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Nacido en los 50

To be, or not to be

Publicada 26/01/2016 a las 06:00 Actualizada 27/01/2016 a las 00:39    
Al ver las respuestas a la propuesta de Pablo Iglesias sobre la formación de “un nuevo gobierno de cambio”, que es como bautizó su proyecto en la rueda de prensa posterior a su reunión con Felipe VI, me dispuse a ver la intervención completa en YouTube asustado ante la "chulería, vanidad, arrogancia y chantaje" con la que de forma unánime los medios de comunicación, analistas políticos y barones del PSOE, decían que se había desarrollado el acto.

No sé si me ocurrió como cuando te dicen que una película es una obra maestra, o que es infumable, que siempre te defrauda su visión porque en un caso te parece peor de lo anunciado y en el segundo mejor, pero no vi nada de eso.

Desde luego, la intención, según insistía Pablo Iglesias, de acabar con la rumorología, la tergiversación y las imprecisiones en el relato de sus acciones e intervenciones, no se cumplió en absoluto. De nuevo, los titulares, comentarios y debates, más cercanos a los de Gran Hermano que a los de política con mayúsculas, fagocitaron el núcleo, la esencia de la propuesta. El tsunami mediático arrolló al orador.

Las indignaciones, de nuevo, sobre el circo, las maneras, la oportunidad, el protocolo, el “quién debía haber llamado a quién”, la utilización de la monarquía con fines espurios, y un sin fin de frivolidades prescindibles, han aplastado una propuesta que, por lo visto, no se quiere oír. No quieren que se escuche lo que allí se dijo. No he oído ni una sola respuesta a favor o en contra de los cambios que necesita este país, especialmente la gente que está sin trabajo y en la miseria. Se ha instalado la sordera funcional en las élites de la política mientras el que está con el agua al cuello no entiende por qué los socorristas no le echan de una puñetera vez una soga, y es que están en el quiosco de la piscina discutiendo si los granos de pimienta negra son mejor para el gin-tónic que el cardamomo. A uno le entran ganas de mandar tanta hipocresía, tanta falsedad, y tanta susceptibilidad a la mierda: ¡En España hay hambre y frío!, ¡Coño!

A diferencia de la mayoría de las cosas que he leído y oído, a mí me pareció una propuesta impecable. Suscribo todos y cada uno de los puntos que se exhibieron. Como también lo hacían hasta hoy PSOE y UP, que llevan transmitiendo a sus votantes esos mismos puntos programáticos desde que comenzó la campaña electoral. También creo que la rueda de prensa posterior se desarrolló bajo el clima de tranquilidad y armonía deseables. Como anécdota, destacar que la mayoría de los periodistas se dirigía a él llamándole Pablo, con un tono de proximidad y cordialidad que remitía más a un encuentro informal que a lo que estaba sucediendo. No lo ven como “señoría”, lo cual, para mí, denota que esa condición imprime un carácter que a él se le niega y del que él reniega. Muy bien. Nuevas formas, vale. Si a continuación hubiera salido la señora Cospedal, me habría extrañado que la llamaran Dolores o Lola. Todavía hay clases. Imputadas, pero clases.

Respetando la nefasta e inevitable impresión que pueda causar ese encuentro de Pablo Iglesias con la prensa en sus detractores, creo que los errores que pudieron darse en las formas que, insisto, yo no los detecté, podrían achacarse a su condición de pardillos, pero ya digo que de esto me cuesta hablar porque no sé exactamente qué es lo que molestó tanto a los receptores de la propuesta que la calificaron de humillación pública.

No sé si estamos ya totalmente alienados con el papel que representan y deben representar los servidores públicos, pero veo el mundo al revés. A mí estas maneras de vedette vieja o de caprichosa estrella del pop adolescente que exhiben algunos ex mandatarios, próceres de la patria, mandamases de partido y políticos en activo, deberían ser censuradas con vehemencia. Basta de excusas para evitar dar la cara y cumplir con lo que se promete. Para mí la chulería está en esa respuesta de: “Usted no sabe con quién está hablando”, tan típica del necio carente de razón, que pretende hacer valer su hidalguía o condición de superior en el escalafón social como argumento para imponer sus razones.

La salida de pata de banco de Rubalcaba roza lo patético al afirmar que se ofrece un pacto de gobierno “insultando gravemente al partido con el que quiere acordar. Para llegar a un acuerdo con un partido, lo primero que hay que hacer es respetar a sus dirigentes, a sus militantes y, por supuesto, a sus votantes. Y luego tener un proyecto político para España y para los españoles”. Insisto, debo ser imbécil o con esto de la plurinacionalidad impuesta por estos bolivarianos extremistas ya no entiendo el idioma que hablo, pero no hay nada de eso en la intervención de Pablo Iglesias. Eso sí, me he encontrado a alguno que, supongo que por fidelidad al líder, repite lo de la humillación.

No sé si se dan cuenta estos señores de que ejercer de amos del partido por encima del elegido por las bases, que es Pedro Sánchez, corrigiendo, incluso, su primera declaración de agradecimiento, diciendo que lo decía en broma, tutelándole como si fuera idiota, es la verdadera humillación. Están zarandeando a su Secretario General e indicando a la opinión pública que no le hagan mucho caso porque, en realidad, no es nadie, no manda nada allí.

De paso me atrevo a decir que yo, que en alguna convocatoria fui votante del PSOE, precisamente para que no ganara el PP, considero muy arrogante suponer, como hacen estos llamados barones, qué es lo que humilla a los votantes. Para mí la máxima humillación es entregar “el voto útil” a la derecha como han hecho con la mesa del Congreso y, encima, venderlo como una victoria porque a uno de los suyos le han dado un cargo. Humillación y estafa.

Tal vez confundan a los votantes con los militantes que, a lo mejor, están obligados a seguir las consignas por razones estatutarias, pero creo que la mayoría de los votantes están del lado de un pacto de izquierdas. No es de extrañar que sus cálculos vaticinen un descenso si se repitieran las elecciones. Deberían analizar qué están haciendo mal. Puede ser que, sin querer, intentando defender sus privilegios y su jerarquía de trienios, estén dando un espectáculo penoso, haciendo el ridículo, de cara a la ciudadanía. También de cara a esos votantes para los que piden el máximo respeto, esos votantes a los que les dijeron que Albert Rivera era un reaccionario de derechas, que su partido era la marca blanca del PP y ahora resulta que son también “partido del cambio”, así, como suena. Bueno, algo de razón en lo de derechas tenían. De hecho se han manifestado de forma rotunda afirmando que no quieren saber nada de Podemos y punto.

El PSOE, por primera vez en mucho tiempo, tiene la posibilidad de definirse de cara a sus militantes, a sus votantes y a la ciudadanía en general. Espero que no sea romper los puentes con el poder real, eso que llaman la puerta giratoria y que les sitúa en los consejos de administración de los bancos y las empresas energéticas cuando dejan la política, lo que les coarta a la hora de tomar una decisión, pero si dieran el paso que los españoles en su mayoría han demandado en las urnas, que se llama “Cambio”, a estos señores militantes del partido que ejercen de lobistas con la élite financiera, los van a dejar en mal lugar. Felipe González, gran maestro del reciclaje profesional, desde luego se va a coger un berrinche, pero, a los ciudadanos, esta basura intrapartido, esta política de negocio a nuestras espaldas, nos trae al fresco, no es nuestro negocio ni debería ser el suyo.

Las propuestas son meridianamente claras: pónganlas en marcha. Dejen de marear la perdiz y comportarse como una virgen que ha consagrado su pureza al más allá en la noche de bodas correteando por el dormitorio. Esto no es una broma aunque el espectáculo sea grotesco.

Por desgracia, me levanto el lunes y en la radio siguen debatiendo sobre la conveniencia para el PSOE de aceptar ese desafío, y quién gana y quién pierde más.

Nosotros somos los que perdemos cada vez que escuchamos eso. De paso, también se ha perdido el pudor. Hemos olvidado que los partidos son formaciones para encauzar la política a seguir de los servidores públicos, a través de la voluntad popular expresada en las urnas, y no empresas en competencia cuyo fin primordial es ganar por encima de todo y a cualquier precio, dejando en el camino el bienestar de los ciudadanos.

A mí este debate me produce náuseas.

Dejen de apelar al orgullo de la historia de más de cien años que les avala. Aquel partido marxista partidario de la autodeterminación de los pueblos llamado PSOE nada tiene que ver con ustedes. No habrían dudado, no habrían tardado en las actuales circunstancias ni un minuto en descabalgar a esta derecha reaccionaria del poder.

Ahora toca otra cosa. Cumplir con el programa prometido a sus votantes, a esos que merecen todo el respeto, y hacerlo con aquellos que están dispuestos a sacarlo adelante.

Le han ofrecido la presidencia del Gobierno, señor Sánchez. Póngase a trabajar mañana. O como dice usted de Rajoy, no vuelva a pedirla nunca.

Y si patalea el banquillo de los opulentos jubilados de la cúpula de su partido, que patalee. Más humillados están los que cada día sienten la frustración y la vergüenza de no tener nada que llevar a la mesa de sus hijos. Es ahí, con esos, con los que hay que estar.

Ser o no ser, ésa es la cuestión.


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