Cuenta atrás en Irán Jesús A. Núñez Villaverde
Si se atiende a la agenda política y diplomática de la semana –discurso de Donald Trump en el Congreso sobre el Estado de la Unión (día 24), nueva ronda de negociaciones en Ginebra entre Washington y Teherán (día 26) y visita a Tel Aviv del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio (día 28)– parecería que aún hay espacio para evitar que la actual crisis en torno a Irán derive en una confrontación militar a gran escala. Pero si se vuelve la mirada hacia los movimientos militares en estos últimos días, tanto de Estados Unidos e Israel –acumulación de medios aeronavales en la zona, desalojo de personal no esencial y activación de alertas–, como de Irán –realización de ejercicios militares con fuego real en el estrecho de Ormuz– cabría imaginar que el estallido bélico es inminente.
Lo que pretenden Washington y Tel Aviv es obligar a Teherán a claudicar, aceptando no solo la desactivación de su programa nuclear –incluyendo el enriquecimiento de uranio–, sino también la limitación de su programa de desarrollo de misiles balísticos y de crucero, así como el abandono del apoyo que desde hace años le viene prestando a sus peones regionales (“el eje de resistencia” en el que figuran Hizbulah, Hamás, Ansar Allah y diversas milicias en Siria e Irak). Eso –que para Tel Aviv es más perentorio que para Washington– sería ya mucho más que lo que se logró en julio de 2015, circunscrito a la limitación de dicho programa nuclear, con Irán cumpliendo concienzudamente lo pactado —a cambio de conseguir el levantamiento de sanciones internacionales— hasta que Trump decidió, en mayo de 2018, echar por tierra el acuerdo, reactivando una estrategia de “máxima presión” que incorpora duras sanciones y ataques como los desencadenados en junio del pasado año en colaboración con Israel.
Por su parte, lo que procura el régimen iraní es sobrevivir a esa presión, tratando de evitar tanto el colapso interno (por el malestar de su población) como una derrota que lo deje postrado ante quienes buscan sin disimulos su ruina. Consciente de su inferioridad de fuerzas en términos convencionales, el tándem Ali Jamenei-Masoud Pezeshkian, al tiempo que reprimen las protestas ciudadanas, se debaten entre aceptar algún nuevo acuerdo si de ese modo se alivian las sanciones contra Irán, lo que calculan que les permitiría mantener la paz social; o mantenerse inflexibles en el rechazo a las condiciones que Washington-Tel Aviv quieren imponer, amenazando con una represalia insoportable para ambos. Preparándose para cualquier eventualidad, el régimen iraní ha procurado acumular más uranio enriquecido, hasta el punto de que se estima que posee en torno a unos 440 kilogramos de U235, enriquecido a más del 60%, así como otros 180 al 20% y hasta unas 8 toneladas a un nivel menor de enriquecimiento. Ese material le permite contar con una importante baza de negociación —como ya hizo en 2015 (renunciando a gran parte de ese material a cambio del levantamiento de sanciones)—; pero también puede servirle para dotarse de armas nucleares (hasta una decena de bombas con ese material) si finalmente decide dar ese trascendental paso.
Lo que procura el régimen iraní es sobrevivir a esa presión, tratando de evitar tanto el colapso interno (por el malestar de la población) como una derrota que lo deje postrado ante quienes buscan sin disimulos su ruina
Lo que cabe entender racionalmente es que ni Washington ni Teherán pueden desear un choque frontal en toda regla. Para Irán supondría un riesgo que, junto a la inestabilidad interna reinante, podría terminar provocando la caída del régimen. Tras el golpe recibido en junio de 2025, y por mucho que haya sido el esfuerzo por recuperar su capacidad de combate (más la ayuda que pueda haberle prestado Rusia), ni sus fuerzas armadas ni los pasdarán están en condiciones de salir airosos de una guerra contra la principal maquinaria militar del planeta. Pero tampoco para EEUU resulta racional empantanarse en un conflicto prolongado en el Golfo, lo que le obligaría a detraer buena parte de los recursos que cree necesitar para contener a China.
En todo caso, son muchos los factores no racionales que están haciendo aumentar inquietantemente la tensión sin que sea posible determinar en qué puede desembocar a corto plazo. Irán sostiene que si es atacado llevará a cabo una represalia que afectaría no solo a los intereses estadounidenses en la región, sino también a todos aquellos que colaboren con sus acciones (Israel y países árabes del Golfo). Por su parte, Estados Unidos ya está a punto de completar el despliegue de un contingente basado en dos grupos de combate naval, con más de un centenar de aviones muy diversos, lo que le permite a Trump contemplar un gran número de alternativas, desde una operación especial similar a la realizada para capturar a Nicolás Maduro hasta una campaña generalizada y sostenida a lo largo de semanas.
El punto crítico —acuerdo o golpe— está, por tanto, a la vuelta de la esquina. Ni Trump puede mantener indefinidamente desplegada una fuerza tan abrumadora como simple elemento de presión para logar lo que busca en la mesa de negociaciones, ni Jamenei-Pezeshkian pueden soportar ilimitadamente la presión, mientras en las calles iraníes la inestabilidad apunta a una explosión interna de consecuencias impredecibles.
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Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).
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