Policías y ladrones

Cuando éramos niños jugábamos a “policías y ladrones” y nos distribuíamos sus roles entre el grupo para perseguirnos y escaparnos unos de otros. Luego, cuando terminábamos la primera “redada”, intercambiábamos los papeles para continuar con la diversión que suponían las persecuciones y huidas, pues el objetivo era jugar, no analizar las características de cada uno de los niños para ver quién hacía de policía y quién de ladrón.

La masculinidad se comporta como una especie de “policía de la moral androcéntrica” que impone determinados roles y funciones a los hombres, para que se comporten como se supone que debe ser un hombre según la construcción cultural, y luego vigilen y actúen contra aquellos “hombres-ladrones” que roban elementos de la identidad y se salen de las pautas establecidas por la masculinidad. Pero también contra las mujeres que se comporten de manera similar y rompan con los mandatos de género impuestos, pues al hacerlo alteran los tiempos y espacios que les corresponden y desordenan las calles de la convivencia. Toda la violencia de género contra ellas nace de esta posición, y toda la homofobia y otras violencias cargadas de odio se deben a esa idea de mantener el orden dado y castigar a quien lo altera.

Según la Macroencuesta de 2024, en España cada año 416.112 mujeres sufren agresiones sexuales y 105.542 son violadas. Y esos números lo que nos dicen es que cada día, insisto, cada 24 horas, 1140 mujeres sufren una agresión sexual y 289 son violadas.

Y como se puede suponer, dentro de los más de 400.000 agresores sexuales y de los 105.000 violadores hay policías, médicos (hemos visto recientemente las imágenes que mostraban cómo un cirujano presuntamente violaba a una paciente sedada en un quirófano), parados, trabajadores de todos los campos, empresarios, políticos, sindicalistas, religiosos, ladrones, militares… Es decir, hombres que tomando las mismas referencias que los hacen hombres según la masculinidad definida por la cultura machista, deciden llevar a cabo esas agresiones bajo justificaciones de todo tipo. No son cosas diferentes, no se trata de algo ajeno a la identidad masculina que puede actuar sobre hombres y mujeres, sino que es a partir de esa manera de entender la masculinidad desde la que se viola cuando se decide actuar de ese modo. Por algo el 98,3% de los agresores sexuales son hombres (Macroencuesta 2024).

Esa es la razón por la que cada vez que se destaca la excepcionalidad o la sorpresa del caso tras las características del agresor o presunto agresor, como ocurrió con Dani Alves, Íñigo Errejón o ahora con el DAO de la Policía Nacional, y se da la sensación de que “no es posible que gente de este tipo lleve a cabo una agresión sexual”, lo que en verdad se hace es potenciar el desconocimiento que existe sobre la violencia sexual, y de alguna manera dirigir el foco sobre la mujer que ha sufrido la agresión o sobre las circunstancias y así tomar el caso como una excepción, como una “denuncia falsa” o como producto de circunstancias al margen de la normalidad definida por la propia cultura.

Si la protección falla desde las instituciones, ¿qué no fallará en las calles y hogares?

De este modo se produce un borrado de la realidad entre lo que no puede ser por no ser normal, por ejemplo, que un político de izquierdas agreda sexualmente, o que lo haga un alcalde de derechas, o que el agresor sea un mando de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado… y lo que es, pero no debe ser tenido en cuenta al no formar parte de la normalidad, como ocurre cuando se llama “monstruo” a José Enrique Albuín, “el Chicle”, por violar y asesinar a Diana Quer, o a Bernardo Montoya por actuar del mismo modo sobre Laura Luelmo. Y entre esas dos “imposibilidades” (la que no puede ser y la que es, pero al margen de lo normal), está el resto de la violencia sexual, que tampoco es por quedar invisible para una sociedad que no quiere enfrentarse a una realidad que la oculta bajo el silencio de las víctimas. Un silencio que surge del miedo a no ser creídas, así lo afirma el 21,7%, por vergüenza (37,6%) o por pensar que era su culpa (19,3%), todos ellos argumentos fabricados por la propia construcción cultural que da razones a los hombres para que aquel que lo decida cometa la agresión sexual, y a las mujeres para que no la denuncien.

La lectura que se debe hacer de cada uno de los casos tiene que ir en una dirección distinta para no dar la sensación de que se trata de casos aislados, sino que es una violencia que se produce en cualquier circunstancia.

Por esa razón, la conclusión que hay que sacar debe ir en sentido contrario y decir qué clase de sociedad somos para que hombres de todo tipo, desde un policía a un médico, desde un político de derechas a un político de izquierdas, desde un empresario a un obrero, desde un militar a un civil, desde un religioso a un pecador… agredan sexualmente a mujeres y niñas.

Y ese es el fallo. Cuando con tanta frecuencia nos preguntamos “qué ha fallado” para que se haya producido un determinado caso, la respuesta es esa: falla una sociedad que ni siquiera es consciente de una de las situaciones más graves que existen y nos definen: la utilización de la normalidad para maltratar, violar y asesinar a mujeres cada día. Porque sin ese conocimiento de la realidad no se van a poner las medidas necesarias para erradicar esa violencia, y difícilmente se aplicarán correctamente los recursos que existen, como vemos cuando el 25% de las mujeres asesinadas por violencia de género ha interpuesto una denuncia alertando de la violencia que al final las mata.

Y si la protección falla desde las instituciones, ¿qué no fallará en las calles y hogares?

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Miguel Lorente Acosta es médico y profesor en la Universidad de Granada y fue Delegado del Gobierno para la Violencia de Género.

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