Epidemia de inseguridad

Hace una semana dedicaba esta columna a la reunión que iban a mantener Pedro Sánchez y Alberto Nuñez Feijóo sobre el posible envío de tropas de paz a Ucrania y las amenazas de Trump sobre Groenlandia; todo ello en vísperas del Davos más disruptivo que se recuerda. Esa reunión no llegó a celebrarse. El terrible accidente ferroviario que se llevó la vida de 45 personas en Adamuz paró en seco la actividad política. Incluso la crispación siempre al alza de la derecha se detuvo ante la magnitud de la tragedia, en una inteligente respuesta por parte del presidente andaluz Moreno Bonilla.

Mientras se desarrolla el duelo colectivo que toda sociedad necesita pasar ante un horror como el vivido, una sensación, en absoluto novedosa, adquiere más fuerza: la inseguridad. Es posible que sea la palabra que mejor defina lo que llevamos de siglo. Si los atentados de las Torres Gemelas desataron en Occidente una ola de inseguridad ante el terrorismo global, la crisis financiera de 2008 nos enseñó hasta dónde puede llegar la inseguridad económica, la pandemia nos hizo temer por la mayor de las inseguridades, la que se proyecta sobre nuestra salud y la de los nuestros; la invasión de Ucrania por Putin nos recordó que cuando despertamos la inseguridad extrema, la guerra, seguía ahí; y cada vez que vemos a Trump sentimos la inseguridad que da caminar por terreno desconocido comprobando cómo la crueldad de las SA, las camisas pardas norteamericanas, el ICE, dispara a inocentes a quemarropa o detiene a niños de cinco años. Sensibles, como estamos, a estas inseguridades, un accidente como el sufrido en Adamuz multiplica los fantasmas. Esta vez no por riesgos globales, ni por grandes desafíos como los que habitualmente citamos (la crisis climática, el desarrollo incontrolado de la digitalización, las encrucijadas geopolíticas), sino por algo tan cotidiano como subirse a un  tren. 

Por si fuera poco, al accidente de Adamuz le siguió otro en los Rodalies catalanes provocado por la caída de un muro tras las intensas y continuas lluvias que habían descargado sobre la zona. Esta vez la inseguridad ha llevado a cancelar de momento todos los trenes hasta que se compruebe el estado de las infraestructuras y ha vuelto a comprobarse cómo la crisis climática multiplica las inseguridades que ya teníamos y obliga a incrementar las inversiones y replantear las infraestructuras. 

Frente a este clima, cualquier gobierno y cualquier líder tiene una máxima prioridad: conseguir generar seguridad

Los días siguientes a la tragedia han discurrido entre la gestión del dolor y la zozobra provocada por las reducciones de velocidad en la línea Madrid-Barcelona y los comunicados de los maquinistas en los que manifiestan sus advertencias continuas sobre el estado de la vía. La inseguridad ha seguido propagándose hasta invadirlo todo. Acongoja ver en hora punta las estaciones de tren casi vacías, y los pocos viajeros que van a embarcar, en silencio y tensión contenida. Puedo decirles que escribo esta columna regresando de un viaje de Sevilla a Madrid y compruebo en primera persona cómo el dispositivo organizado por Renfe para poder ofrecer el servicio combinando trenes con un tramo en autobús funciona a la perfección, con el personal esforzándose por mostrar su mejor sonrisa y una dosis extra de amabilidad a pocos metros de la tragedia, con el dolor flotando en el aire.

Pero todos estos esfuerzos pasan ahora desapercibidos. La inseguridad se ha instalado en el ambiente, con más fuerza si cabe que lo que venía haciendo años atrás. Desde su proyección más concreta manifestada al subir al tren, hasta la amenaza abstracta de una guerra con tantos frentes abiertos que ya no se sabe a dónde mirar. Lo dice esta encuesta de Le Grand Continent: uno de cada cinco europeos cree que su país podría ser objeto de una guerra iniciada por EEUU y un 48% temen lo mismo respecto a Rusia. Entre los daneses, son casi la mitad, un 44%, los que consideran que pueden ser atacados por Trump, y si se pregunta en España, se comprueba que un 29% tienen ese temor.

Frente a este clima, cualquier gobierno y cualquier líder tiene una máxima prioridad: conseguir generar seguridad. Una seguridad que no se encontrará en un relato vacío ni en contradicciones o precipitaciones, o mucho menos en decir que el miedo no está justificado, como afirma el ministro Puente en esta entrevista. No, el miedo, hermano mayor de la inseguridad, no es algo racional. Si bien es necesario mostrar datos y estadísticas que corroboran que el tren en España sigue siendo seguro, lo más importante ahora es comprender la zozobra instalada en el ambiente y darle respuesta con una comunicación honesta y rigurosa que muestre lo que se sabe y lo que no, que reconozca errores y aciertos, y que cuente abiertamente cuáles son los siguiente pasos a dar para garantizar la seguridad; en los trenes y en un mundo convulso. Es hora de recordar que la política es empatía, como subrayaba la delegada del gobierno en Valencia, Pilar Bernabé, al cumplirse un año de la dana de Valencia. Ella lo sabe bien.

Presten atención al discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos. Muestra bien por dónde se puede empezar a caminar: "Sabemos que el antiguo orden no volverá. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero a partir de esta ruptura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo." Ese es el reto de todo líder cuando se enfrenta a una tragedia; sea un accidente ferroviario con 45 muertos y decenas de heridos o el fin del orden mundial: asumir que lo anterior no regresará y aprovechar el momento para construir algo mejor. Presidente Sánchez, escucharemos su comparecencia con atención, con la esperanza de que sea un ejercicio de empatía, transparencia y hechos concretos para que esto no se vuelva a repetir.

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