ANÁLISIS

Maduro en manos de Trump, ¿y Venezuela?

A pesar de su llamativa espectacularidad, el golpe asestado por las fuerzas estadounidenses desplegadas ante las costas venezolanas para capturar a Nicolás Maduro no supone militarmente ninguna novedad. Más que una renuncia voluntaria del mandatario venezolano o una invasión, para la que necesitaría muchos más medios de los activados en el marco de la operación Lanza del Sur desde el pasado septiembre, y que podría empantanar por tiempo indefinido a Estados Unidos en un nuevo conflicto, la captura de Maduro se presentaba como la acción más probable. Para ello contaba con miembros de la Fuerza Delta, unidad de operaciones especiales del ejército de tierra de EEUU, muy experimentados en este tipo de operaciones de infiltración-extracción de objetivos de alta relevancia. En este caso, además, contaba con la ventaja de tener enfrente a unas fuerzas armadas estructuralmente débiles, más ocupadas en contener por la fuerza el generalizado malestar de su propia población y, en relación a buena parte de sus principales mandos, en lucrarse personalmente participando en todo tipo de comercios lícitos e ilícitos.

Nada de eso justifica el ataque perpetrado por Washington, una violación del derecho internacional en toda regla. De este modo Donald Trump da un nuevo paso en lo que plantea en la Estrategia Nacional de Seguridad publicada el pasado 4 de diciembre. En ella define el dominio indiscutible del continente americano como su principal prioridad, lo que significa impedir la injerencia en lo que desde hace mucho tiempo la Casa Blanca considera su patio trasero. Eso implica, asimismo, eliminar a aquellos actores locales que puedan servir como instrumentos al servicio de potencias rivales como China y Rusia, con Venezuela, Cuba y Nicaragua en primera línea.

Resulta preocupante que incluso los que se han atrevido a recordar que hay que respetar el derecho internacional hayan optado por no identificar a EEUU como el responsable

Son muchos todavía los detalles desconocidos de la operación, pero es inmediato entender que formaba parte de un plan más amplio en el que deben encajar tres frentes. Por un lado, se abre ahora un frente judicial, con Maduro y su esposa camino de Nueva York, a la espera de ser juzgados por diversos delitos relacionados básicamente con el narcotráfico. Por otro, se acelera el frente político, con los que han acompañado a Maduro en una deriva abiertamente antidemocrática expuestos a una reacción ciudadana que difícilmente van a poder controlar. Queda por ver si optan por salir del país, buscando algún rincón en el que puedan considerarse a salvo, o si se enrocarán aún más echando mano de todos los medios a su alcance para resistir tanto la presión interna como la que alimente Washington y otros desde fuera.

En ese punto cobra especial importancia el papel del tándem formado por María Corina Machado y Edmundo González, arropado por Estados Unidos como sustituto inmediato del mandatario depuesto, aunque no cabe descartar que ya Washington termine por dejarlos a su suerte tras haberlos instrumentalizado hasta aquí. Ni la oposición a la dictadura de Maduro está unida ni la propia figura de Machado –alineada con Benjamin Netanyahu y admiradora confesa de un Trump al que aplaude sus ejecuciones extrajudiciales– concita el respaldo unánime de quienes critican a Maduro.

Lo que parece menos probable, en cualquier caso, es que Trump se anime a intensificar aún más el frente militar. No se trata solamente de no desairar a sus partidarios, echando abajo su aparente imagen de pacificador universal, no intervencionista, sino, sobre todo, de no implicarse indefinidamente en un nuevo escenario de combate que le obligaría detraer las fuerzas que necesita para hacer frente a la emergencia de China como rival principal a escala planetaria. En ese sentido cabe interpretar las declaraciones del secretario de Estado, Marco Rubio, dando a entender que no habrá más operaciones militares contra Venezuela. Por supuesto, Trump quiere contar con un Gobierno leal en Caracas y disfrutar de ventajas para controlar el petróleo y las riquezas mineras venezolanas. Pero no al coste de plantear una guerra total que puede acabar derivando en una guerra irregular de difícil salida.

A la espera de que se produzcan más reacciones, no deja de resultar inquietante el tono de muchas de las que ya se han producido. Más allá de que, en general, la gran mayoría de los actores se han manifestado en función de un esquema tan pobre y anacrónico como el de considerar que todo lo que haga Washington está bien o mal por definición, resulta preocupante que incluso los que se han atrevido a recordar que hay que respetar el derecho internacional hayan optado por no identificar a EEUU como el responsable. En definitiva, parece como si no fuese posible criticar simultáneamente a una dictadura que hurta la voluntad de su propia población en las urnas y hacer lo propio con un gobernante con clara vocación imperialista, incumplidor sistemático de un derecho internacional que considera un obstáculo para imponer su dominio urbi et orbi.

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