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Portugal, 40 años después


Diego Carcedo Publicada 25/04/2014 a las 06:00 Actualizada 24/04/2014 a las 22:25    
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Portugal vuelve a despertarse hoy, cuarenta años después, con la canción Grándola Vila Morena alegrando la celebración del recuerdo del 25 de Abril por todos los rincones. El país no está para muchas fiestas, eso también es cierto, con la crisis y los recortes al bienestar agobiando a las familias hasta límites insostenibles. Pero la gente hará una excepción y celebrará en las calles lo mucho que mejoraron sus vidas con la liquidación de la vieja y costrosa dictadura de Oliveira Salazar y su sucesor Marcelo Caetano.

Lo primero que valoran muchos supervivientes de aquellos tiempos finales del casi medio siglo, que se dice pronto, de régimen opresor es, sin duda, el descubrimiento de la libertad que no conocían. Pero quizás antes incluso que la libertad, lo que el golpe de Estado de los capitanes que lideraban Vasco Lourenço y Otelo Saraiva de Carvalho proporcionó a los portugueses fue la recuperación de la alegría. Una alegría de vivir que la dictadura, en su represión y oscurantismo, les tenía secuestrada.

Hay en estos días de celebraciones, en medio de la penuria, quienes intentan perturbar el recuerdo queriendo hacer creer que la democracia no ha proporcionado más que problemas, tal como si fuese culpable de los males actuales. No es verdad. Y la inmensa mayor parte de la población lo sabe y lo reconoce. En las cuatro décadas transcurridas –la mitad de una de estas décadas la pasé entre ellos y puedo dar fe– casi pueden contarse con los dedos los nostálgicos de aquella etapa, en que algunos vivían como antiguos señores feudales pero el resto sufrían como esclavos, que quedan.

El salazarismo era un régimen sádico, represor e ineficaz. Toda la obsesión convertida en filosofía política por Salazar era reprimir, enclaustrar en sus creencias y progresar en el regreso a un pasado que se remontaba a los tiempos de la Inquisición. La obsesión era que la gente viviese en la pobreza, que no osase escaparse en busca de otros horizontes, que se mantuviese casta  –algo que, como luego demostró su amancebamiento con su ama de llaves él no hacía–, y que se atragantase con sus opiniones porque expresarlas se volvía peligroso.

En un despertar como el de hoy de hace cuarenta años, cuando desafiando la autoridad de los censores y la persecución de la policía política –la tristemente célebre PIDE–, la voz de Zeca –José– Afonso irrumpió desafiante nada menos que en la radio de la Iglesia, evocando el espíritu de rebeldía y solidaridad de los vecinos de la villa alentejana de Grándola, donde las ideas revolucionarias tenían mayor solera, todo cambio de repente. Lo simbolizan el color de los claveles y la alegría de la música.

Pero más allá de los símbolos y a pesar de tantos pesares presentes como la crisis y su gestión por los liberales del mal llamado Partido Socialdemócrata que lidera Pedro Passos Coelho, es mucho lo que los portugueses deben a la valentía de aquellos militares. Tienen algo de un valor incalculable como es la libertad, pero tienen también un sistema democrático que les homologa con sus vecinos socios y aliados, que les garantiza estabilidad y que, en los momentos de dificultades, ha demostrado que funciona.

Hay libertad de expresión, de prensa, de asociación, de manifestación… para divorciarse y para abortar. Al país ya no le pesa el lastre de las guerras coloniales, que se llevaban vidas de jóvenes y dineros en armas, mientras que no había para las necesidades más elementales. Después de sentir durante año tras año el oprobio de ser visto por la comunidad internacional como un país apestado, con las embajadas cerradas y los aeropuertos internacionales vetados, que se empeñaba en mantener a golpe de ametralladora su condición de último imperio colonial, hoy goza de reconocimiento y prestigio.

Es miembro bien considerado de todas las organizaciones supranacionales empezando por la Unión Europea, algo que entonces parecía el imposible soñado por la sociedad más ilustrada, e incluso tiene a uno de sus políticos, hábilmente reconvertido del troskismo clandestino al capitalismo triunfante, al frente de la Comisión, su principal órgano de gestión. Y colabora y coopera con seis países –Angola, Cabo Verde, Guinea Bisau, Mozambique, Sao Tomé y Príncipe y Timor Este– con cuyos habitantes estaba en guerra.

La economía, que en los primeros tiempos del post salazarismo pasó por un desordenado proceso revolucionario que la desestabilizó aún más de lo que ya estaba durante la dictadura, atraviesa problemas serios, pero no es el único país occidental que se halla en parecidas circunstancias, y hay que añadir que gracias a un desarrollo turístico notable, a su consolidación como miembro de la eurozona y a la consolidación de sus estructuras de producción, nadie duda que pronto saldrá de nuevo del callejón en que la troika le tiene encerrado.
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Diego Carcedo fue corresponsal de TVE en Lisboa desde 1978 hasta 1984. Cubrió como reportero en 1974 la Revolución de los Claveles







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