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Qué ven mis ojos

No se puede tener cerrado el puño mientras se nombra un presidente a dedo

Publicada 28/03/2017 a las 06:00 Actualizada 27/03/2017 a las 20:55    
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“Si hay dos tipos de políticos, los que no dicen lo que piensan y los que te dicen lo que tienes que pensar, vota al tercero”.

En esta época de paradojas, contradicciones y engaños, gobernada por gente en la que sólo se puede confiar hasta que la conoces, hay que andarse con pies de plomo, sospechar de cualquiera, pensárselo dos veces. Las palabras grandes han encogido porque nadie se moja, excepto cuando alguien se presenta a un cargo y quiere que le aplaudan y lo saquen en procesión, en cuyo caso los aspirantes tiran de manual, alzan la voz, sonríen –o, al menos, enseñan los dientes– y miran agitarse a sus pies las banderas, con lágrimas en los ojos. Ahora, toca ponerse el traje de campaña en el PSOE, es decir vestirse de faena, de camuflaje, dar a entender a los militantes que el candidato es uno más, uno de los suyos, así que en sus discursos ya no venden moderación, responsabilidad o sentido de Estado, sino esperanza, futuro y victoria, se echan un poco a la izquierda, se mezclan con las bases, las jalean y si no les llaman camaradas es sólo porque ésa es una de las palabras que tacharon en su diccionario rojo. Un espectáculo.

Lo de ofrecer el porvenir, un mañana en el que los socialistas verán reverdecer los laureles cuyas hojas secas usa ahora la derecha para darle sabor a sus estofados, es una promesa de doble filo en el caso de Susana Díaz, porque la candidata oficialista, como sin duda la llamarían en Latinoamérica, quiere volar al mismo tiempo hacia delante y hacia atrás, pretende avanzar sin moverse de sitio, algo que dejó claro su puesta en escena, rodeada por la vieja guardia del partido, porque es evidente que la imagen que daban en la primera fila, a un lado Felipe González y Pérez Rubalcaba, y al otro José Luis Rodríguez Zapatero y Alfonso Guerra, no era la de un movimiento renovador. Aunque, por supuesto, sea una opción tan legítima como cualquier otra, la de reivindicar la herencia de la formación y hacerlo bajo el paraguas de quienes en su día llegaron a la Moncloa con millones de avales de los ciudadanos en sus bolsillos. Las cosas están mucho peor en estos momentos y pintan bastos en la calle Ferraz, pero ella asegura tener una pala con la que desenterrar el tesoro: “Para conseguir agua / cavo en el fondo seco / de la laguna”, dice uno de los poemas del libro Haikus de guerra, recién publicado por la editorial Hiperión. No sería un mal lema.

Eso sí, en su caso lo de vender oposición al PP y unidad interna, también resultaba cuanto menos dudoso en su mitin del fin de semana; lo primero, porque son ella y su guardia abstencionista quienes han permitido que gobierne de nuevo Rajoy; lo segundo, porque si en lugar de oír, mirabas, el resultado era otro: por los altavoces se escuchaba un canto a la tripulación, si remamos todos en el mismo barco, saldremos a flote y llegaremos a buen puerto; pero si atendías al lenguaje corporal, lo que veías junto a la presidenta de Andalucía era a cuatro hombres que no se soportan, quizá porque cada uno de ellos lleva el cuerpo cosido a puñaladas traperas por los otros tres. El abrazo del oso no une, distancia; no es una caricia, es un golpe.

El segundo pretendiente a líder del PSOE tiene una herramienta muy poderosa en la mano: una llave inglesa, y con ella intenta desmontar lo que han atornillado sus antiguos compañeros de la ejecutiva y sus alrededores. Él se vende como el representante de los socialistas de a pie, una víctima del aparato, el chivo expiatorio de los traidores que, como ocurre en todo grupo que se separa, pasaron de compartir mesa y mantel a hacerle la cama. Pero ha llegado el momento de la reconquista, viene a decir Pedro Sánchez, y en cuanto vuelta a tener las riendas, será la gente la que dé las órdenes, la que marque el rumbo. “Montaña sin árboles / no sabe siquiera / la forma de reír”, dice otro de los haikus de la antología preparada por Seiko Ota y Elena Gallego. Su as en la manga es muy llamativo, sin duda: él tiene legitimidad para reclamar la silla que le movieron los barones, porque le habían sentado en ella democráticamente los afiliados y se la quitó la dirección con un golpe bajo. Lo que le hicieron juega a su favor, pero lo que él hizo juega en su contra: que cambiase de pareja durante la partida, ahora Ciudadanos, ahora Podemos, le resta tanta credibilidad como sus catastróficos resultados en las urnas.

El tercero en discordia, Patxi López, se mueve entre dos aguas, lo que puede significar tanto una garantía de equilibrio como la prueba de que se encuentra en tierra de nadie, así que el apóstol de la concordia puede dar voces en el desierto y que nadie le siga. Él se dirige a todos, “los de arriba y los de abajo, / jóvenes y viejos de corazones unidos, / primavera del país”, pero en realidad su mejor baza es que los otros dos se destruyan entre ellos. “Cruzan uno tras otro, / y el puente lleno de enemigos / se arquea”, se dice en el haiku que mejor le vendría al antiguo lendakari, que no sueña con derribar a sus rivales, sino con que caigan por su propio peso.

Lo que está pasando en el PSOE es muy interesante y es otra de las consecuencias de lo mucho que ha cambiado el panorama político en España, aunque algunos creyesen que todo iba a seguir igual: no es así, porque de una parte ya no hay un Gobierno que pueda imponer a golpe de Boletín Oficial del Estado sus iniciativas, sino que debe negociarlas y, llegado el caso, ver cómo se las tumba el Congreso, tal y como se ha comprobado recientemente; y de otra, porque les guste o no les guste, el impulso participativo que surgió de la Puerta del Sol, que arrastraron las mareas cívicas y que ha cristalizado en la llegada de Podemos y hasta de Ciudadanos a las instituciones, obliga a todos a hacer algo a lo que, por desgracia, no estaban acostumbrados: dejar que hablen aquellos a quienes representan, en lugar de elegirse a puerta cerrada, bajo cuerda y en un despacho, que es algo siempre indeseable pero que queda aún peor en la izquierda: no se puede mantener el puño cerrado mientras se nombra a dedo un presidente. Y además, es tan divertido verlos clamar en contra de lo que llaman populismo, mientras se dan baños de masas y reparten jabón, que nada más que por eso, ya merecería la pena asistir a la representación. La experiencia que tenemos en España, además, es muy buena: cuando hubo que escoger entre un trío de postulantes a conducir el PP, Aznar acertó y puso a Rajoy, del que hasta quien tenga una opinión pésima tendrá que reconocer que fue un mal menor: las otras dos posibilidades eran Mayor Oreja, del que mejor ni hablamos, y sobre todo Rodrigo Rato, del que no hay nada que añadir, entre otras cosas porque ya se lo añadió él solo cuando pudo.

Ya veremos quién se lleva el gato al agua y qué hace después para secarlo y que, sea negro o blanco, vuelva a cazar ratones, porque cuando se apaguen los fuegos artificiales tendrá que enfrentarse a la cruda realidad. “Batalla ganada: / entre tanto silencio / está nevando”. Tres versos bastan para decirlo todo.


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