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Desde la tramoya

¿Reivindicar a Zapatero en el X Aniversario? Siete razones

Publicada 14/03/2014 a las 06:00 Actualizada 14/03/2014 a las 11:31    
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Es inaudito que hoy se cumplan diez años de la victoria electoral que llevó al PSOE y a Zapatero al Gobierno de España, y el partido concernido no haya hecho nada serio por recordarlo. Contrasta esta amnesia con aquel homenaje por todo lo alto que el PSOE dedicó a Felipe González en el muy poco sonoro 30 aniversario de su llegada al poder, en 2012.

El pasado martes saludé al presidente Zapatero en un sencillo pero muy militante acto de presentación del libro de Ignacio Sánchez-Cuenca, con el Gran Wyoming y con Jesús Maraña, todos ellos colegas de InfoLibre. Allí estaba en primera fila sentado el presidente sin hacer el más mínimo ruido. Discreto y silencioso. Sospechamos que sus varias intervenciones en los medios de comunicación de las últimas semanas son fruto más de la presión de su editorial que de su afán de protagonismo. Si tenemos en cuenta que el actual secretario general del PSOE fue jefe de campaña en 2004, portavoz del Grupo Parlamentario Socialista tras la victoria electoral, y luego ministro de Interior y vicepresidente del Gobierno… y si tenemos en cuenta también que Rubalcaba estuvo en todas y cada una de las grandes decisiones de aquellos siete años de Gobierno, en todas y cada una de las reuniones relevantes, incluidas las de los maitines de los lunes en las que estaba siempre presente con independencia de su cargo, resulta sorprendente este humillante y ridículo olvido al que parecen estar condenados los siete años de Gobierno socialista inaugurados hace exactamente diez años.

Recordemos algunas cosas por las que aquel presidente, y también quienes le acompañaron, el más destacado de los cuales fue probablemente Alfredo Pérez Rubalcaba, deberían ser objeto de recuerdo y de homenaje este 14 de marzo.

1. Ni un solo caso de corrupción. Ni en la Ejecutiva que dirigía ni en el Gobierno que presidía. El ministro de Justicia dimitió cuando se supo que estaba cazando con una licencia de otra comunidad autónoma. Y el “caso Campeón” obligó a orillar a Pepe Blanco, pero el Supremo concluyó que no había motivo ni siquiera de sospecha. Ponemos siempre ejemplos de los alemanes y los nórdicos cuando hablamos de altos estándares de honestidad, pero bajo el mando de Zapatero esos mismos estándares se aplicaban aquí mismo. Se dirá que el PSOE tiene muchos casos de corrupción pasados y presentes, y es cierto, pero en aquellos años nadie pudo decir el presidente del Gobierno hubiera estado recibiendo sobresueldos en billetes de 500.

2. Un país a la vanguardia en derechos y libertades. Antes de que pasáramos de ser los más guapos y ricos del planeta a ser los más feos y miserables, daba gusto ir por el mundo, porque todos sabían que Zapatero había retirado las tropas de Irak; que había promovido la igualdad de derechos de los homosexuales; que había protegido como nadie antes a las mujeres maltratadas y perseguido como nunca a los agresores; en los últimos años de su mandato, que había acercado la legislación española sobre la maternidad a la del resto de países de Europa, con una fórmula mixta de plazos y supuestos para interrumpir el embarazo; que había incorporado al programa educativo de los niños la educación en valores cívicos en esa asignatura llamada “educación para la ciudadanía”….

3. Una mejora real de las prácticas democráticas. Por ejemplo, con la superación de la “era Urdaci” en RTVE, después de haber negociado con los sindicatos una difícil reforma, y de haber modificado la ley para que el presidente de la casa fuera elegido por el Parlamento con mayoría reforzada. Nunca tuvieron la radio y la televisión pública en competencia con las privadas un mayor prestigio ni índices de audiencia más altos. Recordemos que el PP modificó luego las reglas del juego para poder poner y quitar al compás de su mayoría absoluta. Más ejemplos: darle algo más de aire al Senado acudiendo allí para las sesiones de control; o dejarse preguntar una vez al trimestre en ruedas de prensa sin hora de finalización previa; o conceder entrevistas a medios “hostiles”, para cabreo de quienes se creían con derecho a una relación vip con cualquier presidente socialista; o aprobar unas normas de buen gobierno que ponían mayor coto aún al clientelismo y el tráfico de influencias.

4. El fin de ETA y un sufrido pero eficaz manejo de los asuntos territoriales. Después de aguantar lo que no está escrito en forma de eslóganes apocalípticos (“usted traiciona a los muertos”, “España se rompe”…), lo cierto es que ETA está prácticamente muerta. En el ámbito más blanco de las tensiones territoriales pacíficas, la inteligente amabilidad de Zapatero con Ibarretxe y luego con el nuevo Estatuto de Cataluña, que generó en la derecha ahora gobernante una reacción virulenta y desmedida, parece una broma al lado de la deriva independentista que sufrimos hoy.

5. Un estoicismo a prueba de decenas de humillaciones. Hoy parece la prehistoria, pero hace solo cinco años que terminó la época de Zaplana y Acebes. Entre 2004 y 2008, Zapatero tuvo que aguantar manifestaciones lamentables promovidas por una Asociación de Víctimas del Terrorismo liderada entonces por un ultraderechista con evidentes desequilibrios, obispos que salían por primera vez a la calle para reclamar una muy convencional forma de familia, despreciando cualquier otra forma posible, una Conferencia Episcopal que miraba para otro lado mientras otro simpático e ingenioso ultraderechista de la rama anarcoide echaba cada mañana en la radio espuma por la boca.

6. Un sacrificio político personal para que nuestra economía no fuera intervenida. Nadie parece querer recordar –excepto el propio protagonista en su libro, que está muy bien, por cierto– que fue Zapatero, y no Rajoy, quien evitó que nuestra economía fuera intervenida, tomando aquellas decisiones que terminaron por alejarle de su electorado aún más, y que fueron un auténtico suicidio electoral. Lo hizo presionado y en contra de sus propios principios, pero es justo reconocer el coste altísimo que tuvo para él.

7. La discreción. Mientras Zapatero gobernaba, Aznar le ponía a parir en sus conferencias por el mundo, en las que hablaba (es posible que hasta lo creyera) del “milagro económico” que obró en España cuando él llegó al Gobierno, desde 1996 (el ex presidente obviaba que el crecimiento en realidad había empezado con González y con Solbes, en 1994). Aznar no tenía problema alguno en cuestionar la gestión de su sucesor, y el rencor por una victoria electoral inesperada era evidente. Como antes Felipe González, Zapatero ha guardado un respeto reverencial por su sucesor, en fuerte contraste con el acomplejado presidente Aznar. Pero a diferencia de sus dos antecesores, Zapatero no ha renunciado al puesto de miembro del nato del Consejo de Estado para formar parte de algún lucrativo consejo de Administración en empresas privadas. El presidente ha preferido ocupar su más modesto puesto en el alto órgano consultivo del Estado.

En lugar de dedicarse a maldecir, cotillear o conspirar a propósito de esta o tal otra decisión de sus compañeros de partido, el PSOE entero sabe que Zapatero tiende a no hablar mal de nadie y a dejar que las decisiones se tomen democráticamente. Me consta, porque me lo dijo él mismo hace unas semanas, que confía en que las primarias devuelvan al PSOE la fuerza y que eso le permita ganar las próximas elecciones generales. Quizá tenga motivos el presidente para el optimismo. Yo creo que para que el PSOE pueda afrontar bien su futuro, debería también reconciliarse con su pasado más reciente. En ese ejercicio encontrará muchas cosas que corregir, sin duda, y muchos errores que reconocer y purgar, pero también aciertos que recordar y reivindicar. Y es ridículo, por no decir ruin, no hacerlo como se debe.


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