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Qué ven mis ojos

Una espiral de violencia

Publicada 05/04/2016 a las 06:00 Actualizada 05/04/2016 a las 11:38    
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 “Quien pinta una diana abre camino al que hace el disparo”.

Mirar y ver son cosas opuestas, la primera solo necesita los ojos y en la segunda interviene también el resto de la persona: su ideología, su moral, sus intereses... Ése es el motivo de que, por desgracia, casi siempre resulte más fácil vencer que convencer. Así que a la hora de intentar llevarse el gato al agua, cada cual justifica a los suyos y echa por tierra a los demás, lleva a los de su cuerda a hombros y pone al resto a los pies de los caballos. Quizá ahí esté el origen de muchos de los problemas que atraviesan este mundo de parte a parte lo mismo que la espada de un mago, con la diferencia de que aquí no hay truco ni doble fondo, las armas no son de plástico y se pliegan al contacto con la piel, sino que matan de verdad a los que están dentro del cajón. Y parte del público aplaude al terminar el número.

En España, seguramente como en todas partes, tenemos la oportunidad de contemplar a menudo cómo muchas personas, y entre ellas una gran mayoría de nuestros políticos, utilizan los palos de las banderas como mangos de escoba con los que barrer para casa, y si para lograrlo deben recurrir a argumentos contradictorios, ni les tiembla el pulso ni los detienen la conciencia y la razón. Algunos llevan cuarenta años negándose a condenar el golpe de Estado que dio lugar a la guerra civil y a una dictadura sanguinaria, a la vez que se ponen a sí mismos de ejemplo de lo que fue el espíritu de la santa transición, y por tener, hemos tenido hasta un ministro del Interior que alardea de ir a meditar al Valle de los Caídos, ante la tumba de un criminal. Otros se lamentan de los males del bipartidismo y a continuación hacen todo lo posible y lo imposible porque siga habiendo sólo una derecha y una izquierda, y si para eso hay que inventarse encuestas, decir Diego donde se dijo digo, amenazar con una catástrofe a quienes se atrevan a no votar lo que les mandan, cambiar de equipo a mitad de la carrera o mentir hasta donde haga falta, se hace y punto.

A la hora de conseguir doblegar a los adversarios, parece que cualquier golpe bajo es aceptable, algo que tiene poco que ver con esa defensa de la tolerancia que suelen pedir muchos que luego no la practican. Hay gente como el escritor y académico Félix de Azúa que no sólo le falta al respeto de forma soez, machista y clasista a la alcaldesa de Barcelona, sino que cuando todos esos adjetivos le caen encima incluso desde el partido que él ayudó a fundar, Ciudadanos –Inés Arrimadas dice que “no se pueden tolerar esas descalificaciones”, Begoña Villacís las considera “inaceptables” y Albert Rivera calla, no sea que al hablar tuviese que decir algo y se pille los dedos– él se reafirma en el error, quién sabe si aún pensará que “muchos vasos de agua no hacen olas”, como dice un verso de su libro Lengua de cal, y después de sostener que Ada Colau debería “estar sirviendo pescado”, continúa silbando “la música robada al hueso”, por seguir usando sus poemas, en esta ocasión tomado de la obra Edgar en Stéphane, y se pregunta “qué entenderá por misoginia una mujer que casi no tiene estudios”. Para responderle, ella ha hecho públicas sus notas de estudiante de Filosofía en la Universidad de Barcelona, casi todas ellas sobresalientes y notables, y ha explicado que no terminó la carrera porque “en casa no había dinero y pronto tuve que buscarme la vida”. En cualquier caso, lo que más importa de cualquier persona, no es qué estudie, sino para qué le sirva. Bin Laden era ingeniero civil y pasó por Oxford; el tesorero Luis Bárcenas es licenciado en Ciencias Empresariales y Rafael Alberti no tenía el bachillerato pero escribió Sobre los ángeles y otros libros decisivos de la historia de nuestra literatura. ¿Habrá pensado el autor de Historia de un idiota contada por él mismo que sus declaraciones le ponen al nivel del concejal del PP de Palafolls que consideraba que si este fuera un país serio Colau estaría “fregando suelos” o al del periodista que la llamó en una tertulia de La Sexta “gorda” y fue expulsado del plató por el director del programa? Puede que no haya caído en eso o que no lo haya oído porque sólo escuche sus argumentos. “El estruendo de un yo / no ensordece más que a su poseedor”, sostenía en los años setenta. Puede que ya no lo recordase.

Y en el bando contrario hay, por ejemplo, una editorial que saca a la calle un tomo titulado Perles catalanes, que es una denuncia de lo que sus promotores consideran la vergüenza de su comunidad, gente a la que se llama colaboracionista o genocida, entre otras cosas, a la que se culpa de no querer la independencia o de no ser demócrata, y que va del general Prim a Cambó, pasando por el novelista Josep Pla y el filósofo Eugeni d'Ors. Félix de Azúa está entre ellos. La pregunta es si este tipo de actitudes, tanto la del autor de Diario de un hombre humillado como la del sello Viena Edicions no conducen justo al otro lado de lo que se supone que defienden: a la intolerancia, al sectarismo, al desprecio por el otro. Son cosas que no tendrían que aceptársele a nadie y que ninguna mujer y hombre en su sano juicio deberían aplaudir, porque esas espadas dejan heridas que luego tardan en cicatrizar. Y aquí ya sabemos muy bien a qué conduce señalar a otros, colgarles letreros del cuello, coserles brazaletes en la ropa o marcar con una cruz sus puertas. Rectificar no te convierte en sabio, pero no hacerlo te convierte en un fanático. Las escaladas verbales construyen abismos. A ver si al final alguien se va a caer. Hay quien combate "a las botas con las botas" y hay escopetas que "quieren ser disparadas / sin pensárselo más", como dice en otro de sus libros Félix de Azúa.
EL AUTOR


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