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Los diablos azules

Eduardo Mendicutti por Eduardo Mendicutti

  • Con la cabeza en La Algaida, el pueblo que imagina el escritor para contar su infancia, Mendicutti responde a su propio interrogatorio sobre su novela Malandar
  • El último libro del gaditano viaja a sus paisajes de adolescencia para contar una historia de amor a tres, segundas oportunidades y celebración del pasado

Publicada 06/04/2018 a las 06:00 Actualizada 05/04/2018 a las 14:05    
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El escritor Eduardo Mendicutti.

El escritor Eduardo Mendicutti.

Itziar Guzmán
Desde La Algaida, el pueblo que Eduardo Mendicutti inventa para contar su infancia, el autor se interroga a sí mismo sobre Malandar (Tusquets), su última novela. En ella, visita los paisajes de la adolescencia en una historia de amor a tres bandas y de segundas oportunidades. Continuamos así con nuestra serie de autoentrevistas de escritores que iniciamos con Alfons Cervera
_________________


Pregunta. ¿Te puso melancólico escribir en Malandar sobre el paso del tiempo?


Respuesta. Decidí que eso, en esta novela, no iba a ocurrir. En Malandar se recuerda el tiempo de la infancia, el de la adolescencia, el de la juventud, el de la primera madurez… Pero Miguel Durán, el narrador, respeta siempre y –cuando corresponde– celebra lo vivido, no lamenta lo perdido. Creo que ese es el mejor antídoto contra la melancolía, un estado de ánimo peligroso porque engancha y acaba llevando a la pesadumbre y el desánimo. En Malandar no hay ni un gramo de melancolía.


P. ¿Es una historia de amistad a tres, o una historia de amor a tres durante más de cincuenta años?

R. Las dos cosas. Es una historia de amistad que encubre, que protege una historia de amor. En realidad, una historia de amor a tres, una historia de amor a dos, otra historia de amor a dos… Miguel es un gay sin ningún problema por serlo; Toni, un gay, o quizás un bisexual, que tiene un grave problema por serlo y que le desemboca a una doble vida. Y Elena es una chica lista. Sabe lo que ocurre, se siente bien con lo que ocurre. Y sabe cómo tiene que comportarse, durante el tiempo que sea necesario, para que el tiempo vivido siga vivo, no se marchite del todo.

P. ¿No te sorprende a ti mismo el que por primera vez en una novela tuya una chica, una mujer, tenga un papel importante en la historia de amor que cuentas?

R. No. Hace tiempo que esa idea me ronda por la cabeza. Me tentaba contar el importante papel que muchas mujeres han desempeñado en la vida de muchos hombres gais. Y, de paso, era una manera de agradecer también la lucha de las mujeres por alcanzar la igualdad y exigir sus derechos. Porque esa lucha de las mujeres ha sido siempre estímulo y guía para la lucha del colectivo LGTBI.

P. ¿Esta vez no te preguntan que tiene esta historia de autobiográfico?

R. Todo el rato. Y yo contesto lo consabido. Pero no conviene hacer caso nunca a lo que responda un escritor cuando se le pregunta sobre el carácter autobiográfico de lo que escribe. Siempre dirá muchas mentiras. Empezando por las que se dice a sí mismo llegado el caso. Lo autobiográfico, con el paso del tiempo, se vuelve escurridizo. Pero eso también hay que celebrarlo. El tiempo nunca puede ser tu enemigo, siempre tiene que ser tu amigo, tu aliado. El tiempo feliz, y también el tiempo doloroso. El hecho de vivir siempre debe ser radiante en la memoria.

P. ¿Qué es Malandar?

R. Es un lugar geográfico, la punta de Malandar, en “la otra banda”, la playa del coto de Doñana que mira a Sanlúcar de Barrameda. Pero, en la novela, Malandar es un lugar emocional. Como La Algaida, en esta novela, es una ciudad emocional, la ciudad de la infancia y la adolescencia. Yo viví mi infancia y mi adolescencia en dos ciudades, Sanlúcar de Barrameda y El Puerto de Santa María, y La Algaida, aquí, es una mezcla de ambas. Y, llevando la celebérrima frase de Flaubert sobre Madame Bovary hasta un extremo francamente exagerado, o quizás no, “Malandar soy yo”.

*Eduardo Mendicutti acaba de publicar Malandar (Tusquets, 2018). 

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