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Muros sin Fronteras

¿Dónde está el límite con Putin?

Publicada 16/04/2014 a las 18:55 Actualizada 16/04/2014 a las 21:34    
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El presidente de Rusia, Vladímir Putin, durante una reunión de gobierno.

El presidente de Rusia, Vladímir Putin, durante una reunión de gobierno.

ALEXSEY DRUGINYN
No siempre las mejores cartas ganan en una partida de póker, sino el aplomo de quien las maneja. Son detalles: la mirada, el movimiento de las manos, los dedos, los tics que muestran nerviosismo, como un pestañeo acelerado. Mariano Rajoy no podría ser jugador de póker, su cara es un poema: delata sus mentiras y exageraciones. A cada brote verde prematuro, un guiño. Vladimir Putin, en cambio, es un maestro; nació con una baraja de cartas en una mano y con una pistola en la otra. Le va el riesgo, el ‘hagan juego, señores’, la apuesta imposible, el todo o nada.

Los problemas con Rusia vienen de lejos, como sostiene el escritor José María Ridao en el número de tintaLibre que saldrá en mayo. Se consideró que las violaciones de derechos humanos en Chechenia eran un asunto interno. Nadie dijo nada tras la oleada de atentados en Moscú que prepararon la excusa, el casus belli, para empezar una guerra a gran escala en 1999.

 
Nadie dijo nada tras el asesinato de la periodista Anna Politkóvskaya el 7 de octubre de 2006. Ella era el principal azote de Putin, de su política de tierra quemada. Su muerte, su silenciamiento, era un aviso: nadie es intocable fuera de los muros del Kremlin. Un mes después, murió en Londres Aleksadr Litvinenko, envenado con polonio 210. Moscú le consideraba un traidor.

 
Putin es un dirigente formado en la antigua KGB, en sus métodos. También es el hombre que puso orden a una Rusia a la deriva tras el hundimiento de la URSS y del que Yeltsin era su representante más claro: hiperinflación, incapacidad, alcohol. Putin es la antítesis, conecta más con el rigor de los soviets, o de los zares, que al final el ejercicio absoluto del poder no conoce matices: amigo o enemigo.

 
La guerra de Georgia en agosto de 2008 tiene muchas similitudes con la actual crisis de Ucrania. En aquella, la república exsoviética de Georgia perdió Osetia del Sur y Abjasia. Ambas se declararon independientes de Tbilisi y ambas fueron reconocidas por Moscú.

Georgia fue un entrenamiento. Putin ha dado abundantes muestras de que es un dirigente peligroso. Manda en Rusia desde 1999, ocupe o no ocupe la presidencia; se la reparte con su amigo Dimitri Medvédev para burlar el límite constitucional de dos mandatos consecutivos.

 
Con Crimea no se hizo nada: protestas, expulsión del inútil G-8, sanciones. Ruido. La respuesta de Occidente llevaba implícito un mensaje subliminal: te dejamos hacer pero no toques el resto de Ucrania. Putin no sabe leer entre líneas ni conoce el arte del mensaje subliminal. Él ha entendido la pasividad en Crimea como una victoria más en su partida contra el mundo occidental. En el fondo, Putin es un dirigente de la Guerra Fría, como lo fue Reagan o los dos Bush. El segundo Bush decidió sustituir comunismo por terrorismo islamista y apenas tuvo que tocar los manuales de procedimiento.

 
Ucrania no es Georgia, un país insignificante geoestratégicamente. Ucrania es, aparte del paso de los gasoductos, la pieza maestra del cierre en falso de países y fronteras tras la caída de los imperios austrohúngaro y otomano tras la Gran Guerra, soviético entre marzo de 1990 y diciembre de 1991. ¿Cuál es el juego de Putin? ¿Reconstruir la URSS? ¿Corregir fronteras? Por las fronteras empiezan las guerras. Putin juega con fuego. No es Stalin, desde luego, y menos aún Hitler, pero el precedente nazi sirve para estudiar lo que puede pasar cuando no se hace nada.

 
Ucrania, y sé que además de la carta de la embajada francesa criticando mi texto sobre Ruanda voy a tener otro de la embajada ucraniana, no existe. La mitad era rusa; la otra mitad polaca, sin olvidar a Lituania. Pero lo que está en juego no es solo el futuro de Ucrania, lo que está en juego es el futuro de un esquema político, con la UE por un lado y la ONU por otro, que ha permitido casi 70 años de paz donde antes solo había habido guerra, odio y destrucción.


¿Cómo parar a Putin? Si lo supiera no escribiría estos textos, ganaría millones de asesor de políticos incapaces de tomar decisiones. Bosnia-Herzegovina es un ejemplo de lo que no se puede hacer. Por favor, no envíen tropas de paz, envíen tropas capaces de evitar una guerra.


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