El adiós de Yolanda Díaz, el acelerón de la izquierda

Antes de lo esperado y con más generosidad de la que se acostumbra en política, Yolanda Díaz ha despejado el camino en el reciente pistoletazo electoral de las izquierdas. Su legado es amplio y hay que reconocerlo en un tiempo en el que los liderazgos se trituran sin miramientos. Su célebre “le voy a dar un dato” deja muchos en el currículum: como ministra de Trabajo y vicepresidenta segunda desde 2020 impulsó la mayor subida del salario mínimo, levantó el paraguas de los ERTE que, en lo más duro del covid, protegió el empleo de millones de trabajadores y empresas —ganando además esa batalla interna a Nadia Calviño— y sostuvo negociaciones ásperas con la patronal para ampliar permisos de conciliación, entre otras reformas. Cinco años de agenda coherente en un contexto de enorme dificultad para alcanzar consensos parlamentarios.

Como primera mujer candidata en unas generales que consiguió entrar en el Gobierno sumó 3 millones de votos. Desde entonces —y antes— nada fue fácil en lo orgánico. Candidata sin partido pero sí con movimiento, su punto débil ha sido la capacidad de mantener la unidad en ese bloque electoral. Podemos entró casi a la fuerza y el grupo parlamentario plurinacional se fue descomponiendo a la interna. Desde que entraron los 33, cada partido ha mirado más por sus intereses y en ocasiones en contra de ella. No ha sido fácil conciliar las aspiraciones de cada partido y las complejidades humanas en una red de relaciones donde no se reconocen autoridades

La salida de Yolanda Díaz acelera el "y ahora qué" de la izquierda. Todo el bloque compite con la abstención frente a una ultraderecha disparada y un PP fundido en Vox. Mientras el voto de derechas está hipermovilizado (60% en Extremadura), la unidad de los partidos de izquierdas tiene un reto mayor al de aglutinar marcas. Movilizar al votante, activar un espacio político adormecido, desorientado y desdibujado. Pelear por un 12% de voto —lo que obtuvieron en 2023— con una papeleta que articule la propuesta de Gabriel Rufián con la candidatura de IU, Movimiento Sumar, Más Madrid y Comuns. Faltan todavía partidos por sumarse, pero sobre todo claridad en cómo articulan esa dirección y su propuesta. 

Las debilidades son mayores que en 2023. No pueden permitirse enfrentamientos en público que ahonden en el desgaste del votante. No sobran liderazgos que superen el conocimiento público de Yolanda Díaz. Tampoco partido alfa que domine el espacio

Las debilidades son mayores que en 2023. No pueden permitirse enfrentamientos en público que ahonden en el desgaste del votante. No sobran liderazgos que superen el conocimiento público de Yolanda Díaz. Tampoco partido alfa que domine el espacio. Podemos no tiene intención de sumarse y si tuviera que decidir hoy se quedaría fuera apostando por el 4-5% de voto que manejan en su demoscopia interna. Unos 6 diputados propios, si comparamos con el 2,3% de Más País en 2019 que supuso tres escaños

Pasarán muchas cosas por el camino y todo es posible en la nueva configuración. Para dibujar un espacio único electoral reconocible, un quién y un cómo con claridad, la izquierda tiene menos tiempo del que parece. La salida de Díaz acelera y despeja un camino —más de especulaciones que de otra cosa— que facilita el trabajo de quienes se quedan. Gabriel Rufián es quien mejor ha verbalizado la dimensión del reto. Una ultraderecha y un PP dispuestos a gobernarlo todo juntos y sin líneas rojas a los que necesitan enfrentar con unidad y contundencia. El documento marco de los populares se lo ha puesto fácil esta semana para armar un programa. Los diez puntos son una amenaza a los avances en derechos de la última década.  

La generosidad temporal de Díaz, dejarlo lejos de la cita de las generales, deja un debate al que nunca se quiere prestar suficiente atención. Las formas, la trituradora, el encanallamiento y desgaste permanente de los partidos. Una lógica que machaca el proyecto colectivo y arrasa parte de la vida personal de quien lo sufre. No se hablará de esto pero la dinámica de los actos fundacionales de la pasada semana transpiraba que algo se había aprendido.

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