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80º cumpleaños del Nobel

Vargas Llosa y el poder

  • El escritor celebra su aniversario con un seminario sobre la libertad acompañado de Rajoy, Aznar, Felipe González y varios expresidentes latinoamericanos
  • Las charlas, bajo el título de Vargas Llosa: cultura, ideas y libertad, están organizadas por la Fundación Internacional para la Libertad, que preside el Nobel

Publicada 29/03/2016 a las 17:22 Actualizada 29/03/2016 a las 20:54    
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El escritor Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler durante el seminario organizado con motivo del 80º cumpleaños del autor.

Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler durante el seminario organizado con motivo del 80º cumpleaños del autor.

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Mariano Rajoy comenzaba la tarde del martes realizando un insólito comentario literario a una jornada eminentemente política. El presidente en funciones abría el seminario Vargas Llosa: cultura, ideas y libertad, la celebración que el Nobel se había organizado por su 80 cumpleaños, apuntando "la relación entre la ficción y el poder" que el escritor ha tratado a lo largo de su obra, desde Conversación en la Catedral (1969) hasta Cinco esquinas, su ultima novela. En la nómina de ponentes estaba el líder del PP, pero también los expresidentes José María Aznar y Felipe González, y los exmandatarios americanos Sebastián Piñera (Chile), Andrés Pastrana (Colombia), Luis Alberto Lacalle (Uruguay) y Álvaro Uribe (Colombia). Ahí estaba, justamente, la relación entre ficción y poder en su faceta más obvia. 

Las charlas se producían al día siguiente de la fiesta a la que asistieron 400 personas en el Hotel Villa Magna de Madrid. Los mismos que figuraban en el estrado de la Casa de América habían estado también en la velada, y se entiende: ambos actos estaban organizados por la Fundación Internacional para la Libertad. ¿Su presidente? El mismo Nobel. De forma que la nocturna era la celebración festiva que se había organizado el escritor, y la diurna era su celebración política. ¿Por qué Vargas Llosa elegía soplar las velas con un plantel de exdirigentes, o con una charla titulada "Democracia y populismo en Latinoamérica", en lugar de hacerlo entre escritores (eso sería el segundo día, de menos relumbre)? ¿Qué revelaba esa fiesta de cumpleaños sui generis? ¿Puede el lector imaginarse actos similares organizados en torno a otros Nobel recientes? No era ese el asunto de la celebración y nadie quiso abordarlo, más allá del primer esbozo (inocente) de Rajoy. 

"Mario Vargas Llosa no ha vivido anestesiado en la lectura, sino que ha avanzado por ella", decía el presidente en funciones, "siempre denunciado lo arbitrario y luchando contra las dictaduras y los populismos". El Nobel, ensalzado como "héroe de la libertad" en varias ocasiones a lo largo de la tarde, no se ha caracterizado precisamente por establecer distancias con la política. En su juventud simpatizó con el marxismo, y lo hizo apasionadamente, pero poco a poco fue deslizándose hacia la derecha del espectro ideológico. Él no ha dudado en narrar su conversión, y la creyó suficientemente relevante como para recordarla en su discurso de aceptación del Nobel en 2010: "Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil". Y culminó con su candidatura a la presidencia de Perú en 1990 por el Frente Democrático. Su fiesta política era, pues, una reunión de liberales reconocidos con la rara excepción de Felipe González, al que se le cedía el honor de cerrar la jornada. 

La variedad de las ideas exhibidas a lo largo de la tarde fue, por tanto, limitada, siendo Vargas Llosa el más breve, pero también la única nota discordante (junto a Alex Chafuen, presidente de la Atlas Network, que cometió una "herejía", en sus propias palabras, recordando la desigualdad social). Habló de corrupción: "Afecta por igual a los países pobres y a los ricos, y en todas partes es un peligro enorme para las instituciones. Lo es por el desencanto que provoca en la gente que creyó en la democracia y que vio que la democracia solo servía a algunos". Y lo hizo delante de Mariano Rajoy, en algo que se entendió —el silencio tenso que se hizo en la sala lo corroboraba— como un mensaje crítico, aunque sin estridencias. Se conoce la simpatía de Vargas Llosa por UPyD —queda el artículo Una rosa para Rosa, en honor de Díez—, por Esperanza Aguirre —bautizada como esa "Juana de Arco liberal" en un perfil escrito para El País— y, más recientemente, por Ciudadanos: Albert Rivera acudió a la fiesta del lunes, junto a las ya nombradas. El Nobel defendió también la legalización de las drogas como solución al narcotráfico —"Algunos creemos que hasta que no venga la legalización, el problema no se resolverá"—, postura que no era mayoritaria entre los presentes. 

Libertad y populismo

Vargas Llosa también se desmarcaba de sus compañeros de mesa en su optimismo. "Hay menos cosas malas que en el pasado y, en ese amplio ámbito que es el mundo en lengua española, las cosas andan bien en muchos sentidos", decía, con una cierta alegría. El resto de ponentes eran menos entusiastas, y alertaban sobre los peligros de un "populismo" emergente. "Nos esperan momentos complicados", advertía Aznar, sintetizando el tono general de algunas de las intervenciones. En general, oscilaban entre la satisfacción por el cambio de Gobierno en Argentina, con el liberal Mauricio Macri al frente, o la caída del expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva por un caso de corrupción, y la preocupación por la continuación del chavismo en Venezuela y el futuro político español. Si durante la primera mitad del seminario la palabra protagonista fue libertad, durante la segunda —centrada en figuras como como la periodista y disidente cubana Yoani Sánchez o el escritor de la misma nacionalidad Carlos Alberto Montaner— la reina fue populismo. La gran ausente figuraba, paradójicamente, en el título: cultura. La celebración de la escritura del Nobel fue testimonial, así como cualquier referencia a la creación latinoamericana. 

Igual que el amigo estaba claro, lo estaba también el enemigo. Lo nombró primero el propio Nobel: "Nadie informado de lo que pasa en el mundo puede creer que el marxismo-leninismo puede dar solución a los problemas". Lo nombró Lacalle, citando a Gramsci para hablar de cómo el marxismo "consiguió introducirse en las instancias preexistentes de la sociedad" en el continente. Lo nombró José María Aznar: "El mundo civilizado encara un dilema esencial. Seguir avanzando por la senda de la prosperidad, el crecimiento y la libertad, esto es, profundizar en la civilización u optar por la parálisis, la irrelevancia y el populismo, antesala de la barbarie". Al mismo tiempo, como era lógico, se sucedían las alabanzas al "libre mercado" como único camino de futuro. 

Vargas Llosa, acompañado de su pareja, Isabel Preysler, no se dejó escuchar demasiado. Las mesas —dos: "La situación de América Latina: una visión presidencial" y "Democracia y populismo en Latinoamérica"— no estaban pensadas como espacios de debate, sino como una sucesión de intervenciones de unos 15 minutos. Así, el Nobel estaba condenado a escuchar con atención a los ponentes, la mano en la barbilla o en las sienes, sin otro comentario que un hipotético arqueamiento de cejas que nadie entre el público podría percibir, o un rostro agradecido ante los cumplidos. Fueron muchos: "héroe de la libertad", escritor de "una mirada honda, incisiva e íntegra", "civilizadora, fraterna y cordial" (Aznar dixit); "luchador permanente por la libertad" (elogio de Uribe)...

Felipe González, que comparecía más en calidad de amigo que en calidad de liberal, tenía una tarea poco grata al cerrar la cita: ¿Cómo desmarcarse, si lo hacía, de las ideas defendidas hasta entonces, sin faltar a Vargas Llosa y el resto de invitados? Dibujando liberalismo y socialismo como colaboradores: "El espacio de la libertad, e incluso del pensamiento liberal, y el espacio en el que se inserta en la democracia representativa, es un espacio común. Porque es un oxígeno que a la gente que piensa como yo le permite desarrollarse". El expresidente socialista añadía, sabiendo que su ideología había sido criticada en varios momentos durante la noche, como en el discurso encendido de Piñera: "Si se agota la lucha contra la desigualdad en un pensamiento estrictamente liberal, yo añado las políticas socialistas".

A falta de escritores en los fastos —el miércoles será el turno, dentro del seminario, de Fernando Savater, Javier Cercas o Carme Riera—, Mariano Rajoy volvía a convertirse en un extraño crítico literario. Citó a Cervantes para recordar que "no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual va mejorando con los años". Señaló "la verdad en el concepto" y "la propiedad en el lenguaje" de la escritura del Nobel. Su intervención estuvo jalonada con datos de inmigración —"1,5 millones de españoles en Latinoamérica", decía el presidente con tono optimista—, logros de la política exterior entre ambos lados del Atlántico y apoyos a los opositores venezolanos: el presidente en funciones recordó que fue el primero en recibir a las familias de Leopoldo López y Antonio Ledezma, lo que desató aplausos entre el público.

Pero también dejó una frase que se quedó flotando como una incógnita. "La función del escritor que sabe mantener su autonomía es revelar la verdad de las mentiras del poder", dijo, sin segundas. En ese contexto, casi parecía un dardo envenenado.  

LA AUTORA Correo Electrónico


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