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Economía a Debate

Se reaviva el debate sobre la desigualdad

Carlos Berzosa Publicada 10/11/2014 a las 17:00 Actualizada 10/11/2014 a las 21:17    
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El libro de Piketty El capital en el siglo XXI, publicado en el otoño de 2013 en francés, ha reavivado los debates sobre la desigualdad. Sin embargo, la edición francesa no generó tanto revuelo como la que ha tenido lugar con la traducción de esta obra al inglés, pues es a partir de ahí cuando ha provocado un gran impacto académico y político. El libro no es para menos debido a que sin lugar a dudas se está ante una importante contribución, pero el hecho de que en Francia no tuviera tanta repercusión en su momento se debe posiblemente a que las tendencias señaladas por Piketty acerca de la evolución de la desigualdad son más conocidas.

Los estudios sobre la desigualdad han quedado en los últimos tiempos marginados de las preocupaciones del pensamiento principal de la economía, lo que no quiere decir que anteriormente a la aparición de este libro no se hubieran llevado a cabo estudios rigurosos recientes que analizaran la desigualdad, como es el caso de los realizados por Milanovic y Bourguignon, entre otros, como también del propio Piketty, que conjuntamente con Emmanuel Saez y Atkinson venía trabajando para crear una enorme base de datos que constituye la principal base empírica del libro y de otros estudios publicados con anterioridad por estos tres autores.

Pese a la existencia de investigaciones económicas sobre la desigualdad, si analizamos los contenidos de los textos que se imparten en las facultades de economía, se observa que o no se menciona en absoluto o que si se hacen referencias se dedican pocas páginas para tratarla y lo hacen por si fuera poco de un modo parcial y limitado. Este es un ejemplo más de cómo la economía que domina en las enseñanzas se aleja de los problemas reales del mundo, no aborda las cuestiones principales y no se plantea proposiciones para tratar de remediar los males de las patologías sufridas. Sin embargo, la gran desigualdad existente no puede ser obviada como tema central de estudio y reflexión, al tiempo que las diferencias de riqueza, renta y oportunidades que se dan en la economía mundial tiene un enorme coste como estos analistas expertos en la materia han puesto de manifiesto, así como Stiglitz, que lo ha argumentado con la brillantez que le caracteriza en su libro El precio de la desigualdad.

En la mayoría de los manuales que sí la abordan se plantea la desigualdad salarial exclusivamente y se pretende dar una explicación de este aumento, que ha tenido lugar en prácticamente todos los países avanzados desde la década de los setenta del siglo pasado, sustentada en dos argumentos básicos: la apertura comercial y el progreso de las tecnologías avanzadas. De modo que las tecnologías cada vez más sofisticadas requieren mano de obra cualificada, al tiempo que sustituyen por máquinas a los trabajadores sin cualificación que realizan tareas rutinarias. La fuerte demanda de los trabajadores cualificados es lo que se encuentra detrás del incremento de los salarios del personal con niveles elevados de preparación, lo que contrasta con la baja demanda de los que no gozan de un nivel educativo y profesional suficiente.

Este abanico salarial creciente se explica por la ley de la oferta y la demanda, resultado de los cambios que de un modo acelerado está teniendo la economía en las últimas décadas. Por si fuera poco, la apertura comercial ha invadido los mercados de determinadas mercancías de los países desarrollados por las que proceden de los países subdesarrollados y emergentes. De manera que los trabajadores sin cualificar de los países ricos son sustituidos por los que trabajan en los países menos desarrollados que reciben salarios mucho más bajos, tienen jornadas laborales muy superiores, unas condiciones de trabajo lamentable y sin apenas derechos sociales y laborales.

Este análisis se encuentra muy mutilado al considerar las diferencias de las rentas salariales nada más, con argumentos además discutibles, sin tener en cuenta las grandes diferencias que están teniendo lugar entre el capital y el trabajo. Estas lagunas son las que subsana de un modo muy satisfactorio Thomas Piketty en su magna obra; de hecho Krugman la califica como el libro más importante del año (y tal vez de la década). Un monumental trabajo histórico y actual que proporciona unos datos y argumentaciones que al tiempo que rompe con muchos tópicos utilizados por la economía convencional proporciona mucha luz sobre lo que está sucediendo en la economía mundial y la grave desigualdad existente, aunque se centra primordialmente en algunos países desarrollados.

Otro experto en el estudio de la desigualdad, que ha colaborado en muchos trabajos con Piketty, Emmanuel Saez, dice: “Las nuevas tecnologías y la globalización no pueden explicar el drástico aumento de las diferencias de renta en Estados Unidos porque países de la Europa continental –como Francia o Alemania– y Japón también están experimentado las mismas fuerzas de la tecnología y la globalización y, sin embargo, no experimentan un aumento tan drástico de las diferencias de renta”.

Esto significa que las instituciones, las políticas y las regulaciones públicas, así como las normas sociales, desempeñan un papel fundamental en la conformación de estas diferencias de renta. Para decirlo de forma sencilla, las diferencias de renta en Estados Unidos disminuyeron significativamente después de la Gran Depresión con las políticas del New Deal que impusieron estrictas regulaciones e impuestos progresivos y, en cambio, se ampliaron de manera considerable con la revolución de Reagan, que anuló aquellas regulaciones y la fiscalidad progresiva.

El libro ha recibido elogios y valoraciones muy positivas, como las que se recogen en La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, entre las que se pueden destacar las de dos premios Nobel, Krugman y Solow, y un economista de reconocido prestigio en desarrollo y economía internacional como Rodrik, el cual resume muy bien lo que de relevante tiene esta contribución: “El capital en el siglo XXI ha vuelto a avivar el interés de los economistas por la dinámica y distribución de la riqueza, un tema que preocupó a autores clásicos como Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx. Ha traído al debate público detalles empíricos cruciales y un marco analítico simple pero útil. Cualesquiera que sean las razones de su éxito, ya he hecho una contribución innegable a la profesión económica y al discurso público”.

Por su parte, Solow señala que el punto central de Piketty, y su nueva y poderosa contribución a un viejo tema, es que mientras la tasa del rendimiento del capital supere la tasa de crecimiento, el ingreso y la riqueza de los ricos crecerán más rápido que el ingreso típico proveniente del trabajo. Para Krugman, la gran revelación ha sido cuando tanto Piketty como sus colegas mostraron que la verdadera gran noticia en el aumento de la desigualdad son los ingresos del ahora famoso “1%”, y de grupos aún más reducidos.

Desde determinados autores situados a la izquierda, con análisis sustentados en el marxismo o en el postkeynesianismo, se critica la investigación efectuada por Piketty y se es menos complaciente con su aportación. Estas críticas se han publicado en el digital Sin Permiso, como son las de Davis Harvey, Charles-André Udry, James K. Galbraith, también publicada en la revista digital de la Universidad Autónoma de México Ola Financiera, y la última efectuada por Yanis Varoufakis. En general, todos estos autores valoran la información aportada y la cantidad de datos manejados pero discrepan fundamentalmente de las razones que Piketty proporciona para explicar la desigualdad, el marco analítico utilizado básicamente neoclásico, en consecuencia un enfoque más técnico que social, y las proposiciones que realiza para atenuar la desigualdad.

Una crítica básica es la que le hace Varoufakis al confundir riqueza y capital, pues resulta evidente que el capital es una forma de riqueza pero no toda riqueza es capital. De hecho, según expone este autor, una vez que se incorpora al análisis una definición defectuosa de capital agregado, los problemas se extienden a la definición de rentabilidad del capital. Esta observación de la no distinción de riqueza y capital también la hace Solow, aunque minimiza los efectos que esto tiene para los resultados obtenidos. No es así para Varaufakis ni para Galbraith, que resucita la polémica sobre el concepto de capital y rescata la aportación de Marx y la de los poskeynesianos que se enfrentaron a la de los neoclásicos. De forma que una crítica que le hace es que el libro de Piketty ni versa sobre el capital en el sentido de Marx ni versa sobre el capital físico que sirve de factor de producción en el modelo neoclásico de crecimiento económico.

Estima, por otra parte, que los registros fiscales que utiliza Piketty no son la única fuente disponible de buenos datos sobre las desigualdades. Así, en una investigación desarrollada por él durante más de veinte años utilizó los registros salariales y de remuneraciones para medir la evolución a largo plazo de las desigualdades. En un trabajo realizado conjuntamente con Thomas Ferguson rastrearon estas medidas en Estados Unidos hasta 1920, y descubrieron la misma pauta, aproximadamente, que Piketty ha encontrado ahora. Concluye diciendo que: El capital en el siglo XXI es un libro de peso, rebosante de buena información sobre flujos de ingresos, transferencia de riqueza y distribución de los recursos financieros en algunos de los países más ricos del mundo. Piketty arguye convincentemente, desde el comienzo, que la buena teoría económica tiene que empezar con –al menos incluir– un examen meticuloso de los hechos. Pero no consigue proporcionar una guía demasiado sólida para orientar la política. Y a pesar de sus grandes ambiciones, su libro no es la obra lograda de alta teoría que sugieren su título, su volumen y su recepción (hasta ahora)”.

Harvey considera que si bien hay muchas cosas que son valiosas en el conjunto de datos de Piketty, su explicación de por qué surgen las desigualdades y las tendencias oligárquicas tiene errores. Sus propuestas respecto a los remedios a las desigualdades son ingenuas, si no utópicas. Y no ha producido desde luego un modelo de funcionamiento para el capital del siglo XXI. Para eso todavía nos hace falta Marx o un equivalente suyo contemporáneo.

En la misma línea lo hace Udry, quien valora la masa de datos útiles, pero plantea que Piketty sustituye la explicación social y política por la explicación tecnológica, de manera que en su argumentación de la evolución de la división entre beneficios y salarios, Piketty favorece la explicación de la sustitución del trabajo por capital. Sin embargo, considera este autor que la cuestión central en los Estados Unidos y Europa desde la década de 1980 es que el desempleo pesa sobre el equilibrio de poder entre capital y trabajo, lo que lleva a reducir los salarios.

En suma, este debate es relevante en la medida que si Piketty no tiene un tratamiento adecuado sobre las razones de la desigualdad, las proposiciones que se hagan para corregirla pueden ser fallidas al no ir a las causas sino a los efectos o bien ser paliativas de una gran injusticia sin que se entre a las verdaderas causas que la provocan. La debilidad del análisis de Piketty viene dado por no diferenciar la riqueza del capital, lo que afecta a parte del análisis sustentado sobre la evolución de la tasa de rentabilidad. Es prisionero a su vez y hasta cierto punto del enfoque neoclásico, de manera que la comprensión de la distribución la concibe un tanto estática en el tiempo, lo que resulta ser en consecuencia un tanto determinista. Desde este punto de vista no hay una explicación de la dinámica social que explique las razones de esta desigualdad que aumenta. La descripción que hace Piketty sobre esto es un tanto decepcionante, pero hay que puntualizar que se centra más en los hechos que en explicar el por qué estos se producen, aunque también intenta dar razones con un esquema analítico a partir de la evolución de la tasa de rentabilidad del capital y del crecimiento. Lo que no explica convincentemente, aunque tal vez esto no se lo ha propuesto hacer, es por qué se comportan las dos tasas de esta forma, y por qué los factores que favorecieron, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la década de los setenta, una mayor igualdad tienden a desaparecer.

Aun admitiendo estas debilidades, los pilares básicos del estudio de investigación realizado se mantienen en pie. En este sentido, estoy de acuerdo en los factores que enumera Rodrik acerca de la importancia de este libro y lo que ello representa, y también comparto lo que señala Krugman en la medida de que se analiza la desigualdad teniendo en cuenta la riqueza del grupo superior en la escala de renta y riqueza y que representa el 1%.

La propuesta fundamental de Piketty es que considera que la implantación de un impuesto mundial sería el instrumento ideal para regular el capitalismo patrimonial globalizado del siglo XXI. Una institución de esa naturaleza permitiría evitar una interminable espiral de la desigualdad y regular eficazmente la inquietante dinámica de la concentración mundial de la riqueza. Piketty no se niega a otros instrumentos como una reactualización del programa socialdemócrata y fiscal liberal del siglo pasado: el Estado social y el impuesto progresivo sobre la renta. Sin embargo, para que la democracia siga funcionando y pueda retomar el control del capitalismo financiero se requiere inventar instrumentos nuevos.

Esta medida es a la que Harvey considera como ingenua, cuando no utópica. Pero es el propio Piketty el que la considera una utopía, aunque útil. Desde luego, en el contexto actual resulta inviable, como lo es cualquier reforma progresiva que se plantee. Se está en tiempos de regresión pero ello no impide que los economistas no hagan proposiciones posibles y deseables. El impuesto mundial sobre el capital se puede llevar a cabo, pues en la práctica es factible, pero si no se implanta no es por problemas técnicos sino porque lo impiden los grandes intereses financieros. Este impuesto es una buena idea pero por sí mismo no vale para cambiar la tendencia hacia una mayor desigualdad. Se tendrían que suprimir los paraísos fiscales tal como propone Zucman, que también desarrolla el impuesto mundial sobre el capital. También habría que actuar sobre los salarios, no solamente a través de impuestos progresivos sino cerrando el abanico salarial que tiene lugar hoy en día en el capitalismo global.


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