Peor que pedir
Peor que pedir - Antonio Méndez Rubio
Editorial Pre-Textos. 2025
Si acaso el poema tiene por territorio natural la duda, la reflexión sobre la poesía no puede sino compartir esa misma intemperie. Por eso cualquier cosa que pueda escribir sobre estos poemas que hoy tengo entre mis manos no escapará a esa naturaleza incierta y puramente tentativa. Quizá debiera comenzar confesando que siempre que me expongo a la poesía de Antonio Méndez Rubio, me sale el silencio a raudales. Un silencio que, lejos del vacío o la mudez, parece revelarse, incluso rebelarse, como condición de apertura y grieta que se abre al otro, tanteando siempre. Digo esto porque todo lo que aquí escriba y parezca taxativo deberá entenderse como una indeterminación y un posicionamiento que acepta el riesgo al que nos somete la palabra poética.
Vamos a ello. No es infrecuente que el lector de poesía se enfrente a textos que parecen clausurados sobre sí mismos, meros ejercicios de estilo o confesiones privadas donde apenas hay espacio para la alteridad. Sin embargo, quiero creer que el discurso de resistencia de la poesía se sostiene precisamente en su capacidad para trascender ese ensimismamiento y proponer un diálogo con el mundo. Lejos de cualquier hermetismo estéril, solipsismo o esteticismo autorreferencial, la poesía de Antonio Méndez Rubio nos ofrece el poema como un espacio que impele —amable y/o inhóspitamente— a la reflexión, a la apertura hacia el otro. No estamos ante un espejo donde el poeta se contempla en soledad, sino más bien —así lo imagino— frente a una ventana abierta que nos invita a interrogar nuestra propia realidad, que no deja de ser una forma de soledad en lo común. Y sobre todo ello, «lo peor» acecha, nos aboca, nos convoca a lo incierto, esa promesa de lucidez que algunos llaman fracaso: «Quien pide espera / de ese hostil jugueteo, / en el fondo del fondo, / lo peor».
Comencemos por el propio título del poemario, Peor que pedir, que dialoga explícitamente con una de las estampas de Goya para Los desastres de la guerra titulada Lo peor es pedir. En el dibujo que sirvió de estudio introductorio a este grabado se distingue a un grupo de mendigos junto a una joven del brazo de un soldado, figura que la crítica ha interpretado frecuentemente como una prostituta, aunque en el grabado final el soldado desaparece. Tanto la imagen como el paratexto de esta estampa nos interrogan en la actualidad doblemente: ¿cuál de las dos actitudes ante el hambre es peor: dar o pedir? Del mismo modo que la obra de Goya parece preguntarnos si el acto de dar sin cambiar las estructuras es realmente un acto moral o solo una forma de hacer soportable la injusticia, la poesía de Méndez Rubio nos sitúa en un tenso diálogo en el que el acto de dar y el acto de pedir sirven de correlato a otras muchas conversaciones. La cosa no es simple, o en cualquier caso, esta poesía no permite que lo sea.
En Peor que pedir la escritura no aparece solo como la expresión de una emoción ya dada, sino como el lugar donde se confrontan distintas fuerzas: el silencio, la herida, lo que se deshila de la identidad y lo fragmentado. Más que narrar la pérdida, la soledad o el vacío, el poemario trata de pensarlos, de hacerlos presentes para poner en juego la tensión del sentido. Es en el fondo una cuestión política lo que está en juego, pero entendiendo que el problema no es lo que se juega, sino el concepto de política que hemos heredado, como sostenía el autor en una conversación que compartimos. Da la sensación de que hemos asumido unas premisas según las cuales lo poético tiene que ver con un espacio solitario —la intimidad—, frente a lo político, que remite lo colectivo. Y esta escisión es, según Méndez Rubio, insoportable. Tal vez haya que asumir que la raíz de lo político sea la soledad y que la poesía tenga entre sus empeños la función de politizarla, como parte de lo común.
Peor que pedir abre un espacio de ambigüedad en el que cabe preguntarse: ¿peor para quién?, ¿peor en qué sentido: político, existencial, ético? Podría leerse como un desafío: ¿qué es para el lector peor que pedir? Quizá sea un modo de dirigirse al otro desde la necesidad y la falta, lo que abre la dimensión ética de la relación humana. ¿Pero qué pasa cuando el otro es ignorado? Partiendo de la triada necesidad-demanda-deseo que proponía Lacan, pedir es en demasiadas ocasiones demandar algo más que un objeto: es solicitud de reconocimiento. Cuando no hay otro que pueda responder, la demanda se vuelve infinita y vacía, nunca se satisface plenamente, porque más allá del objeto pedido hay un deseo que no se colma. El pedir revela la falta estructural del sujeto, esa marca que indica que no somos seres completos y que siempre sentimos que algo nos falta. Entonces dejamos ver que necesitamos al otro porque no podemos bastarnos a nosotros mismos. Quizá.
Sin embargo, el poemario explora abismos donde la sentencia de Goya —«lo peor es pedir»— se queda corta o se resignifica. Si en el grabado lo peor se instala en el gesto mismo de pedir y en la interacción hostil que convierte la petición en humillación, Méndez Rubio parece sugerir que hay estadios más dolorosos. Peor que pedir es no poder pedir, el silencio forzado, la pérdida de todo vínculo donde no se tiene a quién ni cómo dirigir la súplica. Peor que pedir es pedir en vano, el fracaso absoluto que choca con la indiferencia y deja al sujeto doblemente herido, por la carencia inicial y por la negación posterior. Incluso, desde otra perspectiva, lo peor sería creer no necesitar, un nuevo rechazo instalado en la dependencia que conduce a una falsa autosuficiencia y a la negación de la fragilidad humana.
Frente a la petición, el acto de dar tampoco ofrece una resolución sencilla. En la tradición filosófica, pedir y dar están atravesados por relaciones de poder y deuda, y en el horizonte de este libro, dar también puede ser insatisfacción porque nunca se da lo suficiente. Y aún es posible contemplar algo más inquietante que el dar: ofrecer, ese acto que nos deja en suspenso, en el vacío, con la mano tendida. A veces, decir es un don, pero también es una forma de ceder a la presión de responder incluso cuando todo colapsa. En poemas como «La prueba de fe», leemos: «mientras se aleja como nunca antes... tú / mira el cielo también irse y / haz / algo. Despídete. // Di sí». Pero en un mundo saturado de discursos vacíos, el silencio puede leerse como un gesto de resistencia frente a la banalización del lenguaje. No se trata de callar por impotencia, sino de dar espacio a lo que no puede ni debe ser reducido a una consigna. Es un modo de fidelidad a algo impreciso. El silencio es quizá una apertura a lo otro, un espacio donde lo no dicho, lo apenas presentido o lo que aún no ha llegado puede emerger; un territorio de espera donde la escritura se tensa entre lo audible y lo inefable: «Cualquier frase / lo que quiere es vivir en lo que no se sabe / leer».
Esta tensión transita por la negación que da forma a las tres partes del libro: «No por nada», «No por ahora» y «No del todo», lo cual sugiere cierta celebración de la desolación o la disidencia; o, al menos, un gesto de insumisión a la afirmación fácil. Vemos cómo el lenguaje se mueve desde los silencios fragmentados de la primera parte hacia el verso menor y el poema largo y respirado, como estadios de una mudez que busca recuperar la voz. El silencio aquí no es un mero hueco, sino límite del lenguaje y condición de escucha: «Pon en nada el oído y, / seguro, / te van a saludar los vencejos que huyen / de la forma del mundo, / de ti». Pero el sistema convierte en tabú nuestro silencio —ha dicho alguna vez Méndez Rubio—. Nos hacen hablar, esperan que no paremos de hablar. Eso o la muerte. Por eso tal vez el ruido: para no morir.
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Desde otro ángulo, el libro nos confronta constantemente con la figura de un «tú» ambiguo. ¿A quién se dirige esa voz, ese silencio? ¿Es un interlocutor íntimo, el lector, el otro ético o un desdoblamiento del propio yo? ¿Pero qué pasa cuando el otro soy yo? Quizá cuando el otro deja de presentarse como alteridad y se reduce al propio sujeto, el acto de pedir pierde su dimensión ética y se convierte en un circuito cerrado de autodemanda. Sin embargo, pedir a uno mismo quizá sea un intento de reconectar con ese otro interno, con esa parte extraña que somos y que paradójicamente solo podemos alcanzar a través de la pregunta. Tal vez el derecho a pedir, a pedirnos, deba abrazarse como un gesto radical de humildad frente al mundo y de reconocimiento de nuestra vulnerabilidad.
Porque si algo me muestra Peor que pedir es que la reciprocidad borrada contraviene el bien común: hemos aprendido a pedir sin saber dar y a dar sin saber recibir. Y en esa fractura es donde esta poesía firma su escritura y nos deja solos en el umbral, ese lugar fronterizo entre luces y sombras, entre el silencio y el ruido de todo esto: «Son tus palabras / las que no pueden decir nada / ni hacer / otra cosa / que ver su eco alejarse. Por eso eres / su sombra, y no al revés». Por eso escribo esta cosa que tal vez apenas tenga que ver con otra cosa, y acepto — ya lo decía— el riesgo y la promesa que se cumple en la poesía de Antonio Méndez Rubio. Este libro nos tiende la mano y nos da la palabra. Al fin y al cabo, dar la palabra quizá sea el compromiso radical de abrigar la intemperie y ofrecer nuestra propia falta como lugar de encuentro.
*Rosario Pérez Cabaña es poeta.