¿En Madrid todo es peor? (I)

Lo último que he hecho antes de enviar a publicar esta tribuna ha sido poner los signos de interrogación. Así, este texto queda más personalizado. Yo doy muchas indicaciones disfrazadas de preguntas. Todo el rato. Mis hijos pueden dar fe. 

También he pensado que siempre es mejor abrir un debate antes de emitir tan rotunda afirmación a pesar de estar muy sustentada en la evidencia.

Lo penúltimo que he hecho es dividir la tribuna en dos, porque estaba quedando muy extensa y densa para leerla de una sentada. Hoy publico la Parte I y cuando el equipo editor lo considere oportuno, se publicará la Parte II, ya escrita.

Bien. Mi método de investigación de andar por casa ha sido empezar por donde lo dejé en mi anterior tribuna sobre mis pensamientos intrusivos (ver aquí). De lo que allí manifiesto como opinión, personal, de lo que es realmente importante, recopilo algunos datos. Allí declaraba que, llegados a este punto de desorden y desasosiego internacional, lo apostaría todo a dos asuntos: autonomía y cuidados. 

Por autonomía me refiero a minimizar la dependencia que hoy tenemos como país y peor aún, como Unión Europea, en sectores superestratégicos como la energía, las comunicaciones, la soberanía alimentaria y el agua, por concretar algunos. Solo el asunto de las comunicaciones engloba gestos tan cotidianos como pagar con tarjeta en comercios, consultar y hacer trámites bancarios, todo lo que enviamos en chats que compartimos, todo lo que publicamos en redes sociales, todos los recuerdos y documentos importantes que archivamos o, cuanto menos, almacenamos, eminentemente en formato digital. 

Todos esos sectores estratégicos están demasiado interrelacionados, son excesivamente interdependientes, ya que todo —diseño, funcionalidades, requisitos de acceso, pago por servicios— pasa en definitiva por el switch de grandes corporaciones, todas ellas privadas y todas ellas norteamericanas, salvo —imagino— alguna excepción que confirme la regla y en la que ahora mismo no caigo. Son dueñas de las infraestructuras, porque son privadas, y establecen las reglas de acceso y uso. 

Pensábamos que todos nuestros huevos los teníamos distribuidos en varias cestas. Cambiado el orden internacional, resulta que nos caemos del guindo de que en realidad es una única cesta que, además, lleva ahora agarrada por las garras un águila imperial demente

No nos engañemos. Pensábamos que todos nuestros huevos los teníamos distribuidos en varias cestas. Cambiado el orden internacional, resulta que nos caemos del guindo de que en realidad es una única cesta que, además, lleva ahora agarrada por las garras un águila imperial demente que vuela dando tumbos. 

En este ámbito, las comunidades autónomas españolas, que es el ámbito territorial que yo querría comparar para responder a la pregunta del título, poco pueden hacer por sí solas, más que aceptar o negar la mayor y la evidencia, y censurar o alabar el caos que está trayendo consigo, una vez más, el fascismo, la autocracia y los ultrarricos. Dicho esto, hay al menos un asunto de esos sistémicos, como es el de la autonomía energética, en el que las comunidades autónomas sí tienen algo que decir, y que, de hecho, dicen. 

Pues en este asunto la Comunidad de Madrid destaca por ser la menos autónoma en generación renovable (el parque generador madrileño es el de menor potencia total del país, y contribuye con apenas un 0,4% de lo generado en España (ver aquí), más aún comparado con su consumo energético, que satisface con producción propia apenas un 4% del total, exigiendo un mayor esfuerzo de solidaridad a otros territorios, incluidos los cuatro (Castilla La Mancha, Cataluña, Extremadura y Comunitat Valenciana) que albergan siete reactores nucleares activos. Que no se apueste por un despliegue masivo de energías eólicas y fotovoltaicas per tot arreu, principales aliadas de nuestras aspiraciones de autonomía energética para España —por ser el nuestro un país privilegiado en términos de territorio, orografía y sol— es una decisión política consciente y errada si se ha de contribuir al interés general y no a intereses particulares. 

Cuidados son los cinco pilares de los Estados de Bienestar avanzados como los que conformamos la UE, en los que las soluciones que debe consolidar son, qué duda cabe, la salud, la educación, las pensiones, la atención a la dependencia y que las viviendas sean, lo primero de todo y luego ya hablaremos, casas para vivir. Todas las soluciones a la vez, para todas, en todas partes. Y prácticamente todas ellas, esta vez sí, en manos de las comunidades autónomas, que por algo tienen delegadas las correspondientes competencias a petición propia, para ejercer su autonomía.

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Verónica López Sabater es economista y consejera de la Cámara de Cuentas de Madrid.

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