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Revisionismo y reformismo

Javier Paniagua Publicada 09/06/2016 a las 06:00 Actualizada 16/06/2016 a las 09:38    
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Hasta 1917, los partidos marxistas de la Europa continental se denominaban indistintamente socialistas o socialdemócratas sin que por ello existieran diferencias programáticas significativas. Todos creían que debería lucharse por una sociedad socialista aunque desde finales del siglo XIX comenzó a debatirse el método para lograrlo y su justificación teórica. Términos como revisionismo o reformismo no fueron exactamente lo mismo. Desde la socialdemocracia alemana y austriaca comenzaron a cuestionarse si las previsiones de Marx habían sido adecuadas ante la las transformaciones del capitalismo y la nueva dimensión de la clase obrera que iba perdiendo en las grandes fábricas su capacidad de intervención en la calidad del producto final. Todavía en gran parte del siglo XIX la habilidad de muchos trabajadores tenía su importancia para la producción de las mercancías, pero las nuevas máquinas y los nuevos sistemas de organización empresarial iban marginando esa impronta personal. No se discutía la lucha de clases, ni la interpretación histórica marxista pero si el camino para alcanzar el socialismo puesto que no todos los obreros estaban dispuestos a un proceso revolucionario, tenían una vida y querían mejoras sociales para él y su familia. El socialismo sería pues un proceso que podría culminar después de una acumulación de conquistas parciales al capitalismo. No necesariamente estaba determinado que todo acabara en la sociedad sin clases con la socialización de los medios de producción como de alguna manera había pronosticado Marx. También la conciencia moral, como la señalada los neokantianos, era fundamental para luchar por el socialismo y concebir como un bien superior la justicia de la sociedad socialista.

Ello podía llevar a plantearse la estrategia de los partidos socialistas o socialdemócratas: ¿se aprovechan las condiciones de los sistemas liberales para ir conquistando parcelas de poder que conduzcan al socialismo o se prepara a los dirigentes del partido obrero para la revolución que tendrá necesariamente que ser violenta para desplazar a los propietarios de los medios de producción? El reformismo planteó una táctica evolutiva para alcanzar el fin sin que por ello implicara el abandono de la lucha final para culminar en el socialismo que cantaba la Internacional. Es decir, se podía ser reformista pero no revisionista del marxismo como Eduard Bernstein, y más tarde Kausky, en la Alemania del SPD, o Max Adler u Otto Bauer desde el austromarxismo. Pero también, aunque menos, se podía ser revisionista sin ser reformista, y dentro del PSOE Luis Araquistaín o Ramón Lamoneda pudieron aceptar una revisión de algunos postulados de Marx sin por ello aceptar el reformismo político. También Lenin fue en parte un revisionista pero no aceptó la vía reformista de la socialdemocracia europea después de la I Guerra Mundial y el triunfo bolchevique en Rusia, ahora hace casi un siglo. Su interpretación de Marx le llevo a la formación de los Partidos Comunistas y a la escisión teórica y práctica del movimiento socialista en el mundo hasta la caída del muro de Berlín en 1989.

Después de la II Guerra Mundial la socialdemocracia europea viró hacia posiciones revisionistas y reformistas, sin que por ello despareciera en determinados círculos políticos y académicos interpretaciones de un marxismo revolucionario que tuvo incidencia en Latinoamérica, África y Asia pero poco en los países desarrollados de Europa o América.

La contribución al estado de bienestar y la aceptación de los mecanismos democráticos así como la penetración de otras influencias teóricas distintas a Marx y la ampliación de su ámbito electoral transformaron los partidos socialistas o socialdemócratas. El símbolo fue en 1959 en el Congreso del SPD en Bad Godesberg donde ya el marxismo no fue la denominación de origen de los socialdemócratas alemanes y la plena convicción de la democracia parlamentaria como mecanismo insustituible. Los británicos ya lo habían hecho con el Laborismo desde su creación y el PSOE lo hizo 20 años después en el último tercio del siglo XX. Fue el último partido de la Europa Occidental en gobernar en solitario y ya con una perspectiva claramente socialdemócrata de defensa y extensión del estado del bienestar.

Durante todo este tiempo la socialdemocracia ha pasado por distintos periodos de alzas y bajas, y durante las crisis económica ha tenido que afrontar las presiones de aquellos sectores más desfavorecidos pero ya no ha planteado una alternativa global a la sociedad de libre mercado y de la propiedad privada de los medios de producción. ¿Ha llegado la socialdemocracia a su fin como opción política diferenciada? Hoy es corriente aceptar el calificativo de socialdemócrata desde cualquier opción política. Creer en el equilibrio entre una serie de prestaciones sociales y la economía del mercado es un lugar común en casi todas las formaciones políticas, incluso en las más liberales y amantes de la libre iniciativa y la disminución del papel del Estado. El debate se centra entonces en los límites que ha de tener lo que se ha dado en llamar estado de bienestar y en eso se resume fundamentalmente las opciones políticas. En qué medida se aplican políticas de austeridad o de relativa expansión, o sobre quienes recae fundamentalmente la presión fiscal para abordar los gastos del Estado. Y cómo puede abordarse las reformas políticas actuales para no caer en la quiebra económica y social habida cuenta de la mundialización cada vez mayor de todas las economías



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