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Plaza Pública

Cataluña y Kosovo: lo que la unilateralidad esconde

Chema Arraiza Publicada 09/11/2015 a las 06:00 Actualizada 08/11/2015 a las 17:13    
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El contexto no lo es todo, pero puede ser casi todo. Un experto en conflictos me dibujó una vez un círculo con un punto en medio. “Es importante no concentrarse en el punto, sino ver lo que lo rodea y mas allá”, decía. Hoy en el punto están la Cataluña y la España que conocemos y las políticas de los estados que nos rodean y conocemos. Luego están aquellas políticas que sabemos no conocer y más allá aquellas que ni siquiera sabemos desconocer: lo doblemente desconocido. Paradójicamente, en Cataluña, al ímpetu secesionista lo acompaña cierto desconocimiento desconocido, especialmente sobre la proyección internacional del procés.

Estos días, muchos catalanes independentistas miran con emoción la idea de un proceso unilateral de independencia, de “desconexión” con el Estado. ¿A quién no le gusta dejar atrás lo viejo para disfrutar lo nuevo? ¿Qué podría salir mal? En el centro de estas ideas esta la noción del “derecho a decidir”, un branding naïve del derecho de autodeterminación reconocido en el artículo primero común del Pacto de Naciones Unidas de Derechos Civiles y Políticos y el de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, legalmente supeditado a la soberanía de los Estados y su integridad territorial salvo excepciones (notablemente, la descolonización).

Muchos catalanes ansían legítimamente un nuevo Estado como una caja de bombones, y ante la falta de un acuerdo político con el centro piensan que Cataluña debe arreglárselas sola. Desgraciadamente, no es así como funcionan los menos voluntaristas mecanismos de la comunidad internacional. Un Estado debe de tener una doble legitimidad, la interna que le confiere su comunidad política y la externa que le da el reconocimiento del resto de los estados y organismos internacionales como Naciones Unidas. Si uno de estos dos elementos no existe, nos encontramos con otro estado fallido más para la colección global de muñecos rotos adornados de bonitas banderas que le darán una calurosa bienvenida al club de las fronteras inciertas. Desde Tartaristán a Osetia del Sur pasando por Transnistria y la República Popular de Donetsk, todo son ventajas. Es broma: salvando las distancias, el no-reconocimiento internacional resultaría indigesto cual atracón de embotits.

El caso de Kosovo es a veces mencionado como un éxito por los que proponen la vía unilateral, empezando por una solemne ponencia en el Parlament de cierta violencia simbólica (legislar, como escribía Walter Benjamin, es crear y asumir poder, un acto de violencia manifiesta). En realidad, no es la primera vez: en Septiembre del 2012 ya se expresó mayestáticamente sobre el “derecho imprescriptible e inalienable de Cataluña a la autodeterminación, como expresión democrática de su soberanía como nación”.

Una declaración unilateral y coordinada

La lógica unilateral es simple: Kosovo se declaró como Estado independiente en el 2008 y ahora es un Estado más, ¿no es así? Sin ánimo de desanimar (para mi frustración, en este debate uno parece forzado a ser un aguafiestas), el caso merece un poco de reflexión para esclarecer algunas diferencias fundamentales.

Primero, la declaración de independencia de Kosovo no fue un acto de valentía unilateral. El mensaje no iba dirigido –como parece ser en Cataluña– al gris gobierno central o a un ajado Tribunal Constitucional. Fue un mensaje a Serbia y a la comunidad internacional elaborado en equipo con los países que la apoyaban. Previamente, se había intentado sin éxito un diálogo en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Un enviado especial de la ONU, el ex-presidente finlandés Martti Ahtisaari (con éxitos en Namibia y Aceh a sus espaldas), preparó un plan para un periodo de “independencia supervisada” que incluía una nueva constitución con mecanismos para la protección de las minorías (un 10%, en su mayoría serbios más un numero considerable de romaníes, bosnios y turcos).

Esto era así porque a pesar de tener la independencia el apoyo de más del 90% de los habitantes de Kosovo (a diferencia del políticamente ligero 47% de los catalanes) la protección del 10% restante se consideraba un asunto crucial para la legitimidad del nuevo Estado. La democracia, al fin y al cabo, se trata tanto del triunfo de la mayoría como del respeto a las minorías (especialmente en un asunto tan crucial como el estatus internacional). Hoy la Constitución de Kosovo es un calco del Plan Ahtisaari.

La Troika compuesta por la UE, Rusia y Estados Unidos no llegó a un acuerdo. Visto lo imposible de salvar el escollo ruso y la determinación del gobierno kosovar, Estados Unidos y los países europeos a favor de la independencia (Gran Bretaña y Francia a la cabeza) decidieron optar por una declaración “coordinada”. Kosovo no podía esperar más. A diferencia de Cataluña, en Kosovo el riesgo de una explosión violenta era muy real. De hecho, en 2004, la falta de progreso hacia la independencia provocó unos disturbios generalizados que dejaron sin hogar a unas cuatro mil personas y sin vida a varias decenas. La autonomía dentro de Serbia, al contrario que Cataluña dentro de España, no era una opción real tras los crímenes de guerra de las fuerzas de Milošević y una década de quasi-apartheid. El sopor que provoca Rajoy sin duda tiene algo de criminal, pero no tanto. Las polémicas sobre el porcentaje de clases en castellano y catalán están también a años luz del despido o encarcelamiento de los profesores albano-kosovares y el cierre de sus escuelas en los noventa. (Espero que el gobierno actual, pese a su demostrada torpeza, no caiga en el enorme error de utilizar el artículo 155 de la Constitución, pues esto si tendría algún paralelismo con la Serbia de los noventa).

La declaración “unilateral” kosovar fue pues en realidad cuidadosamente coordinada, escenificada al milímetro desde Washington y Bruselas. Se esperó incluso a que tuvieran lugar las elecciones presidenciales serbias para evitar influir en su resultado. De hecho, la declaración de independencia iba a tener lugar días antes del 17 de Febrero del 2008. Recuerdo la rueda de prensa en la que el polifacético Hashim Thaçi iba a anunciar la declaración. La sala de conferencias del Grand Hotel estaba tan repleta de medios internacionales como tras la llegada de la OTAN en 1999. Escuchamos con emoción minuto a minuto las palabras del primer ministro y… no pasó nada de nada. Un telefonazo urgente de los socios internacionales de Thaçi (aparentemente del Alto Representante de la UE, Javier Solana) había pospuesto el plan momentos antes.

¿Declaración legal y secesión ilegal?

Finalmente vino la deseada declaración y su consiguiente empacho de banderas albanesas. Tras ella se planteó la cuestión de su legalidad y sus consecuencias. Serbia llevó ante el Tribunal Internacional de Justicia la siguiente cuestión: “Se ajusta al derecho internacional la declaración unilateral de independencia formulada por las instituciones provisionales de autogobierno de Kosovo?” La respuesta sorprendió a muchos. El tribunal se limitó a decir que la declaración no infringía ninguna norma de derecho internacional, puesto que no existe una prohibición expresa al respecto.

El tribunal también dejó claro que no entraba en el fondo de la cuestión: las consecuencias de la declaración y la existencia de un derecho a la secesión unilateral. Hoy, tales consecuencias se pueden leer más en el plano político que en el legal. Concretamente en el número de países que han reconocido a Kosovo y en su pertenencia a organismos internacionales. Hoy, más de siete años tras la declaración “unilateral”, Kosovo no es miembro de la ONU y tiene pocas perspectivas de serlo a plazo medio. El apoyo de Estados Unidos y de la mayor parte de los países de la Unión Europea (con la excepción de España, Rumanía, Chipre, Grecia y Eslovaquia) le ha conseguido el reconocimiento de 108 de los 193 estados miembros de la ONU. Las negociaciones entre Belgrado y Prishtina continúan a trancas y barrancas, con la adhesión a la Unión Europea como distante e incierta zanahoria. El 27 de octubre, Kosovo firmó con la UE un acuerdo de estabilización y asociación que allanará este camino.

¿Qué nos dice el caso de Kosovo sobre Cataluña? Primero, que la creación de un Estado es tanto un asunto de política internacional como de política doméstica. La declaración de Kosovo no fue un acto unilateral sino el resultado de una estricta coordinación internacional puesta en escena. La unilateralidad, con toda su fuerza romántica, tiene poco –o ningún– recorrido en el escenario actual. Segundo, el reconocimiento internacional a falta de un acuerdo del centro con la periferia (Barcelona y Madrid, Belgrado y Priština) es una quimera. La unilateralidad lleva fácilmente a situaciones de incertidumbre legal y política prolongada. Tercero, el reconocimiento de un nuevo Estado fuera del ámbito de la descolonización es una tarea casi imposible aún cuando esté legitimado por violaciones masivas de derechos humanos y falta de autogobierno (Kosovo bajo Milošević). Finalmente, visto lo que rodea al punto de Cataluña, su radical división interna, las dificultades en el círculo de la comunidad de Estados y otros factores que hay mas allá y que ni siquiera conocemos, la idea de negociar una solución dentro del marco de la autonomía parece sin duda una opción mas realista y segura. El federalismo (donde los poderes legislativos residuales recaen sobre las unidades periféricas) podría ser una opción, aunque el asunto principal en discusión (dejando imaginerías nacionales aparte) no parece ser otro que la financiación.

Personalmente, si algún día hay una declaración unilateral en Cataluña, me alegraré por los amigos que la disfrutarán y me apuntaré si puedo a la fiesta, como lo hice en la glacial noche del 17 de Febrero del 2008 en Kosovo. Años más tarde, cuando languidezcan las interminables negociaciones y estemos empachado de banderas de cualquier color y nos salga el patriotismo por las orejas; cuando la independencia pierda su frescura para convertirse en una telenovela política pasada de rosca y sin happy end, intuyo que no pocos añorarán los días de la autonomía y su solidez legal y política como instrumento legal flexible para alcanzar la auto-determinación dentro de las fronteras reconocidas y respetando el orden internacional.
_____________________

Chema Arraiza
es especialista en derechos de las minorías.
 
EL AUTOR


2 Comentarios
  • 2 noski 10/11/15 09:41

    Aja! pero este no es el caso...ya que: (aparte de la guerra de tantos por cientos %´) Según usted al ser solo el 47% no habría problemas con la minoría ya que ellos son la minoría y los unionistas serían mayoría y gobernarían. Ya está asunto arreglado xk se rompen tanto la cabeza.

    Responder

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  • 1 Arkanoid 09/11/15 12:32

    Nada nuevo, ya lo dice el viejo refran: El que no tiene padrino no se casa...

    Responder

    Denunciar comentario

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