El rapto de Europa

Entre mediados de los años 90 y la primera década del presente siglo, en medio del apogeo de las cumbres antiglobalización, el pensador y militante comunista Antonio Negri ponía el acento en la necesidad de dar cuerpo a la lucha de clases dentro del marco de la Unión Europea. Recibió muchas críticas por apoyar, aunque de forma crítica, el fallido proyecto de Constitución europea en el año 2005. Quizás hoy podemos comprender mejor su flexibilidad táctica, acorde a una rigidez estratégica: entendía que ser un revolucionario realista era actuar dentro del estado de las cosas con vistas a un horizonte de transformación.

Su planteamiento era el siguiente: EE.UU. se opone a la construcción europea de la misma manera que lo hace a la de China, y Europa podría constituirse como un contrapoder frente al unilateralismo americano. En un mundo donde impera un EE.UU. en crisis, una China creciente y una Rusia emergente, Europa se ve obligada a reformarse hacia una mayor federalización, pero se encuentra paralizada y desorientada, por lo que actúa de forma estúpida.

Sin embargo, y a pesar de las decepciones del proyecto europeo, tenía claro que su disgregación nos conduce al fascismo, donde sus naciones serán vilipendiadas por otras potencias. La Constitución europea estaba llena de faltas, pero, con todos sus defectos, Negri entendía que no había que mistificarla, sino comprenderla solo como un avance hacia la construcción de un espacio político —el europeo— donde librar los conflictos sociales y oponerse al envite americano. Se trataba de verlo como una nueva etapa. Para él, el no a esa Constitución suponía abdicar ante los reaccionarios americanos y obviar la importancia de las relaciones de fuerza. No sabemos si tenía razón, de lo que no cabe duda es que tenía olfato para anticiparse a las tendencias que llegaron más de veinte años después.

Europa tiene, a un lado, a Putin; al otro, a Trump; y dentro, al caballo de Troya disfrazado de “patriota”. Solo aplicando reformas revolucionarias es posible hacer frente al virus troyano de una extrema derecha que trabaja al servicio de EE.UU. para dinamitar Europa.

La encrucijada en la que se encuentra actualmente Europa debe obligar a sus élites vasallas a tener que hacer todo lo que no han querido hacer durante todo este tiempo, si lo que se pretende es salvar a Europa. Se avisó con Grecia, pero no importó, y ahora, ante el sándwich en el que se ve aplastada la UE, solo puede plantearse como posibilidad futura si abandona de plano todo lo que ha venido abanderando en sus postulados económicos y fiscales, en la división continental del trabajo, etc., y avanza hacia unos Estados Unidos de Europa regidos por otros criterios.

Europa tiene, a un lado, a Putin; al otro, a Trump; y dentro, al caballo de Troya disfrazado de “patriota”. Solo aplicando reformas revolucionarias es posible hacer frente al virus troyano de una extrema derecha que trabaja al servicio de EE.UU. para dinamitar Europa. A nivel nacional ocurre algo similar. A la derecha cipaya, que aplaudiría una agresión contra España similar a la que ha tenido lugar en Venezuela, solo se le puede hacer frente avanzando más allá de la defensa de lo existente, más allá de la mera denuncia de lo que ellos son o de responder a sus exabruptos. Es complicado, vista la correlación del Congreso, pero se puede intentar empezando por sacar una batería de reales decretos-ley ambiciosos, a la par que de sentido común, en materia de vivienda, familias, transporte y trabajo, para que sean ellos, los troyanos, quienes tengan que retratarse ante el pueblo español.

Sin embargo, no cabe duda de que la mayor amenaza a la que se enfrenta Trump proviene del pueblo estadounidense, ya que, como recuerda Maquiavelo, “el príncipe nunca podrá sentirse seguro si tiene al pueblo como enemigo” y “lo peor que puede temer del pueblo, si este le es hostil, es que le abandone”. La popularidad de Trump viene descendiendo desde hace tiempo, especialmente entre la juventud, pero no solo entre ella, la cual está girando sus simpatías hacia una visión positiva del socialismo democrático. La operación de Venezuela y lo de Groenlandia también deben leerse en clave de política interna, como un intento de girar el foco hacia el exterior para tratar de recuperar dentro la credibilidad perdida. 

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Jorge Moruno es sociólogo por la UCM, diputado de Más Madrid y portavoz de Vivienda.

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