Accionista, el fascismo te necesita

En el mundo que ahora desaparece, hace apenas seis meses y coincidiendo con el 80 aniversario del final de la II Guerra Mundial, medio centenar de empresas alemanas reconocieron su colaboración con los nazis para que Hitler pudiera llevar adelante su plan. Pidieron disculpas públicamente y llamaron a que nadie votara a fuerzas que pudieran volver a traer el horror. No eran empresas que nos sean ajenas, sino que sus productos nos rodean diariamente. Bayer, BASF, Bosch, Evonik, Siemens, Deutsche Bahn, Volkswagen, Lufthansa y Rheinmetall, entre otras. Su declaración fue nítida: “La toma de poder de los nacionalsocialistas en 1933 hubiera sido impensable sin el error de los que entonces tomaron decisiones en la política, el ejército, la justicia y la economía”, afirmaron. Y reconocieron: “Las empresas alemanas contribuyeron a consolidar el dominio de los nacionalsocialistas. Teniendo su propio beneficio en mente, muchas empresas y sus actores en aquel entonces estuvieron involucradas”.

Hoy, en esta nueva versión del autoritarismo y el fascismo (dejaré la discusión terminológica para otro día) en la que se inserta el imperialismo de Trump, las empresas también van a ser necesarias, y cada una de ellas se va a retratar. En el fondo siempre ha sido así, las empresas han jugado siempre un rol político que, aunque no les guste reconocer y a veces se ponga en duda, se muestra en cada una de las decisiones que toman, ya que configuran un modelo de sociedad. La empresa que acorta la distancia entre el salario más alto y el más bajo está contribuyendo a tener una sociedad menos desigual; la compañía que incorpora incentivos a sus directivos sobre el cumplimiento de objetivos ambientales está ayudando a tener un medio ambiente más sano; la que tiene políticas de diversidad ayuda a una sociedad más libre, diversa y equitativa, etcétera.

En esta nueva versión del autoritarismo y el fascismo, en la que se inserta el imperialismo de Trump, las empresas también van a ser necesarias, y cada una de ellas se va a retratar

En ese viejo mundo que acaba, hace apenas unos meses, se seguían escribiendo toneladas de páginas sobre la Responsabilidad Social de las Empresas, las políticas de ESG –gestión ambiental, social y de buen gobierno por sus siglas en inglés–, y las compañías emitían memorias de sostenibilidad donde contaban qué hacían para alcanzar estos objetivos. 

Como en el conocido momento gramsciano donde lo viejo no acaba de morir y lo nuevo empieza a nacer, hoy esas estrategias siguen en pie en algunas compañías, se ocultan en otras para evitar sanciones del trumpismo o, directamente, se niegan en una reunión con los principales CEO de las petroleras del mundo donde el consejero delegado de Repsol se mostró entusiasta con Trump anunciando que puede triplicar la extracción de petróleo de Venezuela. Y apostilló, en retórica genuflexión: “si usted nos lo permite, señor”. 

Atrás quedaron las preocupaciones por el cambio climático y el respeto a un país soberano como es Venezuela o al derecho internacional. Debe ser también una cuestión de “cursis”, como afirmó Ayuso. 

Más allá de estas consideraciones, hay otra de carácter estratégico y empresarial. Estos CEOs están poniendo en riesgo su empresa. En un momento en que el conjunto del sector petrolífero está diversificando sus inversiones, sabiendo que –pese al retardismo que busca prolongar todo lo posible el fin de los combustibles fósiles que provocan el cambio climático– el futuro pasa por energías limpias, iniciar la aventura de una inversión multimillonaria de dudosa rentabilidad, en un país con escasa estabilidad política, sujeto a los vaivenes de la geopolítica mundial bajo la tutela de unos Estados Unidos en situación de preguerra civil, es una decisión que ningún estratega político, ni mucho menos empresarial, tomaría. 

El impacto de la imagen de esos señoros –ni una sola mujer; hay que ver la foto– rodeando a Trump y eufóricos ante la expectativa de seguir extrayendo petróleo de un país humillado pasará, pero las inversiones previstas tendrán que ser aprobadas por los órganos correspondientes, y en última instancia, tendrá que rendirse cuenta ante los accionistas, entre los que hay grandes bancos y grupos de inversión, pero también el Fondo Soberano Noruego –que en los últimos años está aplicando una política estricta de reducción de inversión en fósiles– y miles de accionistas minoritarios. Ellos, en última instancia, decidirán. ¿Se convertirán en colaboracionistas del nuevo autoritarismo o seguirán la estela iniciada por las empresas alemanas, 80 años después del horror?

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