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A la carga

Gustavo Bueno


Publicada 08/08/2016 a las 10:41 Actualizada 08/08/2016 a las 11:49    
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Fotomontaje de la Fundación Gustavo Bueno.

Fotomontaje de la Fundación Gustavo Bueno.

Sonará como una exageración, pero creo que Gustavo Bueno ha sido el filósofo más potente que ha tenido España desde el final de la Guerra Civil. Fue un hombre de una inteligencia portentosa y de unos conocimientos oceánicos, creador de una obra extremadamente original. Con el paso del tiempo, cuando se vayan olvidando sus intervenciones públicas más estridentes y se sumerjan en el olvido sus libros tardíos sobre temas de actualidad y política, irá quedando claro que su sistema filosófico, lo que llamó “materialismo filosófico”, y más específicamente su teoría del cierre categorial, son contribuciones fundamentales a la historia del pensamiento. Resulta asombroso que fuera capaz de aportar ideas nuevas en áreas tan distintas, metafísica, filosofía de la religión, antropología, filosofía política, lógica, teoría del conocimiento, filosofía de la historia, historia del pensamiento, etc. En cada uno de estos campos, aplicó su esquema filosófico general, ofreciendo análisis sorprendentes y profundos.

Bueno distinguía tres tipos de filósofos por analogía con la música: los intérpretes (el especialista en algún autor o escuela, que comenta las ideas elaboradas por otros), los arreglistas (el generalista que trata de dialogar con escuelas y puntos de vista diversos, buscando una síntesis o elaborando un compendio) y compositores (el creador de una obra nueva y original). Bueno, claramente, era un compositor: se quejaba de que la filosofía académica estuviera protagonizada fundamentalmente por intérpretes y arreglistas.

Entendía la composición al modo clásico y arquitectónico. En una época escéptica con la idea misma de un “sistema filosófico”, en la que parece dominar más bien un ímpetu fragmentario, o incluso aforístico, Bueno se empeñó en construir desde la base (comenzando por sus Ensayos Materialistas) un sistema nuevo, de fuerte inspiración hegeliana y marxista, pero expresado con la terminología y el estilo de la vieja escolástica medieval. Lo hizo al margen de las principales corrientes intelectuales del siglo XX, desde su cátedra en la Universidad de Oviedo, rodeado de fieles y discípulos, que formaron algo parecido a un “círculo”, el de Oviedo, muchos de cuyos miembros reproducían hasta el estilo oral y gestual del maestro, incluyendo su deje garrulo para hablar sobre los temas más abstrusos.

A mi juicio, el desarrollo más fructífero del materialismo filosófico fue la teoría del cierre categorial. Bueno se embarcó en un proyecto muy ambicioso, decimonónico, que preveía la publicación de 15 volúmenes sobre dicha teoría, de los cuales vieron la luz los primeros cinco, que eran solamente preparatorios. Comprenderá el lector, ante tamaña magnitud, que resulte muy difícil resumir en unas pocas líneas el contenido central de la teoría. No obstante, lo intentaré: en esencia, la idea rectora establece que las ciencias realmente existentes se constituyen a través de aparatos categoriales propios, es decir, clases de términos que, al combinarse entre sí, producen términos nuevos que siguen perteneciendo al campo categorial original. Se produce, así, un “cierre” que hace que la química, la lingüística, las matemáticas, la biología, etcétera, se organicen como campos categoriales propios, cerrados sobre sí mismos. Los términos de los campos categoriales se construyen materialmente a través de operaciones realizados por los sujetos que hacen ciencia. (El lector interesado puede encontrar una exposición del propio Bueno en esta conferencia impartida en la Fundación Juan March en 1978).

La aplicación quizá más espectacular de la teoría del cierre categorial fue la que llevó a cabo sobre las ciencias humanas, materializada en seis volúmenes inéditos escritos en 1973 como memoria final de una beca de la Fundación Juan March que Bueno recibió. Consiguió ir más lejos que nadie en el análisis de los problemas filosóficos que se plantean cuando el sujeto operatorio trata de explicar desde premisas científicas lo que hacen otros sujetos operatorios. Para ello, distinguió dos tipos de metodología, la alfa-operatoria y la beta-operatoria. En las ciencias alfa-operatorias, se cancela la naturaleza operatoria del sujeto reduciéndolo a categorías que no son ellas mismas operatorias, como cuando se intenta dar cuenta de la conducta humana a partir de condicionamientos genéticos. En las beta-operatorias, por el contrario, el conocimiento científico se construye a la misma escala de las categorías que utiliza el sujeto estudiado. Así ocurre, por ejemplo, en la teoría de juegos, que, mediante modelos matemáticos, trata de determinar científicamente la conducta de los sujetos apelando a sus planes, deseos y creencias. Esta distinción tan básica le permitió a Bueno analizar muchas de las tensiones que surgen entre las distintas ciencias humanas y los problemas clásicos asociados a la autonomía causal de los seres humanos y su grado de libertad a la hora de actuar.

Como he apuntado antes, Bueno fue mucho más allá de la teoría de la ciencia y filosofó sobre temas y cuestiones muy distintas (los libros más destacables, a mi modo de ver, son, entre otros muchos, Ensayos Materialistas, El animal divino, Etnología y utopía y El mito de la cultura). Su obra testimonia una mente poderosa y original, que despertó la admiración de sus muchos seguidores.

A pesar de sus logros, Bueno, sin embargo, no recibió nunca el reconocimiento institucional que merecía. Ni los poderes públicos ni los medios de comunicación le trataron en vida como el gran pensador de nuestro país. De hecho, tenía innumerables detractores. Su carácter fuerte, iracundo y aun furioso le ganó múltiples enemistades.

También su displicencia hacia todos aquellos que no compartieran sus planteamientos y no reconocieran el materialismo filosófico como un sistema superior a los demás provocó el rechazo de muchos. El hecho de que en su “círculo” hubiera aduladores e imitadores de poca valía intelectual no hizo sino consolidar la impresión de que se trataba de una escuela cerrada y dogmática. Sus intervenciones “mundanas”, en los medios de comunicación o en conferencias públicas, le dieron una imagen, podríamos decir, poco “civilizada”, y sus opiniones políticas siempre se caracterizaron por un desprecio hacia el modelo de democracia liberal, ya fuera, durante mucho tiempo, desde posiciones muy izquierdistas, ya fuera, en tiempos más recientes, desde posiciones casi falangistas.

Todo esto se explica, en buena medida, por las condiciones de producción de su obra. Como tantas otras veces en España, Bueno fue uno de esos heterodoxos que desarrolló un pensamiento propio en un aislamiento intelectual muy acusado. De ahí la fuerte carga esotérica de su filosofía, que requiere familiarizarse con una terminología propia y con ese estilo de tratado medieval que tenían sus trabajos, plagados de interminables distinciones, escolios y clasificaciones antes de llegar a la cuestión titular. Como consecuencia de ese aislamiento, la influencia de Bueno no ha traspasado las fronteras de la filosofía escrita en lengua española. A pesar de que Bueno siempre reclamó la necesidad de una filosofía académica y sistemática, su obra terminó siendo demasiado idiosincrásica, no se “socializó” nunca académicamente a través de la confrontación de tesis e ideas entre iguales. Fue una creación enteramente original, ligada a la figura irrepetible de Bueno, por mucho que intentara institucionalizarla a través de su escuela o círculo. Cabe especular con el desarrollo que habría tenido su pensamiento de haberse producido en un medio académico más favorable: quizá hubiera sido su filosofía menos “salvaje” y menos genial, pero habría podido formar parte del núcleo central de la filosofía contemporánea.
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