Trump, el falso pacifista Jesús A. Núñez Villaverde
Ya en su toma de posesión, el pasado 20 de enero, Donald Trump insistió en su deseo de ser reconocido como el pacificador universal. Una condición que, con la mirada obsesivamente fijada en el premio Nobel de la Paz, cree merecer sobradamente tras haber resuelto (según sus propias palabras) ocho conflictos: Camboya-Tailandia, República Democrática del Congo-Ruanda, Israel-Hamás, Israel-Irán, Pakistán-India, Egipto-Etiopia, Armenia-Azerbaiyán y Serbia-Kosovo. Embriagado con su ilimitado narcicismo parece tarea imposible hacerle ver que no solo no ha solucionado ninguno de ellos –sin olvidar que el de Ucrania, que iba a arreglar en veinticuatro horas, también se le resiste–, sino que sus actos contradicen abiertamente sus palabras.
Por una parte, y según los datos recopilados por Armed Conflict Location &Event Data (ACLED), a finales del pasado año ya había ordenado 637 ataques contra diversos objetivos en Yemen, Somalia, Siria, Irak, Irán, Níger, Nigeria y Libia. Y el año ha comenzado con el ataque a Venezuela y la amenaza del uso de la fuerza contra Irán y contra Dinamarca (en relación con Groenlandia). Esa cifra, en apenas nueve meses, ya supera los 555 ataques que Biden decidió en sus cuatro años como inquilino de la Casa Blanca.
Por otra, ha cambiado el nombre del Departamento de Defensa, para convertirlo en Departamento de Guerra, y ha proclamado su intención de contar con “el ejército más poderoso y competente del mundo”. Con ese objetivo ha anunciado su plan para elevar el presupuesto militar hasta los 1,5 billones de dólares para 2027. Una cifra que equivale prácticamente al PIB de España y que supondría un incremento del 50% con respecto al actual (unos 960.000 millones de dólares). Un rearme en toda regla que busca no solamente disuadir a posibles enemigos –con China y Rusia en cabeza–, sino también disponer de una amplia gama de posibilidades para emplear toda la capacidad de su maquinaria militar para, cuando no le alcancen los aranceles o la financiación de simpatizantes locales, golpear directamente a quien no se muestre dispuesto a doblegarse a su dictado.
Se trata, jugando con las palabras y en línea con lo que recoge su reciente Estrategia Nacional de Seguridad, de una nítida apuesta por la “paz mediante la fuerza”. Una paz que en realidad solo significa sometimiento al dictado de Washington, en el marco de una visión que va acompañada del absoluto desprecio por el derecho internacional y el multilateralismo, por entender que constituyen frenos a su ansia imperialista. Es así como se explica también su firma, el pasado 7 de enero, de una orden ejecutiva para sacar a Estados Unidos de 66 organismos internacionales, de los cuales 31 son órganos de la ONU. Sostiene que no solo no sirven a los intereses estadounidenses, sino que actúan contra ellos y, por lo tanto, busca negarles financiación y apoyo con la nada oculta intención de debilitarlos hasta la irrelevancia.
La paz que quiere Trump en realidad solo significa sometimiento al dictado de Washington, en el marco de una visión que va acompañada del absoluto desprecio por el derecho internacional y el multilateralismo
En paralelo, tampoco tiene reparos en amenazar con el uso de la fuerza a quienes no estén dispuestos a aceptar sus directrices, sin detenerse por el simple hecho de que tales exabruptos contravienen abiertamente el artículo 2, párrafo 4, de la Carta fundacional de la ONU, que establece la obligación para todos los Estados miembros de abstenerse de usar la fuerza o amenazar con usarla contra la integridad territorial y la independencia política de cualquier otro Estado.
El problema añadido a esa deriva antidemocrática –igualmente frontal en el ámbito interno con un ataque directo al propio sistema político estadounidense– y belicista es que no se vislumbra en el horizonte quién puede frenarla. Queda por ver lo que decidan los votantes estadounidenses en las elecciones de medio término del próximo noviembre; pero, mientras tanto, no parece que la ONU esté en condiciones de ir más allá de los lamentos que salpican sus comunicados ante cada nuevo desplante de un mandatario que no esconde su desprecio por el legítimo representante de la comunidad internacional. Tampoco la Unión Europea, como se acaba de ver ante la ilegítima acción militar contra Venezuela o las amenazas a Copenhague, logra superar sus divisiones internas para tomar posiciones comunes ante cada nuevo desaguisado, como si no estuviese claro, asimismo, que la propia UE se ha convertido ya en un objetivo a destruir por parte de quien prefiere tratar con cada Estado miembro por separado para así tener mayor facilidad a la hora de imponer una relación de vasallaje.
Y llegados a este punto, con tres años todavía por delante, no parece probable que, aunque María Corina Machado termine por hacerle entrega del premio que tan inmerecidamente le han concedido, algo así sirva para apaciguarlo y evitar que siga adelante con su aventurerismo.
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Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).
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