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Plaza Pública

Honores franceses a Rodríguez Zapatero

Javier Pérez Bazo Publicada 15/01/2015 a las 22:02 Actualizada 15/01/2015 a las 22:48    
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Contrariamente a nuestro país, Francia celebra el reconocimiento público de sus ciudadanos de mérito relevante y los acomoda en el pedestal de su grandeza. Es una nación agradecida con lo sobresaliente. En cambio España, poco presumida de lo suyo, cicatera en gratitudes, suele mostrarse groseramente maniquea con ella misma. A quienes ayer veneró por su merecimiento o valía, ahora fagocita o empuja al olvido. Como si se empeñara en esculpir a fuerza de cincel y maza la estulticia. En el hoy desprestigiado ámbito de la práctica política el caso es especialmente singular.

Valga recordar la aburridísima matraca de atribuir todos los males del mundo, incluidas las bíblicas diez plagas, al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. Escarneciendo su nombre, reprobando la "herencia" del PSOE, se pretende hacer tabla rasa de los avances sociales logrados durante su primera legislatura, algunos tenidos en ámbitos internacionales por paradigmáticos y de referencia ineludible de avance y bienestar social. Fácil resulta identificar en el coro de esa tabarra a la derecha gubernamental, cada vez más montaraz, a la derecha mediática y a los tertulianos ad hoc del circo radiofónico y televisivo cotidiano, sin olvidar, por supuesto, los lemas demagógicos (u)tópicos de Podemos.

Frente a estas licencias del escarnio, parece significativo como contraste el hecho de que fuera del país se reconozcan a Zapatero sus aciertos al timón de las reformas socialistas. Lo hace en este principio de año la Universidad francesa de Toulouse al nombrarle doctor honoris causa. La candidatura a la excepcional distinción académica la justifica y avala su defensa de los derechos cívicos y sociales y de los valores que comparte la comunidad universitaria. Sucede en tal distinción en la universidad tolosana a Rafael Alberti, Felipe González, Francisco Ayala, Carlos Saura, Gregorio Peces Barba o Jaume Bosch. La programada visita de Zapatero a la localidad cercana de Montauban, a la tumba de Manuel Azaña y a la de Felipe Gómez-Pallete, quien fuera doctor personal del Presidente de la Segunda República y se suicidara antes de traicionar su promesa de lealtad, parece tan testimonial como simbólica. Hay citas ineludibles.

No es la primera vez que Francia concede honores al socialista Rodríguez Zapatero; lo hizo recibiéndole en sesión extraordinaria de la Asamblea Nacional en marzo de 2005. Eran tiempos aún próximos de la retirada de las tropas españolas de Irak, del talante presidencial y del entusiasmo del PSOE; un año antes lo habían aclamado en Toulouse los socialistas franceses en un mitin por la Europa social previo a las elecciones europeas y volvió, asimismo a la ciudad rosa, en abril de 2007 para apoyar a Ségolène Royal, la "Zapatera", en su campaña a la presidencia de la República. Eran tiempos en los que Zapatero era profeta en su tierra.

Hasta que se agudizó la crisis económica, cuya dimensión no se quiso ver a tiempo y que condujo al descrédito del gobierno y a la derrota socialista. Con ello quedó estatuida, por añadidura, la coartada del Partido Popular: la "herencia de Zapatero" como perversa y única causa del paro, de la salvaje desigualdad social, de la amputación de los servicios públicos, de la pobreza galopante, de los inevitables hachazos a la educación y a la cultura, de todo lo pésimo habido y por haber, del hambre.

Aún habiéndose imputado grandes errores a Zapatero por haber refutado la crisis y por tratar de aliviarla luego sin acierto ni fortuna, convendría reconocer su parte alícuota en el final del terrorismo etarra, en las leyes que fueron un modelo para Europa, todas ellas con el hilo conductor de la igualdad y de la justicia en un tiempo de rectificación histórica (contra la violencia de género, de la igualdad entre hombres y mujeres, de dependencia, de regulación de inmigrantes, del matrimonio homosexual, de la memoria histórica, de interrupción voluntaria del embarazo…) y en otras medidas de amplio consenso que dieron solidez a los pilares del bienestar social. Subrayemos además, tras los recientes asesinatos terroristas de París, la pertinencia del Consejo de Religiones por la Paz, de la Alianza de civilizaciones creada por iniciativa española y turca en 2005. Por todo ello, la universidad francesa inviste a Zapatero con su máxima distinción y, por ende, a la España trabajadora de su tiempo.

Precisamente ahora, cuando el actual gobierno emprende el último tramo de la legislatura habiendo dejado sin recorrido ese amplio corpus legislativo socialista. Precisamente ahora, cuando cabe imaginar la heredad que se avecina, amasada al dictado doctrinal y mediante el engaño de la supuesta necesidad de los recortes y del cumplimiento del déficit como exigencia ineludible, a costa de los derechos ciudadanos y la justicia social. ¡Puro y duro credo ideológico! De momento, ya estamos hipotecados no sólo debido a la lacra del paro y de la precariedad laboral, también por las consecuencias irreversibles de desahucios a granel, por el abandono de una juventud desatendida, por mermas a la libertad de expresión y de manifestación, por el ultraje a las personas dependientes, por la indefensión que provocan las tasas judiciales, por el quebranto de la laicidad en las escuelas y el mayor opusdeismo institucional, por el latrocinio impune…

El gobierno de un partido financiado ilegalmente para ganar elecciones y que controla groseramente los medios más importantes, condena el aborto, pero deja morir por cirrosis hepática; esquilma la sanidad, pero despilfarra en dispendios, prebendas y administraciones sobrantes; niega el pan a la cultura, pero es manirroto en la acción exterior… Son los mismos que crucifican a Rodríguez Zapatero, aunque su herencia, distinguida ahora por la universidad tolosana, hace tiempo que dio paso a otra inmisericorde y ruin. La ideología reaccionaria se ha instalado sin complejos en la desvergüenza o, lo que es peor, en la impunidad.

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Javier Pérez Bazo es catedrático de Literatura en la Universidad de Toulouse-Jean Jaurés


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