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Verdad y política

Héctor Delgado Fernández Publicada 17/07/2013 a las 16:39 Actualizada 17/07/2013 a las 17:46    
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En su breve ensayo Truth and Politics, Hannah Arendt apunta a la reñida existencia que siempre han mantenido la política y la verdad. Según la pensadora alemana, la misma naturaleza de lo político excluye irremisiblemente la intervención de la categoría de verdad en la propia configuración del dominio constituido por el campo de la política.


A diferencia de la universalidad e inmutabilidad de la verdad, la praxis política se caracteriza en cambio por una constante adaptación a las circunstancias que determinan el día a día de su actividad. Sin embargo, esta somera presentación de la tesis principal que articula el ensayo de Hannah Arendt, cobra a día de hoy una especial relevancia en cuanto aplicamos la mentada dicotomía entre verdad y política a la comprehensión, siempre complicada, de la más inmediata actualidad política en España, acaparada indudablemente por la encarcelación del extesorero del PP, Luis Bárcenas.


Y es que, la actitud exhibida desde las filas del PP a la hora de afrontar los diversos episodios de este turbio asunto de financiaciones ilegales, chantajes y millones ocultos en paraísos fiscales, ponen al descubierto los resortes, entramados y basamentos ocultos que estructuran el dominio de la política, en un momento de excepción, en donde el también politólogo alemán Carl Schmitt afirmaba que residía la verdadera naturaleza de lo político porque ahí y sólo ahí salía a relucir el auténtico carácter de un líder político.


Ateniéndonos a estas dos referencias, no es de extrañar el hecho de que tan solo tres años después de haber defendido a capa y espada la inocencia de Luis Bárcenas, a raíz del auto de inhibición del juez Baltasar Garzón sobre el caso Gürtel, el presidente Mariano Rajoy, haya optado ahora por la maniobra opuesta de echar balones fuera en cuanto las molestas cuestiones de algún periodista se proponen conocer la opinión del presidente sobre un acontecimiento tan grave como es la encarcelación del extesorero del partido político actualmente al frente del Gobierno.


Parece como si la indubitable e irrebatible inocencia del señor Bárcenas de hace tres años, asumida a semejanza de una verdad tan evidente como la de que dos más dos suman cuatro, fuera ahora una especie de verdad a medias y, en apariencia, tan incómoda como para suscitar el recelo y hermetismo del Partido Popular.


Bien es cierto que algunas voces de discordia se han elevado en el propio seno del PP para calificar de bochornoso el escándalo de Bárcenas, aunque eso en nada disminuye la prevalencia del blindaje organizado por la cúpula del Partido Popular en torno al asunto de marras, relacionado con la supuesta financiación ilegal del PP.


A grandes rasgos, la tónica general adoptada por el partido del gobierno en la gestión del escándalo Bárcenas ha tendido más hacia el enredo y la confusión que hacia un ejercicio de transparencia, o de eso que, María Dolores de Cospedal tiene la osadía y desfachatez de definir como “un esfuerzo de striptease” democrático. ¿Qué habrá sido de todo el revuelo organizado hace unos meses cuando nos enteramos por la prensa de los frecuentes menudeos de Luis Bárcenas a la sede del PP en la calle Génova? ¿Acaso el mentado striptease también engloba las ulteriores y enrevesadas explicaciones del PP acerca del finiquito del extesorero y las cantidades abonadas cada mes cuando se nos había asegurado que éste había sido apartado de la disciplina del partido?


Con todo, sean cuales sean los criterios barajados por María Dolores de Cospedal, este striptease de su partido no semeja a la postre sino la penúltima intentona de lavar la cara del Partido Popular en un asunto que pone a las claras la reñida convivencia entre la verdad y la política. ¿Sufrirá María Dolores de Cospedal una aleve amnesia pasajera o será, como afirma, Hannah Arendt, la prueba irrefutable de que la verdad, clara y diáfana como linfa cristalina, ha sido definitivamente expulsada del reino de la Política? ¿Qué ha sido de la imputación judicial del exmarido de la actual ministra de Sanidad, Ana Mato? ¿Ha actuado el PP para aclarar los viajes a Disneyland de la ministra de Sanidad o algo de lo relacionado con las fiestas de cumpleaños sufragadas gracias al dinero, a todas luces, proveniente de la trama Gürtel? ¿Será la inocencia de la ministra de Sanidad, también defendida por Mariano Rajoy, similar a la inocencia de Bárcenas proclamada tres años atrás?


Más valdría, por el momento, detenerse aquí, porque a pesar del striptease del PP, cada poco tiempo una nueva interrogación se suma a las ya numerosas e irresolutas cuestiones que gravitan alrededor de la órbita del Gobierno. Y esta sin par acumulación de preguntas todavía sin resolver en absoluto cuadra con el obligado ejercicio de transparencia al que todos los partidos políticos deberían ceñirse, y más aún cuando se trata del partido del Gobierno, para tratar de sofrenar el tremendo descontento de una ciudadanía cada vez más convencida de la ineptitud e irresponsabilidad de la mayoría de sus políticos.


Cuando la corrupción, según recoge la última encuesta del Instituto Nacional de Estadística, se ha convertido en la segunda mayor preocupación de los españoles, sólo por debajo del paro, es inevitable que ni tan siquiera la demagogia o verba indolente de Cospedal logre erradicar la sombra de la corrupción sobrevolando ahora al Partido del Gobierno como antaño ya lo hizo sobre el PSOE.


Y es que, pese a la crisis y la reiterada insistencia en la necesidad de una profunda regeneración democrática, todo indica que, tal vez, la soi-disant regeneración no sea más que un acto de fe abocado al fracaso, habida cuenta de la imposible coexistencia de la verdad y la política. Mas, para no caer en la hondonada de un pesimismo derrotado y derrotista, cabría añadir que no todo está irremediablemente perdido en este combate entre la verdad y la política: bastaría un esfuerzo de nuestros políticos para ir paulatinamente recobrando la credibilidad en un sistema y unos valores democráticos en donde la verdad pudiera de una vez para siempre entablar una pacífica convivencia con la política, gracias, sobre todo, a un auténtico y sincero striptease democrático que antepusiese la búsqueda del bienestar común a cualesquiera intereses partidistas o electorales de los representantes del ente público.


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