiempo?</p><p><em>*Andrés Neuman es escritor. Su último libro, </em><a href="https://www.megustaleer.com/libros/fractura/MES-088838" target="_blank">Fractura </a><em>(Alfaguara, 2018). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Apr 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Andrés Neuman]]></author>
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