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Fraude

Mario Martín Lucas Publicada 14/10/2015 a las 18:10 Actualizada 14/10/2015 a las 18:11    
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Las caídas de caretas están marcando nuestros actuales tiempos, tanto dentro de nuestras fronteras como fuera: líderes conservadores de la burguesía catalana convocando procesos independentistas, un exministro de Hacienda imputado por fraude fiscal, un expresident de la Generalitat durante 23 años como confeso evasor fiscal, la hermana del jefe del Estado imputada en dos delitos y pendiente de juicio, entidades financieras sancionadas por manipular artificialmente el tipo de interés a aplicar en las hipotecas, bancos atracando a los clientes desde el otro lado de las ventanillas, profetas del liberalismo económico revelados como simples estafadores piramidales, etc…

Y ahora Volkswagen, referencia empresarial del impuesto modelo alemán, que representa el 2,70% de su PIB, adalid de la perfección germánica en el hacer, expresión máxima de la laboriosidad exportada desde las cuencas del Rin hacia los anárquicos e improvisadores habitantes de los países periféricos del sur de Europa, y primera empresa automovilística mundial, bajo que la que se producen marcas como Audi, Porsche o Seat, resulta que reconoce haber instalado, conscientemente, un software en sus vehículos para manipular los resultados de la medición de emisiones de gases contaminantes, lo cual puede haber afectado a un total de 11 millones de unidades, toda una paradoja si tenemos en cuenta que el mensaje corporativo que la multinacional del coche del pueblo, Das Auto, empleaba en los últimos tiempos, tenía que ver con la sostenibilidad social, económica y medioambiental, pero el compromiso real de Volkswagen, y de sus responsables, no estaba con lo que decían, sino con lo que realmente hacían y en este caso su priorización era seguir engordando la cuenta de resultados, para superar los 11.000 millones de euros de beneficios y los 200.000 millones de euros de facturación. La visión a corto plazo, se volvió a imponer en la lógica de los altos directivos de las empresas multinacionales, hervida bajo el fuego lento de la arrogancia y falta de humildad.

Fraude es la palabra en este caso, y en todos los últimamente conocidos, empresas que para maximizar su beneficio, los bonus de sus directivos y su capitalización bursátil, hacen trampas, rodean controles hasta manipularlos, imponen dobles contabilidades, defraudan impuestos, evaden capitales, estafan a sus clientes, a sus accionistas y a sus propios empleados, especulando con sus compromisos asumidos, a ritmo de ERE; que pagan sobornos y comisiones al 3% o al 5%, financiando partidos políticos y comprando voluntades, presumiendo del libre mercado pero actuando como oligopolio.

Ahora Volkswagen prepara 18.000 millones euros para posibles indemnizaciones de las consecuencias de su fraude, pero el mal reputacional acompañará durante años a esa marca, y por ende a Alemania y sus instituciones públicas, ya que el 20% de sus acciones está en manos del land de Baja Sajonia.

Quizás esta enseñanza del hacer germánico tenga un efecto balsámico para nuestros complejos frente a los alemanes, que ni son más trabajadores que nosotros, ni más ejemplares, pero también será la culpable de que dudemos cada día de más cosas, de ser más escépticos, cuando no definitivamente cínicos sobre las cosas que se presentan ante nosotros, se hable de una gran empresa, de un país, de un estado o del propio sistema económico en general, al final, en este caso de Volkswagen, se cumplió aquello de “dime de lo que presumes y te diré lo que careces”; la firma automovilística que presumía de su compromiso ecológico y sostenible, nos vendió 11 millones de coches con software manipulado sobre la emisión de gases contaminantes… ¡toda una elegía de los tiempos que vivimos!


Mario Martín Lucas es socio de infoLibre


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